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8 enero 2021 5 08 /01 /enero /2021 15:02

Ha sonado más fuerte el estruendo de la derrota de Trump, que el jolgorio del triunfo de Biden

La gran mayoría de los estadounidenses estaban aterrorizados de cuatro años más de este constante de hostilidad e intoxicación de todas las relaciones sociales, familiares, laborales, practicando un agrietamiento, que se sabe, sólo conduce a la destrucción de los pilares de convivencia y por ende crecimiento de cualquier país.

Pero esos no eran todos, del otro lado había una inmensa cantidad de personas que consideraban, por diferentes razones, al emergente Trump como una suerte de Fidel Castro. Que los venía a salvar de las garras de unos políticos corruptos, inamovibles en sus cargos, en sus negociados, en sus servidumbres. Sí, aunque parezca sorprendente el paralelismo, tanto en psicología personal, como en fenómeno social más cercano que encuentro, es el de Fidel Guarapo Castro por esa capacidad de abducir o convencer, según quien lo juzgue. Sólo a él antes de a Trump, había escuchado decir, “quienes no estén conmigo están contra ustedes, salgan a aplastarlos”. Lográndolo impecablemente, aunque por razones distintas en apariencia.

Desde Europa comparamos a la ultra derecha estadounidense que consiguió aglutinar Trump, con la de los diferentes países europeos, que aún siendo distintos entre sí mantienen líneas de identidad gemelas, solemos cometer un craso error.

En Europa, es cierto que en los últimos tiempos la influencia estadounidense, ha provocado que se sumen sensibilidades que no provenían del fascismo. Pero generalmente deben su alcurnia a la defensa de las clases más altas, de la monarquía, de la xenofobia, de los nacionalismos excluyentes. En Estados Unidos es mucho más amplio el abanico, de lo que con los parámetros europeos, podemos llamar ultraderecha, por la coincidencia anti comunista.

Los sectores más extremos, aunque de tamaño residual provienen de organizaciones racistas, incluso esclavistas, del siglo XIX. Más adelante descienden de un anticomunismo que más bien afirmaba la identidad nacional toda vez que el comunismo se presentaba una amenaza exterior, no una corriente interna que tuviese la más mínima posibilidad de arribar al poder.  A diferencia de Europa.

Una gran parte de grupúsculos de ultraderecha de finales del siglo XX y del actual, defienden un EUU fuerte, la industria nacional, identificados tanto con los conquistadores del oeste como con los aborígenes. Amantes de los ranchos, caballos, animales autóctonos, como el oso, el lobo, el coyoye, el mustang, el águila real y el puma, de las armas, del dinero procedente del trabajo. Y reactivos frente a toda modernidad en las costumbres, las nuevas tendencias en comportamientos, tolerancia, pluralidad.

Religiosos de la antigua Biblia, donde Dios no era un sujeto del Bien o la razón, sino del poder, más proclives al “ojo por ojo”, que a “poner la otra mejilla” de Cristo. Figuras públicas exponentes de la derecha como Chuck Norris o Steven Seagal sienten una fuerte atracción por la cultura más autóctona, los aborígenes estadounidenses, incluso Norris se declara orgulloso de su ascendencia Cherokee. Muy por el contrario de la derecha estructuralmente racista con todas las etnias no blancas, en el continente europeo.

Luego se agrega un fenómeno creado por la Guerra Fría, la comunidad cubana en el exilio de Miami, que en esta ocasión, hicieron aún más suyas las declaraciones racistas de Trump contra inmigrantes centroamericanos. Les brindó la oportunidad de sentir superioridad frente a un sector de su propio rango, ambos inmigrantes hispanos. Pero en el caso de los cubanos, con derechos otorgados superiores incluso a los de un ciudadano británico para poder establecerse legalmente en el país. Paradójicamente gracias al enemigo del que escaparon, la revolución cubana. El trumpismo cubano, aún compuesto de mezclas de razas comunes en toda Latinoamérica, presenta el rasgo característico general de un profundo racismo, tan explícito como disparatado.

Además de estos sectores, que han sido los protagonistas de las mayores algaradas en estos años, con mayor presencia en los últimos dos meses, y su clímax en el asalto al Capitolio de Washington, hubo una enorme masa desencantada de la política tradicional. Que ha visto como en su país pasó de ser suficiente un trabajo para sostener un modo de vida de un más que aceptable confort, a no ser posible el mismo nivel ni siquiera con dos empleos. Y tragó los cantos de sirena y los elixires mágicos de un desequilibrado cantamañanas, que sin embargo poseyó el poder de convicción necesario para asegurar que, “aunque yo disparase a la gente en la 5ª Avenida de NYC, no perdería ni un solo votante”.  Cosa que hasta justo antes del fracaso electoral quedó patente, e incluso inmediatamente después, sus votos constituyen un récord para un candidato republicano, que no obstante fue superado por la gente asustada de sus locuras.

El esperpento del intento de Golpe de Estado, azuzado por el propio Trump abiertamente antes de producirse, y subrepticiamente tras el abordaje de los extremistas subversivos, no fue más que una continuidad de los exabruptos in crescendo de este personaje. Tan único como tóxico, ha ido tejiendo día tras día, desde su iconoclasta campaña electoral de 2016, insultando a incapacitados físicos, mejicanos o mujeres, pasando por elogiar a los subversivos armados de Michigan. Luego las acusaciones descerebradas de que alguien pudo introducir ocho millones de votos trucados, en la cara de todos los que trabajan en las mesas electorales,  consiguiendo que le crea el vulgo. Aunque ni una sola institución, FBI, CIA, policía, ejército, senado, congreso, ni juez alguno, le concedió la mínima credibilidad. Confeccionó una enorme manta hasta explotar en los acontecimientos desaforados de sus seguidores más violentos, en el Capitolio de la capital en pleno debate de investidura.

Recordemos que los primeros en reconocer a Biden fueron Alemania, Reino Unido, Francia y Japón, exponentes del capitalismo occidental y oriental, en cambio quienes se resistieron, apoyando a Trump, fueron AMLO, Putin, Xi Jinping y el Príncipe de Arabia Saudita.

¿Será Biden o Kamala en su caso, lo mejor para EEUU o el mundo? Probablemente no, pero con que devuelva cierto clima de normalidad, de concordia, y llegue a hacer olvidar la megalomanía de un embustero compulsivo, que como su madre imploraba, nunca debió haber ingresado en política, ya sería el mejor regalo que nos podía llegar en este año.

Sea como sea, no será inmediata la extracción de todo el veneno inoculado. Pero el trumpismo no es lo mismo sin el sustento de un púlpito central en el poder, para ejercer precisamente de lo contrario, de víctima. Y sobre todo habiendo perdido estrepitosamente un elemento sine qua non para ser líder dentro de la cultura estadounidense, tras tantas derrotas y tan seguidas: el brillo que reflecta la imagen del ganador.

Sabemos que si disparase a los transeúntes en la 5ª avenida, acaso no perdiese muchos votantes, pero si debe llevar durante cuatro años el cartel de “perdedor múltiple”, lo más posible es que no lo voten ni sus más acérrimos obsecuentes, guatacones, tracatanes, chicharrones, como se dice en buen cubano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Trumpista confederado tras asaltar el Capitolio

Trumpista confederado tras asaltar el Capitolio

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Published by martinguevara - en Relax Opinion crítica.
23 diciembre 2020 3 23 /12 /diciembre /2020 19:01

Andaba más al pedo que cenicero de moto. En realidad estaba moviéndome de un lugar a otro como un mamífero joven que de cachorro no desarrolló las aptitudes para desenvolverse en su medio, y tuvo que hacerlo ya crecidito. O para ser más porteño, “me estaba buscando en mi interior” , pero bueno, en verdad estaba más al pedo que cenicero de moto.

Tenía dos movimientos, a cotidiano un círculo concéntrico en capital Federal, a veces llegaba hasta Plaza Lezica, donde terminaba el subte A, que era el medio de transporten que tenía que tomar cualquiera que anduviese buscando una señal, una pregunta, era mejor que soñado, transportaba a otra época y con buen gusto, porque hay trenes que transportan al pasado por el óxido y la mugre en cada rincón y asientos, pero el A era todo de madera, como un yate que sólo está hecho para navegar a vela, sólo para disfrutar, con pasamanos en forma circular blancos, sostenidos del tubo por una cinta de cuero, marrón a juego con los asientos y las paredes de madera. No era veloz sin embargo parecía que llegaba mucho antes a las estaciones que las demás líneas. Porque era lindo, y porque lo lindo cuesta abandonarlo.

En esa plaza los fines de semana había puestos de discos de rock. La disquería donde compré mi primer casete de fábrica de B. B. King estaba en una de las esquinas.

Otra de mis travesías circulares era al Teatro San Martín, o a la Recoleta y el centro de artes, o el Museo Nacional, o el Palais de Glace, o sólo pasear.

Y luego había otros periplos que hacía aunque lógicamente  con menor periodicidad, salir de Buenos Aires hacia la ruta siete que llegaba a Mendoza, y después a Chile, de ahí en más todo  era improvisación, otra era la costa, Villa Gesell y de ahí en más tres meses que podían terminar en Bariloche, en Necochea o en cana. Otra era ir al norte, y una que me apasionó fue ir a Brasil. Todas estas rondas las hacía en camiones, en lo que era mal llamado “hacer dedo” puesto que no paraba nadie en la carretera. Me habían dado el soplo de ir al Mercado Central, presentarme a camioneros que fusen en la dirección que yo quería ir, mostrarles mi pasaporte más que la cédula, para dar más confianza, porque mi pinta no la daba del todo, y así quedar en el día que saldrían.

El camionero argentino toma mate, y aunque tenían una maquinita para cebarlo en el panel central del camión, siempre era mejor una cebada a mano acompañada de charla. Los camioneros argentinos recorren toda América, si van por Brasil llegan al Norte, si van por Chile llegan a Ecuador, para ellos es bienvenido alguien con quien charlar. La mayoría de las empresas tenían prohibido que llevasen a parientes o amigos, imagino que a alguien que hace dedo también, por eso no quedábamos en el mismo Mercado Central sino en un punto cercano.

La vez de Brasil regresé en camión pero fui en autobús hasta el Chui desde Montevideo, el Chui tiene una calle donde es Uruguay y cruzándola es Brasil, la gente es tan nacionalista allí, que la cerveza Sköll brasileña costaba tres veces menos que la uruguaya pero ningún uruguayo de la zona osaba ir a dejar sus morlacos a Brasil.  En una rodoviaria del estado de Paraná, llamé a una amiga del Yiye, el primo favorito de mi madre, y que me la había presentado en Buenos Aires, la actriz Elida Gay Palmer, que protagonizó películas del cine argentino de oro, previo a los sesenta, ella se había a Brasil, se casó tuvo tres hijas y un hijo y terminó estableciéndose allí, cuando la conocí en Buenos Aires había regresado como nosotros tras la dictadura, para presentar un libro.

Era un treinta de diciembre de mil novecientos noventa, había acabado de subir Collor de Melo, Elida me dijo “Oh Martín, que bueno, ven a casa que pasaremos el año nuevo con mi familia”.  Con el tiempo pensé que ella me había tomado por mi padre, que también se llama Martín. Al día siguiente llegué a Sao Pablo, nunca había estado en Brasil así que me di unos paseos alrededor de la Rodoviaria, me encanta escuchar las lenguas nuevas, las costumbres en otros países, ver que comen en los piringundines, no en los restaurantes. La primera frase que me llamó la atención fue un parroquiano que se dirigió a la barra donde yo saboreaba un exquisito cafecito brasileño y le gritó al barman, “da uma pinga aí” me giré y el tipo también me miró, volví rápido la cabeza no fuse a pensar que estaba dispuesto a darle de la mía. La pinga resultó ser una medida de cachaza.

Luego tomé el autobús que me había indicado Elida hacia Mairiporá., en dirección Bello Horizonte, a unos cuantos kilómetros de la terminal. Cuando llegué ya había caído el sol y la fiesta estaba en marcha, era una casa grande rodeada de la vegetación salvaje de un jardín  donde unos perros me recibieron con ladridos de buena onda. En el espacio de un segundo Elida mostró asombro en la mirada, y acto seguido me dijo “entra, entra” salude a las dos hijas que conocía, Flavia y Paola, y y me presentó a parte de la familia que no conocía, Fabiana la mayor, con su novio “el Portugués”, Claudio su hijo con su niño que vivía con ellos, y la madre del niño, Clovis, que estaba de visita, había otras amistades de la familia. Bueno les conté que tenía idea de seguir para arriba del país, y en algún puerto buscar un barco que me llevase a Ámsterdam, a Rotterdam o por ahí cerca. Me miraron como se mira a un bicho de la luz que acaba de entrar, y no se sabe si aplastarlo o disfrutar de su fosforescencia,

Comimos bebimos, no recuerdo si ellos bailaron un poco, los brasileños son muy parecidos a los cubanos, visto desde la perspectiva argentina, bailan apenas beben un poco. Me quedé a dormir en un cuarto grande donde también dormía Claudio, un muy buen tipo que al día siguiente me explicó un montón de cosas de Brasil, de Sao Pablo, de Mairiporá y de los sindicatos, al que él pertenecía y de los otros.El niño de Cludio era muy pequrño pero de una intligencia precoz, por mi habla se dio cuenta que el diptongo "ue" en portugués se traducía por "o", huevo, ovo, nuevo,  novo, un día me pidió un "cuepo", no lo entendí, él creía que como en postugués vaso es copo, en castellano debía sustituirse por la "ue". Era muy chiquitín para hacer essa asociación, y he ahí un caso de un error, que sin embargo constituye un acierto brillante.

Elida era una mujer que ya tenía su edad pero era bella, a veces pensaba lo que debía ser de jovencita. A la mañana ella salía al jardín sin segar y les gritaba a sus perros, luego nos quedábamos charlando, yo me daba cuenta de que mi plan de irme en cualquier barco se estaba retrasando sin motivo aparente, pero no me interesaba moverme de allí, también me daba cuenta de que podía ser que molestase, pero trataba de ser mable y de hacer los mandados al pueblo, que quedaba a unos cientos de metros por la carretera, por la cual yo iba cantando una pieza de rock que se me había ocurrido por esos días:

 

“caballos salvajes, azúcar marrón/ por más que te enojes y despotriques/ sos una chica lista/ los tipos te admiran/ y eso contribuye a tu ego”

 

Fui quedándome en esa casa sin saber por qué, con que permiso ni bajo que excusa, solo sabía que no me podía ir,  iba a comprar al mediodía a Elida algunos enseres y me entretenía hablando con la gente, comiendo las cosas nuevas, coxinhas, esfihas, frango, y tomándome algún trago de cachaza Vellho Barreiro si me quedaba plata o alegría, y de Cavalinho, mucho más barata  si estaba más corto o cariacontecido. Una tarde mientras manteníamos nuestra charla vespertina, le dije a Elida que se parecía a Ava Gardner, me dijo-uh, gracias por el elogio- pero no se sintió tan sorprendida, noté que habría crecido sabiendo que era linda. Claudio me enseñó los carnavales de Mairiporá, y me familiaricé tanto con el pueblo que incluso fui a sacarme una muela que me estaba dejando sordo del dolor, con un dentista que me atendió con la bata pincelada de sangre, pero me cobró tan poco como si fuese su mejor amigo. También iba a Sao Pablo para conocer la ciudad, y un día,  averiguando por el barrio de moda, Bixiga, encontré un trabajo en un restaurante, O comilao 120 tipos de pizza, regresé a buscar las cosas, le di las gracias a Elida por la acogida, y me fui a una pensión que había al lado de O comilao.

Limpiaba platos y por la tarde recorrí ese barrio y el contiguo, donde estaba la Casa de la Cultura, una espléndida construcción moderna, con una variedad de actividades gratuitas que nunca había visto en ningún país, porque además tenía una zona para escuchar música, uno pedía un long play y se lo ponían desde una sala y en unos sofás muy cómodos uno se sentaba y enganchaba los auriculares al suelo, y escuchaba todo el long play, se podían dos por día. Había una biblioteca con cursos Assimil para aprender idiomas con libros y casetes, entonces me puse al día en portugués, y algo de inglés. Conocí a Pablo un argentino que había ido a probar suerte con el rock, era de Neuquén, quedamos amigos y unos años más tarde lo visité en su casa. Nos causaba asombro y gracia la cantidad de transexuales que había y como se expresaban sin ninguna inhibición. Él había ido con un amigo de su ciudad que tocaba guitarra, pero era muy bajito para ser “guitar hero”, nunca lo escuché, él dice que tocaba bien, pero al cabo de un tiempo se dieron cuenta que Brasil tenía bandas de heavy metal en cada rincón compitiendo. Brasil es música, hasta clásica componían, Heitor Villalobos, no hay música que le resulte ajena a los brasileros, no hay música extranjera.

Los sábados o domingos iba a Mairiporá a lo de Elida a llevar alguna comida para compartir. Más tarde Claudio habló con unos sindicalistas de Rio de Janeiro para que me recibiesen, y ellos organizaron que yo diese una charla sobre andar por Latinoamérica con un pequeño petate. La verdad que yo no tenía nada que enseñar, mi plan no tenía un fin social, ni siquiera había un plan, me daba un poco de vergüenza decir que estaba más al pedo que cenicero de moto, y que, en Uruguay, se me ocurrió subir a un barco holandés, porque me habían dicho que ellos embarcaban gente pidiendo sólo pasaporte. Era verdad, pero tampoco era tan sencillo. Barcos de bandera libanesa y panameña embarcaban a cualquiera con pasaporte y pagaban bien, pero holandeses, noruegos y daneses , que tampoco exigían carta de embarque, sin embargo si pedían experiencia. Más tarde estuve unos días en en el puerto de Santos, yendo cotidianamente al puerto, entraba con el pasaporte, les decía a los guardias que estaba embarcado y no había problemas, subía a los barcos y preguntaba si necesitaban a alguien para trabajar. En varios me dieron algo para comer, pero recuerdo uno en particular, que era en efecto holandés, "Slottergracht" era su nombre, de pequeña eslora y manga, a cuyo capitán le resulté simpático, porque iba pidiendo trabajo con una caneca o petaca de cachaza en la cintura como si fuese una cimitarra, y me dijo que si quería fuese a la cocina y le dijese al cocinero, que era español, que él me había enviado, y así fue. No sé el porque de esa buena onda, pero en los meses que estuve en el camino con frecuencia encontré samaritanos dispuestos a ser generosos sin pedir nada, es algo de los caminos, lo pude constatar en distintos lugres y culturas. Ese cocinero y marinero español, me contó que él fue a embarcar a Rotterdam, y que ganaba dinero y no lo gastaba, salvo unos días en puerto con chicas y alcohol, pero que ya no era fácil de embarcar o de encontrar buenas tripulaciones, como antes, me dio tanto de comer y de beber cervezas, que, tras agradecerles a todos, no sabía si irme zigzagueando o rodando.

Regresando a los sindicalistas, me habían dado un lugar donde dormir en un edificio moderno, pero yo estaba nervioso porque no quería mentir en lo del plan de recorrer América como mi tío, cosa que ellos pensaban y yo no. De un momento a otro cambió todo, el trato se hizo distante, me llevaron a comer afuera con el bolso, alguien me lo robó del maletero del coche de que me llevó a comer y tomar cervezas, entonces me llevaron a un hotel que era de parejas, para dormir y al día siguiente regresar a Sao Pablo, ya no les interesaba nada el plan de que yo hablase. Yo no sabía que había pasado pero algo había pasado. Después me enteré, hablaron con la embajada de Cuba, e igual que hicieron años más tarde en Madrid cuando yo estaba ayudando con trabajo voluntario a una asociación de amistad, les dijeron que no era revolucionario, que era un lumpen, que me habían botado por borracho y vago.  Eso sin yo haber todavía hablado nunca en contra de aquella “involución”. Gente fina.

Regresé a lo de Elida, donde estuve unos pocos días más y me fui al norte, nuevamente en lo que se dice “a dedo” o “a carona” pero en realidad, eran pesajes que proveía el PT a los golondrinas que iban buscando trabajo por el país, igual que les daba albergue, y dormí en varios de ellos, aunque de trabajo yo no buscaba nada, ya tenía dinero cobrado de O comilao para un mes, después, en Río, volvería a buscar.Al cabo de cinco meses de entrar a Brasil regresé a Argentina desde el norte, ahí sí con un camión argentino, cebando verdaderos mates.

Elida partió a otra dimensión en el año noventa y cinco en Buenos Aires, sólo volví a ver a Fabiana que se fue a vivir a Buenos Aires y publicó un libro sobre las runas vikingas y sus significados. Era un libro curioso, llevaba además una bolsita con runas. Fabiana compartía un lindo departamento con una prima de Ceratti de Soda Stéreo. Cuando fui a Sigtuna, una ciudad sueca rúnica, bella y con enormes pedruscos con inscripciones rúnicas, recordé los significados de algunos símbolos iguales a los de la bolsita del libro que me había regalado. Hace poco fue ella quien se encargó en Buenos Aires de la despedida al Yiye, el primo de mi madre que nos había presentado en mil novecientos ochenta y cuatro.

Hoy quería mediante el recuerdo, rendir homenaje a la calidez, calidad humana y solidaridad de Elida Gay Palmer y de sus hijos, Claudio, Flavia, Paola y Faviana.

 

 

Gracias.

Elida
Elida

Elida

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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax
23 diciembre 2020 3 23 /12 /diciembre /2020 15:08

Si piensas a celebrar el nacimiento de Jesús, de aquel que cuando nació se supuso sería el Rey de los Judíos, por lo cual Herodes mandó a matar a todos los bebés para que nadie lo destronase en el futuro, y por lo que Cristo debió criarse en Nazareth, te comento que no hay nada más lejos de este consumo loco que, en lugar de celebrar ese hecho, ni siquiera el mito religioso que es fantasioso pero respetuoso, contribuyas al mayor enriquecimiento del Corte Inglés, Carrefour, Harrod's o a Macy's.

La celebración debería ser un período de reflexión y austeridad, de mucha austeridad.

Tú dedícate a comer, a beber y a gastarte todo en dárselo a los más ricos, pero ten en cuenta que eso, es lo más lejano y contrario a mostrar respeto al mensaje que dejó la vida de Jesús Cristo.

Y para quienes no son religosos, como el caso de este servidor, que festejamos el Solsticio de Invierno, importante en muchas culturas, tampoco está contemplado enriquecer a nada que no sea el alma de propios y extraños.

 
 
 
La casa de Nazareth donde presumiblemente se crió Jesús

La casa de Nazareth donde presumiblemente se crió Jesús

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Published by martinguevara - en Relax
14 diciembre 2020 1 14 /12 /diciembre /2020 13:00

Era ese mismo verano en que habíamos intentado pasar unas vacaciones fabulosas, pagadas y además cobrando un dinerito como Guía en el campamento de pioneros de Tarará, pretensión que a los tres días quedó fulminantemente cegada por una expulsión que caería en nuestros expedientes acumulativos, intentamos limpiarlo o continuar con la diversión buscándonos nuestro primer trabajo en serio.

Entré en el destacado puesto de “chico para todo”, con mi amigo “el Nene”, gracias a la gestión de Orestes, que trabajaba en esa empresa, de producción de todo tipo de utensilios de aluminio para las FAR por segundo año consecutivo durante las vacaciones con un contrato temporal por quince días prorrogable a dos quincenas, para llevarse unos pesos en época estival. Recibiríamos por el desempeño de la tarea 98 pesos cada uno.  Aunque no precisaba el dinero de esa paga, sino que quienes habían empezado a recriminarme que había dejado los estudios, no pudiesen decir que tampoco trabajaba. Había que vivir pendiente de lo que pensasen los demás, ya fuese para complacerlos o para molestar, sólo volviéndose loco  podía uno hacer la suya. Aunque también la idea de conocer el terreno laboral por un lapso, como descanso de tanta haraganería, me subyugó.

Al Nene y a mí nos habían destinado a limpiar los latones de basura, donde descansaban los restos de un enorme banquete con que se habían auto homenajeado a base de pollo y puerco los directivos de la empresa y sus invitados, justo el fin de semana antes de que empezásemos el trabajo. Soldados de avanzadilla  inspeccionando el terreno enemigo antes de que la tropa decidiese atacar.

Acercarse a aquellos latones suponía una inmolación, y se iba poniendo más intenso, en la medida que indolentemente, dejábamos el trabajo para el día siguiente a causa de la peste entre aguda, dulzona, pegajosa e insoportable que fluía de aquellos latones.

 

Al nene le habían dado la llave de un toro motor, que se utilizaba para levantar pallets, pero para el trabajo de volcar los ocho cubos de basura podrida e inflamada nos era de poca utilidad, ya que cuando intentamos levantar el primero, para trasladarlo al sitio indicado, se nos viró de costado, derramando los pollos con sus lomos y panzas hinchadas y hediondas por encima del borde del latón y liberar ovillos de gusanos color crema que con los rayos sol se engalanaban de verde brillante y con el calor despedían sus más intensos aromas . Después de ese accidente pasamos la semana entera haciendo trabajitos de poca monta, hasta que llegó el viernes y el jefe montó en cólera, y nos amenazó con echarnos el mismo lunes si no acabábamos la tarea.

Por fin logramos volcarlos en el patio donde nos indicaron,  hicimos una montaña con todos los pollos podridos, retiramos los latones, les echamos gasolina,  luego un fósforo, y vimos arder aquellas madejas de gusanos durante una tarde entera.

Nos llevó más tiempo del que pensábamos lograr quemar aquellos benditos pollos inflados que olían a mil demonios. Cuando los llevábamos al basurero nos entrevistó el noticiero del ICAIC, nos dijeron a la siguiente semana saldríamos en el noticiero del cine, en todos los cines de La Habana, sobre un camión trabajando de basureros. Al regreso de ese viaje el jefe nos esperaba con la liquidación por quince días de trabajo. No nos soportaba más según sus palabras.

Dejamos de ser basureros temporales, pero mis pantalones vaqueros no por ello volvieron a oler bien. Entre el escaso apego a la ducha que había desarrollado y el hecho de que quien lavaba la ropa en casa era mi abuela, a la que le llevaba una bolsa de ropa sucia para verla limpia, y que el único vaquero Levi’s que tenía prefería no gastarlo demasiado con el jabón y la tabla de lavar, ya que estaba  a punto de romperse, y una cosa era pavonearse como empleado responsable de la basura, que daba cierto halo de explorador en la vida y otra muy diferente  enfundar por obligación aquellos espantosos pantalones chinos, de la tienda para cubanos. Esa sí era una osadía.

Dos o tres semanas  más tarde, salió en las salas del Cine  el documental de los basureros, pusieron un trozo de nosotros con tomas de primeros planos, algunos amigos rieron burlones,  nos decían “leones” como se les conocía a los basureros, por el aroma más que por la fiereza. Tenía su gracia aunque presentó un inconveniente, durante un tiempo mi incipiente y saludable popularidad entre las chicas experimentó un repentino parón. El blue jean gastado y algo necesitado de jabón, me servía de contrapeso, aunque fuese únicamente con las pepillas de livianísimo galope y de nariz muy fogueada en innumerables las batallas.

 

Pollos aromáticos

Pollos aromáticos

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Published by martinguevara - en Cuba flash. Relax
9 diciembre 2020 3 09 /12 /diciembre /2020 02:44

El preuniversitario Pedro Ortiz lo dejé en grado doce sin terminar, a los dos años de vagancia me permitieron volver a hacerlo en otro pre, el Pablo de la Torriente, lo cursé, llevé todas a extraordinario por no haber casi asistido a clases y no llegué a la puntuación básica de 70 en matemáticas por un detalle, me la había jurado el profesor, y yo mismo, claro.

Entonces por tercera vez lo comencé en la Facultad Obrero Campesina que solía ser de noche, pero había clases por el día, me di cuenta que para quien hace el pre en la FOC es mucho más fácil, y es el mismo título, pero sin aspiraciones universitarias en tal caso. En mitad de ese curso regresé a Argentina, y a menudo, entre las bromas de que soy licenciado en grado doce, a lo largo de los años soñé varias veces que suspendía, que Cepero me esperaba sonriendo para ubicarme en una aula sólo, sin posibilidad ni siquiera de consultar alguna pequeña muleta para alcanzar los 70 puntos, recién hace un años empecé a soñar de una manera muy vívida que apruebo todos los exámenes y soy bachiller, he soñado también que sigo en grado doce porque quería estar seguro de haber aprobado, pero los profesores me decían ¿qué haces aquí, tu ya pasaste a la universidad? Pero había un problema en mis sueños, nunca entré a universidad, no tenía un asidero de recuerdos en la realidad con mi paso por la uni.

No pasar por la universidad no era la cuestión, eso estaba clarísimo, el abuelo, con sus diatribas de que todos los Guevara estudiaban carreras de prestigio desde siempre, me había dejado ese gol para hacerlo de taquito y coronar el pataleo adolescente tardío, sin demasiado esfuerzo, porque encima estábamos en Cuba, donde casi todos los que estaban en el pre pasaban de una forma u otra a la universidad, yo sentía un placer indescriptible al presentar un claro contraste de mi mal desempeño académico y mi acervo cultural, que era este, con diferencia, más profundo y ecléctico que el de mis compañeros con altas calificaciones y mis parientes ya encaminados a profesionales. No, la cuestión no era esa, estaba claro que no entregaría por nada la prestigiosa distinción de ser el único de mi generación sin educación superior, no para ser trabajador como mi padre, ni guerrillero, ni siquiera delincuente, sino para ostentar un sobresaliente en inutilidad.

Pero una cosa era que quedase claro que había sido yo quien decidió no estudiar como era casi obligado e inevitable y otra era no tener siquiera el bachillerato, lo cual me dejaba al pie de los caballos frente a toda presentación de currículo, o cualquier trámite que requiriese una mínima seriedad; eso ya no reflejaba la expresión de una estúpida rebeldía juvenil, sino un abanico de suposiciones que podía ir desde la estupidez sin más, pasando por la posibilidad de una infancia plagada de carencias, hasta una escasa capacidad de aprendizaje, las cuales ya no me hacían ni pizca de gracia.

Tan reales y persistentes fueron los sueños, que sin pensarlo llegué a sentirme como si de verdad hubiese terminado aquel truncado preuniversitario que al parecer me había marcado en el subconsciente, en la vida onírica, y probablemente en las acciones de cada día.

Pero ya no tenía que temer, había retomado lo que en su momento abandoné por la fiesta, el sexo y el trago, y lo superé.

Pero ayer, al escribir sobre mis años escolares, como si realmente me despertase de un sueño, me di de bruces con que no he terminado, ni retomado el pre, que acaso en otra realidad lo están haciendo millones de estudiantes pero yo sigo barqueando, gastando todo el tiempo en otros menesteres que reportan escaso provecho aunque bastante anecdotario, y me sentí atado con un enorme soga gruesa, rodeándome todo el cuerpo, y me dieron ganas de gritar, de llamar a la profesora, a mis compañeros, a la trigonometría, a las diferenciales y los logaritmos, pero ninguno acudía, y me habían olvidado para siempre, había pasado mucho tiempo y me estuvieron esperando con paciencia hasta cierto punto.

Entonces no grité, me fijé en la otra cara de ese yo, y me vi sin ataduras, parado entre dos acantilados, flotando sobre el precipicio, logrando mantenerme en el aire sin mayor esfuerzo, comencé a batir los brazos y vi que a cambio de aprobar el pre, solté el lastre que me impedía manotear el aire y elevar todo el peso de mi ligereza

 

Preuniversitario

Preuniversitario

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Published by martinguevara - en Relax Cuba flash.
8 diciembre 2020 2 08 /12 /diciembre /2020 18:09

Mi mejor amigo de afuera del hotel era de sangre caliente, si uno quería asistir a una buena pelea, sólo debía esperar hasta las cuatro y veinte que era la hora de salida de la escuela, y entonces o bien a la misma salida del colegio o, para evitar las represalias de la dirección, detrás de la Sinagoga de El Vedado, había espectáculo de bronca. A menudo me pedía que le sostuviese los libros cuando se fajaba así que eso me convertía en espectador privilegiado de primera línea. En Argentina, las peles se iban pactando con el incremento de bravuconería o insultos, eran generalmente a piñas, nunca vi una brinca en el suelo, un vez que uno caía, esperaban que se levante o se acababa la pelea, en Cuba el inicio, el despertar de la bronca era una sonora bofetada, incluso si los ofensores ya no tenían muchas ganas de fajarse, el público de alrededor los animaba para ese primer paso gritando a coro “la galleta, la galleta” , hasta que se desataba la riña tras la sonora “jilda” .

La función de la galleta era mucho más de alarde, de humillación, bien podríase empezar con un piñazo que fuese mucho más eficaz con la finalidad de vencer, pero la galleta además de ser el campanazo que anunciaba oficialmente la pelea, daba un plus de brillo al ejecutor, aún cuando este después perdiese. La “fajazón” cubana va mucho más allá del boxeo, lleva todos los ingredientes, patadas, piñazos, galletas, incluso palos y piedras, pero además proyecciones al suelo, llamadas en Cuba “estrallón” provenientes de la lucha o el judo, pero generalmente aprendidas en la calle, y luego en el suelo se daba el segundo capítulo de la bronca, lograr asfixiar al oponente con una llave al cuello, o simplemente ganarle a golpes en la cara, hasta que se rinda el vencido, o que sea evidente el desenlace. Los abusadores, dan patadas desde arriba , escupen, o incluso orinan al derrotado, pero eso ya pertenece más al terreno carcelario o de inquina guardada durante años. Mi hermano cubano, era un maestro propinando ese galletazo del inicio, ponía la mano medio cóncava y el sonido inundaba al barrio, y luego era muy bueno en el suelo, sus fuertes no eran los piñazos , por eso tras la galleta buscaba el estrallón, en lo cual era mejor aún que en la galleta, y ahí y dependía de la fuerza y pericia de cada gallo en lidia, nunca lo vi dar un golpe más del necesario, ni abusando de gente que no mereciese una buena tunda, ni pelear por algo que no fuese de justicia elemental.

Con los años y la curda, esas broncas se hacían extensivas icluso a la policía, aunque en ese caso, por más sonora que fuese la galleta de inicio, y bueno su estrallón posterior, naturalmente, al final siempre llevaba la de perder, tranqueo grupal y a la Unidad.

En cambio, a mi nunca me gustó fajarme, por miedo a recibir golpes y por a golpear, siento un atractivo por la violencia pero como mero espectador. Así he estado en situaciones realmente peligrosas, pero si no soy objeto directo de las hostilidades me quedo mirando como si los acontecimientos fuesen transmitidos o proyectados en un pantalla.Cuando no quedaba otr slid tenía bunos buenos puños, las pocas veces que me fajé, gané, excepto las dos veces que me metí a defender a animales que estaban siendo abusados. Esas dos veces cobré.

Recuerdo un día después de que tres amigos con sus parejas estables o circunstanciales habíamos pasado la noche en el Hotel Riviera, de El Vedado, curdeando y comiendo bien, una vez que entregué las llaves de mi habitación en carpeta y despedí a mi amiga de aquella noche, decidí quedarme en el hotel bebiendo unos tragos en el bar El Elegante, donde tocaba el piano Felipe Dulzaides, un poco más tarde. Al día siguiente debía regresar con mi familia mi país de nacimiento tras diez años de exilio, las despedidas ya iban llegando a su fin.

Me tomé unos cócteles bellomonte para equilibrar la curda del día anterior, decidí irme a casa y cuando estaba caminando por el lobby hacia la salida, un hombre vestido de guayabera se acercó a mi, y me invitó de manera brusca a que abrochase los botones superiores de mi camisa, le dije que ya me iba y que yo usaba así las camisas, me dijo que ahí no se podía, le dije con buenos modales que no iba a abrochar nada. llamó a otro y me llevaron al sótano, era un pasillo largo tras el cual había una habitación, era una oficina rudimentaria, bajo la tierra, y sentado detrás del buró estaba un tipo que dijo ser el jefe de seguridad del hotel. Me apresuré a quejarme del trato que me habían dado esos dos por no abrocharme la camisa, y para mi sorpresa, dijo que estaba bien lo que hicieron, que tenía que haberlos obedecido. El tipo se puso de pie, le expliqué que al día siguiente debía partir del país que me estaban esperando en casa, me echó en cara que estaba bebiendo en el Elegante, y que había pasado la noche allí bebiendo, que tanta prisa no tendría por llegar a casa.

Me di cuenta que el tipo me había estado cazando la pelea, pero no entendía la finalidad, yo ni había hecho “bisnes”, ni tenía marihuana encima, ni en la habitación, cuando par aflojar la situación saqué a relucir mi parentesco no se sorprendió en absoluto. Me preguntó:

-¿Tú "eres" karate?

-No, ¿por qué?

-Por los nudillos- Es cierto que los tenía callosos porque cuando estaba contrariado golpeaba las paredes con los puños.

-No-le dije - no hago ningún deporte de contacto.

Y entonces no esperó más y me preguntó ¿tú quieres fajarte conmigo? De repente se me fue un poco la curda porque necesitaba salir de ese sótano rápido, y sin problemas, por supuesto mi respuesta inmediata fu "No, no quiero fajarme con nadie, quiero y tengo que ir a mi casa, si hace falta me abrocho la camisa" Insistió una vez más, diciendo que yo estaba acostumbrado a formar líos, a emborracharme, pero después no me quería fajar de hombre a hombre, y yo insistí en que de batirme, nada.

Cada vez que el tipo me invitaba más , más me percataba de que aunque yo fuese guapo y karateca, y le pudiese dar una buena tranca, cosa difícil por mi estado de equilibrio y porque el tipo debía saber donde dar los golpes, entre los otros dos me pondrían calentito, pro lo que era peor, con el tiempo tan apretado podía perder el avión. Nunca supe quien era ese tipo, ni porque tras saber que podía hacer un par de llamadas, insistía en fajarse. Me asistió una flema que sólo parece cuando me doy cuenta que hay problemas, lo dejé hablar, el tipo se calmó, y me dejó irme, no por el lobby, sino por el parking, diciéndome que la próxima vez me abrochase la camisa-

En este caso no haberle dado un galleta, y metido un estrallón, cosa que y era improbable, me permitió llegar a casa con tiempo para hacer las maletas, y no poner nerviosa a mi madre.

El tipo se quedó con las ganas de joderme, y yo, nunca atravesé el lobby correctamente abotonado.

 

Bar el Elegnte, Hotel Riviera.

Bar el Elegnte, Hotel Riviera.

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7 diciembre 2020 1 07 /12 /diciembre /2020 23:34

El parque Hanói estaba a unos cien metros, había arboles de mango, aguacate, tamarindo. la temporada de mangos recién comenzaba, así que no había casi fruta madura, pero algunos, bien arriba donde daba más el sol, sí que había.

Yo era un mono trepando árboles, fui con Orama, que también estaba en noveno grado pero no en mi aula. Llegamos cerca de la copa y vi un mango pintón, la mitad roja y la otra verde, pero que y se podía comer, sólo tenía que caminar con cuidado por la rama en que estaba parado agarrándome de la de arriba que corría paralela. Oramas me dijo que no fuese, que comiésemos los verdes con sal, pero esos me daban dolor de estómago, hace poco vi que también en Vietnam es costumbre comerlos así , y yo le dije "no te preocupes que el mango lo compartimos entre los dos". Arriba de los árboles cuenta el más mínimo equilibrio con cualquier parte del cuerpo, yo sabía manejarme, llegué a una parte en que la rama a la que me agarraba, donde colgaba el mango, se volvió tan delgada que cedió ante mi presión para no dejar todo mi peso en la que apoyaba los pies, y al quebrarse perdí el control del equilibrio, caí y conseguí asirme a la rama en que estaba parado, pero también cedió y caí al vacío. Por el camino fui dándome golpes con ramas más o menos gruesas, hasta que el suelo, de tierra y hojas, detuvo mi caída. Del golpe sólo recuerdo el brazo y que empecé a dar vueltas en círculos en el suelo mientras Orama bajaba y me gritaba alarmado.

Lo próximo que recuerdo es estar en los brazos de mi madre y la Negra Cordero, su íntima amiga, me pusieron en un automóvil y volví a tener uso de memoria en el policlínico. Los huesos del antebrazo se me habían partido de tal manera que parecía una zeta, pero no llegaron a atravesar la piel, el médico que me atendió me pidió que aguantara y tiró del brazo mientras otros me sostenían hasta que acomodó cúbito con cúbito y radio con radio, aunque quedaron medio torcidos. Me llevaron de urgencia al Hospital Ortopédico Fructuoso Rodríguez, donde ya había estado ya que era la cuarta vez que me fracturaba el mismo brazo, el médico de policlínico de Alamar había acertado tanto que el doctor prefirió no volver a desacomodarlo ya que había empezado a soldar y sólo estaba muy poco torcido, me pusieron el yeso y de ahí al Neurológico, que estaba al lado, esa era la zona de Hospitales, también ahí estaba el Infantil Pedro Borrás, donde estuve ingresado también una vez, y el Oncológico el que por suerte nunca tuve que pisar como paciente.

En el neurológico me hicieron varias pruebas, porque tras dar esas vueltas sobre mi eje al caer, me desmayé y empecé a echar una espuma por la boca, como contaba Oramas, que acto seguido empezó a llamar la atención de los transeúntes y a darles mi dirección mientras se quedó a mi lado esperando, y fue cuando llegó mi madre y Ángela, la Negra, que en efecto me vieron con esa espuma en la boca que nunca supe de que se trató, pero que de vez en cuando la pasta de dientes me hace pensar en ella, como en ese viento que da en la nuca y se va, como el aliento de un muerto convertido en fantasma, o el chasquido de la rama y la sensación de vacío.

Me mantuvieron en observación porque dos desmayos de varios minutos tras un golpe de un caída de la altura de un cuarta planta, aunque me detuviesen ramas en el aire, podían significar varias cosas. Por suerte sólo significaron que acaso desconecté un pelín más los cables ya pelados de mi coco, o, nunca se sabe, quizás conseguí empatarlos. Al día siguiente me dieron el alta, estaba magullado por todos lados, pero en cierta forma contento de haberla sacado barata. La mayoría de los despelotes mentales que tuve, disparates, incongruencias, y más tarde ajustes con el alcohol, las drogas, algunos me lo atribuyeron a ese porrazo, no, lo único que me dejó ese golpe es cierto respeto a las alturas, pero yo, ya era distraído y lunático desde que empecé a caminar. Unos ños más adelante, tuve una novia que se llamaba Hanoi, que también casi me costó la cabeza.

Cuando me dejaron en casa pregunté por Orama, le avisaron y fue a verme, lo primero que le dije fue:

 

-Brother ¿te jamaste el mango?

 

Matas con mangos verdes y pintones.
Matas con mangos verdes y pintones.

Matas con mangos verdes y pintones.

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21 noviembre 2020 6 21 /11 /noviembre /2020 16:36

El cubano tiene una identidad cultural tan fuerte que parece europea o asiática, de más de 500 años.

Conozco varios hijos de cubanos que nacieron en países de habla no hispana y no sólo hablan muy bien el español, sino que lo hacen con tono cubano, y dicen "veddá", lo cual me alucina y llena de orgullo.

El resto de descendientes de inmigrantes latinoamericanos en su segunda generación ya portan nombres en inglés o la lengua de destino y si chapurrean un poco el castellano es con sumo desdén, el mismo que vieron en su hogar hacia sus propias raíces. En cambio el cubano, no.

El cubano vive orgulloso de sí, de su música, de ser tan buenos bailarines, de su gracia, de Carpentier, de "el Pandeado",  de Celia Cruz y Tata Güines, de Leo Brouwer y el maestro Lecuona, de sus chistes no siempre de salón, de su bulla identitaria tanto para discutir una jugada de beisbol, un hecho cotidiano, un buen o mal movimiento en el dominó como "pegarse" botar el doble nueve, o quitarse el doble "tres mil y más murieron" manteniendo la data, o el uso de la hipérbole para cualquier asunto referido a su hombría, virilidad, certeza en cualquier tema "te lo digo yo que soy de aquí" "deja el tango y canta bolero" "rema que aquí no pican".

Esa intensa personalidad y carácter bien puede deberse a la belleza de la isla que siempre quiso ser seducida por los mandamases de turno a lo largo de la Historia, España, EEUU, URSS, de ahí también un rasgo de no demasiada enjundia, esa marcada veta jinetera, o ya sea por la confluencia de las razas, de las zonas de España y de África que la poblaron una vez exterminados casi todos los habitantes autóctonos excepto unos pocos descendientes en Baracoa, la mezcla de la gracia flamenca con la yoruba y la seriedad y asturiana. y sea por el calor, los mangos, el ron, la mulata, el aguacate, el puerco y no la jutía, ya sea porque son fajadores avezados, el cubano mete una galleta y se enreda más rápido que un telegrama, por la poesía, el ajedrez, el mar, sí, ese mar tiene que guardar alguna relación con la excepcionalidad de varias de las cualidades cubiches.

Son altaneros, les da igual hablar de cualquier forma, como los andaluces que no sienten complejo de decir Grabiel en vez de Gabriel, sabedores de que su importancia, su identidad estriba en asuntos de mayor enjundia que los meros aspectos fomales. Y acaso por ello mismo, no necesitan, como otras comunidades, protegerse de sus propia carencia de autoestima creando guetos, cuando se los ve juntos, es porque sienten que nadie disfruta de una fiesta, de una tarde de ron, de risas, de baile, de canto, incluso de cuchi cuchi mandarina, como el cubano lo curte casi de modo natural. Pero en los trabajos, en los barrios, en las amistades, se integran como uno más. El caso de Miami es el opuesto al gueto, no se atrincheraron para protegerse del poder, sino que se convirtieron en poder, levantaron aquella ciudad, la dotaron de personalidad, gracia, charme, café colada, jugo de mango, sandwich cubano y pizza varadero, son sus alcaldes, sus policías, sus políticos, llegan hasta Washington y, también desde allí reciben una atención especial, acorde a su peso.

En Europa no se ve un cubano tirado, todos salen adelante con dignidad, no se dejan avasallar por ningún jefe, sus homologos latinoamericanos o africanos se asombran de la determinación que los lleva, no sólo a decirle a un jerarca "cuidaíto compay gallo, cuidaíto" sino que van más allá y dicen, "aquí estoy yo, y hay que respetarme porque soy cubano"....o a veces "por la cabeza de mi....". Habiendo recogido, aunque sólo de manera figurda en su educación, una gran cantidad de principios de igualdad, y en la experiencia empírica, de no creer en ninguna muela, sólo en la capacidad de "resolver" como sea.

Si bien al principio de la emigración, se muestran torpes en el desenvolvimiento de sus dotes competitivas, por su falta de experiencia en el trabajo, en el verdadero trabajo, y en el desarrollo de sus más intimas aptitudes desconocidas bajo aquel magma de simulación de corrección auspiciado por la doble moral, en el cual cualquier examen escolar se aprobaba si se sabía intercalar con cierta gracia las palabras "en el capitalismo: hambre, miseria y explotación"; incluso hubo quien aprobó Física o matemáticas con la correcta disposición de estos vocablos. Pero una vez tomada la velocidad no hay quien los pare.

Y aunque yo haya estado estos años criticando a los cubanos trumpistas de Miami, quiero dejar mi homenaje a semejante atrevimiento, a semejante herejía de defender con mayor vehemencia que muchos nacionales a cuales debería ser más pertinente esa posición, sin perder nunca la cubanía, es más, con la cubanía como sello y estandarte, la bulla, los carteles con errores ortográficos, la expresividad contagiosa, que llegaron a ser incluso determinantes en aspectos regionales de la contienda.

No sé como explicar la enorme suerte que tuve, aunque me haya costado lo suyo, de ser nacido precisamente en el otro país latinoamericano bien pagado de sí mismo, haber crecido en aquella explosión caribeña de colores, olores, contacto, y orgullo, y hoy vivir en la madre de esos dos proyectos allende los mares, que si bien se independizaron, llevan lo mejor del espíritu ibérico, de un orgullo hispano ya perdido en el tiempo, también in situ, pero del cual todos, incluso los españoles somos también descendientes.

 

La danzarina cubana Gloria Achón "Zegrina" 1932

La danzarina cubana Gloria Achón "Zegrina" 1932

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Published by martinguevara - en Cuba Opinión Cuba flash. Opinion crítica. Relax
8 noviembre 2020 7 08 /11 /noviembre /2020 13:08

Consejito: cuando enfrentes uno de esos escotes que te ofrecen una generosa espita hacia el corazón de la fruta, hazlo sin remilgo, descarga tu pupila, inyecta la mirada en esas redondeces mágicas, enjuaga cada recoveco de tu nostalgia de mamón, de tus deseos de corderito lechal, haz la mímica de rodear con los dedos la esponjosidad de esa globalización eterna y barnízate de luz universal, porque amigo, no lo dudes, ella, la cajera, la doctora, la enfermera, la vecina, la panadera, la del bar, la compañera de trabajo o estudio, la amiga, la enemiga, la interlocutora casual, sabe muy bien lo que estás mirando y si por un instante hubiese sentido cierta incomodidad te lo habría hecho saber con el más ligero de los movimientos y habrías tenido que tragar en seco, rascarte la cabeza, fruncir el upite o recordar la comida del perro; pero si por el contrario el tajo que baja desde la garganta en dirección al ombligo cada se va enseñoreando con el paso de la charla, si ves que adquiere vida propia, que baila para ti, que recita esos versos que no consiguen camuflar su estrofa lujuriosa, si percibes el andar de esos ya no tan resguardados melocotones hacia su maduración, entonces, amigo, sigue mirando, que el jugo que los inundan, que puja por rebosar, se está exprimiendo exclusivamente para la sed de la vida.

Eso sí, si no reconoces una nítida sugerencia a abordar la nave que viaja entre las distintas dimensiones, reconoce el limite, y agradeciendo con la mayor gentileza el regalo para los sentidos, sigue con tu día ufano y motivado, ni un Vermeer en tu salón te habría animado igual.

Escotes

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16 octubre 2020 5 16 /10 /octubre /2020 18:00

En La Habana, viví en el Vedado primero, en Miramar, otra vez en el Vedado, pero en medio habité unos años la barriada popular de Alamar, fueron los años de mi desarrollo. Si bien en el refinamiento salí perdiendo, en la inmediatez del apareamiento indudablemente gané.

Las alamarenses venían de Guanabacoa, de Regla, Casablanca, de misma Habana Vieja incluso algunas familias de Marianao, en el otro extremo habanero, tuvo lugar una tónica entre proletaria y marginal. Por eso tengo tantas historias de templetas en tantos lugares diversos, los baños de los bares trancándolo por dentro, con toda aquella peste a meado pero con tremenda curda que neutralizaba toda sensibilidad olfativa, en la manigua, "el sao" como dicen los orientales o, los matorrales, ¿quien de Alamar no echó un amistoso entre matorrales?, en los pasillos de las escuelas por la noche, en la playa de los rusos, en el diente de perro con cuidado de que un diente de perro o un erizo no perforase el trasero de la partenaire, o un ovoide del seguro servidor, en camiones aparcados, en las escaleras o en las partes de atrás de los edificios de microbrigada, en la playa de Santa María, el Megano, Guanabo o Bacuranao.

Apretar también era una delicia porque ponía a prueba el aguante de las costuras de las prendas, su impermeabilidad, aquel descubrir los relieves por encima de la blusa, ver, tocar y lamer el nacer de una teta toda resguardada por los botones primero y el ajustador después, rebuscársela para llegar al electrizante pezón, meter la mano por aquí mientras un beso iba por acá, la otra mano por allá, las de ella por este lado y al final un andar pringoso que por unos instantes restaba firmeza al encabille.

El atractivo de templar en lugares no pensados para tal acto radica en la propia transgresión, llegar al momento en que la muchacha va lanzada y olvida los "no pipos, no" y se convierten en exquisitos "ay papi sí", entonces toda oquedad queda disponible ¡Al demonio con la comodidad!

Los matorrales callan.

En cambio las de El Vedado, y sobre todo las de Miramar no aceptaban así como así un palo con se nivel de improvisación, sin agua, jabón, sin siquiera una colchoneta, sin una intimidad básica obrada en el ámbito del mínimo respeto; en Playa tirando a Marianao o el Vedado yendo a Centro Habana, las chicas aceptaban de buena gana hacer colas apretando en la oscuridad de un sala de espera de una "posada", cosa que me restaba más de medio Perú de erotismo

- ¿Quién es el último pá' singal ahí?

- Nosotros dos y vamos detrás de esos dos de allá- señalando a una pareja que casi estaba ya clavando los clavos sueltos del sofá.

Aquellos antros nada higiénizados eran un buen nido de amor para la gonorrea y la sarna. Antes que eso prefería el sao.

En el Vedado eso sí, teníamos un lugar iconoclasta como pocos, había que brincar una cerca, a veces estaba abierta la puerta, los porches y pasillos de la Iglesia de I y 19, detrás de las columnas, no puedo decir que lo sazonaba de herejía porque no fui en absoluto criado en la fe, aunque no era del todo un edificio más, gurdaba el encanto de romper alguna antigua regla, y era con diferencia el más seguro, ahí protegen los ángeles.

Tres veces intenté meter el bosbonique en el malecón con “vedadianas” y no pude, "ay que pena", "no aquí no, tú no me respetas" "pipo, yo no soy una cualquiera" ¿Cómo explicarles lo del mar, la luna, el salitre?

 Donde sí se apuntaban casi todas en el Vedado, era en los jardines del Hotel Nacional, en su piscina y la del hotel Riviera de noche, ¡ah! esos palos flotadores silbando un blues antes de ser expulsado por el guarda; recostado al cañón de los jardines del Nacional de frente al Atlántico, con la brisa y el asombro de los paseantes por los senderos que no esperaban encontrar un Peep show ecológico. Eso sí, en las trincheras era imposible, es diez veces más higiénico el baño sin papel de un bar de Guanabacoa.

En Miramar ya era más exigente, querían hoteles o la casa o una casa de visita, una cabañita, un bote, yate o cualquier cosa linda. Aunque la playita de 16 me unió en matrimonio eterno con unas cuantas “miramarenses”, claro, yo vivía ahí mismo, pero nada como los bancos de cemento de aquella 16 noctámbula.

Lo más común era ir al hotel Tritón, todavía se podía pagar en pesos cubanos, aunque en los yaquis que hacen de barrera contra las olas en frente al Sierra Maestra fui un afortunado elegido por una preciosa sílfides, ella se acostó en el yaqui de frente al horizonte, un sol generoso nos lamía y secaba la saliva de los chupones, abrió las piernas, saqué el bikini y me entregué a un de las más ricas y cinematográficas mamadas de bollo que tengo recuerdo.

Y un lugar que pocos disfrutaron, en la Cafetería del Kasalta, al lado del túnel, había un pequeño bar iluminado con focos rojos y azules muy tenues, aire condicionado fuerte, con asientos en modo tren, un sólo barman, tragos, rara vez cervezas, y música, para poder hacer los ruidos del cuchi cuchi sin llamar la atención. Si bien, singar, lo que es singar, ahí no se podía, la apretadera ahí era un cielo de melcocha.

Como al perder un avión por una distracción homologble que en ese momento sienta terrible pero con el tiempo se convierte en un buena anécdota, igual se quedan impregnados en la memoria esos palos de complejidad extrema, adobados con la desinhibición y la torpeza que donaban los espirituosos, los fluidos y el zigzag deambulante de medianoche.

He ahí mis barrios habaneros vistos a través de la templeta con sus pruritos sociales.

 

Palito de luna y sal en los jardines del Hotel Nacional

Palito de luna y sal en los jardines del Hotel Nacional

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  • : El blog de martinguevara
  • : Mi déjà vu. En este espacio comparto reflexiones, flashes sobre la actualidad y el sedimento de la memoria. Presentes Argentina, Cuba y España, países que en mi vida conforman un triángulo identitario de diferentes experiencias y significantes correlativos.
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