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26 noviembre 2013 2 26 /11 /noviembre /2013 01:55

 

Iba yo sólo en el coche y me dejé llevar como de costumbre por una diatriba mental, un espectáculo unipersonal con diferentes "sparrings" intangibles, escenario en el cual había varias voces encontradas, ora de un personaje ora de otro, como en sueños y pesadillas pero con  mayor intervención de la voluntad y del consciente.
Vi un lugar vacío para estacionar justo enfrente del centro comercial al que me dirigía, paré en seco provocando que casi una furgoneta me arrease una buena torta. 
Que casi me diese por detrás.
¡Vaya escándalo y vaya vehículo! -pensó mi auto gris- nuestra cintura ya no es de sílfides.
Pero pasó de largo rozando el trasero del coche, lamiéndolo, haciendo que se sintiese tan afortunado de no haber sido chocado que casi se siente desgraciado por no poder probar una leve embestida. 
Terminé de frenar con el contén de la acera, activé ese moderno freno de mano de botón, luego salté de los estribos a la calle cerrando la puerta mientras observaba los últimos aspavientos que me dedicó desde su cabina el chofer de la furgoneta. 
Incluso pude escucharle algunas palabras o eso creí, el caso es que como casi siempre en las discusiones de tráfico se escuchan especulaciones, apreciaciones, conjeturas acerca de lo fantástico que se lo pasan las madres de los torpes e infractores, en los catres con uno o más partenaires, pues me pareció oír ese tipo de menciones. 
La verdad es que como nunca me llevé a las mil maravillas con la vieja, tampoco es que ese tipo de cosas lleguen a ofenderme de un modo particular; además me pregunto como podría molestar a alguien de bien, el que le dijesen que su vieja se lo solía pasar de lo lindo. Bueno imagino que para la mayoría de los que están enamorados de las sempiternas tetas y piernas de sus mamás puede no ser grata la imagen de pertenecer a ese conjunto de cornudos. 
En fin, que ni me dieron por detrás a mi ni a mi madre al parecer tampoco, al menos en ese momento, aunque el curioso conductor de la furgoneta pareciese enfrascado en repetirlo con ahínco y con sospechoso conocimiento de causa.
Mientras caminaba hacia la puerta del centro comercial para comparar los precios de las computadoras con los de los lentes progresivos, continué con la animada discusión que se había desarrollado en mi interior hasta instantes antes de la interrupción momentánea. 
-No puedo admitir esa excusa sin antes recordarles que hasta hoy sólo conocemos a la conciencia contenida en la materia. No tenemos ninguna evidencia de algún caso de conciencia independiente de la materia-dije en voz alta mientras pasaba por al lado de una madre y su crío de unos ocho a diez años.

Ambos se quedaron mirándome con una expresión que me causó sonrojo. De repente no tenía como esconder que iba hablando sólo, me pasó como en el pasado, como antes de la existencia de la telefonía móvil, del bluetooth en los coches, de la múltiple variedad de cables que atraviesan la era del exquisito sabor artificial de los Doritos, alambres e inalámbricos que aunque sirvan para muy poco, al menos sí que me permiten disimular con eficacia en un semáforo cuando el conductor de al lado se queda mirando mis ademanes animados en una charla solitaria. 
El bluetooth, por Tutatis, el bluetooth me permite el soliloquio sin rubor. O un socorrido aparato de móvil extraído del bolsillo del abrigo con velocidad y destreza insuperables al sentir la mirada inquisitorial en la nuca tras un sentido monólogo.
Pero el incidente de la furgoneta me había hecho bajar rápido del coche y olvidar el teléfono dentro, ni siquiera pude echar mano de aquel antiguo recurso que usaba en los tiempos pretéritos, que consistía en ponerme a cantar la canción más parecida al tono de lo último que yo suponía, me había sido escuchado decir, ya que me había dejado gobernar por el silencio amenizado por la evidencia demasiado estridente de unas miradas definitivamente condenatorias.
Aunque con mi particular oído para reproducir música no sé bien si aquel truco de conseguir que desistiesen de pensar que estaba loco a costa de que constatasen que era tan perro de malo en la entonación de cualquier nota, mejoraba sustancialmente mi imagen.
Pasé por el lado del intenso silencio que mediaba entre la madre y su nene y mi aureola, el entorno íntimo, la esfera que a cada paso que daba dotaba de mayor grosor la capa, la cáscara que parecía protegerme de todo, menos de las impiadosas licencias libertinas que mi madre se concedía en el imaginario de mis ofensores, y también en la desnudez de mi propio relato, desde la primera palabra hasta el punto final.

 

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Published by martinguevara - en Relax

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