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5 mayo 2017 5 05 /05 /mayo /2017 20:51

Así como muchas ciudades en distintos momentos de mi vida fueron "la ciudad más lindas que ojos humanos hayan visto" ¡cuantos cuadros me hubiesen hecho jurar sin titubeo que me retiraba a una cueva si encontrase uno que lo superara!

Cualquiera de Caravaggio, los enormes de Rembrandt, los retratos Van Dyck o de van Eyck, los fumadores de pipa acodados a una mesa de Cezanne, las variaciones de catedrales o puentes en la noche de Pissarro, las bailarinas de Degas, todo Claudel, las mujeres los paisajes o tardes en el río de Seurat, las escenas de la vida de Monet, los espárragos de Manet, los borrachos de Velázquez, la pintura negra de Goya, el jardín de las delicias de El Bosco, cualquier Vermeer en Amsterdam, el último período azul o el Amarillo y naranja de Rothko. Así como existen períodos y ciudades en que a cada chasquido de dedos caduca el juramento de haber visto "la mujer más linda monumental sensual graciosa o requetebuena del mundo",

Pues no podía ocurrir menos con los escritores.

Salgari me reveló el mundo, fue el primer “mejor escritor de la historia” que leí, pero en realidad mezclado con Edgar Rice Burroughs y con Sir Arthur Conan Doyle. El segundo fue Edgar Allan Poe con Los crímenes de la calle Morgue, y así empezaron a aparecer a cada tanto los mejores escritores de todos los tiempos, hasta que choqué con Autopista del Sur y la Casa tomada de Julio Cortázar, ahí me di cuenta que debía escribir no importaba si bien regular o mal, pero expresarme escribiendo, cartas, contratapas, cuadernos, un mini cuento o unos versos en una servilleta, la mirada el olfato el oído y las experiencias puestas al servicio del acervo para luego echarles mano y armar el relato, o desarmar la angustia.

Luego Alejo Carpentier me dejó encantado con la mezcla de la erudición y el genio de la pluma, gracias a mi madre leí a Borges temprano pero la verdad es que me enganchó mucho más tarde, y un día descubrí que William Shakespeare era algo más junto a Cervantes, que la caricatura de la quintaesencia del escritor, fue el escritor y artista en general que más me sorprendió, lo disfruté mucho en una época de soledad feliz, estaba descubriendo vivir solo alquilando un cuarto amplio con molduras y suelos de madera noble empapelado inglés en una casona burguesa de Flores, no podía entender como habiendo escrito tan lejos en tiempo y espacio hablase de cosas tan actuales en sus tragedias y tan graciosas en sus comedias, y luego fui descubriendo a franceses, alemanes, italianos, españoles, hasta que choqué con la literatura norteamericana, ya me había hecho fan de joven a Dashiell Hammet y Raymond Chandler, y si hubiese sido sincero conmigo también habría dicho que eran los mejores de la Historia el día que terminé de leer Cosecha Roja o El largo adiós, pero ya tenía inoculado ese bicho perverso y pretencioso que los temerosos mediocres fueron diseminando alrededor del mundo según el cual todo lo que fuese literatura policíaca era de entretenimiento y mala por definición, ello conducía a buscar misterio o suspenso en los consagrados, ya fuese Cortázar, Mujica Láinez, Poe, Arlt, cualquier escritor libre de la escarapela de policíaco que nos pudiese hacer pasar un par de noches fantásticas, devorando páginas como un descosido sobre todo aquellas dedicadas al crimen, en lugar de ir directamente a los originales, los que salieron del horno de leña. Pues cuando descubrí la literatura cercana a la de Pulp fiction me desquité de aquel temprano vasallaje a ordenanzas sin sentido, y me enamoré de esa capacidad de resumen y de representación casi pornográfica de la realidad cotidiana del héroe solitario repleto de defectos, del ganador dentro del perdedor, de la muerte digna, el whisky, el cigarrillo, las chicas de vida licenciosa y algún manojo o maletín de dólares.

Pero un día, cuando ya me había alejado de la Cuba de mis ojos, o mejor dicho me habían alejado, y cuando ya había retornado con dedicación y vehemencia el hábito de la bebida, y una intensa soledad pero en esa ocasión con pocas paredes pintadas, fui de repente invitado, aunque diría invadido por la llamada de los escritores rusos, de los cuales había renegado por la obligación de tragarse La Madre de Máximo Gorki, o a Maiakovsky en la escuela de la Dictadura del Proletariado, sólo había leído sin prejuicios a Pushkin por haberse tratado de literatura infantil (otra infamia como la de policial, es literatura y basta) y anterior a la inundación del Soviet Supremun.

Curiosamente fueron libros cubanos los que fueron de a poco apilándose sobre las mesitas de luz de los ambientes cambiantes que iba habitando o hinchando el viejo y gastado aunque precioso bolso Adidas azul que usaba para las mudanzas, ya habitado por un Elogio a la locura de Erasmus de Rotterdam en edición miniatura en papel arroz del siglo XIX, unas zapatillas Adidas (valga la redundancia, azules con rayas verdes) parches en los parches de los vaqueros y cuentos y poemas inacabados, sumaron a su peso habitual Guerra y paz, La Dama y el perrito, Crimen y Castigo y otros volúmenes cubanos procedentes de Franca import.

Entrar en el alma rusa tras haber crecido desde los diez a los veinte años disfrutando en silencio la tristeza de los dibujos animados y sobre todo las películas soviéticas, el frío, el semblante impertérrito, la nieve, la resistencia y la música era una experiencia extraña, hay canciones rusas que si te sorprenden mal parado emocionalmente pueden acercarte la navaja a la muñeca tan inquietantemente que luego sería muy difícil alejarla.

La belleza encontrada en la profundidad, no en la cima; en el fondo de una tristeza casi endémica.

La literatura rusa lleva partes de esas canciones en todos sus escritores y en todos sus libros, contiene la muerte en cada pincelada, la eternidad y el instante en el carácter ruso forman parte de una misma cosa. Lo más movido que tienen es una mirada, pero no hay mirada en el mundo más intensa y movida que la rusa. Así fui descubriendo detrás de ese temple en apariencia gélido un alma encendida con estímulos que en cualquier otra cultura serían imperceptibles, donde Pirandello , Böll, Joyce o Lezama Lima necesitaban arrojar troncos a arder para encender el alma del lector los rusos lo conseguían con una casi imperceptible chispa.

Pero hubo una sola vez en mi vida que sentí que estaba hablando con el escritor, que me sentí acurrucado a su lado y respiré el hielo de la Siberia, resistí el dolor del corazón mientras escuchaba sus aullidos, la única vez que fui entrando literalmente en la mano del escritor mientras componía las líneas, mientras luchaba contra la muerte con un solo pulmón, un escudo, una espada entre sus manos derramando tinta, creando vida a la vez que expeliendo la toxicidad, saliendo de los barrotes de su alma y de su celda.

Fue cuando leí Netochka Nezvanova.

La simpleza y lo terrible del dolor, la miseria y el amor. No puedo decir ni de lejos que haya sido la mejor la novela que he leído, como no puedo afirmar que yo soy la mejor persona de la que oído hablar o que he conocido, sin embargo ese libro, su escritor, sus personajes y yo en aquel momento salimos de donde estábamos encarcelados, de donde estábamos arrinconados y se produjo lo más parecido que yo he experimentado a un viaje en el tiempo y el espacio, un viaje en una dimensión diferente pero donde se conecta con los sentimientos más inherentes a nuestra vida, a esta dimensión. Yo lo leí en el mismo instante que Fiodor lo iba escribiendo, los iba destripando y los iba rearmando, en el mismo lapso conocía a los personajes que él me fue presentando, y cada uno en su silencio nos acompañamos en el diálogo entre artista y público amante del arte en el cual llegado un punto se mezclan de tal manera los roles, sobre todo cuando sale la palabra precisa, cuando el dardo da en el mismo centro, que pareciese un hecho nada fortuito que tiene lugar para enriquecer el relato intercambiando ideas más allá de la geografía y la cronología.

 

 

 

Dostoievsky

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Published by martinguevara - en Relax

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