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18 marzo 2017 6 18 /03 /marzo /2017 13:55

Me llevó una harpía, me ubicó en una cueva, dijo que era un secuestro amable, gentil, que me colmaría de placeres y me dotaría de habilidad y fuerza, Así fue que viví con Shira, mi harpía amante, algunas partes de su cuerpo estaban compuestas de plumas y pezuñas, otras, las nobles, estaban cubiertas de piel tersa de mujer divina, en la penumbra de aquella cueva en lo alto de una colina desde donde se divisaba la miseria y grandeza del monte Olimpo, había noches en que mi alma se hundía en la zozobra, entonces ella colocaba mi cabeza entre sus piernas y me embargaba una sensación de paz infinita cuando los labios de su vulva lamían mis mejillas, mis párpados, los ojos, nos fundíamos en un beso que hacía desaparecer el tiempo y la nostalgia; la vida y la muerte correteaban entre las piernas.

Un día me sorprendí besando sus pezones rodeados de plumas, acariciando sus pezuñas, temí enamorarme sin remedio. Sabía que debía volver a vivir con los peligros del aire y el sol, de la gente, los manjares y la guerra; pero a la vez sabía como si se tratase de una premonición que nunca volvería a sentirme tan protegido, y en cada espasmo se me anunciaba que no volvería a experimentar el arrullo mullido de las circunstancias presentes en aquella cueva de los orgasmos.

Aún así un día aproveché el paso del grifo Afen, uno de los pocos amigos que Shira dejaba entrar a la cueva las noches de fiesta en que bebíamos Úk, para pedirle que me llevase al prado más allá de los montes. Fue a recogerme al día siguiente mientras Shira estaba fuera, nunca quise saber que hacía ella durante sus ausencias de la cueva.

Había intuido que Afen estaba enamorado de Shira y no lamentaría demasiado mi huida. Sentado en su lomo, mientras atravesábamos nubes entre la luz que volvía bañarme, sentí a mis ojos pugnar contra el viento por lograr que brotaran lágrimas. Aquello no era una huida, era una dolorosa partida, un adiós sin despedida.

Afen el grifo, mi amigo por siempre me dejó en un claro donde pastaban bebían y cazaban los Sátiros, así que debía apresurarme en encontrar una manera de continuar mi regreso.

Comencé a galopar convertido en un centauro invadido de bríos y seguridad que me daban el arco y las flechas que sostenían mis manos, hasta que se presentó delante mío el bosque de las Medusas con sus riesgos más que tangibles, entonces los cascos de mis patas se elevaron, mi torso velludo se convirtió en el orgulloso pecho de un caballo, se estiró mi cara y sentí un par de alas extensas moviéndose hacia arriba y hacia abajo mientras me elevaba por mi mismo.

Todavía muy lejos del sitio donde me raptó Shira, atravieso el aire invadido por una energía que doblega el cansancio, dejo de ser un Pegaso, todo mi cuerpo arde y sin embargo, con los restos de fuerzas que me quedan, las influencias del amor de Shira, la compasión de Afen y los restos del efecto del Úk, no paro de volar, me elevo hasta donde las tejas enseñan sus mejores vistas y las brújulas sus secretos más celosamente guardados.

 

 

 

Shira, Afen y yo
Shira, Afen y yo
Shira, Afen y yo

Shira, Afen y yo

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Published by martinguevara - en Relax

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  • : Mi Déjà vu. En este espacio comparto reflexiones, impresiones sobre la actualidad y el sedimento de la memoria, sobre Argentina, Cuba o España, países que en mi vida conforman un triángulo identitario, de experiencias diferentes y significantes correlativos.
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