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23 marzo 2012 5 23 /03 /marzo /2012 02:02

 

 

 

En Tordesillas, un hombre se acercó a la estatua de la reina de Castilla, Juana la Loca, como llevado por un ánima en medio de la noche, sin fuerzas en los pies para llegar más allá del monumento frente a los muros de casa del Tratado y al lado del sitio en que estuvo el Castillo donde la habían alojado por más de cuarenta años, acusada de demente por su familia para usurparle el poder. El hombre se quedó mirando fijamente los ojos de la estatua de bronce, soltando los prejuicios, dejando que apareciese lo que debiera aparecer, habló con ella, le dijo que era su fiel servidor, que él sería un caballero que no permitiría las vejaciones y los abusos que sobre ella cometieron su padre, hijos y apoderados, le dijo que sería un honor para él luchar por ella. Se sentó luego en un banco de hierro al costado de la estatua, y le reveló que ya nada significaba algo para él, se levantó nuevamente para despedirse de la estatua como corresponde a un caballero y tomar el camino del río, entonces ahí de pie frente a la estatua bañada desde atrás por la luz de un farol, ella bajó la vista y le dirigió una mirada firme y tierna a la vez, alzó una ceja y luego la luz de otra farola le ilumino la cara, el hombre pudo ver el rostro de la reina plagado de la más eterna de las corduras, de las marcas del dolor y la traición. Desde ese momento en que sintió un escozor por todo el cuerpo, un cimbronazo recorrerle la espina dorsal, se dirigió a mirar el río Duero desde el majestuoso puente medieval de la ciudad, pero ya no con la idea de tintes trágicos que llevaba en un principio.

 

 

Como si quisiese buscar a mi Juana, cada día bebía con mayor profusión, y lo notaba en la rapidez con que me hacía efecto y la dificultad de levantarme al día siguiente, pero había algo más. La borrachera se empezaba a componer del lamento fracasado, de un maremoto de gritos, cantos, bailes y escenificaciones que se convertían en piruetas peligrosas, a las que cada noche acudía mayor cantidad de tiempo y en la que me perdía cada vez más hacia su interior, una vez que empezaba a beber era como una carrera vertiginosa hasta alcanzar la narcosis, la semiinconsciencia.

La gente a mi alrededor tomaba la droga líquida como un medio para ligar, para desinhibirse o para soltar otras ataduras de sus diferentes timideces, yo diría que me ocurría eso pero profundamente, como si necesitase llamar a un monstruo que habitaba más allá de la timidez, en una caverna que solo se podía comunicar con la luz de la superficie de la vida ordinaria, de la normalidad, a través de una cascada de bebidas espirituosas continua, y eso le permitiese trepar a través de ella como si fuese una liana hasta la superficie y liberar su exhalación hecha aliento, su terror, su llanto agudo y a la vez sórdido, ancho y gris, eterno y seco, como un manotazo de una inmensa mano sobre una mesa.

La bebida me ataba a su barca cada día, como si hubiese jurado lealtad a un laberinto con una sola salida.

Bebía para recobrar la vida, para encontrar algo que la justificase, para encontrar en medio de una multitud de simulaciones, de gestos aprendidos, de rictus incorporados, a mi verdadera ánima, no al encuentro del grito sino al verdadero silencio de mi existencia, a la desnudez y la ternura de la mirada de mi particular reina Juana.

 

 

 

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Published by martinguevara - en Relax

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