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18 junio 2017 7 18 /06 /junio /2017 18:55

Spa de sábado a la tarde cuando toda España está a punto de ser devorada por cien mil millones de grados centígrados y la gente se dispone a atravesar sus últimos instantes de vida en bares, tascas, tabernas, terrazas consumiendo hectolitros de cerveza fría, casi congelada, cubitos de hielo de agua amarilla burbujeante emborrachadora y riñonera , sin el bouquet de la cerveza belga, ni de abadía alemana, ni el aroma de la stout irlandesa o el espesor de la ale inglesa pero acompañada de decibelios en las charlas y de montañas de tapas, pinchos, raciones, responsables de que España sea de los países el mundo en donde más se bebe pero también donde menos borrachos tambaleándose por la calle se ven. La gente bebiendo comiendo en la antesala de las llamas y el penúltimo infierno , mientras, yo que no bebo, metía mis pies en las duchas frías y escocesas del Spa.

Las piedras del suelo se clavaron en la planta de mis pies. "Como han andado estos pies" pensé, el trayecto desde un lugar a otro, y de ahí al de más allá, atomizados, desperdigados los caminos como tras el Big Bang mis pies enloquecidos anduvieron por todo lo que conocieron como "el universo", también caminaron sobre sábanas limpias, sobre tumbas, sobre la mermelada del amor y resbalaron en la mostaza del engaño. Las piedras de las duchas son de canto redondo.
"Como se reirían si estuviesen aquí los negritos que se escapaban de clases como yo, para ir a tirarse de cabeza en la cueva de los tiburones en el malecón de la Habana", era un espectáculo verlos caminar hasta el borde descalzos por el las rocas de "diente de perro" sin emitir el más mínimo quejido, me mirarían en el Spa con la misma sonrisa socarrona que me miraban en el malecón cuando tras intentar emularlos descalzo, pinchando cada rincón de sensibilidad en la planta de los pies y no llegando jamás al borde, decidía hacerlo con esas chancletas negras de Kiko Plastic bajo las canillas escuetas y pálidas, que luego una vez en el agua colocaba en las manos.

Una vez le pregunté a Chucho , amigo desde los diez años, por qué el podía caminar por el diente de perro sin problema, si era porque la planta el pie de los descendientes de africanos era más dura que la de la heterogénea mezcla que me precedía, o por la práctica desde pequeños, me dijo que no lo sabía pero que él descendía de cimarrón (a toda la gente que conozco le encanta fantasear con la existencia de un noble en la prosapia familiar y no hay mayor nobleza que aquellos esclavos que escapaban al monte y formaban palenques envejeciendo en libertad) y que por eso en su familia todas las mujeres tenían tremendo culo y los hombres tremendo pingón , pero sobre la planta de los pies nunca había preguntado. En fin, en ese punto el complejo de inferioridad por la dureza del calcañal era el menor de los complejos. Pero quería ganarle en algo, y le dije "Chucho, oka, tú tienes el calcañal duro y yo no y lo del rabo lo dejamos en veremos, pero vamos a ver quien nada más lejos". Lo negros no se alejaban de la orilla en el malecón y mucho menos en las playas de arena, es un hecho que observé durante años en Cuba, en Brasil, en varias playas de América e incluso en las europeas, suele ser tabú hablar de esas cosas pro a mi me encantaba y a mis amigos y amantes negras también porque nos sacábamos la careta, tal vez también porque yo no era un blanco cubano, no tenía el más mínimo prejuicio aunque sí eran muy enigmáticas para mi las marcadas diferencias que había entre blancos y negros por más que fuese políticamente correcto no hablar de ello. Le pregunté si como raza había algo en las profundidades que les ocasionaba desconfianza, desaprensión, temor.

Chucho era negro pepillo, de familia de guapos pero él era rockero, decía brother y friend más que asere y nahue, y me dijo:

"Brother, la verdad es que no lo había pensado"

Años más tarde supe que tanto la cueva de los tiburones del malecón, como el Golfo de México, como San Salvador de Bahía, la bahía de Santiago de Cuba, la de La Habana, se infestaron de colonias de tiburones no por un hecho fortuito, sino porque los esclavistas arrojaban al agua a todo aquel africano que llegaba magullado, enfermo, desalmado, hecho jirones, a las costas Americanas y no servía para ser vendido como fuerza de trabajo.
Entonces entendí porque los compinches de fuga de clases descendientes de africanos, con que pasaba la tarde saltando al agua en la cueva de los tiburones del malecón, caminaban por encima del "diente de perro" como si volaran, como si ni siquiera caminasen, algunos incluso saltaban desde el mismo muro del malecón hasta el agua pasando a centímetros de la roca y nunca chocaban ni se raspaban con ella y porque esa temeridad se esfumaba a la hora de alejarse unos metros de la costa.
Así que continué dando pequeños saltos sobre las piedras de canto rodado del Spa, pensando en el bullicio de la calle, las cervezas que ya no bebo las que bebí, recordando a Chucho y sus veleidades de cimarrón y homenajeando a todos esos caminos que mis pies anduvieron, con o sin chancletas de Kiko Plastic.

 

Cañas y tapas en León; "La echazón de esclavos al mar"Cañas y tapas en León; "La echazón de esclavos al mar"

Cañas y tapas en León; "La echazón de esclavos al mar"

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  • : Mi Déjà vu. En este espacio comparto reflexiones, impresiones sobre la actualidad y el sedimento de la memoria, sobre Argentina, Cuba o España, países que en mi vida conforman un triángulo identitario, de experiencias diferentes y significantes correlativos.
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