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19 junio 2022 7 19 /06 /junio /2022 18:04

 

 

Pierre eligió uno de los caminos que le indicaba la aplicación de navegación contenida en el teléfono móvil, pero al rato de emprender el viaje le surgieron las dudas de si iba por el camino más conveniente- caramba, si siguiese mirando el callejero para tomar las rutas como en otros tiempos, tendría el camino entero grabado en mi cabeza- así que se lo dio a su hijo que iba de copiloto y le pidió qiue pusiese otra dirección, iban de Saint Tropez a Toulouse, pero sentía más confianza si ponía como primera meta a Narbonne, de todos modos debían detenerse un rato allí para comer algo, una vez lleno el buche volvería a poner Toulouse. Cuando el hijo terminó de poner el destino en el teléfono, la voz guía de la App saltó con una indicación insólita:

-Tome la A-8-

Y es que iban por la A-8 desde hacía una hora. Entonces el padre tomó el teléfono entre asombrado y ligeramente asustado, miró la línea azul que le proponía la pantalla y se alivió al constatar que en efecto había incurrido en redundancia, ya estaban donde les recomendaba incorporarse-

Cuando estaba emitiendo el leve suspiro de alivio, de la ventanilla de una furgoneta que se ubicó al lado en el carril izquierdo, salió una cabeza haciéndole señas con la mano- carajo, a ver si voy a tener humo negro, o una rueda baja justo ahora- pensó en el instante, pero al volver a mirar al costado atendiendo a la insistencia del hombre de la ventanilla, se dio cuenta que lo invitaba a seguirlo, que era policía camuflada, y que estaban felices de haberlo atrapado con las manos en la masa.

-La puta que lo parió, por un segundo que miro el móvil, que mala suerte, a ver si los convenzo de que solo me fijaba si lo de tomar la A-8 era correcto-

La furgo se puso delante del automóvil, encendió un cartel luminoso en la ventanilla trasera indicando al automóvil de Pierre que lo siguiese. Llegaron a una rotonda, tomaron la salida, se detuvieron y bajaron dos efectivos de la Gendarmerie. Le comunicaron que la multa era irrevocable, que lo cogieron in fraganti y que daba igual si estaba mirando las redes sociales o el navegador. Pierre se defendió explicándoles que tenía tan claro que no se debía tomar el teléfono manejando, que le pidió al hijo que le pusiese Narbonne en el GPS, y que se alarmó por la recomendación de que tomase la carretera por la que ya iba, solo miró la pantalla a la misma altura del parabrisas sin quitar ojo de la vía.

-No importa si es para el navegador, para hablar o para el Facebook, la ley penaliza tomar el teléfono conduciendo. Son 200 euros y seis puntos del carnet.

Pierre evaluó la situación y se percató de que no había nada que hacer discutiendo con los agentes felices de clavarle la multa, todo lo que podía conseguir era empeorar, aunque fuese solo los ánimos y por otro lado, prefería dar ejemplo de conducta a su hijo, mantener la dignidad y no mostrarles ni siquiera su contrariedad y tristeza al tener que despedirse de doscientos morlacos. Pero sí atinó a decirles a los gendarmes, "con tanto delincuente suelto, me vienen a esquilmar el dinero de la comida de mis hijos"

Un pataleo con el que incluso, los dos agentes se mostraron condescendientes, un poco porque ya habían conseguido amargarle el viaje a un vacacionista, y otro tanto porque se habían dado cuenta de que en verdad, Pierre había sido victima de un agudo rapto de tremenda mala suerte.

Pierre prefirió pagar la multa en el momento por dos razones, para salir mentalmente de ese bajón, y para recibir el papel con los números de los dos agentes que tramitaron el cobro por tarjeta. Así fue, de repente, él los tenía identificados. Siguió su camino con su hijo, comieron en Narbonne, llegaron a su casa, creyendo haber pasado página.

A los pocos días en el trabajo le comunicaron que sería despedido en dos semanas, ya que se había quedado sin carnet de conducir debido a la sustracción de seis puntos que lo dejaban sin ninguno, él explicó la situación a todas las instancias de la empresa, les pidió por favor que klo esperasen, que tomaría un mes de vacaciones mientras hacía el curso que le devolvería la mitad de los puntos y podría volver a desempeñar su labor de gestor de activos en el automóvil por toda la zona de Toulouse hacia toda Occitania, pero le dijeron que el retorno del carnet llevaría tres meses como mínimo si todo iba bien, no podían permitirse esa cantidad de tiempo, ni les parecía serio  mantener en plantilla a un empleado, delegado de un área, que se tomase tan ligeramente su responsabilidad en el trabajo. A partir del despido, Pierre comenzó a enfrentar paulatinamente los problemas característicos de su situación, no encontró trabajo, los ingresos en la casa mermaron, esto llevó discusiones conyugales, sinsabores, peleas, separación temporal, más tiempo de lo que el decoro sugiere calentando las copas de vino de los bares, en definitiva, un deterioro de la comodidad que él daba ya por sentada para siempre, como si fuese el estado natural.

 Al pasar un espacio de tiempo, Pierre decidió dedicar las semanas siguientes a conocer cuanto pudiese de la vida de los gendarmes,  sus nombres, la comisaría donde trabajaban, costumbres, horarios.

Se desplazó a Pourcieux, donde trabajaban los policías chupópteros de trabajadores en vacaciones que se desplazan en coches humildes. Alquiló un motel de carretera Ibis a solo doscientos metros de la comisaría donde consiguió averiguar que trabajaban los dos agentes. Empezó a comer en establecimientos de comida rápida, a dar paseos alrededor del barrio del motel, el polígono industrial y la comisaria y vigilando de ese modo se enteró de la hora en que empezaban a patrullar, cuando iban a comer, a tomar café, al baño, incluso cuando paraban a mear. Y entre todas las actividades descubrió algo de lo que buscaba, detectó cada cuanto tiempo se detenían a pasar un buen ratito en el burdel que estaba a dos kilómetros.

Los policías trabajaban en un automóvil camuflado de civil, con el uniforme de la gernarmerie, pero antes de ir a relajarse merecidamente al puticlub se vestían de paisanos.

Una tarde Pierre entró al local y vio que ambos subían con dos muchachas a las habitaciones, sacó fotografías de los besos y arrumacos que se prodigaban con las mujeres en la barra, generalmente con dos clases de deseos diferentes, él de follar, ella de vomitar. Alcanzó a fotografiarlos también subiendo la escalera hacia los cuartos.

 

Antoine pasó toda su infancia en Bretaña, había nacido en la Normandía baja y los padres prefirieron el clima de Quimper, le gustaba hacer surf, insistía en pulir su técnica en las olas de las Landas, y a veces de cerca de Brest, pero lo cierto es que era demasiado torpe como para lograr mantenerse de pie en la tabla. Por eso pasó al windsurf, deporte en cual llegó a mantenerse sobre el agua sin sobresalir de sus amigos, incluso de los que se subían por segunda a vez, pero tampoco nunca le importó demasiado la vela tabla, su ilusión habría sido ser aceptable en solo tabla, y su frustración, imperceptible a simple vista, crecía por dentro recordándole su inclinación al fracaso cada vez que emprendía un nuevo desafío. Con el paso del tiempo y los tropiezos, decidió no fantasear más y dedicarse a algo que le permitiese intervenir en su favor la voluntad de los demás ¿qué mejor que ser policía? Cada vez que le diese la gana podía detener a unos pringados y hacerlos sonreir como tontos, decir a todo que sí, hacerlos pedir, rogar disculpas incluso sin haber cometido ninguna falta, también podría repartir buenos porrazos de vez en cuando, o practicar con una bolsa humana los golpes de defensa personal que en una pelea se los harían meter por el mismísimo orto. Y si alguien decidía no dar su brazo a torcer, se lo podría llevar al calabozo por desacato, insultos a la autoridad, o cualquier otra excusa. Perfecto, definido, Antoine el gendarme, desastre de la ley. Se casó con la prima de sus hermanastros, lo mejor que compartía con su mujer es que solían reír mucho en las largas sobremesas de los fines de semana. Habían tenido grandes dificultades para conseguir tener hijos, hasta que ella quedó embarazada, a los nueve meses nació una niña con Síndrome de Down, que a la vez que unía y separaba al matrimonio todo lo más posible. Los unía en la promesa de jamás separarse, y los distanciaba en imposibilidad progresiva de siquiera poder tocarse, por esta razón ella conocía que de vez en cuando las andanzas de su esposo por las casas de citas, con la condición inalienable de que permaneciese en el más estricto de los secretos y la discreción. Lo de trasladarse de provincia varias veces en la vida le había legado cierta inclinación a sentirse bien con la idea de viajar, de dar la vuelta al mundo, de hacer todo el trayecto del transiberiano, recorrer en bicicleta América del Sur, conocer el lejano oriente. Pero entre una cosa y las otras, nunca ponía en práctica esos proyectos, lo cual no le impedía sentir el mismo gozo al abordarlos en su mente.

 

Renaud nació y creció en un suburbio de Nimes. Su padre le daba buenas palizas que más tarde, Reanud las achacaba a varias frustraciones, no había podido estudiar, era el hermano más torpe y feo, se casó con la única mujer que lo soportó un par de meses como novio pero no le gustaba demasiado de joven, y nada en absoluto después de llenarse de hijos, cuando ambos descuidaron la estética, la educación, incluso la higiene. Llegaba del trabajo e iba al bar, cuando regresaba cobraban todos los que estuviesen por delante, sobre todo Renaud, que se parecía a su padre en que era acaso el menos agraciado de los hermanos, el del medio, que no tenía ni la más mínima habilidad que pudiese enorgullecer a unos buenos padres, mucho menos a semejantes ogros, solo mostraba interés por pasar el rato con los amigos pateando pelotas contra una enorme pared al lado del riachuelo y de vez en cuando cazar los pequeños animales de la zona y cortarlos en pedacitos, disfrutaba de ver su reacción. A las lagartijas, sapos y ratones primero les cortaba las patitas, después les abría el estómago o les cortaba la cabeza, trayecto en el cual, el padecimiento de los animalitos lo llenaba de placer, exudaba alborozo. Lo mejor de su vida era cuando cada verano lo visitaba una prima con los tíos, siempre estuvo enamorado de su prima, fina, linda, graciosa, parecía siempre tan contenta con todo que solo se podía disfrutar con ella al lado. Tras darse cuenta que no destacaba en los estudios y que tampoco sentía una diáfana inclinación hacía oficio alguno, que ni siquiera le veía sentido a poseer habilidades, decidió que el mejor trabajo que podría desempeñar, era el de policía. De policía nadie le preguntaría por sus carencias, por su escaso interés ni sus renuncios, y podría practicar tiro, que era algo que en cierta forma sí le atraía. Renaud se casó con una chica de Nimes, de su propio barrio, con la cual comenzó a reproducir los mismos tics de su padre con su madre, salvando la distancia entre los sensibilidades convencionales que establecían y toleraban los tiempos en materia de maltrato. Si el padre aporreaba con la mano cerrada a la madre mientras esta conseguía escabullirse hasta el cuarto para evitar el rubor de ser vista por los hijos aguantando semejante humillación, él insultaba a la esposa hasta hacerla llorar y experimentar cierta vergüenza de sí misma, de su figura, de su fracaso, de su dejadez y de cómo cada día que pasaba soportando tal degradación, más lejos estaba de tener la fuerza necesaria para salir de todo aquello. Hacía años no quería hacerle el amor, visitaba cada vez con mayor frecuencia sitios de prostitución donde poder afirmar que aún su virilidad funcionaba, que aún no era prisionero irreversible de las fantasías sexuales inapropiadas que asaltaban su cabeza y espoleaban su deseo cada vez con mayor frecuencia. El tema era que la esposa, Claire, era la causa de que viviesen con cierta holgura económica poco habitual en familias de su extracto socio cultural, todo debido a una jugosa herencia que ella había recibido de su padre, y por nada del mundo deseaba perder su ya perfectamente establecido, nivel de vida. Tenían dos hijos, que se pasaban el día peleando.

Antoine y Renaud llevaban patrullando juntos en tráfico los últimos cuatro años. Compartían el placer de disparar, de vez en cuando Antoine acompañaba a Renaud a cazar, pero no disfrutaba tanto de matar animales como su compañero. Tanto Antoine como Renaud eran intimaban en la idea, de que el tipo de patrullaje de ellos ejercían, con la furgoneta camuflada de transporte civil, era un método puramente recaudatorio, no preventorio ni profiláctico, aunque reconocían sentir deleite cada vez que tras atrapar a un infractor veían la cara que ponía al conocer el monto de la multa que devengarían de su cuenta, así como los puntos que le restarían.

Era una discusión ética, ya que el motivo de la recaudación daba un sentido totalmente distinto a la finalidad misma de la existencia de la policía, que la persecución de la prevención que supondría un automóvil con sus sirenas, su color corporativo y la inscripción de la fuerza policial en a puerta del vehículo, de cara a refrescar la memoria de todos los conductores con que se cruzasen, respecto de las buenas normas de conducta en la carretera.  

Y aunque una cosa no lleva necesariamente a la otra, siempre sentían el incómodo paseo del pequeño bichito del mal proceder cada vez que cazaban a un incauto. La fuerza del placer domaba con suficiencia cualquier resto de cargo de conciencia.

 

Pierre hizo imprimir las fotos que obtuvo de forma furtiva en el burdel. Y en los momentos en que sabía que Antoine y Renaud se encontraban desempeñando su trabajo de patrullaje por la carretera, se presentó en la casa de cada uno, portando sendos sobres con una inscripción que dejaba claro que eran sobres confidenciales para abrir exclusivamente por sus destinatarios, el señor Antoine Roux, y Renaud Morel. Se tomó un tiempo para llamar al timbre entre una casa y otra, en ambas como tenía programado lo atendieron dos mujeres que dijeron ser sus esposas, les comunicó que eran para entregar en mano, que podían recibirlo ellas firmando un recibo que Pierre había improvisado, dando un documento de la persona firmante y un teléfono móvil, tras lo cual se despidió dando las gracias y recordándoles la importancia de que recibiese, cada uno, su correspondiente sobre. Lo mismo hizo en la comisaría a donde pertenecían, dejó dos sobres con los nombres en las manos de su jefe, una vez que logró que él saliese a recibirlos, se presentó como un empelado de correo privado, pidió un nombre una firma y un teléfono al superior, él sargento no le facilitó un móvil, pero sí el teléfono fijo de su oficina en la estación.

Después se dirigió al punto de la carretera donde sabía que en breve llegarían a tomar su acostumbrado café de la tarde, parada que hacían cada día, sin falta. Mientras esperaba cargó los números de teléfono de las dos esposas de los agentes, los volcó en una aplicación de chateo y preparó un correo en que les decía que abriesen los sobres, y al que adjuntó las seis fotos de los dos compañeros de trabajo y compinches de farras con sus partenaires ocasionales. Con el teléfono del sargento no pudo hacer lo mismo porque era de línea, pero lo grabó en la agenda telefónica, con el nombre y apellido con que había firmado el recibo del correo. Le pagó a un repartidor de la zona para que entrase a la cafetería, para que le dejase al dueño o encargado tres sobre idénticos a los ya despachados, con la clara indicación de que les fuesen entregados a los dos agentes una vez llegasen al local.

Dentro del sobre, además de las mismas fotos que había dejado a las esposas y al sargento, introdujo una hoja señalando una serie de simples pasos que debían ejecutar, ipso facto, si preferían mantener estos deslices en secreto.

Una vez que el muchacho de los recados se hubo ganado los euros más fáciles de su vida, Pierre entró al establecimiento, se sentó al lado de una ventana, pidió un café con leche, un croissant, cruzó los dedos bajo su perilla y las comisuras de sus labios se arquearon hacia arriba dibujando una tenue, cauta, pero luminosa sonrisa.

 

Autoroute A8
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Published by martinguevara - en Europa Aorta Relax

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