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19 diciembre 2016 1 19 /12 /diciembre /2016 00:13

Estuve veinte y pico de días en Buenos Aires oteando y olfateando la situación y el ambiente en general con fines imprecisos pero en la dirección del retorno parcial.
La balanza con Buenos Aires siempre se me inclina más hacia la aprobación estética, en mi conexión con el humor cotidiano, el olor de las bocas de subte y el sabor de los pebetes de salame y queso; también si se quiere, en el calor de amistad en contrapeso al desamor de un nido tan pretérito como eternamente cercano, y del lado de menor peso pero no menos importante inexorablemente Buenos Aires conecta en mi centro de gravedad con un sendero directo a lo más recóndito y congelado de la estepa siberiana, o al trayecto de la barca de Caronte.
Vi parientes y amigos, transeúntes y usurpadores, habitantes y habitadores, vi la subsistencia de cierta dignidad entre las baldosas sueltas y la mugre de las veredas porteñas, y el orgullo de las plantas superiores hasta los tejados de pizarra del clasicismo francés o las cúpulas de la tradición florentina, vi las milanesas más flacas y los entusiasmos más gruesos.
A los pocos de abrir mis petates se corrió la voz de la muerte de Guarapo, yo le había avisado a algunos periodistas amigos que iba a la ciudad para tomar un café y charlar, pero dejando claro que era un viaje con fines familiares.
Desde el preciso momento que comenzó la gran pantomima, los llantos plañideros y las versiones endulcoradas, almibaradas, o simplemente mentirosas acerca de la vida y obra del dictador fallecido durante ese o alguno de los días circundantes, como se hace con frecuencia en los decesos de los dictadores para dotarlos de misterio y enigmas ficticios, comenzó a sonar mi teléfono de manera sorprendente ya que era un número de recarga que no estaba ligado a mi nombre, para invitarme a programas de radio y TV, unos mejores que otros.
Mi respuesta a todos fue la misma, aunque hablé de manwera escueta para un par de programas de radio, no había ido para esas apariciones, y menos aún lo haría para desplegar mi punto de vista acerca del gran engaño de aquella y de todas las revoluciones, con el cadáver aún caliente del manipulador y maquiavélico comandante que proscribió el jamón en Cuba, autor de todas y cada una de las traiciones que durante el nimio espacio temporal de medio siglo fraguó contra cada posible victima, ya que me parecía de pésimo gusto y muy alejado de lo que considero una conducta decorosa, que marque distancia, precisamente, de las maneras de esos especímenes, aunque ganas no me faltaban al constatar  tanta tergiversación histórica más interesada que ingenua, de los fanáticos seguidores que los hermanitos Kastromasov tienen en Argentina. 
Sin embargo a la productora de un amigo conductor de radio y TV, con quien suelo hablar por teléfono desde el otro lado del océano para su programa de radio insistió y le di una nota telefónica para la radio a el y a su hijo, y quedamos que pasado el tiempo del luto familiar y del simulado dolor por la pérdida de sus deudores, genízaros y olfateadores de trasero varios, volvería a comentar lo que quisiesen preguntarme, y así nos emplazamos para tres días antes de mi partida.
Esa mañana las llamas estaban literalmente tragándose la playa de Cariló, a la que tantas veces fui en ómnibus desde Gesell los días que no salía a vender artesanías para disfrutar de sus bosques, tranquilidad y arquitectura única, y mientras pensaba en ello mirando el fuego devorar Cariló me llamó la productora y me dijo si no sería mejor dejar mi mano a mano con mi amigo para otro día porque esa jornada la actualidad se la llevaba el plus de calor estival y me quedarían pocos minutos.
Íntimamente me sentí aliviado, ya seguía sin estar seguro de tener tantas ganas de hablar del muerto con la fogosidad que lo hacía mientras estaba vivo, cuando de algún modo podía enterarse por los conocidos comunes de mi total desprecio y descuerdo con su mezquindad.
Me place que así haya ocurrido cuando veo a tantos que no se atrevieron a decir ni una palabra de desacuerdo con el viejo púgil cuando aún estaba de pie, aporreándolo hoy en la lona una vez noqueado.

Amigos de la crítica sagaz, se acercan días de hilar más fino, no será tan grosero el objetivo a denunciar como lo fue la avaricia y el afán de dominio abierto de Guarapo, sin embargo puede que por sibilino y subrepticio resulte ser con creces más nocivo y proselitista.

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Published by martinguevara - en Cuba Opinión Argentina frizzante

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