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26 diciembre 2018 3 26 /12 /diciembre /2018 17:21

Cuando era niño, aunque anidase en una casa de ateos herejes, había arbolito, cena y regalos, bueno, regalos de aquella época, hoy una consola de videojuegos cuesta todos los regalos de un año sumando chocolates, revistas y figuritas, excepto esos años que tocaba Scalextric con pista, puentes y todo.

Después en Cuba aún siendo niño, adolescente y más tarde joven no vi un arbolito, una cena ni un regalo más, allí el festejo era para año nuevo aunque marcado por la austeridad y como no, el dos de enero el festejo del triunfo de la Involución, marcado por el chivateo. 

Al regresar a Buenos Aires volvió a haber arbolitos, guirnaldas, tiendas abarrotadas, turrones, frutos secos, sidra, vitel toné y muchas cosas ricas, seguro que muchos regalos pero ya me había alejado los suficiente de la sociedad correcta como para, por un lado rechazar las tradiciones de la alegría barnizada y por el otro, lo cierto es que los demás eran directamente proporcionales conmigo, no me invitaba ni el tato, excepto mis tías Nilda y Emilia y mis amigos Marcelo y Valeria donde siempre conté con afecto, mate y una mesa para hacer migas con el pan.

Ya en España conté con un acceso descomunal, astronómico, vertiginoso, a cuanto fetiche existe, hubo y probablemente sobre los que aún no se han inventado alrededor de la natividad del nazareno. En todas las empresas que trabajé recibí paga doble, una cesta con paleta, jamón o salchichones, cavas, vinos, turrones, una cena muy nutrida la semana anterior a la nochebuena y si no fuese poco, unos cuantos días de asueto, que van desde cuatro a empresas que dan vacaciones desde el 24 de diciembre al 6 de enero, porque señores, en España los reyes magos no es cosa de niños, se para el mundo de todas las edades. Año tras año era agasajado y muy bienvenido en casa de los suegros, donde a lo largo de veinte años se fueron juntando cada vez más gente, entre parejas y vástagos, y ciertamente toda la vida le agradeceré a mi ex suegra el cariño con que cocinaba casa exquisitez de las que devorábamos sin articular ni la "g" de gracias, antes de cortar con el drink aquello era un oasis, cordero, langostinos, palmitos, jamón del mejor, cerdo, dulces, helados, cataratas del buen vino tinto, luego champán catalán, y más tarde amaretto de Saronno, Frangelico, y de ahí directo a los espirituosos fuertes. Los chistes, bromas, anécdotas iban aumentando en cantidad y decreciendo en calidad en la medida que avanzábamos hacía esos whiskys de pasada la medianoche en los sillones y sofás desenvolviendo mazapanes, almendrados, o avellanas que ya nadie come y que se siguen comprando en honor al hambre de los abuelos. Pero debo admitir que tras unos años, aún cuando siempre sentiré afecto por aquellas noches de panza desbordante, ya me pesaba la obligación de asistir con puntualidad germana aunque estuviésemos en Inverness tras el rastro del dragón dormilón, desaprovechando así montañas de pasajes baratos, ciudades literalmente vacías y tiempo libre propio.

Hace un par de años vivo estas fiestas con alegría, tristeza o lo que toque en materia de ánimo, pero con absoluta paz. Salgo a pasear temprano por esas avenidas peladas y me doy el gusto de desearle felicidades a la gente más amable con que me cruzo, generalmente quienes están trabajando, o quienes más lo precisan, o a quienes me gusten. Observo con otro prisma esa misma alegría de brillo de barniz que otrora menospreciaba. Si bien sigo de acuerdo conmigo mismo en que son fechas impuestas por el poder para que la gente tenga pautada la ilusión y la alegría, y no precise ir buscando con rudimentos propios la realización intima, intransferible con el riesgo añadido que junto a ella encuentren también la felicidad y realización colectiva a partir de la suma y cima de las emancipaciones personales. 

Así es que he arribado a un punto en que disfruto mucho de la alegría de los demás con independencia de mi elección, me como lo que más deseo saborear ese día sin necesidad de atender a lo que sugiere la tradición. Hoy daré cuenta de jamón ibérico, ravioles de ricotta con nuez y cebolla caramelizada, regado con pesto rojo y queso reggiano, y de segundo, si me cabe, un bife de vaca gallega. Vaca de prados rebosantes de clorofila, y al final, alguna cucharada de un dulce de leche uruguayo exquisito que aterrizó en mi nevera sin pasar pro el Río de La Plata.

Si Jesús piensa que este homenaje es en su honor, pues todo un placer, que así sea, y que de paso se extienda también a buena gente que pica muros y lame diamantes.

Salud

 Scalextric navideño

Scalextric navideño

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Published by martinguevara - en Relax

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