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17 septiembre 2019 2 17 /09 /septiembre /2019 09:17

Un ricordo di Mario Bendetti

Oggi passeggiando, mi è venuto alla mente il ricordo di Benedetti e dei suoi baffi. 
Alamar, le sparute pulci e la sua enorme dignità, appena fuori l’Habana in direzione di Cojìmar, un barrio proletario dell’uomo nuovo. 
Mario Benedetti ha vissuto in esilio a Cuba ma ha chiesto in modo esplicito, conforme alle sue idee e al suo nerbo, che non gli dessero privilegi all’altezza del suo nome. Avrebbe potuto vivere a Parigi, in un dipartimento tipo il Trocadero. Ma lui era così.
Ha vissuto un po’ di tempo a Alamar dunque, una baraccopoli operaia di tipo stalinista, davvero orribile nell’aspetto, in cui non c’è mai stata nessuna attrazione particolare che si ricordi.
Occorre rammentare che a Cuba non è stata costruita una sola cosa in 50 anni utile a promuovere il turismo, ma nemmeno promossa dal governo rivoluzionario. Paradossalmente tutto ciò che il proprio istituto del turismo considera come attraente, è stato fatto prima del 1959.
Beh, Benedetti, il grande poeta, scendeva a piedi le scale dell’edificio di dodici piani dove viveva, sul mezzo del giorno, e andava a comprare con la “libreta”, non con dollari ma con soldi cubani, validi al massimo per piselli, riso, uova e qualche altra cosetta in più, al magazzino della zona 8.
Faceva imperterrito come tutti la sua coda, e poi tornava carico di quel poco che c’era, ma (vuoi mettere?) sotto quel sole di giustizia… 
Aveva addosso terribili pulci più affamate di lui, era un poeta solitario, di grande carattere, della gentilezza convenzionale e affettata non gli era rimasto nulla, e per questo alcuni lo criticavano, perché volevano che, una delle stelle della cultura d’America fosse più cordiale ancora di quanto fosse.

E non bastava che vivesse in Alamar e di lì andasse girando per il territorio imprecisato del Bachiplan, (un polverone biancastro e grigio che s’infilava da tutti gli orifizi fino al midollo) né che essendo uruguaiano, mangiasse ogni morte di Papa una bistecca, o che bevesse mate con quella erba rinsecchita al sole, impegnato a togliersi di dosso quelle fastidiosissime zanzare che non riusciva ad allontanare il ventilatore russo, scrivesse poesie meravigliose da quella baraccopoli operaia. Come Dostoevskij lo faceva dalla prigione in Siberia, anche se il poeta rioplatense per volontà propria, e addirittura senza lamentarsi, ma grato. 
Avrebbero preferito magari che “don Mario” discendesse fino alle catacombe dell’inermità, dove abita l’eco di tutte le codardie umane, la morchia del tedio, della procacità, della grossolanità, il trotto della mandria e il belare del gregge, dell’orrore più sordo che rappresentava quel convenzionalismo di quartiere, con le sue conversazioni banali, quel nulla di quotidiano, quell’omicidio alla poesia.

Era un eterno cospiratore della penna, un uomo coraggioso, elettrico, amante del minimalismo, della lealtà, e anche quando il suo posto in esilio sarebbe stato un prestigioso quartiere di Parigi o di Londra, non si è mai lamentato di quel “sole di giustizia” né di aspettare la sua bistecca trimestrale nella coda infinita del magazzino “agropecuario” né di resistere all’affronto di sentir chiamare “Rivoluzione” quella cosa amorfa e atonale intorno a lui. 
Nemmeno la tortura di ascoltare le preferenze musicali del vicinato lo distoglieva, che con orgoglio si esibiva tremante per la vibrazione degli altoparlanti delle loro radio russe messe al massimo volume, dietro le sottili pareti di quel dipartimento dell’edificio di dodici piani, dove quando se ne andava la luce, Benedetti accendeva una candela, sognava di accompagnarsi ai suoi connazionali detenuti, a quelli che non c’erano più, ai suoi amori, alle foglie cadute di uno degli autunni della sua terra, si chinava sulla carta e scriveva quei meravigliosi versi senza un filo di odio, con quella naturalezza e profondità degli uruguaiani di allora, con il sigillo impegnato di quelle generazioni, versi pieni di ammirazione per la grandezza dello spirito e anche di compassione per l’imbecillità umana, anche per le vittime e carnefici di essa, e di tutto quel nulla abissale quotidiano. 
Martìn Guevara Duarte (Traduzione Alessandro Silvestri)

Don Mario, el petiso gigante.

Don Mario, el petiso gigante.

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3 agosto 2019 6 03 /08 /agosto /2019 19:33

 

Días atrás un amigo del barrio de mi hijo menor, le obsequió, procedente de un huerto barrial,  una lechuga a medio crecer. Se la dio con las raíces al aire, fláccida, condenada a perder todo su verdor en unas pocas horas más.

Él llegó a casa la puso en una maceta, le colocó buena tierra, la regó, lo felicité diciéndole que al menos le estaba dando una muerte digna. Al día siguiente la lechuga continuaba verde y al parecer, viva.  A los tres días, la propia planta se había encargado de descartar las hojas que no podría volver a  levantar, y en su lugar empinaba otros jóvenes brotes hacia el sol, el poder de la clorofila y la fotosíntesis, o la confianza y la convicción en el cariño y el cuidado. que hemos ido dejando en el mismo baúl de recuerdos olvidados, en cuyo fondo quizás encontremos al osito Cocó, o al diente de leche por el que ya recibimos la indemnización del ratoncito Pérez. 

La lechuga fue creciendo de tal manera que en un momento y como visible causa de su agradecimiento por la actitud de mi hijo, comenzó a cantar canciones que contenían la palabra amigo. de este modo hizo un recorrido por un catálogo de temas populares famosos y otros quizás no tanto para seres del mundo animal. Entre las conocidas cantó, Quiero tener un millón de amigos, de Roberto Carlos, Waiting on a friend de los Stones y With a Little help from my friends, de los Beatles, cosa que entusiasmó mucho a mi hijo que es un fan declarado del cuarteto de Liverpool.

También cantó : ."..barquito de papel mi amigo fiel/  llévame a navegar por el ancho mar/ quiero conocer a niños de aquí y de allá...",  melodía que yo no escuchaba desde que había vivido en Cuba, y me dejó impresionado con sus conocimientos y acervo general.

Mi hijo me dijo, - Papá tengo que hacer algo más por esta lechuga. Si dice que quiere ir al mar la llevaré al mar. Es encantadora.

Y así fue que lo llevé junto a su amigo del barrio a que le diesen un paseo por el Mar Mediterráneo en el yate del príncipe William antes de que se casase. Perkins, el mayordomo del príncipe, tan inglés, respondió a mi pedido con un afirmativo: Of course. Y con el torso firme, se llevó a los chicos y su querida hortaliza a un paseo que duraría medio día.

Cuando estaban en una zona profunda mi hijo sacó la lechuga por la borda para enseñarle la transparencia del agua, y un súbito golpe de timón a causa de una ola de babor, hizo que perdiese el equilibrio y la lechuga se cayera por la borda, lanzando primero gritos de auxilio, y luego improperios, acusando a los niños de traidores, de haberla alimentado para luego  permitir que se ahogase en aquella inmensidad, en aquel páramo de verduras. A mi hijo y a su amigo se les aguaron los ojos, aún así intuían que arrojarse al agua sería una temeridad.

Una vez que la lechuga llegó al fondo del mar y vio las algas pensó que no estaba todo acabado, se hizo a la idea de vivir como una de ellas, y hasta le causó emoción el hecho de pensar que sería mecida por las olas y acariciada por los pececillos de colores. Le entristeció el hecho de no poder cantar bajo el agua _-Pero no se puede tener todo- se dijo a si misma y de alguna manera se sintió reconfortada.

Después de andar por varias profundidades encontró el Octoposus garden, del que hablaba Ringo Starr en sus canciones, y que la lechuga, de amplísimas nociones musicales, conocía tan bien. Le pidió permiso al pulpo para establecerse, y después de enternecerlo con su historia, no solo logró que el pulpo la aceptase sino que le concediese un lugar privilegiado, cerca de Bob esponja y compañía.

Mi hijo y su amigo decidieron lanzarse al agua tras evaluar los riesgos y los esfuerzos que habían realizado para ser tenidos en cuenta como niños adorables. Al príncipe William de Inglaterra le faltaban aún unos días para casarse, pero el mayordomo Perkins debía estar listo, y fue tan tajante como delicado en sus expresiones; les dijo:    

 _ Chicos, puntualidad británica, por favor, si no están aquí mañana en la mañana me veré obligado a zarpar sin vuestra presencia. Y se lanzaron al agua con aqualungs para tres días.

No hizo falta agotar la paciencia del buen sirviente real, ya que a la caída del sol  los dos niños encontraron el Octoposus garden, y como ya indiqué, mi hijo es un fan irredento de los Beatles, le agarró la botella de aire comprimido a su amigo y le hizo señas para detenerse allí unos instantes. Una vez que entraron y hablaron con el pez administrador, un pez con una nariz puntiaguda como el baterista de la banda, y una vez que se sacaron unas fotos, los dos niños vieron al mismo tiempo, detrás de Bob el esponja, a una lechuga idéntica a la que andaban buscando, pero pensaron que no sería aquella, ya que en el jardín del pulpo solo debía haber algas.

Pidieron permiso para restaurar fuerzas comiendo un poco de la lechuga, y cada uno se zampó una mitad.

Mientras tanto, la lechuga emitía gritos sordos implorando por su vida, por su integridad, cantaba con cierto desespero las mismas canciones que había entonado en mi pequeño jardín trasero, aún sin demasiadas esperanzas de ser escuchada.

 Una vez en casa, el pichón  aún seguía sintiendo cierta tristeza. Pero había algo que estos chicos y yo aún desconocíamos.

A los dos días de ser engullida la lechuga regresó al agua, la del WC., se vio repentinamente liberada de un ámbito cerrado y oscuro que le estaba produciendo claustrofobia. Una vez en las cloacas, tuvo oportunidad de echar de menos las claras aguas del mediterráneo, incluso ese sobrecargado sabor a sal.  - Oh que espanto- se dijo- he perdido todo mi verdor-

La lechuga como los demás alimentos que vagaban por aquellas cañerías había mutado y su estado era compacto pero no rígido. Pensó que la única manera de recobrar algo de su identidad era encontrando a un semejante que procediese también de la huerta, para continuar viaje a lo desconocido juntos. De modo que comenzó a preguntar a todo transeúnte que se cruzaba en la cloaca,

_ Perdón, me puedes decir que eras tú antes?-

_ Yo era dos perritos calientes con mucho chucrut- le dijo el primero.

Y así se fue encontrando con boñigos conformados , unos de pescados, otros de carnes variadas con sus guarniciones, otros por huevos fritos, hasta se encontró una ensalada , pero su decepción fue grande cunado supo que en ella había también zanahoria, todos aquellos carotenos juntos era algo que no podía soportar.

Hasta que, no sin aliento, pero con mucho menos fuelle, le preguntó a otro sorete por su procedencia y este le dijo que había sido una lechuga, mostraron su alegría por haberse conocido y partieron juntos en ese frenético viaje hacia la desembocadura en algún vertedero. 

Por la noche en un merecido descanso, le contó nuestra desmejorada verdura a su nuevo compañero, que otrora fuera una lechuga recuperada, que había sido arrojada al mar por dos niños de los cuales uno había sido su amigo antes de traicionarla y zampársela luego de darle caza vestido de buzo en el fondo del océano, el otro boñigo no pudo creer lo que oía, y exclamó:

- Mi media naranja!. Yo soy la otra mitad, que quedé atrapada en el estómago del amigo de nuestro salvador asesino.

Entonces se dieron un abrazo tal que quedaron nuevamente fusionadas, lograron recuperar por una vez más la ilusión de la vida, y en esta ocasión se convirtieron en un temible sorete de dimensiones que infundía respeto a su alrededor.

Al poco tiempo de andar con su nuevo aspecto, se dio cuenta que si bien frente a un espejo sus opciones de sentir orgullo sufrirían cierta merma, también era cierto que de ahí en adelante nadie desearía comerla, tocarla, ni molestarla en lo más mínimo. Una de cal y otra de arena.

Según Platón, todas las partes del universo se mantienen unidas por amor compasivo, se dijeron uno a otra y viceversa.

Pero una semilla de aquél enérgico vegetal volvió a echar raíces en la misma maceta en que mi hijo la colocó en un inicio; durante el invierno y a la intemperie crecieron nuevas hojas rozagantes.

No cesa en brindarnos sorpresas nuestra adorable lechuga Be Bop.

 

 

 

Yellow submarine Be-bop

Yellow submarine Be-bop

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Published by martinguevara - en Relax
10 junio 2019 1 10 /06 /junio /2019 17:28

Hay malas hierbas que se expresan a través de cardos y otras en forma de flores. Hay zonas umbrías por el efecto de una amenazante tapia guardiana y otras por la sombra de un manzano en flor.

Así mismo hay tristezas y tristezas.

Hay recuerdos que apenan el alma porque nos retorna la sensación de un vacío tras el barniz, de un engaño, de un abandono, y otras memorias que nos entristecen porque reviven algo precioso, un ser amado que ya no está, un instante de felicidad que se presiente tan lejano y ajeno como cuando sucedió, y que sin embargo tuvo lugar.


Cuando era chico cruzaba del hotel donde vivía a la escalinata de la Universidad de La Habana, en el lado derecho del Alma Mater había unos arboles con sus ramas entrelazadas, me embrujaba subir hasta el tope del follaje e ir pasando con mucho cuidado de árbol en árbol intentando no vencer con mi peso las ramas que los unían. En ese instante con los ojos abiertos atento a los peligros, era no obstante como si los tuviese cerrados y fuese reproduciendo en la vigilia uno de los sueños recurrentes, en el cual conseguía mantenerme a flote a una altura similar a la de aquellos arboles, y pasaba por encima de la gente y los problemas nadando en el aire. Eso fue bastante antes de conocer el ron.


Hoy sentí que mi abuela, aquella que cuidaba de que la nuez que se me había prendido al pecho no me subiese hasta la garganta, me acarició la frente una vez más. 


Y la nuez bajó.

Estaba a punto de regalarle una lágrima a un cardo, a la sombra de una tapia, a una tristeza gris, cuando apareció una flor de hierba mala, la sombra de un manzano cuya rama se extiende hasta el regazo del Alma Mater que resguardaba el ímpetu de mis vuelos errantes.

Ala Mater U. de La Habana y árboles laterales

Ala Mater U. de La Habana y árboles laterales

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Published by martinguevara - en Relax
10 junio 2019 1 10 /06 /junio /2019 17:08

Durante los primeros años de mi estancia en La Habana vivía en el Hotel Habana Libre, que había sido antes de la Revolución Hotel Habana Hilton. Cada mañana bajaba a desayunar a un coqueto restaurante en la planta Mezzanini, ordenaba un par de huevos fritos que venían con unas gruesas fetas de jamón caliente debajo, y pedía además una ración queso fresco. Me comía los huevos pero el jamón y el queso lo metía dentro de los panecillos calientes untados con mantequilla, los envolvía en las finas servilletas de tela blanca y los llevaba a la escuela.

Mis compañeros del colegio no tomaban el desayuno en aquel restaurante, y la gran mayoría hacía años que no habían tenido la ocasión de saborear el jamón. Yo me ocupaba de acercarlos a ese recuerdo impreso en el hipotálamo.

Una tarde se acercó uno de los “compañeros revolucionarios” del ICAP que atendía a mi familia, y se tomó un tiempo para explicarme que en Cuba se había hecho la Revolución para que todo el mundo fuese igual, sin embargo-dijo- aún quedaban cosas por hacer, y por el momento la población de “fuera del Hotel” no tenía el mismo acceso al modo de vida que generosamente la Revolución nos estaba brindando a los de “dentro del Hotel”.

Sugirió que no llevase más los bocaditos de jamón al colegio, porque los niños podrían estar llevándose una idea equivocada.

En ese instante conocí el carácter subversivo de dos de los elementos más extraviados y extrañados en la isla de Cuba: el jamón y la verdad.

El jamón y la verdad

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Published by martinguevara - en Cuba flash. Relax
16 mayo 2019 4 16 /05 /mayo /2019 19:28

Unos le decían "El edificio de la tradición" porque casi no se producían divorcios entre los muchos vecinos que allí moraban, y otros, sin más, le llamaban la "Torre del gustito"

Comenzó como empiezan casi todas las cosas que valen la pena, por casualidad. Una tarde un vecino de los altos salía del ascensor cuando entraba una del tercero, explosiva, generosa en todo lo que es menester llevar, ella iba mirando hacia a atrás y su mano se coló en la entrepierna del gratamente sorprendido vecino, por una milésima de segundo pareció que la mano se demoró un poco más de lo que el decoro y las buenas costumbres sugieren, el instante duró tan poco que casi no tuvo existencia, pero desató tanto en miradas, suspiros, aromas, pérdida de noción de espacio y tiempo, aceleración de ritmo, que en la existencia permaneció como eterno.

Una vez volvieron a encontrarse pero ya en sus ensoñaciones de sofá, esos senderos interesados por los que la memoria arrastra a los recuerdos, y decidieron plantear en una reunión que de los tres ascensores, quienes usasen dos de ellos, durante el trayecto tendrían total libertad para tocarse, franelear, besarse y restregarse pero sólo hasta que el ascensor llegase a su destino, no era menester subir y bajar como un acordeón poseso. No pasó mucho tiempo hasta que a raíz de la subida vertiginosa del gasto de mantenimiento y limpieza del habitáculo móvil, tuvieron que acomodar las cuotas de la comunidad, pero se saldó por unanimidad sin un pero ni una queja.

No siempre el o la partenaire era de los favoritos, pero cualquier pasajero servía para llegar a casa sin pensar en la tele, sobre todo porque en el edificio ya se había desarrollado un disfrute de la vida, un optimismo contagioso, y ciertamente una alegría lasciva, nadie salía a tirar la basura en pijama y pantuflas amofetadas, casi cada vez que los andantes subían y bajaban lo hacían enfundados/as en sus pantis, con lencería visible o sin ninguna prenda interior zapatos de tacón, con jeans ajustados, colonias seductores y escotes profundos.

A los solteros los invita al proceso inverso, primero se entonaban en casa con alguno de los medios al alcance y salían raudos al encuentro de la sorpresa que les deparaba esta modalidad para adultos de huevo kínder. Era condición sine qua non tratar al ascensor como tal, por lo que había sido concebido, nunca por lo que se había convertido. No hacer referencia a lo allí ocurrido ni siquiera entre los miembros de la familia, sabían que para mantener la lozanía de aquella felicidad debían distanciar los mundos, el elevador era algo más allá de un compartimento estanco, de un espacio privado, era otra dimensión.

La higiene era fundamental, salir de casa sin una revisión estricta de las ingles, axilas, boca e intimidades más celadas, podía representar un error que lamentar durante largo tiempo, en los edificios los chismes corren como telegramas. 

A veces se llenaba el ascensor con cuatro. Se llegaron a armar exquisitos entreveros que encendían el espacio hasta el piso cinco, luego un trío hasta el nueve y una pareja al veinticinco, y de ahí en más cada uno arribaba a su casa con su cuota de alegría inusual en los demás hogares del barrio, no importaba cuanto tiempo llevasen casados, casi cada noche, día, tarde, en el catre, el sofá, en la cocina o en la ducha, sonaban campanas de fiesta. 

Tal era la fama del Edificio que más allá de los límites del barrio incluso de la ciudad la gente procuraba conocer un vecino afortunado que viviese de la mitad hacia arriba. Todos preferían un café en casa de esos amigos que un asado en el parque, los carteros llevaban las cartas hasta las puertas no se limitaban a dejarlas en el buzón, las visitas de fontaneros, electricistas inspecciones técnicas,  eran permanentes, nada complacía más a los repartidores de los mercados que los pedidos a domicilio de aquel edificio, así como los de correo de paquetería.

Eso sí los noviazgos de los vecinos jóvenes duraban lo que un banquero en un juicio, varios ni se molestaban en formalizar relaciones. Era como si brotase champán de un fuente las veinticuatro horas.

Y si al llegar a casa uno de los componentes de la pareja existía un desnivel de los vapores entre ambos, quien requería un toque de pimentón se daba una escapada de ida y vuelta al bar de la esquina.

Aún así no podía evitarse del todo que se produjesen algunos divorcios, como era el caso de los del primer y segundo piso que casi nunca pasaban de asir con fuerza casi desesperada un pecho o un escroto resignados ante la injusticia de la inmediatez con que se abrían y cerraban las puertas, tanto que incluso en una reunión se abordó la posibilidad de dotar de un freno al ascensor entre la planta baja y el tercer piso aunque se desistió finalmente dados los costes.

También enfrentaban mayores tensiones los de la últimas plantas que a menudo llegaban a sus aposentos descargados y suspirando, aunque a diferencia de los vecinos de las primeras plantas, si se divorciaban ninguno de los dos quería mudarse del edificio, a veces hasta resignaban verdaderos patrimonios para permanecer en la paz de sus alturas, pero por lo general, ante la creciente demanda de aquellos pisos, apartamentos y buhardillas, cuando un matrimonio de las alturas se separaba, con el fin de evitar los constantes llamados al portero eléctrico colocaban esos carteles brillantes y bien visibles desde cualquier punto del barrio: 

 

-No se vende-

 

 

Homenaje a Hopper- Lockwood

Homenaje a Hopper- Lockwood

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29 abril 2019 1 29 /04 /abril /2019 17:59

 

Nací el 3 de Mayo de 1963, el día de mi treinta cumpleaños, en 1993 la Asamblea general de la ONU proclamó ese día, el tres de Mayo como Día de Mundial la Libertad de Prensa. Mis dos padres estudiaron periodismo, el viejo no ejerció nunca y mi madre, que tenía más madera de relatora, lo tomó de a ratos y lo fue dejando como se abandonan las cosas muy personales para siempre y jamás. No ejercieron porque entre otras cosas se dedicaron a creer en los dioses del Panteón de la revolución.


Visto con retrospectiva, parece que me educaron para saber molestar,  nunca importé más de un bledo en casa, sin embargo y aunque perdí chorros de posibilidades de albergar en mi pecho una justa cuota de autoestima, nunca me rendí ni dejé de joder, y entre toda esa inmensa pérdida de tiempo, algunos tesoros, preciados, me dediqué a gastar la suela de los zapatos en busca de placeres, amigos, historias, risas, problemas y amor.


No estudié periodismo, sin embargo, a lo largo del tiempo me convertí en cronista necesario de los entornos que presencié, de la gente, los sentimientos, la belleza y tanto el brillo como el óxido de los filos de la daga que descansa en mi costado. Siento que atravesé la vida para hoy poder contarla, para mostrar los dolores de la gente, el lado amable de sus intestinos y la traición. Y lo hice practicando el amor a la libertad, al bien , a los colores pastel y azul marino, a los perfumes, a  la luna y la mesa, la buena música y mis árboles vecinos, esos que tienen algo de mi madera. Por alguna razón la frase que le atribuyen a Orwell acerca de la diferencia de la obsecuencia al poder y el periodismo decente, se hizo carne en mi desde temprana edad.

Soy ateo y escéptico, pero que loco esto de que haya tantos elementos del mismo conjunto dando vueltas alrededor del tres de mayo, de Tauro, de la libertad, la palabra escrita, los sofás, los labios y las tetas mullidas.

Con el as de bastos 

 

As de tauro y de libertad
As de tauro y de libertad

As de tauro y de libertad

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Published by martinguevara - en Relax
12 abril 2019 5 12 /04 /abril /2019 16:31

Un amigo que es un buen tipo y tendría toda la razón si me hubiese estado burlando, se molestó por mi videíto de "Una monedita por favor que no quiero trabajar más"; deseo hacer un descargo para evitar malos entendidos a tiempo antes que me den, además de aclarar que a menudo experimento con las respuestas de la gente en la calle, sin grabarlas porque voy solo y porque no es ese el fin, haciendo preguntas absurdas, cantando o bailando en la calle, representando un sketch, es algo que me apasiona hacer sin fines de difusión, sólo para saber más acerca de nosotros como especie y como sociedad.

Llevaba diez minutos haciendo un experimento en la calle con una pizca de humor y me sorprendieron algunas reacciones, así que busqué un sitio donde poner el teléfono y grabarme, pero en este trozo captado no se produjeron las mismas situaciones, aún así se puede ver lo duro que es pedir y no ser visto.

Durante un tiempo tras una larga experiencia de cambios en mi vida, algunos provocados y otros por consecuencia, llegué a quedar en la calle. es una larga historia y prefiero hablar de las cosas lindas o grotescas que llamen a plantearse, a corroborar, a comparar, a asociar a conmoverse con la realidad o la fantasía, sin abordar estos días; pero sí, compartí tiempo con el estrato social menos favorecido y menos atendido en todos los aspectos.

Cuando me echaron de Cuba ya estaba completamente alcoholizado y disperso mentalmente, o quizás no, tal vez estuviese centrado en mi destino, la cosa es que en Argentina fui profundizando cada día en esa dirección, llegué a una situación, no digo límite, porque el límite nunca lo conocemos hasta que lo rompemos y pasamos al otro lado, pero tenía 56 kilos de huesos, fracasos y tendones, era todo alcohol y sucedáneos, el alma pesaba como un yunque, pero también estaba lleno de vida y de amigos.

La cercanía a la muerte durante la juventud, se da en aquellos que están tan llenos de vida que sólo pueden canalizarla mediante una explosión.

La calle me esperó y fue dura, empecé a dormir en albergues de Caritas, comidas de Caritas, abrigos de Caritas, no quería pedir nada a ningún familiar ni que me viesen necesitando y suplicando, excepto tías Nilda y Celia y primo Taco ; todo lo ateo y anticlerical que soy, lo soy también de agradecido a esas señoras, monjas y sociólogas tan cariñosas en momentos tan desesperados del prójimo al que nadie presta atención.

Conocí gente increíble, Caritas prefería dar albergue a quien acababa de caer en desgracia porque no teníamos todavía la mugre de la ciudad tatuada en el aura, aún teníamos las uñas y piel humanas, el bronceado de la playa es muy distinto al de la calle, y podríamos salir antes del polvo, conseguir trabajo con la ayuda de la sicóloga, y sobre todo con un poco de afecto y cuota de obligaciones; pero aún así conocí a muchos viejos que llevaban años en la calle, uno había dejado de robar y eligió vivir fuera del delito, no tenía otra manera que así, era un maestro jugando a las cartas y una enciclopedia del tango, había otro personaje, lo recordará mi amigo Omar Salinas, ese no lo conocí en un albergue, sino en uno de esos llamados "hotel de paso" aguantaderos de precio módico, era un Pereyra Iraola, tenía hijas casadas en la catedral, a las que ya no veía desde hacía años, estancias tan bellas como extensas, cruceros por Europa en años que era exclusivo de un sector, muy reducido, un edificio en Diagonal Norte del hermano, y cosas por el estilo.

De mi también decían -mirá uno de los Guevara Lynch en la lona- pero la verdad, es que si yo salía de mis tribulaciones mentales de ninguna manera me esperaba una vida suntuosa, a Horacio sí, pero llegaba muchos años cayendo, lo metieron en las mejores clínicas, mientras lo iban echando de una, iba a otra cada vez menos buena hasta que empezó a ir a las malas, y un día solo le quedó un hermano que lo quería, y le dijo.

- Te pago este tipo de hotel- ellos podrían pagar el Alvear- y cada día tenés que presentarte limpio en mi oficina a la mañana y te quedás en el edificio hasta la tarde- como en un trabajo, hoy cuando lo pienso, el hermano lo quería bien.

Era alucinante, se emborrachaba de una manera que nunca más volví a ver, los ojos se perdían en el infinito, pero no como se nos perdía a todo borracho, bueno, de mi dijeron que también me emborrachaba así, pero no, porque él aparecía en una escalera, en el suelo, en un baño, como yo, pero a las ocho estaba de pie con el traje percudido pero doblado impecable sobre el pecho y la corbata anudada al estilo Windsor, el pelo mojado como si estuviese engominado, cigarrillo en la boca, voz gutural, camino a la oficina del hermano. A esa hora ni recordaba la noche anterior ni propinaba un trato cercano, a la mañana era el Dr. Jekyll ¿ O en realidad ese ser intentando regresar a la parte de la sociedad que lo destruyó y lo expulsó era Hyde, y Jekyll era el  que abría la puerta de salida a sus tormentos y fantasmas con las primeras ginebras vespertinas?

Deseo que Horacio haya zafado porque era buen tipo, y porque en medio de su melopea me decía: -Martincito vos sos pariente mío, somos de las familias fundadoras, cuídate-, y al instante se volvía a perder en sus estertores de otra dimensión, de un hombre que aún teniendo todo asegurado no conseguiría sacarlos de su pecho sin llegar al final del camino.

Ernesto y la esposa brasilera. Nos habíamos cruzado dos veces en el camino, ellos viajaban por la vida aliviando la mala suerte de quien pudiese tirarles unas rupias, una vez fueron a Coqueiros, a averiguar porque Rubén perdía cada día más clientela habiendo comprado un boliche de música brasilera tan exitosos en San Telmo. Según Rubén la sesión fue sorprendente pero no hizo nada de lo que le dijeron, a los pocos meses vendió el local por menos de la mitad de lo que lo compró. Aunque creo más bien que fue porque el jueves ponía jazz, el viernes y sábado brasilero, y el domingo folclore nacional, una melange que, en cualquier caso confundió tanto a los parroquianos como a los fantasmas que según la esposa de Ernesto impedían ver al final de la noche una caja registradora cansada de trabajar.

Había por supuesto otros que no hacían ninguna gracia, pero de cada uno se aprendía y cada uno tenía una historia, unos hijos, hermanos, padres, primos, amigos que ya no querían verlos nunca más.

Viví así y lo porto en mi corazón como un tesoro, también viajando por América sin un solo cobre después de gastar los veinte dólares iniciales, vender el reloj y el abrigo de pluma para invierno de sur argentino, durmiendo en albergues de pordioseros de los cuales Joao Bautista se hizo mi parceiro por meses en la carretera, hermano siamés de ruta, muchas veces la única diferencia entre un sin techo, un ciruja, un clochard, un mendigo, un linyera, y aquellos que le rodean, es que en un monento de su vida, pudo más su vergüenza que cualquier transigencia;  es una parte de mi vida a la que guardo un respeto sepulcral, es gente a la que no usaría para saciar ni la más mínima vanidad, cuando he avanzado unas líneas sobre aquellos días y sobre aquellas personas, me emociono en cada párrafo y los recuerdo en su altar con respeto, con cariño, con solidaridad y la justa cuota de dolor compartido.

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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax
21 enero 2019 1 21 /01 /enero /2019 22:00

En Canadá un hombre de cincuenta y seis se creía una niña de cuatro años y amparado en la ley de perspectiva de identidad, se hizo trans edad y trans género, como sus padres habían fallecido de ancianos,  la ley lo consideró una niña desamparada y fue adoptado por un matrimonio de lesbianas que ya había adoptado a una niña de cinco años, así es que se viste de rosa, se pone moñitos, zapatitos de broche y juega a las muñecas con su hermanita mayor. Sus hijos lo procesaron a su manera.

En Estados Unidos un grupo pelea por lograr que la ONU reconozca la trans raza, ya no quieren ser anglo descendientes sino afro descendientes, se tiñen la piel, se encrespan el pelo, lo de bailar lo llevan como pueden, y buscaron padres y familias afroamericanas que los adoptaron. Imagino que los blues loscantarán mejor que cuando eran blancos.

También en EEUU una señora que no anduvo con suerte en el matrimonio, se declaró del género de la "mismidad", se dio cuenta que no quiere tener relaciones con hombres ni con mujeres, se da placer a sí misma, se mantiene, tiene un espejo de cuerpo entero, se considera feliz sola y entonces decidió casarse con ella misma, y es así que figura como su propia esposa, si a ella le ocurriese algo ella misma sería la beneficiaria.

En Inglaterra una entrenadora de delfines se casó con su delfín por la ley de género que ampara sentirse un animal. Me pregunto si habrá oficiado de sacerdotisa la sirena, para que la unión sea contemplada de forma anfibia. 

Basándome en esto y no quiero que lo tiren a broma, en este solemne acto, aunque luego iré a formalizarlo al juzgado mientras continúe siendo persona, me declaro Pinga, a partir de ahora buscaré una mujer que se crea coño para probar como va la cosa, bueno, hoy por hoy no tiene que haber sido una dama, con tal de que se crea coño es suficiente.

Mi nombre es Pinga para todo el mundo.

O sea que todo yo soy una pinga, un tremendo pingón de un metro setenta y siete centímetros, dejo a Rocco Siffredi, al Niño Polla, a todos los de Zaire y al de la beca que iba a la ducha sin toalla a la altura del betún, esa ventaja del tamaño Guiness es obvia, la otra que es que tengo dos morrongas, una soy yo, y la otra es la que conservo de antes de mi cambio de identidad, pero además tengo una tercera ventaja en que nadie pensó, cuando los años vayan cayendo, me seguiré levantando como un resorte sin necesidad de pastillas ni elixires.
Bueno quizás ya muy adentrado en abriles deba usar algún rudimento, espero que no un andador y que no se vuelva a poner de moda aquella canción de mi juventud en Cuba:

"Se me perdió el bastón/ se me perdió el bastón"

 

 

 

 

Nueva identidad

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Published by martinguevara - en Relax
20 enero 2019 7 20 /01 /enero /2019 01:24

La verdad es que ni soy, ni me siento el animal político de Aristóteles. Han sido años de inercia. Ni siquiera opinaría de política si no hubiese sido tamizado por una recia sobre dosis directa a la aorta de Cuba y de todo lo que de ello se desprende, sumado al entorno de idolatría y endiosamiento al hermano de mi padre en algunos ámbitos, a la vez que en otros un encono en su contra igualmente hiperbólico.

Habría seguido sintiendo cada injusticia en lo más profundo de mi ser, pero creo que no habría tenido elementos ni la pulsión por canalizarlo a través del discurso político e ideológico.

Si hubiese sentido mayor pena por un ser humano sufriendo frío, a lo mejor habría sido ingeniero textil o de energías alternativas, si me hubiese apenado más alguien con hambre me habría dedicado al sector alimentario, agricultor, ganadero, si el alma me la hubiese embargado un mendigo sería ingeniero civil, arquitecto, constructor, poeta maldito, eremita, o mendigo.

Tantos caminos me habría sugerido mi sentido común natural para llegar directo a los asuntos que me conmoviesen, antes que el atajo intangible de hacerme de un discurso, de un sistema de pros y contras, de altanería moral, de declaraciones rotundas y altisonantes de principios, de iconos, fetiches, paradigmas, constructores de la nada, que de nada y para nada sirven.

No lo puedo asegurar, pero así como intenté con el vino y el tabaco obteniendo buenos resultados, y con el café y los pinchitos forajidos sin demasiado éxito, intentaré alejarme de escribir con el estigma del permanente barniz político, de esta posición clara y diáfana que no requiere de ninguna reflexión previa para encarar cualquier cariz ético.

Y acaso a través de ese camino regrese de vez en cuando a criterios políticos más saneados, desintoxicados, alejados del mínimo atisbo de dogma, a participar y opinar sobre lo que puedo modificar, destituir o edificar. Nos acostumbramos a blasfemar contra Guarapo Castro, Trump, Putin, los chinos o los banqueros, y nos olvidamos que los indeseables están más cerca, en la misma esquina cuando nos cobran veinte céntimos más el café, la carne pasada, o aun más cerca, cuando de nuestra propia sangre nos pican con más alevosía que el mosquito "Aedes aegypti"

Aun debo un artículo sobre los sesenta años del sempiterno gobierno en Cuba, no en sentido cronológico como el que publiqué el día que se cumplió el aniversario, sino auscultando la posible herencia del sistema, cuatro charlas ya pactadas, y después ¡voilá! observación del entorno y del interno, escribir sobre las miradas, sobre los roces, sobre lamer chocolate o vulvas, sobre el campo, el olfato, la noche en la ciudad, la risa y los ruidos, la amistad y el sacrificio, la almohada, el asma, las traiciones, el abandono, el desamor, el placer y el dolor, la uña enterrada en el canal raquídeo y las diferentes eyaculaciones, sobre lenguas, vaginas, anos, o sobre la socorrida mano de las pajas patéticas, vergonzantes, solitarias, escondidas, perdedoras, silenciadas, pero gozosas como el baile de mil demonios antes de la siesta.

 

A la mierda la jerga política

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Published by martinguevara - en Relax Opinion crítica. Cuba flash. Argentina frizzante
9 enero 2019 3 09 /01 /enero /2019 18:08

Gracias a una de esas posibilidades que ofrece la modernidad quedé con una señorita que decía contar con cincuenta y nueve abriles, ello me inspiró el recuerdo de mi devoción por la profesora de Astronomía cuando descruzaba las rodillas para volver a cruzarlas bajo su escritorio, dando bandazos de muslos aterciopelados y coloreados por el sol caribeño, y siempre que la visibilidad lo permitiese, apreciar la resguardada entrada a la cueva sede del concilio de dioses y demonios, que todo feligrés y pagano de aquel aula y alrededores ansiaba conocer casi tanto como los placeres prohibidos de la Yuma.

Bueno, cincuenta y nueve ya no es lo mismo desde los cincuenta y seis, que unos treinta y pico a cuarenta desde los diecisiete, pero para jugar a papá mamá durante los rounds que pudiesen aguantarse en pie y después cada uno a su casita, representaba todo un honor, y un nada desdeñable placer.

Si fuesen cincuenta y nueve.

Llegué al bar con la clásica mezcla de entusiasmo y expectativa de quien está a punto de salir a un escenario, faltaba un minuto para la hora acordada, y recibí un mensaje preguntándome si ya estaba, entonces pensé que ella llevaba más inquietud aún que yo y me dije- Hoy Pepe se moja hasta empaparse-.


Cuando llegó casi la trato de usted. Aquello sólo podía tener cincuenta y nueve años en el principio de la cifra que describiría la solera de aquél desmesurado crisol de arrugas y más pliegues, ora en manos, ora en brazos, escote, cuellos y lo digo en plural porque eran tantas las arrugas, que parecía llevar una nutrida cantidad de pescuezos. Más que un timo era una afrenta, un desfalco.

La primera mirada fue de total sorpresa y la segunda fue para buscar la mesa más retirada y resguardada de luz y del tránsito humano. Pero aún deseando huir despavorido, preferí mantener en mi pecho la medalla de caballero que yo mismo me otorgué frente a la estatua de la traicionada y depreciada reina Juana La Loca, una tarde de magia y luz en Tordesillas, y entonces le dije:

-¿Qué deseas tomar? evitando hipérboles como "preciosa" "bella" o el atrevido "bombón". Más que nada porque de ser cierto sería el fósil de un bombón de la corte de Doña Sancha previo al arribo a Europa del chocolate y el azúcar . 

Para mi sorpresa en medio de una charla menos animada que las palabras más lúgubres dentro de un panteón familiar, me confesó que "ella no confiaba en absoluto en las citas porque había muchos hombres mentirosos". Todo era tan del absurdo de Ionesco que asentí casi con la misma resignación del esposo al que la señora le pregunta antes de apagar la luz para dormir en pijama: ¿aún me amas?.

Sin embargo la absoluta libertad para comportarme como me diese la gana que me brindaba tal oportunidad, a sabiendas ambos que había sido vilmente conducido hasta allí para probar mi flema frente la revelación del más abyecto de los engaños, y el derecho que ello me otorgaba a encabezar cualquier tema de conversación o un silencio prolongado hasta bastante rebasados los límites que los buenos modales sugieren, me hizo sentir no del todo engañado, o mejor dicho, no del todo molesto por semejante embuste y me permitió la libertad de usar un interlocutor válido para abordar el tema que me viniese en gana. Pero tampoco había algo de que hablar que no fuese sobre marcas de lavarropas o de tiempos de cocción de granos y legumbres; así que al cabo de mi jugo de uvas, y de observar cada parte visible de su anatomía para asegurarme de que ni con la imaginación de Lewis Carroll conseguiría una pizca de motivación, le espeté, como respetuoso benjamín en presencia de la más excelsa ancianidad, un -Que bellos ojos tienes- que sonó más bien a:

-Al menos el color de los ojos no se arruga-

¿Sería mayor la tentación al engaño que al pecado de la carne, o el control sobre el armado de esa ficción conseguía vencer a cualquier resignación?
Pagué, nunca había estado tan feliz de despedirme de un billete, y nos dijimos adiós recordando" cualquier cosa ya estamos en contacto". Me sorprendió ser abordado por una sensación confortable, de orgullo de mi bondad, de haber abonado el coste total de alguna socarronería del pasado. 

De camino a mi coche la idea de que una de las enormes pasas de uva que hacían las veces de tetas se me metiese en la boca fue tan aterradora que debí sacudir mi cabeza a ambos lados como si tuviese una avispa, e introducirme en un supermercado para comprar un buen pedazo de queso y fetas del mejor jamón, me había ganado con creces el derecho a no volver a portarme bien por el resto del día.

Eso sí, si escucho de nuevo alguien decir que la lascivia y el vicio hacen embusteros a los hombres, no lo volveré a saldar con un trozo de gruyere, ni siquiera con el mejor de los jamones.

 

 

 

 

 

Cronos

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