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15 mayo 2021 6 15 /05 /mayo /2021 08:59

Se llamaba Elena, nació a inicios del siglo veinte, en una aldea de la provincia de Burgos que está en el medio del triángulo idílico formado por Lerma, Santo Domingo de Silos y Covarrubias. Su padre vendía carne o directamente los animales que criaba a esos tres pueblos llenos de historia y de casas blasonadas. Atravesaba las elevaciones que los rodeaban con los burros cargando la mercadería y con la nieve garantizando su conservación y ralentizando el ritmo de la marcha. Valentín murió por un disgusto causado por la traición de un amigo, eran otros tiempos en que un embuste podía matar. Los jóvenes fueron partiendo de a dos por vez a Burgos, apertrechados de sus petates, de ahí a Vigo, y de ahí en barco a Argentina, un país donde se prometía trabajo y nueva vida en una tierra fértil, una gran ciudad, cielo azul y gente amable.

Mi abuela salió con su hermana mayor y con otra vecina de la aldea, contaba que nunca consiguió quitarse del todo el acceso de rabia de que fue objeto, cuando fondearon en Río de Janeiro, y su hermana y vecina no la dejaron bajar del barco con ellas para pasear y pavonearse, porque era demasiado joven, tenía quince años y les haría parecer una niñatas cazurras. A menudo contaba como volvieron con bananas y frutas, la piel tostada y alegres como nunca las había visto mientras ella solo veía las luces por la noche que inundaban toda la costa. Tan bien lo contaba y al cabo se reía de ella misma y que no pudiese olvidarlo, que me lo trasladó como si me hubiese sucedido a mi mismo.

La abuela trabajó cuidando niños de una familia pudiente, como la de mi otra abuela, en aquel tiempo el europeo viajaba a América para servir al criollo. En América hubo tres épocas, una en que el europeo viajaba al continente para ser servidos por peones esclavizados, después  viajaron para servir al criollo, y hoy los americanos viajan para servir al europeo en sus casas. Trabajó y fue muy querida por los niños que crió hasta que se casó. Mi abuelo no era el tipo más cariñoso, ni siquiera el más considerado, la abuela fue una de esas mujeres que aguantó de pie y en silencio y nunca dejó de trabajar en la casa ni la escuché quejarse.

Cuando nací casi pasaba más tiempo con la abuela que con mis padres que trabajaban ambos, para mi estar cerca de “elabuela” era el paraíso, una especie de nube de la que no quería bajar, tal como le pasaba al dragón verde con la nube dulce. La paciencia, el cariño, el olor a limpio de la abuela aun me conmueven. Cuando la recuerdo escapa de mi hipotálamo y me llena el cuerpo, y va más allá, se instala en mi derredor, lo cual me prueba que la abuela nunca me abandonó. Después se fue a vivir con nosotros, se levantaba antes que todos, nos hacía el desayuno, empezaba a las cinco y media con mi viejo, su yerno, y se acostaba tarde, cuando todos ya estábamos en la cama, tras lavar el último plato de la comida que también ella había hecho. Así fue hasta que partió, quedándose en cada intersticio de nuestras vidas.

Hace más o menos un mes, no podía pegar un ojo, llegué a un punto de dificultad de respiración que solo podía estar sin sentir que me ahogaba si me ponía en posición de alumno descansando en su pupitre, con la cabeza inclinada sobre los brazos cruzados apoyados en la mesa. Solo así lograba conciliar el sueño aunque fuese unos minutos. Solo así el aire conseguía entrar y salir de los pulmones con una victoria pírrica. El segundo día no pude siquiera dormir unos minutos y por la mañana fui al Hospital de León, previamente pasé por una panadería, compré dos palmeras grandes, las llevé a casa de mi ex mujer y mi hijo, lo desperté y le dije que ahí le dejaba desayuno. No sé por que me dio por ahí. Llegué a urgencias y pude aparcar en un sitio gratis. Me dirigí a la puerta de Covid 19, ya que estaba convencido que mi obstrucción pulmonar era debido a haberle dado albergue a este virus. Curiosamente el personal que me atendió también pensaron que podía deberse a este virus. Ipso facto me hicieron varios estudios, y al cabo de un tiempo me invitaron a acostarme en una cama con un pijama, y tras un electrocardiograma y una ecografía, la cardióloga me pidió el teléfono de un familiar para avisarle que me quedaba ingresado. En el momento en que me dijo que me quedaba allí sentí como si tuviese fiebre y entrase mi abuela en aquella habitación. De ahí me subieron a un área intermedia de Covid mientras esperaban los resultados de la prueba PCR, me dieron la indicación de no levantarme para nada ese día, y pasada la cena me llevaron al área cardíaca. Desde ese momento hasta ocho días más tarde en que me dieron el alta, el trato fue de una exquisitez, de una calidad humana y profesionalidad, por parte de todas y cada una de las enfermeras y médicos que sentí en cada instante como si mi abuela hubiese aparecido para cuidarme, para que mi corazón no se detuviese como el de su padre, sabiendo que Cupido ya no aloja ahí su saeta, pero que los disgustos y la amargura continúan opacando su brillo.

Además del calor humano, destaco la tecnología, la limpieza, la comodidad de la habitación de la cama eléctrica, de cada medicamento o tratamiento aplicado. Siempre fui defensor de la salud pública, de la sanidad para todos a coste cero, pero en esta ocasión quedé realmente impresionado por todo lo que hacen esas personas heroicas, no solo para que continuemos con vida, sino para que nos sintamos como en el más protector de los brazos.  Todo sin pagar un céntimo.

Tenemos que defender con todos nuestros esfuerzos y recursos la salud pública, pero incluso ir más allá, dedicarles un amor y una porción de respeto a esas almas que van de un lado a otro mientras estamos en ese limbo, intentando que nos quedemos en esta dimensión, y que si nos tenemos que ir, que sea en el viaje menos traumático posible.

Más cariño y más salario para todas esas personas que cuando entran al tajo se visten con el alma de mi abuela y la dignidad de su padre.

Abuela Elena a los 90

Abuela Elena a los 90

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Published by martinguevara - en Europa Aorta Relax
8 mayo 2021 6 08 /05 /mayo /2021 20:27

Radio era casi sordo cuando le convenía, tenía la velocidad exacta y las ideas claras cuando salía de su casa en la tarde después de la hora en que todos almuerzan. Pero era un cabeza de zapato si por la razón que fuese tenía que poner un pie en la calle en horas de la mañana.

Ese día salió dormido, aletargado, como embotado en sus pensamientos pastosos, con los ojos inyectados en plumas de ganso para almohadas anti asmáticas. Era un fantasma callejón abajo por el costado de la panadería, tenía una moneda en la mano que llevaba metida en el bolsillo derecho y la punta de sus dedo medio tocaba las llaves del coche viejo. Del rojo, ese que todavía estaba rodando con sus ruidos y su rock’n’roll. La moneda era de pocos céntimos.

Su casa se abrió en canal a lo lejos mientras despejaba el presente en esas calles espesas, dragadas hasta las cloacas donde la mierda navegaba a contramano con pedazos de piel, pelos y gotas de sangre. Todo lo que logra sobrevivir a los jugos gástricos naufraga por las entrañas del callejón, cloaca abajo. Su casa a lo lejos se partía en dos como un higo, la esposa dormía al lado de la cuna, reinaba la paz del sueño, la inconciencia del descanso. El menefreguismo de la haraganería levantaba los tablones del parquet y los convertía en remos que se impulsaban contra el haz de luz que emanaba de la lámpara del techo. Una bombilla Phillips sin obsolescencia programada que dejaba ver los agujeros de las caries e iluminaba el mal olor que escapaba entre las costuras flojas de los calzoncillos y las bragas. El remanso de la holgazanería.

Radio no paraba de caminar aumentando la prisa, como si cada balcón de las calles cada vez más anchas y bañadas por el sol fueran a desprenderse de sus paredes y caer sobre sus talones, sobre sus gemelos, sobre el paisaje trasero en que él imaginaba su casa abriéndose como una flor unas horas antes al amanecer, como el mar pacífico, como la rosa Shakespeare. Apretaba el paso con la moneda asida entre sus dedos índice y pulgar, mientras el medio ya había dejado la llave del coche para acariciar un huevo por encima de la tela del bolsillo del jean “oh que sensación”.

La panadería estaba cerrada pero enfrente estaba la tienda de golosinas que también vendía unas barras de miga horneada parecida al pan. Cuando hubo despejado sus dudas de porque permanecía cerrada a esa hora de la mañana la panadería de los coscorrones tostados y el suelo grasoso, bajó la acera y cruzó la calle que cubría los ríos de mierda, olió un aroma breve pero inconfundible a alimento horneado y entró en la tienda de los chinos. Se bajó los pantalones le hizo señas a la china para que le manosease el rabo, ya que se le había parado de tanto tocarlo con el dedo medio, y la mujer oriental dueña de la panadería auxiliar accedió como de costumbre. Su marido no sentía el mismo entusiasmo que ella cada vez que la sorprendía dando placer. Precisamente el chino estaba sacando el pan del horno eléctrico y Radio le pidió dos barras. Las pidió entrecortando las palabras para acariciar la mano de su esposa, pagó, y sin poder esperar a saciar sus deseos, se despidió de los dedos suaves de la china, guardó el venoso en su bragueta y volvió a jugar con la moneda.

Apretó el paso más liviano de toda aquella mañana e impulsado por la intuición de los efluvios de la peste que no quería oler, fue alejándose con dos barras de pan industrial calientes bajo el brazo, dejando atrás la descomposición de los balcones y el duelo de los guapos, camino a su casa que de a poco volvía a la normalidad a lo lejos, donde con calcetines y camiseta de una semana dormía su esposa cerca de la cuna del bebé, un cabezón divino que con los pañales bien cagados se aferraba a Morfeo.

Cambiarle los pañales al niño, calentarle un biberón, prepararle la bañadera, meter la ropa sucia y olorosa en el tambor giratorio de la bendita lavadora, radio recordaba cuando su abuela le lavaba todo a él a su madre y padre a mano, a lo sumo con la ayuda de una tabla e madera, que a veces era del mismo material que la pileta porque venía ya incorporaba. La abuela se levantaba primero que todos y se acostaba cuando ni las moscas de al cocina tenían más energía para seguir jodiendo bssssss, bsssss, ni tenía sentido que lo hiciesen si no había nadie entre migas y alguna fruta. Radio no esperaba que su mujer de la que no estaba casado pero llevaban más de diez años juntos, se despertase para atender a la criatura, ni para hacerle un café descafeinado con leche sin lactosa y sacarina, él casi de manera instintiva lo hacía todo, no necesitaba a nadie más que el recuerdo de su abuela, que podía con eso y con todo lo que le echasen.

Dejó las barras de pan en la encimera, puso la cafetera y una tetera eléctrica porque él no podía tomar café, al menos no ese café tostado y metido en el paquete hace tanto tiempo, que en el mejor de los casos sale de la cafetera con un sabor la cuarta parte de bueno que en una buena cafetería con una buena máquina con café portugués o italiano recién molido, en su mesita leyendo o mirando pasar los culos enfundados en sus jeans jamoneros de temporada. Prefería infusión, y dañarse el estómago de vez en cuando con verdadero placer de labios y papilas.

Puso unas tostadas de paquete sobre la sartén para calentarlas, sacó mantequilla y mermelada de fresas y puso todo sobre una bandeja que llevó a la cama de su querida dormilona.

Ella abrió un ojo, sonrió, dijo buenos días soltando un leve aroma a boca cerrada durante horas reteniendo los resultados de los procesos digestivos y sus descartes, que fue in diminuendo en la medida que siguió hablando palabras en voz baja y sin demasiado sentido. Radio le miró el culo, era algo que no podía evitar, el culo de Perna era francamente una delicia para la vista, contornos de nalgas, caderas, y vientre, columna, piernas y cintura que rozaban la perfección, solo la resistencia a una higiene más pulcra, equilibraba un tanto aquella maravilla. La braga que era rosada tenía la parte del bollo con toques amarillentos sobre el color original. A eso se refería Radio cuando le decía “mi amor ve a lavarte y no te eches agua así nomás, dale jabón y estopa a eso” y en silencio, en su interior aunque estaba seguro que Perna lo entendía con un sexto sentido de comunicación: “porque si no te va a mamar el bollo tu abuela”.

Él sostenía su taza cerrada comprada en Starbucks, llena de ese té de Sudáfrica, que le permitía ir tomando de a sorbos durante una hora o así.

-¿Qué hacemos hoy cariño?, podemos ir a la sierra con el niño- a ambos les encantaba ver con la alegría que el bebé se tomaba los viajes en coche saliendo de la ciudad y viendo el verde o la nieve. el niño era la verdadera fiera de esa casa.

-¿No te comenté que viene tía Eloa este fin de semana. Pero se queda en un hotel, dice que no quiere molestar– dijo Perna

- Coño, dile que venga al menos un día, le va a gustar estar con el niño.

Se metió en su habitación de lectura, computadora, televisor, música, y retiro, puso un disco de los Grand Funk, el concierto grabado “Caught in the act” y se tiró en el sofá, a lo largo, con la cabeza sobre un cojín forrado de cuero que impedía la entrada y salida de cualquier partícula de polvo, de ácaros, un cojín tan cómodo como saludable. Se quedó pensando con los ojos cerrados. La tía de Perna era la única persona que soportaba un día entero en la casa, también porque solía ser muy estricta en sus horarios y en sus buenas costumbres de “visita” , nunca hacía ruido cuando dormían, ni ocupaba demasiado tiempo los lugares principales de la casa, la mesita de la cocina, sus dos sillas del comedor preferidas, su sillón favorito, ni entraba al cuarto de pensar excepto si alguna señal la invitaba a pararse en la puerta preguntar algo y luego a pasar. Ese era el mejor momento con la tía Eloa, que a pesar de sus años, seguía estando más buena que el pan caliente con mantequilla salada y ajito picado. Radio nunca le metió mano pero muchas veces estuvo a punto, y aquello lo ponía muy excitado. Cuando la tía cruzaba las piernas y dejuaba ver pispear dentro del escote, el cuartito se convertía en un oasis

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21 abril 2021 3 21 /04 /abril /2021 13:09

Faltaba poco para fin de año y nos pasó a recoger un automóvil Volga para ir a conocer los dos nuevos departamentos que nos daría el ICAP. Atravesamos Centro Habana hacia La Habana Vieja, no era el lugar donde había que vivir, íbamos para el lado contrario al que sería considerado mejorar, todo lo que era del Habana Libre hacia la parte más destruida de la ciudad en busca del túnel, era claramente un castigo, todo lo que fuese internarse en ell Vedado en procura del otro túnel que llegaba a Miramar, era un premio. Pasamos a La Habana del este, los paisajes eran amplios, los conocía de cuando iba a la playa, circunstancia en la cual, cuando la vista se perdía de un lado hacia el mar y del otro hacia la frondosidad caribeña de la naturaleza salvaje apenas recortada por algún jardinero anual, solo cabía el disfrute de la contemplación, modificaba diametralmente la percepción cuando uno entendía que ese sería el camino a casa, o l,o que es peor, desde casa, enterrado en casa, ahogado en casa, conminado y enclaustrado en casa.

Por primera vez salí de la carretera antes de las playas del Este para entrar en una carretera más angosta que anunciaba que estábamos en los dominios del barrio obrero de hombre nuevo de Alamar, y aparecieron en el perfil que marcaba la horizontal de mi ventanilla bajada los primeros edificios de la barriada dispuestos de forma desordenada, con sus típicos tanques de agua arriba y sus cinco plantas por escalera, ubicados sobre jardines improvisados en la tierra roja. Estacionamos,, bajamos del Volga y tomamos un camino de concreto que nos llevaba a dos escaleras, donde estaban situadas las que serían nuestras viviendas. Del lado derecho había un Círculo Infantil,. Y del izquierdo se alzaba el espanto de bloque al que de ningún modo quería mirar.. subimos la escalera observados sin el más mínimo reparo por decenas de pares de ojos, y entramos a la vivienda, amoblada, dotada de refrigerador, televisor, radio, y utensilios de cocina y limpieza, de ahí fuimos a la otra que era exactamente igual pero estaba dos escaleras más allá. Llegado ese momento la nuez y los esfínteres se me aflojaron, fue el primer uso que le di al baño, cuando tiré de la cadena quería que agua me llevase consigo y no solo concluyese aquella pesadilla, sino que quedase muy atrás, lejos, tanto com estaba ese espanto del Hotel Habana Libre. Creo que a todos se les quitaron las ganas de comer los ravioles de la abuela, nos habríamos conformado con los cientos de platos humeantes que llegaban de manos de las camareras a nuestras mesas de refrigerio, y habríamos con gusto aplazado esa romántica idea de de tener vida de barrio como solía decir mi madre.

A la semana pasaron a recoger nuestros enseres en camionetas y nos volvió a llevar el Volga pero sin regreso al hotel. Los obreros subieron los libros y algunas cosas más que se habían juntado en tres años y medio, y el encargado del ICAP que nos llevó, esa vez sin subir al departamento, acaso también no demasiado emocionado con la estética que le brindaba el edificio de la zona 6 de Alamar, su vecindario tan popularmente revolucionario,  esas flores Mar pacífico que recubrían los muros del círculo infantil y la sombra del framboyán, nos brindó su última sonrisa servil, la de ¡buff, que bueno, terminó todo! Se subió al coche ruso, encendió y antes de que mi brazo extendido pudiese detenerlo, pudiese lograr devolverme a la habitación 21-31 de L y 23 3n 3el Vedado, para conservar las últimas gotas de argentinidad que amenazaban con diluirse en esa calle de cemento sin rejillas, sumideros ni historia. Volví a caminar con la cabeza baja.

Así fue que finales de 1976, tres años y medio después de haber llegado a La Habana, una vez cerrado el sarcófago a toda licencia estética, fue cuando realmente aterricé en proyecto revolucionario cubano.

Jamás nadie escuchó de mi boca ni de mi madre y abuela una queja al respecto, porque éramos agradecidos y educados, y porque me dolía ver exiliados que se quejaban amargamente, mientras los cubanos debían trabajar tres años para obtener una de esas casas sin muebles ni electrodomésticos; pero esta es la pura verdad.

Alamar, el coscorrón del pan
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20 abril 2021 2 20 /04 /abril /2021 15:40

Pasaron meses en que seguíamos con nuestras vidas ordinarias mientras los equipos de trabajo de refacción del hotel iban subiendo pro cada planta, ocupando cada piso con taladradoras, martillos, baldes con cemento, levantando alfombras, golpeando paredes, empezando por el lobby que ya parecía una superficie extraterrestre, en la que en cierta manera daba una sensación de riesgo caminar  ver convertido cada rincón conocido, cada esquina, cada tienda, baño, zona de sillones, alfombras, bares todos destartalados. Luego fueron subiendo del segundo piso al Mezzanini, aunque como era el comedor en que la mayoría de los huéspedes estables solíamos comer, no lo destriparon como el resto de plantas.

En un cumpleaños de Ronnie, los padres lo habían llevado a cenar a un restaurante que pertenecía al hotel y nunca lo habíamos sabido, el “Polinesio”. Y la razón por la que ni siquiera lo habíamos sospechado, incluso llegamos a ir pagando, es porque para entrar había que salir del hotel y caminar por un pasillo lateral que daba a la Rampa, donde se formaban colas de cubanos esperando para ser atendidos, porque se habían ganado el derecho a cenar por sobre cumplir una norma de trabajo o por haber delatado a un contrarrevolucionario del barrio. Cuando Ronnie nos lo dijo empezamos a ir cada vez más, la comida era muy rica, de tipo oriental, arroz fritos, maripositas chinas y pescados en modo de chop suey. Y precisamente en esa época lo mejor del Polinesio es que no se hacía evidente mientras se masticaba la comida el desmantelado del hotel.  Incluso en la mesa sueca del piso 25, ya habían empezado las obras de levantar los suelos en el ala de enfrente que era el cabaret Pico Turquino.

En un momento llegó la refacción al piso 21 y ya salir de la habitación era triste. En el hotel no quedaba nadie que no fuésemos los pocos exiliados fijos, era como sacarse una curita muy de poco haciendo levantar cada pelo desde su poro lentamente hasta dejarlo afuera. Un día que me dirigía hacia los ascensores entre cables y hierros retorcidos, escuché unos gemidos que provenían de más allá de la puerta que llevaba a la parte de los utensilios de trabajo de los empleados, donde estaba también el cuarto de cambiarse de ellos y un baño con ducha. De adentro del baño procedían los suspiros y los –ahhh-, que rico- así que con cuidado me agaché para mirar por las hendijas de madera de la puerta amarillo apagado, y vi a Miranda y a  mi mucama preferida, Yolanda que en ese momento me di cuenta de lo buena que estaba ya que nunca la había mirado desde ese prisma, duchándose y clavando como desesperados, como si además de los cables por el suelo y los focos de luz colgando, un palo bien eléctrico fuese a dar más credibilidad al largo adiós que se aproximaba. Yolanda estaba de espaldas y se echaba hacia atrás con ganas recibiendo la tranca de Miranda, que era un mucamo calvo, canoso, bastante mayor que se dedicaba a limpiar los lugares comunes de pasillos y ascensores más que las habitaciones, pero que de viejito parecía no tener nada; cuando Yolanda echaba el culo hacia atrás para sentir la clavada Miranda al unísono la ensartaba con un seco y chapoteable “touché” de esgrima que hacía saltar los tapones del curioso. No sé si fue mi respiración o la mano, pero hice un ruido y de inmediato se giraron ambos hacia la puerta, así que salí raudo de allí. Aún hoy aquella imagen de la buena de Yolanda gozando de aquel modo de un palo con el suertudo de Miranda que no cesaba de dar morronga en medio de aquel desmoronamiento, de la caída de cada trozo de historia desde que Hilton concibió aquel mastodonte, excepto en el baño en que nadie nunca había reparado, levantando la espada victoriosa de los únicos que habían vivido aquella epopeya trabajando, cumpliendo y dejando los asuntos del palacio bien doblados y en perfecto orden.

Miranda y Yolanda
Miranda y Yolanda

Miranda y Yolanda

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10 abril 2021 6 10 /04 /abril /2021 14:57

Cuando era chiquito era muy tímido, enfermizo, aunque un poco cabroncete también.

Después me volví un poco loquito, no paraba de joder desde la mañana a la noche.

Y cuando adolescente se me destapó la olla, fuera estudios, rock'n'nroll, vagancia, cochinada, niñas si alguna quería y drogas.

Fue la etapa cuando más fuerte me drogué, pero con drogas de farmacia. En Cuba. Unas eran un blíster de pastillas para el Parkinson, que con una ya ibas puesto, pero si tomabas cinco era de verdad un suene que nunca volví a conocer. Hablaba con uno, me giraba, volvía a girarme y cuando lo veía, le decía ¡ coñó, tú aquí! ¿qué volá?

Todo era brillo en la piscina de los rusos.

Y otras eran de una enfermedad mental, también con tres te ponías a saco.

Las pastillas se conseguían si buscarlas, si te ponías a buscarlas nadie te iba a suplir, en aquellos años era algo muy delicado. Un amigo de un amigo , siempre después que ya hubieses faltado suficiente a clases, fugado del campo o roto cristales.

Cuando probé el efori, por más que me gustó y pasé la tarde escuchando "Midnight Lightning" de Hendrix una y otra vez y partiéndome de risa con Jardines, el del espendrún del edificio que la conseguía suave y rica, no me pareció ni la milésima parte de despingante y descojonante que las pastillas.

De viejo mi toque sabroso fue con el alcohol, pero ojo, me hice adicto a otra droga que no mencionaré porque tampoco hay que contar todo; hace mucho la toqué por última vez, pero seguiré siendo su fiel escudero hasta el fin de los tiempos, en el confín del Averno.

Un cabrón al que los románticos llaman "bichito", que vuela de ala en ala pudriendo las plumas.

Es curioso porque hoy que no tomo ni fumo ni bebo nada que interceda en el sistema nervioso central, el bajón del corazón, actuó como un frenazo lisérgico. Camino como si nunca fuese a llegar y tampoco me importase más que paisaje de los lados.

Es un largo camino para llegar a la cima si te gusta el rock'n'roll.

 

Tremenda agua

Tremenda agua

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27 marzo 2021 6 27 /03 /marzo /2021 12:27

Evelio nos enseñó a fumar en el segundo piso en los asientos frente al Salón de Embajadores.. El primer cigarrillo que me eché, uno de tabaco negro de la marca Populares, sin filtro, me dejó mareado y casi vomitando. A los demás le pasó igual. Al siguiente día insistí, y ya me dolía menos la cabeza y las arcadas eran menores. Y así no sé bien porque razón me empeciné en fumar y, en breve estaba yendo a comprar paquetes de cigarrillos con la tarjeta de la habitación, de mejor calidad que los Populares, pero también más fuertes. Aunque lo cierto es que no fumaba más de un cigarrillo por día, y eso si me juntaba con Evelio y con alguno más que se aventuraba a la humareda Los chicos queríamos parecer hombres, salir a trabajar y conseguir el sustento no podíamos, tener la pinga más larga y singarnos todas las mujeres que creíamos había que taladrar para que n hubiese dudas por ese lado, tampoco podíamos, pero ¿un cigarrito? ¿quién no se podía echar una bala?

Mi mamá fumaba mucho y no se notaba en el entorno si alguien más olía a tabaco quemado. Evelio me había enseñado a tirar piedras, decía que los extranjeros tirábamos piedras que parecíamos patos. Se les llamaba extranjeros a los que generalmente provenían de países donde no se jugaba béisbol no a un dominicano o a un venezolano que también eran buenos pitcheando y por ende tirando piedras. Me había enseñado también un par de trucos para empezar a una bronca, para no perder de entrada. Ese par de trucos me han servido toda la vida para las contadas ocasiones en que debí echar mano de ellos y, por último, a fumar.

Por eso cuando jugábamos a escondidos, a atraparnos en la piscina al tesoro escondido u otros juegos similares, y yo invitaba a Evelio, me parecía que nos estaría viendo como unos nenes caca, en su cuadra jugaban a las bolas, cosa que muy a menudo llevaba bronca incluida con Carlitos Becil o cualquier otro que se quedaba con todas bolas porque le daba la gana, lo que se llamaba "manigüiti"; se jugaba al trompo, enrollado en una pita se lo tiraba con fuerza y habilidad y se competía en quien lo hacía girar más tiempo , o en condiciones más difíciles. Había algunos que recogían el trompo girando en el suelo con la pita, y hacían que el trompo mantuviese el equilibrio girando en la cuerda. Eso se jugaba sobre tierra, nosotros no teníamos tierra dentro del hotel, y donde había en las inmediaciones había pandilleros también, o simplemente cubanos normales, que estaban invitados desde la cuna a medirse con los demás en broncas. Claro que también había muchos cubanos que no les gustaba la bronca, pero esos no jugaban en la tierra ni a las bolas, ni al trompo, ni a la carriola ni a la chivichana.

La chivichana era un carrito de madera armado de modo artesanal por cada vecino, por lo general para acarrear barriles, cajas, bolsas pesadas, tiene una base donde apoyar el producto, y debajo dos palos con ruedas formadas por cajas de bolas del desguace de automóviles, las ruedas delanteras estaban atadas por una soga que era el timón, y cuando no lo usaban los mayores, los chamacos se tiraban con eso por una pendiente y a eso le llamaban diversión. Una vez traté de tirarme en chivichana pero me iba contra la acera porque no controlaba el tiimón, Cuando yo veía una chivichana me producía escozor, era como si me garantizase que ya me estaba aplatanando tanto que nunca conseguiría salir de aquel cúmulo de “chealdades” de esa especie de reino del mal gusto que rodeaba todo lo que no fuese extranjero.

Pero no, Evelio no sólo no se reía de nosotros, sino que a su vez aprendía a ver el mundo de otra forma, el mini mundo o la madeja que cada uno tenía en su coco. Era tremendamente respetuoso de todo lo que hacíamos por más imbécil que a mi me pareciese. Disfrutaba e los juegos igual que nosotros, dentro del hotel era otro más que no jugaba a las bolas ni andaba en carriola, saltaba por la piscina, leía a Salgari, se interesaba por las incumbencias de cada uno de los pibes del hotel.

Se daba esa circunstancia, dentro del hotel los bobos eran los de afuera, en los barrios de donde eran los alumnos de nuestras escuelas,  claramente los bobos éramos nosotros, ese equilibrio era el responsable de que ningún grupo se burlase del otro, de alguna manera ambos se atraían a la vez que se temían.

 
Con Evelio en el hotel

Con Evelio en el hotel

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Published by martinguevara - en Cuba Opinión Cuba flash. Relax
24 marzo 2021 3 24 /03 /marzo /2021 01:10

La verdad

Para un argentino lo única comida cubana que podía ser considerada rica, es la fruta, el pescado y marisco. Nada de carnes, la de res se hace con mucho ajo, cebolla, limón y machucada. La de cerdo, para quien está acostumbrado a la mejor carne del mundo, tiene un retrogusto que no es otra cosa que lo que el cerdo come y su modo de vida. El pollo, bueno, el pollo es pollo en todo el mundo.

Luego estaban las guarniciones o acompañantes, arroz, de muchos colores, pero sólo arroz, acaso alguna vez papas fritas, pero casi siempre arroz. Blanco, con frijoles negros, con frijoles rojos, con azafrán y pollo o petit pois, pero siempre arroz, como chinos o como japoneses. También malanga o yuca, e incluso plátano.

¡Banana con arroz!

De a poco me fui acostumbrando, llegó un momento en que el arroz congrí, ese con frijoles negros y una yuca con ajito, aceite y limón me encantaban, pero al principio me parecía algo trivial, de una película de Tarzán, de un documental sobre leones.

Pero las frutas, ¡oh! el mango, la piña, la chirimoya, la guanábana, el mamoncillo, el tamarindo, el mamey o la fruta bomba eran una delicia.

Y los pescados.

En el Habana Libre comíamos todo tipo de pescados, en filetes, con salsas, en buñuelos, ripiados, con o sin espinas y al costado estaban los mariscos. Cada día un coctel de camarones, o una cola de langosta, o cualquier otro ser jodedor del mar. Yo era el único de mi familia que adoraba los pescados y los mariscos, mi abuela Elena también, era una complicidad que teníamos.

Mangos y pescado, ninguno de los dos necesitaba ajo.

Hoy, hay días que busco entre los bares y restaurantes al mediodía, a ver si uno, aunque sea uno de todos me da arroz como guarnición en vez de papas fritas o ensalada.

Y cuando voy a Madrid, siempre un par de días, uno almuerzo en un argentino, una parrillda, y el otro en un cubano, lascas de puerco asado, congrí y yuca con mojo.

Cosas vederes Sancho.

Bife de chorizo y congrí con puerco y plátano macho
Bife de chorizo y congrí con puerco y plátano macho

Bife de chorizo y congrí con puerco y plátano macho

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17 marzo 2021 3 17 /03 /marzo /2021 00:31

Llegó el día que me tocó dejar la pañoleta de la primaria. Se acabó el verano y empezaba un año escolar nuevo, pero en la secundaria. Mi madre y los del ICAP habían decidido que como era casi norma general entre los hijos de exiliados, fuese interno a una escuela al campo, lo que se denominaba de manera coloquial “la beca”, porque sus siglas eran ESBEC, Escuela Secundaria Básica en el Campo. Yo no estaba particularmente interesado, mis amigos seguirían la secundaria en la ciudad, y eso de crecer era algo para lo que no me sentía particularmente preparado.

Una camisa celeste, pantalón y corbata azul, zapatos kikos plásticos, una maleta con algo de ropa y poco más, y a la parada del autobús que nos llevaba a la beca a Quivicán. La escuela se llamaba “Amistad Cuba Canadá”.

La idea de que los adolescentes estudiasen y trabajasen se le había ocurrido a Fidel como manera de aprendizaje temprano de la disciplina de trabajo, de los rigores de estar lejos de casa, y de paso dar un aporte a la producción, que no a la productividad, para el sustento de la educación. Para ello le echó la culpa a José Martí, pobre apóstol, desde que fue abatido en Dos Ríos, le venían atribuyendo cada vez más responsabilidades. Martí había reflexionado sobre la conveniencia de que los estudiantes aprendiesen algún oficio mientras cursaban sus estudios y se preparasen para la vida, pero ni remotamente participó de aquel esperperto experimental hijo de la idea de que la familia es una cualidad o un defecto de la burguesía.

Eran dos edificios, uno para estudios, el otro de albergue, donde se disponían literas de dos camas en fila. La mitad de los alumnos estudiaban en la mañana y trabajaban en el campo en la tarde, la otra mitad viceversa. En aquellos campos se sembraba y cultivaba la fresa y la papa, el trabajo consistía en desbrozar la hierba mala los surcos de fresa con una guatca o azada. Tras los tres surcos que tocaban por cabeza, la zona lumbar nos quedaba arruinada. Cada brigada tenía un jefe de brigada que por lo general era un mal estudiante, repetidor de grado, pendenciero, con quien nadie quería tener un mal entendido. Por encima de ellos estaba el profesor, que nunca aparecía por los surcos, y al mando de ellos, el guajiro que gestionaba la zona y conocía el trabajo. Una vez uno de esos guajiros me confesó que ningún campo trabajado por los chavales de las becas era redituable, generaban pérdidas. Las mujeres hacían los trabajos menos duros, pero las mismas horas.  Esa idea de que la mujer es más frágil en los trabajos duros, nunca fue demasiado combatida por el feminismo, así como tampoco la de que en caso de emergencia, mujeres y niños se salven primero, a diferencia de la emancipación femenina para ocupar los cargos directivos.

La ropa de estudio y de trabajo la proveía la escuela, zapatos y botas incluidas. Tres comidas, merienda, entrábamos los domingos y salíamos los sábados por la mañana. Hice un amigo particular, Juan José Sánchez, hijo de Sacha, una militante revolucionaria argentina, y de padre boliviano también revolucionario pero separados, Juanjo nació en Bolivia pero era argentino y se estaba volviendo cubano igual que yo, tenía una hermana desaparecida en Argentina, Graciela, que al ser detenida estaba embarazada. Vivía en el Hotel nacional, a unas pocas cuadras del Habana Libre.  Unos años atrás había tenido un grave problema en el corazón,  lo tuvieron que operar y quedó perfecto, sólo le quedó de recuerdo una enrome cicatriz en el pecho. Mis primos le pusieron el mote de “corazón” un lindo apodo más allá de que le pudiese recordar el pos operatorio. Sacha, la mamá de Juan José cuyo verdadero nombre era Matilde Artés, fue la primera abuela en econtrar a su nieta desaparecida años más tarde en democracia en Argentina, el famoso caso de la niña Carla Rutilo Artés, la primera recuperada de las manos de los asesinos de sus padres.

Con Juanjo pasábamos horas charlando de mil temas, las cosas que se nos ocurrían, que añorábamos, las chicas, sobre las cuales yo empezaba ya a tener un secreto interés muy acuciado, aunque sólo se resolvía el desenlace en la intimidad que ofrece la manta una vez que los demás duermen.

La parte en que tocaba estar en el albergue era jodida. Era el medio ambiente soñado de los guapos y los repetidores, que se amigaban con los mismos profesores que no los querían ni ver en las aulas, porque eran quienes podían manejar a los alumnos, así los profes tenían más tiempo para andar en los pasillos ya no iluinados con las profes. Los abusos de los más fuertes con los menos afortunados muscularmente hablando, eran frecuentes y a menudo se pasaban de la raya y dejaban a alumnos muy tocados, con miedo a ir al albergue, incluso con miedo a llevar algo rico para comer desde la casa por temor a que los guapos le abriesen la maleta y se lo quitasen, o si lo escondía mucho, le diesen una buena paliza. A mi me robaron muchas veces, denunciarlo era ser chivatón, se lo contaba a mi madre cuando iba de fin de semana al hotel, pero ella no podía hacer gran cosa excepto hablar con el director o con alguien del ICAP cosa que yo le pedía que no hiciese, sería peor, lo que yo quería era que me sacaran de la beca.

Hasta un día que empecé a desquitarme robando yo las cosas que veía fuera de las maletas, pero así como las robaba las tiraba por la ventana al barro. Camisetas, botas de campo, medias, calzoncillos, todo lo tiraba, y rompía maletas cuando no había nadie en el albergue. A veces faltaba a un turno de clases para ir al albergue vacío y poder tirar todo lo que encontraba y romper maletas de guapos y de profesores que también eran abusadores. Un día me descubrieron y me chivatearon a dirección. Se armó un lio, y cuando me llamaron dije que llevaba meses aguantando esos abusos, así que decidí cobrármelos como podía. Llamaron a mi madre, pero fue mi abuelo, aunque para montar un buen lío, se encerró en la dirección con el el director que estaba asustado porque un mal entendido con el padre el Che no era cualquier cosa. Yo llevaba semanas pidiéndole al abuelo que fuese a recogerme un viernes como hacían los pocos padres que tenían automóviles o los que a veces iban en coches alquilados. Juan José y yo nos quedábamos en el balcón las noches de viernes charlando con la mirada puesta en la carretera, con la esperanza de que uno de los coches que aparecía fuese el Lada de mi abuelo, que también lo recogería a él.

El abuelo fue un día a buscarme, y luego fue ese día a ponerle los puntos al director, a decirle que iba a denunciar que en esa escuela nadie cuidaba de los alumnos. Antes que fuese el abuelo, yo, escuálido, cabezón, mucho más tendiente a la risa que a la bronca, ya estaba por subir un escalón en mi toma de justicia vengativa. Llevaba semanas con la idea fija de cómo meterle una puñalada en las nalgas mientras dormía a uno de los abusadores repetidores, que se quedaban con la comida de los demás y tiraba botas llenas de orin en la noche por encima de las literas de los chamacos en brazos de sus sueños. Por suerte o por desgracia hay unos límites que están más acá de lo que uno supone, y también por suerte llegó mi abuelo a poner de rodillas a aquel bastardo de director. No sé si habría pasado el resto del curso fantaseando con algo tan poco tranquilizante, si lo habría hecho con la mano temblando y no habría podido hacerle más de un rasguño, o le habría agujereado el culo como un colador, como deseaba ya casi más que abandonar aquel lugar. Pero en todo caso, suerte que ahí terminó todo, ninguna de las opciones habrían cosido los flecos sueltos que habían vagando mi hipotálamo.

 

Parte II

La mayoría de la gente que pasó por mi beca tiene alguno de estos recuerdos a no ser que fuesen los abusadores, pero a algunos aquellas experiencias les dañaron la vida. En mi albergue había un muchacho que era alto, y le llamaban “el perro”. Cuando llegaba la noche los repetidores y algunos profesores lo llamaban a su cubículo para divertirse tirándole alguna cosa al suelo y, haciendo que el perro la recogiese y se las llevase gateando. El perro ponía todo tipo de caras mientras los demás miraban, yo no podía asistir a aquel espectáculo humillante. El bullying entre estudiantes siempre existió, pero en la beca se potenciaba porque vivían todos juntos como en un gran pabellón de prisión. Un pichi corto fue expuesto sin la toalla que lo cubría al salir del baño, incluso delante de las chicas, a los más débiles los intentaban “coger para el trajín” que era como esclavizarlos, “ve y búscame esto” “lávame la ropa” “hazme las tareas” etcétera, en una escuela normal esas victimas de bullying regresan a sus casas cada tarde, por lo menos, pero en la beca pasaban la semana a expensas de la crueldad juvenil que ruge de manera natural en las manadas. También es cierto que esto ocurría en mayor o menor medida según que becas. Tengo también amigas mujeres que quedaron marcadas por la maldad de sus compañeras. Quizás una de las cosas que también procuraba enseñar la beca, es aprender a odiar el abuso, aunque a veces se corra el riesgo de reproducir patrones una vez crecidos. Aunque en honor a la verdad, los primeros callos que tuve en la mano fueron de aquellos trabajos, muchos no habrían sabido lo que es un callo en toda su vida, si no pasaban por la beca.

También es posible que la suerte, que ya me había regado con todos los perfumes de los que los cubanos carecían, hubiese decidido reservarme un tiempo de Cuba real, la tangible, una noción empírica de su esencia, para que así acaso valorase mucho más lo que se nos daba en el hotel. Visto en perspectiva sería bastante razonable. Que se yo, si lo inescrutable es el misterio o son los caminos.

Tras el incidente entre mi abuelo y el director me trasladaron a otra beca, la Máximo Gómez, en Güira de Melena,  con piscina, todo reluciente, la comida muy rica, en que no había ni rastro de ese tipo de elementos. Era una escuela ejemplar, allí aunque me sentía bien porque incluso estaba un primo, que me trataba como un hermano menor. Duré poco, porque ya mi madre había entendido que tras perder a mis amigos de Argentina, mi colegio y barrio, y luego mi padre, era conveniente que estuviese al menos cerca de lo que me quedaba, mi familia.

Aún así, puedo decir que la beca me fortaleció, me dio compañeros con los que conviví de una manera más real que en la dualidad esquizofrénica que se presentaba en el hotel, conocí el  campo cubano no para andar a caballo como solía conocerlo, sino para trabajar. Y es justo destacar que desde la guagua que llevaba a la beca hasta el jarrito para el café con leche o el yogur de la merienda eran sufragados por el Estado, el acceso a la educación era absolutamente gratuito y general. Conocí la existencia de los cantantes y grupos de música que estaban de moda, aún estando prohibidos, como Feliciano, Julio Iglesias, Roberto Carlos, y los ingleses y norteamericanos de los que de a poco me fui haciendo fan, Grand Funk Railroad, Rolling Stones, Deep Purple, Zappa o Led Zeppelin. Y por otro lado es cierto que no todas las becas eran como la Cuba Canadá.

Albergue de una beca

Albergue de una beca

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Published by martinguevara - en Cuba flash. Opinion crítica. Relax
2 marzo 2021 2 02 /03 /marzo /2021 19:43

 

Una vez, cerca de nuestra llegada a Cuba, padre, madre y hermanos bajamos hasta el malecón y dimos una vuelta por el Vedado. La mezcla de zapatos nuevos y calor le hizo a mi madre una ampolla en el talón que no le permitía caminar, así que fuimos a una farmacia en M y 23, donde pedimos curitas. La farmacéutica creería que caímos de Marte ese mismo día, porque no sabía ni lo que eran. Entonces pidió alguna pomada, tampoco había, y cuando me madre le enseñó la ampolla la farmacéutica le dio un rollo de esparadrapo pero le dijo que no tenía gasa, que se pusiese una tela en su casa. Ese episodio fue mi primer contacto con una realidad con que el cubano tenía una gran familiaridad: la carencia. En todos los lugares el mundo hay carencia de algunos productos para unos y para otros abundancia, pero en Cuba de lo que carecían unos carecían todos, y lo que tenían unos lo tenían todos; bueno, obviamente con salvadas y poco honrosas excepciones, situadas donde siempre rompen las burbujas, arriba del todo.

 

Había veces que a a las ferreterías llegaban tenazas, y estaban todas las ferretyerías de La habana llenas de tenazas por un envío en un barco, entonces aunque no tuviesen nada que arrancar más les valía comprarlas entonces, porque no se sabía cuando volvería a haber. O martillos sin clavos, o tornillos sin destornillador. La costumbre más arraigada cubana era, a donde fuese que uno se desplazase, ir con una “jaba” , una bolsa, por si las dudas aparecía algo que comprar.

 

Yo solía pedir cada día en la mañana para desayunar: café con leche, yogur, huevos fritos, y los panecitos calientes que nos ponían con esa mantequilla salada que se derretía apenas tocaba la miga. Pero debajo de los huevos fritos siempre iba un alimento extra, dos lascas gruesas de jamón asado. Más de una vez le dije a los camareros que no los trajesen porque yo no los comía, no sé si porque después esperaban comérselos en la cocina ellos, o por pura burocracia del Mezzanine, me hacían cero caso y siempre bajo mis huevos fritos estaban mis dos jamones. Así que se me ocurrió empezar a llevarlos dentro del pan con  mantequilla a la escuela, pensando en la merienda. Cuando llegó el receso en el colegio y el olor del envo0ltorio se empezó a expandir, los compañeros se acercaban y me decían la frase que había que decir para que alguien compartiese lo que traía: “abierto” antes que uno emitiese el grito de “cerrado”. Al ver el entusiasmo que despertaban mi bocadillos del jamón que yo descartaba en las mañanas, me sentí mal y se me ocurrió llevar todos los días sándwiches de jamón, para lo que fui sofisticándolos pidiendo lascas de queso en el desayuno, así el pan que no comían mis hermanos y amigos, los llenaba de jamón y queso.

 

Una tarde mi madre me dijo que el encargado del ICAP quería hablar conmigo un ratito, fui al lobby donde estaba Onix sentado con un periódico y un cigarro,  me dijo: “Mira Martín, aquí todos los niños y todos somos iguales, pero todavía estamos trabajando para serlo del todo, me llamaron de la escuela que en los recesos se estaba armando un alboroto cada día mayor porque tú les llevabas bocaditos de jamón, te quería decir que muchos niños cubanos no comen eso, pero estamos en camino de que todos lo coman, así que te pido por favor que no lleves más esos bocaditos al colegio” . La cosa es que aunque yo llevase bocaditos para compartir y esto curase culpa de mi ingesta diaria de alimentos diferenciada de los demás, lógicamente había niños que se quedaban sin su preciado sándwich. Pensé, que dentro el infortunio, era mejor que mi madre de ninguna forma encontrase una curita, aunque fuese extranjera, a que un0s pocos conociesen el jamón y otros no, lo que no excluía que todos dentro del hotel siguiésemos devorandolo a dentelladas secas y calientes. 

Bocaditos de jamón y curitas
Bocaditos de jamón y curitas

Bocaditos de jamón y curitas

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31 enero 2021 7 31 /01 /enero /2021 20:59

Jair o gaucho era de familia italiana del sur de Brasil, estaba en Sao Pablo pero ya le picaba el bicho de irse a otro estado con las pertenencias de alguien. Yo le dije:

-Jair ¿por qué no te  sacas la nacionalidad italiana y te vas allá a trabajar? Un día te van a agarrar y aquí tú sabes mejor que yo que “malandro morto é bom malandro

Él no era ladrón, lo hacía por la adrenalina, trabajaba duro pero de vez en cuando necesitaba ese subidón, de todos modos a cualquiera que no haya vivido en aquel Brasil es muy difícil explicarle.

Así se fue a Río, desplumó la taquilla de su compañero de habitación en la pensión donde dormía y se fue de madrugada.

Yo llegué a Río un par de meses más tarde, tras dar un buen rodeo a carona con Joao Bautista Pintos, un fiel parceiro que conocí en un hotel de mala muerte en el puerto de Santos. Joao no quería de ninguna manera llegar a Rio, ni siquiera a las inmediaciones,  de hecho, cuando ya agotábamos los pueblos de la carretera Sao Pablo-Río, tras pasar por Guarujá, Parati, Angras do Reis, Ubatuba, llegamos a un pueblo costero de los últimos antes de Río que se llama Mangaratiba y Joao no estaba tranquilo. En un momento que paseábamos por el centro dos tipos nos miraron porque otro nos señaló desde unos cien metros, y Joao me dijo:

-Vámonos de aquí a donde sea, nos marcaron porque no quieren maluqieiros, ni gente extraña que llega de o vaya a Río, nos van a matar.

Claro, escuchando eso de un compañero de carretera con el que habíamos andado cientos de kilómetros y visto de todo, y nunca había perdido la risa, me alarmó y como se suele decir: me cagué.

Fuimos a una iglesia bautista, habíamos acordado que en el camino Joao hablase con los religiosos porque él lo era, y sabía como entrarles, y yo con los encargados de hoteles y restaurantes porque era extranjero y me prestaban más atención.  Y dentro de los religiosos, Joao decía , con buen criterio, que los curas católicos conseguían albergue o comida, pero jamás dinero. En cambio los pastores al revés. Estaba tan asustado que ni siquiera quería dormir en un sitio seguro porque de todas formas debíamos salir a comer o buscar como seguir viaje y creía que ya nos tenían marcados para servirnos con papas fritas.

Fue a ver a un pastor, y a la primera, regresó con tabaco y papel, le pregunté ¿te dio tabaco? –no, me dio dinero y fui a comprar tabaco-

Ahí mismo fuimos a la Rodoviaria y tomamos el primer bus a Río de janeiro. Pero Joao todavía menos quería llegar a Río, yo le decía que estuviese tranquilo, que tenía un amigo, Jair o gaúcho, que estaba en un restaurante, Sat’s y nos iba a conseguir trabajo con el dueño, que ya me lo había dicho en una llamada por teléfono que me hizo al restaurante O Comilao de Sao Pablo donde habíamos sido compañeros de trabajo, cuando ya consiguió asentarse en Río.

Así y todo Joao no quería saber nada, me doblaba en edad, era brasilero y había recorrido varias veces el país ¿qué no habrían visto sus ojos? Pero decidí no volver a dejarme influenciar por ese miedo, aunque confiaba plenamente en mi amigo, quería regresar a Río, donde sólo había estado un día infausto, inolvidable, pero sólo un día.

Cundo llegamos llamé a Jair, me dijo que fuésemos al restaurante Sat’s al lado del morro dos Macacos, fuimos, me saludó efusivamente, me dijo que tenia un lugar para que pasásemos la noche, Joao no quería ir a un albergue como hacíamos en el camino, no en Río.

Un hombre nos abrió un portón de un parking, y luego la puerta de una caseta, nos dio unos cartones para tirarnos sobre ellos, y nos explicó que cerraría la puerta con candado para que no pudiese entrar nadie, y que a las siete nos abriría, si queríamos orinar en una esquina había un latón. Al recordar aquellas situaciones ni siquiera entiendo como pude haber estado ahí, hoy ni siquiera consigo dormir si no tengo colchón,  topper, edredón, cuatro paredes y un baño en condiciones.

Tal como prometió a las siete abrió el candado y nos trajo dos cafés, un pedazo de pan y un periódico, como si hubiésemos dormido en la suite del Ritz, el diario enseñoreaba una noticia en primera plana, dos cabezas cortadas. Había habido un ajuste de cuentas y les cortaron la cabeza a dos de la otra banda, desde la guillotina de la revolución francesa no se escuchaba hablar de decapitaciones, no eran frecuentes ni siquiera en los campos de la Alemania nazi. Todavía no había hecho su aprición estelar el sumún del hampa mejicano de los carteles que hicieron cotidiana esta práctica. Ahí entendí a Joao, era como una oda a la violencia, como demostrar que no hay límite. Dos cabezas cortadas en una portada del periódico con el exquisito cafezinho brasilero y un pan caliente para empezar la mañana.

Jair me dijo que había trabajo para mi limpiando cacerolas, fui con Joao a una cafetería a comer algo y tomar algo para despedirnos, una mujer hablaba en voz alta de su relación con la que tenía tomada de la cintura, y , según ella, con varias más, decía “eu sou zapatao” de manera orgullosa, recién ahí después de llevar meses en Brasil supe que así llamaban a las lesbianas.  Nos dimos un abrazo de los de hasta siempre, me comentó que dormiría en un hotel porque su hermana le había podido enviar por fin algo de dinero, y al día siguiente partiría al exilio a cualquier otra ciudad, yo tenía todos sus datos en una pequeña libreta, mi gran amigazo Joao Bautista Pintos, a veces cuando pienso acerca de que será de su vida, una pelusita me entra en el ojo causando una súbita irritación.

El restaurante era un Rodizio, la típica parrillada brasilera al espeto, muy bueno, enorme, rápido supe en todo lo que estaban metidos los tentáculos del dueño, Jorge Guerra, jogo de bicha, en escolas de samba, y al parecer, en algún asunto aún menos legal. Me dio una cama  para dormir arriba del restaurante, donde ya dormía otro empleado que barría el local, pero era un ambiente muy grande hubiésemos cabido sin estrecheces más de dos, me enseñó a trabarlo con una viga de madera. La gente en Río se toma seguridad muy en serio.

El segundo día de limpiar calderos llegó un chaval joven también a lavar vajilla, hablaba mucho y hacía chistes, se le unió el hombre de confianza de José Guerra, terminó el día y en la noche cuando me iba a dormir, empiezo a escuchar gritos, el compañero de morada me llamó para mirar por una ventana, no se veía mucho, pero sí varios hombres rodeando una mesa y le daban con un cinturón a un desgraciado que no paraba de berrear, entonces se escuchó claro que le preguntaban por qué había entrado a robar, que a Guerra no se le hace eso, y otra vez cinturonazos. Yo creí que no lo contaba, los demás eran policías vestidos de paisano, lo soltaron sin ropa, le dijeron ¡corre! y tiraron un tiro al aire, mirando como el tipo corría en calzoncillos casi sin tocar el suelo. Me quedó claro que con Guerra no se jugaba. Al día siguiente me enteré por Jair que era el chaval que había entrado el día anterior, el alcahuete se había juntado al ladronzuelo y cuando este le contó que entraría por la noche, le avisó a Guerra y lo estaban esperando como cosa buena.

A veces iba a la playa Ipanema, por la mañana o por la tarde según cuando me tocase trabajar, Guerra me dijo que si me cortaba el pelo sería su camarero preferido, tenia el pelo largo y desparejo, yo sonreía y le decía que estaba muy bien en la cocina.

Una noche, tarde, sonaron unos disparos justo abajo del cuarto de dormir, dieron en el restaurante. Apenas el automóvil que disparó siguió camino, bajamos los dos a ver que había pasado, toda la entrada de vidrio estaba desmoronada, el compañero de albergue se fue hacia adentro y yo me quedé en la acera cuidando que no entrase nadie, era pasada la medianoche, no había nadie en la calle, hasta que llegó el hermano de Jorge Guerra con algunos policías, me reprendió por quedarme ahí porque si volvían a pasar, con toda probabilidad me tirarían. Ni siquiera había pensado en eso. El asunto es que al día siguiente pusieron los vidrios, y Guerra me llamó a su despacho, me dijo:

-Muchas gracias, nadie hace lo que hiciste, me contó mi hermano que vigilaste el restaurante. Este mes cobras doble y el que viene empiezas en el salón.

Le di las gracias, me sentí bien y de repente mal, con alguien así no convenía tener esa cercanía, cualquier día se podrían convertir en un problema aunque Guerra fuese a la vista, un tipo que se conducía y que valoraba la lealtad, si yo hubiese sido un tipo duro, o del hampa, sí me habría convenido, pero no era lo mío estar tan en el centro de los fierros. Tenía dos restaurantes más, varios negocios y tomaba y repartía "merca" aunque no praecía que eso fuese parte de su negocio, cosa frecuente en Río. Muchas veces su alcahuete me había preguntado si quería, él se daba cada diez minutos para limpiar esos calderos enormes, siempre rechacé la oferta.

Otro detalle que tuvo Guerra fue permitirme estar en el restaurante cuando cerrasen y comer y beber lo que quisiese. Al día siguiente entré a su despacho, estaba la puerta abierta, tenía un enorme pantalla con un proyector de televisión , sofás, un gran escritorio y sobre él un teléfono. El auricular me miraba y me decía ven, úsame. Pasado de cervezas como estaba me puse a llamar a Argentina, a Cuba, a EEUU, a Holanda donde tenía amistades y familia. Por enésima vez volví a perder la cabeza con un teléfono, como en casa de Roberto donde Taco me había dejado dormir, lo cual desembocó en un episodio desagradable, como en el anterior restaurante “O comilao”  de Sao Pablo, donde no podría regresar jamás por la factura que le había dejado al portugués, y como en varios lugres más, trabajos, oficinas, casas.

Ya llevaba seis meses, así que de todos modos pensaba irme, pero al día siguiente la determinación fue tajante, al saber de lo que era capaz Guerra si sentía que le habían tocado las nalgas. Mi compañero de albergue me había visto entrar al despacho de él, y desde que llegué yo sabía que prefería tener toda la habitación del segundo piso para él solo, así que convenía cuidarme con él.

Llamé a Jorge Guerra a la mañana, le dije que se había agotado el tiempo de permanencia, me dijo que si estaba con él no había ningún problema, insistí en ir a Argentina, y regresar con otro permiso. Me pagó el doble como prometió y volví a Sao Pablo antes de regresar a Buenos Aires, pero en camión, no iba a gastarme en el regreso el pago a mi riesgo, si no lo había gastado siquiera en mis llamadas internacionales, además sabiendo que los camioneros argentinos, agradecen a un compañero de viaje para cebarles el mate.

Y así terminaron mis días en el país más musical y sorprendente que he conocido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Restaurante Sat's

Restaurante Sat's

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Presentación

  • : El blog de martinguevara
  • : Mi déjà vu. En este espacio comparto reflexiones, flashes sobre la actualidad y el sedimento de la memoria. Presentes Argentina, Cuba y España, países que en mi vida conforman un triángulo identitario de diferentes experiencias y significantes correlativos.
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