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10 abril 2021 6 10 /04 /abril /2021 14:57

Cuando era chiquito era muy tímido, enfermizo, aunque un poco cabroncete también.

Después me volví un poco loquito, no paraba de joder desde la mañana a la noche.

Y cuando adolescente se me destapó la olla, fuera estudios, rock'n'nroll, vagancia, cochinada, niñas si alguna quería y drogas.

Fue la etapa cuando más fuerte me drogué, pero con drogas de farmacia. En Cuba. Unas eran un blíster de pastillas para el Parkinson, que con una ya ibas puesto, pero si tomabas cinco era de verdad un suene que nunca volví a conocer. Hablaba con uno, me giraba, volvía a girarme y cuando lo veía, le decía ¡ coñó, tú aquí! ¿qué volá?

Todo era brillo en la piscina de los rusos.

Y otras eran de una enfermedad mental, también con tres te ponías a saco.

Las pastillas se conseguían si buscarlas, si te ponías a buscarlas nadie te iba a suplir, en aquellos años era algo muy delicado. Un amigo de un amigo , siempre después que ya hubieses faltado suficiente a clases, fugado del campo o roto cristales.

Cuando probé el efori, por más que me gustó y pasé la tarde escuchando "Midnight Lightning" de Hendrix una y otra vez y partiéndome de risa con Jardines, el del espendrún del edificio que la conseguía suave y rica, no me pareció ni la milésima parte de despingante y descojonante que las pastillas.

De viejo mi toque sabroso fue con el alcohol, pero ojo, me hice adicto a otra droga que no mencionaré porque tampoco hay que contar todo; hace mucho la toqué por última vez, pero seguiré siendo su fiel escudero hasta el fin de los tiempos, en el confín del Averno.

Un cabrón al que los románticos llaman "bichito", que vuela de ala en ala pudriendo las plumas.

Es curioso porque hoy que no tomo ni fumo ni bebo nada que interceda en el sistema nervioso central, el bajón del corazón, actuó como un frenazo lisérgico. Camino como si nunca fuese a llegar y tampoco me importase más que paisaje de los lados.

Es un largo camino para llegar a la cima si te gusta el rock'n'roll.

 

Tremenda agua

Tremenda agua

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27 marzo 2021 6 27 /03 /marzo /2021 12:27

Evelio nos enseñó a fumar en el segundo piso en los asientos frente al Salón de Embajadores.. El primer cigarrillo que me eché, uno de tabaco negro de la marca Populares, sin filtro, me dejó mareado y casi vomitando. A los demás le pasó igual. Al siguiente día insistí, y ya me dolía menos la cabeza y las arcadas eran menores. Y así no sé bien porque razón me empeciné en fumar y, en breve estaba yendo a comprar paquetes de cigarrillos con la tarjeta de la habitación, de mejor calidad que los Populares, pero también más fuertes. Aunque lo cierto es que no fumaba más de un cigarrillo por día, y eso si me juntaba con Evelio y con alguno más que se aventuraba a la humareda Los chicos queríamos parecer hombres, salir a trabajar y conseguir el sustento no podíamos, tener la pinga más larga y singarnos todas las mujeres que creíamos había que taladrar para que n hubiese dudas por ese lado, tampoco podíamos, pero ¿un cigarrito? ¿quién no se podía echar una bala?

Mi mamá fumaba mucho y no se notaba en el entorno si alguien más olía a tabaco quemado. Evelio me había enseñado a tirar piedras, decía que los extranjeros tirábamos piedras que parecíamos patos. Se les llamaba extranjeros a los que generalmente provenían de países donde no se jugaba béisbol no a un dominicano o a un venezolano que también eran buenos pitcheando y por ende tirando piedras. Me había enseñado también un par de trucos para empezar a una bronca, para no perder de entrada. Ese par de trucos me han servido toda la vida para las contadas ocasiones en que debí echar mano de ellos y, por último, a fumar.

Por eso cuando jugábamos a escondidos, a atraparnos en la piscina al tesoro escondido u otros juegos similares, y yo invitaba a Evelio, me parecía que nos estaría viendo como unos nenes caca, en su cuadra jugaban a las bolas, cosa que muy a menudo llevaba bronca incluida con Carlitos Becil o cualquier otro que se quedaba con todas bolas porque le daba la gana, lo que se llamaba "manigüiti"; se jugaba al trompo, enrollado en una pita se lo tiraba con fuerza y habilidad y se competía en quien lo hacía girar más tiempo , o en condiciones más difíciles. Había algunos que recogían el trompo girando en el suelo con la pita, y hacían que el trompo mantuviese el equilibrio girando en la cuerda. Eso se jugaba sobre tierra, nosotros no teníamos tierra dentro del hotel, y donde había en las inmediaciones había pandilleros también, o simplemente cubanos normales, que estaban invitados desde la cuna a medirse con los demás en broncas. Claro que también había muchos cubanos que no les gustaba la bronca, pero esos no jugaban en la tierra ni a las bolas, ni al trompo, ni a la carriola ni a la chivichana.

La chivichana era un carrito de madera armado de modo artesanal por cada vecino, por lo general para acarrear barriles, cajas, bolsas pesadas, tiene una base donde apoyar el producto, y debajo dos palos con ruedas formadas por cajas de bolas del desguace de automóviles, las ruedas delanteras estaban atadas por una soga que era el timón, y cuando no lo usaban los mayores, los chamacos se tiraban con eso por una pendiente y a eso le llamaban diversión. Una vez traté de tirarme en chivichana pero me iba contra la acera porque no controlaba el tiimón, Cuando yo veía una chivichana me producía escozor, era como si me garantizase que ya me estaba aplatanando tanto que nunca conseguiría salir de aquel cúmulo de “chealdades” de esa especie de reino del mal gusto que rodeaba todo lo que no fuese extranjero.

Pero no, Evelio no sólo no se reía de nosotros, sino que a su vez aprendía a ver el mundo de otra forma, el mini mundo o la madeja que cada uno tenía en su coco. Era tremendamente respetuoso de todo lo que hacíamos por más imbécil que a mi me pareciese. Disfrutaba e los juegos igual que nosotros, dentro del hotel era otro más que no jugaba a las bolas ni andaba en carriola, saltaba por la piscina, leía a Salgari, se interesaba por las incumbencias de cada uno de los pibes del hotel.

Se daba esa circunstancia, dentro del hotel los bobos eran los de afuera, en los barrios de donde eran los alumnos de nuestras escuelas,  claramente los bobos éramos nosotros, ese equilibrio era el responsable de que ningún grupo se burlase del otro, de alguna manera ambos se atraían a la vez que se temían.

 
Con Evelio en el hotel

Con Evelio en el hotel

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17 marzo 2021 3 17 /03 /marzo /2021 00:31

Llegó el día que me tocó dejar la pañoleta de la primaria. Se acabó el verano y empezaba un año escolar nuevo, pero en la secundaria. Mi madre y los del ICAP habían decidido que como era casi norma general entre los hijos de exiliados, fuese interno a una escuela al campo, lo que se denominaba de manera coloquial “la beca”, porque sus siglas eran ESBEC, Escuela Secundaria Básica en el Campo. Yo no estaba particularmente interesado, mis amigos seguirían la secundaria en la ciudad, y eso de crecer era algo para lo que no me sentía particularmente preparado.

Una camisa celeste, pantalón y corbata azul, zapatos kikos plásticos, una maleta con algo de ropa y poco más, y a la parada del autobús que nos llevaba a la beca a Quivicán. La escuela se llamaba “Amistad Cuba Canadá”.

La idea de que los adolescentes estudiasen y trabajasen se le había ocurrido a Fidel como manera de aprendizaje temprano de la disciplina de trabajo, de los rigores de estar lejos de casa, y de paso dar un aporte a la producción, que no a la productividad, para el sustento de la educación. Para ello le echó la culpa a José Martí, pobre apóstol, desde que fue abatido en Dos Ríos, le venían atribuyendo cada vez más responsabilidades. Martí había reflexionado sobre la conveniencia de que los estudiantes aprendiesen algún oficio mientras cursaban sus estudios y se preparasen para la vida, pero ni remotamente participó de aquel esperperto experimental hijo de la idea de que la familia es una cualidad o un defecto de la burguesía.

Eran dos edificios, uno para estudios, el otro de albergue, donde se disponían literas de dos camas en fila. La mitad de los alumnos estudiaban en la mañana y trabajaban en el campo en la tarde, la otra mitad viceversa. En aquellos campos se sembraba y cultivaba la fresa y la papa, el trabajo consistía en desbrozar la hierba mala los surcos de fresa con una guatca o azada. Tras los tres surcos que tocaban por cabeza, la zona lumbar nos quedaba arruinada. Cada brigada tenía un jefe de brigada que por lo general era un mal estudiante, repetidor de grado, pendenciero, con quien nadie quería tener un mal entendido. Por encima de ellos estaba el profesor, que nunca aparecía por los surcos, y al mando de ellos, el guajiro que gestionaba la zona y conocía el trabajo. Una vez uno de esos guajiros me confesó que ningún campo trabajado por los chavales de las becas era redituable, generaban pérdidas. Las mujeres hacían los trabajos menos duros, pero las mismas horas.  Esa idea de que la mujer es más frágil en los trabajos duros, nunca fue demasiado combatida por el feminismo, así como tampoco la de que en caso de emergencia, mujeres y niños se salven primero, a diferencia de la emancipación femenina para ocupar los cargos directivos.

La ropa de estudio y de trabajo la proveía la escuela, zapatos y botas incluidas. Tres comidas, merienda, entrábamos los domingos y salíamos los sábados por la mañana. Hice un amigo particular, Juan José Sánchez, hijo de Sacha, una militante revolucionaria argentina, y de padre boliviano también revolucionario pero separados, Juanjo nació en Bolivia pero era argentino y se estaba volviendo cubano igual que yo, tenía una hermana desaparecida en Argentina, Graciela, que al ser detenida estaba embarazada. Vivía en el Hotel nacional, a unas pocas cuadras del Habana Libre.  Unos años atrás había tenido un grave problema en el corazón,  lo tuvieron que operar y quedó perfecto, sólo le quedó de recuerdo una enrome cicatriz en el pecho. Mis primos le pusieron el mote de “corazón” un lindo apodo más allá de que le pudiese recordar el pos operatorio. Sacha, la mamá de Juan José cuyo verdadero nombre era Matilde Artés, fue la primera abuela en econtrar a su nieta desaparecida años más tarde en democracia en Argentina, el famoso caso de la niña Carla Rutilo Artés, la primera recuperada de las manos de los asesinos de sus padres.

Con Juanjo pasábamos horas charlando de mil temas, las cosas que se nos ocurrían, que añorábamos, las chicas, sobre las cuales yo empezaba ya a tener un secreto interés muy acuciado, aunque sólo se resolvía el desenlace en la intimidad que ofrece la manta una vez que los demás duermen.

La parte en que tocaba estar en el albergue era jodida. Era el medio ambiente soñado de los guapos y los repetidores, que se amigaban con los mismos profesores que no los querían ni ver en las aulas, porque eran quienes podían manejar a los alumnos, así los profes tenían más tiempo para andar en los pasillos ya no iluinados con las profes. Los abusos de los más fuertes con los menos afortunados muscularmente hablando, eran frecuentes y a menudo se pasaban de la raya y dejaban a alumnos muy tocados, con miedo a ir al albergue, incluso con miedo a llevar algo rico para comer desde la casa por temor a que los guapos le abriesen la maleta y se lo quitasen, o si lo escondía mucho, le diesen una buena paliza. A mi me robaron muchas veces, denunciarlo era ser chivatón, se lo contaba a mi madre cuando iba de fin de semana al hotel, pero ella no podía hacer gran cosa excepto hablar con el director o con alguien del ICAP cosa que yo le pedía que no hiciese, sería peor, lo que yo quería era que me sacaran de la beca.

Hasta un día que empecé a desquitarme robando yo las cosas que veía fuera de las maletas, pero así como las robaba las tiraba por la ventana al barro. Camisetas, botas de campo, medias, calzoncillos, todo lo tiraba, y rompía maletas cuando no había nadie en el albergue. A veces faltaba a un turno de clases para ir al albergue vacío y poder tirar todo lo que encontraba y romper maletas de guapos y de profesores que también eran abusadores. Un día me descubrieron y me chivatearon a dirección. Se armó un lio, y cuando me llamaron dije que llevaba meses aguantando esos abusos, así que decidí cobrármelos como podía. Llamaron a mi madre, pero fue mi abuelo, aunque para montar un buen lío, se encerró en la dirección con el el director que estaba asustado porque un mal entendido con el padre el Che no era cualquier cosa. Yo llevaba semanas pidiéndole al abuelo que fuese a recogerme un viernes como hacían los pocos padres que tenían automóviles o los que a veces iban en coches alquilados. Juan José y yo nos quedábamos en el balcón las noches de viernes charlando con la mirada puesta en la carretera, con la esperanza de que uno de los coches que aparecía fuese el Lada de mi abuelo, que también lo recogería a él.

El abuelo fue un día a buscarme, y luego fue ese día a ponerle los puntos al director, a decirle que iba a denunciar que en esa escuela nadie cuidaba de los alumnos. Antes que fuese el abuelo, yo, escuálido, cabezón, mucho más tendiente a la risa que a la bronca, ya estaba por subir un escalón en mi toma de justicia vengativa. Llevaba semanas con la idea fija de cómo meterle una puñalada en las nalgas mientras dormía a uno de los abusadores repetidores, que se quedaban con la comida de los demás y tiraba botas llenas de orin en la noche por encima de las literas de los chamacos en brazos de sus sueños. Por suerte o por desgracia hay unos límites que están más acá de lo que uno supone, y también por suerte llegó mi abuelo a poner de rodillas a aquel bastardo de director. No sé si habría pasado el resto del curso fantaseando con algo tan poco tranquilizante, si lo habría hecho con la mano temblando y no habría podido hacerle más de un rasguño, o le habría agujereado el culo como un colador, como deseaba ya casi más que abandonar aquel lugar. Pero en todo caso, suerte que ahí terminó todo, ninguna de las opciones habrían cosido los flecos sueltos que habían vagando mi hipotálamo.

 

Parte II

La mayoría de la gente que pasó por mi beca tiene alguno de estos recuerdos a no ser que fuesen los abusadores, pero a algunos aquellas experiencias les dañaron la vida. En mi albergue había un muchacho que era alto, y le llamaban “el perro”. Cuando llegaba la noche los repetidores y algunos profesores lo llamaban a su cubículo para divertirse tirándole alguna cosa al suelo y, haciendo que el perro la recogiese y se las llevase gateando. El perro ponía todo tipo de caras mientras los demás miraban, yo no podía asistir a aquel espectáculo humillante. El bullying entre estudiantes siempre existió, pero en la beca se potenciaba porque vivían todos juntos como en un gran pabellón de prisión. Un pichi corto fue expuesto sin la toalla que lo cubría al salir del baño, incluso delante de las chicas, a los más débiles los intentaban “coger para el trajín” que era como esclavizarlos, “ve y búscame esto” “lávame la ropa” “hazme las tareas” etcétera, en una escuela normal esas victimas de bullying regresan a sus casas cada tarde, por lo menos, pero en la beca pasaban la semana a expensas de la crueldad juvenil que ruge de manera natural en las manadas. También es cierto que esto ocurría en mayor o menor medida según que becas. Tengo también amigas mujeres que quedaron marcadas por la maldad de sus compañeras. Quizás una de las cosas que también procuraba enseñar la beca, es aprender a odiar el abuso, aunque a veces se corra el riesgo de reproducir patrones una vez crecidos. Aunque en honor a la verdad, los primeros callos que tuve en la mano fueron de aquellos trabajos, muchos no habrían sabido lo que es un callo en toda su vida, si no pasaban por la beca.

También es posible que la suerte, que ya me había regado con todos los perfumes de los que los cubanos carecían, hubiese decidido reservarme un tiempo de Cuba real, la tangible, una noción empírica de su esencia, para que así acaso valorase mucho más lo que se nos daba en el hotel. Visto en perspectiva sería bastante razonable. Que se yo, si lo inescrutable es el misterio o son los caminos.

Tras el incidente entre mi abuelo y el director me trasladaron a otra beca, la Máximo Gómez, en Güira de Melena,  con piscina, todo reluciente, la comida muy rica, en que no había ni rastro de ese tipo de elementos. Era una escuela ejemplar, allí aunque me sentía bien porque incluso estaba un primo, que me trataba como un hermano menor. Duré poco, porque ya mi madre había entendido que tras perder a mis amigos de Argentina, mi colegio y barrio, y luego mi padre, era conveniente que estuviese al menos cerca de lo que me quedaba, mi familia.

Aún así, puedo decir que la beca me fortaleció, me dio compañeros con los que conviví de una manera más real que en la dualidad esquizofrénica que se presentaba en el hotel, conocí el  campo cubano no para andar a caballo como solía conocerlo, sino para trabajar. Y es justo destacar que desde la guagua que llevaba a la beca hasta el jarrito para el café con leche o el yogur de la merienda eran sufragados por el Estado, el acceso a la educación era absolutamente gratuito y general. Conocí la existencia de los cantantes y grupos de música que estaban de moda, aún estando prohibidos, como Feliciano, Julio Iglesias, Roberto Carlos, y los ingleses y norteamericanos de los que de a poco me fui haciendo fan, Grand Funk Railroad, Rolling Stones, Deep Purple, Zappa o Led Zeppelin. Y por otro lado es cierto que no todas las becas eran como la Cuba Canadá.

Albergue de una beca

Albergue de una beca

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Published by martinguevara - en Cuba flash. Opinion crítica. Relax
2 marzo 2021 2 02 /03 /marzo /2021 19:43

 

Una vez, cerca de nuestra llegada a Cuba, padre, madre y hermanos bajamos hasta el malecón y dimos una vuelta por el Vedado. La mezcla de zapatos nuevos y calor le hizo a mi madre una ampolla en el talón que no le permitía caminar, así que fuimos a una farmacia en M y 23, donde pedimos curitas. La farmacéutica creería que caímos de Marte ese mismo día, porque no sabía ni lo que eran. Entonces pidió alguna pomada, tampoco había, y cuando me madre le enseñó la ampolla la farmacéutica le dio un rollo de esparadrapo pero le dijo que no tenía gasa, que se pusiese una tela en su casa. Ese episodio fue mi primer contacto con una realidad con que el cubano tenía una gran familiaridad: la carencia. En todos los lugares el mundo hay carencia de algunos productos para unos y para otros abundancia, pero en Cuba de lo que carecían unos carecían todos, y lo que tenían unos lo tenían todos; bueno, obviamente con salvadas y poco honrosas excepciones, situadas donde siempre rompen las burbujas, arriba del todo.

 

Había veces que a a las ferreterías llegaban tenazas, y estaban todas las ferretyerías de La habana llenas de tenazas por un envío en un barco, entonces aunque no tuviesen nada que arrancar más les valía comprarlas entonces, porque no se sabía cuando volvería a haber. O martillos sin clavos, o tornillos sin destornillador. La costumbre más arraigada cubana era, a donde fuese que uno se desplazase, ir con una “jaba” , una bolsa, por si las dudas aparecía algo que comprar.

 

Yo solía pedir cada día en la mañana para desayunar: café con leche, yogur, huevos fritos, y los panecitos calientes que nos ponían con esa mantequilla salada que se derretía apenas tocaba la miga. Pero debajo de los huevos fritos siempre iba un alimento extra, dos lascas gruesas de jamón asado. Más de una vez le dije a los camareros que no los trajesen porque yo no los comía, no sé si porque después esperaban comérselos en la cocina ellos, o por pura burocracia del Mezzanine, me hacían cero caso y siempre bajo mis huevos fritos estaban mis dos jamones. Así que se me ocurrió empezar a llevarlos dentro del pan con  mantequilla a la escuela, pensando en la merienda. Cuando llegó el receso en el colegio y el olor del envo0ltorio se empezó a expandir, los compañeros se acercaban y me decían la frase que había que decir para que alguien compartiese lo que traía: “abierto” antes que uno emitiese el grito de “cerrado”. Al ver el entusiasmo que despertaban mi bocadillos del jamón que yo descartaba en las mañanas, me sentí mal y se me ocurrió llevar todos los días sándwiches de jamón, para lo que fui sofisticándolos pidiendo lascas de queso en el desayuno, así el pan que no comían mis hermanos y amigos, los llenaba de jamón y queso.

 

Una tarde mi madre me dijo que el encargado del ICAP quería hablar conmigo un ratito, fui al lobby donde estaba Onix sentado con un periódico y un cigarro,  me dijo: “Mira Martín, aquí todos los niños y todos somos iguales, pero todavía estamos trabajando para serlo del todo, me llamaron de la escuela que en los recesos se estaba armando un alboroto cada día mayor porque tú les llevabas bocaditos de jamón, te quería decir que muchos niños cubanos no comen eso, pero estamos en camino de que todos lo coman, así que te pido por favor que no lleves más esos bocaditos al colegio” . La cosa es que aunque yo llevase bocaditos para compartir y esto curase culpa de mi ingesta diaria de alimentos diferenciada de los demás, lógicamente había niños que se quedaban sin su preciado sándwich. Pensé, que dentro el infortunio, era mejor que mi madre de ninguna forma encontrase una curita, aunque fuese extranjera, a que un0s pocos conociesen el jamón y otros no, lo que no excluía que todos dentro del hotel siguiésemos devorandolo a dentelladas secas y calientes. 

Bocaditos de jamón y curitas
Bocaditos de jamón y curitas

Bocaditos de jamón y curitas

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14 diciembre 2020 1 14 /12 /diciembre /2020 13:00

Era ese mismo verano en que habíamos intentado pasar unas vacaciones fabulosas, pagadas y además cobrando un dinerito como Guía en el campamento de pioneros de Tarará, pretensión que a los tres días quedó fulminantemente cegada por una expulsión que caería en nuestros expedientes acumulativos, intentamos limpiarlo o continuar con la diversión buscándonos nuestro primer trabajo en serio.

Entré en el destacado puesto de “chico para todo”, con mi amigo “el Nene”, gracias a la gestión de Orestes, que trabajaba en esa empresa, de producción de todo tipo de utensilios de aluminio para las FAR por segundo año consecutivo durante las vacaciones con un contrato temporal por quince días prorrogable a dos quincenas, para llevarse unos pesos en época estival. Recibiríamos por el desempeño de la tarea 98 pesos cada uno.  Aunque no precisaba el dinero de esa paga, sino que quienes habían empezado a recriminarme que había dejado los estudios, no pudiesen decir que tampoco trabajaba. Había que vivir pendiente de lo que pensasen los demás, ya fuese para complacerlos o para molestar, sólo volviéndose loco  podía uno hacer la suya. Aunque también la idea de conocer el terreno laboral por un lapso, como descanso de tanta haraganería, me subyugó.

Al Nene y a mí nos habían destinado a limpiar los latones de basura, donde descansaban los restos de un enorme banquete con que se habían auto homenajeado a base de pollo y puerco los directivos de la empresa y sus invitados, justo el fin de semana antes de que empezásemos el trabajo. Soldados de avanzadilla  inspeccionando el terreno enemigo antes de que la tropa decidiese atacar.

Acercarse a aquellos latones suponía una inmolación, y se iba poniendo más intenso, en la medida que indolentemente, dejábamos el trabajo para el día siguiente a causa de la peste entre aguda, dulzona, pegajosa e insoportable que fluía de aquellos latones.

 

Al nene le habían dado la llave de un toro motor, que se utilizaba para levantar pallets, pero para el trabajo de volcar los ocho cubos de basura podrida e inflamada nos era de poca utilidad, ya que cuando intentamos levantar el primero, para trasladarlo al sitio indicado, se nos viró de costado, derramando los pollos con sus lomos y panzas hinchadas y hediondas por encima del borde del latón y liberar ovillos de gusanos color crema que con los rayos sol se engalanaban de verde brillante y con el calor despedían sus más intensos aromas . Después de ese accidente pasamos la semana entera haciendo trabajitos de poca monta, hasta que llegó el viernes y el jefe montó en cólera, y nos amenazó con echarnos el mismo lunes si no acabábamos la tarea.

Por fin logramos volcarlos en el patio donde nos indicaron,  hicimos una montaña con todos los pollos podridos, retiramos los latones, les echamos gasolina,  luego un fósforo, y vimos arder aquellas madejas de gusanos durante una tarde entera.

Nos llevó más tiempo del que pensábamos lograr quemar aquellos benditos pollos inflados que olían a mil demonios. Cuando los llevábamos al basurero nos entrevistó el noticiero del ICAIC, nos dijeron a la siguiente semana saldríamos en el noticiero del cine, en todos los cines de La Habana, sobre un camión trabajando de basureros. Al regreso de ese viaje el jefe nos esperaba con la liquidación por quince días de trabajo. No nos soportaba más según sus palabras.

Dejamos de ser basureros temporales, pero mis pantalones vaqueros no por ello volvieron a oler bien. Entre el escaso apego a la ducha que había desarrollado y el hecho de que quien lavaba la ropa en casa era mi abuela, a la que le llevaba una bolsa de ropa sucia para verla limpia, y que el único vaquero Levi’s que tenía prefería no gastarlo demasiado con el jabón y la tabla de lavar, ya que estaba  a punto de romperse, y una cosa era pavonearse como empleado responsable de la basura, que daba cierto halo de explorador en la vida y otra muy diferente  enfundar por obligación aquellos espantosos pantalones chinos, de la tienda para cubanos. Esa sí era una osadía.

Dos o tres semanas  más tarde, salió en las salas del Cine  el documental de los basureros, pusieron un trozo de nosotros con tomas de primeros planos, algunos amigos rieron burlones,  nos decían “leones” como se les conocía a los basureros, por el aroma más que por la fiereza. Tenía su gracia aunque presentó un inconveniente, durante un tiempo mi incipiente y saludable popularidad entre las chicas experimentó un repentino parón. El blue jean gastado y algo necesitado de jabón, me servía de contrapeso, aunque fuese únicamente con las pepillas de livianísimo galope y de nariz muy fogueada en innumerables las batallas.

 

Pollos aromáticos

Pollos aromáticos

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9 diciembre 2020 3 09 /12 /diciembre /2020 02:44

El preuniversitario Pedro Ortiz lo dejé en grado doce sin terminar, a los dos años de vagancia me permitieron volver a hacerlo en otro pre, el Pablo de la Torriente, lo cursé, llevé todas a extraordinario por no haber casi asistido a clases y no llegué a la puntuación básica de 70 en matemáticas por un detalle, me la había jurado el profesor, y yo mismo, claro.

Entonces por tercera vez lo comencé en la Facultad Obrero Campesina que solía ser de noche, pero había clases por el día, me di cuenta que para quien hace el pre en la FOC es mucho más fácil, y es el mismo título, pero sin aspiraciones universitarias en tal caso. En mitad de ese curso regresé a Argentina, y a menudo, entre las bromas de que soy licenciado en grado doce, a lo largo de los años soñé varias veces que suspendía, que Cepero me esperaba sonriendo para ubicarme en una aula sólo, sin posibilidad ni siquiera de consultar alguna pequeña muleta para alcanzar los 70 puntos, recién hace un años empecé a soñar de una manera muy vívida que apruebo todos los exámenes y soy bachiller, he soñado también que sigo en grado doce porque quería estar seguro de haber aprobado, pero los profesores me decían ¿qué haces aquí, tu ya pasaste a la universidad? Pero había un problema en mis sueños, nunca entré a universidad, no tenía un asidero de recuerdos en la realidad con mi paso por la uni.

No pasar por la universidad no era la cuestión, eso estaba clarísimo, el abuelo, con sus diatribas de que todos los Guevara estudiaban carreras de prestigio desde siempre, me había dejado ese gol para hacerlo de taquito y coronar el pataleo adolescente tardío, sin demasiado esfuerzo, porque encima estábamos en Cuba, donde casi todos los que estaban en el pre pasaban de una forma u otra a la universidad, yo sentía un placer indescriptible al presentar un claro contraste de mi mal desempeño académico y mi acervo cultural, que era este, con diferencia, más profundo y ecléctico que el de mis compañeros con altas calificaciones y mis parientes ya encaminados a profesionales. No, la cuestión no era esa, estaba claro que no entregaría por nada la prestigiosa distinción de ser el único de mi generación sin educación superior, no para ser trabajador como mi padre, ni guerrillero, ni siquiera delincuente, sino para ostentar un sobresaliente en inutilidad.

Pero una cosa era que quedase claro que había sido yo quien decidió no estudiar como era casi obligado e inevitable y otra era no tener siquiera el bachillerato, lo cual me dejaba al pie de los caballos frente a toda presentación de currículo, o cualquier trámite que requiriese una mínima seriedad; eso ya no reflejaba la expresión de una estúpida rebeldía juvenil, sino un abanico de suposiciones que podía ir desde la estupidez sin más, pasando por la posibilidad de una infancia plagada de carencias, hasta una escasa capacidad de aprendizaje, las cuales ya no me hacían ni pizca de gracia.

Tan reales y persistentes fueron los sueños, que sin pensarlo llegué a sentirme como si de verdad hubiese terminado aquel truncado preuniversitario que al parecer me había marcado en el subconsciente, en la vida onírica, y probablemente en las acciones de cada día.

Pero ya no tenía que temer, había retomado lo que en su momento abandoné por la fiesta, el sexo y el trago, y lo superé.

Pero ayer, al escribir sobre mis años escolares, como si realmente me despertase de un sueño, me di de bruces con que no he terminado, ni retomado el pre, que acaso en otra realidad lo están haciendo millones de estudiantes pero yo sigo barqueando, gastando todo el tiempo en otros menesteres que reportan escaso provecho aunque bastante anecdotario, y me sentí atado con un enorme soga gruesa, rodeándome todo el cuerpo, y me dieron ganas de gritar, de llamar a la profesora, a mis compañeros, a la trigonometría, a las diferenciales y los logaritmos, pero ninguno acudía, y me habían olvidado para siempre, había pasado mucho tiempo y me estuvieron esperando con paciencia hasta cierto punto.

Entonces no grité, me fijé en la otra cara de ese yo, y me vi sin ataduras, parado entre dos acantilados, flotando sobre el precipicio, logrando mantenerme en el aire sin mayor esfuerzo, comencé a batir los brazos y vi que a cambio de aprobar el pre, solté el lastre que me impedía manotear el aire y elevar todo el peso de mi ligereza

 

Preuniversitario

Preuniversitario

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8 diciembre 2020 2 08 /12 /diciembre /2020 18:09

Mi mejor amigo de afuera del hotel era de sangre caliente, si uno quería asistir a una buena pelea, sólo debía esperar hasta las cuatro y veinte que era la hora de salida de la escuela, y entonces o bien a la misma salida del colegio o, para evitar las represalias de la dirección, detrás de la Sinagoga de El Vedado, había espectáculo de bronca. A menudo me pedía que le sostuviese los libros cuando se fajaba así que eso me convertía en espectador privilegiado de primera línea. En Argentina, las peles se iban pactando con el incremento de bravuconería o insultos, eran generalmente a piñas, nunca vi una brinca en el suelo, un vez que uno caía, esperaban que se levante o se acababa la pelea, en Cuba el inicio, el despertar de la bronca era una sonora bofetada, incluso si los ofensores ya no tenían muchas ganas de fajarse, el público de alrededor los animaba para ese primer paso gritando a coro “la galleta, la galleta” , hasta que se desataba la riña tras la sonora “jilda” .

La función de la galleta era mucho más de alarde, de humillación, bien podríase empezar con un piñazo que fuese mucho más eficaz con la finalidad de vencer, pero la galleta además de ser el campanazo que anunciaba oficialmente la pelea, daba un plus de brillo al ejecutor, aún cuando este después perdiese. La “fajazón” cubana va mucho más allá del boxeo, lleva todos los ingredientes, patadas, piñazos, galletas, incluso palos y piedras, pero además proyecciones al suelo, llamadas en Cuba “estrallón” provenientes de la lucha o el judo, pero generalmente aprendidas en la calle, y luego en el suelo se daba el segundo capítulo de la bronca, lograr asfixiar al oponente con una llave al cuello, o simplemente ganarle a golpes en la cara, hasta que se rinda el vencido, o que sea evidente el desenlace. Los abusadores, dan patadas desde arriba , escupen, o incluso orinan al derrotado, pero eso ya pertenece más al terreno carcelario o de inquina guardada durante años. Mi hermano cubano, era un maestro propinando ese galletazo del inicio, ponía la mano medio cóncava y el sonido inundaba al barrio, y luego era muy bueno en el suelo, sus fuertes no eran los piñazos , por eso tras la galleta buscaba el estrallón, en lo cual era mejor aún que en la galleta, y ahí y dependía de la fuerza y pericia de cada gallo en lidia, nunca lo vi dar un golpe más del necesario, ni abusando de gente que no mereciese una buena tunda, ni pelear por algo que no fuese de justicia elemental.

Con los años y la curda, esas broncas se hacían extensivas icluso a la policía, aunque en ese caso, por más sonora que fuese la galleta de inicio, y bueno su estrallón posterior, naturalmente, al final siempre llevaba la de perder, tranqueo grupal y a la Unidad.

En cambio, a mi nunca me gustó fajarme, por miedo a recibir golpes y por a golpear, siento un atractivo por la violencia pero como mero espectador. Así he estado en situaciones realmente peligrosas, pero si no soy objeto directo de las hostilidades me quedo mirando como si los acontecimientos fuesen transmitidos o proyectados en un pantalla.Cuando no quedaba otr slid tenía bunos buenos puños, las pocas veces que me fajé, gané, excepto las dos veces que me metí a defender a animales que estaban siendo abusados. Esas dos veces cobré.

Recuerdo un día después de que tres amigos con sus parejas estables o circunstanciales habíamos pasado la noche en el Hotel Riviera, de El Vedado, curdeando y comiendo bien, una vez que entregué las llaves de mi habitación en carpeta y despedí a mi amiga de aquella noche, decidí quedarme en el hotel bebiendo unos tragos en el bar El Elegante, donde tocaba el piano Felipe Dulzaides, un poco más tarde. Al día siguiente debía regresar con mi familia mi país de nacimiento tras diez años de exilio, las despedidas ya iban llegando a su fin.

Me tomé unos cócteles bellomonte para equilibrar la curda del día anterior, decidí irme a casa y cuando estaba caminando por el lobby hacia la salida, un hombre vestido de guayabera se acercó a mi, y me invitó de manera brusca a que abrochase los botones superiores de mi camisa, le dije que ya me iba y que yo usaba así las camisas, me dijo que ahí no se podía, le dije con buenos modales que no iba a abrochar nada. llamó a otro y me llevaron al sótano, era un pasillo largo tras el cual había una habitación, era una oficina rudimentaria, bajo la tierra, y sentado detrás del buró estaba un tipo que dijo ser el jefe de seguridad del hotel. Me apresuré a quejarme del trato que me habían dado esos dos por no abrocharme la camisa, y para mi sorpresa, dijo que estaba bien lo que hicieron, que tenía que haberlos obedecido. El tipo se puso de pie, le expliqué que al día siguiente debía partir del país que me estaban esperando en casa, me echó en cara que estaba bebiendo en el Elegante, y que había pasado la noche allí bebiendo, que tanta prisa no tendría por llegar a casa.

Me di cuenta que el tipo me había estado cazando la pelea, pero no entendía la finalidad, yo ni había hecho “bisnes”, ni tenía marihuana encima, ni en la habitación, cuando par aflojar la situación saqué a relucir mi parentesco no se sorprendió en absoluto. Me preguntó:

-¿Tú "eres" karate?

-No, ¿por qué?

-Por los nudillos- Es cierto que los tenía callosos porque cuando estaba contrariado golpeaba las paredes con los puños.

-No-le dije - no hago ningún deporte de contacto.

Y entonces no esperó más y me preguntó ¿tú quieres fajarte conmigo? De repente se me fue un poco la curda porque necesitaba salir de ese sótano rápido, y sin problemas, por supuesto mi respuesta inmediata fu "No, no quiero fajarme con nadie, quiero y tengo que ir a mi casa, si hace falta me abrocho la camisa" Insistió una vez más, diciendo que yo estaba acostumbrado a formar líos, a emborracharme, pero después no me quería fajar de hombre a hombre, y yo insistí en que de batirme, nada.

Cada vez que el tipo me invitaba más , más me percataba de que aunque yo fuese guapo y karateca, y le pudiese dar una buena tranca, cosa difícil por mi estado de equilibrio y porque el tipo debía saber donde dar los golpes, entre los otros dos me pondrían calentito, pro lo que era peor, con el tiempo tan apretado podía perder el avión. Nunca supe quien era ese tipo, ni porque tras saber que podía hacer un par de llamadas, insistía en fajarse. Me asistió una flema que sólo parece cuando me doy cuenta que hay problemas, lo dejé hablar, el tipo se calmó, y me dejó irme, no por el lobby, sino por el parking, diciéndome que la próxima vez me abrochase la camisa-

En este caso no haberle dado un galleta, y metido un estrallón, cosa que y era improbable, me permitió llegar a casa con tiempo para hacer las maletas, y no poner nerviosa a mi madre.

El tipo se quedó con las ganas de joderme, y yo, nunca atravesé el lobby correctamente abotonado.

 

Bar el Elegnte, Hotel Riviera.

Bar el Elegnte, Hotel Riviera.

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7 diciembre 2020 1 07 /12 /diciembre /2020 23:34

El parque Hanói estaba a unos cien metros, había arboles de mango, aguacate, tamarindo. la temporada de mangos recién comenzaba, así que no había casi fruta madura, pero algunos, bien arriba donde daba más el sol, sí que había.

Yo era un mono trepando árboles, fui con Orama, que también estaba en noveno grado pero no en mi aula. Llegamos cerca de la copa y vi un mango pintón, la mitad roja y la otra verde, pero que y se podía comer, sólo tenía que caminar con cuidado por la rama en que estaba parado agarrándome de la de arriba que corría paralela. Oramas me dijo que no fuese, que comiésemos los verdes con sal, pero esos me daban dolor de estómago, hace poco vi que también en Vietnam es costumbre comerlos así , y yo le dije "no te preocupes que el mango lo compartimos entre los dos". Arriba de los árboles cuenta el más mínimo equilibrio con cualquier parte del cuerpo, yo sabía manejarme, llegué a una parte en que la rama a la que me agarraba, donde colgaba el mango, se volvió tan delgada que cedió ante mi presión para no dejar todo mi peso en la que apoyaba los pies, y al quebrarse perdí el control del equilibrio, caí y conseguí asirme a la rama en que estaba parado, pero también cedió y caí al vacío. Por el camino fui dándome golpes con ramas más o menos gruesas, hasta que el suelo, de tierra y hojas, detuvo mi caída. Del golpe sólo recuerdo el brazo y que empecé a dar vueltas en círculos en el suelo mientras Orama bajaba y me gritaba alarmado.

Lo próximo que recuerdo es estar en los brazos de mi madre y la Negra Cordero, su íntima amiga, me pusieron en un automóvil y volví a tener uso de memoria en el policlínico. Los huesos del antebrazo se me habían partido de tal manera que parecía una zeta, pero no llegaron a atravesar la piel, el médico que me atendió me pidió que aguantara y tiró del brazo mientras otros me sostenían hasta que acomodó cúbito con cúbito y radio con radio, aunque quedaron medio torcidos. Me llevaron de urgencia al Hospital Ortopédico Fructuoso Rodríguez, donde ya había estado ya que era la cuarta vez que me fracturaba el mismo brazo, el médico de policlínico de Alamar había acertado tanto que el doctor prefirió no volver a desacomodarlo ya que había empezado a soldar y sólo estaba muy poco torcido, me pusieron el yeso y de ahí al Neurológico, que estaba al lado, esa era la zona de Hospitales, también ahí estaba el Infantil Pedro Borrás, donde estuve ingresado también una vez, y el Oncológico el que por suerte nunca tuve que pisar como paciente.

En el neurológico me hicieron varias pruebas, porque tras dar esas vueltas sobre mi eje al caer, me desmayé y empecé a echar una espuma por la boca, como contaba Oramas, que acto seguido empezó a llamar la atención de los transeúntes y a darles mi dirección mientras se quedó a mi lado esperando, y fue cuando llegó mi madre y Ángela, la Negra, que en efecto me vieron con esa espuma en la boca que nunca supe de que se trató, pero que de vez en cuando la pasta de dientes me hace pensar en ella, como en ese viento que da en la nuca y se va, como el aliento de un muerto convertido en fantasma, o el chasquido de la rama y la sensación de vacío.

Me mantuvieron en observación porque dos desmayos de varios minutos tras un golpe de un caída de la altura de un cuarta planta, aunque me detuviesen ramas en el aire, podían significar varias cosas. Por suerte sólo significaron que acaso desconecté un pelín más los cables ya pelados de mi coco, o, nunca se sabe, quizás conseguí empatarlos. Al día siguiente me dieron el alta, estaba magullado por todos lados, pero en cierta forma contento de haberla sacado barata. La mayoría de los despelotes mentales que tuve, disparates, incongruencias, y más tarde ajustes con el alcohol, las drogas, algunos me lo atribuyeron a ese porrazo, no, lo único que me dejó ese golpe es cierto respeto a las alturas, pero yo, ya era distraído y lunático desde que empecé a caminar. Unos ños más adelante, tuve una novia que se llamaba Hanoi, que también casi me costó la cabeza.

Cuando me dejaron en casa pregunté por Orama, le avisaron y fue a verme, lo primero que le dije fue:

 

-Brother ¿te jamaste el mango?

 

Matas con mangos verdes y pintones.
Matas con mangos verdes y pintones.

Matas con mangos verdes y pintones.

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21 noviembre 2020 6 21 /11 /noviembre /2020 16:36

El cubano tiene una identidad cultural tan fuerte que parece europea o asiática, de más de 500 años.

Conozco varios hijos de cubanos que nacieron en países de habla no hispana y no sólo hablan muy bien el español, sino que lo hacen con tono cubano, y dicen "veddá", lo cual me alucina y llena de orgullo.

El resto de descendientes de inmigrantes latinoamericanos en su segunda generación ya portan nombres en inglés o la lengua de destino y si chapurrean un poco el castellano es con sumo desdén, el mismo que vieron en su hogar hacia sus propias raíces. En cambio el cubano, no.

El cubano vive orgulloso de sí, de su música, de ser tan buenos bailarines, de su gracia, de Carpentier, de "el Pandeado",  de Celia Cruz y Tata Güines, de Leo Brouwer y el maestro Lecuona, de sus chistes no siempre de salón, de su bulla identitaria tanto para discutir una jugada de beisbol, un hecho cotidiano, un buen o mal movimiento en el dominó como "pegarse" botar el doble nueve, o quitarse el doble "tres mil y más murieron" manteniendo la data, o el uso de la hipérbole para cualquier asunto referido a su hombría, virilidad, certeza en cualquier tema "te lo digo yo que soy de aquí" "deja el tango y canta bolero" "rema que aquí no pican".

Esa intensa personalidad y carácter bien puede deberse a la belleza de la isla que siempre quiso ser seducida por los mandamases de turno a lo largo de la Historia, España, EEUU, URSS, de ahí también un rasgo de no demasiada enjundia, esa marcada veta jinetera, o ya sea por la confluencia de las razas, de las zonas de España y de África que la poblaron una vez exterminados casi todos los habitantes autóctonos excepto unos pocos descendientes en Baracoa, la mezcla de la gracia flamenca con la yoruba y la seriedad y asturiana. y sea por el calor, los mangos, el ron, la mulata, el aguacate, el puerco y no la jutía, ya sea porque son fajadores avezados, el cubano mete una galleta y se enreda más rápido que un telegrama, por la poesía, el ajedrez, el mar, sí, ese mar tiene que guardar alguna relación con la excepcionalidad de varias de las cualidades cubiches.

Son altaneros, les da igual hablar de cualquier forma, como los andaluces que no sienten complejo de decir Grabiel en vez de Gabriel, sabedores de que su importancia, su identidad estriba en asuntos de mayor enjundia que los meros aspectos fomales. Y acaso por ello mismo, no necesitan, como otras comunidades, protegerse de sus propia carencia de autoestima creando guetos, cuando se los ve juntos, es porque sienten que nadie disfruta de una fiesta, de una tarde de ron, de risas, de baile, de canto, incluso de cuchi cuchi mandarina, como el cubano lo curte casi de modo natural. Pero en los trabajos, en los barrios, en las amistades, se integran como uno más. El caso de Miami es el opuesto al gueto, no se atrincheraron para protegerse del poder, sino que se convirtieron en poder, levantaron aquella ciudad, la dotaron de personalidad, gracia, charme, café colada, jugo de mango, sandwich cubano y pizza varadero, son sus alcaldes, sus policías, sus políticos, llegan hasta Washington y, también desde allí reciben una atención especial, acorde a su peso.

En Europa no se ve un cubano tirado, todos salen adelante con dignidad, no se dejan avasallar por ningún jefe, sus homologos latinoamericanos o africanos se asombran de la determinación que los lleva, no sólo a decirle a un jerarca "cuidaíto compay gallo, cuidaíto" sino que van más allá y dicen, "aquí estoy yo, y hay que respetarme porque soy cubano"....o a veces "por la cabeza de mi....". Habiendo recogido, aunque sólo de manera figurda en su educación, una gran cantidad de principios de igualdad, y en la experiencia empírica, de no creer en ninguna muela, sólo en la capacidad de "resolver" como sea.

Si bien al principio de la emigración, se muestran torpes en el desenvolvimiento de sus dotes competitivas, por su falta de experiencia en el trabajo, en el verdadero trabajo, y en el desarrollo de sus más intimas aptitudes desconocidas bajo aquel magma de simulación de corrección auspiciado por la doble moral, en el cual cualquier examen escolar se aprobaba si se sabía intercalar con cierta gracia las palabras "en el capitalismo: hambre, miseria y explotación"; incluso hubo quien aprobó Física o matemáticas con la correcta disposición de estos vocablos. Pero una vez tomada la velocidad no hay quien los pare.

Y aunque yo haya estado estos años criticando a los cubanos trumpistas de Miami, quiero dejar mi homenaje a semejante atrevimiento, a semejante herejía de defender con mayor vehemencia que muchos nacionales a cuales debería ser más pertinente esa posición, sin perder nunca la cubanía, es más, con la cubanía como sello y estandarte, la bulla, los carteles con errores ortográficos, la expresividad contagiosa, que llegaron a ser incluso determinantes en aspectos regionales de la contienda.

No sé como explicar la enorme suerte que tuve, aunque me haya costado lo suyo, de ser nacido precisamente en el otro país latinoamericano bien pagado de sí mismo, haber crecido en aquella explosión caribeña de colores, olores, contacto, y orgullo, y hoy vivir en la madre de esos dos proyectos allende los mares, que si bien se independizaron, llevan lo mejor del espíritu ibérico, de un orgullo hispano ya perdido en el tiempo, también in situ, pero del cual todos, incluso los españoles somos también descendientes.

 

La danzarina cubana Gloria Achón "Zegrina" 1932

La danzarina cubana Gloria Achón "Zegrina" 1932

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Published by martinguevara - en Cuba Opinión Cuba flash. Opinion crítica. Relax
20 noviembre 2020 5 20 /11 /noviembre /2020 12:02

Él ridículo, la pataleta y el berrinche de Tronal Gump está llegando a ser un esperpento, representado sin metáforas ayer en el cuantioso y repugnante sudor que corría por las mejillas del abogado Giulliani, hasta el cuello de su camisa cargado del tinte barato que, en este caso sí como metáfora, en vez de conseguir teñir la realidad con sus mentiras, consiguió manchar la esencia del civismo.

Nos están regalando mañanas impagables, divertidas a más no poder, risas en familia, memes a millones, pero lo importante es que está dañando seriamente la credibilidad en las instituciones del país que fundó la democracia.

Y el daño máximo no es tanto debido a las acusaciones del infame perdedor, como a la alarmante constancia empírica de que un absoluto desequilibrado mental, pudo ocupar durante cuatro años el sillón en el centro del despacho más cotizado de todo occidente, y que bajo ningún concepto quiere abandonar.

Da yuyu.

Ya no hablamos de Reagan el cowboy ni de Bush el tira bombas cuyos coeficientes intelectuales y acervos culturales podían generar cierta mofa e inquietud, sino que estamos frente a un fenómeno de inmenso desequilibrio permanente, con ínfulas de emperador vitalicio, como él mismo declaró que le habría gustado ser, un desmán que desde que asumió la presidencia ha ido destituyendo de sus cargos a todo aquel que lo contradecía en lo más minimo, que fueron in crescendo de manera exponencial con la entrada del Covid 19 en el panorama cotididano, ese al cual primero menospreció, luego ocultó, más tarde recomendó la aplicación de lejía, inyecciones de aire, venenos de rata, y cuanto disparate de dibujitos animados pueda ocurrirsenos en un velada de chistes con amigos.

Una persona que jamás reparó en inventarse seis bancarrotas, con lo cual usufructuó más dinero del "contribuyente" que todos los homeless de Skid Row juntos, obviando la vergüenza natural de un gran empresario, sobre todo en EEUU donde ser ganadoor o perdedor es algo que marca hasta el sepulcro, y encima después unió su discurso al del Tea Party en contra de cualquier atención atención del Estado a los más necesitados, incluso a los enfermos de esta terrible pandemia.

Todo ello sin el más minimo rubor.

Una persona que acostumbra a rodearse de obsecuentes y dos esposas del este de Europa comunista necesitadas de papeles de residencia, que de entrada las situasen como parte de esa cohorte de aduladores que no pueden ni siquiera chistar una orden, me trae tanto a la memoria a otro con veleidades de emperador romano que se rodeó de lo más mediocre y se aseguró que cada uno de sus "chicharrones" estuviesen en situación de debilidad, incluídas en este caso también sus esposas. Que usó el miedo, el victimismo, manipuló las emociones nacidas en el aparato digestivo (o en el tracto rectal) para mantener en situación de permanente efervecencia y agresividad a sus hordas, a la defensiva de un mundo cruel y hostil y que maniobró a la sombra para eliminar, primero, igual que el otro, a todo disidente, luego a todo diferente y cuando ya eran todos de su cuerda imprecisa, empezó a eliminar a todo cerebro pensante, que brillase con luz propia y que en materia de ética en las ideas, y no de altas traiciones en la politiquería, fuese un cerebro infinitamente más preparado e interesado en destacar en estos campos, que su maquinaria maquiavélica. La característica que más los hermana es esa indiferencia total hacia las vicisitudes y las variadas formas de abandono en que someten a sus ejércitos de adocenados abducidos, cada uno e su contexto histórico y usando los intrumentos que la necesidad les requiere al margen de su legitimidad o decoro, con tal de mantener o conquistar cualquier nueva cuota de poder personal, por infima que esta sea.

Giuliani sudando tinta para defender el embuste y conseguir salvar a su Nerón, trajo el recuerdo del infame Juan Escalona cuando escupía bilis como fiscal de la causa que perseguía mediante toda suerte de engaños,presiones y crimen legitimado, sobre todo, desvincular del tráfico de drogas a su Calígula.

Salvando los momentos históricos, las nacionalidades, y los rudimentos con que persiguieron sus obsesiones, es tal la similitud entre estos siameses, de barba rala caribeña Guarapo y de pelo rubio ralo estadounidense Tronal Gump, incluso hasta en sus sirvientes genízaros, que he sentido recorrerme el cuerpo un latigazo de escalofrío, temiendo la inquietante posibilidad de ya esté entre nosotros la clonación cerebral.

Giuliani suda tinta y Escalona escupe bilis
Giuliani suda tinta y Escalona escupe bilis

Giuliani suda tinta y Escalona escupe bilis

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