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20 septiembre 2016 2 20 /09 /septiembre /2016 17:17

Dislexia vertical

 

Me quedé ciertamente impresionado con lo que le ocurrió al hermano de una amiga estando de visita en su casa, es un tanto hipocondríaco y toma unos cuantos medicamentos por prescripción médica permanente, y otros circunstanciales cada vez que se convence de que esa sorpresiva molestia repentina, es el presagio de un final inexorable.

Resulta que le recetaron unos supositorios para destrabar la retaguardia y los confundió con la cápsula matutina que toma para el asma, de modo que la cápsula la introdujo en el innombrable y el supositorio lo envió garganta abajo con un vaso de agua junto a las otras pastillas.

Al cabo de dos horas no podía parar de devolver el desayuno, las pastillas, la cena y lo que había comido durante la semana, y por los bajos, le sobrevino una secuencia de novedosos suspiros y soplidos, harto refrescantes no obstante la innegable naturaleza extravagante de tal hiperventilación.

Su hermana, solícita pero firme como pañuelo de estatua, lo invitó a pernoctar en el garaje por el espacio de tiempo que persistiesen los efectos de tal disléxico desliz.

 

 

 

 

Moscardó

 

Ayer introduje el dedo índice en la nariz y ya de entrada, el espacio que existe entre la uña y la piel, esa muesca, esa pequeña hendidura, albergó el contorno de una de esas pequeñas costras, que empezaba a armarse a juzgar por su tacto entre calcáreo y esponjoso, entre rugoso y crocante. El dedo le transmitió al cerebro la sensación de la cercanía de uno de los placeres más plenos a la vez que más flagelados y ocultos: el trayecto de nuestra para-entraña viscosa hacia el exterior del naso, con el fin de atizarle una mordida suave, catapultarla una vez redondeada o adherirla en alguna umbría concavidad.

 La amenaza de la asfixia por aplastamiento lento, hasta que desprende el tacto y para algunos el sabor, que colma de gozo el acto, que revienta la base de todos los sentidos en la más auténtica soledad, que extasiados, rendidos, perdidos de gusto se toman un receso de la vigilia en tanto la razón se permite un lapsus en forma de siesta.

Y sí, llegué al borde de esa costra divina, estaba dentro del automóvil detenido en un semáforo en rojo, miré hacia un lado y hacia otro y al sentirme en intimidad, comencé a desprenderla de las paredes de la napia con la delectación de Camille Claudel sobre sus obras de mármol , y cuando esperaba poder llevarme el trofeo fuera de aquella oquedad, noté que no era posible, que la mucosidad en todo su volumen se resistía a abandonar la seguridad del hogar, su sitio de confort, y que sólo rompiendo el encanto y tirando con brusquedad, casi salvajemente de su humanidad apegada al interior de mi ser, conseguiría desprenderlo, desarraigarlo de su raíz, de su identidad y sus afectos, entonces acudieron a mi memoria las imágenes de las veces, muchas, decenas, cientos, miles de "moquicidios" perpetrados en parques, caminatas o pupitres, en la más absoluta impunidad y desprecio por la vida y los sentimientos de esta especie, tan cercana como ajena. Tan palpada y presente como desconocida.

El semáforo cambió de luz, puse primera y me inundaron los recuerdos de los primeros años de exilio, el cambio de aires, de lenguaje, de escuela, de casa y hasta de familia, pensé en las veces que mandamos a un parque en vuelo elíptico a la gentil criatura nasal, tras haber sido amasada y redondeada, o a la base del pupitre a compartir suerte y desgracia con suelas y chicles escolares, e incluso cuando su destino es el esófago donde las humedades espesas son bienvenidas, reparé en la pena, el drama del desarraigo y la eterna búsqueda de un lugar en su nuevo mundo que compartiría con aquel niño desorientado.

Acaso por ello la crueldad parezca menos mezquina.

Ya no más dedos furtivos, ni siquiera aquellos pañuelos acartonados de cuando era chico, no más esos fuertes y secos soplidos liberadores henchidos de insensibilidad y egoísmo hedonista. Al fin, aunque llegado de otro modo al previsto, se hizo carne en mi el mensaje que mi abuela Elena repetía con insistencia: "Martín ¡la nariz!"

Prendase la luz que se encienda en el semáforo que sea y haya el resfrío que se tercie acumulado en mi naso, manifiesto que: la piedad también nos hará libres ¡Larga vida al Moscardó!

(Más perdió Joachim Löw)

 

 

 

 

 

 

 

Escatológica Lechuga Be bop

 

Días atrás un amigo del barrio de mi hijo menor, le obsequió, procedente de un huerto barrial,  una lechuga a medio crecer. Se la dio con las raíces al aire, fláccida, condenada a perder todo su verdor en unas pocas horas más.

Él llegó a casa la puso en una maceta, le colocó buena tierra, la regó, lo felicité diciéndole que al menos le estaba dando una muerte digna. Al día siguiente la lechuga continuaba verde y al parecer , viva.  A los tres días, la propia planta se había encargado de descartar las hojas que no podría volver a  levantar, y en su lugar empinaba otros jóvenes brotes hacia el sol, dándonos una lección acerca del poder de la clorofila y la fotosíntesis, o sobre la confianza y la convicción en el cariño y el cuidado, que los adultos hemos ido dejando en el mismo baúl de recuerdos olvidados, en cuyo fondo quizás encontremos al osito Cocó, o al diente de leche por el que ya recibimos la correspondiente indemnización.

La lechuga fue creciendo de tal manera, que en un momento y como visible causa de su agradecimiento por la actitud de mi hijo, comenzó a cantar canciones que contenían la palabra amigo. de este modo hizo un recorrido por un catálogo de temas populares famosos y otros quizás no tanto para seres del mundo animal. Entre las conocidas cantó, Quiero tener un millón de amigos, de Roberto Carlos, With a Little help from my friends, de los Beatles, cosa que entusiasmó mucho a mi hijo   que es un fan declarado del cuarteto de Liverpool.

También cantó : ."..barquito de papel mi amigo fiel/  llévame a navegar por el ancho mar/ quiero conocer a niños de aquí y de allá...",  melodía que yo no escuchaba desde que había vivido en Cuba, y me dejó impresionado con sus conocimientos y cultura general.

Mi hijo me dijo, _ Papá tengo que hacer algo más por esta lechuga. Si dice que quiere ir al mar la llevaré al mar. Es encantadora.

Y así fue que lo llevé junto a su amigo del barrio a que le diesen un paseo en el yate del príncipe Guillermo antes de que se casase, por el mar Mediterráneo. El mayordomo del príncipe, tan  inglés, respondió a mi pedido  con un afirmativo: Of course. Y con el torso firme, se llevó a los chicos y su querida hortaliza a un paseo que duraría medio día.

Cuando estaban en una zona profunda mi hijo sacó la lechuga por la borda para enseñarle la transparencia del agua, y un súbito golpe de timón a causa de una ola de babor, hizo que perdiese el equilibrio y la lechuga se cayera por la borda, lanzando primero gritos de auxilio, y luego improperios, acusando a mi hijo y a su amigo de traidores, de haberla alimentado para luego  permitir que se ahogase en aquella inmensidad, en aquel desierto de  verduras. A  mi hijo y a su amigo se les aguaron los ojos, pero intuían que arrojarse al agua habría sido una temeridad.

Una vez que la lechuga llegó al fondo del mar, pensó que no estaba todo acabado al ver las algas, se hizo a la idea de vivir como una de ellas, y hasta le causó emoción el hecho de pensar que sería mecida por las olas y acariciada por los pececillos de colores. Le entristeció el hecho de no poder cantar bajo el agua _ Pero no se puede tener todo- se dijo a si misma y de alguna manera se sintió reconfortada.

Después de andar por varias profundidades encontró el Octoposus garden, del que hablaba Ringo Starr en sus canciones, y que la lechuga, de amplísimas nociones musicales, conocía tan bien. Le pidió permiso al pulpo para establecerse, y después de enternecerlo con su historia, no solo logró que el pulpo la aceptase sino que le concediese un privilegiado lugar, cerca de Bob esponja y compañía.

Mi hijo y su amigo decidieron lanzarse al agua tras evaluar los riesgos y los esfuerzos que habían realizado para ser tenidos en cuenta como niños adorables. Al príncipe Guillermo de Inglaterra le faltaban aún unos días para casarse, pero el mayordomo Perkins debía estar listo, y fue tan tajante como delicado en sus expresiones, les dijo:    

 _ Chicos, puntualidad británica, por favor, si no están aquí mañana en la mañana me veré obligado a zarpar sin vuestra presencia. Y se lanzaron al agua con aqualungs para tres días.

No hizo falta agotar la paciencia del buen sirviente real, ya que a la caída del sol  los dos niños encontraron el Octoposus garden, y como ya indiqué, mi hijo es un fan irredento de los Beatles, le agarró la botella de aire comprimido a su amigo y le hizo señas para detenerse allí unos instantes. Una vez que entraron y hablaron con el pez administrador, un pez con una nariz puntiaguda como el baterista de la banda, y una vez que se sacaron unas fotos, los dos niños vieron al mismo tiempo, detrás de Bob el esponja, a una lechuga idéntica a la que andaban buscando, pero pensaron que no sería aquella, ya que en el jardín del pulpo solo debía haber algas.

Pidieron permiso para restaurar fuerzas comiendo un poco de la lechuga, y cada uno se zampó una mitad.

Mientras tanto, la lechuga gritaba e imploraba por su vida, por su integridad, cantaba con cierto desespero las mismas canciones que había entonado en mi pequeño jardín trasero, pero sin demasiadas esperanzas de ser escuchada ni oída.

 Una vez en casa, el pichón  aún seguía sintiendo cierta tristeza. Pero había algo que estos chicos y yo aún desconocíamos.

A los dos días de ser engullida la lechuga regresó al agua, aunque esta vez por medio del WC., se vio repentinamente liberada de un ámbito cerrado y oscuro que le estaba produciendo considerable claustrofobia. Una vez en las cloacas, tuvo oportunidad de echar de menos las claras aguas del mediterráneo, incluso ese sobrecargado sabor a sal.  _ Oh que espanto- se dijo- he perdido todo mi verdor-

La lechuga como los demás alimentos que vagaban por aquellas cañerías había mutado y su estado era compacto pero no rígido. Pensó que la única manera de recobrar algo de su identidad era encontrando a un semejante que procediese también de la huerta, para continuar viaje a lo desconocido con él. De modo que comenzó a preguntar a todo transeúnte en la cloaca,

_ Perdón, me puedes decir que eras tú antes?-

_ Yo era dos perritos calientes con mucho chucrut- le dijo el primero.

Y así se fue encontrando con boñigos conformados , unos de pescados, otros de carnes variadas con sus guarniciones, otros por huevos fritos, hasta se encontró una ensalada , pero su decepción fue grande cunado supo que en ella había también zanahoria, todos aquellos carotenos jusntos era algo que no podía soportar.

Hasta que, no sin aliento , pero con mucho menos fuelle, le preguntó a otro sorete por su procedencia y este le dijo que había sido una lechuga, y se alegraron mucho de haberse conocido y partieron juntos en ese frenético viaje hacia la desembocadura en algún vertedero. 

Por la noche en un merecido descanso , le contó nuestra desmejorada verdura a su nuevo compañero, que otrora fuera una recuperada lechuga, que había sido arrojada al mar, por dos niños de los cuales uno había sido su amigo antes de traicionarla y zampársela luego de darle caza vestido de buzo en el fondo del océano, el otro boñigo no pudo creer lo que oía, y exclamó:

_ Mi media naranja!. Yo soy la otra mitad, que quedé atrapada en el estómago del amigo de nuestro salvador asesino.

Entonces se dieron un abrazo tal que quedaron nuevamente fusionadas, lograron recuperar por una vez más la ilusión de la vida, y en esta ocasión se convirtieron en un temible sorete de dimensiones que infundían respeto a su alrededor.

Al poco tiempo de andar con su nuevo aspecto, se dio cuenta que si bien frente a un espejo sus opciones de sentir orgullo sufrirían cierta merma, también era cierto que nadie desearía comerla, tocarla, ni molestarla en lo más mínimo.

Según Platón, todas las partes del universo se mantienen unidas por amor compasivo, se dijeron uno a otra y viceversa.

Pero una semilla de aquél enérgico vegetal volvió a echar raíces en la misma maceta en que mi hijo la colocó en un inicio; durante el invierno y a la intemperie crecieron nuevas hojas rozagantes.

No cesa en brindarnos sorpresas nuestra adorable lechuga Be Bop.

 

 

 

Published by martinguevara - en Relax
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16 septiembre 2016 5 16 /09 /septiembre /2016 22:34

Un año después de mi aparición en escena en la ciudad de las hojas y el otoño, se coló en las librerías un título que resultó ser un best seller de sociología, algo novedoso casi hasta en el terreno de la narrativa, mucho antes que Alain Touraine o Eco nos acostumbraran a sus súper ventas. Se convirtió en un hito, tanto por el autor, un verso suelto que no se deja atar a ningún poste, ni resbaladizo ni espinoso, como por el texto ágil, certero, intuitivo; el libro "Buenos Aires vida cotidiana y alienación" y Juan José Sebreli el firmante.

Cuando tuve que desprenderme de esa ciudad siendo niño, todo lo que se quedó aferrado a modo de garantía en la corteza cerebral, y que permanecería intacto hasta el fin de los días, era perenne, no susceptible de cambios por el paso del tiempo, con la excepción quizás de ese cambio climático, los otoños, estación en que nací, hace medio siglo eran más insistentes con el color, el viento, y las hojas de arce dobladas sobre el borde de la vereda como un reloj de Dalí. Pero casi todo lo demás permaneció intacto para la primera vez que regresé. Todo mi pecho era un enorme rejunte de deseos. Mi padre, mis primos, mis amigos de cuando niños y los olores, los sabores, los colores, volver a tierra abierta y no dentro de una maceta.

Cada vez que regreso, haya pasado quien haya pasado por la intendencia o el gobierno, yo encuentro mi propio Buenos Aires. En un lugar o en otro lo encuentro. Para mi, como sujeto en maceta, desterrado de la tierra de mis amores, de la única metrópoli posible, del campo argentino, de las playas del Atlántico, debo decir que lo que percibo en la ciudad de los techos dispares, de las baldosas sueltas, de los linyeras letrados nada tiene de vida cotidiana, y desde ya, todo allá puede ser enloquecedor, ensordecedor, irritante, encantador o frustrante, a contramano de cualquier alienación.

 Que placer pasar unos días perdido por sus calles, de un café a una librería, de una muestra a una de las buenas galerías, de una parrilla al centro de un corazón, de la cima de un adoquín al olor a boca de subte y a pebete de salame, de oir las bocinas de nueve de Julio o de Libertador a escuchar lo que habla la gente, y como lo habla, el histrionismo natural, el arte de los bueyes perdidos. un taxista, un kiosquero o el gallego del bar. Ver pasar el 60, el 12 y el 86 y participar en el derretido de una, dos, tres Vauquitas.

Y una justa inundación de asados y afecto entre amigos y parientes

 

 

Published by martinguevara - en Argentina frizzante
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16 septiembre 2016 5 16 /09 /septiembre /2016 21:20
Saga

Saga

En las ensoñaciones que solían ocupar la mayor parte de mi estado de vigilia, ya aparecía yo propinándole su merecido a unos cuantos abusadores de una sola vez delante de la chica del aula que todo chico y toda aula atesoran, en la época en que el bullying no estaba ni siquiera diagnosticado como un drama social, o delante de ella daba un salto de campeonato, hacía un gol de Bochini dejando a todos despatarrados por el camino.

Hablé con mi oso Cocó cosas que no podría repetir, y después de que Cocó se dormía, a veces pensaba en un viaje en barco hasta un lugar donde nadie hablaba mi lengua pero todos eran amables, donde reinaba la paz y las paredes eran de ladrillo a la vista como en los cuentos ingleses que mi tía Celia contaba, o donde había grandes lagos, chicas con trenzas parecidas a la hija de Piro Egui, el capataz de Portela que terminó quedándose con más hectáreas que todas las chacras de alrededor, y que en todo caso las merecía más que nadie.

La hija de Egui tenía nueve años igual que yo, me ganaba a caballo y me trituraba a lindura. Cuando ella se me paraba al lado yo creía que lo mejor era que a mi no me viese nadie, que sólo se la viese a ella, que el sol o el campo me camuflasen y que también escondiesen el brillo de mis ojos, así yo también podría observarla atónito.

Cada cosa se ha ido dando como lo había deseado en los casos en que el deseo fue acompañado de la desnudez de la verdad, del compromiso de una mirada frontal, el ladrillo inglés acalló mi asma y me saludó con lealtad en un hospital de Londres, la gente que debía quedar en mi amor tras el paso por el tamiz son los que finalmente quedaron, al cabo de la eternidad transcurrida en esta suerte de cosmogonía interna, de la flexible interpretación sensorial de la sub categoría tiempo- espacio, distinta a la que miden mis décadas cumplidas que sólo alcanzan a marcar las páginas de vida oficial, a explicar la cronología subrayada en verde fosforescente.

Desde que conocí los países escandinavos fue como si hubiese regresado a una tierra profundamente mía, ayudó ese deseo de vivir en un mundo que respete al hombre, que considere que existir es motivo suficiente para ser feliz. Cuando salí a pasear por Estocolmo y sentía una sonrisa constante en el órgano donde se me había alojado desde pequeño una amenaza permanente de tortura y de muerte, cuando sentí el calor de la piedra rúnica en la palma de mi mano en Sigtuna, o el barrio sueco en Porvoo, Finlandia, o la casa de Andersen en Odense o el B&B más antiguo en Aero, Dinamarca, el barrio Cristiania donde todo es rock y licencias, o los interminables fiordos noruegos, pensé que podría seguir allí después de hacer dormir a Cocó, tras dejar que todos mirasen a la hija de Egui, y luego de hacerme a la mar.

Gracias a todo ese magma indescriptible que siento tan cercano a la vez que tan ajeno, del misterio que Borges adoró en las sagas y la garra de la apacible pasión de las trenzas vikingas, los ojos nevados y una promesa nórdica.

 

Jacobsland en las sagas nórdicas

Jacobsland en las sagas nórdicas

Published by martinguevara - en Europa Aorta
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27 agosto 2016 6 27 /08 /agosto /2016 19:52

Es asombrosa la sensible diferencia que existe entre la solidaridad mostrada con las víctimas de atentados terroristas islámicos, con cascadas de lágrimas virtuales, sentidas frases concursantes top al premio kitsch, y decididos apoyos para la vendetta, y la escasísima solidaridad mostrada en banderitas, frases, melaza de caña y llantos plañideros en las redes sociales y en los periódicos, en los informativos de tv y radio, a los damnificados italianos por el terremoto de Amatrice donde no hay culpables con turbantes ni posibilidad de usarlo de pretexto para mover una buena millonada en gasto militar.


Por supuesto no digo que guarde relación alguna, se me ocurrió esa asociación como podía haber sido cualquier otra; porque hablando con seriedad ¿qué empresa, compañía o gobierno sería tan abyecto de utilizar el dolor ajeno para arrimar unos cuantos milloncejos de rupias a sus ascuas?

 

Published by martinguevara
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26 agosto 2016 5 26 /08 /agosto /2016 21:39

Cuando no son las guerras, ni el hambre causado por la avaricia humana, arriba una plaga o una catástrofe natural, para de todos modos destruir a la gente más humilde.

Centro de Italia, gente que derrama bondad. Una vez me senté a comer antipasto, grisines, bruschettas, y algo de pasta en un pequeño restaurante familiar cerca de Teramo, próximo al desastre de ahora y de dos mil nueve. Era domingo, acaso por eso cuando terminé el plato de ravioles, la familia entera se había sentado a comer en la mesa de al lado, charlaban en viva voz y compartían como si fuesen los tanos de mi Argentina tan lejana en tiempo y espacio, había un televisor encendido con las noticias de la tarde que el patriarca comentaba con cierta indignación, yo me puse a mirarlo también y a asentir con la cabeza sus comentarios, entonces el viejo, todo un personaje, se puso a hablar conmigo de la corrupción en la política de su zona y yo le respondí con la de todas las zonas que habitan mi identidad, fue curioso porque la corrupción ofició de bisagra, de traductor, nuestro rechazo a la misma pero ella como elemento permanente en nuestra cultura, nos ubicó en un bando y nos unió, y después de un rato de despotricar y arreglar el mundo con salsa en las comisuras, me invitó a probar los fideos que se estaban devorando él, sus descendientes y su esposa, la que poco antes me había cocinado los ravioles. Entre la pinta que tenían, el buen rato que yo estaba pasando y lo agradable del lugar, se me escapó un sí redondo e integral, y de ahí en más aunque permanecí en mi mesa, casi formé parte de la familia.

Luego de agradecer y de despedirme de todos, terminé pagando la mitad de lo que me hube limado y dejé una propina generosa impropia de mí, a la chica que servía el cafecito ristretto en la barra del bar, igualmente familiar de los hacedores de tallarines.


Miré el reloj y salí pitando en el coche de alquiler, había quedado con mi padre en otra parte bastante escarpada del Abruzzo. Son tan pocas las veces que veo al viejo que cuando esto sucede me lo tomo como un acontecimiento, un obsequio, y a pesar de las muchas  diferencias los termino disfrutando de cabo a rabo.

En el año 2009 en L' Aquila un terremoto arrasó con la vida de trescientas personas, hubo un despliegue informativo y un aspaviento plañidero por todos los medios e instituciones a cargo del  drama durante los primeros días, luego, de a poco todos los abandonaron, los olvidaron, los dejaron con sus casas y sus almas en ruinas, empezando por el gobierno de Berlusconi.

Hoy la cifra de víctimas puede llegar a superar aquella, el hecho de que este tipo de tragedias sean un desastre natural sin protagonistas de uno u otro signo religioso o político, facilita que la gente en su totalidad vuelque un sentimiento de solidaridad unánime y sin fisuras.

Y cabe decir que en efecto, del terremoto, de las inundaciones, de los tsunamis, no hay culpables, pero de la atención, del cariño, de la ayuda y memoria que una vez pasada la primicia, el rating y las consiguientes ganancias que deja el morbo de la noticia, que se les debe a toda esa gente que te invita a su charla y a comer sus fideos con tuco y parmesano, de eso sí, por supuesto, hay un buen manojo de sempiternos responsables.

 

Los fideos del Domingo

Los fideos del Domingo

Published by martinguevara - en Europa Aorta
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16 agosto 2016 2 16 /08 /agosto /2016 14:51

Por favor España aparta ese cáliz

Hoy mismo las cámaras de T.V. mostraron a Luis Bárcenas aparcando en una zona para minusválidos mientras disfruta de su de veraneo en el súper chalet que supuestamente estaba embargado, un criminal ex tesorero del PP durante la friolera de veinte años, amigo personal y confidente del actual presidente, ladrón de cantidades de dinero abrumadoras que supondrían el no cierre de diez hospitales, por poner un ejemplo.
No diré ni una sola vez la palabra "presunto" que se puso de moda desde que empezaron a saltar los casos de crimen organizado del PP y que nunca se había propuesto cuando la corrupción era del PSOE, prefiero ir preso mil años que aceptar la indignidad y humillación de encima tener que tratar de señorías a esos delincuentes, a esa escoria, a esa basura.

Rodrigo Rato, ex vicepresidente del gobierno y referente del PP quien se presentaba a su imagen y semejanza, delincuente a tiempo completo, cleptómano que no podía controlar su pasión por robar cuanto dinero público pasase por su mano, pasea libre, tranquilo en su yate por zonas vedadas para los simples mortales que viven de su trabajo, ríe a carcajadas haciendo trompetillas a la tan humillada "Lustitia" ibérica.

Sueltos por la calle, felices, apoyados por la dirección del partido que pretende volver a gobernar el país, andan , deambulan, continúan gastando los emolumentos malversados que obtuvieron de sus actividades inmorales o directamente ilíciitas, Barberá, Mata, Fabra, Castedo, Matos, De la Serna, Aristegui, González, Viejo, la propia sede del PP en la calle Génova en Madrid, y una lista interminable de corruptos demostrados, que han destruido las arcas de este país en beneficio propio, y los que faltan por demostrar encubiertos abiertamente durante todos estos años por el Partido Popular, que ha llegado a atacar a jueces, policías, guardias civiles, y por supuesto a la prensa para defender a sus ladrones, a los ejemplares de la peor putrefacción que hemos sufrido, y que nos ha traído hasta esta situación, eufemísticamente llamada por sus autores como "crisis" y que no es más que el resultado de la pillería y la rapiña de semejantes delincuentes empapaos de tanta infamia como impunidad.

¿Es que esperan que aceptemos de buena gana que todo delincuente del Partido Popular sea impune de todo acto delictivo, ya incluso llegando a aparcar en zona de minusválidos para hacer uso de su chalet supuestamente embargado, con una cultura cívica mínimamente presentable estarían, si no presos, al menos esperando el juicio avergonzados, cabizbajos, tomando recaudos de imagen en cuanto a austeridad y humildad para ser juzgados con la menor severidad posible? 

Pero se muestran arrogantes, insolentes con los ciudadanos que les pagan el botín que hurtaron y siguen disfrutando luego de saberse como lo obtuvieron, impertinentes con los periodistas que cumplen con algo que ellos desconocen llamado “trabajo” , se muestran tranquilos e indolentes, porque saben que nos pasará nada, alguien tiene que haberles prometido que está todo bien, si no es imposible que no estuviesen nerviosos con las acusaciones que pesan sobre sus cabezas.

¿Es de este modo que quienes recibieron el beneplácito de ese 33% de votantes de escasísima exigencia ética, dentro panorama proselitista nacional en los últimos comicios, le quieren pedir al restante 66% que los apoye incondicionalmente?

Son incapaces incluso de prescindir de sus interminables cajones de manzanas podridas, hediondas, pestilentes,

No son capaces siquiera de decir que sí sin titubeos ni ambages, a las seis condiciones del más elemental sentido común que les planteó Ciudadanos para poder llegar a un acuerdo de investidura. Seis puntos dirigidos a dejar fuera del gobierno ( ni siquiera les exigen que pisen la cárcel como lo hacen 70.000 españoles de bajos recursos por robar infinitamente menos dinero) que sólo exigen lo que debería ser de tácito acuerdo en cualquier democracia, y me atrevería a decir que hasta dictadura del siglo XXI, y que sólo podría entenderse que fuese discutido en el Parlamento del Reino de León en el año 1100, o quizás en la Inglaterra de Cromwell que con mano dura promovió la libertad de credo y el republicanismo, aunque entonces ya daban por sentado que los corruptos debían estar fuera de un gobierno sino en las mazmorras, o podría entenderse incluso en pleno siglo XXI que fuese motivo de debate y estudio en el seno jerárquico de la Cosa Nostra; pero jamás en un gobierno pretendidamente europeo.

¿Y así quieren presionar para que los apoyen en la investidura del jefe de toda esa Pléyades de pícaros, bribones, prevaricadores, hurtadores y cómplices, aquellos partidos que precisamente votamos para echar del poder a esta podredumbre, a este cáncer que está destruyendo todos y cada uno de los valores de esta sociedad?

Vamos hombre.

Hace poco Trump declaró en EEUU que sus votantes son tan fieles que aunque él se pusiese a disparar aleatoriamente en la Quinta avenida de Nueva York, lo seguirían votando, eso se explica porque para los norteamericanos disparar a alguien no es algo tan mal visto como ocurre fuera de aquel país; en respuesta, Rajoy en España podría asegurar que a él y a todo su partido lo podrían descubrir robando todo el dinero público, todo el dinero de los hospitales y escuelas, y lo seguirían votando la misma cantidad de personas, si no más. Cada país tiene sus características identitarias incluso para definir los contornos de sus más atesorados defectos.

 

Por favor España:  ¡Aparta ya y de una vez por todas, ese maldito cáliz!

 

Bárcenas aparcando en plaza de minusválido en sus vacaciones

Bárcenas aparcando en plaza de minusválido en sus vacaciones

Published by martinguevara - en Europa Aorta
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13 agosto 2016 6 13 /08 /agosto /2016 19:42

Ayer comí en una parrilla argentina y hoy en un ranchón cubano, con su música de son en vivo, ambos en el centro de Madrid, a metros de Sol, centro geográfico de España.

Así resulta que confronté gastronómicamente dos de mis tres identidades nacionales en el mismo centro cardinal de la tercera.

Es curioso como el torrente de expresiones, de terminologías descriptivas, halagüeñas, insultantes, que me recorre de súbito con la aparición de un estado de ánimo inesperado, ora alegría o enfado calurosos, ora gozo o dolor agudos, varía de una identidad a otra sin que intervenga en absoluto mi control consciente.

En la carretera me enojo en argentino, acaso porque alguna vez cuando chiquito vi a mi viejo puteando a un conductor medio salame.

De peatón con los torpes o los pozos callejeros en cubano, y a un contratiempo como cliente de alguna compañía hago frente como un español enojado.

Las chanzas y sornas en argentino ¿dónde se inventó la burla si no en Buenos Aires?

En el humor soy original, generalmente una mezcla de los literatos que leí, ese humor que se aprende en silencio, que se expresa estando sólo frente a los estímulos, sin embargo en los chistes pugnan y comparten las tres identidades.

Chistes sobre gente burra en argentino, sobre la vida cotidiana y medio verdes, en cubano, y como no he vivido en Andalucía o Cataluña que son las dos grandes marcas registradas del humor ibérico, muy distinta una de otra, en menor medida me expreso jocoso como castellano.

El tonito pedante intelectual, con mayor ahínco incluso cuanto menos sepa del tema, por supuesto: argentino. Tono displicente, hedonista, lúdico, desde ya, el cubano. Y para el tono serio, decidido, impertérrito: adopto la pose y ese híbrido en mi acento que se acerca al recitado épico español.

La poesía por supuesto la  pienso en acento español, los más grandes de todos los tiempos.

"El cuchi cuchi mandarina", el frenetismo interpretativo de pieles y secreciones, la cláusula que Barrabás le puso a Jehová, el sempiterno"quita y pón", varía según en el momento y según la partenaire.

Hablando de las postrimerías femeninas durante el frenesí, con una baba sedienta de sangre para colmillo de lobo, uso el término: "la colita" en el más auténtico, grasoso, Olmediano y Porceliano porteño, lo mismo me ocurre si en el trance menciono las esponjas pectorales.

Pero al hablar del arma de este Lancelot de entre siglos, menciono la palabra acaso más usada en Cuba, que dicen que proviene de China y refiere a un rudimento en forma de palo sobre el hombro que ayuda a portar velas o baldes de agua de un lado a otro. Utilizaré la palabra en su acepción fina, la del lejano Oriente, esa que precedió al hombre occidental, la que tal vez aparezca mencionada en el poema que algún emperador Ming le pudo dedicar a su amada: la Pinga ( con tono chino)

Y en todas esas partes donde el arrebato precisa casi más de la intervención de manos, soplos, piel y guarrerías verbales me vuelvo el más soez de los ibéricos, aunque puede saltar también el puerco de La Habana y el zarpado de Baires.

Con la música no me pasa, en realidad casi escucho exclusivamente la inglesa, la norteamericana, y cuando no, clásica, ópera y de cámara. Europea, y bailando soy patón en cubano, argentino y español.

En su mayoría uso expresiones argentinas, porque allí nací y aprendí a hablar, seguidas por cubanas ya que allí crecí, y por último españolas que es donde he pasado la mayor parte de mi vida, aunque de adulto, por lo que el acento ya vino definido y contorneado, pero siempre queda espacio para un "vale" un "venga" un "vamos" y por supuesto, para ese sonoro y siempre tonificante:

¡Joder!

Para concluir me gustaría destacar estas curiosidades de la lengua castellana en sus continuos viajes por el orbe, otra vez centrado en la figura femenina, aunque en esta ocasión en su vestimenta más ligera:

En Argentina lo que tapa la ropa interior femenina se llama pollera, en Cuba saya, en España falda, en Argentina lo que hay debajo en la parte de arriba se llama corpiño, en Cuba ajustador, y en España sujetador, mientras que lo de abajo en el sur celeste se llama bombacha, en la perla del Caribe blúmer, y en la Hispania de Trajano: bragas; y a lo que esa prenda íntima protege y cuida, como si fuese una coraza protectora marina: se le dice concha en argentino, o como si se tratase de un pastel de harina y azúcar: bollo le llaman los cubanos y como si saliese de la galera del mago con las orejas tiesas: en España le llaman conejito.

Y la noche, aquí, allá, acullá, sólo se llama noche.

Comida argentina y cubana en Madrid
Comida argentina y cubana en Madrid

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5 agosto 2016 5 05 /08 /agosto /2016 22:05

Según fuentes oficiales, Eusebio Leal, jefe de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana,  fue relevado del cargo y de su puesto al frente del Imperio formado por el conglomerado de empresas Habaguanex por asuntos de salud, pero no lo relevan ni vicepresidentes, ni encargados, ni ninguno de los gerentes de las diferentes ramas de la compañía, sino las FAR.

Y aunque lo preocupante en realidad sea que ni por la oficina de Leal, ni por las FAR, jamás mereció la minima atención esa Habana Vieja habitada por vecinos reptantes entre escalones desechos, columnas a punto de desplomarse, sostenes para techos agujereados improvisados de madera, sinuosamente moviéndose para alcanzar la puerta desconchada de un baño pestilente, sin un solo sanitario que funcione, ni una tubería que ose transportar agua por su garganta hasta los restos de grifos y duchas, La Habana de cuerpos que sortean a saltos los pozos callejeros y en rodeos las montañas de escombros de la acera, en tanto sólo se preocuparon por embellecer la parte más lucrativa de La Habana Vieja para disfrute de turistas, empresarios y famosos modistos que viven a miles de kilómetros de de sus paredes; aún así, cabe decir que es una barrabasada que uno de los escasísimos emprendimientos que se llevaron a cabo con buen gusto y criterio como el que demostró Leal y su equipo, pase a ser administrado por gestores de tan escaso éxito financiero, comercial y estético como las Fuerzas Armadas.

Pero este acontecimiento puntual no es ni remotamente lo más comentado en la isla, por una parte porque de ello no se deriva debate alguno en los medios, ni se informa de los verdaderos entresijos, y porque la atención toda está puesta en los noventa años que próximamente a mediados de Agosto, cumplirá el líder histórico y máximo dirigente de la revolución cubana, Fidel Castro.

Una longeva vida en un deteriorado cuerpo, estirada con toda suerte de onerosos tratamientos, eminencias médicas internacionales, por supuesto de países capitalistas como España, vida de la cual, bastante más de la mitad ha sido un paradigma del poder absoluto universal, permaneciendo en lo alto del sistema de jerarquía vertical nepótico, casi monárquico, que él mismo estableció en la isla otrora llamada la Perla del Caribe, hoy más cercana a: “la Bisutería perdida”.

En estos días de campaña electoral en EEUU gran parte de la opinión pública se alarma con razón con las declaraciones poco elegantes y democráticas de algún candidato, o frente a cualquier mandatario del mundo que esgrima argumentos de corte poco tolerante, decisiones no suficientemente consensuadas con la oposición y la población para llevar a cabo sus ideas o caprichos, sin embargo buena parte de esa masa crítica ni siquiera se inmuta ante el más de medio siglo de políticas de despropósitos y abusos de poder a base de "dictados" y "lineamientos" del Comandante. He ahí el major éxito de las barbas y el verde olivo.

Las fosas sépticas no se encuentran en exclusiva en el capitalismo desprovisto de sensibilidad social, ni en el comunismo enemigo de toda diferencia, distinción, cualidad o ambición personal, sino que se halla allí donde el fuerte hedor lo evidencia.

Nueve décadas cumplirá próximamente, quien para los adeptos que aún continúan con la voluntad secuestrada por esa suerte de Síndrome de Estocolmo colectivo, es Fifo, el Caballo o el Comandante; y quien para los detractores que han tenido la fortuna de poder enterarse de que pasaron medio siglo padeciéndolo, es Cara de Coco, Guarapo, Esteban, Bola de Churre.

El Aliñao o Ciruelón, es una bebida de las provincias orientales de Cuba, asi como el prú. El "Aliñao" se elabora con licores y maceración de frutas no cítricas, grosellas, ciruelas, trozos de piña. Según la tradición el Aliñao se empieza a preparar cuando una mujer está encinta, se hunde bajo la tierra, y cuando la mujer da a luz se bebe y se celebra con algunas botellas de lo enterrado, otras botellas se dejan los años que sea necesario hasta que haya una quinceañera en la familia, e incluso se deja una parte más para cuando toque el turno de casarse.

Guarapo se ha vuelto viejo como un Aliñao sustancioso que hubiese pasado por nacimientos, quinces, bodas y hasta sepelios. Aunque según la tradición, el Aliñao es un eficaz donante de buena suerte, por ende, aunque el comandante sea oriental,  se recomienda no llamarle Aliñao sino: "Guarapo añejo".

Por favor afines, afectos, secuaces, simpatizantes y obsecuentes, no pierdan la dignidad.

Dejen que le canten cumpleaños feliz solamente su familia y aquellos guatacones a quienes él hizo inmensamente poderosos y hoy se hacen ricos, a cambio de la sempiterna adulación zalamera.

Y que soplen noventa velas de cera sobre la tarta, y también una inmensa vela desplegada sobre el palo mayor de una nave que ponga la proa a Lontananza, más allá de Finisterre, y que soplen fuerte, que no dejen de soplar.

Los hermanos Kastromasov

Los hermanos Kastromasov

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4 agosto 2016 4 04 /08 /agosto /2016 13:24
Ombú

Ombú

Bien, habrá que parecer fresco como la lluvia

o como esos tamarindos que caen con la cáscara fracturada

y la pulpa agujereada por el intruso de trazo sinuoso,

lozano como el recuerdo de la mirada que inclina la nuca.

que eleva la plegaria y luego la hunde hasta el averno,


rozagante como el grito y la caída.

 

Pero…

 

¿No hay ya suficientes trasnochados, vigilantes del silencio, angustiados por la cercanía de la locura?

¿No hay ya bastantes almas auto conmiserativas, victimas de su propia luz, verdugos de sus sombras?

¿No está el patio repleto de juguetes abandonados, usados sólo una vez o ni siquiera estrenados?

¿No son demasiados niños tontos, que no saben patear, que no pegan como es debido, que se escoran en el recreo  y que huyen a la salida?

¿No está henchido el mundo de bobos esperando una exclamación de admiración en lugar de una mirada compasiva, de una caricia estupefaciente?

 

¿De verdad necesitan a uno más?

Ombú

Ombú

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30 julio 2016 6 30 /07 /julio /2016 17:57

-Hola- le dije al conserje en portugués- me dijeron que aquí se puede dormir por poco dinero.

-Depende- me dijo el hombre- de lo que usted considere poco.

Me dijo que por medio dólar tendría una cama, que debía compartir con un compañero de cuarto. Acepté, y le di dos dólares para cuatro días, los tomó sin salir de dentro del cubículo enrejado en que estaba, y me indicó las escaleras que me llevaban a mis nuevos aposentos. Mi habitación era un trozo del cuarto original de la casona, que había sido dividido cuatro espacios con tablones de aglomerado, de una forma que dejaba ver el escaso amaneramiento del  propietario. Había dos literas con dos camas cada una, y un pasillo estrecho entre ambas, tuve suerte de que me tocara la parte de la habitación donde originalmente se encontraba la ventana.  las camas contaban con una sábana gastada pero limpia, y una almohada sin funda que sólo de verla me despertaba los alérgenos del asma.

-¿Y ahí? – me dijo un hombre delgado de estatura baja, con pocos dientes y de mediana edad_ Joao, dijo cediéndome la mano.

-Martín- le dije mientras presentí como escudriñaba mi humanidad con la mirada, tal como yo había  hecho poco antes con él. 

Un joven de otro país, delgado, de estatura media, pelo oscuro largo hasta los hombros y de vestimenta llamativa, y con un excéntrico abrigo polar en su mano, un pequeño bolso al hombro, que no dede esconder mucho de valor, y un reloj que sí debería estar oculto- debió pensar a su vez Joao.

Yo estaba cansado, había llegado a Santos a dedo, después de andar  dando vueltas entre Sao Paulo y Río de Janeiro, viajes en los que gasté todo el escasísimo dinero que llevé a Brasil. Me desplomé sobre la catrera, que en ese momento me sabía a gloria,  preguntándole antes al flamante compañero de habitación:

- No irás a robarme mientras duermo no? Joao sonrió y no entendí lo que me dijo a continuación, pero su semblante hablaba por él, era de fiar.

Me levanté unas horas más tarde con mucha hambre, solo había comido una coxinha y una esfinha en la rodoviaria al llegar a Santos. Me quedaban unos dólares que llevaba cuidadosamente enrollados en los calzoncillos. Esto solucionaba dos asuntos: dado el estado higiénico de mis pantalones, cabría  suponerle demasiado valor a cualquier delincuente rastrero que decidiese probar suerte mientras dormía introduciendo sus dedos en semejante caja de sorpresas, y por otro  lado, mientras estaba en vigilia, le daba ese toque de aumento, que no se puede decir de manera categórica que mi bulto lo precisara, pero el cual no le venía mal en absoluto, para poder pavonearme entre las garotas casuales de la rúa. De todos modos estaba bien reguardado frente a posibles decepciones, ese blue jean no me iría a permitir demasiados acercamientos. Años más tarde, me resulta sugerente la imagen de mi pene desorientado envuelto en dólares, para lo que sea que fuese.

   

Había ido a Brasil unos tres meses atrás, sin saber bien donde dirigirme, pero con la intención de encontrar  un puerto importante donde parasen barcos de bandera noruega, panameña y de Liberia, que eran los que tomaban trabajadores para cubrir plazas sin requerir mucho más que un pasaporte en regla, y la promesa de que no marearse en alta mar, requisitos hasta los que podía llegar. Mi intención era pasar un par de años a bordo como marinero general  o como ayudante de cocina, ganar un buen sueldo y ahorrarlo íntegro. Aunque la fantasía del escape componía la mayor porción en el entusiasmo con que iba en la búsqueda de mi barco. Tenía metido en la cabeza a mi tío el héroe de las Américas, del lado izquierdo de la cabeza y del lado derecho, incluso hasta en ese desafío, ya que él había intentado viajar sin abonar el monto del pasaje  en un barco, durante uno de sus periplos, hasta que el hambre lo obligó a presentarse en el puente de mando y admitir que iba de polizón. También como en todo lo que me rodeaba, había una mujer en mis fantasías, quería impresionar a una reciente amante que había quedado en Buenos Aires a recaudo de sus infidelidades, en aquellos entonces, en mis condiciones, haber logrado que aquella mujer me amase, rebasaba lo que cabía que yo esperase de mi. Y ello me entusiasmaba empujandome hacia el precipicio de riesgo que suponía era lo que a ella le atraía de mi.

Vos sos el viajero descalzo, el gitano- me dijo mi madre una vez.

Lo cierto era que embarcar no se estaba llevando a cabo lo rápido que había supuesto, aunque seguía subiendo a la borda de los barcos mercantes para hablar con el capitán insinuar que sería bienvenido un plato de comida de barco europeo y alguna cerveza fría de las gambuzas, ya empezaba a divertirme más el hecho de conocer Brasil, su gente y también un poco más a mí mismo, como es menester en un buen viaje. Tenía el discurso fijo de bajarme en Rotterdam una vez que me cansara de alta mar, pero la idea era difusa. Se me había ocurrido Holanda a raíz de de mi nueva amiga y una ex novia que sólo hablaban maravillas de la vida allí. Por eso llevaba el abrigo de pluma de ganso que en el sur argentino lo había puesto a prueba de un invierno durísimo. 

 Santos era la ciudad portuaria más importante de Brasil, y en los muelles brasileros por entonces, con solo presentar el pasaporte la guardia permitía entrar hasta los embarcaderos, a los que uno pretendía enrolarse. Era de esperar que allí tuviese más suerte que en Río grande do Sul donde llegué a bordo de  un camión, que tomé en el mercado central de frutas. Los camioneros argentinos entonces solían dar aventones para que les entretuviesen con historias y les cebaran el mate, siempre que uno se acreditara debidamente y presentara un aspecto, si bien no atildado, al menos poco temerario.  

Un día subí a tres barcos en los cuales me trataron con cordialidad, y escucharon mis plegarias de dos años de sueldo y al cabo de ello,  Rotterdam, con cervezas holandesas y pasto de marineros. Cuando desperté en mi cuarto de hotel con los jugos gástricos pidiéndome combustible,  aún estaba Joao en la habitación tumbado en su cama, y continuaba en mi pantalón el preciado bulto.

 

2

 

Fui al cuarto de baño, que se encontraba en la misma planta,  austero pero limpio,  regresé a la habitación, le dije a Joao que bajaría y en dos horas estaría allí nuevamente. Salí a la calle a ver que tenía preparada la ciudad de Santos para seducir a un entumecido paladar citadino.

El pasillo del "Hotel" era luminoso, de suelos de mármol y marcos de caoba, revelaba un pasado de mayor resplandor. Había  cierta decencia expresada  en el esfuerzo que parecía hacer ese otrora conjunto de espacios ordenados, para intentar dar fe de su rancia aunque avejentada prosapia.

Cuando bajé ya se había hecho de noche. El Hotel estaba en una calle perpendicular a la avenida que pasaba frente a los muelles de carga. Al lado del viejo portón de entrada del Hotel, de madera oscura y compacta, hacia la esquina del muelle, había un bar desde el cual procedía el sonido en alto volumen, típico de las aglomeraciones con gente macerada ya por la ingesta de alcohol, sonando todas a la vez, formando un coro  reconocible en cualquier cultura del mundo con independencia de lo gregarias de sus idiosincrasias. Me asomé a la puerta iluminada y de donde además del bullicio y del vahído de cachaza salía de una victrola una música pésima pero alegre. Percibí el olor a algún tipo de fritura y me adentré en el local. La música  lejos de parecer atemperar los ánimos de las conversaciones las azuzaba, parecía exhortarlas a llegar a las más altas cotas de volumen.

Excepto por la variedad en los productos, me recordaba a los bares cubanos,  por lo animado de la charla, hasta por el fenotipo de los parroquianos y sus ademanes.

Una vez acodado pedí dos muslos de pollo y una coxinha, una especie de croqueta que se hace también a base de pollo y que recién cocinada en un sitio menos grasiento que aquel, puede resultar incluso aceptable para un buen paladar. Los acompañé con una coca cola fría. Debía ser el único tipo en ese bar y a varios metros a la redonda, que no estaba bebiendo cerveza o cachaza. Una semana antes me había propuesto no ingerir alcohol, al menos hasta que tuviese un alojamiento en condiciones y un trabajo como la gente, debía andar fresco y en las mejores condiciones posibles, hasta que volviese a reunir las  condiciones para vomitarme encima. Promesa que había caducado unas horas atrás en el barco nórdico, pero que intentaba reconstruir con todos sus piezas.

Había mujeres con medias negras y medio pecho al aire, arrimadas a los tipos de la barra que discutían entre sí, sin participar en las palabras de ellos pero sí en los sorbos a sus vasos. El culo de la chica que acompañaba al morocho alto que estaba a mi lado, se pegó a mi cadera sin que yo lo procurase, aunque sin que me desviviese por evitarlo.  La chica que contaba con una cantidad de años imposible de intuir detrás de todas aquellas superpuestas manos de pintura facial, me miró de reojo y sonrió. El moreno la apartó con la mano y me echó una mirada desafiante, yo lo observaba con el rabo del ojo mientras comencé a levantarme de la banqueta atornillada al suelo, con la coxinha en la mano y un muslo de pollo en la boca.

_ ¿Que es lo que es?  Me preguntó en tono camorrero.

De inmediato y sin pensarlo, me levanté y salí de aquel antro, guardando  la máxima dignidad que fuese capaz de conservar en mi huida. Llevaba el tiempo necesario en Brasil como para saber que en cualquier sitio que  se podía armar una pelea, se armaría.  Y podían intervenir puños, navajas, armas de fuego y todos los clientes del local. Y aunque alguna vez habría podido fantasear con ser una especie de maestro de Shaolín y darle su merecido a todos los que se habían mofado de mi, lo cierto es que no pasaba de ser un deseo difuso, y no sentía el más mínimo apego por la temeridad o el heroísmo.

Antes de salir miré a los ojos de la chica y del borracho, sonreían, parecían estar festejando mi espantada con sus interlocutores. Los dejé con sus asuntos a tratar y me fui con mis dientes sanos y el estómago sensiblemente más aliviado a dar un paseo por esa parte de la ciudad. No había muchos sitios más recomendables que ese para ir a aquellas horas. El hotel se encontraba en una parte de la ciudad que no era la elegida por las familias de clase media, ni de ninguna clase de familia, para salir de paseo.

Comí alguna cosa más en el bar de la Rodoviaria,  donde pedir un refresco de guaraná o una coca cola, se parecía más a un acto cotidiano que a una afrenta. Luego regresé al hotel, al fin y al cabo no había dormido más que un rato, y no tenía demasiado sentido quedarme haciendo turismo por aquella barriada de clasicismo  portuario.

-Da mais uma Pinga- decía un borracho pidiendo la copa salidera en un barcito a pie de calle. Me causaba gracia, en Cuba pinga es el pene e infinidad de significados y significantes que lo rodean, en Brasil es la cachaza. Si le hubiese dicho al borracho que en Cuba estaría diciendo: Dame más pinga papito- y que ello me estaba causando risa me habría partido la botella en la cabeza. O quien sabe.

En la entrada  del Hotel había dos hombres discutiendo algo, estaban alterados, pero conservaban el tono de voz bajo, cuando pasé por su lado hicieron silencio y me observaron , les di las buenas noches y me dirigí al cuarto sin más escalas. Joao estaba profundamente dormido, era demasiado temprano para un brasilero buscavidas, observé  su corte de pelo, la higiene de su ropa y tenía aspecto de llevar una vida ordenada,  tanto él como yo habíamos dejado el equipaje tras las rejas de la recepción, así que podíamos confiar en nuestras respectivas corazonadas.

 

3

 

Por esos meses había tomado posesión del cargo de presidente de la nación, Fernando Collor de Mello, y se respiraba un ambiente optimista. Representaba el éxito de las políticas liberales en alza representada entonces por los yuppies, tenía cuarenta años, coqueteaba con la juventud admitiendo que había fumado maconha en el colegio, y se granjeaba la simpatía de la comunidad gay, trans, y de la heterosexual interesada en las refriegas con sabor variado,  resaltando la figura de Roberta Clós, una transexual famosa y de tal belleza femenina, que fue propuesta un ocho de marzo como representante de la mujer brasilera. Desde las cadenas de televisión de mayor éxito se aclamaba a Collor como el transformador de Brasil, quien erradicaría la corrupción de cuajo, era el adalid de la derecha moderna, el Indiana Jones que necesitaba América Latina. Cambió la moneda de cruzados novos a cruzeiros, bajo el plan de renovar el país.

Comenzaba con esas premisas uno de los periodos de mayor corrupción en Brasil y alrededores, pero en ese momento el clima era optimista, transmitía la sensación de tener los bolsillos llenos, había una alegría generalizada en el gasto, tanto de los individuos como de las instituciones. Los municipios y Estados gobernados por el PT de Lula propiciaban a los viajeros que se quedaban sin dinero, una cama en uno de los albergues para pobres, que en algunos casos eran sensiblemente más cómodas e higiénicas que las colchonetas de aquel hotel. Claro que por cincuenta céntimos de dólar, era difícil concebir algo substancialmente mejor que aquella litera.

Los Estados gobernados por el Partido liberal en lugar de proporcionar albergue, utilizaban los medios económicos para conceder un pasaje gratuito al Estado limítrofe más cercano, sin importar si este era del mismo partido político o del opuesto, la consigna era no almacenar “maluqueiros” foráneos, cada ciudad y Estado ya contaba con una bien nutrida cantidad de los propios. Semejante gentileza debía ser convenientemente aceptada, de buena gana o a regañadientes, pero nunca rechazada, ya que en caso de que los “malucos” y “doidones” poco perspicaces, insistiesen en la idea de pernoctar en las calles, plazas, o playas de aquellas ciudades,  había pensada otra solución, algo extrema quizás, casi póstuma, y con el mecanismo bien engrasado, que era darle trabajo a los escuadrones de la muerte, que gustosos, a cambio de cachaza,  blanca navidad y una exigua paga, se encargaban de dejar bien limpio el patio.

Yo había utilizado ya el boleto gratuito de una población a otra, pero nunca la opción del albergue para indigentes. El haber conseguido conciliar el sueño en semejante lecho, solo podía ser una premonición de lo que mi espalda se vería abocada a soportar, si no subía a ese bendito barco de bandera internacional de una vez y por todas. Así que mejor sería que me dispusiese a descansar en condiciones y que aprovechase las horas del día en hacer amigos de alta mar. Dormí a pierna suelta, permitiendo que cada chinche o pulga que lo desease, hiciese uso de toda la sangre que fuese capaz de obtener de mis venas.

Cuando me desperté, Joao estaba sentado al borde de su cama leyendo una de esas revistas de actualidad repletas de fotos y de titulares en colores, con un nada despreciable espacio destinado a la presentación de una variada fauna. Muchachas, muchachos, travestis, chicos que eran chicas , chicas que eran chicos, sirenas, centauros, unicornios, tríos, cuartetos, grupos, exhibicionistas, voyeurs, en fin, la más variada fauna como objeto de compañía cronometrada.

Abrí el pequeño sobre de polietileno que usaba a modo de neceser, donde guardaba mis efectos personales, una a cuchilla de Gillette tan usada que resultaba más fácil que arrancase de cuajo los pelos cuando se aferraba a ellos de manera persistente y tenaz,  a que lograse segarlos a ras de la piel. Un cepillo dental que una vez ya superada su vida útil, permitía a sus finas cedras disponerse anárquicamente apuntando cada una a una constelación distinta. Un frasco de agua de colonia de Yves Saint Laurent, al que aún le quedaba para tirar un tiempo utilizando unas recortadísimas dosis, un cortaplumas suizo de seis elementos. Lo demás eran jaboncitos, algún frasquito de champú eventual, o algún desodorante de roll on, siempre en las últimas trazas resbalosas a punto de secarse y tirar de los vellos trabados entre la bolita y el borde.

Saqué el cepillo de dientes, la cuchilla de afeitar un pedacito de jabón y me fui al baño.

En el pasillo, sobre las baldosas vi unas gotas de sangre, como las que me solía sacar de mi pescuezo ancho como el ombú, poblado de un incomodo vello, que convenía rasurar cada día, en vistas de que no obtenía ese aspecto, desaliñado pero sexy que presentaba Mickey Rourke en nueve semanas y media. Cuando llegué al baño debí esperar ya que había un hombre afeitándose. Me miró fijamente, amenazante, parecía no buscar bronca sino afeitarse en paz. Decidí apartarme un poco de la puerta y regresar hacia el pasillo junto a las gotas  de sangre secas,  para esperar a que terminase sin riesgo alguno de que un repentino brío matutino lo animase a la pelea.

Desde el pasillo, se escuchaba un grupito de tres personas de la planta inferior, que  hablaban en portugués muy cerrado, intercalando lo que parecía ser el lunfardo brasilero, la Yiria, con algunos vocablos inteligibles, de lo que conseguí entender que había habido un problema durante el transcurso de la noche. Cuando regresé a la habitación, Joao no estaba, me peiné, colgué la toalla, y aproveché para perfumarme y recontar la plata que me quedaba. Como si cupiese la posibilidad de que el dinero experimentase un repentino crecimiento, al cabo de alguno de aquellos  recuentos. Me senté a armar un cigarrillo de tabaco Samson holandés, y apareció por la puerta Joao, con dos pastelitos de carne. Me ofreció uno, asegurando que ya había comido abajo ante mi negativa a tomarlo hasta que accedí, y en pago le convidé un cigarrillo armado. Entonces me contó que la noche anterior un hombre había muerto apuñalado en ese pasillo.

Dos hombres habían entrado al hotel durante la noche, con un solo bolso, según le explicó el muchacho de la entrada, a quien ni intentaron dejárselo en consigna. Al rato salieron a tomar algo y al regreso se detuvieron a discutir en el pasillo de entrada, primero en voz moderada que luego fue creciendo en volumen y gravedad de acusaciones y amenazas, dijo que no se ponían de acuerdo en cual de los dos había trabajado más en un robo que acababan de perpetuar. Al final se pusieron más o menos de acuerdo y se fueron a dormir.

Muy temprano en la mañana uno de los dos, salió del hotel con el bolso. Al poco rato el muchacho de la conserjería escuchó una voz en el pasillo de arriba quejándose de un dolor, y moviéndose por el suelo. Sabía que algo no andaba bien; pero tenía la orden de llamar a la policía y no salir del nicho por nada, menos aun en aquella situación, en la cual el ánimo solidario podría costarle caro.

Cuando la policía se presentó, el hombre agonizaba inmóvil sobre el suelo. Lo pasó a recoger una ambulancia, al parecer habían discutido por el botín y antes de terminar mal, uno le dio la razón al otro, de ese modo le permitió ir tranquilo a dormir la última mona de su vida. 

Antes de aligerarlo de equipaje le asestó unas cuantas puñaladas.

El sorprendido bribón, tuvo tiempo de arrastrarse fuera de la habitación y pedir auxilio. Pero ni los picotazos de los insectos, ni la incomodidad de la alcoba, ni la llegada de la policía, ni siquiera la ambulancia si alguna vez sonó a tal, hicieron mella en el profundo sueño, que en tales circunstancias suele apropiarse de las personas de sentido común y valor ordinario.

Joao dijo que el muchacho había limpiado el suelo. todo mientras dormíamos, mientras una pulga se cebaba en la aorta de mi cuello, tratando de extraer algo de lo poco que había dejado otro tipo de chinche, que hablaba mi lengua y la de mil demonios, que besaba y maldecía, y que también succionaba aquello que había dejando a su paso una sensible roncha perenne.

 Basta de barcos, me quedaría en Brasil. Aún no había probado garota.

 

Puerto de Santos, Brasil.

Puerto de Santos, Brasil.

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