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28 julio 2013 7 28 /07 /julio /2013 03:19

 

Un gemido que intentaba en vano convertirse en grito, provenía de una garganta trémula, perdida en la oscuridad que reinaba detrás de los barrotes que caían imperturbables y gélidos hasta el suelo, con toda la determinación y maldad que pueda condensar un algo inorgánico. Era el último de los sobrevivientes que fueron apresados, torturados y asesinados una vez que concluyó en derrota la aventura del asalto al cuartel Moncada en la provincia de Oriente, el 26 de Julio de 1953.

La mayoría de los que habían muerto eran patriotas con un nivel de indignación que rebasaba con creces sus respectivos límites culturales. Consideraban que a la dictadura de Batista había que ponerle final de una forma o de otra. 

Sólo un puñado de asaltantes resultaron ilesos y sobrevivieron al hecho, quedaron encarcelados un año y medio y luego salieron al exilio.

Los hermanos Castro se encontraban entre ellos, Fidel, que era el jefe de aquella expedición, era además un flamante abogado gracias a ello cursó la solicitud de llevar a cabo la defensa de su propia persona.  Entonces dejó para la historia un alegato que fue bautizado como, “ La historia me absolverá”.

Pero al margen de que los mismos sujetos que sin recibir ni un rasguño, los que fueron liberados de la prisión de Isla de Pinos tan sólo un año y medio después, sigan gobernando el país y en este momento capitaneando el ingreso a un capitalismo que se atisba de lo más feroz, es palpable la necesidad urgente de reivindicar y recordar los reclamos de aquellos valerosos jóvenes.

Hoy más que nunca está vivo el espíritu del 26 de Julio.
Excepto por la violencia, por el planteo de la muerte en la toma del poder, hoy sería tan necesario como en aquel 1953:
Volver a exigir una reforma agraria que garantice al campesino, primero que tendrá algo de tierra, y luego que del resultado de su usufructo podrá hacer lo que estime más conveniente.
Una economía que de una vez por todas tenga como único destinatario al pueblo y no a las diferentes oligarquías, o distintos amos del exterior.
Una justicia independiente del poder que de una vez por todas tenga como destinatarios a todos y cada uno de los ciudadanos.

Un gobierno elegido, formado, criticado, reformado y puesto en funcionamiento por todos los ciudadanos del país. 
Un Estado que garantice salud, educación, trabajo y dignidad a todos los ciudadanos.
Libertad de expresión, de movimiento, de asociación, de afiliación política, de elección de estética, de elección del objeto sexual, de publicación, libertad en el arte, en el periodismo, libertad editorial. 
De capital importancia no tener pruritos en exigir la total libertad de mercado, del pequeño, del mediano y del gran capital, con las políticas impositivas, recaudatorias, de solidaridad, y de permanente ayuda a quien no puede progresar, adecuadas para preservar la equidad y justicia social de mínimos, que garanticen cohesión, altos niveles de satisfacción social, con el objeto de apuntar hacia la felicidad de toda la sociedad, residiendo en todos y cada uno de los individuos que la componen, así mismo como ofrecer las garantías para que toda aquella persona cuyo objetivo sea desarrollar proyectos de cualquier índole dentro del marco legal lo consiga hacer sin escollos ni condenas morales.
Garantía de respeto institucional a la iniciativa en todo su espectro, habida cuenta que los primos hermanos "iniciativa" y "creatividad", son elementos primarios e imprescindibles para el desarrollo socio-cultural-económico de cualquier grupo social.
Hoy más que nunca se le debería recordar a la nomenclatura cubana y a cualquiera de los gobiernos opresivos que abundan en nuestro Orbe, que siempre debería ser 26.

Jagger y Richards, con similares contorneos que años atrás aunque con menor cantidad de  euforizantes y  mayor cantidad de energizantes, conmemoran medio siglo de desenfado, de pelos largos y una música enchufada al ruido de las ciudades y al cambio. Raúl y Fidel, sesenta años después no tienen demasiado para conmemorar.

Y aunque un elemental sentido de la coherencia así lo sugiriese,  nadie les pediría que volviesen a amartillar aquellos viejos fusiles del calibre 22 y que disparasen contra la sien de lo intrínsecamente injusto.


Así es que por lo pronto, bajo un somero análisis tras un ligero vistazo, a juzgar por el tenor de las declaraciones de intenciones y exigencias que contenían "La Historia me absolverá", el tiempo del que dispusieron para desempeñarlas y lo lejos que parece estar de haberse cumplido, todo indica que deberán  contar con un íntimo amigo de peso en la Historia, si su pretensión continúa siendo no digo ya ser absueltos, sino simplemente amnistiados. Pero si en algún rincón del alma aún mantienen aquel deseo retórico en pie, nada les impide comenzar por pedir disculpas y dar un paso al costado. 

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Published by martinguevara - en Cuba flash.
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