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16 septiembre 2016 5 16 /09 /septiembre /2016 21:20
Saga

Saga

En las ensoñaciones que solían ocupar la mayor parte de mi estado de vigilia, ya aparecía yo propinándole su merecido a unos cuantos abusadores de una sola vez delante de la chica del aula que todo chico y toda aula atesoran, en la época en que el bullying no estaba ni siquiera diagnosticado como un drama social, o delante de ella daba un salto de campeonato, hacía un gol de Bochini dejando a todos despatarrados por el camino.

Hablé con mi oso Cocó cosas que no podría repetir, y después de que Cocó se dormía, a veces pensaba en un viaje en barco hasta un lugar donde nadie hablaba mi lengua pero todos eran amables, donde reinaba la paz y las paredes eran de ladrillo a la vista como en los cuentos ingleses que mi tía Celia contaba, o donde había grandes lagos, chicas con trenzas parecidas a la hija de Piro Egui, el capataz de Portela que terminó quedándose con más hectáreas que todas las chacras de alrededor, y que en todo caso las merecía más que nadie.

La hija de Egui tenía nueve años igual que yo, me ganaba a caballo y me trituraba a lindura. Cuando ella se me paraba al lado yo creía que lo mejor era que a mi no me viese nadie, que sólo se la viese a ella, que el sol o el campo me camuflasen y que también escondiesen el brillo de mis ojos, así yo también podría observarla atónito.

Cada cosa se ha ido dando como lo había deseado en los casos en que el deseo fue acompañado de la desnudez de la verdad, del compromiso de una mirada frontal, el ladrillo inglés acalló mi asma y me saludó con lealtad en un hospital de Londres, la gente que debía quedar en mi amor tras el paso por el tamiz son los que finalmente quedaron, al cabo de la eternidad transcurrida en esta suerte de cosmogonía interna, de la flexible interpretación sensorial de la sub categoría tiempo- espacio, distinta a la que miden mis décadas cumplidas que sólo alcanzan a marcar las páginas de vida oficial, a explicar la cronología subrayada en verde fosforescente.

Desde que conocí los países escandinavos fue como si hubiese regresado a una tierra profundamente mía, ayudó ese deseo de vivir en un mundo que respete al hombre, que considere que existir es motivo suficiente para ser feliz. Cuando salí a pasear por Estocolmo y sentía una sonrisa constante en el órgano donde se me había alojado desde pequeño una amenaza permanente de tortura y de muerte, cuando sentí el calor de la piedra rúnica en la palma de mi mano en Sigtuna, o el barrio sueco en Porvoo, Finlandia, o la casa de Andersen en Odense o el B&B más antiguo en Aero, Dinamarca, el barrio Cristiania donde todo es rock y licencias, o los interminables fiordos noruegos, pensé que podría seguir allí después de hacer dormir a Cocó, tras dejar que todos mirasen a la hija de Egui, y luego de hacerme a la mar.

Gracias a todo ese magma indescriptible que siento tan cercano a la vez que tan ajeno, del misterio que Borges adoró en las sagas y la garra de la apacible pasión de las trenzas vikingas, los ojos nevados y una promesa nórdica.

 

Jacobsland en las sagas nórdicas

Jacobsland en las sagas nórdicas

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Published by martinguevara - en Europa Aorta
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