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21 octubre 2014 2 21 /10 /octubre /2014 01:44

Cuando digo que soy cada día más zapaterista, no zapatista de Chiapas, sino simpatizante de José Luis Rodríguez Zapatero, lo hago en parte para provocar, un poco llevado por esas eternas ganas de joder, no obstante algo de cierto hay en tal afirmación.

Y además me place decirlo a partir de que los especialistas en estar siempre donde calienta el sol, se pusieron tan en contra.


Llevamos dos años y medio de un gobierno que subió para arreglarlo todo, con el voto del vulgo corrompido, del vulgo tentado a ceder derechos y logros a cambio de una pocas rupias.

El proletariado y la clase media "descalzas" (más que "desclasadas" como diría Marx) y una pequeña copa de anís perfumado para la resaca matutina de toda esa avaricia nocturna.


Dos años y medio en que no se hizo ni una sola cosa que alegrase a las mayorías, a las pequeñas minorías marginadas, o a las grandes minorías, sino que sólo se han emborrachado de felicidad hasta ahora, los del circuito cerrado, los que saben el secreto del monje orondo, el secreto del ábaco, la miseria del brillo y ese terror a estar al ras del suelo.

Los que se miran al espejo con el ombligo de lado.


Los que rompen el amor.


Los cuatro primeros años de Zapatero, fueron una orgía de placer, un "orgasmo permanente" como decía Zerolo, leyes para alivianar el dolor de las minorías relegadas, leyes en favor de la vida, mil vidas más por año en tráfico, miles de vidas menos truncadas por el tabaco, el terrorismo desterrado, nos sacó de la guerra de Irak a los cuatro días, restitución de los represaliados, ley contra el abuso a la mujer, de apoyo a los discapacitados, al matrimonio gay, apoyo a la cultura, al arte y un extenso etcétera.

 
Luego hubo un año más de alegría, de nuevas disposiciones para la gente. Y entonces arribó el fin del disfrute de la estafa que se había estado  llevando a cabo durante años, eufemísticamente llamada "crisis".

Entonces esto descolocó a Zapatero. Al FMI dirigido por la picarona eminencia Rodrigo Rato. A Bush. A toda Europa, a toda Asia, a Standard & Poor's, a Murdoch, a Turner, a Morgan Stanley y a la mismísima Lehman Brothers, y a cuanto fiestero quedaba en el amplio salón de la jarana y la contorsión, con la nariz  llena de polvo de tiza bailando al son de los jadeos y de las últimas luces.


El gobierno del PP en dos años no ha dado ni una sola satisfacción, ni siquiera a sus votantes, por el contrario se desvanece en escándalos de corrupción que no tienen ninguna consecuencia penal para los corruptos y corruptores, pero que al parecer no les está saliendo gratis en cosecha de simpatía de la población.


Incluso ese sector del proletariado y la clase media que se creían codo a codo con los banqueros y la gran patronal por votar al PP, ya se están empezando a asquear, y eso que son de estómago muy fuerte.

Tampoco me entusiasman las soluciones que afloran a la par  del odio, de la bronca,  cuando estas están hirviendo. Desconfío de quien dice venir sólo para hacerme el bien, en el momento ese que asegura que su único interés en la vida, es subir a lo más alto para hacerme el bien a mi, que sólo le interesa la suerte de la gente.

Cuando el país votó en masa a la solución mágica del Partido Popular, tenían la duda de si podrían solucionar el entuerto de la mal llamada “crisis”, sin embargo tenían la total certeza, de que lo primero que iban a hacer era atentar contra todo lo que oliese a derechos de la gente común, lo que atufase a igualdad de posibilidades, lo que se pareciese a una flor.

Por eso le llamamos la corrupción del proletariado.Porque eso lo sabían bien.

En aquellos días me placía repetir que le estaba muy gradecido a ZP por su temple y por algunas cosas más, la gente me miraba como a un loco.

La gente está loca. Hoy, aunque sólo han pasado dos años, nos parece que hace una eternidad desde que están los cuervos en el poder, Zapatero es como un cuento del lejano pasado, de otra Era, un insulto, una manera de patear balones desinflados afuera; el ahora calladito José María Ansar, se percibe infinitamente más cerca gracias a sus chanchullos, sus amistades, sus enchufados de rabiosa actualidad, por las arcadas que pueden llegar a dar incluso a esa gente de estómago muy duro.


A todo esto, vale decir que el de la ceja, ni ha asumido un cargo en una eléctrica, ni en una consultora, ni en una exclusa fecal,  como cada ex presidente o ex ministro tuvo a bien hacer, tiene una casa normal, su esposa sigue intentando cantar, las hijas haciendo su propio camino, y él leyendo a Borges, aunque espero que algún día, lea también "1280 almas" de Jim Thompson.

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14 octubre 2014 2 14 /10 /octubre /2014 03:35

Las bodas en Cuba generalmente se celebraban yendo a la casa de uno de los recién casados y armando una fiesta con suficiente comida y bebida para que nadie se fuese de regreso a su hogar con hambre, con sed, ni criticando el surtido.

Así era la boda  de María y Oscar, solo que con sutiles aderezos de buen gusto adicionales, como canapés de finos patés o huevas de pescado, arenques, anchoas aceitunas, en fin lo que se pudiese hallar en las tiendas de comida en dólares. La música para el baile por ejemplo se la habían ahorrado, había música ambiental y cada uno estaba sentado en un sitio hablando sus cosas. En las fiestas yo solía un ser sociable y gregario, por lo general cuando aparecía el primer trago me conviertía casi hasta en chistoso, amiguísimo de cualquiera que quisiera pasar un rato conmigo vaciando botellas, al contrario que en las épocas de abstinencia que me conviertía en un ser huraño, huidizo de las aglomeraciones, poco amigo de los abrazos y los grupos de más de dos personas.

En la parte gragaria había un momento en que pasaba la puesta a punto, antes de perder la noción del espacio y del tiempo, hostil , agresivo, desagradable, estaba entrando en ese estado cuando el padre de Mariana, entró a la habitación donde yo trataba de mantener una conversación conversando con ella balbucenado ideas dispersas, y me dijo que tenía una cosa importante que decirme. Le pidió a Mariana que le hiciese un sitio al lado mío donde se sentó y me dijo:

_ Martín, tu abuelo Ernesto ha muerto.                

Escuché las palabras de Gabriel y en medio de la melopea que tenía, sentí un latigazo, un llamado de más allá de aquella fiesta, de más allá del cuerpo aun caliente de mi abuelo, más allá de las sensaciones, de las personas, del amor y del odio. Sentí una llamada de mi niñez, intacta que no había sido casi vivida de otro modo, no había partido hacia ningún sitio desde su pedestal, sentí el tirón del viejo niño Martín en mis pantalones, entonces entendí que me estaban diciendo que nunca más vería las canas de mi abuelo, sus grandes ojos y manos, acompañando la conversación de su voz con los ademanes propios de un caballero pintoresco nacido en el Buenos Aires  el mismo año que comenzó el siglo XX. El impostor "tío" Ernesto que prefería morir tres meses después de su derrame cerebral antes que perder para siempre su interés en las mujeres. Me sumí en un llanto sostenido, sollozante, con un torrente de lágrimas, no sé si había llorado tanto alguna vez,  y casi seguro si el abuelo lo hubiese podido ver, me preguntaría si realmente todo eso era en honor a él, a lo que yo le tendría que responder dos veces, una diciendo que sí porque significó mucho para mi, y que no porque en aquel llanto estaba también congregado lo que provenía del ámbito que él había contribuido activamente a propiciar, que no era poco. Todo ello acrecentado por la sensibilidad torpe, atropellada. pero profunda a la vez, a que me conducía el alcohol.

En la fiesta había gente que me recomendó no ir esa misma noche al velatorio, me empeciné en que debía ir, debía estar allí y presentar mis respetos, me decían  que en el estado en que estaba era mejor que me quedase en el final de la fiesta de la boda de Omar y María. Al final ganó mi persistencia y el marido de Ruth, una amiga de mi padre y del padre de mi novia Mariana que era la hermana de María, la novia de la boda.

Me llevó hasta la funeraria de línea, le dio un rodeo con el coche y al ver que había banderas y un grupo nutrido de personas en la entrada y por los alrededores, me volvió a sugerir que no entrase, le agradecí y me bajé allí, y cuando fui a subir las escaleras me agarraron dos personas y me llevaron consigo a un banco del parque que hay frente a la funeraria, eran mi primo Pedro y Juan. Llevaba mucho tiempo sin verlos y tardé un instante en reconocerlos, me dijeron que esperaban que llegase Raúl o incluso Fidel y que no era bueno que estuviese en esas condiciones adentro, entonces les dije que quería declamar unos versos de despedida, al final se sumaron otros dos primos a sujetarme porque no terminaba de entender que tenía que ver una cosa con la otra. Hasta que cedí cuando me dijeron que les dirían a todos que yo había ido pero que no me aconsejaron no entrar. Juan  nos llevó a Mariana y a mi a la Siberia.

En parte estoy agradecido de no haber visto su cadáver. Al día siguiente fui a su entierro en el panteón de los héroes en el cementerio Colón, con unas gafas oscuras que cubrían mis ojos hinchados por la resaca. Fidel no fue. Su hermano Raúl dio un discurso típico para esos casos, saludó a cada uno de nosotros y mi primo Roberto me llevó a su casa en su coche. Quería que le contase lo de la noche anterior, le dije que por supuesto había ido y que estaba beodo, pero que no me dejaron entrar y tampoco puse demasiada resistencia.

_ Fue buena idea- me dijo.

Y aún hoy me pregunto con qué autoridad todos ellos me impidieron velarlo, si yo había sido junto a Rosario, el único nieto al cual cuando era niño, cada vez que me despedía me daba un billete de diez o incluso de veinte pesos.

 

 

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12 octubre 2014 7 12 /10 /octubre /2014 13:10

La mejor parte de haber estado al borde de algún inminente desastre en algún prolongado período del pasado, de haber caminado codo a codo con la locura o haber metido los pies en la laguna del no retorno, es que cuando asoma la amenaza de peligro, o se teme la proximidad del dolor; sólo basta con mirar atrás, y así recuperar una calma redoblada, la más confortable de las sensaciones. la exhalación de un suspiro retenido en el borde de la garganta desde el principio de los tiempos, la espalda próxima a un cojín mullido donde a pesar de todo, aún importa el amor.

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10 octubre 2014 5 10 /10 /octubre /2014 14:54

No sé de que nos quejamos, si el protocolo de actuación para aclarar responsabilidades del gobierno del Partido Popular en España es muy claro y conciso. A saber:

La culpa del desastre ecológico del Prestige, es del patrón del barco y de los de Greenpeace.

La culpa del 11M es de ETA

La culpa del accidente de avión de la compañía Spanair, es sólo del piloto.

La culpa del accidente del metro de Valencia, es exclusivamente del conductor del metro.

La culpa del accidente del tren de Alta Velocidad en Galicia, es únicamente del chófer.

La culpa de la tragedia del Madrid Arena, es de los jóvenes asistentes.

La culpa de la tragedia del YAK 42, es de los pilotos.

La culpa de los inmigrantes sub saharianos muertos por pelotazos de goma, es de los periodistas que lo registraron en una grabación.

La culpa de la Crisis económica desatada por la avaricia de los mercados, es de los estudiantes, intelectuales, artistas, profesionales, obreros, campesinos, en fin: pueblo holgazán, vago, haragán y mal acostumbrado.

La culpa de los desahucios es de los hipotecados y de los inquilinos estafados.

La culpa es del hipopótamo por tener la boca demasiado grande y ser tan gordo.

La culpa de los problemas de España es de los mineros de León y Asturias, de los vecinos de Gamonal en Burgos, de los indignados, de la plataforma Anti Desahucios, de Podemos, de los escraches, de Eduardo Inda y de la Sexta.

La culpa de la expansión del virus del Ébola, a raíz de la irresponsabilidad de traer a dos personas que representaban un foco de infección para el país sin las necesarias garantías sanitarias, es única y exclusivamente de la enfermera que atendió dicho foco infeccioso, y de todos y cada médico que con toda la humanidad de que son capaces, y aún con todos los recortes que enfrentan en la Sanidad Pública, atienden cada día, los rastrojos que van quedando en los arcenes, a los lados de esta carretera hacia el abismo.

 

 

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2 octubre 2014 4 02 /10 /octubre /2014 02:01

-¡Caballero denle nariz a eso! -dijo mi amigo el Nene causando una mezcla de risa y asentimiento generalizado de los viajeros que se atiborraban al principio de la guagua, mientras el grupo de rusos recién ascendido en la anterior parada, continuaba conversando con el conductor del autobús preguntando algo referente a la dirección a donde se dirigían.

Yo no me había enterado de cual era la procedencia de aquel supuesto fuerte olor que llevó a mi amigo a “pitar” de ese modo, porque me encontraba un poco más adentro, hacia el centro, aprisionado por el resto de componentes de aquella morcilla ambulante encargada de trasladar al pueblo trabajador.

Pero sí que pude enterarme cuando a empellones, hubieron llegado a mi proximidad aquellos ciudadanos técnicos extranjeros provenientes de la “Gran madre patria roja” que desinteresadamente ofrecían sus servicios y auspicio solidarios al indisciplinado pueblo cubano.

¡Santo cielo! eso no era solamente olor a sobacos mezclado con ajo, cebollas, pies, calcetines y otras interioridades, aquello era un fenómeno superior, poseía volumen, aunque no se pudiese notar a simple vista se podía intuir que aquel aroma le daba cierta espesura y consistencia al aire, era el súmmum de lo vomitivo, de lo repugnante, era la verdadera bomba humana, la revelación del secreto de la victoria de los rusos sobre Napoleón y los soviéticos sobre los alemanes. ¡Santo cielo!-repetí.

En La Habana la gente era graciosa cuando estaban en masa, porque el cubano a nivel íntimo es en realidad mucho más melancólico de lo que se cree, pero la identidad colectiva más reconocible es su dicharachería, la risa, los ademanes exagerados al modo andaluz, canario, calabrés o napolitano, y casi siempre cuando alguien con características especiales, subía a una guagua algún gracioso tomaba la iniciativa y expresaba en voz alta un criterio que buscaba convertirse en una gracia, en un chiste. 

Cuando algún pasajero reduce su volumen a causa de una accidental pérdida de gas intestinal, los comentarios son generalizados y casi siempre permiten pasar el fétido momento acompañados de carcajadas. Pero nada de eso fue ni siquiera posible con este notable grupo de rusos, que asaltaron a bombazos fétidos nuestro trayecto colectivo, ya suficientemente merecedor de un premio a la resistencia estoica frente al escarnio y el suplicio cotidiano, el comentario del Nene no daba demasiado  sitio a la risa, a la gracia, acaso a duras penas conteniendo la respiración, se sostenía la esperanza de salir de allí liberado de una intoxicación letal.

Con todo y eso conseguir ascender, abordar, conquistar otra guagua era considerada una empresa tan arriesgada e improbable, que la gente no sin sopesar el dilema en su fuero interno, en su mayoría se decantaron por continuar en la guagua con un halo de esperanza de que el dios de los Urales, nos asistiese invitando a aquellas sus criaturas, a descender en cualquiera que fuese la próxima parada.

La vida entera estaremos en deuda con las deidades eslavas que atendieron nuestras súplicas haciendo que dos paradas más allá, el chofer les dijese a los aromatizados inocentes que habían llegado a su destino.

Cuando nos hubimos bajado en la parada de Alamar, mi amigo el Nene me espetó:

-Brother al lado de esos bolos tu eres un jabón, un champú, un perfume, un naranjo en flor.

Debo reconocer que casi me incomodó que alguien me hubiese arrebatado con tal nitidez y rotundidad la presea que me otorgaba mi desafección a la ducha y la consiguiente inclinación a las esencias enfrascadas.

Por entonces yo solía pensar, que quitando todo lo referente a la temeridad, a la propensión al trabajo, al afecto al sacrificio y a la espantosa repentina atracción por la estética comunista, una de las pocas cosas que sí me situaban en primera línea de parentesco con mi tío Ernesto, era precisamente esa desaprensión a las citas higiénico sanitarias con el agua y el jabón, además de compartir el disfrute de la poesía y de las cosas genuinas.

Quizás fue por ello que me causó un instintivo rechazo más que por cualquier otra razón, la noticia de estos días de que en el marco del aluvión de actuales disparates y los coqueteos con la fruta prohibida por décadas de las diversas formas de mercadeo, que está atravesando, disfrutando o padeciendo Cuba y sus políticas, se incluía la aparición de dos originales fragancias enfrascadas por un ministerio del Estado, por supuesto para vender en moneda de valor en divisas, llamadas una de ellas "Ernesto" por el Che Guevara, y la otra "Hugo" por Chávez.

Perfume Ernesto. 

¿Podría algo superar aquella estrambótica invitación en la escuela primaria cubana a ser como el Che,  todas las mañanas, en cada matutino escolar luego de saludar la bandera?

Aquella frase de:  Pioneros por el comunismo ¡Seremos como el Che! para mí, lejos de invitar a los niños a ser disciplinados, obedientes, rectos, delatores de sus compañeros, o amantes del jabón, precisamente incitaba a los pioneros a lo opuesto, ser como el Che era mostrarse rebelde, desobediente, critico ante el poder, original, libre pensador, autónomo, y en temas de aseo, por supuesto, muy, pero muy poco apegado al paso por la duchas.

Más que el hecho de que cada día sin pedir disculpas, sin abandonar el poder por el estrepitoso fracaso por las penurias infligidas, comandasen nuevas ocurrencias para llevar a una especie de menjunje, de cóctel terriblemente injusto mezclando lo peor del socialismo con lo peor del capitalismo al país caribeño, la misma dirigencia, las mismas personas, que habían reprimido durante años con mano intransigente, cualquier desviación ideológica de los cerrados principios dogmáticos importados de la fría y lejana Rusia de los sobacos prohibidos, más que el hecho irritante de que sean ellos quienes hoy mercadeen con las imágenes y los fetiches revolucionarios; más incluso que por el hecho del ultraje a la razón que significa comparar, ubicar en el mismo parangón, en la misma línea ideológica, de vida, de clase, de finalidades, de objetivos y de procedimientos, a dos seres tan disímiles como pueden haber sido Ernesto Guevara y Hugo Chávez, uno, la persona más ácida y menos populista y demagoga de sus tiempos, y la otra la persona más cubierta por barnices y vacía de contenidos, de sustrato y sustento filosófico, uno, un intelectual de la acción y el otro un prestidigitador de los tiempos que corren, en todo caso en ese terreno mucho más emparentado con Fidel, dicharachero, encantado de conocerse, de ejercer el culto a la personalidad hasta el paroxismo, un hombre procedente del ejército, que hizo carrera de la obediencia, de la obsecuencia, del no debate, de la no discusión, aunque luego paradójicamente y también a diferencia de Ernesto, fue un buen usuario de las urnas para sus finalidades de poder , y más que probablemente como corresponde a un natural de un país cálido, haya sido un hombre limpio, aseado, enjabonado, planchado, peinado, insípido, impersonal como toda piel recién liberada de su ph genuino con el restregar de la esponja, incluso mucho más que las abismales diferencias entre esos célebres latinoamericanos, y la descarada adaptación de la dirigencia cubana al nuevo estilo de sociedad dictatorial china, de concesiones mínimas en lo económico pero intransigencia total en el control político, aún más que todo eso me incordió el hecho, de que algún atrevido desalmado de algún departamento ministerial, me usurpase sin más uno de los escasos parecidos indiscutibles que me identifican con la figura de mi tío, me habría sentido menos agraviado si en su reclamo publicitario rezase: "Si eres del estilo del Che, neutraliza el tufillo de tu sudoración comunista con en esta colonia de gran raigambre revolucionaria", en lugar de bautizar a dicho extracto de esencias con el nombre de -Ernesto- en honor al "buen olor" que el conocido revolucionario solía pasear por pampas, selvas y ministerios.

Pero-me dije- no hay demasiado motivo para la preocupación, el paso de los años me ha acercado entre otras sorpresas, la de verme convertido en un hombre aficionado a esas excéntricas sesiones periódicas de agua enjabonada, aunque he de admitir que en cuestión de perfumes, como siempre, sigo prefiriendo lo francés.

 

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16 septiembre 2014 2 16 /09 /septiembre /2014 15:42

El Toro de la Vega, una masacre disfrazada de tradición en modo de fiesta con carácter oficial de "atracción de interés turístico", en la ciudad de Tordesillas.

Allí donde se decretó que la mitad del mundo nuevo pertenecía a España y la otra mitad a Portugal, y allí donde pasó largas décadas recluida la depuesta reina Juana la Loca, se suelta un toro por las calles del pueblo, que va dando tumbo entre muros de edificios de prosapia universal, y se lo persigue hasta un descampado donde literalmente se lo lincha a lanzazos, picotazos, cuchilladas, con el disfrute de la población enardecida por el dolor, por la humillación, por el abuso, por la sangre, la gente corre por el campo lanza en mano invocando a la muerte, llamando a los dioses que deben cobrar el sacrificio del animal, hasta el año siguiente en que nuevamente disfrazado de "tradición ancestral e identitaria" se volverá a dar rienda suelta a los odios, a las tensiones, a toda la cobardía acumulada durante tanta humillación sufrida durante el año sin protestar, se suelta toda la pus contra un toro despistado, que corre sin entender nada por donde le permiten las barreras y los verdugos.

La policía y la guardia civil acude allí para reprimir a los manifestantes en contra del festejo, este año estuvieron allí incluso para proteger a los violentos que lanzaron piedras y objetos contundentes a los manifestantes hiriendo de gravedad a una joven en el rostro. Las protestas antitaurinas y en oposición a la legalización de otros maltratos animales, al intentar ofrecer algún tipo de garantía legal al desprotegido animal, también procura marcar la diferencia entre los que sienten que esa es la identidad nacional, que esa es la síntesis del ser español al son de su enseña roja y gualda, la sangre reluciente al sol, y los que creen en otros valores que los unan como Nación, es un desesperado llamado al Dios devorador para que tercie en pos de algún giro sensible en la celebración de tales costumbres, para que nos asista en la desintegración de tan putrefactas y tóxicas raíces. 

Diría que es la tradición más denigrante de la España moderna, si no fuese porque hay una decena de ellas en la geografía nacional que le ofrecen una apretada competencia, entre ellas una que le impide al Toro de la Vega declararse ganador absoluto de los festejos de la cobardía y la crueldad colectiva, que es la fiesta de Cazalilla, en Jaén, en la cual se tira una pava desde una torre campanario coronada por una cruz, a treinta y cinco metros de altura para disfrutar el momento en que se destroza al legar al suelo. 

En este caso la fiesta no se considera como la de Tordesillas de "interés turístico" y cada año el encargado de lanzar el animal para hacerlo papilla, recibe una multa de dos mil euros por maltrato, pero el pueblo unido, previamente deposita la cantidad de la multa para que el "valiente" mozo lance al confiado pájaro no volador que asciende en sus brazos al cristiano campanario. El pueblo, al estilo de aquel Fuenteovejuna de la obra de Lope de Vega, se une en pos de una causa común, sólo que quizás en este caso no tan dignificante como para una oda.

Ya que nos dicen desde las instituciones que no hay posibilidad de anular la costumbre, la tradición o la manía de tirar bichos que no vuelan, desde campanarios de iglesias para verlas reventarse al llegar al suelo, o de correr tras bovinos despistados y luego lincharlos lentamente en un descampado, me pregunto:

 

¿No habrá habido, aunque por supuesto mucho menos auspiciada, alguna tradición que en el lugar de las anonadadas pavas, los sorprendidos toros, y las molestas reinas Juanas, colocase truhanes banqueros, mentirosos políticos y sádicos represores en su lugar?

 Aunque sólo fuese para recrearlas hoy asomándolos a un campanario, pinchándoles un buen rato el trasero con banderillas y lanzas, o poniéndolos no sé si cuarenta años, pero sí una buena temporada en algún retiro forzado a resguardo del astro mayor.

 

 

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Published by martinguevara - en Europa Aorta
30 agosto 2014 6 30 /08 /agosto /2014 21:19

A lo largo de los años y por diferentes causas me tocó vivir en países del antiguamente llamado Primer, Segundo y Tercer Mundo, a saber: la primera denominación continúa dándosele a los países capitalistas desarrollados, la segunda ya extinguida, era para referirse a los países desarrollados socialistas o en avanzado proceso de desarrollo, y la tercera continúa definiendo a los países subdesarrollados o en vías de desarrollo precarias. Aunque estas tres categorías resulten demasiado vagas si se entiende que Brasil y Bangladesh o Luxemburgo y EEUU quedaban en el mismo saco, sí que había trazos que los emparentaban, tenues, sí, pero concretos.

De la observación de las diferencias, de las contradicciones y las paradojas que se daban en unos y otros, muchas me resultaban flagrantes, divertidas, llamativas. Pero había una paradoja que por sus aristas evidentes, cromáticas, imposibles de ocultar, me resultaba muy curiosa, y que hoy habiendo caído al menos todo el entusiasmo revolucionario de aquellos años aunque perduren los estertores de algunos dinosaurios, me sigue pareciendo sumamente visual.

Los países en cuyos seleccionados nacionales generalmente no hay ningún atleta de procedencia extranjera, ni siquiera de los países vecinos, es en aquellos países que pasaron por el experimento de las dictaduras dirigidas desde la URSS, incluyendo a las repúblicas que conformaban aquella sórdida unión.

En los únicos equipos de fútbol de las selecciones nacionales europeas que no hay jugadores procedentes de la inmigración, es los de los países que pretendidamente fueron los adalides de la solidaridad universal entre los proletarios del mundo.

Inglaterra, Francia, Portugal, Austria, Bélgica, Holanda, Alemania, hasta Italia que se resistía a la inclusión ya tiene sus hijos de extranjeros inmigrantes, sin embargo los rusos sólo tienen rusos, los polacos sólo polacos, los serbios ni siquiera tienen croatas, los húngaros sólo magiares, y así con los búlgaros, letones, estonios, ni hablar de las ex repúblicas soviéticas.

En los equipos de béisbol cubanos no hay ni un sólo jugador extranjero, mucho menos norteamericano. En los equipos dominicanos tampoco hay demasiada interacción con el vecindario. En cambio en los equipos norteamericanos están los mejores jugadores de Cuba y también de República Dominicana.

A juzgar por la pinta, sin indagar demasiado se podría aventurar que los jugadores de béisbol tienen derecho a proceder de cualquier clase social, pero preferentemente los inversores se inclinan a apostar por genéticas que puedan garantizar un buen manojo de jonrones en condiciones, ello otorga clara ventaja a las clases trabajadoras, de igual modo que los manager de los ajedrecistas deben procurar jugadores más proclives a dar jaques mates que nocauts o jonrones. De la abrumadora diferencia entre los emigrantes de una sociedad a otra, se podría inferir que al proletariado le podrían interesar otras cosas que las que nos inculcaron en las lobotomizadoras academias de adoctrinamiento ideológico. Quizás cosas más relacionadas con el placer, con el confort, la vanidad, la holgazanería, el descanso, el relax. La vergüenza de la virtud.

 

El comunismo real, la revolución socialista, la dictadura del proletariado no sólo parece haber constituido un fallido despropósito, una experiencia de opresión continuada sin parangón al haber tenido lugar a partir de una premisa viciada, ficticia, imposible, sino que fue también como Roma en su momento cuando pasó de ser verdugo del viejo Jesús a ser su más ferviente valedor, la mayor estafa y tomadura de pelo a que se ha sometido la confianza de los necesitados.

 

Como mínimo resulta curioso el hecho de que no haya ni un representante del proletariado de los países capitalistas, emigrado por causas políticas a los países ex comunistas o los pocos socialistas que a duras penas se mantienen en pie, que hubiese aguantado un minuto más en dicha sociedad, que lo que tardó en expirar la prohibición de entrada a su país, ni que se hayan quedado la descendencia de estos, llama la atención que no nunca hubo oleadas de norteamericanos pidiendo asilo en la URSS Corea o Cuba, no me refiero a ricos, sino a multitudes de homeless, de trabajadores explotados, y por supuesto no hay un sólo indignado inglés, francés o español que quiera pasar ni siquiera un sólo día como ciudadano cubano, ex soviético, polaco o vietnamita. Ni siquiera las pobres personas en condiciones extremadamente precarias de África centraron jamás sus esfuerzos para cruzar fronteras hacia las patrias del obrero y el campesinado, de la ex Yugoslavia, de Bulgaria de Rumania, o de las más cercanas Argelia, Angola, Mozambique, Etiopía cuando tenían revoluciones socialistas, ni los Guatemaltecos, costarricenses, salvadoreños o mejicanos se desvivieron por entrar clandestinos al paraíso del hombre humilde que pregonaba Nicaragua, ni los pakistaníes e indios a las repúblicas soviéticas.

Contrasta por la cantidad ingente de personas agraviadas por el colonialismo en los orígenes de sus nacionalidades o etnias, que no obstante ello, no sólo no reniegan ni un ápice de la Metrópolis, sino que la han procurado como la mosca al residuo intestinal.

 Podría dar que pensar una de dos cosas.

 O bien que cada una de esas sociedades son bien diferentes a lo que nos enseñaron, o que el ser humano, con el proletario incluido y en destacadísimo primer lugar, no es demasiado diferente de una perecedera y medianamente útil pieza mecánica de plástico, lo más alejada posible de cualquier precepto moral.

En todo caso parece que el ser humano, incluso la clase trabajadora, con tiempo y posibilidad de elección, más que la muerte de la burguesía, la distribución equitativa de todos los bienes, el estímulo moral y la solidaridad de clases, termina haciéndose simpatizante de muy buena gana, de las opciones que contemplen al individuo, la libertad de opinión y movimiento y ¿por qué no? también amante incondicional de unos buenos morlacos en el bolsillo, como sucedáneos del amor eterno y la paz universal, en tanto ésta se toma su tiempo y recaudos para darnos ese tan esperado alcance.

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Published by martinguevara - en Cuba Opinión
24 agosto 2014 7 24 /08 /agosto /2014 00:04

Ayer tuve una experiencia que me llevó a pensar que estaba a punto de obtener la diplomatura de "Lelo" o “Poco avispado” que parezco estar persiguiendo deliberadamente en los últimos tiempos.

Después de estar pasenado y olfateando exquisiteces en una feria del Pez espada,  donde los platos se servían generosos y a precios sumamente atractivos, fuimos a cenar a una fonda nada especial aunque de aspecto agradable.

Los precios anunciados eran también muy sugerentes al bolsillo y la carta al paladar.  Desde que nos sentamos, el camarero nos trató con una familiaridad poco habitual, verdaderamente cercana, una amabilidad que lindaba con la lisonja, con la zalamería, con la confianza de corral. Mano en hombro, tuteo de colegas, en fin, buenas dósis de cálidez en el trato.

Antes de llevar a la mesa lo que ordenamos, nos sirvió unas  aceitunitas negras, un platito tamaño postre con unos moluscos filipinos llamados Buzios, nada malos, y otro platito del mismo tamaño con ocho o nueve mejillones, aliñados con cebolla y pimientos a la vinagreta. Además de pan y deliciosa mantequilla salada, y entonces yo me deshice en elogios hacia tal atención, hasta me mostré incluso proclive a reconocer semejante presente súbito, con una jugosa e inusual propina llegado el momento de la despedida.

Luego vinieron los platos solicitados, terminamos de jantar. Y hasta nos alegramos por el arribo de un buen número de comensales a aquella parroquia de profunda calidez humana y buena onda, ya que a nuestra temprana llegada estaba vacía de clientes.

Estábamos a punto de caramelo, orondos, pletóricos, rozagantes y de súbito un color pálido asaltó el rostro de Patricia reflejando en el vidrio de la ventana contigua todo el dolor de una traición, el rictus de su semblante contagió mis tendones faciales, al escuchar el monto numérico registrado en el papelillo que el simpaticón camarero nos acercó atendiendo a mi petición de:

-¡La cuenta por favor!

Nos había clavado más del doble de lo que habíamos deglutido imbuidos en la ternura, embebidos en la experiencia de la generosidad entre extraños. Desarmados ante tanto repentino amor. Cada otrora alabada delicia pasó a ser un mísero platito con un precio desorbitado, introducido de manera sibilina, subrepticia, en la paz de nuestra presupuestada alegría.

Nos marchamos sin sospechar donde se habría ido toda nuestra experiencia, todo nuestra cancha, acodados a que barra de cual remoto bar yacerían cabizbajos mis años de calle.

Por el bien de la paz estival decidí pasar por alto el desliz, no obstante  quedó el resquemor, la espina atravesada, o una imagen más soez. 

Hace unos minutos, en la pensión Corredoura de Caldelas, un pueblo precioso entre montes boscosos del norte de Portugal, cercano a Braga, la chica de la recepción se acercó con una sonrisa, ofreciéndonos un aperitivo a mi mujer, a mi hijo y a este humilde servidor, mientras consultábamos nuestros malditos correos con el wi fi del living room, cauto, acepté un café, de estos ricos caldos de esta tierra, ofreció además un oporto y un refresco para el niño y como un resorte dijimos a una voz:

-No gracias, estamos bien- y mi mujer y yo nos miramos recordando la herida aún fresca de la aguja envenenada.

Una vez terminé de saborear al café, le pregunté a la simpática recepcionista por el precio, y entonces asustado, paralizado por el terror, a punto de quebrarme, la escuché decir cual bálsamo a mi ya fláccida,  inasistida y torpedeada filosofía, mezcla de hipismo, rastafari y krishnamurti trasnochados, o bien como castigo a mi apresurada desesperanza:

-No señor, no es nada, todo lo que quisiesen tomar era una oferta gratuita, una cortesía de la casa!

 

 

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2 agosto 2014 6 02 /08 /agosto /2014 04:00

Joan Manuel Serrat cantaba una canción sobre un tipo que se enamoró de un maniquí y un buen día rompió la vidriera cuando era de noche y se la llevó a vivir con él.

La canción era previa a la existencia de las muñecas inflables a las que también las llaman las infalibles, o al menos previa a su popularización (ahora casi todos menos yo tienen una de esas muñecas escondidas en su armario).En cuanto escuché la canción me reconocí en ella.

Hubo una época en que durante las noches para lograr llegar al amanecer tenía que pasar por un calvario de pesadillas, estaba la del toro que me perseguía por el living, estaba la de la vieja horrible esperándome a la salida de abajo de una mesa con las sillas al revés, estaba la de mi abuela que se iba hacia arriba, hacia las nuebes desde un rincón del patio, aquella en la de que no podía correr, la de que estaban por encontrar el cadáver que había dejado hacía tiempo bajo el lodo, y una nutrida variedad de etcéteras, pero también había de los buenos sueños.

Estaba el sueño aquél en que podía volar a la altura de dos personas adultas casi sin mayor esfuerzo, haciendo el gesto de que nadaba, y en algunas ocasiones podía elevarme por encima de los edificios, pero no era disfrutable subir demasiado, así que lo placentero llegaba hasta la altura de tres plantas quizás, no más que eso. Luego estaba aquél en que tenía todo lo que quería, pero cuando me iba a comer algo no podía morderlo. También por supuesto en ese terreno, abundaban de los picantes, y más aún cuando iba emplumando el gallo. Maestras, alumnas, amigas, primas, todo lo que se movía "con falda y a lo loco" aparecía alguna vez en alguno de esos sueños tan agradables.

Dentro de ese conjunto también estaban los sueños raros, de los cuales recuerdo puntualmente dos.

En uno estaba sobre un terreno de batalla aún humeante y simulando estar muerto, una mujer con falda aparecía de repente, se paraba con una pierna a cada lado de mi cuerpo y yo podía disfrutar mirándole todo. Y todo era delicioso.

En el otro sueño perturbador era yo el que caminaba por un campo de batalla humeante y encontraba una mujer preciosa con grandes y jugosos pechos tapados por una camiseta blanca, enotnces yo se los destapaba y los disfrutaba como pocas cosas se han disfrutado sobre la faz de la Tierra. Es de suponer que esta segunda mujer se estaba haciendo la muerta igual que yo en el primer sueño. O quizás estuviese muerta.

Desde la más temprana juventud los maniquíes despertaron len mi un intenso deseo, un repentino torrente de expendio de testosterona. No cualquier maniquí, desde luego, precisaba ser uno en el cual hubiese producido en su diseñador el mismo tipo de baba que me aparecía súbitamente en la boca al verlo. Y preferentemente con camisetas blancas ceñidas que lleguen hasta el muslo y con ropa interior debajo de la cintura, o directamente con lencería.

Una cosa extraña es que el maniquí no necesita tener cabeza, es más creo que los prefería decapitados desde su concepción. 

Hoy salí de la Conferencia de escritores de Willamette para comerme un sandwich porque me parecía demasiado un almuerzo entero a las 12:00 del mediodía, así que crucé al centro comercial que hay al lado del Hotel donde tiene lugar el certamen. Subí a la cuarta planta a través de la tienda Macy's, muy similar a las de El Corte Inglés en España, y antes de salir directamemte a la parte de los restaurantes, atravesé un pasillo plagado de maniquíes con diferentes pantalones, con trajes de baño, con vestiditos, y justo antes de salir por la puerta ancha munida de alarmas, estaba ella, con la camiseta de color claro ceñida a su figura perfecta, marcando una braga ni grande ni diminuta, que también parecía se de algún color claro.

Ahí estaba ella deliciosa,  impertérrita, entregada y por supuesto: sin cabeza.

 

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21 julio 2014 1 21 /07 /julio /2014 06:27

Hay dos cosas con las que no conviene meterse en Estados Unidos, ni con la salud ni con las disposiciones legales por mínimas que puedan parecer; todo lo demás es una maravilla.

Si no eres una persona de un pasar holgado y te enfermas en este país, todo lo bendito se te convertirá en maldito, más valdrá que tu sonrisa y tu cara aporten aquello que le falte a tu escueto y siempre deficiente seguro médico, el hoyo estará mirándote fijamente, llamándote sin aspavientos, será más bien como un reclamo, como una sugerencia. Un resfrío puede dejarte petrificado, aterido de miedo ante la posibilidad de la infección. Esto pude comprobar que tiene algo bueno, de inmediato el cuerpo se pone las pilas y ni se le ocurre enfermarse por nada, sólo para dar un mensaje, sólo para comunicarle al consiente una sospecha que el cerebro tiene entre bambalinas. Ni para faltar a un trabajo, ni para dar penita a nadie. Enfermarse en Estados Unidos es algo de hombres y mujeres con los pantalones bien puestos; para quienes estudian detenidamente los precios de los hoteles y los menús de los restaurantes conserva el mismo peso dramático que tenía la enfermedad para el hombre de el medioevo.

Si cruzas una avenida por la mitad, o por el mismo semáforo sin que esté la señal de que puedes cruzar y te ve la siempre expectante policía, es muy probable que te caiga una multa que te dejen tiritando los dientes y flojas las postrimerías si es que aún continúas siendo aquella misma personita sin demasiados fondos, ni otro bulto en tu bolsillo que la concavidad protuberante de ese huevo herniado. Si giras a la izquierda o a la derecha, si pisas una línea discontinua, si aumentas velocidad o si la reduces, si el coche se pone a llorar en medio de la carretera sin pañuelo, será mejor que pidas auxilio al Dios de los Bancos, el mismo viejo demonio de las loterías, ya que los huesos raspados de tu asentaderas lo precisarán, si bien es cierto que siempre tendrás una lista de pagadores de fianzas a la vista desde las rejas de tu calabazo provisional.

Derechito y sin zigzagueos vas mejor.

En todo lo demás Estados Unidos es una maravilla de país, nada que ver con la idea que trasciende allende las fronteras muy interesada por quienes esconden las miserias de casa echando culpas alrededor, como la gorda de las maldiciones e improperios de mi Motel, que no paraba de putear porque no le dejaban fumar y pudo haber elegido una habitación de fumadora, o haber dejado de fumar y haber comido costillas a la bbq hasta reventar.

Generalmente el común de la gente es verdaderamente naif y muy agradable, comunicativa, gregaria, de cultura de hot dog y trabajo, hay un respeto al acierto como al error, al éxito como a la caída, hay un respeto al otro que empieza por no meterse en su vida. Se comparte en familia, pero también se sabe andar sólo, es la cultura de hacerse sólo, de levantarse una y otra vez, en eso me siento de acá, ellos y yo sabemos que todo es una invención, que te van a dejar una y otra vez, que todas esas cocciones de penas tangueras y de boleros plañideros, son inútiles como cenicero de moto, si desde un principio sabes que te serán fieles hasta que les vaya bien serlo, que el amor es una quimera, hoy te toca ser loado y mañana olvidado, ellos se mezclan por todo el país del mismo modo que mezclan ese infame milkshake con la mostaza y el ketchup de esas exquisitas hamburguesas campeonas en taponar a las más altaneras y engreídas de las arterias.

Es un país de una belleza natural descollante y se respira democracia y derechos, ven con ganas de encontrarte a ti mismo, porque es una cultura que enaltece al individuo.

Ven dispuesto a disfrutarlo, pero no cometas el error de olvidar tu aspirina, tu lucecita para cruzar la avenida, y si lo olvidas, entonces recuerda tu rezo al Babalú de las finanzas y en su defecto, al de las fianzas.

 

 

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  • : Mi Déjà vu. En este espacio comparto reflexiones, impresiones sobre la actualidad y el sedimento de la memoria, sobre Argentina, Cuba o España, países que en mi vida conforman un triángulo identitario, de experiencias diferentes y significantes correlativos.
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