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1 febrero 2020 6 01 /02 /febrero /2020 16:07

Los hombres nos hemos acostumbrado a ser quienes hacemos el avance para conquistar una dama, para decirles lo bella que son o que nos parecen, o, en realidad, declarar con otro lenguaje las ganas de albergar al muñeco.

Pero hay excepciones en que la mujer es quien avanza. A veces con miradas más devoradoras que sugerentes, a veces con cruces de piernas hipnóticas, a veces gestos faciales disparadores de la bilirrubina, pero también en ocasiones con un piropo directo y sin escalas. 

En Cuba en los '80 eso era algo dentro de lo normal, digamos que con suerte podía ocurrir con frecuencia. Pero hubo un lugar en que una mujer me largó los galgos de improviso de una manera natural y sin ambages, que me dejó asombrado y en cierto modo alegre, en Moscú, a la salida de un metro muy cerca del Kremlin.

Era hora punta, estaba llena la calle de transeúntes saliendo del trabajo a la casa o a las compras en todas las direcciones, yo estaba detenido observando un edificio en una de las escasísimas ocasiones que no me deleitaba mirando la silueta que dibuja un buen culo, y vi con el rabo del ojo que una mujer se dirigía a mi justo al salir del metro, probablemente de mi edad o inmediaciones, la dama me dijo algo en ruso que no entendí, sus ojos y su sonrisa eran un remanso, sabía que me estaba diciendo algo agradable pero no sabía qué, le pregunté en inglés, y en su ingles rústico más o menos como el mío, me tradujo, que yo le parecía muy lindo.

A esa hora de la tarde, sin tener pensado mojar el churro, en medio de tanta gente, que aquella dama, acaso no la más bella, pero ni de lejos la más fea, me dijese aquello a veinte centímetros de mi cara, de otro idioma, de una cultura muy mal supuesta como gélida, nunca me había ocurrido así, nos dimos un abrazo de calor humano, aproveché para jamonearla todo lo que pudiese permitir la circunstancia, y parecía que podríamos quedarnos así hasta la llegada de las primeras nieves, pero al poco rato separamos los cuerpos ya tibios, le dije que la invitaba a tomar algo, yo tenía un lagarto tieso metido en el bolsillo, y me dijo que seguiría a su casa, no tuve tiempo de pedirle el número de teléfono y me di cuenta que no pasaba por ahí, así que nos dimos un beso, uno de los más deliciosos y alentadores con que se puede fantasear, y salió de mis brazos así como llegó. 

Tras inspeccionar su asentaderas, seguí un rato más mirando el edificio, esperé a que el lagarto volviese a ser lagartija y caminé la ciudad con doble energía y el lindo subido, que duró hasta que llegué a casa de mi amigo Slava Filippov a quien estaba visitando en aquel viaje y a quien las tembas no le hacen la misma gracia que a mi, entre otras razones porque vive rodeado de las modelos más bellas y cada dos por tres pica de ese plato de delicias reservado sólo para elegidos; me dijo en su perfecto español:

-Joder, tú siempre con tus viejas

 

También es cierto que uno generalmente cuenta las batallitas que ganó.

He aquí otra para que no piensen que me empaqueto y me pongo el moño.

En ese mismo viaje, la fiesta de cumpleaños de Slava en el Four Seasons del centro de la ciudad, y al terminar nos fuimos a su casa con dos amigas suyas, yo había estado flirteando con una y di por hecho que esa noche aligeraba peso.

Al final las dos se fueron a dormir con mi amigo.

Fue una incomparable cura de humildad

 

Sopa Borsch, roja como Moscú
Sopa Borsch, roja como Moscú

Sopa Borsch, roja como Moscú

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Published by martinguevara

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  • : Mi déjà vu. En este espacio comparto reflexiones, flashes sobre la actualidad y el sedimento de la memoria. Presentes Argentina, Cuba y España, países que en mi vida conforman un triángulo identitario de diferentes experiencias y significantes correlativos.
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