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26 diciembre 2012 3 26 /12 /diciembre /2012 17:53

Por más buena persona que intentes ser, por más solidario y entregado, no te hagas ilusiones, eres totalmente prescindible. Todo lo que no sea la desnuda soledad con que nacimos es una ficción que incluso puede ser muy bienvenida para recrear fantasías que apuntalen las flaquezas del ego. 

 


Per estarás solo contigo mismo, y eso será en el mejor de los casos, siempre que no olvides del todo brindarte algún homenaje de vez en vez, regalarte un guiño y no perderte en el magma de la insignificancia, en el calmante universo de la impersonalidad desde el cual no hay vía de retorno. Si entiendes eso amarás en la justa medida a tu propia persona en relación con los demás.

 

 

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24 diciembre 2012 1 24 /12 /diciembre /2012 23:58

 

 

¿ Por qué me consigue poner más redondito y atómico, una mujer saliendo a atender la puerta en ropa interior, que ella misma paseando en verano con un bikini, incluso de menor talla?
Hace tres días me pesqué una descomposición de estómago tremenda, un dolor de barriga agudo en el costado y la sensación física de haber sido sorprendido por Mike Tyson minutos después de insultar a su abuela, abundaron pastillas, tés, corridas al toilette, súbitamente las heces se me disparaban en cualquier dirección, con la suerte de que las tazas de water fueron ideadas para contener cualquier "shot" que no sea hacia arriba. 
Pensé que se trataba de cieguitos. 
O que podía ser una indigestión por unos ravioles de gorgonzola made in Alcorcón, con mantequilla derretida y queso Zanetti de meses de almacenaje. O tal vez unos bocadillos modestos que los asturianos llaman "pinchos" y que estando allí destinado por trabajo, tuve a bien ordenar dos, de lomo y de pollo rebozados en aceite de más de una fritura. El famoso aceite ingles de los mil demonios usado para las fish and chips, importado en exclusiva para mi pincho de materia cárnica rebozada.
Tras tres días así arribé a la conclusión de que debe ser más bien virus, una gastroenteritis be bop más que oportuna. Pero si la providencia quería expresarse, hacerse oir, irrumpir en modo de ser atendida con certeza, lo logró, ahora le pedía por favor que se manifestase, que se explicase, que me pusiese al tanto del significado de esta terrible diáspora de interioridades en la víspera de la Nochebuena.
Mi mujer y mi pichón se mostraron dispuestos a deshacer el atractivo plan de viajar trescientos cincuenta kilómetros a Madrid, para intercambiar unas voces en el más genuino estilo ibérico en el fragor familiar, en el seno del amor filial. Claro, algo cambiaba, no manejaría yo. Les dije por supuesto que ni se les ocurriese, que yo me sentía con fuerzas para seguir yendo de la cama y el living al inodoro como un poseso. 
¡ Ay si te hubiese tocado en Estados Unidos donde no conocen las bondades del bidet!
Casi los tengo que empujar para que subiesen al corcel metálico tuneado por las maniobras de parking de mi amada esposa, ella quería ver a sus hermanas y mi hijo a sus primos, les dije que sabía el camino al Hospital si lo precisase y les pedí solo que me acompañasen al pueblo a comprar un trozo de bife de lomo, solomillo de buey en una súper carnicería, una manteca más delicada que el canto de un cisne por si las dudas se pasaba el estruendo en mis tripas. Luego salté al pequeño mercado de enfrente y trabé un paquete de un arroz de buena calidad y un frasco de espárragos terminando por ser más realista y previsor que iluso. 
El bife era por aquella máxima de: seamos realistas, pidamos lo imposible.
El coche salió de enfrente de la verja de casa entre despedias y promesas de te llamo y te quiero. Una vez perdidos en el horizonte de las casitas me apresté a esperar que mi molestia se aliviara al sentirme solo, sin ceremoniales , sin obligaciones sociales. Pero los huracanados retorcijones y los galopes continuaron a la orden, prolijos, puntuales, inmaculadamente educados.
Leí, vi dos pelis, puse posts en las redes sociales, hasta dormí un poquito. Y debo admitir que antes de las doce me abordó una especie de pálida, disimulada, embarullada, pero auténtica desesperación por escuchar la llamada de mi tropa que no tuvo lugar hasta pasada la medianoche.
Curiosamente me pasó como frente la chica del bikini y sus prendas interiores, no siendo yo practicante de otra religión ni creyente en otra reparación que no sea la siesta, no involucrandome habitualmente en convencionalismos atávicos, no por profundas convicciones sino por haraganería frente los ritos, no alcanzo por ende a entender la diferencia entre un día como hoy, ni de cualquier otro onomástico o efeméride con el día más plebeyo del calendario. Pero admito que la sentí.
¿ Habrá sido porque se me chamuscó ligeramente el solomillo de buey?

 

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18 diciembre 2012 2 18 /12 /diciembre /2012 14:36

 

 

En estos días que se acerca el tradicional derroche de gastos en dulces, carnes, juguetes, perfumes, estos días de felicidad para los grandes almacenes, las grandes superficies, son propicios sin embargo para acercarnos aunque sea un poco a la médula espinal de nuestros problemas estructurales, de nuestras pifias ancestrales.

Soy de esos ilusos que considera que estamos diseñados y preparados para el amor por encima de todo lo demás; a sabiendas de que suena cursi, algo amanerado, un poco flojo de esfínter, con toques floridos y almibarados; pero esa imagen no es más que la que han querido hacernos ver desde el amplio y confortable habitáculo desde el que se mueven los hilos, ese es el diversionismo ideológico en su forma más pura, la distracción de nuestros genuinos intereses como seres destinados a compartir el hábitat, de nuestra condición de animales gregarios. 
El camino que finalmente nos llevará en andas hacia la mejor calidad de vida y el que no quieren que veamos, se andará con nuestra determinación a ser partes integrantes de un paisaje común, a entregarnos antes que a desconfiar, a sonreír antes que a fruncir el ceño, a considerar la proximidad del otro una bendición en lugar de un riesgo. Y con el esfuerzo que requiere el hecho de entender de una vez por todas que esta masa que habitamos el mundo, los cuales respiramos con idénticos recipientes el mismo aire y los cuales procesamos de igual manera unos que otros el alimento y la energía, solamente si logramos que todos lo podamos hacer con un mínimo de satisfacción, será entonces que también en el mismo acto, estaremos atendiendo en todas sus solicitudes y exigencias de ese yo, de ese individuo de rasgos únicos e intransferibles que somos en toda nuestra plenitud de igual modo que conformamos el ser social. 
No hay posibilidad de libertad y emancipación conviviendo con el temor, el odio o la desconfianza al otro.
Recuerdo que el primer "otro" que encontré con quien tuve que lidiar asuntos de cierta entidad, tenía habitación en mi propio ser.

Y luego a renglón seguido existe la segunda inyección de inmunidad al buen rollo, de exacerbación de la diferencia, que es la que nos aplican una vez que constatan que tenemos claro que de este modo no va el asunto.  Es entonces cunado nos inyectan el virus del revolucionario, del rebelde, del luchador, del antagonista, llevándonos a pensar que todo nuestro proyecto está sujeto a  ganar una o varias batallas, a erradicar al enemigo, los sempiternos  "malos" y de este modo nos llevan secuestrando desde eras perdidas en la lejanía, el paupérrimo pero importantísimo tiempo con que cada vida humana cuenta para transformar algo desde la raíz.

 Nada que no sea el interés no demasiado transparente de los habitantes del confortable ambiente desde el cual se manejan los hilos, pasa por el antagonismo, nada que realmente valga la pena pasa por suprimir o erradicar a los infectados por el virus de la primera, ni de la segunda inyección.

Aún cuando no tengo siquiera la más pálida idea de cómo proceder para mejorar las espinosas relaciones, las  enconadas disputas personales que nos acaecen, no me cabe duda que en el comienzo de la solución está presente el acto de mostrar el alma, de conceder amor y pocos rituales más.

 

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17 noviembre 2012 6 17 /11 /noviembre /2012 22:50

 

 

Andaba por las inmediaciones del museo Rodin y decidí entrar, me lo habían recomendado encarecidamente por la casona principal y los jardines además de por las obras escultóricas. Una preciosidad. 
En un instante me vi frente a El Pensador, a las estatuas de Honorato de Balzac, a las de Víctor Hugo, a las tres Sombras y a la Puerta del Infierno, un impacto nunca lo suficientemente anunciado. Eran hechas en bronce, luego aparecieron otras en mármol, de menor tamaño pero tan bellas o más si cabe. Tres pinturas de Rodin, además de una de Van Gogh, una de Monet y una de Munch, el noruego de el Grito. 
Y sobre el final del trayecto propuesto, casi cuando me iba a ir a tomar mi porción de aire afuera, cuando iba a poner coto al rejunte de imágenes, trazos y texturas que ya bailaban en mi retina sin orden ni armonía, provocados por los paseos alienantes por el museo cual auditor de cuadros realizando un inventario, vi dos obras que me impactaron y me dejaron abducido frente a ellas, acercándome y tomando distancia,  ora dando la espalda ora girándome repentinamente para sorprenderlas desde otro ángulo en el regreso de alguna travesura, estaban hechas en mármol verde, una era La ola y la otra Las chismosas, de Camille Claudel, no eran demasiado llamativas, ni  grandes, eran la cosa tallada más linda que he visto en mi vida. 
Y fue distinto incluso a las primeras veces que había tenido la oportunidad de ver enfrente de mi a los cuadros de mi educación, tras entrar a un salón ya indicado en un folleto, bien un Goya de toda la vida, como la Maja Desnuda o vestida, o cuando vi por primera vez el Guernica, que por más que me lo esperaba y que conocía cada figura en matices del blanco y negro no por eso dejé de quedarme de una pieza, cuando vi mi primer van Gogh, la primera bailarina de Degas, el primer Greco, cuando sin esperarlo apareció delante de mi una escena con vida, algo superior al arte, pintado por Vermeer, una holandesa en una habitación iluminada por un haz de luz flamenca, o cuando me pasó algo similar con los brillos y la sombras del Caravaggio o con un cuadro de Constable y sus nubes inglesas.

En el caso de las dos esculturas de Camille conocía la historia de la artista, había leído su biografía, los horrores a que ayudó Auguste a confinarla. Pero no fue hasta que me detuve en seco a mirar a las cuatro vecinas chismosas, quizás inventándose un adulterio inexistente o acaso revelando uno real, y a continuación una inmensa Ola a punto de caer sobre tres ninfas alegres, que Camille me ocupó, me invadió, apoderándose gentil pero bruscamente de mi impavidez, de mi anonadamiento, entonces mi alma le cedió albergue, y me convertí como un tiempo atrás ocurriese en Tordesillas en fiel escudero de la traicionada Reina de Castilla Juana la Loca, en su admirador y amante incondicional, dispuesto a sacudir de la testa toda la obra de Rodin almacenada hasta ese instante, y llevarmela de paseo por el Sena en la retina de manera firme y clara,  sentir el tacto de las uñas adolescentes, las yemas de los dedos geniales,  y sacudir su delantal cubierto de polvo y aceptar aquel desajuste en la pupila que aparece cuando se observa lo imposible, el brillo por el que todos los la encerraron. 
De paseo por el París de la libertad para los mediocres, con el fin de salvarla, fuera de Rodin y de la mansión de sombras de bronce, protegiendo sus manos del frío de los barrotes, recibiendo la mirada de sus ojos en espiral y desempolvando sobre el Sena el delantal de escultora manchado también, por el mismo tipo de sangre que sobre el final de sus días, le empapase a Juana el alma y ahogase su corona.

 

 

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2 noviembre 2012 5 02 /11 /noviembre /2012 21:12

 

 

Ho optato per abbracciare il lemma: “Quello che importa é il procedere e non l’obbiettivo”, invertendo l’ordine dei fattori ed alterando il prodotto della famosa frase negativa che recita: “Il fine giustifica il mezzo”.

Se qualcuno segue il mio stesso fine ma con metodi differenti che non approvo, é probabile che non approvi nemmeno i suoi obbiettivi, e viceversa.

Per questo ho le mie collezioni, i miei pruriti, i miei inconvenienti con tutto ció che ha significato la Sinistra, anche se ci tengo a sottolineare che ce l’ho solamente con quella che arrivó e si radicó al Potere grazie alla famosa premessa dell’adesso ‘tocca a me’.

Nessun “club” mi sembra cosí buono da garantire la mia incondizionata abnegazione, provo simpatia per i comunisti spagnoli, i nord americani o i letterati, quelli che sono inclini piú alla dissidenza, alla divergenza, al coraggio di andare contro le disposizioni, che a quelli ossequiosi che aderirono a questa denominazione per ottenere benefici nel potere. Questi ultimi procedono allo stesso modo della destra quando tiene la padella dalla parte del manico; per mantenersi al potere ricorrono alla repressione, alla confusione, alla menzogna, all’atrofia alla quale conduce l’amore incondizionato al trono ed alla corona. Alla stella ed agli allori.

 

Sono i metodi quelli che mi trovano favorevole, contrario o indifferente ad un determinato programma politico, e non il fine o l’ideologia dichiarata, e noto che Cuba ha ceduto a questa disgraziata consuetudine ispana del “Caudillismo” (fare il Capo), che ci ha tramandato l’Iberia sino al midollo, quella necessitá di paternalismo, quella tendenza a delegare tutto il potere a chi lo sa maneggiare con mano abile e dura.

Non sono femminista, ma bensí uno che sogna l’uguaglianza tra tutti gli individui senza distinzione di nessun tipo. Non fa eccezione alla regola la linea marcatamente maschilista delle Rivoluzioni e delle proteste e i risultati positivi dei rivoluzionari, giacché in generale, le societá sono costruite dal mascolino, ancora piu che dal maschile. Dal semplice diagramma di una casa, sino ai quartieri, agli edifici, gli oggetti, ecc..., concepiti dal punto di vista fallico, sia nell’estetico che in essenza.

 

Vorrei far notare che il comandante della Rivoluzione Cubana Ernesto Guevara, anche se potrebbe essere considerato sessista dal punto di vista odierno, visto ch’era avezzo ad esortare alla virilitá, all’essere ‘Uomini’, è anche vero che nell'universo dei fatti si comportava in maniera totalmente differente alla percezione che, in generale, la societá aveva verso le donne del suo tempo, considerando che a casa sua ebbe l’opportunitá di vedere come sua madre fu una donna militante, ribelle, colta, cavalcava e nuotava meglio che la maggior parte degli uomini, fumava, aveva i capelli corti alla maschiaccio, aveva buona mira sia con le pistole che con i fucili; la cosa piu significativa che il comandante Ernesto vide sin da bambino, fu che sua madre era di gran lunga piu spericolata di suo padre, anche se questi era tutto un avventuriero. Ebbe pure due sorelle architette, con un certo carattere, determinazione e un senso spiccato d’indipendenza fuori dal comune. Anche se, sia chiaro, che in pratica, tanto in quella casa, come in quelle attorno, le decisioni finali continuavano ed essere cose da uomini.

 

Credo che in questo campo, cosí come in altri, lui fosse convinto che in qualsiasi situazione, la pratica, valeva sicuramente piu di qualsiasi proselitismo. Cosí lo testimonia la realtá, le donne che Ernesto ebbe come compagne, furono sempre donne dal carattere forte, intelligenti, tendenti all’indipendenza, compagne in tutti i sensi, di diversi stili peró con tratti comuni, che non gli fecero da serve, ma bensí lo appoggiarono apportando. Dalla sua inseparabile amica Tita Infante, con la quale condivideva i primi rudimenti di filosofia e letteratura; Carmen “Chichina” Ferreyra, che era qualsiasi cosa meno una donna sottomessa; la sua prima moglie, compagna di lotta e sua maestra nella militanza e madre della sua prima figlia, Hilda Galatea; la sua prima compagna nella Sierra Maestra, la contadina Zoila Rodríguez, di un coraggio senza pari, che gli insegnó i segreti della medicina popolare; la sua seconda moglie e madre di 4 figli suoi, Aleida March, donna impavida, proveniente dalla lotta clandestina contro il Regime di Batista; cosí come la coraggiosa Tamara Bunke, conosciuta con il nome di Tania la Guerrigliera, che morí combattendo in Bolivia, per la quale Ernesto provava una profonda ammirazione. Nessuna di loro eccelleva in cucina o nel fare la calzetta.

 

Il ‘Modus vivendi’ del potere della cupola cubana, dopo piu di cinquant’anni, ha sepolto lapidale qualsiasi buona intenzione iniziale di riforme dei riflessi retró della societá precedente.

Per questo motivo, oggi, volevo condividere la mia sensazione. Ossia: che il posto piu propizio alla metamorfosi della societá, o il controllo piu adeguato ad ogni rivoluzione in evoluzione, si riduce all’individuo ed al suo intorno. Se non siamo in grado di educare e nemmeno modificare i nostri piu primitivi impulsi in quel piccolo ambito, quale esperienza e autoritá morale si suppone debba assisterci al momento di applicarla a grande scala?

 

 

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5 octubre 2012 5 05 /10 /octubre /2012 22:39

 

 

 

Era sorprendente su escaso criterio para seleccionar las chicas, en general. En algunos momentos del día se podía decir que todas  le parecían atractivas, cuando menos para una refriega.

Pero tenía, en efecto, ciertas predilecciones, ciertas características a las que a priori se sentía más cercano.

Un buen par de senos, bien colocados y bastante grandes, le calentaban de manera inmediata, hacían que pusiese a altas temperaturas su caldera, y que la manija se le atascase de lo dura que se tornaba. Aunque por lo general los demás rasgos, de las mujeres que ostentaban grandes pechos, le resultaban ajenos. Casi se podía  decir que le intimidaban. Las mujeres de grandes tetas tenían el mismo tipo de arrogancia que los hombres de grandes falos.

Le gustaban delgadas, que los ojos de ellas no rebasasen la altura de su boca, con los pechos del tamaño de naranjas discretas o de dos limones generosos, las manos suaves, el pelo lacio, preferentemente las caderas prominentes, desde donde descolgasen unas piernas delgadas,  que al juntar las rodillas dejasen un espacio vacío entre los muslos, una ranura de luz. De trasero firme y con una marcada zanja, de buenas vistas  por delante como por detrás. 

Le parecía fundamental poder acurrucarla en su regazo, de ahí que las prefiriese menudas, y también porque no le molestaba echar de vez en cuando algún "amistoso" en la calle, ya fuese apoyado en un muro, en el capó de un coche, en una escalera,  de pie o acostados en un jardín. Y claro, para todas estas posiciones era condición sine qua non que ambos contasen con un peso y una figura maniobrables.  Pero más que para nada,  la volatilidad  la prefería para los besos.

No era de portar un gran calibre, así que no andaba a la caza de vaginas anchas,  le gustaban de aspecto virginal, inocente, vuvlvas apretadas para sentir su turgencia.

Le gustaban más que todas,  las muchachas que sentían una gran inclinación a hacer el sexo. Que estuviesen dispustas a practicarlo en cualquier sitio. Pero prefería que fuesen sofisticadas, chicas cultas, con un semblante atractivo, aunque no necesariamente en la manera convencional, para poder verlas más de un par de veces.

No le importaba demasiado el color del cabello, de la piel o de los ojos. Pero sí su vestimenta, el léxico y tono de voz, el brillo de la inteligencia en sus pupilas, que tuviese cierta expresión de rebeldía y aspiración feminista o igualitaria, y que en lo posible, no se maquillasen, que usasen la menor cantidad de esos infames potingues.

De vez en cuando se solía enamorar de ese tipo de chicas, y algunas veces hasta se hacían novios. Claro que en realidad, la mayoría de las ocasiones debía contentarse con híbridos más o menos lejanos a sus patrones.

Pero había otro perfil muy definido de mujer que le gustaba tanto o más:

La mujer madura.

 De labios rojos,  pelos negros o rubios, de piel blanca, tostada o tintada , le daba igual. El requisito en este caso era un cuerpo guerrero, que dejase ver el deseo desde la misma vestimenta. El maquillaje entonces, le resultaba excitante, y prefería el pelo rizado.

Le resultaba indiferente el grado de  cultura que tuviese, prefiriendo que no fuese de demasiado buena cuna ni excesivamente fina, para poder escuchar aquellas expresiones  soeces, que iban directo desde los oídos hasta la base de su manija. Le gustaba que estas mujeres fuesen muy desinhibidas, que se enrollasen en la lidia, como si temiesen que fuese a ser su última vez. Con ellas, parecía sentirse en el derecho de probar todo tipo de fantasías, como si se lo debiesen a cambio del obsequio de su juventud.

Aquello que con las chicas jóvenes eran deseos de caricias y gemidos , con las maduras eran apretones y gruñidos. Pequeñas descargas de amor eléctrico. Húmedas gatas ronroneantes, de lenguas ásperas y uñas afiladas.

En los actos sexuales, la imaginación echaba un empujón amigo a la carne cuando se precisaba, a la inversa que en la masturbación, donde era la mano quien se ofrecía solidaria a asistir, al efectista pero insuficiente aporte inicial de la fantasía.

Entre una cosa y la otra tenía su protuberancia de tal forma ocupada, que con el paso del tiempo,  llegó a preguntarse si aquella ausencia casi total de  histeria y  neurotismo, no serían lo más cercano al nirvana que conseguiría estar jamás.

Y no habría dudado nunca jurarlo, de no ser por aquella extraña e incontenible sensación que lo embargaba ni bien eyaculaba, aquella fuerza, esa voz interior que le daba de manera  seca y tajante, la orden exacta, el terrible mandato, que hasta ahora, por más que lo había intentado,  no había conseguido desobedecer jamás.

 

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Published by martinguevara - en Relax
2 octubre 2012 2 02 /10 /octubre /2012 22:41

 

 

 

 

Otra razón por la que el lugar no resultaba un cómodo cobijo para dormir, era que la gracia más difundida, consistía en tirar botas de trabajo por la noche cuando apagaban las luces, provocando un estruendo de risas una vez que hacía diana en cualquier parte del cuerpo de algún desprevenido durmiente. La mayoría de las veces, las botas iban apertrechadas con líquidos renales de varios jodedores, de modo que el estruendo de las risas una vez que la bota de goma de caucho, rellena de desperdicios, daba con un destinatario, se podía escuchar en todos los rincones del albergue. En ese caso no sólo salía perjudicado el que recibía el botazo y su tesoro, también los que moraban en el trayecto del ominoso calzado, bajo el arco que trazaba en el aire antes de colisionar con el desgraciado.

La beca, o escuela de internados en el campo, combinando estudio y trabajo había sido una ocurrencia del omnipresente Fidel, quien como siempre tenía a alguien a quien culpar por si la cosa no salía demasiado bien, en este caso, como en ocasión del asalto al cuartel Moncada, le tocó cargar con el muerto de la autoría intelectual a José Martí.

 Había otro juego igual de difundido en la beca que era salir en pandilla cuando las luces se apagaban a las diez, y sorprender desprevenido a quien estuviese dormido, dándole un sonora bofetada, y luego dispersándose rápidamente mientras el asustado objeto de la broma, se despertaba entre el ardor de su cara y el desconcierto. Este juego presentaba diversas variaciones. Una de ellas era asestar el golpe con un palo, otra con un cinturón. 

Pero la broma que más me impactó, fue la de las colillas encendidas entre los dedos del pie mientras el incauto dormía. Cuando las brasas llegaban a hacerse sentir en la piel, todas a una vez, y el recién despertado echaba las manos a la candela instintivamente, se quemaba los veinte dedos. Hay que admitir que tenía algo de absurdo y cómico. Hay que admitir que cualquier hombre elegido al azar, horrorizaría a cualquier fiera.
Era difícil imaginar un blanco mejor, ni siquiera ideado, para esas botas rellenas, los bofetones sonoros, y los cabos de cigarrillos en los pies, que el hall de entrada al albergue, nuestro dormitorio, la antesala del arsenal de las bromas histéricas y la filosofía húmeda. 
Cada noche volaban raudos sobre mi cabeza, los dichosos calzados de trabajo, y era cuestión de tiempo que a cada uno le tocase recibir el impacto. A mi nunca me dio un botazo de pleno pero si llegué a conocer de cerca los efluvios de las esencias que atesoraban su interior, sobre mis sábanas. Y también conocí de cerca el bochorno de alguna sonora galleta.
Las víctimas de ninguna de las tres bromas eran elegidas totalmente al azar. Se descartaba en primera instancia a los profesores, que dormían en una zona del albergue, luego a los más guapos, los que ocupaban también, una zona que consideraban privilegiada, por la razón que fuere; luego descartaban también a los musculosos y a los grandes, aunque no fuesen violentos, no era cuestión de poner a prueba la paciencia de aquellos mozalbetes. Tampoco había que arriesgar con los dirigentes de las organizaciones estudiantiles, o miembros de la UJC, chivatos por amor a la delación. Por último, y ya habiendo descartado todos los grupos de riesgo, quedaban los débiles, los nobles, los bajitos, los lunáticos, los mongólicos, los aplicados en el aula, los atildados; y los ratones, sobrenombre que se les ponía a los cobardes. También los que como yo, estaban todavía algo perdidos en ese lugar y juntaban un poco de cada uno de esos subgrupos. Intentaba no permitir, que me diesen una galleta o me tiraran una bota, sin encender la luz y vociferar a voz en cuello:
_ Me cago en la putísima madre de quien hizo esto, y si es hombre que salte ahora mismo!
Este pataleo de ahorcado, se le permitía al elegido para el sketch nocturno, hasta ahí se podía llegar. Pero no era conveniente pasarse, porque sino además de la galleta o la bota podía uno pasar la noche con incomodidades en la postura, a razón de un buen ramillete de puntapiés. Una vez al recibir en plena cara, una galleta con más estruendo que dolor, me levanté fuera de mis casillas y sin importarme más lo que pasara, encendí la luz y me salió del pecho un grito natural: 
_ Me cago en el recontracoño de la madre del maricón que me hizo esto, su puta madre su abuela y toda su parentela se cansaron de mamarme la pinga!.Si es menos ratón que toda su familia que salte que me lo voy a merendar. 
Apenas terminé de desfogarme presentí que me había excedido en el celo puesto en mi llamada al ofensor.
Y vaya si saltó. Saltaron tres, el del medio me dijo que había sido él quien me había golpeado en la oscuridad, y que si quería me daba también con la luz encendida. Entonces noté que mis brazos no respondían, que la ira que había sentido unos segundos atrás, se había convertido súbitamente en compasión por mi mismo, las piernas me temblaron, se me aflojó el hombro y por más que quería mantener los puños apretados, los dedos, caprichosos, se alejaban de la palma de la mano, se me hacía imposible mantenerlos, no ya apretados sino unidos, empecé a tener ganas de orinar y de ir de vientre, cuando me rodearon los tres, sólo alcancé a decir con un hilo de voz inaudible, titubeante desde el bloqueo casi total de la garganta hasta la inconsistencia  de los labios:
_ Disculpen lo que dije pero no me dejan dormir ninguna noche.
Y ahí mismo comenzaron a golpearme en turba. No caí al suelo, no me dolían los golpes, estaba dominado por la soledad, anestesiado por el miedo a la soledad, y un rato después, ya había entrado en calor y había perdido el miedo paralizante, usaba los movimientos para defenderme, y de a poco comencé a soltar puñetzos con la precisión de un boxeador profesional, pero con la finalidad contraria a la de los púgiles, errar el golpe, era tan complicado como hacer diana, no me convenía en absoluto golpear a alguno de los tres. Solo se detuvieron cuando abrieron la puerta dos profesores, y preguntaron que había pasado, y los cuatro les dijimos que era un problema entre nosotros. Aquel episodio me granjeó un minimo, casi imperceptible, pero gratificante respeto. A partir de ese día segundos antes de que tirasen la bota, instantes antes de resultar bautizado por las cálidas gotitas amarillas, mi oído creía escuchar:
-¡ Caballeros, cuidado con el argentino!.

 

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Published by martinguevara - en Relax
23 septiembre 2012 7 23 /09 /septiembre /2012 01:40

 

 

Era una mujer feminista, no solo en las formas, aunque también. Usaba el pelo corto a lo garzón, vestía pantalones, montaba con las piernas a ambos lados del  caballo, fumaba, nadaba de manera brillante y mostraba una puntería  inusual con armas de fuego. Pero por encima de todo decidió el modo en como vivir, lo que deseaba hacer y lo que quería ser.

La manifestación de su feminismo era mucho más que una pose desde el mismo momento en que huyó de la casa familiar para casarse con Ernesto, un inquieto muchacho menos joven que ella y procedente de una nutrida y antigua familia argentina, de tradición  tan ligada al país como a los emprendimientos con dirección al abismo  

 

Se casaron tuvieron hijos y los crió a medias con su esposo , leyó lo que quiso, se cultivó primeramente del modo que su familia y su clase le tenía reservado y luego siguiendo la senda de los fuegos; su búsqueda y su extravío.  Murió en los años sesenta en mitad de su vida persiguiendo o apartándose de quién sabe qué.

Era mi abuela paterna.

El mundo ha cambiado desde entonces. Los países entraron en guerras, en cambios, en progresos y en involuciones. Hubo más beneficiarios de la emancipación que damnificados, algunos en modo de clases sociales, otros como razas  o  por sus predilecciones sexuales, la libertad en el arte, la expresión desenfadada y exitosa de la cultura popular, y finalmente un grupo que comprende a todos los demás y que asombra por su magnitud en comparación a su sometimiento, un grupo que había vivido de espaldas los diagramas sociales,  las mujeres.

 Evoluciones que tuvieron lugar un poco por la persistencia de quienes menos desistían y otro tanto por la saturación de un modelo que ya no proponía algo nuevo. Las mujeres comenzaron su camino de ascenso en todos los rubros de la sociedad.

Más hacia nuestros días,  un hombre que está a punto de entrar a una de las tantas tiendas del centro de la ciudad, empuja el portón de entrada y al percatarse que detrás de sí esperaba su turno para entrar una mujer,  instintivamente le hace una seña para que pase adelante, la mujer en un principio queda perpleja, luego sonríe y le dice:-No, no pase usted por favor- El hombre le repite que tome la delantera y entonces ella le da a entender con meridiana claridad que aunque agradece el detalle no tiene por costumbre aceptar ese tipo de caballerosidad que oculta una contracara discriminatoria.

A mi me tocaron unos padres que experimentaban en los tempranos sesentas con ser un matrimonio igualitario. Desde que yo nací se diferenciaban en sus atributos de género y algunos marcados rasgos personales y familiares, aparte de en otros cientos de cosas más. Pero no en el reparto de funciones y roles, las tareas eran compartidas por partes iguales. Claro que siempre hubo una tercera persona en la casa, casualmente una mujer, para poder soportar el peso de la inexperiencia típica de los tiempos de cambios, y hacerse cargo de cuanto pañal, biberón, almuerzo y cena se hubiesen olvidado por los quehaceres de la modernidad.

Mi abuela materna.

O sea que de una forma u otra siempre vi a una mujer  en  las cercanías del ruido a  cacerolas.

Una vez ya situado en mi propia experiencia, pasé años deshojando margaritas antes de tener una relación de pareja duradera, y desde que tengo recuerdos siempre busqué el remanso en unos brazos en los cuales pudiese  recostarme cuando lo precisase, aparte del gusto distintivo de ese tipo de proximidad y por supuesto el retozo de mi miembro; pero nunca se me pasó por el antojo transformar la pareja en una especie de contrato con una criada o con una abuela. Creo recordar que todas mis relaciones con las mujeres han sido de iguales, tanto que a veces me asombraba mi flexibilidad de género. o quizás a mi memoria le ocurre como a mi espejo, que tiene tanta miopía como yo.

Si no intentase forjar cierto tipo de amistad en la pareja, confiar el uno en el otro y reír de la misma tontería,¿ cómo compartir el sueño?.

La lucha por la igualdad en los derechos de las mujeres a todo nivel debe continuar, ya que en la mayoría de los sitios y situaciones la mujer sigue llevando la de perder, a partir de ese tramo de tránsito de finales del siglo XIX y el  XX hacia la emancipación en que se desmoronaron los equilibrios de la caballerosidad y el poder masculino, antes de que constituyese un hecho la obtención de algunos derechos homologados.

Habría constituído una entelequia transitar miles de años hasta nuestros días, sin dotar a lo que hoy entendemos como machismo,     de una contrapartida de obligaciones y de desventajas que supusiesen cuando no la conformidad , al menos la convivencia que evitó la rebelión de la mitad de la humanidad.

Acaso al principio de todo salieron el hombre y la mujer de la cueva a buscar leña y cazar algún refrigerio, y tal vez cuando por una ligera diferencia apreciaron que uno regresaba con más cantidad que el otro de ambas materias primas y que a la vez nadie había atendido a las criaturas que lloraban a su llegada, decidieron que por distribución eficaz y productiva del trabajo, era mejor que uno saliese a por los elementos del exterior y el otro se quedase en la cueva. Quizás el hecho de que el hombre en casi todas las culturas sin conexión alguna fuese el cazador y leñador y la mujer la cocinera y quien cuidase de los niños respondiese a un tipo de habilidad intuitiva más apropiadas para cada tarea, o a la adecuación de la realidad a las analogías de lo fálico y lo uterino, no a raíz de un mero reflejo nato condicionado por lo social, sino más de naturaleza innata, toda vez que aparte de nuestros tipos de curvas y las oquedades o protuberancias, nos socorren toda suerte de diferencias bienvenidas y complementarias; acerca las cuales solo el haber abierto juicio de valores por la preponderancia masculina más que machista, en el diagrama del mundo desde la concepción de las religiones hasta los sistemas gubernamentales pasando por el simple hecho de la construcción de las ciudades ha estigmatizado lo femenino como secundario, propiciando el más arraigado de los machismos, el alimentado de leche materna.

 

En mi ámbito familiar y social estuve justo en la línea que también empezó a permitir al hombre gozar de esta nueva manera de relacionamiento, aunque en mi adolescencia aún se suponía que debía acompañar a mi novia a su casa todos los días y no hacerlo día por medio cada uno, debía evitar a toda costa  presentar una erección  fallida en un momento dado,  o largarme a llorar como un crío, lo que entonces sería como una magdalena o aceptar que estaba calado de terror ante una posible pelea a puñetazos, cosas de las que mis amigas sin el más mínimo problema podían echar mano cuando lo deseasen. No pasó mucho tiempo hasta que yo mismo me encargué de hacer mío el ideario de la igualdad, ya que aparte del natural sentimiento de solidaridad hacia mis compañeras, en el ínterin de formación en que yo me encontraba no tenía ninguna ventaja y todo lo que podía esperar de dicha equidad eran ganancias.

En mi medio ambiente ya estaba mal visto que los hombres fuésemos demasiado machos con las mujeres, pero aún no contábamos con licencia para dejar de serlo entre nosotros.

Teníamos obligaciones de tipo machista que nos han llevado a perder la esencia y la verdadera riqueza de la masculinidad desprovista del estigma de lo viril, del arrojo y la potencia, es menester por ende  intercambiar roles y mezclarse en la medida en que esa sea la voluntad propia. La libertad en la elección dentro de la diversidad, es el mejor antídoto contra la desigualdad.

 

Aún falta terreno por recorrer en ambos sentidos, no tanto en los puestos directivos, a Europa hoy la maneja por un lado Merkel en la política y por el otro Lagarde en la finanza, pero sí en las clases medias y sobre todo bajas. Frenar el rezago, la reacción ante el cambio del machismo extremo expresado en el maltrato cotidiano que constituye una tortura más consentida de lo que se admite, aunque es cierto que va en aumento su rechazo, no es menos cierto que muchas son las que mueren en manos de sus captores tolerados.

Y así como hay que repartir los empleos clásicamente relegados a la mujer, por otro lado también falta recorrido para que dejen de ser tareas exclusivamente masculinas las de soldados, mineros, limpia cloacas, tractoristas, aradores, pastores de ganados, pica piedras en canteras, albañiles, marineros pescadores de alta mar, cazadores,  obreros de fundición, buscadores de oro en garimpos entre otros empleos nada reclamados por ola de igualdad alguna.

 

Recuerdo que cuando era un niño vi una pareja de hippies en un aeropuerto de espaldas, iban abrazados por la cintura y no era fácil por detrás distinguir los sexos de cada uno, tenían idéntica estatura, usaban el pelo largo, y ambos vestían pantalones acampanados y a la cintura. Por mi parte deseo un emparejamiento que no tienda a desdibujar los contornos que enmarcan la atracción. 

 Mi abuela materna vivió entre sartenes y aunque desde la más minima expresión de sus aspiraciones enturbió languideciendo supeditada a las atenciones a la familia, sobrevivó de largo y con enorme salud a su esposo. Mientras que mi otra abuela, no era sin embargo un calco de su marido en estatura ni en curvas, pero vaya si lo superó en valor y expresión auténtica de su personalidad, aunque ello le costase el precio de una muerte temprana.

 

 

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4 septiembre 2012 2 04 /09 /septiembre /2012 01:12

 

 

Ronnie vivía también en aquel edificio de veinticinco plantas, el Hotel Habana Libre, en el piso 19, yo vivía en el 21. Mi hermanos, mi madre y yo ocupábamos dos habitaciones desde las cuales se veía el Hotel Nacional, el edificio Foxa y el Someillán, daban al mar, en una tercera que daba a la otra cara de la ciudad, mostrando el barrio de El Vedado noqueado por la Revolución, dormía mi abuela. Ronnie era hijo de Huey Newton, quien fuera cofundador de los Panteras Negras norteamericanos, una agrupación del poder negro de moda por aquellos años convulsos, ellos estaban exiliados como nosotros. En el Hotel había varios cabecillas de organizaciones revolucionarias a nivel mundial cuyos hijos terminaban formando una pandilla, pero ninguno tan perfecto como Ronnie, a excepción de Fernando y por supuesto de mi. Pasábamos el día molestando a la mayor cantidad de personas posibles, ya fuese tirándoles grampas con hondas desde el segundo piso a los que se sentaban a disfrutar de la lectura de un plomizo Granma aderezado con el aire acondicionado en el lobby, o les lanzábamos limones desde la parte trasera de la piscina a la calle o huevos desde el piso 21 para que se llevasen un buen susto antes de regresar a sus casas a cambiarse la ropa salpicada de yema, también rompíamos la paciencia saltando de balcón en balcón y lanzando lo que fuese que encontrásemos secándose sobre los sillones de paja y cobre, pantalones, camisas, ropa interior o caracoles cobos y aguas vivas como los que atesoraba aquel ruso, que un día me descubrió tras haber lanzado sus preciados moluscos desde el piso 21 al tercero solo para verlos hacerse añicos, formando un lío que alcanzó al Administrador del hotel, a la milicia y a mis mayores.

Carlitos Cecilia vivía cerca del parque la Pera, a más o menos un kilómetro del hotel y muy cerca de la Anexa a la Universidad, la escuela Felipe Poey donde ambos estudiábamos. Éramos compañeros inseparables en el aula y mientras duraban los paseos por la calle, una vez entraba al Hotel la realidad cambiaba, mudaba hasta el tono de la voz, levemente retornaba hacia lo que quedaba ya de argentinidad en aquellas consonantes sostenidas y vocales abiertas. Eran otros los amigos, los juegos también, todo ello había nacido de la perversa orden dada por la administración de que al hotel no podía entrar ningún cubano, ningún niño amigo de la escuela podía subir a las habitaciones, a menos que fuese familiar de un alto dirigente, y aún así precisaban un pase. La administración tenía orden de que los de afuera no pasasen de solamente sospechar los privilegios que disfrutaban los de adentro. Esta ordenanza me ayudó a desarrollar una doble vida, como Mr. Hyde y el doctor Jekyll. Mientras afuera del hotel iba creciendo a pasos ligeros y convirtiéndome en el justiciero de mis amigos y un habanero más, dentro me transformaba en un eterno crío travieso que solo pensaba en importunar y divertirse de manera compulsiva con los demás exiliados. Durante medio año que estuve faltando cada tarde a las clases de séptimo grado en la Felipe Poey, iba primero a su casa y nos dedicábamos a cocinar tortillas con lo que hubiese en la alacena, el padre era militar y conseguía latas de cosas que con la libreta no se conseguían, así que contábamos con cierta variedad de ingredientes. Por supuesto todo era limitado y un día la madre pegó el grito en cielo, y Carlitos les tuvo que decir lo que hacíamos aunque se echó la culpa a sí mismo garantizándose un buen castigo, cuando en realidad el instigador de las faltas a clase y las prácticas culinarias era siempre yo. No trascendió al Hotel aquel desliz y pude continuar faltando a clases, tenía pesadillas en que me descubrían, que me enviaban un miliciano de los que me solía detener por hacer travesuras en el Hotel y averiguaba que no había ido a clases en los últimos meses, se lo contaban a mi padre que estaba preso en Argentina pensando que nos estábamos formando como buenos revolucionarios y le causaba un disgusto; me despertaba transpirando y lo volvía a hacer con más ahínco. Entonces fue que Carlitos me invitó a la primera fiestecita con música lenta de noche y me presentó a Moraima, que me tenía fichado, a mi me venía bien cualquier cosa para dar mi primer beso, que solamente lo había podido casi saborear en la persona de alguna prima o la hermana de algún amigo del Hotel a hurtadillas , robado en un trance de algún juego. Fue la primera vez que toqué pechos, los sobé los apreté con fruición, difícil olvidar aquella emoción, me entusiasmé bailando con la entrepierna de Moraima, el vaquero fue áspero, por suerte ella tampoco sabía mucho de nada, ya que yo solo había besado mi antebrazo practicando con un morreo prolongado. Carlitos ya había “apretado” alguna vez y hablaba de ello como de algo muy especial, desde aquel día comprobé que en efecto era mágico, incluso hoy pienso que el placer de ciertos besos en posición de pie, estando vestidos, pudiendo permitirse alguna licencia como acariciar los senos o tocar el sexo por encima de la ropa pueden ser momentos exquisitamente tensos, para aquellos y otros blue jeans menos acartonados. Después de esa ocasión estuve como dos años sin apretar, pero me servía de aquella experiencia que se enriquecía con el aporte de la imaginación cada vez que la sacaba a pasear en los relatos varoniles, para el simple recuerdo o para las mullidas memorias noctámbulas. Carlitos me había hecho un favor impagable, lo probó el tiempo que debió transcurrir hasta que pude acceder por propios medios al área íntima de otra chica. Los cuatro meses siguientes ya que no podía ir a su casa me iba al zoológico de el Nuevo Vedado y llegué a hacerme amigo de un chimpancé que tendría mi edad, era mi alter ego. Llegué a tener una gran amistad con ese animal, el cuidador me permitía acercarme hasta la jaula y pasábamos horas mirándonos e intercambiando las galletitas para monos que yo le daba y las media naranjas que él me convidaba, se podía hablar con él sin tapujos, desde la una hasta las cinco había muy poco público. Entonces, además de la realidad del hotel, la de la calle y la escuela incorporé una tercera, las rejas del mono estaban también en mi cara. Aquel preso no hacía reproches por conducta poco revolucionaria.

 

Ronnie tenía dos años menos que nosotros pero nos sacaba media cabeza. Una tarde que me había visitado Carlitos y que había conseguido en la administración que le diesen un pase que no permitía entrar a restaurantes pero sí estar por el Hotel, Ronnie quería jugar a los escondidos en el Salón de los Embajadores, que estaba restaurándose y era inmenso, repleto de recovecos. Yo estaba entre la costumbre de seguir a mis amigos del hotel en los juegos aún infantiles, y el pudor que me daba con Carlitos ya que dados sus hábitos suponía que consideraría aquello un poco ridículo. Pero él mismo se enchufó y se entusiasmó de tal manera que llamamos a otros muchachos.

En una ocasión le tocó a Carlitos buscar, Ronnie y yo habíamos subido por una escalera de cabillas de hierro incrustadas en la pared dentro de un agujero con paredes de cemento. Estaba oscuro en lo alto y al acercarse, Carlitos se persuadió de que arriba había gente y empezó a decir nombres al azar para ver si adivinaba, lo cierto es que si acertaba no había manera de ganarle corriendo hasta la base, así que había que intentar que subiese hasta arriba y saltar del agujero al mismo tiempo que él para tener una chance. Comenzó a subir y de repente dijo el nombre de Ronnie. Y cuando comenzó a bajar, yo vi como caía un líquido sobre él y al girar la cabeza buscando a Ronnie, vi que había pelado la habichuela y estaba orinando a mi amigo en la cabeza, mientras Carlitos decía- -Oye que mal perder tienes, no me eches agua que me estás empapando!. Entonces, agudizó el olfato y el tacto y se dio cuenta de que no era agua, yo reprendí a mi amigo del Hotel que reía a carcajadas y bajé inmediatamente a contener a Carlitos, eso para él era una asunto muy serio, en Cuba cualquier líquido en la cara que no fuese agua o ron podía saldarse con más que una buena pateadura, ¿pero una meada?, por una meada hasta yo habría sido capaz de soltar los puños.

A duras penas conseguí llevarme a Carlitos abajo, rogándole que no formase lío ya que encima llevaba las de perder. Lo acompañé hasta su casa y no dejé de escucharlo decir que lo buscaría por todos lados y le metería con un bate de beisbol, con una cabilla, con una chaveta, en fin estaba hecho un basilisco, y aunque Ronnie lo había hecho en broma yo había visto a Carlitos en la escuela fajarse con una pandilla y empatar la bronca.

Provenían de sitios irreconciliables como el Hotel y la Ciudad, pero eran mis amigos.

Cuando regresé al Hotel lo fui a buscar al piso 19 y me dijo que lo sentía mucho, que fue un impulso y que iría a pedirle perdón, le dije que encima si había bronca culparían al cubano, me dijo que no, que él diría lo que pasó, Ronnie era muy noble, puro corazón pero ese día había perdido un tornillo.

A los pocos días, llevé a Carlitos al Hotel nuevamente para que sellaran las paces, pasamos el día charlando y esa tarde hasta fuimos a comer los tres a la cafetería, nadie nos dijo nada, ni la camarera ni el capitán, nadie molestó aquella ocasión.

La semana pasada mi hijo pequeño me preguntó si yo tenía amigos que ya hubiesen muerto, íbamos caminando por la cima de un monte, un viento fresco me dio en la cara y recordé cuando regresé de Argentina a Cuba a los 22 años y fui a buscar a Carlitos a su casa, entonces la madre, el padre y el hermano me dijeron - Si quieres verlo ven con nosotros ya mismo , porque le quedan dos o tres días. Y en el camino al oncológico me contaron que había desarrollado un tumor bestial en los pulmones, y que le habían amputado un pulmón, un brazo, un omoplato, una clavícula y ya habían desistido.

Entré en la sala y lo vi en la cama, me recibió con una sonrisa, no recuerdo lo delgado que estaba ni su estado gravísimo, sino su ánimo, me abrazó al borde de la cama y me dijo: -Martín tú me ves así, pero cuando salga de aquí formamos una fiesta, yo voy a seguir tocando el piano con el brazo que me queda, incluso mejor y tú verás que las muchachitas se van a volver locas con nosotros- Pasé una hora con mi amigo que estaba lleno de vida, los ojos le brillaban y su voz era fuerte, a un paso de la muerte no estaba rendido. Salí de aquel cuarto vacío y en efecto cuando regresé a su casa al cabo de una semana ya había fallecido.

Hace dos años mientras recordaba algún pasaje del Hotel habana Libre, me dio por buscar a mi amigo Ronnie por enésima vez con la ayuda de internet, cosa con que otrora no se podía contar. Le había perdido la pista hacia el año 1978 cuando él había regresado a los Estados Unidos, ya que el padre había preferido enfrentar la prisión y que la familia viviese en su tierra. Varias veces había intentado saber que habría sido de su vida sin éxito.

Me enteré de que habían matado al padre en extrañas circunstancias y que posiblemente Ronnie habría presenciado quien había sido. Un par de años más tarde cuando estaba por celebrarse el juicio del presunto asesino de su padre Huey, unas pocas horas antes de declarar, mi amigo Ronnie, quien desde los diez años en el Hotel Habana Libre, para poder quedarse hasta más allá de las siete de la tarde jugando con los demás muchachos hacía los cuarenta largos de piscina que el padre le ponía de condición, apareció ahogado en la orilla un lago cercano al lugar del juicio. Lo supe diecinueve años después de los hechos.

 

-Sí- le dije a mi pequeño vástago- se llamaban Carlitos Cecilia y Ronnie Newton.

Y entonces recordé el día del juego de los escondidos. Y el Habana Libre, y la fiestecita con Moraima, los chicles norteamericanos y las tortillas de carne rusa y me acordé de aquel chimpancé que cuando nos encontrábamos, no se sabía a cual de los dos resguardaban más las rejas.

Quien también fue un buen amigo y que tal vez continúe con vida.

 

 

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1 septiembre 2012 6 01 /09 /septiembre /2012 17:36

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