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27 noviembre 2015 5 27 /11 /noviembre /2015 04:55

No sabía que hacer. Me quedé un rato largo mirando la lámpara verde de base bronceada, mi lámpara de abogado de despacho caoba- algarrobo y tapiz de billar, mi lámpara de Biblioteca nacional.

Dejé el bolígrafo, el móvil y la Pepsi sin burbujas que me estaba tomando y decidí salir a caminar por la ciudad.

Hay que aprovechar, no siempre se está solo en la nada, sin nada que hacer y con ganas de nada.

El diario anunciaba un concierto de greasy blues rock irlandés en el Gran Café. Los conciertos del Gran café son con olor a concierto de rock, el local es pequeño, de techo bajo, todo madera, y una tarima muy cercana a todos, el lugar es tan recogido que la tarima es casi simbólica.

Lo único que cambió del Gran café es aquel humo que solía haber cuando se podía fumar dentro de los locales. Ya no fumo hace años, agradezco no tragarme bocanadas de humo expelido con dióxido pero me solidarizo en secreto con esas sombras encorvadas, chupando el filtro con prisa, con culpa, o desafiantes, con una bufanda de cenicero por el frío del ciudad, mientras los que entran al local se tapan la nariz.

En la carnicería no se la tapan, se traga todo el olor a cadáver aséptico, en la perfumería menos aún, adentro todas las flores muertas, en cambio en el bañó del Gran café sí, hay que volver a taparse la nariz.

El concierto se anunciaba a las diez dela noche, me asomé a las diez en punto, y sólo había una mesa con tres parroquianos bajando cervezas, tenían el pelo largo, barba, eran fuertes y vestían camisetas de rock.

Me asomé a preguntarle al de la puerta que vendía las entradas si tocaban por fin o se había suspendido, me dijo que la gente llegaría más tarde. Le pedí un volante publicitario del grupo, dije que daría una vuelta y volvería, como cuando estás agobiado en una tienda que dices "- Vuelvo antes de que cierre" -

Al regresar sobre mis pasos, uno de los tres de la mesa se quedó mirándome fijo, intente girar la cabeza en dirección a la calle, pero su mirada tiraba de mi como una rienda de la cabeza de un caballo terco, me costó pero logré zafar y encaminarme a la esquina, luego pude ver con el rabillo del ojo que reía con los demás sin demasiada convicción.

Seguí caminando un rato pensando que si encontraba algo agradable que hacer podría retornar cuando estuviese más concurrido el local. Una Gibson Les Paul estaba de pie sobre del escenario, me gusta el sonido de esa guitarra tanto para rock como para blues, es muy acertada para un concierto en un garito pequeño, con los altoparlantes al lado dela oreja, para el guitarrista es un placer pisar el mástil y hacer un bend con dos cuerdas, sonando una distorsión no obstante muy limpia, el mástil es cómodo y las platinas nacaradas a cada rato llaman a los dedos del guitarrista para que haga un bend, para el público es precioso.

Claro te tiene que gustar la guitarra, el blues y rock greasy. Mientras iba pensando eso llegué casi a mitad de camino entre el Café y mi casa, así que pensé que otro día vería a otro grupo, y pasé a comprar una Pepsi light como la gente, con burbujas.

Cuando llegué a casa encendí la lámpara verde de bibliotecas finas, la luz iluminó el volante que le había pedido al portero del Gran café, y ahí estaban de pie, los tres barbudos de la única mesa ocupada, retratados mirando al foco de la cámara, los Crow Black Chicken de la Gibson Les Paul.

 

 

 

Los Crow Black Chicken

Los Crow Black Chicken

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Published by martinguevara - en Relax
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