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19 abril 2018 4 19 /04 /abril /2018 22:49

El Nene, Orestes y Peter eran mis socios en el preuniversitario de Alamar.

El Nene era el amigo natural, ese que aún hoy cuando lo recuerdo lo hago con una sonrisa en el rostro, nos reíamos a pata suelta, Peter vivía en mi edificio, le gustaba escuchar rock como a mi y vestir imitando alguno de aquellos rockeros de "afuera". Ambos teníamos la misma mancha en el expediente escolar acumulativo: "diversionismo ideológico" por escuchar música en lengua enemiga y vestir pantalones de mezclilla azul, el estigma de los pioneros del imperialismo. La amistad con Orestes fue más extraña, pero igual de verdadera.

Era en la secundaria antes del pre, estábamos en la misma aula, un día que Orestes y su amigo de entonces, Amador, estaban sentados detrás de mi, recibí en reiteradas ocasiones impactos de pelotillas de papel en la oreja, reaccioné girándome cada vez con creciente enfado pidiéndoles que dejasen de joder, hasta que me levante y hablé en voz alta escupiendo no recuerdo que improperios. Tras sonar el timbre de cambio de turno, Orestes me dijo que el profesor los había regañado por mi culpa, le dije que ya estaba harto de los papelitos, y me dijo, junto a Amador, que él no tomaría represalias pero que lo haría su hermano esa tarde en la piscina, que era menor que él y de mi tamaño. 
Por la tarde fui a la piscina habiéndome desentendido del episodio y mientras estaba nadando sorteando cuerpos que se lanzaban o se cruzaban, vi que Orestes llegaba a la piscina junto a Amador sin aparente intención de nadar a juzgar por la indumentaria de pies a torso, Orestes habló con un muchacho que sí estaba bañándose y me señaló, entonces me di cuenta que era cierto lo del hermano, seguí nadando y sentí un bombazo justo a mi lado, tan cerca que parecía imposible que no me hubiese impactado. paré de nadar y era el hermano de Orestes que me decía que saliésemos del agua.
Empezaron a amontonarse los muchachos animando a que sonase un galletazo, exhortándonos a que nos diésemos un buen tranqueo para divertirse bajo el proletario, guaposo, “testosteronero” y cruel sol padrino de ese tipo de adolescencia.

El hermano de Orestes si bien era menor que nosotros en cuanto a edad, estaba muy trabado, hacía lucha libre, era puro músculo, yo me quedé de pie mirándolo y esperando a ver si empezaba una bronca sin las más mínimas ganas de seguirle el ritmo, pero entregado al destino, y entonces, Rubén, como se llamaba el gallo de pelea, empezó a decirme que por que le había guapeado al hermano, que si era guapo le guapease a él, y yo seguí impávido, no tanto por una suerte de gelidez samurái sino por un escasísimo deseo de empezar una bronca en esa piscina con aquel ovillo de músculos rodeado de amigos y hermanos. Orestes lo llamó, se fueron y seguí nadando completamente perturbado por la violencia de la situación. Había conseguido salvar los muebles de la dignidad pero por dentro estaba más apendejado que si hubiese salido corriendo con un tigre detrás.
Después de aquel día Orestes y su amigo Amador no me molestaron más, y de a poco se fue acercando a mi, hasta que en el preuniversitario comenzamos a trabar amistad, pero nunca se borró del todo el recelo que aquel episodio sembró. Igual le ocurrió con Jesusito, el hermano del Nene, con quien se había fajado en el baño en uno de los recesos de aquella secundaria, Jesús ganó, y después de aquello hicieron paces pero nunca se tragaron del todo.
Yo no le guardé rencor el absoluto, no así al hermano, con el tiempo comencé a ir a su casa y él a la mía, su familia me recibía como a un familiar, eran muchos en la casa, su hermana Pochi y Yamila eran como primas para mi, querían que yo fuese el padrino del primer sobrino de Orestes, Yidier, comenzaba entonces la generación Y. 
Cuando empecé a salir con mayor frecuencia con Hanoi y comenzamos a atravesar esos períodos en que no se sabe como definir la relación, justo antes de llamarnos novios y poco después de denominarnos materiales, amantes, amigos con derecho a roce, en ese ínterin ya Hanoi decidió que su amigo de mis amigos sería Orestes, no el Nene, a quien percibía demasiado amigo, demasiado cercano, demasiado competidor en el más que probable futuro camino de la intensificación del afecto, incipiente pero vigoroso.
Cuando ya había dejado el preuniversitario en el último año, Hanoi y yo nos aficionamos a hacer el amor a la mañana y la tarde para lo cual ella debía saltarse clases, fue in crescendo y un día que no olvido, por aquella imbecilidad de la vanidad masculina, ella llegó a casa en la mañana, echamos el primer amistoso, y cuando caía el sol que la acompañé a la guagua que la llevaría a Habana del Este, ya habíamos echado ocho palos.
¡Ocho palos! 
Los últimos eran tremendamente placenteros, me hacían temblar desde los pelos lacios de la cabeza a los enroscados de otras zonas, pero claro, lo que me salía entonces, era ya casi un holograma de semen. Tal vez si uno de aquellos últimos espermatozoides del octavo palo hubiese fecundado a un generosísimo óvulo ¿quién sabe si el crío resultante no habría sido un hacha de la sangre fría, el campeón de la probabilidad, un Atlante de la optimización?
El asunto con Hanoi terminó muy mal con su familia, su padre había sido embajador en Vietnam, por eso, en un rapto de genialidad impresionista se le ocurrió  el nombre de mi novia, aunque antes había sido embajador en Bolivia y había hecho ya uso de edu talento abstracto al ponerle a la primera hija, no La Paz, sino directamente Bolivia, y aunque su hermano del medio se llamaba Mauro, en absoluto había nacido en Mauritania.
Me culpaban a mi de que su hija hubiese dejado de estudiar y se hubiese aficionado al descanso prolongado y no merecido, a la bebida y al rabo.
¿Qué culpa tenía yo? ¿No era el simple vehículo liberador de la expresión que con el paso de los años y ya distante de mi, Hanoi llevó a niveles proverbiales? Bueno quizás un poquito de ánimo le daba, pero aquello era mutuo en todo sentido, hoy las feministas darían la vida por defender mi inocencia: la mujer no es un producto ni una costilla del hombre. 
La última vez que nos vimos como novios, yo la acompañé a los bajos de su edificio en la Habana del Este, ya había sido advertido por varios medios de que no me aproximase más a ella, y cuando nos vieron desde el balcón de su casa despidiéndonos, el padre y el hermano bajaron hechos unos basiliscos prometiendo que me dispararían, yo la despedí y puse pie en polvorosa, y aunque a los pocos días Hanoi pasó por casa a despedirse asegurándome que el padre andaba armado y decidido a agujerearme, como todos nos fuimos al mazo y la partida no se terminó de jugar, nunca llegué a saber si aquello era todo humo o había habido algo de incandescencia.
Caliente sí que estaba, así que por las dudas era mejor dejar enfriar las cosas.
Un año o dos más tarde, yo vivía en Miramar, en la misma playita de 16 y casualmente Hanoi, que hablaba bien alemán desde pequeña porque había crecido en la RDA donde su padre fue también embajador, se matriculó en la escuela de idiomas para los estudios superiores, eligió Inglés, estudiaba a una manzana de mi casa y de ese modo volvimos a vernos con frecuencia y volvimos a beber, a vaguear y a echar menos, pero más refinados palos. 
Una tarde de las que Oestes me visitó a Miramar, Hanoi se unió a nosotros, fuimos a comprar una botella de ron a la tienda de técnicos extranjeros del Sierra Maestra, y cuando la vaciamos subimos a mi departamento. Aquellas casas eran de tropas especiales y se repartían a familias o personas que se consideraban adecuadas para vivir en ellas. 
Antes que nosotros había vivido en aquel enorme departamento un militante de algún movimiento revolucionario de Latinoamérica, había dejado varias cosas, entre las que me interesaron había unos blue jeans Levi's, unas camisetas Adidas de los cuales le di un juego al Nene y me quedé con otro yo, y una pistola de aire comprimido que llamó mi atención, ya que la escopeta de perles que yo había tenido se la agitaron unos guapos en Guanabacoa a mi amigo Juan José, un día que me la había pedido prestada para ir con un amigo suyo a tirar cerca de la bahía. Me contó que los guapos sólo le dijeron "dame la escopeta o te despingamos todo" y se la dio en vez de tirarle aunque fuese un perle, pero aquello era Guanabacoa, la primera Villa, puedo figurarme la pinta de los personajes que le agitaron mi escopeta de balines, la sola mirada de los guapos de la Jata afloja el esfínter del más aguerrido.
La pistola semejaba una Luger alemán, las del cañón delgado. Me asomé al balcón y le disparé a un árbol, se la di a Orestes que le tiró a otro árbol y Hanoi hizo lo propio, hasta que a alguno de los tres se le ocurrió tirarle a un transeúnte que pasase a cierta distancia para que el balín sólo alcanzase a molestarlo.
Un hombre entraba a un pasillo de un edificio en la calle de enfrente con seis litros de leche en botellas de vidrio sostenidos por una cesta metálica para botellas, uno de nosotros le apuntó a la nalga, apretó el gatillo y ahí fue el perle. En el acto, el blanco improvisado soltó un alarido seco y también los litros seis de leche, que se hicieron añicos contra el suelo, el hombre se giró rápidamente hacia todos lados, los tres bajamos la cabeza, y al poco rato había dos coches de policía mirando en todas direcciones.
Les dije a Hanoi y a Orestes que los acompañaría abajo hasta la parada para que no tuviesen problemas, Orestes era negro y sabíamos que en esos casos, antes de cualquier investigación, tanto en Cuba como en el resto del mundo,  si había un negro cerca, cargaba con la culpa de manera ineludible.

El hombre se había rascado dos veces la nalga, imaginé que lo que más lo animó a llamar a la policía y no cesar de insistir en saber quien le había tirado una piedra, como se escuchaba desde lejos, no sería tanto aquel incómodo ardor postrero, como la atomización súbita de nada menos que ¡Seis litros de leche en la Cuba de la libreta! 
Y sinceramente era en lo único que yo pensaba "coño , le jodimos la leche de la semana".
Una vez que regresé a casa me estaba esperando el Nene, que no bebía ni le gustaba meterse en problemas. Le conté que Orestes y Hanoi acababan de irse y el resto de la historia pero tampoco a él le dije quien tiró y no hizo ningún esfuerzo en averiguarlo, o sí, pero recordar que no, tomamos café y le dije que si quería se podía quedar a dormir, porque yo no tenia más ganas de salir a la calle, ni de asomarme al balcón, ni de recordar que Hanoi estudiaba en la facultad de idiomas de la esquina, ni que años atrás Orestes me había enchuchado al hermano, sólo quería pedirle disculpas al vecino de la calle de enfrente por su picazón en la nalga, por la leche derramada y por toda aquella imbecilidad supina que me embargaba y de la que veces era rescatado por la alfombra planeadora de la amistad.

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Published by martinguevara - en Relax

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