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31 enero 2020 5 31 /01 /enero /2020 22:08

Ir al cine, al Yara, Jigüe, Payret, Riviera o Tritón en La Habana garantizaba dos espectáculos. El secundario era la película. El principal era todo lo que acontecía en la sala. Estaba el típico gracioso que hacía chistes para toda la sala a partir de lances de la película, de imágenes, cuando aparecía una toma vertical de un cuerpo femenino y al llegar a la cintura cambiaba el plano en la escena, sin demora se escuchaba al susodicho emitir un grito que lo escuchaba todo el cine:
- ¡Baja la cámara!
Y la gente exageraba la risa y las palmadas, acompañando al esmerado voluntario, también riendo sinceramente, más que por la sorpresa del sempiterno chiste, reían por el hecho de la carcajada compartida, igual que seguramente al gracioso, le festejarían la variación del chiste en su aula o en su centro de trabajo. Es un ejemplar de habitat común en Cuba o en Andalucía, el chistoso voluntario a tiempo completo.
Infaltable era también el pajuso, casi siempre en alguna butaca trasera, y con mayor frecuencia cuando la película no era de máxima afluencia. Incluso toda parejita que se precie aunque no hubiese visto realmente a su pajuso de turno, debían convencerse de que lo habían tenido detrás, y a veces un pobre cinéfilo que acudía solitario cobraba algunas sonora galleta, al ser convenientemente confundido con el merodeador del desfogue íntimo. 

Apretar en el cine era la experiencia más religiosa que nos podía ofrecer el séptimo arte, aquellos primeros tactos de senos, pezones, caras, nalgas y totas por encima de las prendas interiores, en tanto se recibía la recíproca sesión de manoseos. También cabe recordar la incomodidad de cuando uno de los dos quería y el otro evitaba en ese reducido espacio los intentos de besos y manoseos, y el peor enemigo de las salas de cine: la peste a boca.

Había además en La Habana una costumbre que jamás olvidaré pero que tampoco soy capaz de recordar, era ir al cine con un amigo que ya hubiese visto la película y pedirle o bien aceptarle el detalle que te la fuese contando por pedazos.
-¿Y ahora que viene asere?
- Ahora el tipo entra, y tú verás que clase lío se forma.
- Pero cuando, ahora?
Mi amigo Evelio era especialista en contar películas mientras estaban proyectándolas, y si uno de adelante o de atrás se mosqueaba y le pedía que se callase, encima teníamos el añadido de que se podía formar un bateo. Al principio me parecía raro, pero con el tiempo hasta me aficioné.
Hoy cuando intento recordar aquella costumbre tan estrambótica, aún cuando sé que la viví en innumerables ocasiones, no llego más allá de imaginarla.

¿Se trataría de una invención colectiva construida sobre los efluvios de la añoranza o sólo era una astilla más del realismo mágico?... y socialista.

 

Cine Yara

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Published by martinguevara - en Cuba flash.

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