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6 julio 2013 6 06 /07 /julio /2013 02:06

 

 

Primer día.

Martín y Alejandro encontraron en el jardín un pichón de un tipo de pájaro que no sabemos cual es, hemos visto un nido con pichones en una parte del tejado bajo, pero estos eran de otro tipo, así que pensamos que se trataría del tejado de la última planta, no podíamos devolverlo a su madre, entonces Martintxo, tras suspirar profundamente los sollozos que le habían provocado la idea de que inevitable e inmediatamente el pichón iría a tener un desenlace fatal, se informó en internet y ahora lo tiene en una caja con una bolsa térmica cervical, un foco de luz para dar a la bolsa calor y un nido vacío que teníamos en una conífera del jardín. Lo alimenta con comida para peces embebida en agua y a la vez soluciona el tema de la hidratación.
No está como con su madre, y no hay que hacerse ilusiones que pase de un par de días, pero al menos ha caído en las mejores manos que podía caer. 
Cosas así son de las que me siento orgulloso. Como algunos padres se sienten cuando su hijo les trae calificaciones notables del colegio. 
Lo encontró un hijo mío y el otro está rasguñando entre el límite de la fantasía y eso ordinario llamado real, en busca de alguna posibilidad de dotarlo de vida, o de hacerle lo menos espantoso el tiempo que le quede, permitiendo al alma de ese bichito conocer a través de una decidida protección, el amor de otra alma con quien se hermanará para siempre pase lo que pase. Me conmueve y me educa
Nunca había imaginado lo tan cercano a mi atormentado espíritu de otrora que podría anidar el bien.

 

Tercer día.

Alejandro se acaba de ir a las Canarias donde reside, y el pajarito que resultó ser un estornino como el que tuvo Mozart domesticado durante tres años, muestra  una vitalidad increíble.
En día y medio Martín se doctoró en estorninos, y le da de comer y lo cuida, el bicho ya es como su chancho amigo de toda la vida. 
En fin, una delicia

 

Sexto día.

El estornino que había comenzado a responder al nombre de Platón y mi hijo Martintxo, trabaron una particular amistad regida por un intenso y genuino cariño. 
Durante seis días y cinco noches aprendieron a comunicarse con caricias, con sonidos, con comida, con esa magia propia del tiempo compartido.
Después del mediodía de hoy Platón se mostraba débil. Le suministré agua con una jeringa, -¡ Uf que suerte! sólo tenía sed- dijimos- pero a las pocas horas nos mostró que ya se iba, le pidió con ese gesto del pico a Martintxo que lo tuviese una vez más, mullido en sus manos y ahí se quedaron juntos los dos pichones, haciéndose compañía en un momento triste y bello a la vez. 
El pajarito abrió el pequeño pico lentamente dos o tres veces más acurrucado en las manos de Martintxo, le insinuó que había sido feliz y le dejó amor y vacío en generosas porciones y en partes iguales. 
En el instante en que Platón murió mi hijo estaba dentro suyo y pudo despedirse.
Le escribió una carta, lo enterramos, le pusimos tres rosas rojas y yo no intenté consolarlo, sino darle a entender que hoy se lo más apropiado sería que sintiese la pérdida y presencia de todo aquello que sólo les pertenecía a ellos dos. 
Platón el estornino, era un divino bebé. 
Hoy hace una noche calurosa y la vida sigue, y acaso más tristeza que la propia muerte del ser querido, da el percatarnos de que estamos dispuestos a continuar sin ellos, a olvidarlos, a enterrarlos el pasado, junto a la inocencia y al amor, para seguir con no se sabe bien que tipo de vida, que tipo de bagaje, ni que tipo de recuerdos.

 

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15 junio 2013 6 15 /06 /junio /2013 01:41

 

 

Al principio de todo había unos hombres que cuando veían un río, unos palos y sentían un ardor en el estómago salían a pescar sin mayores preámbulos. Actuaban sin más. Otro tipo de hombres veían el palo, el río sentían hambre y se miraban a sí mismos pensando ¿ y yo que hago con todo esto?. A estos les aterrorizaba la idea de que sus vidas dependiesen de sí mismos, de su capacidad para procurarse el sustento.
Entonces hacían dos tipos de cosas diferentes.
Unos con determinadas características tomaban el camino más rápido y se apoderaban del mando mediante el garrote. 
Otros cuando el hambre se hacía insoportable iban a la orilla del río a dar lástima, a pedir o a comer las sobras.
Había un tercer grupo que procuraba equilibrar su holgazanería e inutilidad entreteniendo a los que habían conseguido comida, divirtiéndolos, contaban historias o chistes, tocaban el tambor, cantaban, entonces el público agradecido les cedía gustosamente parte de su botín para que lo repitiesen .
Así se comenzó el espectáculo, el entretenimiento, el arte bufo.
Unos pocos se quedaban en los dominios de la tribu pensando. Cuando estos observaban los palos, los ríos y sentían hambre no establecían ninguna relación entre ellos. El mundo material les daba igual con excepción de aquello que dotaba de confort. Este grupo hizo el arte rupestre sin procurar alimento a cambio, a menudo morían de congelamiento o devorados por alguna fiera mientras estaban abstraídos, inmersos en sus observaciones de las formas, jamás de los contenidos, nunca en lo práctico, siempre en lo representativo. Y en el pensamiento.
Gran parte de ellos conseguían un mecenazgo estable, de modo similar al bufón pero exponiéndose menos a la evidencia.
Al fin y al cabo, tanto los poderosos, como los artistas más o menos payasos formaron parte en un principio de sectores que en cualquier otra especie habrían estado condenados a desaparecer, pero en la humana llegaron a aparentar gravitar por encima del humilde “hacedor”.
Que en realidad de humilde no tiene nada, sólo es simple porque no precisa de ninguna complejidad, sabe trabajar, lleva comida y arma las chozas. Parecido a aquellos a quienes el instrumento les sobrepasaba el taparrabos, que era otro perfil de los que en la tribu no tenía que saber hacer chistes, ni hacer pensar, ni conmover.
El arte, la riqueza y la evolución han conseguido estar sobrevalorados; la genialidad, el poder y la inteligencia no fueron  más que sucedáneos exitosos, fue el remanso de aquellos que no conseguían atrapar al pez, ni alardear de su pescado.

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Published by martinguevara - en Relax
15 junio 2013 6 15 /06 /junio /2013 00:09

 

 

Me resulta curioso ver como hasta las últimas consecuencias, el neurasténico espíritu latino, y más aún el latino del sur, insiste en la creencia de encontrarse en la posesión de una especial habilidad para engañar a los demás que los convierte en campeones de la "viveza". 
Todos mintiendo a todos, todos estafas a diestra y siniestra, desde las más pequeñas y casi imperceptibles hasta aquellas que establecen nuevos récords, y por supuesto todos sabiendo que el de al lado nos está "embocando", "cagando", "acostando", "engrupiendo", "timando", "bolaceando", "embaucando" y un sin fin de eufemismos para describir el acto del engaño, y permitiéndolo para que a nuestra vez también exista la misma tolerancia. 
Luego un común denominador es que cada país, cada cultura de las que practican este deporte cotidiano son los únicos que se ven a sí mismos como los más vivos del mundo. Nadie más lo ve, ningún otro país lo dice, pero al menos ellos sí. Un país entero al menos cree, o dice creer que son los más listos del Planeta. Bueno algo es algo, por algún sitio se comienza!.
Y otro común denominador es el altísimo nivel de vida, las vacaciones que tienen, los índices de desarrollo, la tranquilidad y la perspectiva de futuro que se disfruta en aquellos países repletos de nativos inocentes, tontos, bobos, come gofio, boludos, panolis, según el criterio de los avispados habitantes de los países "listos", donde por el contrario siempre se vive con sobresaltos, nadie confía en nadie, ningún promesa se cumple, ninguna palabra se respeta, todos están contra todos, aunque aparentemente sea donde más se dicen mi hermano, mi amigo del alma, donde más jura amor eterno en el mismo momento que se ponen los cuernos.
Desde pequeño yo albergo mis dudas sobre lo acertado de estos conceptos, cuando observaba que casi siempre el bobo veranea en los mejores lugares de la tierra del vivo, donde este no puede poner una pie a nos er vestido de pingüino y con una bandeja en la mano.
La mayoría de veces se puede encontrar al bobo en el país del vivo tumbado al sol con un daiquirí que le trajo hasta su sombrilla el vivo, bebida que por cierto es para tontos, porque los vivos beben aguardiente de baja calidad en sitios sórdidos, ya que son tan despiertos que pueden sobrevivir entre las hienas, muchas de esas ocasiones el tonto está con una acompañante que puede ser la "viva" hermana o esposa del "vivo", porque son tan despiertos que le están sacando al bobo lo que él ya había decidido ir a gastarse para pasarlo de maravillas viendo trabajar a los vivos.

De un tiempo hacia acá me enojo menos cuando me toman por boludo. Quizás no sea otra cosa que el método más eficaz para suponerme socio de algún club aventajado.

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13 junio 2013 4 13 /06 /junio /2013 22:26

ADN

 

 

Treinta y dos vasos con líquido en diferentes tonalidades de color rojo.
Alrededor de la mesa cinco personas, dos de ellas perversas, especializadas en causar daño.
-¿ Qué harás si me voy? No podrás meter tu odio en mi cabeza, ni siquiera una bala.
Otros dos que no paraban de balancearse hacia un lado y hacia el otro, vomitaban y se defecaban encima, llevaban sus rabos y sus tetas fláccidas consigo, estaban alertas y sin embargo parecían dormidos, aquietados, pintando las rendijas, taponando la salida a las ratas.
Y había uno más en la punta de la mesa, en la punta de su propio nabo, en el filo del deseo, sudando, cubierto de la baba que expele el odio y vacío de energía positiva, desierto de proyección.
Treinta vasos con una materia pegajosa, rojo desteñido veteado de  amarillo bilis, con un toque blanco de leche cortada, regurgitante. 
Treinta vasos rosados.

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19 mayo 2013 7 19 /05 /mayo /2013 16:32

 

 

Ayer escuché un ruido en la chimenea. Pensé que se trataría de un pájaro atrapado.

En invierno o en los días de lluvia, los pájaros buscan cobijo en el calor de las chimeneas, y alguno de tantos se queda dormido, abrigado por en el refugio hasta que caen por el agujero. Algunos consiguen salir pronto otros aletean y solo consiguen trabarse en la mitad del tubo y morir allí, pocos llegan al hogar y consiguen salir del tiro sanos y salvos sin encontrar brasas ardiendo o un propietario aprehensivo o asustadizo que les aseste un escobazo.

Desde el  momento en que escuché el ruido del ave atrapada sentí que me iba mucho en liberarla, que además de la vida del animal en sí, estaban en juego otros factores.  Abrí la tapa del tiro y desplacé la plancha de hierro que bloquea el techo, quité una plancha metálica del fondo, coloqué agua y un trozo de pan en el suelo del hogar y cerré la puerta de vidrio frontal. Regresé en varias ocasiones a vigilar lo que sucedía, pasé un cable hacia arriba para ayudar a destrabar al animal. Dejé todo listo y me fui a descansar. Durante toda la noche estuvo yendo y viniendo la imagen de Patty a mi cabeza, que me sugería: -no lo abandones, por favor.

Hace muchos años tenía una perrita a la que le puse el nombre de Patty.

Me la había dado Verónica,  poco antes de abandonar la isla con su familia y exiliarse en los Estados Unidos.  Cuando me la regaló me dijo que era de alguna buena raza aunque no sabía cuál: - fíjate en el cielo de la boca- dijo - lo tiene negro, es un puddle de pura raza.-

Poco después no la volví a ver. Me quedé con esa bolita de algodón que se arrimaba a mi cara, sin importarme en lo más mínimo que de raza pura, no tuviese ni los pelos del rabo.

Mi amigo “el Nene”, tenía una perrita de dos meses a la que había bautizado con el nombre de Cacha, así es que Patty contaba desde pequeña con una amiga de juegos. Quizás por esa razón o tal vez por la bondad de que era capaz mi amigo, la cuestión es que cada vez que el Nene tenía pensado hacerme una visita, Patty me lo anunciaba unos doscientos metros antes de que llegara a la escalera de mi apartamento, moviendo la cola y corriendo de un lado a otro del living como poseída por un espíritu.

Un par de años después, cuando tenía diecinueve años  estaba confundido en cuanto al futuro, no tenía intenciones de estudiar, ni de aplicarme en otra cosa que no fuese el presente. De a poco fui abandonando  las escasas costumbres higiénicas y sociales, que aún en contra de mis esfuerzos  habían logrado establecerse en mi cotidianeidad, y en definitiva, aunque me quedaran  muchos compinches llamados amigos, al cabo del día, en el silencio de la habitación en penumbra, al filo del sueño, estaba al borde de sentirme solo.

Las piruetas y los arrumacos de Patty era lo único que lo evitaba. Se había convertido en mi alter ego. No la tomaba  en absoluto como a un animal muy distinto a mi si salvábamos el tema del lenguaje, la condición bípeda, y alguna que otra nimiedad.

Después de ocho años y medio preso,  durante el último año de Gobierno Militar en Argentina soltaron a mi padre de la cárcel y no lo dejaban salir del país. Nos pidió en una carta que fuésemos pacientes, que nada nos obligaba a apresurarnos para vernos, que cuando eso se pudiese hacer se haría. Pero mi madre tenía otros planes. Llevaba viviendo diez años en Cuba y deseaba regresar a su país. Mis hermanos, menores que yo, no presentaban un entusiasmo evidente por volver a un país que en ese momento, resultaba sólo un poquito más familiar que Sri Lanka. Yo estaba entre una cosa y la otra, no me sentía especialmente motivado, por el escaso entusiasmo del viejo ante la posibilidad de un encuentro. Pero aún así, existían motivos de entidad para querer retornar al país que me vio nacer, y el cual permanecía en mis recuerdos, con los trazos que la no siempre objetiva selectividad de la memoria, dibujaba en los contornos,  definiendo las fronteras entre lo que vale la pena añorar y lo que es un alivio haber extraviado.

Volvimos.

Mi madre buscó con quien dejarla en La Habana, y se ofreció una persona que dijo le daría de comer y la tendría en una casa de dimensiones generosas en el barrio de Miramar, hasta que nos estableciéramos y pudiésemos llevarla con nosotros.

Yo comencé mi andadura en mi nuevo país, y Patty había comenzado la suya peregrinando de una casa a otra, aquella mujer no pudo tenerla el tiempo que hubiese deseado, ya que debió abandonar la isla a su vez, y le perdió la pista a la perra, de manera tal que se la perdimos nosotros también.

Cuando me fui de Cuba no  le avisé al Nene, que estaba cumpliendo el servicio militar y salía de pase una vez  al mes o cada dos meses. Existen escasísimas cosas en las que con un poco de esfuerzo puedo ser muy bueno, pero definitivamente las despedidas no están entre esas pocas cosas. En la primera carta que recibí de mi amigo me decía, que  vaya sorpresa se llevó, cuando salió de permiso, y como de costumbre lo primero que hizo fue pasar por mi casa de Miramar, ya que le quedaba de paso a la suya, no escuchó ningún ladrido mientras se acercaba a primera avenida, _”estarán de paseo por la playita de 16”_ pensó- pero su sorpresa dio lugar a la decepción cuando tras tocar el timbre de casa y ver que no le atendía nadie, preguntó a Adela Legrá, una mítica actriz  de cine, vecina de abajo y esta le dijo que nos habíamos marchado definitivamente a Argentina. El Nene sabía que mi madre tenía esos planes, pero no sabíamos cuando nos iríamos la última vez que lo había visto.

¿Cómo Martín se fue sin ir a casa y avisarle a mami y a Jesús, sin despedirse de Orestes , sin venir al cuartel a decírmelo?.  Según sus propias palabras, hasta ahí solo era una decepción,  cuando se enteró de que no nos habíamos llevado a Patty, pasó al terreno del enfado. 

Ni bien tuve la oportunidad de hablar al respecto, le  dije que no podía cargarlo con Patty, que yo  sabía que en su casa habían necesidades no cubiertas, me dijo, “_Martín, esa perrita  es como hermana de Cacha, y como familia mía, tú sabes que aquí en Cuba donde comen dos comen tres.

Por supuesto, nada de eso contribuyó a que me sintiese mejor conmigo mismo.

No puedo decir que no ha pasado día en que no haya recordado a mi mascota, a mi alter ego en animal y hembra, pero caló de manera tan profunda en mi la conciencia de que abandoné a un ser querido, pasó de tal manera a formar parte de mi, la conciencia de que puedo ser insensible y egoísta, que estoy en condiciones de asegurar que no ha pasado ni un día en que la culpa de haber perpetrado esa traición, se haya separado de mi.

Desde ese episodio hasta ahora, siempre que puedo acometo una acción de bien con cualquier animalito. He acogido perros hasta que los dueños los han encontrado, he salvado pajaritos de las garras de una pandillas, salvé a un gato de una muerte más que espantosa a manos de un “valiente” vecino torturador de animales, doy de comer a cuanto bicho se presente en mi jardín.  He aprendido a domesticarme a mi mismo, que de todos los animales que conocía, era el más silvestre.

En la mañana de hoy mientras me disponía a leer en la cama, mi esposa me levantó de un grito,_ Martín, ahí está el pájaro!. Bajé las escaleras lo rápido que pude y miré a través del vidrio de la puerta de la chimenea.

Aleteaba asustado, pero con las energías intactas un hermoso pajarito color gris ceniza y negro hollín. Mi hijo, mi mujer y yo nos dispusimos a abrir las puertas y ventanas del living y finalmente destrabamos la compuerta de la chimenea, el pájaro se quedó inmóvil un instante, incrédulo, y súbitamente, emprendió vuelo por encima de nuestras cabezas  saliendo por la ventana hacia el cielo lluvioso, sin la más mínima intención de detenerse hasta que no llegase al nido del demonio supremo de los pájaros, para ofrecer sus respetos y gratitud.

 Entonces presentí que Patty me miraba,  no con el semblante triste de estos años pasados, sino ladrando con un tono rebosante de alegría, y cuando pude verla la miré de frente, me lamió la punta de la nariz, y con el rabo del ojo atisbé como se alejó lentamente, por la misma ventana que había salido el pajarito, moviendo la cola una vez más.

 

 

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Published by martinguevara - en Relax
6 mayo 2013 1 06 /05 /mayo /2013 23:27

 

 

Hoy me vino el recuerdo de Benedetti paseando sus bigotes, sus pocas pulgas y su enorme dignidad por Alamar,  una barriada proletaria del Hombre nuevo.
Mario Benedetti vivió exiliado en Cuba pero pidió de manera expresa, acorde a sus ideas y a su fibra comprometida que no le diesen privilegios a la altura de su nombre. Podría vivir en París con un departamento en Trocadero. Pero él era así.
Vivió un tiempo en Alamar, una barriada obrera de tipo estalinista, verdaderamente espantosa en lo estético, en la que jamás hubo ninguna atracción estética. Cabe recordar que en Cuba no se construyó ni una sola cosa en 50 años que sea promovida para el turismo, pero ni siquiera promocionado por el gobierno revolucionario. Paradójicamente todo lo que considera el propio Instituto del Turismo como atractivo estuvo hecho desde la época de la Conquista hasta el 1959.  
Pues bien, Benedetti, el gran poeta, bajaba a pie las escaleras del edificio de doce plantas donde vivía, cuando se iba la luz, día por medio, y se iba a comprar con la libreta de abastecimiento, no con dólares sino con dinero cubano válido sólo para chícharos, arroz, huevo y algunas pocas cosas más, a la bodega de la Zona 8.
Hacía su cola impertérrito, y cargaba su compra bajo aquel sol de justicia. Tenía malas pulgas, un poeta solitario, de gran carácter el petiso, de amabilidad ficticia no le sobraba nada, y por eso algunos lo criticaban, porque querían que encima, una de las estrellas de la cultura de América fuese más campechano todavía de lo que era.

Barrio obrero de Alamar

No les bastaba con que viviese en Alamar y caminase por el territorio impreciso del Bachiplan, una polvareda blanquecina y gris con fines inmobiliarios que se introducía por todos  los orificios hasta los tuétanos, ni que siendo uruguayo comiese cada muerte de obispo un bistec,  o que tomase mate con yerba resecada al sol, que quitándose de encima los mosquitos que no conseguía alejar el ventilador ruso, escribiese poemas maravillosos desde aquella barriada obrera como Dostoievski lo hiciese desde la prisión en Siberia, aunque el poeta rioplatense por voluntad propia, y no sólo sin quejarse, sino agradecido. Querían además que don Mario, bajase hasta las catacumbas de lo inerme, donde habita el eco de todas las cobardías humanas, la grasa del tedio, de la procacidad, de la bastedad, el trote de la manada y el berreo del rebaño, del espanto más opaco que representan esos convencionalismos de barrio, la conversación llana, esa nada cotidiana, ese asesinato a la poesía.

Mario Benedetti

Era un eterno conspirador de la pluma, un hombre valiente, eléctrico, amante de lo mínimo, de la lealtad, y aún cuando su lugar en el exilio habría sido un departamento en París o en Londres, nunca se quejó de aquel sol de justicia, ni de esperar su bistec trimestral en la cola infinita de la bodega, ni de resistir la afrenta de escuchar llamarle “Revolución” a aquella cosa amorfa y atonal. Ni siquiera la tortura de escuchar las preferencias musicales del vecindario, que con orgullo exhibían trémulos por la vibración de los alto parlantes de sus radios rusas puestas al máximo volumen, tras las delgadas paredes de aquel departamento del edificio de doce plantas, donde cuando se iba la luz, Benedetti encendía una vela, soñaba acompañar a sus compatriotas presos, a los que ya no estaban, a sus amores, a las hojas caídas de uno de sus otoños, se inclinaba sobre el papel y escribía aquellos maravillosos versos sin una brizna de odio, con esa naturalidad y profundidad de los uruguayos de entonces, con el sello comprometido de aquellas generaciones, versos repletos de admiración por la grandeza del espíritu y también de compasión por la imbecilidad humana, incluso por las victimas y victimarios de aquella y de todas las nadas cotidianas.

 

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31 marzo 2013 7 31 /03 /marzo /2013 21:54

 

 

He comprado el libro Por el camino de Swan, la parte uno de "En busca del tiempo perdido" de Marcel Proust, lo había leído veinte y pico de años atrás, pero lo compré ahora por primera vez.
Me he pasado la vida dando vueltas hasta hace relativamente poco tiempo, y por la razón que sea he conseguido detenerme. 
Hubo una época en que lo único material que me ataba a los lugares, cabía en un bolso, y casi todo ello eran cosas de leer. La mayoría eran cartas. Cartas de mi padre cuando estaba en la prisión, cartas de mis amigos de la primaria, cartas luego de mis otros amigos del otro lado del océano, cartas de amor, y cartas mías. Sí , cartas que me habían devuelto por alguna razón y las guardaba. Lo segundo en importancia, eran cuentos, versos, esbozos de historias, reflexiones, constancias de sensaciones, decenas de estos papeles, algunos borroneados sobre servilletas de bares, otras sobre papeles de cuadernos a rayas, cuadriculados, lisos, con hojas amarillas, verdes, azules, e incluso rosadas, rugosas, sedosas de difícil acceso para la tinta, hojas de todo tipo de papel menos higiénico. Y no por sus nexos escatológicos, los cuales no me habrían detenido a no ser que ya hubiese sido utilizado de alguna manera "propia", sino a causa de su dificultad para mantener el dorso incólume al tacto con la punta del bolígrafo o del lápiz. 
Todos y cada uno de aquellos escritos estaban inconclusos, excepto uno, el de la muerte en túnel de La Habana, que estaba tan terminado, tan perfectamente concluido, que dejaba un poco de incómoda desazón por su halo presagioso.
Lo tercero que había de papel, eran libros. Pero eran muy pocos. No eran incluso ni los esenciales, ni los que creía que eran referencias literarias, tenía una amiga que era la mejor guía literaria con la que se puede contar jamás así que no los necesitaba en absoluto, estaba tan atendido en ese sentido como lo habría podido estar Borges por Victoria Ocampo. 
Sólo que yo era un ente que iba y venía, me había transformado en un extraño incluso para mi. Iba y venía de dentro mío hacia una especie de "afuera" en donde jamás había puesto ambos pies, y por esa misma razón me perdía tanto allí afuera, que parecía como si estuviese a años luz de mi centro de gravedad, del Yo con que más facilmente me identificaba, pero también del que mayor dosis de contaminación solía recibir.
Entre aquellos libros, había uno que conservaba por una razón tan sencilla y válida como innecesariamente sensiblera. Era el primer libro que había leído en el trabajo que compartí con mi padre una vez que nos reencontramos en Buenos Aires, tras una larga separación, el modelo de abandono,   que me conminó a  temer luego y por siempre, a poner ambos pies fuera de ese Yo artificial, pero tan bien recreado. 
Ese libro de Ediciones Cubanas lo guardé por aquella razón y porque era el primer libro de Shakespeare que había leído y que me llevó luego a leer toda su producción en prosa. No he leído aún íntegramente sus sonetos. Y tal vez también concurriese el hecho de que era una forma de premiar el buen camino de ediciones Cubanas en la publicación de un material, al que aún hoy considero el más alejado del adoctrinamiento ideológico a que se veían obligados por la realidad del país. Se llamaba, Comedias. Eran las comedias del brillante director del The Globe. Las alegres comadres de Windsor y La Tempestad se me quedaron para siempre como dos ejemplos de libros que nunca pierden su condición de modernos, con toda la complejidad que ello conlleva, con todo el despliegue de profesionalismo que ello requiere, y sin embargo tremendamente divertidos, con toda la necesaria liviandad que para ello se demanda. Shakespeare y sus libros, los cuales para mi eran un descubrimiento tremendamente revolucionario, ya que invita a pensar en las cosas que a nuestra especie le importan tanto como el kétchup y la mostaza al perrito caliente, en cualquier época; no existe algo más subversivo que plantarle cara a los artificios creados para dividir a los hombres, recordándoles la parte amable de su esencia, aquello que los une. Pero  Shakespeare podía parecer subversivo al lado Maxim Gorki, de Makarenko, de Julius Fucik.
Y el librito más personal era un pequeño libro hecho de páginas de papel de arroz, con una impecable impresión de las letras, los bordes de las hojas en color dorado, como un baño en oro, con un cordón marcapáginas que parecía el pendón de una cortina de Palacio real en miniatura. con la cubierta en piel tratada con tal refinamiento que parecía poliuretano de antes de que existiese el poliuretano. El ejemplar de mini bolsillo era de Erasmus de Rotterdam: "El elogio de la locura". La importancia de este objeto era enorme porque me lo habían regalado en una circunstancia límite en la cual sentí que Erasmus me cuidó de una forma muy tierna, como si hubiese esacrito para acompañarse a sí mismo a través de todas las almas afines. 
Los otros dos libros eran una autobiografía de Stefan Zweig, y una biografía de Marcel Proust. Ambos seres exquisitos, de una profundidad en sus respectivas bondades que me conmovían mucho más que sus habilidades artísticas, aunque reconozco que sin ellas jamás me habría enterado de como resolvieron esa contienda entre la luminosidad y el dolor de sus espíritus.
Todos los clásicos los leí de las bibliotecas de padres, primos, amigos, conocidos. Desde que compro libros he comprado cientos de libros de escritores fantásticos, pero siempre contemporáneos. Todos los clásicos los leí porque en cierta forma me cayeron de "arriba". Y recién hoy me di cuenta de ello. 
Y no es que lo hubiese recordado, fue como si en el momento de tomar la decisión de comprar el libro, alguien me hubiese tocado el hombro por detrás para advertirme, a modo de memorándum, que tenía licencia para dejar de dar rodeos a las cosas, que ya me era permitido ir directamente al grano sin ser confundido con un desvergonzado o un inaprensivo. Pero en lugar de hacerme notar esto advirtiéndome que me apresurase ante la escasez de tiempo con que empezaba a contar en mi vida, como siempre había pensado que ocurriría llegado el caso, fue como si me hubiese dicho:

_ El tiempo ahora es tuyo, tómatelo.

Entonces enfilando hacia la caja me di cuenta de que incontables veces había tomado un clásico de los estantes de las librerías, deseándolo, llenando mi percepción de sus encantos antes de saborearlo y que cuando tenía decidido llevarlo para hincarle el diente en casa, me detenía súbitamente y lo cambiaba por otro de un escritor de culto moderno o simplemente desaparecía con las manos vacías y una sensación extraña de aprisionamiento, pero también de libertad de elección, de angustia, de una angustia de la que soy más dueño que de cualquier otra cosa sobre la Tierra, pero también de una pizca íntima y singular de dignidad de alto voltaje.

Me gustaría decir que lo compré en la mejor edición que encontré,  pero lo cierto es que no, compré la edición bolsillo y no pude dejar de sumarle un ejemplar de literatura actual: "Némesis" de Philip Roth, libro digno, pero en ese acto representante de un estigma, que ya comienza a languidecer, a soltarse de la piel como un tatuaje descontextualizado del aspecto del portador, que ya no lo explica, que ya no lo representa, que ya nada tiene que ver con él presuntamente, pero que no obstante permanece pegado a la piel como el testigo del timbre más profundo y claro que esa voz tuvo alguna vez en la primera persona.

 

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Published by martinguevara - en Relax
10 marzo 2013 7 10 /03 /marzo /2013 06:30

 

Un reciente artículo aparecido en el periódico El Mundo me recordó una vieja reflexión. 

El ser humano es "singador" "cogedor" "follador", ni homo, ni bi, ni hetero, es simplemente sexual.
Si alguien está durmiendo plácidamente y le lamen el glande o el clítoris según sea, se calienta con cualquiera sea el propietario de aquella lengua juguetona, tanto si es una oveja, un chimpancé, una vieja o un viejo de 94 años, una mujer u hombre joven. Sin embargo, si el mismo ser durmiente despierta súbitamente dado el gozoso trance, una vez que abre los ojos y toma conocimiento de quien le está haciendo la fellatio o el cunilingus, sólo continúa disfrutando si coincide éste con el estereotipo aceptado, pero si ve algo muy diferente se le apaga el mechón, le entra remordimiento, asco , pena y una incómoda perturbación por haberla pasado tan bien hasta ese instante. 
Los animales son sexuales, de otro modo no existiría la tan socorrida y sempiterna masturbación, lo cual nos somete a una pregunta: ¿ un apasionado affaire con la mano es en realidad menos perverso que una refriega gozosa con otros cuerpos? 
En la célebre escuela al campo en Cuba, donde los alumnos de la secundaria pasaban cuarenta y cinco días ligados a las actividades productivas agrícolas, se aprendían pocas cosas con respecto del trabajo, pero de vivezas criollas y perversiones diversas se adquiría el más nutrido catálogo. Los que trabajamos alguna vez en el surco de plátano, entramos en conocimiento de un extraño y particular tipo de satisfacción sexual, nada más ni nada menos que con los troncos de las plantas de plátanos. El tallo del platanal está compuesto de capas de hojas encimadas, su interior resulta baboso y cálido, húmedo y mullido, muchos guajiros adolescentes y otros no tan adolescentes ni tan guajiros, les hacen una escisión con un palo o un cuchillo, miran a los costados con sigilo, y cuando se sienten con la intimidad necesaria, ¡les dan al arbolito para que tenga! 

El arbol de plátano da un fruto de forma alargada conocido por su socorrida asistencia en las fantasías frente a la apetencia del retozo y la escasez de falos, sin embargo se le suele desconocer al travieso tallo su concreto y real auxilio como reemplazante de vulvas y culetes. 

 De ahí que al pasar por un campo de plátanos en la noche de regreso a la casa, al pueblo o al albergue, la gente cree percibir a personas escondidas entre las matas reflejados por rayos de Luna, algunos creen que son ahorcados, lo cierto es que no son visiones, son unos seres híbridos nacidos de las fugaces relaciones amorosas en los platanales, conocidos comunmente con el nombre de: " hombres-banana", o dicho en un lenguaje más chic: los Banana Man.

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16 febrero 2013 6 16 /02 /febrero /2013 01:17

 

 

Desde la más remota antigüedad el desarrollo del deporte respondió al desarrollo de las aptitudes sociales de camaradería y a la instrumentalización de los totalitarismos.

Lo primero por la razón de compartir el tiempo libro en una actividad lúdica que implicase el esfuerzo sin fines productivos, alienantes como el trabajo. Por la puesta en escena del espíritu gregario de la comunidad, y también por canalizar de manera saludable la competitividad inherente a al especie humana. Lo segundo por dos razones, la elevación a la máxima categoría del cuerpo, de los físico frente a lo intelectual y a lo emocional, y precisamente por su eficacia para crear espíritu  de comunidad, de equipo, y de seguimiento de normas pautadas en detrimento de libertad de pensamiento y de acción, de individualidad.

Por ende la práctica del deporte de manera periódica, pautada, aporta dosis nada despreciables de percepción positiva y constructiva de la disciplina en el individuo, toda vez que su carácter lúdico proveniente de constituir sobre todo una suerte de “juego” , le dota de la suficiente aceptación como una cualidad deseable, imprescindible para pasarla bien, a diferencia de la percepción de la disciplina  cuando proviene del esfuerzo propio de las obligaciones, del sacrificio residente en el deber.

 Y a la vez dota de capacidad de organización, de superación, de comunicación, de reconocimiento de las normas, y por encima de todo de una referente ficticio en la vida real, donde recrear todos los mismos sentimientos,  tensiones y capacidades  que recorren el alma humana en caso de una cita real con el duelo en el caso del deporte individual, con la batalla en comparación con el deporte de equipo, y con la guerra en el caso de las grandes competiciones. Del mismo modo que aprisiona de la estrechez de miras para permitirse ser penetrado por el concepto de propios y ajenos, de amigos y enemigos, imaginarios en el caso del deporte, representados por simples oponentes, y lamentablemente menos intangibles en el concurso de la realidad.

Como cada cosa que se someta a un análisis, el deporte es como una moneda con dos caras.

A Ernesto, el Che Guevara, el deporte no le podía ser de mayor utilidad. A un carácter ya de por sí terco y decidido, le ayudó a pulir la voluntad que su madre a través de la genética y del ejemplo le aportó como su principal legado y a su salud y torcida y a su condición de poeta errante, de fenómeno condenado a la diferencia con su entorno, le proveyó de unas muy socorridas y luego bien administradas dotes de camaradería y de  tolerancia de los otros, así como de superación de los obstáculo, de los escollos.

Significó un equilibrio saludable su participación en cuanta actividad deportiva y juego físico se terciaba a su alrededor, ya que el muchacho intelectualmente estaba predispuesto por la cuidada educación que le facilitaron sus padres, la costumbre de leer y analizar todo lo leído, de discutirlo , de objetarlo, de oponerlo y por fin de superarlo en el debate,  a su devoción por los poetas malditos franceses, les colocó en la balanza un derroche de actividad física y colocó en valor la importancia del deporte. Comportándose más como un escritor aventurero de estilo británico, que como sus atesorados escritores e intelectuales franceses, para los cuales el deporte constituía un agravio a la inteligencia. La conjugación de una infancia con una sólida educación cultural, en ciencia, en lenguas, sin colisionar con el desarrollo de las aptitudes que el deporte provee, añadieron con certeza algunas gotas a los ya existentes ingredientes innatos que lo convirtieron  en un ser de características excepcionales.

Su padre , fue uno de los fundadores del San Isidro Club, una de las canteras más prolíficas del rugby en toda la Argentina. Así fue que el Che practicó rugby desde temprana edad, y fue famosos entre sus amigos un try que logró cuando esquivando oponentes, y mientras quebraba la cintura hacia la línea de fondo se iba poniendo morado por la falta casi total de aire en sus pulmones a causa del asma.  En ese mismo acto se resumen lo constructivo y lo alienante del deporte. Desde luego la fuerza de voluntad ya habitaba su espíritu antes de salir en aquel episodio como en tantos otros, pero es difícil imaginar un mejor escenario para probarse a si mismo la existencia de tal energía, de tal pundonor, y en cierta manera de ciega coherencia y responsabilidad a ultranza con la Tarea que aquel try casi ahogándose, al cabo del cual cuando acabó el festejo se lo debieron llevar de la cancha para aplicarle una dosis de su inhalador.

Su madre era una excelente nadadora,  una amazona que montaba como los hombres, con una pierna a cada lado del caballo, y una tiradora de una puntería destacada. Ernesto practicó además montañismo, también montaba con gran corrección, era un sorprendente ajedrecista, tenía buen swing en golf,  incluso  hizo sus pinitos pilotando la avioneta de su tío Jorge de La Serna. Y aún cuando en la familia quien resultó ser el deportista de raza fue su hermano Roberto, sus amigos todos coincidían que lo que no conseguía por pericia o habilidad lo lograba por la constancia.

Acaso la más sorprendente de sus aficiones deportivas haya sido el fútbol, el deporte más popular argentino junto al boxeo, ya que hasta el final de sus días, fue hincha de Rosario Central, lealtad acrecentada por el hecho que su afición a ese equipo era una muestra de lealtad a la ciudad donde nació, y por su conocido internacionalismo y su adhesión a la idea de un mundo sin fronteras.

La mezcla de una fuerte escuela intelectual y de un sólido adiestramiento deportivo, no guardan ninguna relación con lo que terminó haciendo, sin embargo me atrevo a aventurar que sí tuvieron un nexo velado con su temple, la explosiva mezcla del asma y el imperativo de marcar un tanto, propiciaron un horneado de su temeridad, tan cristalizado como aquella atesorada pasión contradictoria con un nexo tan popular como el fútbol, para homenajear el lugar que lo vio nacer.

 

 

 

 

 

 

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12 febrero 2013 2 12 /02 /febrero /2013 04:10

 

 

Había un pendejo en la cama. Sobre la sábana pulcra, recién lavada en aquella misma semana o la anterior tal vez pero no mucho más atrás. Un pendejo, seguro que no era una ceja ni pestaña ni un cabello,  era un vello púbico.

Había otro pendejo en la misma cama, tenía dieciséis años y se acababa de echar el primer polvo de su vida. Por fin. Ya no tendría que mentir más en las conversaciones de los recreos , en el vestuario después del partido, entre los amigos y primos precoces. Ya había mojado la habichuela y si bien no había sido ni la mitad de sabroso que como lo había imaginado sobre el final, si tenía en cuenta la primera mitad del acto previo al acto en sí, al follamiento, a la follación, a la follatoriedad  justo antes de tener que embocar el nabo y quedar en evidencia que no tenía ni la menor idea de cómo se envainaba aquello en lo otro. Todo el toqueteo de pechos, el avance hacia quitar el sostén, el incómodo trance de ayudar a desabrocharlo que sin embargo no consiguió empañar nada de lo que a continuación se presentó cuando los pezones quedaron al aire y juntó sus labios a esos contornos esponjosos, hipnotizadores, divinos, redondos, pequeños y grandes como limones, sensibles como su propio glande, y aunque ya había chupado tetas y las había manoseado y aprendido a apretar con suavidad, nunca se le habían presentado tan a pedir de boca, ambas, en una situación tan desahogada, tan controlada que hasta revestía cierto riesgo,  tan así que deseó repentinamente el socorro de algún pequeño obstáculo en el caso de que precisase disimular con cualquier interpretación histriónica, bien a causa de una bajada de bandera, de una eyaculación precoz o de otro papelón por el estilo. Los besos eran largos, mientras las manos recorrían a placer lo que más les gustaba a ambos, ora los senos, ora las nalgas por debajo de la falda y por encima del tanga y de vez en cuando, como sin quererlo, un paseíllo por el área de la vulva. En esos recorridos sentía un aguijón de placer supremo mezclado con cierto temor frente al sacrilegio, como si le tocase el pubis a su propia madre y esta se apasionase arrebatada. Vuelta al culo que allí había menos complicaciones con las manos y las transferencias. Los besos, las caricias por los muslos, sentir los dedos de ella, sus gemidos.

No estaba lo que se dice enamorado, pero le gustaba mucho aquella muchacha, lamentablemente no había podido ser la chica a la que había amado en silencio durante toda la escuela, pero al menos no era una de emergencia, ni una fulana, era una chica muy deseable, que realmente le gustaba y con la cual parecía haber reciprocidad en tal sentido.

Que bien lo había pasado hasta que apenas rozando el monte de Venus de la muchacha con su pene desnudo se le escapó sin poder evitarlo el primer chorro de semen, y a continuación, al ser una situación tan relajada, tan controlada, ninguna excusa se presentó como auxilio, si bien pudo  continuar sin mayores contratiempos ya que el pene siguió erguido, era tal el desenfreno y el gusto que sentía, que apenas se le había aflojado un instante sin darle tiempo a quedar fláccida,  y entonces empezó la peregrinación por los ardides, trucos y tretas para lograr introducirla en aquel agujero que deseaba tanto como lo perturbaba, sin admitir que no lo había hecho nunca ni aceptar de su partenaire un sabio consejo. Hasta que en el límite de casi ocurrirle al rabo lo que no le había sucedido con la primera eyaculación, encontró la boca de entrada muy ayudado por los movimientos de ella y en cuanto la introdujo comenzó a cabalgar como un frenesí desmedido, de manera desenfrenada,  la estuvo embistiendo de tal modo que de una tacada se echó dos sacudidas más sin sacarla de la vagina, pero en aquél tercer chorro en tan poco espacio de tiempo el pene no opuso más resistencia, a aquel necesario aunque sonrojante descanso. Ella estaba en la mitad de su salsa y no pudieron volver a conectarse en la misma frecuencia, ni siquiera cuando un rato más tarde, él recobró bríos luego de un cigarrillo un trago y una charla inconexa guiada por la euforia de haber roto su intangible virginidad masculina y se le volvió a echar encima para repetir aquella vertiginosa descarga.

 Fue cuando ella decidió que era suficiente, que no sacaría mucho más en limpio de allí, se había hecho tarde y debía marcharse, en parte él lo lamentó, pero se sentía tan bien como no recordaba haberse sentido desde que era muy pequeño, en una edad perdida entre las alucinaciones y los recuerdos.

Ella se colocó la tanga en la cama. Sus cuerpos estaban empapados  de la transpiración de él, y la sábana bajera estaba mojada.

Se despidieron mientras ella se vestía. Ella le dijo que no hacía falta que él se vistiese, ni que la acompañase a la puerta, encendió un cigarrillo, hablaron dos o tres palabras más y entonces ella se marchó, él ni siquiera salió de la cama, tampoco quería que ella le viese el tamaño del miembro en vigilia, ya era  suficiente con la escasa duración del escarceo horizontal como materia prima para la sorna.

Cuando ella se fue, entonces se levantó, apretó el botón “play” del equipo de música y sonaron las guitarras de un tema de rock. Volvió a la cama y se quedó mirando al techo, su mirada se perdió en la pintura blanca a la cal, pero en sus ojos se reflejaba algo que no estaba en ese techo, que no estaba ni siquiera cerca de aquella habitación y sin embargo había estado siempre esperándolo, había estado allí junto a él en toda su vida, tan cerca y tan lejos como está una lombriz a diez centímetros bajo nuestros pies.

Apagó la colilla del cigarrillo y antes de ir a la cocina a prepararse un café y sentir que ya empezaría a hacer cosas de hombre adulto, vio aquel vello sobre la cama y dijo para sí:

- Aún queda un pendejo en la cama.

 

 

 

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  • : Mi Déjà vu. En este espacio comparto reflexiones, impresiones sobre la actualidad y el sedimento de la memoria, sobre Argentina, Cuba o España, países que en mi vida conforman un triángulo identitario, de experiencias diferentes y significantes correlativos.
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