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El blog de martinguevara

relax

Un rayo de agua

18 Agosto 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Argentina frizzante, #Relax

Apareció como un rayo de agua

empapando nuestras vidas de luz y calor

pasó el primer día en una incubadora, el pichón.

Su mamá, con la calma de que es acreedora,

Lo esperó en la soledad íntegra de senos henchidos

Cuando nos lo dieron tardó en prenderse a la teta

Pero allí permaneció tres años sin dimitir.

Los mismos ojos almendrados que mientras su boca mamaba.

miraban desafiantes al mundo, con su ceja levantada

hoy miran de frente, con la misma intensidad,

con la misma tranquilidad, idéntica seguridad

y marcan la distancia que existe entre lo cotidiano

y lo extraordinario convertido en un hábito .

A veces cuando lo observo comiendo,

o hablándome de sus pensamientos políticos, filosóficos o científicos

mientras me los hilvana o devana con pasión ,

me percato de lo que lo hemos querido bien,

con un amor tan fuerte que puede dañar, paralizar, doler

pero supimos poner la valla de prohibido pasar

con la seguridad de que todo ese cariño

está ahí, en una caja con su nombre

para cuando lo necesite, al costado de su libertad.

Su mirada es escudriñadora, inquisitorial, curiosa,

o de superioridad a veces,

Como cuando con dos años me reprendía desde su asiento trasero del coche rojo que aún lleva el alma de aquel bebé en su interior

“papá ¿por qué te enojas? no solucionas nada"

sin embargo tras sus pupilas, anida el temor al futuro

¿cómo será el mañana de quién todo lo cotidiano se le presenta como una montaña a la que desdeña, y lo extraordinario como un pañuelo de seda al que atesora?

Va tranquilo, seguro, sin bastón.

Y yo, sigo sintiendo ese afecto tan profundo, que arde empapado.

Como por un rayo de agua.

Un rayo de agua
Un rayo de agua
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Hoy por ti, mañana por mi

4 Julio 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Relax

No necesariamente actúan los mismos protagonistas, pero casi siempre la vida te da la revancha o la riposta.

Cuando recién había salido de la pubertad, me empaté con una mulatica muy mona, estuvimos tomando ron y yendo de un lado a otro hasta que nos fundimos en un beso y empezamos a apretar, pasamos las cuatro manos por cada centímetro de lo que cubría la ropa interior. En un momento en que ya nos habíamos deshecho de lo que tapaba sus tetas y las había estado disfrutando mediante caricias, fui a besar un pezón y cuando acerqué la cara a la paraíso redondeado, un pestazo de mil demonios me echó para atrás como puñetazo de Clay.

Se me hacía incomprensible ese hedor en un pezón, hasta que me di cuenta, era mi mano la que olía a rayos y centellas, porque primeramente había estado metiéndola en la cuna del amor, justo uno de esos calurosos y ajetreados días caribeños en los que escasea el agua y el papel en los baños; suerte que no había tenido oportunidad de bajar al pozo.

Muchos años después, más recientemente, también en una tarde de suerte en que conseguí sacar el anzuelo con pesca, ya no una presa tan titi ni tan ricota, pero para mis abriles, más que aceptable, después de paseos y charlas, patinamos sobre la pista del "peeting" dentro del coche, las manos por aquí y por allá, no había suficientes dedos para tanta teta, bollo y nalga, como suele pasar al inicio, ese momento hay que disfrutarlo como un enano, nunca habría otro como ese con la misma dama, la primera exploración es una explosión de placer permanente. Y ella, ora manoseaba por aquí, ora desabrochaba cinturón por allá, hasta que bajó a saludar al amigo, que a esa hora reclamaba más atención que un controlador aéreo en la pista. Le estuvo sacando brillo durante buen rato y cuando subió a darme un beso en la boca, de repente recordé a la mulatica del pezón hediondo, sus labios olían a sobra de langostino pero de la navidad pasada. Pegué un respingo hacia atrás como abducido por mandinga, y cuando vi su cara de asombro, caí en que en esa ocasión, las sobras de la pescadería no provenían de su oquedad sino de mi prominencia.

Estábamos más calientes que una cafetera así que la cosa siguió por los mismos derroteros pero con el énfasis puesto en los elementos menos afectados, y tras el dispendio de las secreciones del caso, esbocé una sonrisa uniendo en mi hipotálamo ambas pestes de concavo y convexo y entendiendo por fin aquella sentencia tan mentada que rezaba:

"Hoy por ti, mañana por mi"

 

Hoy por ti, mañana por mi
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Bolso de viaje

22 Mayo 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Relax

Hace un año y cuatro meses que no me he movido de León. Ha sido una experiencia extraña. Desde que salí de la imposibilidad de viajar en Cuba, a mis veinte y pocos años, no he parado de preparar el bolso o la maleta cada pocos días. A veces por necesidad, otras por trabajo, y otras por ocio, aunque casi siempre con placer.

Muy pocas veces fui turista, alguna ocasión en Santo Domingo, Huelva, Landas, París, Londres. Nueva York, Roma, Kyoto o Cádiz. Pero casi siempre he sido viajero. La diferencia radica fundamentalmente en que los viajeros vamos disfrutando de cada metro del camino si es a pie, si es un tren Shinkansen, diría de cada cien metros. Cuando he viajado caminando y a dedo, he ido prestando atención a las vacas, las piedras, incluso la educación de los mosquitos que cuando perciben que no eres un visitante ocasional, sino que estarás un tiempo entre ellos, respetan tu piel; te pican, sí, pero como penúltima opción, la última son los pescadores. Iba mirando cada planta que mis pies pisaban, los árboles y animales, las personas que me cruzaba, las historias de los conductores que me recogían. Si el bolso lo armé porque tenía que abandonar un aposento improvisado, la atención se centraba en los timbres de quienes me podían dar albergue, y en no tomar en cuenta las negativas, dar por descontados los rechazos y sólo reaccionar ante las buenas sorpresas, esos son los únicos viajes que no les deseo a nadie.  Cuando he viajado en ómnibus, la ventanilla. La ventanilla es como si desde el útero se tuviese la posibilidad de mirar por la vagina hacia afuera para ir disfrutando del mundo antes de tener que salir. En tren lo que más he disfrutado son los compañeros de viaje. A veces en compartimentos cerrados, a veces en asientos, sus caras, sus entretenimientos, los libros que leen, y en los trenes más trenes, he disfrutado del aire en la cara, del sonido de los postes pasando cerca del oído, agarrado de pasamanos de las puertas de entrada y salida entre vagones. En los aviones, de todo, desde la llegada al aeropuerto, la investigación de la puerta de facturación cuando llevo maletas transatlánticas, o de embarque si viajo con valijitas de neceser, calcetines calzoncillos y alguna medicina. Todo, las caras de los que están en ese mismo instante de limbo, de impasse entre sensaciones, entre experiencias, que es la espera del avión. Me apasiona ver como la gente gestiona ese tiempo perdido, esa especie de propina en que no tenemos nada que ser, no estamos obligados a representar nada, incluso podemos cambiar nuestros personajes y ser el actor de la última escena, o el que nunca llegó a salir al escenario. Podemos caminar por los pasillos con aire de importancia, o de impotencia, protagonistas o voyeurs, podemos echarnos perfumes, comprar un chocolate que jamás compraríamos en nuestra cotidianeidad. Sentarnos, caminar, ir al baño y siempre evitando esas malditas botellas de agua de a dos o tres euros el medio litro. Bajar del avión en aeropuerto nuevo, donde nunca se estuvo previamente es una experiencia divina, a mi me invita a tomar un café de ese país, saber cuanto cuesta, tener el primer contacto con alguien de allí, que a la sazón, entiende que uno no hable bien su idioma ni sepa que son esos bollos horneados o fritos de la vitrina que aparentan tan buen sabor. Salir a la puerta del metro o tren si es una gran ciudad, o a los buses si es un pequeño aeropuerto o un enclave menos populoso. Sentir la vida cotidiana del país desconocido pro primera vez, escuchar su lengua, verlos alejarse del aeropuerto, ese sitio de impasse, ese limbo, y reingresar a sus vidas naturales, o ver como ingresan los otros viajeros como yo. Cuando viajo acompañado también miro todo esto pero en mi idioma y con mis chistes, en cambio cuando viajo solo todo es distinto, desaparece el idioma, la tradición, me libero de puntos de anclaje, excepto el café de cada aeropuerto.

Un año y casi medio sin salir siquiera a la carretera por más de una hora, hace que hoy ante la perspectiva de retomar los viajes, sienta cierta intriga, cierto temor al cambio, a que nunca más pueda regresar ni a aquellas sensaciones, ni a esta pauta de seguridad, a esta cueva alumbrada y caliente al resguardo de los lobos bípedos.

 

Bolso de viaje

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Elabuela

15 Mayo 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Europa Aorta, #Relax

Se llamaba Elena, nació a inicios del siglo veinte, en una aldea de la provincia de Burgos que está en el medio del triángulo idílico formado por Lerma, Santo Domingo de Silos y Covarrubias. Su padre vendía carne o directamente los animales que criaba a esos tres pueblos llenos de historia y de casas blasonadas. Atravesaba las elevaciones que los rodeaban con los burros cargando la mercadería y con la nieve garantizando su conservación y ralentizando el ritmo de la marcha. Valentín murió por un disgusto causado por la traición de un amigo, eran otros tiempos en que un embuste podía matar. Los jóvenes fueron partiendo de a dos por vez a Burgos, apertrechados de sus petates, de ahí a Vigo, y de ahí en barco a Argentina, un país donde se prometía trabajo y nueva vida en una tierra fértil, una gran ciudad, cielo azul y gente amable.

Mi abuela salió con su hermana mayor y con otra vecina de la aldea, contaba que nunca consiguió quitarse del todo el acceso de rabia de que fue objeto, cuando fondearon en Río de Janeiro, y su hermana y vecina no la dejaron bajar del barco con ellas para pasear y pavonearse, porque era demasiado joven, tenía quince años y les haría parecer una niñatas cazurras. A menudo contaba como volvieron con bananas y frutas, la piel tostada y alegres como nunca las había visto mientras ella solo veía las luces por la noche que inundaban toda la costa. Tan bien lo contaba y al cabo se reía de ella misma y que no pudiese olvidarlo, que me lo trasladó como si me hubiese sucedido a mi mismo.

La abuela trabajó cuidando niños de una familia pudiente, como la de mi otra abuela, en aquel tiempo el europeo viajaba a América para servir al criollo. En América hubo tres épocas, una en que el europeo viajaba al continente para ser servidos por peones esclavizados, después  viajaron para servir al criollo, y hoy los americanos viajan para servir al europeo en sus casas. Trabajó y fue muy querida por los niños que crió hasta que se casó. Mi abuelo no era el tipo más cariñoso, ni siquiera el más considerado, la abuela fue una de esas mujeres que aguantó de pie y en silencio y nunca dejó de trabajar en la casa ni la escuché quejarse.

Cuando nací casi pasaba más tiempo con la abuela que con mis padres que trabajaban ambos, para mi estar cerca de “elabuela” era el paraíso, una especie de nube de la que no quería bajar, tal como le pasaba al dragón verde con la nube dulce. La paciencia, el cariño, el olor a limpio de la abuela aun me conmueven. Cuando la recuerdo escapa de mi hipotálamo y me llena el cuerpo, y va más allá, se instala en mi derredor, lo cual me prueba que la abuela nunca me abandonó. Después se fue a vivir con nosotros, se levantaba antes que todos, nos hacía el desayuno, empezaba a las cinco y media con mi viejo, su yerno, y se acostaba tarde, cuando todos ya estábamos en la cama, tras lavar el último plato de la comida que también ella había hecho. Así fue hasta que partió, quedándose en cada intersticio de nuestras vidas.

Hace más o menos un mes, no podía pegar un ojo, llegué a un punto de dificultad de respiración que solo podía estar sin sentir que me ahogaba si me ponía en posición de alumno descansando en su pupitre, con la cabeza inclinada sobre los brazos cruzados apoyados en la mesa. Solo así lograba conciliar el sueño aunque fuese unos minutos. Solo así el aire conseguía entrar y salir de los pulmones con una victoria pírrica. El segundo día no pude siquiera dormir unos minutos y por la mañana fui al Hospital de León, previamente pasé por una panadería, compré dos palmeras grandes, las llevé a casa de mi ex mujer y mi hijo, lo desperté y le dije que ahí le dejaba desayuno. No sé por que me dio por ahí. Llegué a urgencias y pude aparcar en un sitio gratis. Me dirigí a la puerta de Covid 19, ya que estaba convencido que mi obstrucción pulmonar era debido a haberle dado albergue a este virus. Curiosamente el personal que me atendió también pensaron que podía deberse a este virus. Ipso facto me hicieron varios estudios, y al cabo de un tiempo me invitaron a acostarme en una cama con un pijama, y tras un electrocardiograma y una ecografía, la cardióloga me pidió el teléfono de un familiar para avisarle que me quedaba ingresado. En el momento en que me dijo que me quedaba allí sentí como si tuviese fiebre y entrase mi abuela en aquella habitación. De ahí me subieron a un área intermedia de Covid mientras esperaban los resultados de la prueba PCR, me dieron la indicación de no levantarme para nada ese día, y pasada la cena me llevaron al área cardíaca. Desde ese momento hasta ocho días más tarde en que me dieron el alta, el trato fue de una exquisitez, de una calidad humana y profesionalidad, por parte de todas y cada una de las enfermeras y médicos que sentí en cada instante como si mi abuela hubiese aparecido para cuidarme, para que mi corazón no se detuviese como el de su padre, sabiendo que Cupido ya no aloja ahí su saeta, pero que los disgustos y la amargura continúan opacando su brillo.

Además del calor humano, destaco la tecnología, la limpieza, la comodidad de la habitación de la cama eléctrica, de cada medicamento o tratamiento aplicado. Siempre fui defensor de la salud pública, de la sanidad para todos a coste cero, pero en esta ocasión quedé realmente impresionado por todo lo que hacen esas personas heroicas, no solo para que continuemos con vida, sino para que nos sintamos como en el más protector de los brazos.  Todo sin pagar un céntimo.

Tenemos que defender con todos nuestros esfuerzos y recursos la salud pública, pero incluso ir más allá, dedicarles un amor y una porción de respeto a esas almas que van de un lado a otro mientras estamos en ese limbo, intentando que nos quedemos en esta dimensión, y que si nos tenemos que ir, que sea en el viaje menos traumático posible.

Más cariño y más salario para todas esas personas que cuando entran al tajo se visten con el alma de mi abuela y la dignidad de su padre.

Abuela Elena a los 90

Abuela Elena a los 90

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La tía Eloa

8 Mayo 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Relax

Radio era casi sordo cuando le convenía, tenía la velocidad exacta y las ideas claras cuando salía de su casa en la tarde después de la hora en que todos almuerzan. Pero era un cabeza de zapato si por la razón que fuese tenía que poner un pie en la calle en horas de la mañana.

Ese día salió dormido, aletargado, como embotado en sus pensamientos pastosos, con los ojos inyectados en plumas de ganso para almohadas anti asmáticas. Era un fantasma callejón abajo por el costado de la panadería, tenía una moneda en la mano que llevaba metida en el bolsillo derecho y la punta de sus dedo medio tocaba las llaves del coche viejo. Del rojo, ese que todavía estaba rodando con sus ruidos y su rock’n’roll. La moneda era de pocos céntimos.

Su casa se abrió en canal a lo lejos mientras despejaba el presente en esas calles espesas, dragadas hasta las cloacas donde la mierda navegaba a contramano con pedazos de piel, pelos y gotas de sangre. Todo lo que logra sobrevivir a los jugos gástricos naufraga por las entrañas del callejón, cloaca abajo. Su casa a lo lejos se partía en dos como un higo, la esposa dormía al lado de la cuna, reinaba la paz del sueño, la inconciencia del descanso. El menefreguismo de la haraganería levantaba los tablones del parquet y los convertía en remos que se impulsaban contra el haz de luz que emanaba de la lámpara del techo. Una bombilla Phillips sin obsolescencia programada que dejaba ver los agujeros de las caries e iluminaba el mal olor que escapaba entre las costuras flojas de los calzoncillos y las bragas. El remanso de la holgazanería.

Radio no paraba de caminar aumentando la prisa, como si cada balcón de las calles cada vez más anchas y bañadas por el sol fueran a desprenderse de sus paredes y caer sobre sus talones, sobre sus gemelos, sobre el paisaje trasero en que él imaginaba su casa abriéndose como una flor unas horas antes al amanecer, como el mar pacífico, como la rosa Shakespeare. Apretaba el paso con la moneda asida entre sus dedos índice y pulgar, mientras el medio ya había dejado la llave del coche para acariciar un huevo por encima de la tela del bolsillo del jean “oh que sensación”.

La panadería estaba cerrada pero enfrente estaba la tienda de golosinas que también vendía unas barras de miga horneada parecida al pan. Cuando hubo despejado sus dudas de porque permanecía cerrada a esa hora de la mañana la panadería de los coscorrones tostados y el suelo grasoso, bajó la acera y cruzó la calle que cubría los ríos de mierda, olió un aroma breve pero inconfundible a alimento horneado y entró en la tienda de los chinos. Se bajó los pantalones le hizo señas a la china para que le manosease el rabo, ya que se le había parado de tanto tocarlo con el dedo medio, y la mujer oriental dueña de la panadería auxiliar accedió como de costumbre. Su marido no sentía el mismo entusiasmo que ella cada vez que la sorprendía dando placer. Precisamente el chino estaba sacando el pan del horno eléctrico y Radio le pidió dos barras. Las pidió entrecortando las palabras para acariciar la mano de su esposa, pagó, y sin poder esperar a saciar sus deseos, se despidió de los dedos suaves de la china, guardó el venoso en su bragueta y volvió a jugar con la moneda.

Apretó el paso más liviano de toda aquella mañana e impulsado por la intuición de los efluvios de la peste que no quería oler, fue alejándose con dos barras de pan industrial calientes bajo el brazo, dejando atrás la descomposición de los balcones y el duelo de los guapos, camino a su casa que de a poco volvía a la normalidad a lo lejos, donde con calcetines y camiseta de una semana dormía su esposa cerca de la cuna del bebé, un cabezón divino que con los pañales bien cagados se aferraba a Morfeo.

Cambiarle los pañales al niño, calentarle un biberón, prepararle la bañadera, meter la ropa sucia y olorosa en el tambor giratorio de la bendita lavadora, radio recordaba cuando su abuela le lavaba todo a él a su madre y padre a mano, a lo sumo con la ayuda de una tabla e madera, que a veces era del mismo material que la pileta porque venía ya incorporaba. La abuela se levantaba primero que todos y se acostaba cuando ni las moscas de al cocina tenían más energía para seguir jodiendo bssssss, bsssss, ni tenía sentido que lo hiciesen si no había nadie entre migas y alguna fruta. Radio no esperaba que su mujer de la que no estaba casado pero llevaban más de diez años juntos, se despertase para atender a la criatura, ni para hacerle un café descafeinado con leche sin lactosa y sacarina, él casi de manera instintiva lo hacía todo, no necesitaba a nadie más que el recuerdo de su abuela, que podía con eso y con todo lo que le echasen.

Dejó las barras de pan en la encimera, puso la cafetera y una tetera eléctrica porque él no podía tomar café, al menos no ese café tostado y metido en el paquete hace tanto tiempo, que en el mejor de los casos sale de la cafetera con un sabor la cuarta parte de bueno que en una buena cafetería con una buena máquina con café portugués o italiano recién molido, en su mesita leyendo o mirando pasar los culos enfundados en sus jeans jamoneros de temporada. Prefería infusión, y dañarse el estómago de vez en cuando con verdadero placer de labios y papilas.

Puso unas tostadas de paquete sobre la sartén para calentarlas, sacó mantequilla y mermelada de fresas y puso todo sobre una bandeja que llevó a la cama de su querida dormilona.

Ella abrió un ojo, sonrió, dijo buenos días soltando un leve aroma a boca cerrada durante horas reteniendo los resultados de los procesos digestivos y sus descartes, que fue in diminuendo en la medida que siguió hablando palabras en voz baja y sin demasiado sentido. Radio le miró el culo, era algo que no podía evitar, el culo de Perna era francamente una delicia para la vista, contornos de nalgas, caderas, y vientre, columna, piernas y cintura que rozaban la perfección, solo la resistencia a una higiene más pulcra, equilibraba un tanto aquella maravilla. La braga que era rosada tenía la parte del bollo con toques amarillentos sobre el color original. A eso se refería Radio cuando le decía “mi amor ve a lavarte y no te eches agua así nomás, dale jabón y estopa a eso” y en silencio, en su interior aunque estaba seguro que Perna lo entendía con un sexto sentido de comunicación: “porque si no te va a mamar el bollo tu abuela”.

Él sostenía su taza cerrada comprada en Starbucks, llena de ese té de Sudáfrica, que le permitía ir tomando de a sorbos durante una hora o así.

-¿Qué hacemos hoy cariño?, podemos ir a la sierra con el niño- a ambos les encantaba ver con la alegría que el bebé se tomaba los viajes en coche saliendo de la ciudad y viendo el verde o la nieve. el niño era la verdadera fiera de esa casa.

-¿No te comenté que viene tía Eloa este fin de semana. Pero se queda en un hotel, dice que no quiere molestar– dijo Perna

- Coño, dile que venga al menos un día, le va a gustar estar con el niño.

Se metió en su habitación de lectura, computadora, televisor, música, y retiro, puso un disco de los Grand Funk, el concierto grabado “Caught in the act” y se tiró en el sofá, a lo largo, con la cabeza sobre un cojín forrado de cuero que impedía la entrada y salida de cualquier partícula de polvo, de ácaros, un cojín tan cómodo como saludable. Se quedó pensando con los ojos cerrados. La tía de Perna era la única persona que soportaba un día entero en la casa, también porque solía ser muy estricta en sus horarios y en sus buenas costumbres de “visita” , nunca hacía ruido cuando dormían, ni ocupaba demasiado tiempo los lugares principales de la casa, la mesita de la cocina, sus dos sillas del comedor preferidas, su sillón favorito, ni entraba al cuarto de pensar excepto si alguna señal la invitaba a pararse en la puerta preguntar algo y luego a pasar. Ese era el mejor momento con la tía Eloa, que a pesar de sus años, seguía estando más buena que el pan caliente con mantequilla salada y ajito picado. Radio nunca le metió mano pero muchas veces estuvo a punto, y aquello lo ponía muy excitado. Cuando la tía cruzaba las piernas y dejuaba ver pispear dentro del escote, el cuartito se convertía en un oasis

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Alamar, el coscorrón del pan

21 Abril 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Cuba flash., #Relax

Faltaba poco para fin de año y nos pasó a recoger un automóvil Volga para ir a conocer los dos nuevos departamentos que nos daría el ICAP. Atravesamos Centro Habana hacia La Habana Vieja, no era el lugar donde había que vivir, íbamos para el lado contrario al que sería considerado mejorar, todo lo que era del Habana Libre hacia la parte más destruida de la ciudad en busca del túnel, era claramente un castigo, todo lo que fuese internarse en ell Vedado en procura del otro túnel que llegaba a Miramar, era un premio. Pasamos a La Habana del este, los paisajes eran amplios, los conocía de cuando iba a la playa, circunstancia en la cual, cuando la vista se perdía de un lado hacia el mar y del otro hacia la frondosidad caribeña de la naturaleza salvaje apenas recortada por algún jardinero anual, solo cabía el disfrute de la contemplación, modificaba diametralmente la percepción cuando uno entendía que ese sería el camino a casa, o l,o que es peor, desde casa, enterrado en casa, ahogado en casa, conminado y enclaustrado en casa.

Por primera vez salí de la carretera antes de las playas del Este para entrar en una carretera más angosta que anunciaba que estábamos en los dominios del barrio obrero de hombre nuevo de Alamar, y aparecieron en el perfil que marcaba la horizontal de mi ventanilla bajada los primeros edificios de la barriada dispuestos de forma desordenada, con sus típicos tanques de agua arriba y sus cinco plantas por escalera, ubicados sobre jardines improvisados en la tierra roja. Estacionamos,, bajamos del Volga y tomamos un camino de concreto que nos llevaba a dos escaleras, donde estaban situadas las que serían nuestras viviendas. Del lado derecho había un Círculo Infantil,. Y del izquierdo se alzaba el espanto de bloque al que de ningún modo quería mirar.. subimos la escalera observados sin el más mínimo reparo por decenas de pares de ojos, y entramos a la vivienda, amoblada, dotada de refrigerador, televisor, radio, y utensilios de cocina y limpieza, de ahí fuimos a la otra que era exactamente igual pero estaba dos escaleras más allá. Llegado ese momento la nuez y los esfínteres se me aflojaron, fue el primer uso que le di al baño, cuando tiré de la cadena quería que agua me llevase consigo y no solo concluyese aquella pesadilla, sino que quedase muy atrás, lejos, tanto com estaba ese espanto del Hotel Habana Libre. Creo que a todos se les quitaron las ganas de comer los ravioles de la abuela, nos habríamos conformado con los cientos de platos humeantes que llegaban de manos de las camareras a nuestras mesas de refrigerio, y habríamos con gusto aplazado esa romántica idea de de tener vida de barrio como solía decir mi madre.

A la semana pasaron a recoger nuestros enseres en camionetas y nos volvió a llevar el Volga pero sin regreso al hotel. Los obreros subieron los libros y algunas cosas más que se habían juntado en tres años y medio, y el encargado del ICAP que nos llevó, esa vez sin subir al departamento, acaso también no demasiado emocionado con la estética que le brindaba el edificio de la zona 6 de Alamar, su vecindario tan popularmente revolucionario,  esas flores Mar pacífico que recubrían los muros del círculo infantil y la sombra del framboyán, nos brindó su última sonrisa servil, la de ¡buff, que bueno, terminó todo! Se subió al coche ruso, encendió y antes de que mi brazo extendido pudiese detenerlo, pudiese lograr devolverme a la habitación 21-31 de L y 23 3n 3el Vedado, para conservar las últimas gotas de argentinidad que amenazaban con diluirse en esa calle de cemento sin rejillas, sumideros ni historia. Volví a caminar con la cabeza baja.

Así fue que finales de 1976, tres años y medio después de haber llegado a La Habana, una vez cerrado el sarcófago a toda licencia estética, fue cuando realmente aterricé en proyecto revolucionario cubano.

Jamás nadie escuchó de mi boca ni de mi madre y abuela una queja al respecto, porque éramos agradecidos y educados, y porque me dolía ver exiliados que se quejaban amargamente, mientras los cubanos debían trabajar tres años para obtener una de esas casas sin muebles ni electrodomésticos; pero esta es la pura verdad.

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Morronga del largo adiós

20 Abril 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Cuba flash., #Relax

Pasaron meses en que seguíamos con nuestras vidas ordinarias mientras los equipos de trabajo de refacción del hotel iban subiendo pro cada planta, ocupando cada piso con taladradoras, martillos, baldes con cemento, levantando alfombras, golpeando paredes, empezando por el lobby que ya parecía una superficie extraterrestre, en la que en cierta manera daba una sensación de riesgo caminar  ver convertido cada rincón conocido, cada esquina, cada tienda, baño, zona de sillones, alfombras, bares todos destartalados. Luego fueron subiendo del segundo piso al Mezzanini, aunque como era el comedor en que la mayoría de los huéspedes estables solíamos comer, no lo destriparon como el resto de plantas.

En un cumpleaños de Ronnie, los padres lo habían llevado a cenar a un restaurante que pertenecía al hotel y nunca lo habíamos sabido, el “Polinesio”. Y la razón por la que ni siquiera lo habíamos sospechado, incluso llegamos a ir pagando, es porque para entrar había que salir del hotel y caminar por un pasillo lateral que daba a la Rampa, donde se formaban colas de cubanos esperando para ser atendidos, porque se habían ganado el derecho a cenar por sobre cumplir una norma de trabajo o por haber delatado a un contrarrevolucionario del barrio. Cuando Ronnie nos lo dijo empezamos a ir cada vez más, la comida era muy rica, de tipo oriental, arroz fritos, maripositas chinas y pescados en modo de chop suey. Y precisamente en esa época lo mejor del Polinesio es que no se hacía evidente mientras se masticaba la comida el desmantelado del hotel.  Incluso en la mesa sueca del piso 25, ya habían empezado las obras de levantar los suelos en el ala de enfrente que era el cabaret Pico Turquino.

En un momento llegó la refacción al piso 21 y ya salir de la habitación era triste. En el hotel no quedaba nadie que no fuésemos los pocos exiliados fijos, era como sacarse una curita muy de poco haciendo levantar cada pelo desde su poro lentamente hasta dejarlo afuera. Un día que me dirigía hacia los ascensores entre cables y hierros retorcidos, escuché unos gemidos que provenían de más allá de la puerta que llevaba a la parte de los utensilios de trabajo de los empleados, donde estaba también el cuarto de cambiarse de ellos y un baño con ducha. De adentro del baño procedían los suspiros y los –ahhh-, que rico- así que con cuidado me agaché para mirar por las hendijas de madera de la puerta amarillo apagado, y vi a Miranda y a  mi mucama preferida, Yolanda que en ese momento me di cuenta de lo buena que estaba ya que nunca la había mirado desde ese prisma, duchándose y clavando como desesperados, como si además de los cables por el suelo y los focos de luz colgando, un palo bien eléctrico fuese a dar más credibilidad al largo adiós que se aproximaba. Yolanda estaba de espaldas y se echaba hacia atrás con ganas recibiendo la tranca de Miranda, que era un mucamo calvo, canoso, bastante mayor que se dedicaba a limpiar los lugares comunes de pasillos y ascensores más que las habitaciones, pero que de viejito parecía no tener nada; cuando Yolanda echaba el culo hacia atrás para sentir la clavada Miranda al unísono la ensartaba con un seco y chapoteable “touché” de esgrima que hacía saltar los tapones del curioso. No sé si fue mi respiración o la mano, pero hice un ruido y de inmediato se giraron ambos hacia la puerta, así que salí raudo de allí. Aún hoy aquella imagen de la buena de Yolanda gozando de aquel modo de un palo con el suertudo de Miranda que no cesaba de dar morronga en medio de aquel desmoronamiento, de la caída de cada trozo de historia desde que Hilton concibió aquel mastodonte, excepto en el baño en que nadie nunca había reparado, levantando la espada victoriosa de los únicos que habían vivido aquella epopeya trabajando, cumpliendo y dejando los asuntos del palacio bien doblados y en perfecto orden.

Miranda y Yolanda
Miranda y Yolanda

Miranda y Yolanda

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Tremenda agua

10 Abril 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Cuba flash., #Cuba Opinión, #Relax

Cuando era chiquito era muy tímido, enfermizo, aunque un poco cabroncete también.

Después me volví un poco loquito, no paraba de joder desde la mañana a la noche.

Y cuando adolescente se me destapó la olla, fuera estudios, rock'n'nroll, vagancia, cochinada, niñas si alguna quería y drogas.

Fue la etapa cuando más fuerte me drogué, pero con drogas de farmacia. En Cuba. Unas eran un blíster de pastillas para el Parkinson, que con una ya ibas puesto, pero si tomabas cinco era de verdad un suene que nunca volví a conocer. Hablaba con uno, me giraba, volvía a girarme y cuando lo veía, le decía ¡coñó, tú aquí! ¿qué bolá?

Todo era brillo en la piscina de los rusos.

Y otras píldoras eran de una enfermedad mental, también con tres te ponías a saco.

Las pastillas se conseguían sin buscarlas, si te ponías a buscarlas nadie te iba a suplir, en aquellos años era algo muy delicado. Un amigo de un amigo, siempre después que ya hubieses faltado suficiente a clases, fugado del campo, roto cristales o enseñoreado la distinción de "diversionismo ideológico" en el expediente escolar acumulativo.

Cuando probé el efori, por más que me gustó y pasé la tarde escuchando "Midnight Lightning" de Hendrix una y otra vez y partiéndome de risa con Jardines, el del espendrún del edificio que la conseguía suave y rica, no me pareció ni la milésima parte de despingante y descojonante que las pastillas.

De viejo mi toque sabroso fue con el alcohol, pero ojo, me hice adicto a otra droga que no mencionaré porque tampoco hay que contar todo; hace mucho la toqué por última vez, pero seguiré siendo su fiel escudero hasta el fin de los tiempos, en el confín del Averno.

Un cabrón al que los románticos llaman "bichito", que vuela de ala en ala pudriendo las plumas.

Es curioso porque hoy que no tomo ni fumo ni bebo nada que interceda en el sistema nervioso central, el bajón del corazón, actuó como un frenazo lisérgico. Camino como si nunca fuese a llegar y tampoco me importase más que el paisaje de los lados.

Es un largo camino para llegar a la cima si te gusta el rock'n'roll.

 

Tremenda agua

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La chivichana

27 Marzo 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Cuba Opinión, #Cuba flash., #Relax

Evelio nos enseñó a fumar en el segundo piso en los asientos frente al Salón de Embajadores.. El primer cigarrillo que me eché, uno de tabaco negro de la marca Populares, sin filtro, me dejó mareado y casi vomitando. A los demás le pasó igual. Al siguiente día insistí, y ya me dolía menos la cabeza y las arcadas eran menores. Y así no sé bien porque razón me empeciné en fumar y, en breve estaba yendo a comprar paquetes de cigarrillos con la tarjeta de la habitación, de mejor calidad que los Populares, pero también más fuertes. Aunque lo cierto es que no fumaba más de un cigarrillo por día, y eso si me juntaba con Evelio y con alguno más que se aventuraba a la humareda Los chicos queríamos parecer hombres, salir a trabajar y conseguir el sustento no podíamos, tener la pinga más larga y singarnos todas las mujeres que creíamos había que taladrar para que n hubiese dudas por ese lado, tampoco podíamos, pero ¿un cigarrito? ¿quién no se podía echar una bala?

Mi mamá fumaba mucho y no se notaba en el entorno si alguien más olía a tabaco quemado. Evelio me había enseñado a tirar piedras, decía que los extranjeros tirábamos piedras que parecíamos patos. Se les llamaba extranjeros a los que generalmente provenían de países donde no se jugaba béisbol no a un dominicano o a un venezolano que también eran buenos pitcheando y por ende tirando piedras. Me había enseñado también un par de trucos para empezar a una bronca, para no perder de entrada. Ese par de trucos me han servido toda la vida para las contadas ocasiones en que debí echar mano de ellos y, por último, a fumar.

Por eso cuando jugábamos a escondidos, a atraparnos en la piscina al tesoro escondido u otros juegos similares, y yo invitaba a Evelio, me parecía que nos estaría viendo como unos nenes caca, en su cuadra jugaban a las bolas, cosa que muy a menudo llevaba bronca incluida con Carlitos Becil o cualquier otro que se quedaba con todas bolas porque le daba la gana, lo que se llamaba "manigüiti"; se jugaba al trompo, enrollado en una pita se lo tiraba con fuerza y habilidad y se competía en quien lo hacía girar más tiempo , o en condiciones más difíciles. Había algunos que recogían el trompo girando en el suelo con la pita, y hacían que el trompo mantuviese el equilibrio girando en la cuerda. Eso se jugaba sobre tierra, nosotros no teníamos tierra dentro del hotel, y donde había en las inmediaciones había pandilleros también, o simplemente cubanos normales, que estaban invitados desde la cuna a medirse con los demás en broncas. Claro que también había muchos cubanos que no les gustaba la bronca, pero esos no jugaban en la tierra ni a las bolas, ni al trompo, ni a la carriola ni a la chivichana.

La chivichana era un carrito de madera armado de modo artesanal por cada vecino, por lo general para acarrear barriles, cajas, bolsas pesadas, tiene una base donde apoyar el producto, y debajo dos palos con ruedas formadas por cajas de bolas del desguace de automóviles, las ruedas delanteras estaban atadas por una soga que era el timón, y cuando no lo usaban los mayores, los chamacos se tiraban con eso por una pendiente y a eso le llamaban diversión. Una vez traté de tirarme en chivichana pero me iba contra la acera porque no controlaba el tiimón, Cuando yo veía una chivichana me producía escozor, era como si me garantizase que ya me estaba aplatanando tanto que nunca conseguiría salir de aquel cúmulo de “chealdades” de esa especie de reino del mal gusto que rodeaba todo lo que no fuese extranjero.

Pero no, Evelio no sólo no se reía de nosotros, sino que a su vez aprendía a ver el mundo de otra forma, el mini mundo o la madeja que cada uno tenía en su coco. Era tremendamente respetuoso de todo lo que hacíamos por más imbécil que a mi me pareciese. Disfrutaba e los juegos igual que nosotros, dentro del hotel era otro más que no jugaba a las bolas ni andaba en carriola, saltaba por la piscina, leía a Salgari, se interesaba por las incumbencias de cada uno de los pibes del hotel.

Se daba esa circunstancia, dentro del hotel los bobos eran los de afuera, en los barrios de donde eran los alumnos de nuestras escuelas,  claramente los bobos éramos nosotros, ese equilibrio era el responsable de que ningún grupo se burlase del otro, de alguna manera ambos se atraían a la vez que se temían.

 
Con Evelio en el hotel

Con Evelio en el hotel

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Bife y congrí

24 Marzo 2021 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Cuba Opinión, #Relax

La verdad

Para un argentino lo única comida cubana que podía ser considerada rica, es la fruta, el pescado y marisco. Nada de carnes, la de res se hace con mucho ajo, cebolla, limón y machucada. La de cerdo, para quien está acostumbrado a la mejor carne del mundo, tiene un retrogusto que no es otra cosa que lo que el cerdo come y su modo de vida. El pollo, bueno, el pollo es pollo en todo el mundo.

Luego estaban las guarniciones o acompañantes, arroz, de muchos colores, pero sólo arroz, acaso alguna vez papas fritas, pero casi siempre arroz. Blanco, con frijoles negros, con frijoles rojos, con azafrán y pollo o petit pois, pero siempre arroz, como chinos o como japoneses. También malanga o yuca, e incluso plátano.

¡Banana con arroz!

De a poco me fui acostumbrando, llegó un momento en que el arroz congrí, ese con frijoles negros y una yuca con ajito, aceite y limón me encantaban, pero al principio me parecía algo trivial, de una película de Tarzán, de un documental sobre leones.

Pero las frutas, ¡oh! el mango, la piña, la chirimoya, la guanábana, el mamoncillo, el tamarindo, el mamey o la fruta bomba eran una delicia.

Y los pescados.

En el Habana Libre comíamos todo tipo de pescados, en filetes, con salsas, en buñuelos, ripiados, con o sin espinas y al costado estaban los mariscos. Cada día un coctel de camarones, o una cola de langosta, o cualquier otro ser jodedor del mar. Yo era el único de mi familia que adoraba los pescados y los mariscos, mi abuela Elena también, era una complicidad que teníamos.

Mangos y pescado, ninguno de los dos necesitaba ajo.

Hoy, hay días que busco entre los bares y restaurantes al mediodía, a ver si uno, aunque sea uno de todos me da arroz como guarnición en vez de papas fritas o ensalada.

Y cuando voy a Madrid, siempre un par de días, uno almuerzo en un argentino, una parrillda, y el otro en un cubano, lascas de puerco asado, congrí y yuca con mojo.

Cosas vederes Sancho.

Bife de chorizo y congrí con puerco y plátano macho
Bife de chorizo y congrí con puerco y plátano macho

Bife de chorizo y congrí con puerco y plátano macho

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