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29 abril 2017 6 29 /04 /abril /2017 17:52

Muebles diseñados con líneas diáfanas, de color blanco, alfombras antialérgicas, cocinas abiertas al salón con los utensilios justos para servir comida de encargo, algún plato rápido, ensaladas, cereales, frutas o bandejas para sándwiches.

 

Prater no escondía su aversión a las reuniones demasiado concurridas, pero no le molestaba la multitud, la muchedumbre, de hecho le gustaba perderse en las grandes ciudades y encontrarse en una de esas esquinas esperando el semáforo en verde con otras decenas de peatones, le molestaban las reuniones de varias personas conocidas porque decía que la energía de cada individuo, el deseo de comunicar se esfumaban ante la prioridad del consenso, entre los ademanes destinados a sacrificar el deseo íntimo en pos de la concordia general. En cambio Prater sabía que en los grupos reducidos cobraba vida la posibilidad de que fluyesen oportunamente y a su tiempo las manifestaciones más características de cada participante, tras unas conversaciones más o menos vacías las identidades gradualmente irían manifestándose con la voz , la escucha, los gestos la pose, y al cabo de la reunión, jamás se podría decir que había tenido lugar una pérdida total de tiempo, siempre habría algo de valor en estos encuentros donde el tiempo se muestra diletante, somnoliento, en cambio ¿en las fiestas multitudinarias? Bah, ahí no hay mucho más para rascar que algún o varios encuentros picantes, subidos de tono, ora marcados por una caricia en el antebrazo, un beso de despedida demasiado cercano al aliento, o por el anverso de una mano acariciando sin aparente intención el costado terso y a la vez mullido de un pecho, una cadera, un muslo, una protuberancia. A veces aportan directamente el beneficio de una relación esporádica, en ocasiones generosamente regada de licor y danza de hormonas con un trayecto atrevido, riesgoso, al borde del filo de una daga concluyendo con un desaforado sketch de gozo y liberación de deseos, fantasías y autenticidad reprimida, otras, sin el beneficio del recuerdo tras perder la noción del tiempo, la distancia e incluso la conciencia de ser, en algunas privilegiadas circunstancias se dan acercamientos, caricias, besos, copulaciones con diferentes partenaires sucesivamente o al mismo tiempo.

 

Esa es toda la ventaja que Prater podía encontrar a las fiestas concurridas en cuanto a posibilidades de obtener diversión, pero incluso ni en el caso de mayor jolgorio él podría asegurar que tales entretenidas experiencias pudiesen dejar mayor poso duradero, un mejor recuerdo que las reuniones más intimistas.

 

Pero el caso es que Prater entró a su apartamento con la esposa del dueño del hotel donde se había estado celebrando una fiesta con amigos y conocidos y donde aún continuaban los últimos coletazos, una hora después de haber abandonado el mismo apartamento con Shana, la que llevaba la finanza de la fundación, con la que echaron un fugaz pero muy encendido "amistoso" que habían comenzado casi al azar a la entrada del baño de señoras del hotel , donde no se separaron desde que rozaron el pantalón y la falda.

 

Hacía bastante tiempo que Prater no tenía ni siquiera una fría relación y de repente se encontraba absolutamente colmado de placer, de fuerzas y de deseos para tirarse a dos mujeres contundentes, macizas, en menos de una hora. Shana ya debía estar coqueteando con otro asistente quizás ya estaría otra vez cómodamente sentada sobre la tapa del inodoro del retrete de mujeres con la boca bien ocupada, pero llevarse a la cama a Fectah era otra cosa, Shana era una maravilla y sin dudas aparecería en las declaraciones de los mejores momentos vividos por varios hombres a lo largo del tiempo, pero Fectah además de ser una mujer imponente, no grande en volumen sino en la atención que suscitaba cada vez que aparecía, en la captación de la visión, era una combinación perfecta de un cuerpo esculpido para el pecado al que los años si bien habrían podido restar lozanía en la piel sin embargo habían donado de movimientos suaves, sabios, con un andar altivo a la vez que sinuoso, una mirada que podía cambiar de la mayor frialdad con un ligero toque en el iris de la pupila en el grosor y la comisura de los labios, en la redondez de la cadera, en el adelantamiento del pezón bajo el sostén, en el aroma que desprendía su proximidad. En pocas palabras Fectah es una mujer que Prater habría querido llevarse al apartamento e incluso a unas vacaciones en cualquier instante de su vida.

 

 

 

Tiró de la pieza baja de ropa interior por los costados hacia arriba y ella arqueó su vientre enseñando levemente la carnosidad que flanqueaba a la punta de su lengua mientras disfrutaba de las costuras de la prenda hendiendo una zanja en la línea sensible que partía desde su clítoris pasando por medio de sus labios interiores y antes de ascender por encima de las firmes y torneadas nalgas, presionaba levemente como una caricia de seda el orificio de su postrimería.

Claro, Fectah sabía como pocos disfrutar pero no podía entretenerse demasiado tiempo fuera de la organización del fin de la fiesta en el hotel, su esposo comenzaría a buscarla y retomaría sus nunca fundadas sospechas de alguna infidelidad, por lo que nuevamente Prater se vio envuelto entre sábanas y gemidos, entre contorsiones y humedades apresuradas hacia el grito, desde los embates de las cinturas protuberancias y cavernas, el friegue de las lenguas, de los vientres, los dedos apretando la carne, hundiéndose en ambas humanidades adultas y ardientes desbocadas hacia el instante de la cascada en que brota la espuma fugaz y eterna a una vez.

 

Ventanas sin cortinas.

Prater y Fectah

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Published by martinguevara

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