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7 junio 2014 6 07 /06 /junio /2014 21:32

 

 

Me permitieron regresar a Cuba pero me dijeron que no podía estudiar, tenía que trabajar y como tenía conocimientos profundos sobre libros y sobre ron, al parecer de manera arbitraria prefirieron destinarme a Ediciones Cubanas.

Allí me destinaron a recibir y distribuir las revistas y prensa de los altos cargos del Partido, desde Fidel hasta los del Comité Central pasando por todos los integrantes del Buró político. Me asombró la cantidad de revistas de periodismo amarillo que debía poner en los paquetes para los más altos cargos. A Fidel solo le mandaba revistas norteamericanas de medicina, era una época en que estaba verdaderamente interesado en la materia y se involucraba como si fuese médico. Existía a nivel popular la costumbre de exagerar todas las aptitudes de Fidel, y agregarle algunas que no tenía, pero entre las verdaderas, es que era un ser extremadamente estudioso, sea con los fines que fuere, siempre que podía estaba o bien leyendo, o bien preguntando sobre temas de su interés, si sus interlocutores eran cubanos y tenían la mala suerte que su especialidad le interesaba mucho, sabían que estaría horas preguntándoles de todo, y por supuesto sin admitir ninguna pregunta, solo él hablaba, solo él tenía inquietudes, y solo eran válidas las de él. Así era la cosa con Fidel. Pero muchos otros del buró político recibían la revista Hola española y la Paris Match, yo pensaba que estaba bien, incluso si la revista fuese para ellos y no para sus esposas como me decía el jefe de la sección, en un intento de adoctrinarme, pero yo pensaba que la gente debe leer lo que le dé la gana, lo que estaba no del todo correcto es que el resto de la población no pudiese leer ese periodismo amarillo, y que se lo demonizase y atacase como un implemento de diversionismo ideológico del capitalismo.

Considerar a la masa como imbécil, torpe y no preparada para acceder a los mismos bienes de que hacían uso y disfrute los pinchos, era una constante de la dirigencia revolucionaria. En casa de los hijos de los comandantes, o ministros se podían ver los videos de películas como Rambo, o las de Chuck Norris, que eran las más añoradas, mientras que en las salas de cine y en la televisión no estaban por ser basura imperialista y deformadoras de la realidad, pero ellos consideraban que sus hijos y ellos mismos estaban en un nivel superior para poder acceder a esos contenidos. Más o menos lo mismo que pasaba con el hecho de viajar o no. En realidad, nadie podía viajar más que los cargos que eran del Partido, excepto los deportistas y algunos científicos, mucho más vigilados estos segundos que los primeros.

Tenía una cláusula donde dejaba claro que no debía comentar nada de donde se mandaban esas revistas. Y me imagino que tomarían gente de cierta confianza, ya que las posibilidades de colocar un veneno en aquellas revistas era tan real que siempre creí tener una cámara grabándome desde algún sitio. Cosa que empecé a descartar cuando vi las monumentales siestas que se echaba el jefe apoyado sobre sus antebrazos en el escritorio, con el único recaudo de cerrar la puerta. O quizás del mismo modo en que se sabía que todos allí dormían, o faltaban o iban a tomar café o ron, también lo sabría el que veía las películas de mi cámara imaginaria, entonces al jefe de departamento en tal caso era lógico que no le interesase en lo más mínimo. El único que no podría dormirse una siesta en ese caso sería el de la cámara.

Ediciones Cubanas, calle O’Reilly, en La Habana Vieja. Había que llegar a tiempo cada mañana para luego echar una cabezadita sobre el escritorio, porque lo que si era importante en todos los trabajos era fichar a tiempo, luego se podía ir uno incluso a su casa y regresar antes del final de la jornada a fichar nuevamente. El barrio era maravilloso, aunque conociese bien La Habana Vieja, nunca había reparado en la vida tan agitada y vibrante que tenía lugar en sus calles. De cierta manera me hacia acordar a los pasajes de Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde, el gentío, la algarabía, el cafecito en la calle, los pasteles, los vendedores de periódicos vociferando los nombres de Juventud Rebelde y Granma, de los semanarios cómicos  Palante y Dedeté,  y las conversaciones entre los viejos que se encontraban en la vía pública de casualidad. Haciendo media.

Pero aunque me gustase mucho el trayecto andado por la Habana Vieja, eso no lograría impedir que los tragos de pisco que me tomé con Evelio cuando bajé del avión, dos años después de no beber ni una gota fuesen una premonición de lo que pasaría, al poco tiempo ya estaba beodo cada noche,  así es que comencé a llegar tarde al trabajo, a faltar y a pedirle un justificante a un médico amigo. Del mismo modo que en la escuela, para faltar bastaba con que se presentase una constancia médica. Mi amigo médico, a cambio de algunas botellas de ron, me daba talonarios de “Hago constar”  y yo solía rellenarlo con tres enfermedades que me había aprendido unos años atrás con motivo de las faltas al colegio. Faringitis aguda, Sinusitis crónica, y Luxación del tobillo- muñeca, izquierdo- derecho.  Nada de esto era muy novedoso ni original. Todos los jefes sabían que era cuento, solo esperaban poder tener una justificación que no los metiese a ellos en problemas por tolerarlo. Ellos a su vez lo hacían cuando se iban con sus coches de empresa a las casitas de la playa con sus amantes. Y no pasaba nada. Hasta el director general faltaba de este modo al trabajo. No digo que no se buscase una mejor excusa que aquellas enfermedades, me refiero a que eran las mismas causas. Aunque cuando más alto era el cargo, más generalizada era la práctica de faltar al trabajo porque se habían llevado una titi, como se decía a las chicas jóvenes y que no oponían demasiada resistencia, a una casa en la playa, acompañados además de sus buenas barrigas, alguna gorrita de pelotero, un puerco asado y unas cajas de cervezas bien frías.

Evelio me pasaba a buscar por la casa de calle 14, casi todas las noches había algo que hacer en La Habana, la Nueva Trova, justo a partir del éxito que tuvieron los recitales de Pablito y Silvio en Argentina se convirtió en un fenómeno de masas, y cada día había un concierto al cual se desplazaban cientos o miles de jóvenes que si bien al día siguiente debían acudir o a la Universidad o a un trabajo, siempre podían de últimas, echar mano del socorrido vademécum popular.

En los recitales conocía a muchos jóvenes con inquietudes que empezaban a estar ansiosos por expresarse, no eran necesariamente disidentes con el régimen, nadie se le ocurría siquiera cuestionar el modo de partido único, el liderazgo de Fidel, nadie pedía un cambio de sociedad, visto bajo el prisma de hoy era muy inocente los reclamos que se hacían a modo de tertulias poéticas, reuniones en casas de amigos ante torno a una guitarra, discusiones sobre el porte de las nuevas generaciones en materia de cultura. Ese era el reclamo fundamental, las personas sentían que habían nacido dentro de un sistema que se había atascado, unos era más duros en las críticas e iban más lejos que otros que consideraban solo que debía existir cierta apertura para poder hablar , publicar, expresarse a través de la pintura del teatro, incluso del cine y la televisión, aunque estos apartados estaban convenientemente cubiertos por autoridades tan verticalistas que resultaba imposible que en el mundo audiovisual o de la comunicación tuviese lugar este debate. Lo cierto es que con mucha frecuencia escuchaba hablar de lo que se necesitaba, que algo estaba cambiando en el resto de países socialistas, al menos en los de Europa del Este y la URSS. A través de las publicaciones soviéticas empezábamos a notar el cambio. Gorbachov no sentía la misma simpatía por Cuba, por Fidel ni por ninguna causa revolucionaria que los anteriores mandatarios soviéticos, y eso se notaba en la presencia en los medios.

Por un lado se olían aromas nuevos, que traían nuevos aires, de deseo de cambio, de emancipaciones de la juventud y de ciertos sectores de la intelectualidad habanera que comenzaba a hablar con espíritu crítico, y por el otro se presentía una cerrazón institucional a todo lo que pudiese significar cambios en los países del bloque socialista, a todas luces era visible que cualquiera que fuese la intención de los países socialistas, la de Cuba aún distaba mucho de parecerse siquiera a una de cambio.

Casi treinta años después de eso, aún está Fidel traduciendo sus libros, recibiendo medallas, en estos tiempos para ser políticamente correctos, no son condecoraciones militares sino ecológicas, estos días recibió una por su preocupación durante 50 años por el desarrollo de la agricultura ecológica y alternativa.

Fidel 50 años preocupado por la ecología, parece todo un militante de Greenpece.

¿Se podrá mentir más?

 

 

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Published by martinguevara - en Cuba Opinión

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