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8 diciembre 2020 2 08 /12 /diciembre /2020 18:09

Mi mejor amigo de afuera del hotel era de sangre caliente, si uno quería asistir a una buena pelea, sólo debía esperar hasta las cuatro y veinte que era la hora de salida de la escuela, y entonces o bien a la misma salida del colegio o, para evitar las represalias de la dirección, detrás de la Sinagoga de El Vedado, había espectáculo de bronca. A menudo me pedía que le sostuviese los libros cuando se fajaba así que eso me convertía en espectador privilegiado de primera línea. En Argentina, las peles se iban pactando con el incremento de bravuconería o insultos, eran generalmente a piñas, nunca vi una brinca en el suelo, un vez que uno caía, esperaban que se levante o se acababa la pelea, en Cuba el inicio, el despertar de la bronca era una sonora bofetada, incluso si los ofensores ya no tenían muchas ganas de fajarse, el público de alrededor los animaba para ese primer paso gritando a coro “la galleta, la galleta” , hasta que se desataba la riña tras la sonora “jilda” .

La función de la galleta era mucho más de alarde, de humillación, bien podríase empezar con un piñazo que fuese mucho más eficaz con la finalidad de vencer, pero la galleta además de ser el campanazo que anunciaba oficialmente la pelea, daba un plus de brillo al ejecutor, aún cuando este después perdiese. La “fajazón” cubana va mucho más allá del boxeo, lleva todos los ingredientes, patadas, piñazos, galletas, incluso palos y piedras, pero además proyecciones al suelo, llamadas en Cuba “estrallón” provenientes de la lucha o el judo, pero generalmente aprendidas en la calle, y luego en el suelo se daba el segundo capítulo de la bronca, lograr asfixiar al oponente con una llave al cuello, o simplemente ganarle a golpes en la cara, hasta que se rinda el vencido, o que sea evidente el desenlace. Los abusadores, dan patadas desde arriba , escupen, o incluso orinan al derrotado, pero eso ya pertenece más al terreno carcelario o de inquina guardada durante años. Mi hermano cubano, era un maestro propinando ese galletazo del inicio, ponía la mano medio cóncava y el sonido inundaba al barrio, y luego era muy bueno en el suelo, sus fuertes no eran los piñazos , por eso tras la galleta buscaba el estrallón, en lo cual era mejor aún que en la galleta, y ahí y dependía de la fuerza y pericia de cada gallo en lidia, nunca lo vi dar un golpe más del necesario, ni abusando de gente que no mereciese una buena tunda, ni pelear por algo que no fuese de justicia elemental.

Con los años y la curda, esas broncas se hacían extensivas icluso a la policía, aunque en ese caso, por más sonora que fuese la galleta de inicio, y bueno su estrallón posterior, naturalmente, al final siempre llevaba la de perder, tranqueo grupal y a la Unidad.

En cambio, a mi nunca me gustó fajarme, por miedo a recibir golpes y por a golpear, siento un atractivo por la violencia pero como mero espectador. Así he estado en situaciones realmente peligrosas, pero si no soy objeto directo de las hostilidades me quedo mirando como si los acontecimientos fuesen transmitidos o proyectados en un pantalla.Cuando no quedaba otr slid tenía bunos buenos puños, las pocas veces que me fajé, gané, excepto las dos veces que me metí a defender a animales que estaban siendo abusados. Esas dos veces cobré.

Recuerdo un día después de que tres amigos con sus parejas estables o circunstanciales habíamos pasado la noche en el Hotel Riviera, de El Vedado, curdeando y comiendo bien, una vez que entregué las llaves de mi habitación en carpeta y despedí a mi amiga de aquella noche, decidí quedarme en el hotel bebiendo unos tragos en el bar El Elegante, donde tocaba el piano Felipe Dulzaides, un poco más tarde. Al día siguiente debía regresar con mi familia mi país de nacimiento tras diez años de exilio, las despedidas ya iban llegando a su fin.

Me tomé unos cócteles bellomonte para equilibrar la curda del día anterior, decidí irme a casa y cuando estaba caminando por el lobby hacia la salida, un hombre vestido de guayabera se acercó a mi, y me invitó de manera brusca a que abrochase los botones superiores de mi camisa, le dije que ya me iba y que yo usaba así las camisas, me dijo que ahí no se podía, le dije con buenos modales que no iba a abrochar nada. llamó a otro y me llevaron al sótano, era un pasillo largo tras el cual había una habitación, era una oficina rudimentaria, bajo la tierra, y sentado detrás del buró estaba un tipo que dijo ser el jefe de seguridad del hotel. Me apresuré a quejarme del trato que me habían dado esos dos por no abrocharme la camisa, y para mi sorpresa, dijo que estaba bien lo que hicieron, que tenía que haberlos obedecido. El tipo se puso de pie, le expliqué que al día siguiente debía partir del país que me estaban esperando en casa, me echó en cara que estaba bebiendo en el Elegante, y que había pasado la noche allí bebiendo, que tanta prisa no tendría por llegar a casa.

Me di cuenta que el tipo me había estado cazando la pelea, pero no entendía la finalidad, yo ni había hecho “bisnes”, ni tenía marihuana encima, ni en la habitación, cuando par aflojar la situación saqué a relucir mi parentesco no se sorprendió en absoluto. Me preguntó:

-¿Tú "eres" karate?

-No, ¿por qué?

-Por los nudillos- Es cierto que los tenía callosos porque cuando estaba contrariado golpeaba las paredes con los puños.

-No-le dije - no hago ningún deporte de contacto.

Y entonces no esperó más y me preguntó ¿tú quieres fajarte conmigo? De repente se me fue un poco la curda porque necesitaba salir de ese sótano rápido, y sin problemas, por supuesto mi respuesta inmediata fu "No, no quiero fajarme con nadie, quiero y tengo que ir a mi casa, si hace falta me abrocho la camisa" Insistió una vez más, diciendo que yo estaba acostumbrado a formar líos, a emborracharme, pero después no me quería fajar de hombre a hombre, y yo insistí en que de batirme, nada.

Cada vez que el tipo me invitaba más , más me percataba de que aunque yo fuese guapo y karateca, y le pudiese dar una buena tranca, cosa difícil por mi estado de equilibrio y porque el tipo debía saber donde dar los golpes, entre los otros dos me pondrían calentito, pro lo que era peor, con el tiempo tan apretado podía perder el avión. Nunca supe quien era ese tipo, ni porque tras saber que podía hacer un par de llamadas, insistía en fajarse. Me asistió una flema que sólo parece cuando me doy cuenta que hay problemas, lo dejé hablar, el tipo se calmó, y me dejó irme, no por el lobby, sino por el parking, diciéndome que la próxima vez me abrochase la camisa-

En este caso no haberle dado un galleta, y metido un estrallón, cosa que y era improbable, me permitió llegar a casa con tiempo para hacer las maletas, y no poner nerviosa a mi madre.

El tipo se quedó con las ganas de joderme, y yo, nunca atravesé el lobby correctamente abotonado.

 

Bar el Elegnte, Hotel Riviera.

Bar el Elegnte, Hotel Riviera.

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Published by martinguevara - en Relax Cuba flash.

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