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18 marzo 2017 6 18 /03 /marzo /2017 13:55

Me llevó una harpía, me ubicó en una cueva, dijo que era un secuestro amable, gentil, que me colmaría de placeres y me dotaría de habilidad y fuerza, Así fue que viví con Shira, mi harpía amante, algunas partes de su cuerpo estaban compuestas de plumas y pezuñas, otras, las nobles, estaban cubiertas de piel tersa de mujer divina, en la penumbra de aquella cueva en lo alto de una colina desde donde se divisaba la miseria y grandeza del monte Olimpo, había noches en que mi alma se hundía en la zozobra, entonces ella colocaba mi cabeza entre sus piernas y me embargaba una sensación de paz infinita cuando los labios de su vulva lamían mis mejillas, mis párpados, los ojos, nos fundíamos en un beso que hacía desaparecer el tiempo y la nostalgia; la vida y la muerte correteaban entre las piernas.

Un día me sorprendí besando sus pezones rodeados de plumas, acariciando sus pezuñas, temí enamorarme sin remedio. Sabía que debía volver a vivir con los peligros del aire y el sol, de la gente, los manjares y la guerra; pero a la vez sabía como si se tratase de una premonición que nunca volvería a sentirme tan protegido, y en cada espasmo se me anunciaba que no volvería a experimentar el arrullo mullido de las circunstancias presentes en aquella cueva de los orgasmos.

Aún así un día aproveché el paso del grifo Afen, uno de los pocos amigos que Shira dejaba entrar a la cueva las noches de fiesta en que bebíamos Úk, para pedirle que me llevase al prado más allá de los montes. Fue a recogerme al día siguiente mientras Shira estaba fuera, nunca quise saber que hacía ella durante sus ausencias de la cueva.

Había intuido que Afen estaba enamorado de Shira y no lamentaría demasiado mi huida. Sentado en su lomo, mientras atravesábamos nubes entre la luz que volvía bañarme, sentí a mis ojos pugnar contra el viento por lograr que brotaran lágrimas. Aquello no era una huida, era una dolorosa partida, un adiós sin despedida.

Afen el grifo, mi amigo por siempre me dejó en un claro donde pastaban bebían y cazaban los Sátiros, así que debía apresurarme en encontrar una manera de continuar mi regreso.

Comencé a galopar convertido en un centauro invadido de bríos y seguridad que me daban el arco y las flechas que sostenían mis manos, hasta que se presentó delante mío el bosque de las Medusas con sus riesgos más que tangibles, entonces los cascos de mis patas se elevaron, mi torso velludo se convirtió en el orgulloso pecho de un caballo, se estiró mi cara y sentí un par de alas extensas moviéndose hacia arriba y hacia abajo mientras me elevaba por mi mismo.

Todavía muy lejos del sitio donde me raptó Shira, atravieso el aire invadido por una energía que doblega el cansancio, dejo de ser un Pegaso, todo mi cuerpo arde y sin embargo, con los restos de fuerzas que me quedan, las influencias del amor de Shira, la compasión de Afen y los restos del efecto del Úk, no paro de volar, me elevo hasta donde las tejas enseñan sus mejores vistas y las brújulas sus secretos más celosamente guardados.

 

 

 

Shira, Afen y yo
Shira, Afen y yo
Shira, Afen y yo

Shira, Afen y yo

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Published by martinguevara - en Relax
21 febrero 2017 2 21 /02 /febrero /2017 22:14

Cuando pienso en mi generalmente me represento con la imagen de un buen tipo. Sin embargo en el fondo no estoy tan seguro que esa sea la imagen que proyecto con la frecuencia que me gustaría admitir.

Acabo de bajar a comprar un refresco frío, algo de ensalada, pan y algún aperitivo, para ver un partido pertrechado de víveres, una vez en la cola para pagar se paró detrás de mi una cajera de ese supermercado, con la que una vez tuve un desencuentro mientras pagaba, por una actitud que consideré impertinente de su parte, después de aquello cada vez que nos cruzábamos por los pasillos ninguno hacía el mínimo gesto de saludarnos como era habitual con los demás dependientes.

En un momento la sentí tan cerca detrás de mi, me sentí tan equivocado, de repente vinieron a mi todas las personas con que estoy distanciado, con las que me he peleado, con las que no nos hablamos más, por supuesto por algo de lo que "yo no tengo la culpa", las que no volví a ver y las que no conoceré por haberme vuelto un ser tan recluido, tan exigente, tan incluso cascarrabias, cosa que detesto; entonces, a un par de días de mudarme de barrio, decidí girarme y hacer un esfuerzo por ser amigable.

_ Hola- le dije- ¿ya vamos saliendo?

- Sí- me dijo sonriente. ya se acaba el día-

-Pase adelante- le dije, ella amablemente declinó el ofrecimiento, hasta que hice el gesto de quitarme de la cola y no regresar hasta que no pasase delante mío, detrás de ella había otra dependienta con una compra también que la invitó a aceptar mi ofrecimiento y la propia cajera la miró como diciendo, "no lo dejes así" . Entonces pasó adelante, pagó y me sentí en el aire.

Las "gracias" que me dio y el "de nada" que le devolví y el "hasta luego" al salir fueron como poner en marcha una alfombra mágica para atravesar aquella puerta automática enorme, hinchado, aireados los pulmones y el alma, con mis bolsas en la mano y la disolución de aquel percance que se había envenenado por un rencor absurdo, tan antiguo como la huella, tan pesado como los inicios, procedí como mi abuelo y mi abuela me habrían dicho que debe hacer un caballero antes de irse de su barrio.

Entonces camino al apartamento, por un instante, empezaron a venir a mi, tímidas, incipientes, las sonrisas de aquellas personas con las que estoy distanciado, de aquellos con los que me he peleado, y de alguna manera empezaron acercarse todos aquellos a los que jamás voy a conocer.

 

 

 

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Published by martinguevara - en Relax
8 febrero 2017 3 08 /02 /febrero /2017 03:03

Podría estar de pie moviéndome como un péndulo invertido y luego sentado en Astorga, en Comillas, en la calle Ancha de León o en el Passeig de Gracia en Barcelona quedándome pasmado con el bojeo a la locura con que Gaudí dibujaba contornos que establecían los límites de la razón. Lo había hecho muchas veces; podría estar enrollándome en mi caparazón, comiendo esas bolas fritas, o esos sándwiches con pan de pita.

Pero le pregunté a un tendero de un quiosco en las Ramblas si tenía una camiseta de Gaudí y una de Messi para mi hijo, me mostró una horrible y una carísima, le dije Meherbani y también Shukría, ese no sonrió como el del día anterior en la noche y al revés que el de la mañana en el supermercado y la tarde en el helado y la pizza del Gótico.

Para no decir meherbani cada tres palabras fui hasta el barrio del Borne y hasta Sant Antoni, no porque no quisiese poner en práctica las dos únicas palabras indias que hablan también los pakistaníes, es que quería comer pan tumaca o pizza pero hechos por catalán o italiano.

Una pierna entraba al agua, una chica que conversa con las olas catalanas en otoño invierno y primavera, en verano se va al mar Báltico, una cadera divina entraba a la sal mojada.

“Todo nos male sal”

Una muchacha con trenzas y poca higiene, descansaba eternamente sentada contra una pared, al lado de una colchoneta , una lata con monedas, un perro blanco, y un cartel que rezaba: “ No tengo trabajo, por favor ayúdenme” mientras leía a Hesse. El perro era para soltárselo a quien osase conseguirle trabajo.

Empezó a llover y entré a una tienda de música con el inquietante nombre de: “Beethoven”. Sin embargo la tienda era exquisita, deliciosa, vendían libros de música, pentagramas, discos, métodos para tocar diversos instrumentos, un hombre y una mujer ancianos estaba en el piano, él sentado tocando y ella de pie cantando. Compré un cuaderno de pentagramas y una cajita musical y cuando fui a pagar el dueño me dijo en tono catalán que el anciano era su padre y la señora una clienta, hablamos de los pequeños y medianos negocios y recién me di cuenta de que hasta ese llegar a garito coqueto, todo aquel a quien me había acercado para preguntar un precio, era paquistaní. Todos. Caso no hay tiendas en las Ramblas que no sean de camisetas de fútbol y de Gaudí de bajísima calidad, o de supermercados de toda la noche, con botellas de refresco a precios de botellas de vino bien envejecido. Antes de irme el dueño me dio la mano y le dije “merci” que es parecido al galo pero en tono catalán. Me sentí extraño no diciendo Meherbani ni Shukría ¿cómo osaba un catalán del barrio de san Antoni resistir con Beethoven a las camisetas onerosas de pésima calidad?

Un mango de dos semana y más adelante un grupo de jóvenes pescando a transeúntes distraídos. Los saltimbanquis, malabaristas, mimos dieron su espacio a vendedores de helicópteros luminosos, cervezas en pack, y pescadores de incautos.

 

La pujanza paquistaní echó del barrio a los comerciantes, primero a los de otras tierras y luego a barceloneses, más tarde limpiaron las calles de mis amigos Mobutu que en toda ciudad del mundo están con sus mantas y sus discos, o con las camisetas de Messi con mucho mejor precio que el pícaro de la tienda no oficial, y una sensible mayor disposición a sonreír y agradecer el dispendio de morlacos.

 

La chica pez metió ambos pies en el agua, prefiere lidiar con el frío de la sal mojada, “todo nos male sal” porque en la ciudad ya no hay gente. Hay plagas de Mac Kebab.

 

Las piernas salen del agua, el perro ladra “meherbani”, el de la tienda detiene un tiro libre a Messi bajo el arco del Liceu. Mobutu toca Heroica, la sinfonía número tres de Beethoven mientras los viejitos cantan:

 

Que Viva la Pepa.

 

 

 

 

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25 diciembre 2016 7 25 /12 /diciembre /2016 22:46

Nunca pensé que iba a decir esto, pero de esta navidad mi ánimo sale ileso, incluso reforzado, no me ha asaltado ese rechazo ancestral que experimento frente a toda colectiva representación histriónica de la satisfacción y la felicidad absoluta, del amor y el cariño familiar empapados, sumergidos, ahogados en almíbar, azúcar y miel. He pasado dos días preciosos, las navidades más lindas que recuerdo, caminando por el campo, por el río por la ciudad con uno de mis hijos, conversando temas en los cuales cada vez sus acotaciones y aportes son más instructivos y frente a sus preguntas cada vez estoy más desnudo de respuestas, lo cual tiende la misma cuerda de siempre pero para anudar un tipo de lazo novedoso, de doble cierre y apertura. Cocinando comidas por primera vez, y sobre todo, no abriendo ningún condenado envoltorio de regalos, con los cuales desde siempre se ha comprado el amor que los críos manifiestan por estas fechas, ya que si se les dijese a los niños que Papa Noel viene a pedirles ayuda con sacrificios, a demandar juguetes o caramelos, no habría ni uno sólo que en su fuero interno se creyese que es un viejo que viene de Laponia con renos voladores y si algún mequetrefe despistado lo creyese, se lo reconocería huyendo despavorido de las cercanías de la chimenea. Dos días desempolvando recuerdos, encendiendo futuras anécdotas y compartiendo algunos silencios.

Estos dos días comprobamos que el ilusionismo de la magia de la Navidad, inexistente al margen de la intensidad de los nexos entre las personas, no tiene porque estar representada por la prestidigitación y los trucos de todos esos enormes almacenes.

 

Monos y Simios en Navidad
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26 octubre 2016 3 26 /10 /octubre /2016 02:03

Día del cine en España, entrada dos noventa ......pero amigos, sólo un asiento quedaba para una sola peli de las seis que ofrecía el cartel, heme ahí entre publicidades, comentarios de atrás, delante, babor,  estribor y cientos de dedos escarbando y miles de muelas mascando palomitas de maíz al compás de una orquesta de sorbos de súper vasos de Pepsis a siete euros el combo.

¿Dos noventa? - Con gusto lo habría abonado diez veces a Belcebú a cambio de un acto de prestidigitación que me dejase a solas en la sala, rodeado de penumbra y misterio, sin rastro siquiera de la más esmirriada de aquellas palomitas pip pop.

Nunca aprendo, eso de quejarme siempre recibe el escarmiento de una  posterior instancia sensiblemente peor.

Cuando amainó el ruido de dientes, muelas, labios, pajitas, burbujeante agua azucarada y comentarios mermados, disecados de cualquier brizna de ingenio, entonces la película estaba ya adentrada en su condición de "clavo" antológico y cabalgaba rauda a la grupa de un rayo en dirección al más gélido de los aburrimientos; justo cuando la jauría "mascatoria" y "chupatoria" refrenó sus ánimos depredadores, el navío puso decididamente proa al abismo del tedio más acuciante.

Aquella película parecía haber sido pergeñada en el averno de lo inerte, casi me despojo de un llanto interior por el sacrilegio de quejarme de la algarabía vecinal.

Al pálido desamparo del tedio de entonces, bendito se mostraba el recuerdo de aquellos ruidos que la insensata e irresponsable blasfemia de mi brío irreflexivo había bautizado de insoportables.

¡Oh blasfemo, pagarás cara tu ignominia y purgarás tu sucia traición!

La cinta se adentraba en el sólido y sin embargo espeso cuerpo del plomo narrativo dejando sentir en el descenso a la penumbra, la inmensa pesadez del vacío, la insoportable carga de la ingravidez, sentí el paso de cada instante en cada punto de mi cuerpo, un armisticio entre el fluído y la sed, ora una costilla presionaba mi carne arrinconada por una sobreinhalación que abarrotaba de aire el pulmón, ora escuchaba el transcurso sibilino de cada segundo y lo oía regocijarse contra las paredes de la eternidad simulando revolverse sobre sí mismo y regresando a un punto desconocido más allá y acá de cada inacabable minuto que se fusionaba con el esperpento proyectado sobre la pantalla mega dolby sistema, de cuarenta y dos mil canales de diáfana mediocridad.

 La conquista del hastío era absoluta, tamaña languidez daba una precisa noción de la desesperación que produciría la eternidad, el paso apático del tiempo me llevó a sentir la mezcla de fragancias de cada microbio ascender por las vías nasales reconociendo o esquivando cada milímetro de mi interior.

Las escenas de la película salpicadas de disparates descendientes de la primera célula humana que se aterrorizó por la aparición de la inteligencia en aquel pionero primate, carecían de sentido, de concatenación, de hilo, de sinopsis, de discurso, de conducto, de agilidad, de gancho, de gracia, hasta que en mi fuero interno, eternidades antes de que acabase mi film barato, imploré y lloré a los dioses de cada panteón, y en particular a Tutatis y a Babalú, por el retorno del recreo bullicioso, el estruendo liberador de las palomitas, los añorados comentarios aleatorios y aquellas amorosas burbujas azucaradas.

 

 

Filigrana low cost
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20 septiembre 2016 2 20 /09 /septiembre /2016 17:17

Dislexia vertical

 

Me quedé ciertamente impresionado con lo que le ocurrió al hermano de una amiga estando de visita en su casa, es un tanto hipocondríaco y toma unos cuantos medicamentos por prescripción médica permanente, y otros circunstanciales cada vez que se convence de que esa sorpresiva molestia repentina, es el presagio de un final inexorable.

Resulta que le recetaron unos supositorios para destrabar la retaguardia y los confundió con la cápsula matutina que toma para el asma, de modo que la cápsula la introdujo en el innombrable y el supositorio lo envió garganta abajo con un vaso de agua junto a las otras pastillas.

Al cabo de dos horas no podía parar de devolver el desayuno, las pastillas, la cena y lo que había comido durante la semana, y por los bajos, le sobrevino una secuencia de novedosos suspiros y soplidos, harto refrescantes no obstante la innegable naturaleza extravagante de tal hiperventilación.

Su hermana, solícita pero firme como pañuelo de estatua, lo invitó a pernoctar en el garaje por el espacio de tiempo que persistiesen los efectos de tal disléxico desliz.

 

 

 

 

Moscardó

 

Ayer introduje el dedo índice en la nariz y ya de entrada, el espacio que existe entre la uña y la piel, esa muesca, esa pequeña hendidura, albergó el contorno de una de esas pequeñas costras, que empezaba a armarse a juzgar por su tacto entre calcáreo y esponjoso, entre rugoso y crocante. El dedo le transmitió al cerebro la sensación de la cercanía de uno de los placeres más plenos a la vez que más flagelados y ocultos: el trayecto de nuestra para-entraña viscosa hacia el exterior del naso, con el fin de atizarle una mordida suave, catapultarla una vez redondeada o adherirla en alguna umbría concavidad.

 La amenaza de la asfixia por aplastamiento lento, hasta que desprende el tacto y para algunos el sabor, que colma de gozo el acto, que revienta la base de todos los sentidos en la más auténtica soledad, que extasiados, rendidos, perdidos de gusto se toman un receso de la vigilia en tanto la razón se permite un lapsus en forma de siesta.

Y sí, llegué al borde de esa costra divina, estaba dentro del automóvil detenido en un semáforo en rojo, miré hacia un lado y hacia otro y al sentirme en intimidad, comencé a desprenderla de las paredes de la napia con la delectación de Camille Claudel sobre sus obras de mármol , y cuando esperaba poder llevarme el trofeo fuera de aquella oquedad, noté que no era posible, que la mucosidad en todo su volumen se resistía a abandonar la seguridad del hogar, su sitio de confort, y que sólo rompiendo el encanto y tirando con brusquedad, casi salvajemente de su humanidad apegada al interior de mi ser, conseguiría desprenderlo, desarraigarlo de su raíz, de su identidad y sus afectos, entonces acudieron a mi memoria las imágenes de las veces, muchas, decenas, cientos, miles de "moquicidios" perpetrados en parques, caminatas o pupitres, en la más absoluta impunidad y desprecio por la vida y los sentimientos de esta especie, tan cercana como ajena. Tan palpada y presente como desconocida.

El semáforo cambió de luz, puse primera y me inundaron los recuerdos de los primeros años de exilio, el cambio de aires, de lenguaje, de escuela, de casa y hasta de familia, pensé en las veces que mandamos a un parque en vuelo elíptico a la gentil criatura nasal, tras haber sido amasada y redondeada, o a la base del pupitre a compartir suerte y desgracia con suelas y chicles escolares, e incluso cuando su destino es el esófago donde las humedades espesas son bienvenidas, reparé en la pena, el drama del desarraigo y la eterna búsqueda de un lugar en su nuevo mundo que compartiría con aquel niño desorientado.

Acaso por ello la crueldad parezca menos mezquina.

Ya no más dedos furtivos, ni siquiera aquellos pañuelos acartonados de cuando era chico, no más esos fuertes y secos soplidos liberadores henchidos de insensibilidad y egoísmo hedonista. Al fin, aunque llegado de otro modo al previsto, se hizo carne en mi el mensaje que mi abuela Elena repetía con insistencia: "Martín ¡la nariz!"

Prendase la luz que se encienda en el semáforo que sea y haya el resfrío que se tercie acumulado en mi naso, manifiesto que: la piedad también nos hará libres ¡Larga vida al Moscardó!

(Más perdió Joachim Löw)

 

 

 

 

 

 

 

Escatológica Lechuga Be bop

 

Días atrás un amigo del barrio de mi hijo menor, le obsequió, procedente de un huerto barrial,  una lechuga a medio crecer. Se la dio con las raíces al aire, fláccida, condenada a perder todo su verdor en unas pocas horas más.

Él llegó a casa la puso en una maceta, le colocó buena tierra, la regó, lo felicité diciéndole que al menos le estaba dando una muerte digna. Al día siguiente la lechuga continuaba verde y al parecer , viva.  A los tres días, la propia planta se había encargado de descartar las hojas que no podría volver a  levantar, y en su lugar empinaba otros jóvenes brotes hacia el sol, dándonos una lección acerca del poder de la clorofila y la fotosíntesis, o sobre la confianza y la convicción en el cariño y el cuidado, que los adultos hemos ido dejando en el mismo baúl de recuerdos olvidados, en cuyo fondo quizás encontremos al osito Cocó, o al diente de leche por el que ya recibimos la correspondiente indemnización.

La lechuga fue creciendo de tal manera, que en un momento y como visible causa de su agradecimiento por la actitud de mi hijo, comenzó a cantar canciones que contenían la palabra amigo. de este modo hizo un recorrido por un catálogo de temas populares famosos y otros quizás no tanto para seres del mundo animal. Entre las conocidas cantó, Quiero tener un millón de amigos, de Roberto Carlos, With a Little help from my friends, de los Beatles, cosa que entusiasmó mucho a mi hijo   que es un fan declarado del cuarteto de Liverpool.

También cantó : ."..barquito de papel mi amigo fiel/  llévame a navegar por el ancho mar/ quiero conocer a niños de aquí y de allá...",  melodía que yo no escuchaba desde que había vivido en Cuba, y me dejó impresionado con sus conocimientos y cultura general.

Mi hijo me dijo, _ Papá tengo que hacer algo más por esta lechuga. Si dice que quiere ir al mar la llevaré al mar. Es encantadora.

Y así fue que lo llevé junto a su amigo del barrio a que le diesen un paseo en el yate del príncipe Guillermo antes de que se casase, por el mar Mediterráneo. El mayordomo del príncipe, tan  inglés, respondió a mi pedido  con un afirmativo: Of course. Y con el torso firme, se llevó a los chicos y su querida hortaliza a un paseo que duraría medio día.

Cuando estaban en una zona profunda mi hijo sacó la lechuga por la borda para enseñarle la transparencia del agua, y un súbito golpe de timón a causa de una ola de babor, hizo que perdiese el equilibrio y la lechuga se cayera por la borda, lanzando primero gritos de auxilio, y luego improperios, acusando a mi hijo y a su amigo de traidores, de haberla alimentado para luego  permitir que se ahogase en aquella inmensidad, en aquel desierto de  verduras. A  mi hijo y a su amigo se les aguaron los ojos, pero intuían que arrojarse al agua habría sido una temeridad.

Una vez que la lechuga llegó al fondo del mar, pensó que no estaba todo acabado al ver las algas, se hizo a la idea de vivir como una de ellas, y hasta le causó emoción el hecho de pensar que sería mecida por las olas y acariciada por los pececillos de colores. Le entristeció el hecho de no poder cantar bajo el agua _ Pero no se puede tener todo- se dijo a si misma y de alguna manera se sintió reconfortada.

Después de andar por varias profundidades encontró el Octoposus garden, del que hablaba Ringo Starr en sus canciones, y que la lechuga, de amplísimas nociones musicales, conocía tan bien. Le pidió permiso al pulpo para establecerse, y después de enternecerlo con su historia, no solo logró que el pulpo la aceptase sino que le concediese un privilegiado lugar, cerca de Bob esponja y compañía.

Mi hijo y su amigo decidieron lanzarse al agua tras evaluar los riesgos y los esfuerzos que habían realizado para ser tenidos en cuenta como niños adorables. Al príncipe Guillermo de Inglaterra le faltaban aún unos días para casarse, pero el mayordomo Perkins debía estar listo, y fue tan tajante como delicado en sus expresiones, les dijo:    

 _ Chicos, puntualidad británica, por favor, si no están aquí mañana en la mañana me veré obligado a zarpar sin vuestra presencia. Y se lanzaron al agua con aqualungs para tres días.

No hizo falta agotar la paciencia del buen sirviente real, ya que a la caída del sol  los dos niños encontraron el Octoposus garden, y como ya indiqué, mi hijo es un fan irredento de los Beatles, le agarró la botella de aire comprimido a su amigo y le hizo señas para detenerse allí unos instantes. Una vez que entraron y hablaron con el pez administrador, un pez con una nariz puntiaguda como el baterista de la banda, y una vez que se sacaron unas fotos, los dos niños vieron al mismo tiempo, detrás de Bob el esponja, a una lechuga idéntica a la que andaban buscando, pero pensaron que no sería aquella, ya que en el jardín del pulpo solo debía haber algas.

Pidieron permiso para restaurar fuerzas comiendo un poco de la lechuga, y cada uno se zampó una mitad.

Mientras tanto, la lechuga gritaba e imploraba por su vida, por su integridad, cantaba con cierto desespero las mismas canciones que había entonado en mi pequeño jardín trasero, pero sin demasiadas esperanzas de ser escuchada ni oída.

 Una vez en casa, el pichón  aún seguía sintiendo cierta tristeza. Pero había algo que estos chicos y yo aún desconocíamos.

A los dos días de ser engullida la lechuga regresó al agua, aunque esta vez por medio del WC., se vio repentinamente liberada de un ámbito cerrado y oscuro que le estaba produciendo considerable claustrofobia. Una vez en las cloacas, tuvo oportunidad de echar de menos las claras aguas del mediterráneo, incluso ese sobrecargado sabor a sal.  _ Oh que espanto- se dijo- he perdido todo mi verdor-

La lechuga como los demás alimentos que vagaban por aquellas cañerías había mutado y su estado era compacto pero no rígido. Pensó que la única manera de recobrar algo de su identidad era encontrando a un semejante que procediese también de la huerta, para continuar viaje a lo desconocido con él. De modo que comenzó a preguntar a todo transeúnte en la cloaca,

_ Perdón, me puedes decir que eras tú antes?-

_ Yo era dos perritos calientes con mucho chucrut- le dijo el primero.

Y así se fue encontrando con boñigos conformados , unos de pescados, otros de carnes variadas con sus guarniciones, otros por huevos fritos, hasta se encontró una ensalada , pero su decepción fue grande cunado supo que en ella había también zanahoria, todos aquellos carotenos jusntos era algo que no podía soportar.

Hasta que, no sin aliento , pero con mucho menos fuelle, le preguntó a otro sorete por su procedencia y este le dijo que había sido una lechuga, y se alegraron mucho de haberse conocido y partieron juntos en ese frenético viaje hacia la desembocadura en algún vertedero. 

Por la noche en un merecido descanso , le contó nuestra desmejorada verdura a su nuevo compañero, que otrora fuera una recuperada lechuga, que había sido arrojada al mar, por dos niños de los cuales uno había sido su amigo antes de traicionarla y zampársela luego de darle caza vestido de buzo en el fondo del océano, el otro boñigo no pudo creer lo que oía, y exclamó:

_ Mi media naranja!. Yo soy la otra mitad, que quedé atrapada en el estómago del amigo de nuestro salvador asesino.

Entonces se dieron un abrazo tal que quedaron nuevamente fusionadas, lograron recuperar por una vez más la ilusión de la vida, y en esta ocasión se convirtieron en un temible sorete de dimensiones que infundían respeto a su alrededor.

Al poco tiempo de andar con su nuevo aspecto, se dio cuenta que si bien frente a un espejo sus opciones de sentir orgullo sufrirían cierta merma, también era cierto que nadie desearía comerla, tocarla, ni molestarla en lo más mínimo.

Según Platón, todas las partes del universo se mantienen unidas por amor compasivo, se dijeron uno a otra y viceversa.

Pero una semilla de aquél enérgico vegetal volvió a echar raíces en la misma maceta en que mi hijo la colocó en un inicio; durante el invierno y a la intemperie crecieron nuevas hojas rozagantes.

No cesa en brindarnos sorpresas nuestra adorable lechuga Be Bop.

 

 

 

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Published by martinguevara - en Relax
13 agosto 2016 6 13 /08 /agosto /2016 19:42

Ayer comí en una parrilla argentina y hoy en un ranchón cubano, con su música de son en vivo, ambos en el centro de Madrid, a metros de Sol, centro geográfico de España.

Así resulta que confronté gastronómicamente dos de mis tres identidades nacionales en el mismo centro cardinal de la tercera.

Es curioso como el torrente de expresiones, de terminologías descriptivas, halagüeñas, insultantes, que me recorre de súbito con la aparición de un estado de ánimo inesperado, ora alegría o enfado calurosos, ora gozo o dolor agudos, varía de una identidad a otra sin que intervenga en absoluto mi control consciente.

En la carretera me enojo en argentino, acaso porque alguna vez cuando chiquito vi a mi viejo puteando a un conductor medio salame.

De peatón con los torpes o los pozos callejeros en cubano, y a un contratiempo como cliente de alguna compañía hago frente como un español enojado.

Las chanzas y sornas en argentino ¿dónde se inventó la burla si no en Buenos Aires?

En el humor soy original, generalmente una mezcla de los literatos que leí, ese humor que se aprende en silencio, que se expresa estando sólo frente a los estímulos, sin embargo en los chistes pugnan y comparten las tres identidades.

Chistes sobre gente burra en argentino, sobre la vida cotidiana y medio verdes, en cubano, y como no he vivido en Andalucía o Cataluña que son las dos grandes marcas registradas del humor ibérico, muy distinta una de otra, en menor medida me expreso jocoso como castellano.

El tonito pedante intelectual, con mayor ahínco incluso cuanto menos sepa del tema, por supuesto: argentino. Tono displicente, hedonista, lúdico, desde ya, el cubano. Y para el tono serio, decidido, impertérrito: adopto la pose y ese híbrido en mi acento que se acerca al recitado épico español.

La poesía por supuesto la  pienso en acento español, los más grandes de todos los tiempos.

"El cuchi cuchi mandarina", el frenetismo interpretativo de pieles y secreciones, la cláusula que Barrabás le puso a Jehová, el sempiterno"quita y pón", varía según en el momento y según la partenaire.

Hablando de las postrimerías femeninas durante el frenesí, con una baba sedienta de sangre para colmillo de lobo, uso el término: "la colita" en el más auténtico, grasoso, Olmediano y Porceliano porteño, lo mismo me ocurre si en el trance menciono las esponjas pectorales.

Pero al hablar del arma de este Lancelot de entre siglos, menciono la palabra acaso más usada en Cuba, que dicen que proviene de China y refiere a un rudimento en forma de palo sobre el hombro que ayuda a portar velas o baldes de agua de un lado a otro. Utilizaré la palabra en su acepción fina, la del lejano Oriente, esa que precedió al hombre occidental, la que tal vez aparezca mencionada en el poema que algún emperador Ming le pudo dedicar a su amada: la Pinga ( con tono chino)

Y en todas esas partes donde el arrebato precisa casi más de la intervención de manos, soplos, piel y guarrerías verbales me vuelvo el más soez de los ibéricos, aunque puede saltar también el puerco de La Habana y el zarpado de Baires.

Con la música no me pasa, en realidad casi escucho exclusivamente la inglesa, la norteamericana, y cuando no, clásica, ópera y de cámara. Europea, y bailando soy patón en cubano, argentino y español.

En su mayoría uso expresiones argentinas, porque allí nací y aprendí a hablar, seguidas por cubanas ya que allí crecí, y por último españolas que es donde he pasado la mayor parte de mi vida, aunque de adulto, por lo que el acento ya vino definido y contorneado, pero siempre queda espacio para un "vale" un "venga" un "vamos" y por supuesto, para ese sonoro y siempre tonificante:

¡Joder!

Para concluir me gustaría destacar estas curiosidades de la lengua castellana en sus continuos viajes por el orbe, otra vez centrado en la figura femenina, aunque en esta ocasión en su vestimenta más ligera:

En Argentina lo que tapa la ropa interior femenina se llama pollera, en Cuba saya, en España falda, en Argentina lo que hay debajo en la parte de arriba se llama corpiño, en Cuba ajustador, y en España sujetador, mientras que lo de abajo en el sur celeste se llama bombacha, en la perla del Caribe blúmer, y en la Hispania de Trajano: bragas; y a lo que esa prenda íntima protege y cuida, como si fuese una coraza protectora marina: se le dice concha en argentino, o como si se tratase de un pastel de harina y azúcar: bollo le llaman los cubanos y como si saliese de la galera del mago con las orejas tiesas: en España le llaman conejito.

Y la noche, aquí, allá, acullá, sólo se llama noche.

Comida argentina y cubana en Madrid
Comida argentina y cubana en Madrid

Comida argentina y cubana en Madrid

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30 julio 2016 6 30 /07 /julio /2016 17:57

-Hola- le dije al conserje en portugués- me dijeron que aquí se puede dormir por poco dinero.

-Depende- me dijo el hombre- de lo que usted considere poco.

Me dijo que por medio dólar tendría una cama, que debía compartir con un compañero de cuarto. Acepté, y le di dos dólares para cuatro días, los tomó sin salir de dentro del cubículo enrejado en que estaba, y me indicó las escaleras que me llevaban a mis nuevos aposentos. Mi habitación era un trozo del cuarto original de la casona, que había sido dividido cuatro espacios con tablones de aglomerado, de una forma que dejaba ver el escaso amaneramiento del  propietario. Había dos literas con dos camas cada una, y un pasillo estrecho entre ambas, tuve suerte de que me tocara la parte de la habitación donde originalmente se encontraba la ventana.  las camas contaban con una sábana gastada pero limpia, y una almohada sin funda que sólo de verla me despertaba los alérgenos del asma.

-¿Y ahí? – me dijo un hombre delgado de estatura baja, con pocos dientes y de mediana edad_ Joao, dijo cediéndome la mano.

-Martín- le dije mientras presentí como escudriñaba mi humanidad con la mirada, tal como yo había  hecho poco antes con él. 

Un joven de otro país, delgado, de estatura media, pelo oscuro largo hasta los hombros y de vestimenta llamativa, y con un excéntrico abrigo polar en su mano, un pequeño bolso al hombro, que no dede esconder mucho de valor, y un reloj que sí debería estar oculto- debió pensar a su vez Joao.

Yo estaba cansado, había llegado a Santos a dedo, después de andar  dando vueltas entre Sao Paulo y Río de Janeiro, viajes en los que gasté todo el escasísimo dinero que llevé a Brasil. Me desplomé sobre la catrera, que en ese momento me sabía a gloria,  preguntándole antes al flamante compañero de habitación:

- No irás a robarme mientras duermo no? Joao sonrió y no entendí lo que me dijo a continuación, pero su semblante hablaba por él, era de fiar.

Me levanté unas horas más tarde con mucha hambre, solo había comido una coxinha y una esfinha en la rodoviaria al llegar a Santos. Me quedaban unos dólares que llevaba cuidadosamente enrollados en los calzoncillos. Esto solucionaba dos asuntos: dado el estado higiénico de mis pantalones, cabría  suponerle demasiado valor a cualquier delincuente rastrero que decidiese probar suerte mientras dormía introduciendo sus dedos en semejante caja de sorpresas, y por otro  lado, mientras estaba en vigilia, le daba ese toque de aumento, que no se puede decir de manera categórica que mi bulto lo precisara, pero el cual no le venía mal en absoluto, para poder pavonearme entre las garotas casuales de la rúa. De todos modos estaba bien reguardado frente a posibles decepciones, ese blue jean no me iría a permitir demasiados acercamientos. Años más tarde, me resulta sugerente la imagen de mi pene desorientado envuelto en dólares, para lo que sea que fuese.

   

Había ido a Brasil unos tres meses atrás, sin saber bien donde dirigirme, pero con la intención de encontrar  un puerto importante donde parasen barcos de bandera noruega, panameña y de Liberia, que eran los que tomaban trabajadores para cubrir plazas sin requerir mucho más que un pasaporte en regla, y la promesa de que no marearse en alta mar, requisitos hasta los que podía llegar. Mi intención era pasar un par de años a bordo como marinero general  o como ayudante de cocina, ganar un buen sueldo y ahorrarlo íntegro. Aunque la fantasía del escape componía la mayor porción en el entusiasmo con que iba en la búsqueda de mi barco. Tenía metido en la cabeza a mi tío el héroe de las Américas, del lado izquierdo de la cabeza y del lado derecho, incluso hasta en ese desafío, ya que él había intentado viajar sin abonar el monto del pasaje  en un barco, durante uno de sus periplos, hasta que el hambre lo obligó a presentarse en el puente de mando y admitir que iba de polizón. También como en todo lo que me rodeaba, había una mujer en mis fantasías, quería impresionar a una reciente amante que había quedado en Buenos Aires a recaudo de sus infidelidades, en aquellos entonces, en mis condiciones, haber logrado que aquella mujer me amase, rebasaba lo que cabía que yo esperase de mi. Y ello me entusiasmaba empujandome hacia el precipicio de riesgo que suponía era lo que a ella le atraía de mi.

Vos sos el viajero descalzo, el gitano- me dijo mi madre una vez.

Lo cierto era que embarcar no se estaba llevando a cabo lo rápido que había supuesto, aunque seguía subiendo a la borda de los barcos mercantes para hablar con el capitán insinuar que sería bienvenido un plato de comida de barco europeo y alguna cerveza fría de las gambuzas, ya empezaba a divertirme más el hecho de conocer Brasil, su gente y también un poco más a mí mismo, como es menester en un buen viaje. Tenía el discurso fijo de bajarme en Rotterdam una vez que me cansara de alta mar, pero la idea era difusa. Se me había ocurrido Holanda a raíz de de mi nueva amiga y una ex novia que sólo hablaban maravillas de la vida allí. Por eso llevaba el abrigo de pluma de ganso que en el sur argentino lo había puesto a prueba de un invierno durísimo. 

 Santos era la ciudad portuaria más importante de Brasil, y en los muelles brasileros por entonces, con solo presentar el pasaporte la guardia permitía entrar hasta los embarcaderos, a los que uno pretendía enrolarse. Era de esperar que allí tuviese más suerte que en Río grande do Sul donde llegué a bordo de  un camión, que tomé en el mercado central de frutas. Los camioneros argentinos entonces solían dar aventones para que les entretuviesen con historias y les cebaran el mate, siempre que uno se acreditara debidamente y presentara un aspecto, si bien no atildado, al menos poco temerario.  

Un día subí a tres barcos en los cuales me trataron con cordialidad, y escucharon mis plegarias de dos años de sueldo y al cabo de ello,  Rotterdam, con cervezas holandesas y pasto de marineros. Cuando desperté en mi cuarto de hotel con los jugos gástricos pidiéndome combustible,  aún estaba Joao en la habitación tumbado en su cama, y continuaba en mi pantalón el preciado bulto.

 

2

 

Fui al cuarto de baño, que se encontraba en la misma planta,  austero pero limpio,  regresé a la habitación, le dije a Joao que bajaría y en dos horas estaría allí nuevamente. Salí a la calle a ver que tenía preparada la ciudad de Santos para seducir a un entumecido paladar citadino.

El pasillo del "Hotel" era luminoso, de suelos de mármol y marcos de caoba, revelaba un pasado de mayor resplandor. Había  cierta decencia expresada  en el esfuerzo que parecía hacer ese otrora conjunto de espacios ordenados, para intentar dar fe de su rancia aunque avejentada prosapia.

Cuando bajé ya se había hecho de noche. El Hotel estaba en una calle perpendicular a la avenida que pasaba frente a los muelles de carga. Al lado del viejo portón de entrada del Hotel, de madera oscura y compacta, hacia la esquina del muelle, había un bar desde el cual procedía el sonido en alto volumen, típico de las aglomeraciones con gente macerada ya por la ingesta de alcohol, sonando todas a la vez, formando un coro  reconocible en cualquier cultura del mundo con independencia de lo gregarias de sus idiosincrasias. Me asomé a la puerta iluminada y de donde además del bullicio y del vahído de cachaza salía de una victrola una música pésima pero alegre. Percibí el olor a algún tipo de fritura y me adentré en el local. La música  lejos de parecer atemperar los ánimos de las conversaciones las azuzaba, parecía exhortarlas a llegar a las más altas cotas de volumen.

Excepto por la variedad en los productos, me recordaba a los bares cubanos,  por lo animado de la charla, hasta por el fenotipo de los parroquianos y sus ademanes.

Una vez acodado pedí dos muslos de pollo y una coxinha, una especie de croqueta que se hace también a base de pollo y que recién cocinada en un sitio menos grasiento que aquel, puede resultar incluso aceptable para un buen paladar. Los acompañé con una coca cola fría. Debía ser el único tipo en ese bar y a varios metros a la redonda, que no estaba bebiendo cerveza o cachaza. Una semana antes me había propuesto no ingerir alcohol, al menos hasta que tuviese un alojamiento en condiciones y un trabajo como la gente, debía andar fresco y en las mejores condiciones posibles, hasta que volviese a reunir las  condiciones para vomitarme encima. Promesa que había caducado unas horas atrás en el barco nórdico, pero que intentaba reconstruir con todos sus piezas.

Había mujeres con medias negras y medio pecho al aire, arrimadas a los tipos de la barra que discutían entre sí, sin participar en las palabras de ellos pero sí en los sorbos a sus vasos. El culo de la chica que acompañaba al morocho alto que estaba a mi lado, se pegó a mi cadera sin que yo lo procurase, aunque sin que me desviviese por evitarlo.  La chica que contaba con una cantidad de años imposible de intuir detrás de todas aquellas superpuestas manos de pintura facial, me miró de reojo y sonrió. El moreno la apartó con la mano y me echó una mirada desafiante, yo lo observaba con el rabo del ojo mientras comencé a levantarme de la banqueta atornillada al suelo, con la coxinha en la mano y un muslo de pollo en la boca.

_ ¿Que es lo que es?  Me preguntó en tono camorrero.

De inmediato y sin pensarlo, me levanté y salí de aquel antro, guardando  la máxima dignidad que fuese capaz de conservar en mi huida. Llevaba el tiempo necesario en Brasil como para saber que en cualquier sitio que  se podía armar una pelea, se armaría.  Y podían intervenir puños, navajas, armas de fuego y todos los clientes del local. Y aunque alguna vez habría podido fantasear con ser una especie de maestro de Shaolín y darle su merecido a todos los que se habían mofado de mi, lo cierto es que no pasaba de ser un deseo difuso, y no sentía el más mínimo apego por la temeridad o el heroísmo.

Antes de salir miré a los ojos de la chica y del borracho, sonreían, parecían estar festejando mi espantada con sus interlocutores. Los dejé con sus asuntos a tratar y me fui con mis dientes sanos y el estómago sensiblemente más aliviado a dar un paseo por esa parte de la ciudad. No había muchos sitios más recomendables que ese para ir a aquellas horas. El hotel se encontraba en una parte de la ciudad que no era la elegida por las familias de clase media, ni de ninguna clase de familia, para salir de paseo.

Comí alguna cosa más en el bar de la Rodoviaria,  donde pedir un refresco de guaraná o una coca cola, se parecía más a un acto cotidiano que a una afrenta. Luego regresé al hotel, al fin y al cabo no había dormido más que un rato, y no tenía demasiado sentido quedarme haciendo turismo por aquella barriada de clasicismo  portuario.

-Da mais uma Pinga- decía un borracho pidiendo la copa salidera en un barcito a pie de calle. Me causaba gracia, en Cuba pinga es el pene e infinidad de significados y significantes que lo rodean, en Brasil es la cachaza. Si le hubiese dicho al borracho que en Cuba estaría diciendo: Dame más pinga papito- y que ello me estaba causando risa me habría partido la botella en la cabeza. O quien sabe.

En la entrada  del Hotel había dos hombres discutiendo algo, estaban alterados, pero conservaban el tono de voz bajo, cuando pasé por su lado hicieron silencio y me observaron , les di las buenas noches y me dirigí al cuarto sin más escalas. Joao estaba profundamente dormido, era demasiado temprano para un brasilero buscavidas, observé  su corte de pelo, la higiene de su ropa y tenía aspecto de llevar una vida ordenada,  tanto él como yo habíamos dejado el equipaje tras las rejas de la recepción, así que podíamos confiar en nuestras respectivas corazonadas.

 

3

 

Por esos meses había tomado posesión del cargo de presidente de la nación, Fernando Collor de Mello, y se respiraba un ambiente optimista. Representaba el éxito de las políticas liberales en alza representada entonces por los yuppies, tenía cuarenta años, coqueteaba con la juventud admitiendo que había fumado maconha en el colegio, y se granjeaba la simpatía de la comunidad gay, trans, y de la heterosexual interesada en las refriegas con sabor variado,  resaltando la figura de Roberta Clós, una transexual famosa y de tal belleza femenina, que fue propuesta un ocho de marzo como representante de la mujer brasilera. Desde las cadenas de televisión de mayor éxito se aclamaba a Collor como el transformador de Brasil, quien erradicaría la corrupción de cuajo, era el adalid de la derecha moderna, el Indiana Jones que necesitaba América Latina. Cambió la moneda de cruzados novos a cruzeiros, bajo el plan de renovar el país.

Comenzaba con esas premisas uno de los periodos de mayor corrupción en Brasil y alrededores, pero en ese momento el clima era optimista, transmitía la sensación de tener los bolsillos llenos, había una alegría generalizada en el gasto, tanto de los individuos como de las instituciones. Los municipios y Estados gobernados por el PT de Lula propiciaban a los viajeros que se quedaban sin dinero, una cama en uno de los albergues para pobres, que en algunos casos eran sensiblemente más cómodas e higiénicas que las colchonetas de aquel hotel. Claro que por cincuenta céntimos de dólar, era difícil concebir algo substancialmente mejor que aquella litera.

Los Estados gobernados por el Partido liberal en lugar de proporcionar albergue, utilizaban los medios económicos para conceder un pasaje gratuito al Estado limítrofe más cercano, sin importar si este era del mismo partido político o del opuesto, la consigna era no almacenar “maluqueiros” foráneos, cada ciudad y Estado ya contaba con una bien nutrida cantidad de los propios. Semejante gentileza debía ser convenientemente aceptada, de buena gana o a regañadientes, pero nunca rechazada, ya que en caso de que los “malucos” y “doidones” poco perspicaces, insistiesen en la idea de pernoctar en las calles, plazas, o playas de aquellas ciudades,  había pensada otra solución, algo extrema quizás, casi póstuma, y con el mecanismo bien engrasado, que era darle trabajo a los escuadrones de la muerte, que gustosos, a cambio de cachaza,  blanca navidad y una exigua paga, se encargaban de dejar bien limpio el patio.

Yo había utilizado ya el boleto gratuito de una población a otra, pero nunca la opción del albergue para indigentes. El haber conseguido conciliar el sueño en semejante lecho, solo podía ser una premonición de lo que mi espalda se vería abocada a soportar, si no subía a ese bendito barco de bandera internacional de una vez y por todas. Así que mejor sería que me dispusiese a descansar en condiciones y que aprovechase las horas del día en hacer amigos de alta mar. Dormí a pierna suelta, permitiendo que cada chinche o pulga que lo desease, hiciese uso de toda la sangre que fuese capaz de obtener de mis venas.

Cuando me desperté, Joao estaba sentado al borde de su cama leyendo una de esas revistas de actualidad repletas de fotos y de titulares en colores, con un nada despreciable espacio destinado a la presentación de una variada fauna. Muchachas, muchachos, travestis, chicos que eran chicas , chicas que eran chicos, sirenas, centauros, unicornios, tríos, cuartetos, grupos, exhibicionistas, voyeurs, en fin, la más variada fauna como objeto de compañía cronometrada.

Abrí el pequeño sobre de polietileno que usaba a modo de neceser, donde guardaba mis efectos personales, una a cuchilla de Gillette tan usada que resultaba más fácil que arrancase de cuajo los pelos cuando se aferraba a ellos de manera persistente y tenaz,  a que lograse segarlos a ras de la piel. Un cepillo dental que una vez ya superada su vida útil, permitía a sus finas cedras disponerse anárquicamente apuntando cada una a una constelación distinta. Un frasco de agua de colonia de Yves Saint Laurent, al que aún le quedaba para tirar un tiempo utilizando unas recortadísimas dosis, un cortaplumas suizo de seis elementos. Lo demás eran jaboncitos, algún frasquito de champú eventual, o algún desodorante de roll on, siempre en las últimas trazas resbalosas a punto de secarse y tirar de los vellos trabados entre la bolita y el borde.

Saqué el cepillo de dientes, la cuchilla de afeitar un pedacito de jabón y me fui al baño.

En el pasillo, sobre las baldosas vi unas gotas de sangre, como las que me solía sacar de mi pescuezo ancho como el ombú, poblado de un incomodo vello, que convenía rasurar cada día, en vistas de que no obtenía ese aspecto, desaliñado pero sexy que presentaba Mickey Rourke en nueve semanas y media. Cuando llegué al baño debí esperar ya que había un hombre afeitándose. Me miró fijamente, amenazante, parecía no buscar bronca sino afeitarse en paz. Decidí apartarme un poco de la puerta y regresar hacia el pasillo junto a las gotas  de sangre secas,  para esperar a que terminase sin riesgo alguno de que un repentino brío matutino lo animase a la pelea.

Desde el pasillo, se escuchaba un grupito de tres personas de la planta inferior, que  hablaban en portugués muy cerrado, intercalando lo que parecía ser el lunfardo brasilero, la Yiria, con algunos vocablos inteligibles, de lo que conseguí entender que había habido un problema durante el transcurso de la noche. Cuando regresé a la habitación, Joao no estaba, me peiné, colgué la toalla, y aproveché para perfumarme y recontar la plata que me quedaba. Como si cupiese la posibilidad de que el dinero experimentase un repentino crecimiento, al cabo de alguno de aquellos  recuentos. Me senté a armar un cigarrillo de tabaco Samson holandés, y apareció por la puerta Joao, con dos pastelitos de carne. Me ofreció uno, asegurando que ya había comido abajo ante mi negativa a tomarlo hasta que accedí, y en pago le convidé un cigarrillo armado. Entonces me contó que la noche anterior un hombre había muerto apuñalado en ese pasillo.

Dos hombres habían entrado al hotel durante la noche, con un solo bolso, según le explicó el muchacho de la entrada, a quien ni intentaron dejárselo en consigna. Al rato salieron a tomar algo y al regreso se detuvieron a discutir en el pasillo de entrada, primero en voz moderada que luego fue creciendo en volumen y gravedad de acusaciones y amenazas, dijo que no se ponían de acuerdo en cual de los dos había trabajado más en un robo que acababan de perpetuar. Al final se pusieron más o menos de acuerdo y se fueron a dormir.

Muy temprano en la mañana uno de los dos, salió del hotel con el bolso. Al poco rato el muchacho de la conserjería escuchó una voz en el pasillo de arriba quejándose de un dolor, y moviéndose por el suelo. Sabía que algo no andaba bien; pero tenía la orden de llamar a la policía y no salir del nicho por nada, menos aun en aquella situación, en la cual el ánimo solidario podría costarle caro.

Cuando la policía se presentó, el hombre agonizaba inmóvil sobre el suelo. Lo pasó a recoger una ambulancia, al parecer habían discutido por el botín y antes de terminar mal, uno le dio la razón al otro, de ese modo le permitió ir tranquilo a dormir la última mona de su vida. 

Antes de aligerarlo de equipaje le asestó unas cuantas puñaladas.

El sorprendido bribón, tuvo tiempo de arrastrarse fuera de la habitación y pedir auxilio. Pero ni los picotazos de los insectos, ni la incomodidad de la alcoba, ni la llegada de la policía, ni siquiera la ambulancia si alguna vez sonó a tal, hicieron mella en el profundo sueño, que en tales circunstancias suele apropiarse de las personas de sentido común y valor ordinario.

Joao dijo que el muchacho había limpiado el suelo. todo mientras dormíamos, mientras una pulga se cebaba en la aorta de mi cuello, tratando de extraer algo de lo poco que había dejado otro tipo de chinche, que hablaba mi lengua y la de mil demonios, que besaba y maldecía, y que también succionaba aquello que había dejando a su paso una sensible roncha perenne.

 Basta de barcos, me quedaría en Brasil. Aún no había probado garota.

 

Puerto de Santos, Brasil.

Puerto de Santos, Brasil.

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23 julio 2016 6 23 /07 /julio /2016 14:03

Vi que daban Tarzán en las carteleras quise retornar a mis conversaciones con mi amigo el chimpancé en el zoo del Nuevo Vedado, a los años de trepar hasta la copa de los árboles y darle sentido a ese sentimiento tan arraigado de eterna soledad, me dije: esta peli llena de animales, lianas, selva, sonidos, la veré en pantalla gigante y dejaré descansar por una vez el subtorrent y su formidable gratuidad. Así que decidí sumergirme en la nostalgia de esa actividad perdida en el túnel del tiempo, fui al cine.

Mi entusiasmo alcanzó su punto máximo cuando se apagó la luz tras la publicidad y apareció la primera imagen del conde de Greystoke, y en el acto mis vecinos de asiento comenzaron a conspirar contra el buen gusto y el mínimo decoro, desenfundaron las coca colas en esos enormes vasos con pajitas y las palomitas de maíz tamaño súper destrucción cerebral, que hasta entonces descansaban en las ranuras habilitadas en sus sillones, comenzaron a sorber, a masticar y a escarbar con las uñas en los interminables buckets de maíz reventado, todo ello sonaba como Guayos del infierno, tablas de lavar de pésimo jazz, maracas tocadas por aprendices de Laponia, parecía una escuela de tablao flamenco para austríacos, sonaba a discusión futbolera de bar, sorbos, dentelladas, escudriñes, calzoncillos rotos, almas envenenadas, shhuurp, shorp, crash, smerck, crack, rab rib rub trash, en tanto el entusiasmo se desvanecía.

Miré a mi lado varias veces y al notar que les importaba un bledo la opinión de este espectador de su masacre contra la armonía, dirigí mi súplica a la pantalla:

- Tarzan por favor suelta a Jane, coge la liana, salta fuera de la pantalla dispuesto a una lucha despiadada, a mi lado te esperan dos de tus más encarnizados enemigos!

Pero el hombre mono continuó luchando contra los enemigos del celuloide, y yo tremendamente indignado, aunque precavido, tras sopesarlo respondí al grito de alerta de la preservación de mi especie emitido por la madre naturaleza, y no me atreví a a hacer frente a tales ejemplares sorbedores y trituradores de cuanta materia se atreviese a rodearlos.

Con la esperanza de que más temprano que tarde, ya fuese Tarzán, los gorilas o una devastadora indigestión diesen cuenta de los desaforados depredadores, me mudé tres filas más atrás donde dos amantes producían ruidos de una naturaleza mucho menos estruendosa, aunque de un atractivo carácter perturbador.

Entre los crunch cranch de adelante y los mmmmññ uummhh de más atrás, sólo puedo garantizar que me quedó claro que Tarzán ganó, dentro de todo suerte que la película no era un suspense ni encerraba mayor misterio, aunque sí emergió de aquella sala una sólida moraleja:

 Donde esté el Subtorrent y la intimidad a que invita, que se quite todo lo demás, a pesar del llamado a abusar de su ínclita gratuidad.

Palomitas de maíz y refresco interminables

Palomitas de maíz y refresco interminables

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24 junio 2016 5 24 /06 /junio /2016 00:17

Que la proverbial ignorancia que se instala en el hipotálamo de algunos americanos del norte, les lleve a pensar que España está cerca de Brasil, que América es un país y americanos su gentilicio o que a ese zurullo espantoso compuesto de berridos, golpes de tam tam, trompetazos al azar y estertores androides sobre una tarima encharcada de aguardiente se le llame cultura "latina", es algo que de tan repetitivo llegamos a ver con absoluta naturalidad.

Pero el colmo es que en España, país que participó activamente en la conquista del nuevo mundo, se llame "americano" al oriundo de Estados Unidos, desconociendo que tras la obra Mundus Novus se consideró a su autor, el italiano Amerigo Vespucci, hispanizado Américo Vespucio, como protagonista del descubrimiento de la nuevas tierras y a partir de ahí, se llama "América" todo el continente, desde Tierra del Fuego hasta Alaska, en honor a su nombre, y que por ende "americanos" son todos los naturales del continente, independientemente de si procede del Sur, Centro , Norte o Antillas

¿Sabemos que España no es un país fronterizo con Brasil? Por más que nos encantaría ir a Buzios cada fin de semana.

Pues por favor, quienes lo sepan, que también recuerden que no somos vecinos de Brasil, porque somos vecinos de Portugal y Francia, y esta a su vez de Italia y una parte de Bélgica valona y Suiza francesa e italiana, y que un poco más allá hay otro país más de lengua romance, en medio de los eslavos, Rumanía, y que todos nosotros formamos parte de las lenguas que descienden directamente del Latin, además de varios otros dialectos, y de no poco aportes cognados a las lenguas germánicas y algunos puntuales a las eslavas, y que dicho Latin es una lengua que aunque ya no use como idioma, sigue siendo una lengua viva en tanto es la divisa idiomática y cultural entre los países mediterráneos europeos, además de la lengua de las ciencias.

Por ende, dejemos que los "norteamericanos" llamen cultura latina a ese sub sector de súper exceso en la aplicación de la gomina líquida, collares y manillas de oro, aderezados con perfume almibarado de día y envuelto en una nube portadora de vahos de aguardiente de caña por la noche, por favor, españoles y "americanos", llamemos música latina a Verdi, a Rossini, a Scarlatti, incluso a Bach y hasta a Mozart antes de escribir la Flauta Mágica en alemán, y si quieren hasta a Bizet, Aznavour, De Falla y Paco de Lucía,

Mostrémonos todo lo burros que anhelemos parecer, pero por favor: en terrenos un poco más distantes a nuestra cultura de base.

Américo Vespucio, nacido Amerigo Vespucci

Américo Vespucio, nacido Amerigo Vespucci

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  • : Mi Déjà vu. En este espacio comparto reflexiones, impresiones sobre la actualidad y el sedimento de la memoria, sobre Argentina, Cuba o España, países que en mi vida conforman un triángulo identitario, de experiencias diferentes y significantes correlativos.
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