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30 julio 2016 6 30 /07 /julio /2016 17:57

-Hola- le dije al conserje en portugués- me dijeron que aquí se puede dormir por poco dinero.

-Depende- me dijo el hombre- de lo que usted considere poco.

Me dijo que por medio dólar tendría una cama, que debía compartir con un compañero de cuarto. Acepté, y le di dos dólares para cuatro días, los tomó sin salir de dentro del cubículo enrejado en que estaba, y me indicó las escaleras que me llevaban a mis nuevos aposentos. Mi habitación era un trozo del cuarto original de la casona, que había sido dividido cuatro espacios con tablones de aglomerado, de una forma que dejaba ver el escaso amaneramiento del  propietario. Había dos literas con dos camas cada una, y un pasillo estrecho entre ambas, tuve suerte de que me tocara la parte de la habitación donde originalmente se encontraba la ventana.  las camas contaban con una sábana gastada pero limpia, y una almohada sin funda que sólo de verla me despertaba los alérgenos del asma.

-¿Y ahí? – me dijo un hombre delgado de estatura baja, con pocos dientes y de mediana edad_ Joao, dijo cediéndome la mano.

-Martín- le dije mientras presentí como escudriñaba mi humanidad con la mirada, tal como yo había  hecho poco antes con él. 

Un joven de otro país, delgado, de estatura media, pelo oscuro largo hasta los hombros y de vestimenta llamativa, y con un excéntrico abrigo polar en su mano, un pequeño bolso al hombro, que no dede esconder mucho de valor, y un reloj que sí debería estar oculto- debió pensar a su vez Joao.

Yo estaba cansado, había llegado a Santos a dedo, después de andar  dando vueltas entre Sao Paulo y Río de Janeiro, viajes en los que gasté todo el escasísimo dinero que llevé a Brasil. Me desplomé sobre la catrera, que en ese momento me sabía a gloria,  preguntándole antes al flamante compañero de habitación:

- No irás a robarme mientras duermo no? Joao sonrió y no entendí lo que me dijo a continuación, pero su semblante hablaba por él, era de fiar.

Me levanté unas horas más tarde con mucha hambre, solo había comido una coxinha y una esfinha en la rodoviaria al llegar a Santos. Me quedaban unos dólares que llevaba cuidadosamente enrollados en los calzoncillos. Esto solucionaba dos asuntos: dado el estado higiénico de mis pantalones, cabría  suponerle demasiado valor a cualquier delincuente rastrero que decidiese probar suerte mientras dormía introduciendo sus dedos en semejante caja de sorpresas, y por otro  lado, mientras estaba en vigilia, le daba ese toque de aumento, que no se puede decir de manera categórica que mi bulto lo precisara, pero el cual no le venía mal en absoluto, para poder pavonearme entre las garotas casuales de la rúa. De todos modos estaba bien reguardado frente a posibles decepciones, ese blue jean no me iría a permitir demasiados acercamientos. Años más tarde, me resulta sugerente la imagen de mi pene desorientado envuelto en dólares, para lo que sea que fuese.

   

Había ido a Brasil unos tres meses atrás, sin saber bien donde dirigirme, pero con la intención de encontrar  un puerto importante donde parasen barcos de bandera noruega, panameña y de Liberia, que eran los que tomaban trabajadores para cubrir plazas sin requerir mucho más que un pasaporte en regla, y la promesa de que no marearse en alta mar, requisitos hasta los que podía llegar. Mi intención era pasar un par de años a bordo como marinero general  o como ayudante de cocina, ganar un buen sueldo y ahorrarlo íntegro. Aunque la fantasía del escape componía la mayor porción en el entusiasmo con que iba en la búsqueda de mi barco. Tenía metido en la cabeza a mi tío el héroe de las Américas, del lado izquierdo de la cabeza y del lado derecho, incluso hasta en ese desafío, ya que él había intentado viajar sin abonar el monto del pasaje  en un barco, durante uno de sus periplos, hasta que el hambre lo obligó a presentarse en el puente de mando y admitir que iba de polizón. También como en todo lo que me rodeaba, había una mujer en mis fantasías, quería impresionar a una reciente amante que había quedado en Buenos Aires a recaudo de sus infidelidades, en aquellos entonces, en mis condiciones, haber logrado que aquella mujer me amase, rebasaba lo que cabía que yo esperase de mi. Y ello me entusiasmaba empujandome hacia el precipicio de riesgo que suponía era lo que a ella le atraía de mi.

Vos sos el viajero descalzo, el gitano- me dijo mi madre una vez.

Lo cierto era que embarcar no se estaba llevando a cabo lo rápido que había supuesto, aunque seguía subiendo a la borda de los barcos mercantes para hablar con el capitán insinuar que sería bienvenido un plato de comida de barco europeo y alguna cerveza fría de las gambuzas, ya empezaba a divertirme más el hecho de conocer Brasil, su gente y también un poco más a mí mismo, como es menester en un buen viaje. Tenía el discurso fijo de bajarme en Rotterdam una vez que me cansara de alta mar, pero la idea era difusa. Se me había ocurrido Holanda a raíz de de mi nueva amiga y una ex novia que sólo hablaban maravillas de la vida allí. Por eso llevaba el abrigo de pluma de ganso que en el sur argentino lo había puesto a prueba de un invierno durísimo. 

 Santos era la ciudad portuaria más importante de Brasil, y en los muelles brasileros por entonces, con solo presentar el pasaporte la guardia permitía entrar hasta los embarcaderos, a los que uno pretendía enrolarse. Era de esperar que allí tuviese más suerte que en Río grande do Sul donde llegué a bordo de  un camión, que tomé en el mercado central de frutas. Los camioneros argentinos entonces solían dar aventones para que les entretuviesen con historias y les cebaran el mate, siempre que uno se acreditara debidamente y presentara un aspecto, si bien no atildado, al menos poco temerario.  

Un día subí a tres barcos en los cuales me trataron con cordialidad, y escucharon mis plegarias de dos años de sueldo y al cabo de ello,  Rotterdam, con cervezas holandesas y pasto de marineros. Cuando desperté en mi cuarto de hotel con los jugos gástricos pidiéndome combustible,  aún estaba Joao en la habitación tumbado en su cama, y continuaba en mi pantalón el preciado bulto.

 

2

 

Fui al cuarto de baño, que se encontraba en la misma planta,  austero pero limpio,  regresé a la habitación, le dije a Joao que bajaría y en dos horas estaría allí nuevamente. Salí a la calle a ver que tenía preparada la ciudad de Santos para seducir a un entumecido paladar citadino.

El pasillo del "Hotel" era luminoso, de suelos de mármol y marcos de caoba, revelaba un pasado de mayor resplandor. Había  cierta decencia expresada  en el esfuerzo que parecía hacer ese otrora conjunto de espacios ordenados, para intentar dar fe de su rancia aunque avejentada prosapia.

Cuando bajé ya se había hecho de noche. El Hotel estaba en una calle perpendicular a la avenida que pasaba frente a los muelles de carga. Al lado del viejo portón de entrada del Hotel, de madera oscura y compacta, hacia la esquina del muelle, había un bar desde el cual procedía el sonido en alto volumen, típico de las aglomeraciones con gente macerada ya por la ingesta de alcohol, sonando todas a la vez, formando un coro  reconocible en cualquier cultura del mundo con independencia de lo gregarias de sus idiosincrasias. Me asomé a la puerta iluminada y de donde además del bullicio y del vahído de cachaza salía de una victrola una música pésima pero alegre. Percibí el olor a algún tipo de fritura y me adentré en el local. La música  lejos de parecer atemperar los ánimos de las conversaciones las azuzaba, parecía exhortarlas a llegar a las más altas cotas de volumen.

Excepto por la variedad en los productos, me recordaba a los bares cubanos,  por lo animado de la charla, hasta por el fenotipo de los parroquianos y sus ademanes.

Una vez acodado pedí dos muslos de pollo y una coxinha, una especie de croqueta que se hace también a base de pollo y que recién cocinada en un sitio menos grasiento que aquel, puede resultar incluso aceptable para un buen paladar. Los acompañé con una coca cola fría. Debía ser el único tipo en ese bar y a varios metros a la redonda, que no estaba bebiendo cerveza o cachaza. Una semana antes me había propuesto no ingerir alcohol, al menos hasta que tuviese un alojamiento en condiciones y un trabajo como la gente, debía andar fresco y en las mejores condiciones posibles, hasta que volviese a reunir las  condiciones para vomitarme encima. Promesa que había caducado unas horas atrás en el barco nórdico, pero que intentaba reconstruir con todos sus piezas.

Había mujeres con medias negras y medio pecho al aire, arrimadas a los tipos de la barra que discutían entre sí, sin participar en las palabras de ellos pero sí en los sorbos a sus vasos. El culo de la chica que acompañaba al morocho alto que estaba a mi lado, se pegó a mi cadera sin que yo lo procurase, aunque sin que me desviviese por evitarlo.  La chica que contaba con una cantidad de años imposible de intuir detrás de todas aquellas superpuestas manos de pintura facial, me miró de reojo y sonrió. El moreno la apartó con la mano y me echó una mirada desafiante, yo lo observaba con el rabo del ojo mientras comencé a levantarme de la banqueta atornillada al suelo, con la coxinha en la mano y un muslo de pollo en la boca.

_ ¿Que es lo que es?  Me preguntó en tono camorrero.

De inmediato y sin pensarlo, me levanté y salí de aquel antro, guardando  la máxima dignidad que fuese capaz de conservar en mi huida. Llevaba el tiempo necesario en Brasil como para saber que en cualquier sitio que  se podía armar una pelea, se armaría.  Y podían intervenir puños, navajas, armas de fuego y todos los clientes del local. Y aunque alguna vez habría podido fantasear con ser una especie de maestro de Shaolín y darle su merecido a todos los que se habían mofado de mi, lo cierto es que no pasaba de ser un deseo difuso, y no sentía el más mínimo apego por la temeridad o el heroísmo.

Antes de salir miré a los ojos de la chica y del borracho, sonreían, parecían estar festejando mi espantada con sus interlocutores. Los dejé con sus asuntos a tratar y me fui con mis dientes sanos y el estómago sensiblemente más aliviado a dar un paseo por esa parte de la ciudad. No había muchos sitios más recomendables que ese para ir a aquellas horas. El hotel se encontraba en una parte de la ciudad que no era la elegida por las familias de clase media, ni de ninguna clase de familia, para salir de paseo.

Comí alguna cosa más en el bar de la Rodoviaria,  donde pedir un refresco de guaraná o una coca cola, se parecía más a un acto cotidiano que a una afrenta. Luego regresé al hotel, al fin y al cabo no había dormido más que un rato, y no tenía demasiado sentido quedarme haciendo turismo por aquella barriada de clasicismo  portuario.

-Da mais uma Pinga- decía un borracho pidiendo la copa salidera en un barcito a pie de calle. Me causaba gracia, en Cuba pinga es el pene e infinidad de significados y significantes que lo rodean, en Brasil es la cachaza. Si le hubiese dicho al borracho que en Cuba estaría diciendo: Dame más pinga papito- y que ello me estaba causando risa me habría partido la botella en la cabeza. O quien sabe.

En la entrada  del Hotel había dos hombres discutiendo algo, estaban alterados, pero conservaban el tono de voz bajo, cuando pasé por su lado hicieron silencio y me observaron , les di las buenas noches y me dirigí al cuarto sin más escalas. Joao estaba profundamente dormido, era demasiado temprano para un brasilero buscavidas, observé  su corte de pelo, la higiene de su ropa y tenía aspecto de llevar una vida ordenada,  tanto él como yo habíamos dejado el equipaje tras las rejas de la recepción, así que podíamos confiar en nuestras respectivas corazonadas.

 

3

 

Por esos meses había tomado posesión del cargo de presidente de la nación, Fernando Collor de Mello, y se respiraba un ambiente optimista. Representaba el éxito de las políticas liberales en alza representada entonces por los yuppies, tenía cuarenta años, coqueteaba con la juventud admitiendo que había fumado maconha en el colegio, y se granjeaba la simpatía de la comunidad gay, trans, y de la heterosexual interesada en las refriegas con sabor variado,  resaltando la figura de Roberta Clós, una transexual famosa y de tal belleza femenina, que fue propuesta un ocho de marzo como representante de la mujer brasilera. Desde las cadenas de televisión de mayor éxito se aclamaba a Collor como el transformador de Brasil, quien erradicaría la corrupción de cuajo, era el adalid de la derecha moderna, el Indiana Jones que necesitaba América Latina. Cambió la moneda de cruzados novos a cruzeiros, bajo el plan de renovar el país.

Comenzaba con esas premisas uno de los periodos de mayor corrupción en Brasil y alrededores, pero en ese momento el clima era optimista, transmitía la sensación de tener los bolsillos llenos, había una alegría generalizada en el gasto, tanto de los individuos como de las instituciones. Los municipios y Estados gobernados por el PT de Lula propiciaban a los viajeros que se quedaban sin dinero, una cama en uno de los albergues para pobres, que en algunos casos eran sensiblemente más cómodas e higiénicas que las colchonetas de aquel hotel. Claro que por cincuenta céntimos de dólar, era difícil concebir algo substancialmente mejor que aquella litera.

Los Estados gobernados por el Partido liberal en lugar de proporcionar albergue, utilizaban los medios económicos para conceder un pasaje gratuito al Estado limítrofe más cercano, sin importar si este era del mismo partido político o del opuesto, la consigna era no almacenar “maluqueiros” foráneos, cada ciudad y Estado ya contaba con una bien nutrida cantidad de los propios. Semejante gentileza debía ser convenientemente aceptada, de buena gana o a regañadientes, pero nunca rechazada, ya que en caso de que los “malucos” y “doidones” poco perspicaces, insistiesen en la idea de pernoctar en las calles, plazas, o playas de aquellas ciudades,  había pensada otra solución, algo extrema quizás, casi póstuma, y con el mecanismo bien engrasado, que era darle trabajo a los escuadrones de la muerte, que gustosos, a cambio de cachaza,  blanca navidad y una exigua paga, se encargaban de dejar bien limpio el patio.

Yo había utilizado ya el boleto gratuito de una población a otra, pero nunca la opción del albergue para indigentes. El haber conseguido conciliar el sueño en semejante lecho, solo podía ser una premonición de lo que mi espalda se vería abocada a soportar, si no subía a ese bendito barco de bandera internacional de una vez y por todas. Así que mejor sería que me dispusiese a descansar en condiciones y que aprovechase las horas del día en hacer amigos de alta mar. Dormí a pierna suelta, permitiendo que cada chinche o pulga que lo desease, hiciese uso de toda la sangre que fuese capaz de obtener de mis venas.

Cuando me desperté, Joao estaba sentado al borde de su cama leyendo una de esas revistas de actualidad repletas de fotos y de titulares en colores, con un nada despreciable espacio destinado a la presentación de una variada fauna. Muchachas, muchachos, travestis, chicos que eran chicas , chicas que eran chicos, sirenas, centauros, unicornios, tríos, cuartetos, grupos, exhibicionistas, voyeurs, en fin, la más variada fauna como objeto de compañía cronometrada.

Abrí el pequeño sobre de polietileno que usaba a modo de neceser, donde guardaba mis efectos personales, una a cuchilla de Gillette tan usada que resultaba más fácil que arrancase de cuajo los pelos cuando se aferraba a ellos de manera persistente y tenaz,  a que lograse segarlos a ras de la piel. Un cepillo dental que una vez ya superada su vida útil, permitía a sus finas cedras disponerse anárquicamente apuntando cada una a una constelación distinta. Un frasco de agua de colonia de Yves Saint Laurent, al que aún le quedaba para tirar un tiempo utilizando unas recortadísimas dosis, un cortaplumas suizo de seis elementos. Lo demás eran jaboncitos, algún frasquito de champú eventual, o algún desodorante de roll on, siempre en las últimas trazas resbalosas a punto de secarse y tirar de los vellos trabados entre la bolita y el borde.

Saqué el cepillo de dientes, la cuchilla de afeitar un pedacito de jabón y me fui al baño.

En el pasillo, sobre las baldosas vi unas gotas de sangre, como las que me solía sacar de mi pescuezo ancho como el ombú, poblado de un incomodo vello, que convenía rasurar cada día, en vistas de que no obtenía ese aspecto, desaliñado pero sexy que presentaba Mickey Rourke en nueve semanas y media. Cuando llegué al baño debí esperar ya que había un hombre afeitándose. Me miró fijamente, amenazante, parecía no buscar bronca sino afeitarse en paz. Decidí apartarme un poco de la puerta y regresar hacia el pasillo junto a las gotas  de sangre secas,  para esperar a que terminase sin riesgo alguno de que un repentino brío matutino lo animase a la pelea.

Desde el pasillo, se escuchaba un grupito de tres personas de la planta inferior, que  hablaban en portugués muy cerrado, intercalando lo que parecía ser el lunfardo brasilero, la Yiria, con algunos vocablos inteligibles, de lo que conseguí entender que había habido un problema durante el transcurso de la noche. Cuando regresé a la habitación, Joao no estaba, me peiné, colgué la toalla, y aproveché para perfumarme y recontar la plata que me quedaba. Como si cupiese la posibilidad de que el dinero experimentase un repentino crecimiento, al cabo de alguno de aquellos  recuentos. Me senté a armar un cigarrillo de tabaco Samson holandés, y apareció por la puerta Joao, con dos pastelitos de carne. Me ofreció uno, asegurando que ya había comido abajo ante mi negativa a tomarlo hasta que accedí, y en pago le convidé un cigarrillo armado. Entonces me contó que la noche anterior un hombre había muerto apuñalado en ese pasillo.

Dos hombres habían entrado al hotel durante la noche, con un solo bolso, según le explicó el muchacho de la entrada, a quien ni intentaron dejárselo en consigna. Al rato salieron a tomar algo y al regreso se detuvieron a discutir en el pasillo de entrada, primero en voz moderada que luego fue creciendo en volumen y gravedad de acusaciones y amenazas, dijo que no se ponían de acuerdo en cual de los dos había trabajado más en un robo que acababan de perpetuar. Al final se pusieron más o menos de acuerdo y se fueron a dormir.

Muy temprano en la mañana uno de los dos, salió del hotel con el bolso. Al poco rato el muchacho de la conserjería escuchó una voz en el pasillo de arriba quejándose de un dolor, y moviéndose por el suelo. Sabía que algo no andaba bien; pero tenía la orden de llamar a la policía y no salir del nicho por nada, menos aun en aquella situación, en la cual el ánimo solidario podría costarle caro.

Cuando la policía se presentó, el hombre agonizaba inmóvil sobre el suelo. Lo pasó a recoger una ambulancia, al parecer habían discutido por el botín y antes de terminar mal, uno le dio la razón al otro, de ese modo le permitió ir tranquilo a dormir la última mona de su vida. 

Antes de aligerarlo de equipaje le asestó unas cuantas puñaladas.

El sorprendido bribón, tuvo tiempo de arrastrarse fuera de la habitación y pedir auxilio. Pero ni los picotazos de los insectos, ni la incomodidad de la alcoba, ni la llegada de la policía, ni siquiera la ambulancia si alguna vez sonó a tal, hicieron mella en el profundo sueño, que en tales circunstancias suele apropiarse de las personas de sentido común y valor ordinario.

Joao dijo que el muchacho había limpiado el suelo. todo mientras dormíamos, mientras una pulga se cebaba en la aorta de mi cuello, tratando de extraer algo de lo poco que había dejado otro tipo de chinche, que hablaba mi lengua y la de mil demonios, que besaba y maldecía, y que también succionaba aquello que había dejando a su paso una sensible roncha perenne.

 Basta de barcos, me quedaría en Brasil. Aún no había probado garota.

 

Puerto de Santos, Brasil.

Puerto de Santos, Brasil.

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Published by martinguevara - en Relax

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