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7 septiembre 2013 6 07 /09 /septiembre /2013 20:26

 

 

En mayo de este año 2013 murió el primer inmigrante al que se le negó la asistencia médica en España por carecer de papeles.

La realidad no ha progresado hacia una mejoría sino lo contrario, el grueso de los que posibilitaron el falso milagro español de hasta hace tan sólo un lustro, la mano de obra inmigrante ha quedado a merced de la buena salud que sus metabolismos le deparen.

Incluso la sanidad pública para atender a los españoles se está deteriorando a pasos agigantados, de manera deliberada con la finalidad permitir entrar en escena a las compañías privadas para que gestionen Ambulatorios y Hospitales.

Hace un buen manojo de años fui a Londres por primera vez invitado por mi amiga Gladys, con quien me encontraba en Viena ayudándola a deshacerse de los objetos menos fáciles de dejar atrás, que había compartido con su recientemente difunto esposo, amante y amigo de toda su vida, Juan, quien había fallecido en aquella ciudad al cabo de una vida pelna y una enfermedad tan intrusa como inoportuna.

Ella me dijo "te quiero invitar a una de las dos joyas de Europa, París o Londres, elige". Desde pequeño hay algo que me subyuga de la cultura inglesa, aunque sólo fuese por aquellos paseos de la infancia por el Dock del puerto porteño con mi tía Celia buscando buenos paisajes para pintar, por el sedimento que me dejó la película Yellow Submarine de los Beatles, por los libros de Dickens o por los tres.

Por aquellos tiempos Gladys me había enseñado el corazón de Europa. Habíamos ido al sur de Austria con nuestro amigo Slava, tuvimos un accidente automovilístico en una carretera cercana a Piran, un pueblo del mar Adriático esloveno,  en el accidente el coche pegó contra la valla de metal que bordeaba la ladera de la colina, y si bien nos salvó de despeñarnos y dejar nuestros huesos allí, los eslovenos consideraron que debíamos hacernos cargo de la reparación, ya que no íbamos con un seguro internacional que cubriese Eslovenia.  Gladys es abogada y se las arregló con su italiano, alemán y francés amalgamandolos y batallando contra la lengua que hablan en Lubjiana y el desentendimiento que aposta exhibían los policías eslovenos, buscando evitar que a Slava le exigiesen algo más que el pesar de aparecerse en Viena de regreso con el BMW hecho un acordeón, y no poder devolvérselo al amigo ruso que se lo había prestado recomendándole muy encarecidamente que lo cuidase como a un bebé.  Increíblemente al cabo de casi todo un día de idas y venidas por carreteras, pueblos, estaciones de policías y juzgados ignotos, sin hablar una palabra de aquella jerigonza,  sin tener el título homologado y sin pasar por alto el detalle de la nada nimia misoginia de aquellos días previos a la guerra de los Balcanes, Gladys con su Esperanto consiguió que no le pusiesen multa alguna y que permitiesen irse a Slava sin ningún cargo, aunque el coche debió quedar en suelo esloveno.

Mientras tanto yo los esperé en el pueblo de Piran intentando relajar la inquietud en las aguas cristalinas del Adriático. Llegaron de noche pero Slava tuvo que regresar en tren a Viena para regesar a su trabajo y comunicar a su amigo la pérdida del bebé. 

Pasamos unos días en Lubjiana y luego nos adentramos con un autobús en Italia a través de Trieste,  la ciudad donde había vivido Joyce, en aquel entonces yo valoraba los sitios según hubiesen sido mencionados en obras literarias, cinematográficas o musicales, o donde hubiesen morado artistas de mi agrado, excepto en ciudades como Venecia donde fuimos a continuación porque ¿quién no había vivido, escrito, pintado o filmado en Venecia? Gladys conocía la ciudad de tal manera, que después de dejar las cosas en las habitaciones, me invitó a una caminata descubriendo sus calles, el puente del Rialto, la Galería de la Academia, para al final meternos por un estrecho callejón y  sacarme por sorpresa de frente a la Plaza de San Marcos, la cual considero propiedad de el Canaletto. Cuando recuperé el aliento me senté en un banquito a tomar un café y pensé: estoy en la guinda del pastel.

 

Mi amiga me había enseñado grandes libros, grandes escritores, habíamos pasado eternas horas hablando de  literatura, de cine, de música, de pintura, pero también de juegos, de manías, de obsesiones, de viajes, de costumbres, de familias y de insomnios.  Se podía decir que me conocía bien, y aún cuando sabía que casi todas las formas que me seducían se ajustaban mucho al patrón estético que rige la mayor cantidad de las cosas y las costumbres francesas, también había un prurito que me impedía aceptar, de manera tan diáfana y sencilla el carácter de patrón, que tenía todo lo relacionado con París y las historias que a lo largo del tiempo concitó y que suscitó.

Me gustaba decir: “Pues a mi París no me interesa en lo más mínimo” como si de ese modo sugiriese que en mi interior yo atesoraba el conocimiento de un glamour y un charme mucho mayor.  Sin embargo me costaba muy poco reconocerme subyugado por Londres y sus significantes en la confusa madeja que conformaba mi universo. Quizás también porque Gladys y buena parte de mis amigos, familiares  y conocidos se rendían ante la sola mención de París, sin mostrar el mínimo pudor, aceptando que cualquier cosa allí estaba por encima, a años luz de que nosotros podríamos ofrecer, producir e incluso saber disfrutar de modo integral. También acaso porque yo nunca había estado allí y me placía ofrecer una tozuda resistencia, "a mi no me seducen esas lucecitas de colores, yo soy más de los ladrillos a la vista y las monturas incómodas".

¡ Londres!-dije sin siquiera pensarlo.

Y la verdad es que nunca me arrepentí de haber aceptado ese regalo, aún cuando en la entrada el agente de inmigración me tuvo una largo rato con preguntas amables pero poco inteligentes acerca de mis intenciones de visitar suelo británico, ya que Londres continúa siendo la ciudad en que mejor me siento de Europa, siendo que en lo referente al equilibrio social, a la expansión de la burguesía, a la abolición de la monarquía esté más en la línea francesa, dado un eventual contraste de opciones .

La primer noche que pasé en Londres no pude dormir a causa de un dolor de muelas, pero en la segunda noche el dolor de muelas dio lugar al asma, y entonces pude apreciar lo que era el sistema de asistencia social inglés. Acudí a un Hospital cercano a la estación de metro Gloucester Road, e inmediatamente tomaron mi nombre, el número de mi pasaporte argentino y me dieron un pijama y me asignaron una camilla donde sin perder tiempo comenzaron a aplicarme salbutamol inhalado, seguido de suero en vena, y de un par de horas en reposo. Al terminar me preguntaron si tenía dinero para regresar al Hotel, si no lo hubiese tenido me lo habrían proveído en una ventanilla para tal efecto.

Nunca en mi vida había recibido una atención semejante, no sólo en calidad sino en calidez humana de los médicos y enfermeros. Se acercaron varias veces a preguntar y a hacer bromas. Me dejaron ir en cuanto me sentí mejor y me dieron de manera gratuita un Ventolin y unas pastillas. Gladys me esperaba fuera, y después volvimos al hotel, y luego a Viena y más tarde yo regresé a Buenos Aires, Slava se convirtió en un gran fotógrafo,  años más tarde me presentó una amiga suya  que es la madre de mi segundo hijo y mi actual esposa,  nos hemos encontrado en varias ciudades del mundo después de aquellos meses de hace tantos años.

En el recuerdo siempre quedará aquel como uno de los viajes de mi vida.

En sucesivas veces que visité el reino Unido, requerí igualmente de atención médica por la misma razón, la combinación del asma con una humedad extrema que desciende hasta pegarse al suelo. Y siempre encontré la misma atención, y siempre me he ido de los distintos hospitales con los medicamentos y sin pagar ni un penique. En Irlanda incluso me dieron una receta y cuando fui a la farmacia a comprar el remedio, no me lo cobraron.

Era una salud de uso gratuito incluso para extranjeros extra comunitarios,  de fuera de la Common Wealth, tan lejanos y hostiles como podría ser en apariencia un argentino, aunque lo segundo más inglés que hay después del té de las cinco es un atildado caballero de las pampas.

Conocí esa formidable organización social en torno a la salud pública, incluso una vez que Thatcher ya había destrozado una gran parte de sus históricos logros, y aún así nunca he visto algo semejante. Sin embargo todavía hoy hay quienes se preguntan por qué las personas que forman los pueblos de la Common Wealth y las colonias continúan optando por estar dentro de la órbita británica.

Y vistas las intenciones de los patrioteros del toro y la bandera, el resto del mundo estará haciendo cola.

 

 

 

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Published by martinguevara - en Europa Aorta

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