" />
Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog
15 marzo 2012 4 15 /03 /marzo /2012 11:37

 

 

 

Bajé a  Madrid por un asunto de trabajo y decidí dejar el coche y moverme en el metro, que no sé si será el mejor del mundo como rezan los carteles colocados por el ayuntamiento, pero con seguridad es un medio de transporte muy cómodo, sensiblemente mejor que ir de aquí para allá con el automóvil sin saber que calle está trancada por reparación o cual acaban de incorporar a la prohibición de circular por ellas si no es residente, bajo pena de gruesas multas.

En cuanto me senté una señora mayor se quedó mirándome y me levanté de inmediato para cederle el asiento, me hizo un gesto con la mano indicándome que bajaba en la siguiente parada, sonreímos mutuamente y giré la cabeza hacia el otro lado pero con le rabo del ojo percibí que continuaba mirándome. A lo mejor si cerraba los ojos con fuerza y giraba nuevamente la cabeza hacia ella y los abría de repente, sería posible que me encontrase a una joven trasnochada, con la garganta seca y los pies ardiendo. Pero no, la joven estaba del lado en que yo tenía enfilada la cara para evitar el contacto visual con la anciana. Pero esa no me estaba mirando, no hasta que comencé a observarla. Del caribe me quedó el descaro para abarcar todo con la mirada cuando quiero tener una idea completa de algo. Le chica estaba de pie en diagonal a mi, tenía el pelo largo y vestía de vaqueros y camiseta ajustada,  llevaba unos auriculares cubriéndole las orejas, y movía levemente la cabeza, tarareaba la música, entonces me pareció adivinar un rock. Afiné mi pésima percepción auditiva y logré escuchar unos vientos,  trompetas o saxos. Ya había menos confusión, parecía funky. De repente miré a la mujer mayor y me sonrió una vez más mientras emprendía su andar hacia la puerta de salida, salió como si tararease algo, como si lo musitase.

Sacudí mi cabeza. La señora que había y yo éramos unos de los pocos que no teníamos walkman o iPod o mp4 o similar, emitiendo música en el oído.  Yo llevo la música donde quiera que voy, soy propietario del peor oído de que tengo noticias, pero aún así la música me embruja, la llevo dentro y a veces me muevo como la chica de los audífonos pero sin ellos.

Los primeros recuerdos de haber escuchado música es con María Elena Walsh. Acaso sigan siendo de las más bellas canciones en letra y música que jamás haya escuchado. Infinidad de canciones. Recuerdo también a las trillizas de oro, y a los payasos Gaby Fofó y Miliki, con su Hola don Pepito. Recuerdo el himno, la Aurora, el carnavalito en las clases de folclore, palito Ortega, Donald y las cosas que se escuchaban en casa. Mercedes Sosa, y toda la corriente de la canción protesta, y lo más beat que escuché antes de que mi tía Celia me llevase al cine a ver Yellow Submarine, y me quedase enganchado de por siempre a los Beatles y a mi tía Celia, eran los discos de Joan Manuel Serrat que había en casa, con su melena, la guitarra eléctrica y la batería.

Antes de irme de Argentina hubo una explosión de música rock, de la que alguna reminiscencia me llegó , pero con nueve años era poco lo que la disfruté, en los ámbitos de la izquierda clásica la llamaban música de drogadictos.

Cuando llegué a Cuba, empezaban los Van Van, que siempre fueron igual de buenos, sonaban modernos los Irakere, la Monumental , la Ritmo Oriental, y sobre la música revolucionaria, Carlos Puebla, y diferentes grupos infumables de los que no recuerdo ni el nombre. Allí conocí la música de Chico Buarque , la de Viglietti, la de los Fronterizos, Atahualpa Yupanqui, y Violeta Parra. Pero con nada de aquello movía mi cabeza  hasta que escuché a Grand Funk Railroad, y a partir de ahí comencé a escuchar rock, y funk a la hora en que podía molestar más. Carl Douglas con su Kung Fu, los Stories, con Brother Louie, Led Zeppelín, Deep Purple con Smoke on the water,  Honky tonk woman de los Rolling Stones y los eternos Beatles con cada vez más canciones.

Para entonces ya conocía a Pablito Milanés, Amparo Ochoa, Uña Ramos, Les Luthiers, El temucano, o Harry Belafonte. Como estaba rodeado de un ambiente politizado, el éter a menudo se sobrecargaba de música protesta. Creo que no hay cantante aburrido del Planeta que no me haya tragado por aquellos días.

Escuché a la Nueva Trova a partir de un disco de mi madre del grupo de Experimentación Sonora del Icaic, y en la canción Cuba va, era el ritmo y el modo de cantar que esperaba. Pero fue solo un espejismo, volvieron a la guitarrita como único instrumento y el verso libre ipso facto.

Bob Dylan, Grateful Dead, Rare Earth, Credence Clearwater, a los que llamábamos los Aguas claras.  Entró la música bailable, Silver Convection, Abba, Donna Summer, Bonney M, Gloria Gaynor, The Commodores, y la tapa al pomo fueron los Bee Gees, en ellos se detuvo unos años la moda musical, eran el paradigma de lo que había que hacer, hasta los Rolling  Stones empezaron a cantar con falsetes y a usar el sonido de los graves de modo exagerado.

Otra vez Led Zeppelin, Deep Purple, Genesis, Yes, Queen, Pink Floyd y entonces conocí a Jimy Hendrix y se abrió un nuevo mundo, incluso entendía mejor la música de los Stones, de Dylan de los Zeppelin, y eso me llevó a escuchar blues. También llegaron los discos de Peter Frampton con Show me the way, Ted Nugent, Pat Travers, y los Kiss.

Solo quería escuchar rock and roll, the Doors, The who, the Kinks, the faces,  Winter, Bowie, o los Police, pero también estaban Roberto Carlos Andy Gibb y Nicola di Bari.

 No fui el hacha del barrio bailando, pero me sabía mover con la música disco, nunca tuve mucha idea de bailar son ni música salsa. La verdad es que no me gustaban los bailes acompasados, me gustaba lo que a los viejos les escandalizaba, bailes en cada uno va por su lado, en que no se sabe quien es la mujer y quien el hombre, y que te dejan tan extenuado que más tarde toca bailar juntos, muy apretados.

Mucha música funky para luego terminar con Billy Joel, Barry White o Manilow, pechito con pechito.

  Entonces conocí el reggae. Marley , Tosh y Cliff. Y para mi solazo individual me dejé llevar por el duende del guagancó y otras formas de la rumba. También cantos afrocubanos a deidades del panteon yoruba. El tambor africano y las numerosas maneras que adoptó en Cuba aún me embrujan como pocos sonidos pueden hacerlo. A esa música no hay que pretender entenderla, comprenderla, sino que es mejor dejar que sea ella quien te recorra cada rincón, la cual te estudie.

Las chicas del rock que me movieron el suelo fueron Joplin, Pat Benatar, Patti Smith, y me gustaba el look de Chrissie Hynde, la de Pretenders.

Empecé a escuchar jazz, primeramente de Nueva Orleans, y Dixieland que es el mismo pero tocado por blancos, y luego swing, scat, ragtime, hasta que escuché be bop, en eso me quedé unos años. Luego Coltrane Keith Jarret y más rock de los viejos grupos. 

Al regreso a la Argentina entré en contacto con una catarata musical, el rock nacional, ya tenía dos discos de Sui Géneris y Pappo, pero conocí además otros grupos excelentes de Charly García, a Fito Paez, Baglietto, Spinetta, Porchetto, Los Virus, Abuelos de la nada, los blues de Celeste Carballo, Yorio, y mucho más Pappo y su guitarra gentil y abrupta.

Y al final me rendí y dejé entrar la música clásica, pero ese capítulo da para tanto que mejor lo dejamos en que ciertos compositores, los más conocidos por todos, me cautivan aún como en el primer día. Sobre los últimos años que viví en Buenos Aires comencé a acudir al teatro Colón a escuchar conciertos u óperas, con entradas muy acordes a la exigua economía que acuciaba mi bolsillo, siempre en las últimas plantas, en el gallinero. Luego en Madrid acudí al Teatro Real, ya en mejores localidades, pero siempre aquellas de oferta, lo importante era la música, que cuanto más alto mejor se oye.

También en España le tomé el gusto y el punto al flamenco, música de duende como los cantos afrocubanos y el blues. Mi mujer me regaló una guitarra Telecaster para un cumpleaños de hace una década. A lo largo de estos años no saqué más que algunos arpegios, ni armé más de dos o tres temas. No la toqué como Albert Collins ni Keith Richadrs, pero sí lo suficiente como sentir cierta forma autocompasiva del gozo aún siendo un oreja dura, alguien que genéticamente está menos preparado para tañir las cuerdas de un instrumento musical que para volar autopropulsado hacia el infinito, más allá del Sol.

A través de mi vida he escuchado la música con dos  fines. Una es  el aporte contracultural, la compañera constestataria, como para otros fue un rudimento revolucionario; la segunda es que me hace sentir un placer  atenuado, sostenido, como el efecto del agua de una pequeña cascada  de montaña cayendo sobre el reverso de mis manos, que me ayuda a sobrellevar los rigores cotidianos y consigue calmar alguna parte levemente rayada en el anverso de mi hipotálamo.

Cuando llegó la parada en que debía bajarme para ir a buscar el coche, vi la etiqueta del jean de la chica de los auriculares y como el pantalón escindía su cuerpo en dos mitades simétricas, noble zanja, entonces pensé en comprarme un walkman rojo como el primero que tuve, pero más moderno y pasarme el día moviendo la cadera  y los brazos al ritmo de la misma música de siempre en los nuevos soportes. Pero no sé si esos aparatos son precisamente para mi, que necesito ver gente alrededor compartiendo mi ruido o mi silencio, mi rock and roll de frenéticos riffs y punteos, para dejar luego que los mimos asomen con la sugerente melodía de el gato que está triste y azul.

O subir a la buhardilla y ejecutar en la Telecaster, alguno de los tres arpegios aprendidos, hasta que mi hijo y mi esposa  supliquen por silencio de rodillas y prometan ser buenos durante el resto del día.

 

           

 

Compartir este post

Repost 0
Published by martinguevara - en Relax

Presentación

  • : El blog de martinguevara
  • El blog de martinguevara
  • : Mi Déjà vu. En este espacio comparto reflexiones, impresiones sobre la actualidad y el sedimento de la memoria, sobre Argentina, Cuba o España, países que en mi vida conforman un triángulo identitario, de experiencias diferentes y significantes correlativos.
  • Contacto