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Año nuevo, culo de oro
La época de navidad era nociva, evidenciaba que por una razón u otra siempre estaba lejos de esos afectos que prefería tener próximos; pero también en aquellos años en familia en que iba a donde mis padres decidiesen, ya fuese casa de los tíos Roberto o Cipriana, entonces sentía que la única relación que tenía con esa fiesta era que ponía a prueba mi capacidad de resistencia frente al paso el tiempo, extraordinariamente lento cuandose le presta atención, y tremendamente efímero cuando se desea que se demore en una parada de asientos mullidos y senos retozones.
Acaso la hora de despedida en lo de Cipriana para ir casa abriendo los regalos en el coche o el camión de papá, fuese más pasable, o el despertar en lo de Roberto con aquella cocina de asientos en estilo vagón de tren que daban al verde de San Isidro, o la mesa del jardín donde estaba mi tía Celia casi siempre dirigiendo la batuta de las charlas, no por ascendiente jerárquico sino porque contaba con mayor despliegue de gracia, y mi madre haciendo chistes eficaces como lo corroboraban las risas. Esos días siguientes cuando podía observarlos fuera de los brindis y los cohetes permanecen en mis recuerdos inalterables, como espacio privado de confort, como la habitación del pánico.
Después pasé unos cuantos años donde la navidad estaba prohibida entonces brindábamos por año nuevo, esta fiesta sólo tenía lugar en casa, con mi madre, mi abuela y mis dos hermanos, sin regalos ni arbolitos ni un montón de parientes que evidenciaban la ausencia absoluta de elogios motivacionales. Sólo los cinco y la mesa que la abuela se había ingeniado en adornar con platos exquisitos con la menor cantidad de ingredientes que alguien pueda imaginar. Días los recuerdo con una mezcla nostalgia y de tristeza gélida, abandónica, estábamos juntos un rato, todos los que ya no nos hablamos, ni nos escuchamos más, ya sobrevolaba un presagio del desenlace fuera de aquella trinchera, eran los últimos hurras percibiendo la cercanía de la derrota. Si nos queremos o no es algo misterioso que habita en la relevancia que cada uno le cede en su espacio interior; en mi caso sólo puedo reconocer latidos sonoros, sobre los cuales prefiero obviar la naturaleza o calidad que les precede. Mi abuela era el elixir de la comunión, la antorcha colectiva, entonces jugábamos cartas, Scrabble, dados, ella era española y sus juegos de cartas eran con naipes y eran típicos juegos vespertinos de bares españoles, tute, brisca, escoba. Pero a mi me gustaba el juego mas infantil y simplón, "el culo sucio". "Las risas parecían ovaciones, parecían, de una noche de gala en el Colón" cuando alguien se quedaba con el culo sucio.
En año nuevo no tocan regalitos, evitaba confrontar cuanto tiempo y recursos dedicaban los mayores en honor a cada uno en la inevitable comparación con los demás. Y por otro lado, aunque alguien se encaprichase en hacer regalos en aquel páramos de tiendas, era una empresa tan improbable como respirar bajo el agua sin aqualungs, snorkel, ni branquias.
Curiosamente, volví a ver a mi padre tras diez años a solo una semana de aquella navidad en que fuimos a lo de tía Cipriana ya fallecida pero con todos los parientes de ese lado presentes y luego a lo de otra tía, Carmen Córdova que a la sazón, era como si fuésemos a lo de Roberto que ya no viviría más en San Isidro seguía fuera del país. Despues de diez años de no ver al viejo, de crecer el doble de tamaño y varias veces en acervo, fuimos juntos a las dos casas en la misma navidad. Aquella noche me sentí feliz por ver a toda aquella gente, al país que me selló, y por olfatear, probar, sentir nuevamente tanta carne y cosas ricas juntas en distintas mesas en única noche.
Después hubo unos años, dos décadas para ser exacto, en que pasaba la navidad con la familia de Patricia. Aunque me sentía agasajado como nunca en afecto familiar, lo cierto es que nunca pude agradecerlo del todo porque mi sonrisa y mi indumentaria no se correspondían con el entusiasmo interior. Hoy siento más que fue mi familia, que los extraño, espero que esa vía misteriosa que nos trae y lleva sensaciones se los deposite y que alguno también me recuerde por alguna buena cosa.
Sin embargo una vez más los Año Nuevo acudían en auxilio de la asfixia por tanto barniz. en casa de los eternos Marcos y Mirta y en nuestra mesa larga que daba hasta para catorce comensales. Pero había un detalle, todavía bebía como un cosaco y fumaba como un escuerzo; para todo bebedor y fumador compulsivo estar rodeado de comensales que ríen y hablan a los gritos es una bendición para descorchar botellas durante una eternidad sin salirse del decorado.
Hace años que no pruebo gota del elixir del canto y el zigzag.
Acaso la navidad esté más presente para quien la empieza a evitar en noviembre que para quien tira la casa por la ventana un mes más tarde, para quien fantasea con una navidad de estilo nórdico, sin regalos, con nieve, luz tenue, escoltada con una cena copiosa, susurros de alegría y la promesa de días de asueto. Al final, se trata de recuerdos y lecturas, lejos del agobio y el empeño de encajar entre servilletas rojas, alegría pautada y sobre todo, entre tantos testigos de esta sempiterna inutilidad, de esta verticalidad pretendida que camufla el temblor, el frío, la rabia y la cordura extrema.
Y el sombrero sobre la silla aplastado por un trasero gordo, charlatán y ampuloso, empapado en colonia barata.
Más sucio que el as de oro, tan feliz como el "culo sucio".
Bizarro III- Las vecinas del primero
Alamar 1978, año del XI Festival de la Juventud y los estudiantes.
Yo vivía en el cuarto piso, en la planta baja vivía Fefa, una mujer afrocubana, que tenía tres hijas, Marta, la mayor de color más claro y pelo domesticable, Lidia, y Julia, la más pequeña y amiga de mi hermana.
Fefa decía que Marta le había salido adelantada, la tenía para casarse, no quería que estudiase ni que trabajase, la mimaba desde pequeñita como la más linda, de lejos la preferida, y es como si las hermanas lo comprendiesen, los celos típicos familiares no tenían cabida en una declaración tan diáfana de amor, preferencia y protección. Imagino que es un mecanismo de protección natural de la cabeza o de donde quiera que se encuentre la sabiduría humana, ya que era tan exagerado que como se dejase pasar el más mínimo haz de celos, sería suficiente para que apareciese en una manigua cortada en diez pedazos.
Marta era la mayor y como tal fue emplumando la pechuga antes que las demás, y antes casi que a mi se me emplumase el gallo. Pero más o menos a la par. Nos dimos cuenta al mismo tiempo, ya que hasta cierto día las tardes antes de subir a casa me quedaba hablando con Lidia que era más vivaracha y tenía sentido del humor, y Marta no entendía ningún chiste, pero un día me di cuenta de que con la que quería hablar era con Marta, y me daba tan igual el tema de conversación, como que lo entendiese. La cosa era estar cerca de esos muslos que se habían redondeado en cuestión de meses o días y las tetas que iban despuntando de manera ostensible empujando con demasiada insistencia el escote de su vestido celeste. cada vez éramos más próximos, yo comenzaba a salir de mis quince años sin haber mojado la habichuela ni haber estado cerca, pero recordando la vez que Carlitos Cecilia me llevó a aquella fiesta donde apreté por primera vez con Moraima. ¡Oh Moraima, cuantos poemas de amor sin voz, te recité bajo la intimidad de la sábana o en el camuflaje de la ducha!
Una tarde después de hablar con la aproximación creciente en nuestros encuentros en esa planta baja, mientras el sol empezaba a caer y las penumbras resguardaban los detalles, desde el descansillo que había entre el tercer y el cuarto piso, le silbé a Marta y miró hacia arriba, le tiré un beso, me señalé el pecho y me dejó entrever un poco la parte superior de uno de sus pechos, me saqué el que si bien todavía no era un gallo emplumado ya era un pollo guapo y le volví a silbar, miró hacia arriba y se sonrió, con esa cara medio de boba medio de arrebatada, así que me puso como un mono, tenía la edad que lo único necesario para semejante empalme, es tener esa edad, y fuimos subiendo la parada del juego hasta que un manantial de líquido seminal brotó de mi glande como una manguera de bombero apagando un incendio. El jueguito se repitió dos veces más, se detuvo para siempre una vez que tras de mi de repente sentí aparecer la vecina del quinto piso, de l avergüenza me encorvé sobre mi cuerpo como si estuviese sintiendo un fuerte dolor y la vecina comenzó a mostrar tanta compasión que no se quería ir, y lo único que yo quería era esconder a Pepe que estuvo a punto de cantar pero ya era un acordeoncito arrugado. Esa tercera vez Marta llegó a mostrarme las dos tetas.
Fefa la conservaba para un buen matrimonio y ella obedecía únicamente, en cuanto a la entereza del himen. Marta siguió pasando las tardes sin estudiar parada en la planta baja al lado de la escalera, nunca supe si encontró otro onanista dispuesto a ser cocinado en su jugo. Lidia empezó a tomarle el relevo cuando caía el sol. de repente apareció una nueva Lidia, igual de cómica que siempre, pero con unas tetas enormes ¿cuando le habrían crecido? quizás fuese mientras Marta me mostraba sus limones. La venganza se estaba materializando de manera pectoral, sin necesidad de descuartizamiento.
Una noche de chistes con Lidia, ella llevaba puesto el vestido blanco parecido al de siempre, pero con un escote mucho más prominente, nos tomamos de las manos, de repente con un rápido movimiento de cadera me ubiqué por detrás de ella y me apoyé en la pared con mis manos en su cintura, ella estaba de espaldas a mi y paramos de reírnos, yo tenía la tranca que iba a reventar en ese jean metálico, apretado, de trasnochado pepillo Stone, Lidia se me apoyó con un suave movimiento muy sugerente, acomodando sus nalgas cubiertas por el ligero vestido blanco, a mi incipiente protuberancia y sentí que era el momento de sobar esas tetas deliciosas que estaban más incrustadas en mi hipotálamo que debajo de su escote, sueño del más avezado de los caminantes, del más temerario de los modistos, ella cerró los ojos y yo toqué sin ninguna experiencia toda la enormidad y suavidad de aquel perfecto par de toronjas de pezones erizados.
Estábamos en eso cuando apareció mi amigo Peter Mikel, o Pedrín, que vivía en la escalera contigua, y de manera instantánea como llevado por un grito de Mandinga, solté a Lidia, atenazado por una vergüenza remota, que no llegaba de ningún lugar cercano ni reconocible, como si hubiese sido una traición que Lidia y yo, que siempre habíamos reído de ocurrencias de la pubertad inocente, estuviésemos protagonizando el preludio de una fogosa película pornográfica. Mientras solo estuviésemos ella y yo no había testigos, así que no había traición, pero la mirada súbita, sorpresiva de un conocido mutuo, introducía de repente el elemento de juicio que habíamos detestado, pateado, quemado, destrozado unos minutos atrás. ¿O me había atrapado el cangrejo al que me creía inmune? En aquellos tiempos el racismo en Cuba estaba proscrito de la política oficial, pero el dominio español había dejado sus perlas de herencia. Los blancos deseaban a las negras y las blancas a los negros, pero evitaban ser vistos en parejas. Los que se metían en lo que no les importa, a los hombres les decían que "quemaban petróleo" quizás por envidia ante tal desparpajo rupturista de prejuicios. A las mujeres que se acostaban con negros les decían "cochinas" y quedaban estigmatizadas en el barrio; detrás de esta cortina hacía su trabajo subrepticio el tamaño del pingón congo y carabalí, que desde la más temprana esclavización en la colonia supo empapar corsés y bombachones de las esposas de los hacendados de la Metrópoli, generando un puntito de venganza extra del patrón pichicorto contra el pobre esclavo ¿Tú tienes el tolete? yo tengo el látigo. Pero yo vivía convencido de que no era mi caso, de hecho las interminables charlas nocturnas previas con Lidia, habían sido interpretadas por esos vecinos tan atentos a todo, como una impropia extravagancia argento-alamareña. Bueno, desplazando la cronología hacia un costado, en cierto modo se puede decir que acertaron.
Sin embargo subí a zancadas la escalera y desde el descansillo del primer piso le dije:
-¿Qué bolá Peter?
Cuando se fue volví a bajar igual de raudo, con la moringa aun parada esperando encontrar a Lidia solícita feliz de verme reaparecer tras aquel gesto no demasiado considerado. Se había ido adentro de la casa. Me quedé esperando un rato, prefería que saliese otra vez Lidia, con sus trencitas, su sonrisa contagiosa y sus flamantes tetas jugosas, pero me habría sido de suficiente auxilio Marta y su vestido celeste apretado. Sin embargo la que salió por esa puerta fue Julia y me preguntó:
-¿Está tu hermana en la casa?
Bizarro II -Tikoa
Había un bar en el Vedado, Rampa abajo que se llamaba La Zorra y el cuervo. Después que me botaron de Cuba, La Zorra y el cuervo se convirtió en un templo del jazz, tocó incluso uno de los hermanos Marsalis, no recuerdo si Branford o Wynton. pero antes de ese tiempo de brillo internacional, era un bar de esos oscuros de La Rampa escaleras abajo, con tenues luces, música en volumen alto y mucha apretadera y singadera en las sillas y asientos desvencijados bajo la penumbra. La peste a fana lo acreditaba, pero si se estaba dispuesto a saltarse un pelín la higiene pequeño burguesa, podía ser sumamente estimulante.
No es que fuese habitual de ese tipo de bar, en la Rampa había restaurantes y bares bajo tierra, algunos finos y otros no tanto, uno muy lindo era en la Casa de Checoslovaquia, que se llamaba Praga, se comía comida checa, estaba muy bien, y el otro era un bareto aun más sórdido que la Zorra y el cuervo. El Tikoa, detrás de la parada de la guagua. En ese antro, directamente, el camarero atendía con linterna, no había otra manera de no que no terminase estampado contra una pared o sobre una parejita metiendo fuerte en el sofá, pudiendo llegar a confundirse el accidente con otras intenciones. El jamoneo en esos bares, como el facho a los curdas, podía ser un propina atractiva.
En el Tikoa, la peste a orine era comparable a la de los ya resecos craquelados de esperma. Por doquier se elevaba un tufillo, pero también por todos lados abundaban culitos enfundados en falditas apretadas o pantaloncitos elásticos, que marcaban vulvas abultadas, a lo que en realidad deben su mote cubano de "bollo".
Así que una de cal y otra de arena.
Uno de esos días en que los morenos de Centro Habana o Carlitos me había encargado una pequeña compra, que colecté una discreta suma de estilla, decidimos ir con mi panga a vacilar por esos bares de mala muerte donde el billete podía cundir más que en el Turquino del Habana Libre, también menos que comprar unos pomos y escurrirlos en el malecón o en la plaza de 21. Aunque en el caso con el aliciente de pibas pret a porter.
Apenas entré, una mulatica divina estaba bajo el haz de luz endeble de uno de los pocos focos encendidos allí abajo, iba con una blanquita de bajichupa. Yo le entré a la diosa del café con leche, y mi socio a la blanca pandillera. Tal y como presentí, la blanquita era candela. La mulatica no se quedaba atrás pero era como si estuviese aprendiendo. Nos comentaron rápidamente que estaban "trabajando", me llamó la atención porque en aquel entonces no había jineterismo, podía haber alguna puta vieja en la ostionera de Infanta, alguna en Jesús María en la ronera, y las de los Cabarets, pero tan jovencitas y bien parecidas no era común como si ocurrió a mansalva años más tarde.
Bauticé el Tikoa aquel, nunca había echado un amistoso allí, pero preferí hacerlo de pie y que mi damisela se agarrase del respaldo del sofá, porque el vinilo de aquel asiento era un singao chicle de pegajoso que estaba. Y una cosa era sentarse en pantalones, y otro era apoyar la suave piel de las asentaderas en aquellas superpuestas y endurecidas capas de cremita de leche sin azúcar.
El brother clavó en otro sofá, al rato nos juntamos en una mesita más decente y terminamos de tomarnos la botella que se había llevado la mitad de la ganancia del bisne.
Cuando acabamos el pomo, decidimos ir a a ver a Bobby Carcassés, que cantaba jazz haciendo scat como Jelly Roll Morton o Sachtmo, entiéndase, no igual que ellos, sino ese sonido que ellos hacían con la voz, en otro bar de El Vedado, el Karachi que estaba en la calle K, bajando desde la embajada de la India, no era el Maxim donde años más tarde cantó de forma habitual el bueno de Bobby.
En el Karachi el ambiente era más fino, la luz perfecta para un club nocturno, las mesas limpias, pedimos otro pomo de ron y refrescos, Carcassés bordó la noche. Cuando metí la mano en el bolsillo quedaban casi los pesos justos para el rifle y poquito más, así que les dije como debíamos proceder. Debían salir las chicas primero, después mi ambia, abriendo un patín hasta el Pío Pío de L, y yo iría detrás pisándoles los talones, cosa que se produjo de manera casi literal porque en cuanto me dirigí a la puerta de salida, vino corriendo el camarero que ya se había percatado de la jugada. La mezcla de risas y paso apretado no es la mejor combinación, pero era difícil parar de reír y parar de correr habría sido un suicidio.
Tomamos un taxi con el dinero del pomo y los refrescos y fuimos a 1ª y 16. mi madre tenía llaves del apartamento de enfrente al mío, que daba al mar desde un segundo piso, una estampa de postal. Ahí dejé a mi amigo en un cuarto con la mulatica y yo me fui con la blanquita riquísima de “aquí la pinga para cualquiera", así todos comíamos de cada plato un poco.
Al otro día por la noche, tomando unos tragos en Siete Mares, le dije a mi panga:
-Brother, la mulatica era lindísima pero tenía la regla. me lo dijo cuando fui a bajar al hueco en el Tikoa.
-¡Coño, singao, me la diste con la puñalá' y no me dijiste nada! ¿pero bajaste?
Cambiamos de tema cuando estaba haciendo acrobacia para no contestar cuando apareció Alberto el cojo, un viejo rey de los curdas de El Vedado y monarca de los “macetas” gastronómicos.
Imposible de igualar.
Bizarro
Estaba con un amigo del que obviaré el nombre para no embarcarlo, pero todo aquel que me conoce de esa época, de antes y de después sabrá de quien hablo. Habíamos hecho unas compras para los morenos de Centro Habana y nos quedaron cuatro pitusas en pago, se los llevamos a Terely que ya los tenía encargados, ciento cuarenta pesos cada uno, más de quinientas cabillas eso era un pastón en aquella época, me lo trajo a casa, le quise pagar como siempre una parte y no quiso como siempre también. Le dimos las gracias a Terely y nos fuimos a curdar tragos preparados al salón Elegante del Hotel Riviera. Algo que nunca hacíamos pero decidimos probar todos los tragos de la carta, tocaba Felipe Dulzaides, el Elegante estaba más elegante que nunca. Ese hotel lo había construido Meyer Lansky, la mejor piscina, los restaurantes los salones de música, el lobby, las habitaciones, todo era un verdadero lujo judeo mafioso. Generalemente íbamos allí con novias, amigas o materiales, pero ese día tocaba una descarga de amigos.
En medio de la curdadera hicimos una apuesta, habían reformado la tienda del Hotel Nacional, y mi ambia decía que estaba de un lado y yo que estaba del otro, antes de terminar con los tragos de la carta tomamos un taxi (o taisi) que nos dejó al pie de la escalera de la puerta del Nacional Atravesamos el lobby hacia la derecha y ahí se decidía quien ganaba la apuesta. De todos modos estuviese donde estuviese, a esa hora ya estaría cerrada la tienda. En efecto estaba donde decía mi amigo, perdí la apuesta y me tocaba pagar toda la curda que quedaba por cargar.
Nos metimos en la barcito con piano, donde una vez cantó Juana Bacallao con Fito Páez al piano, ella hacía un show cerca, en el Capri y algunas noches seguía la curda en ese coqueto barcito. Había una dama de pechuga exuberante en una banqueta de la barra del bar.
Me dirigí a la dama tras ordenar unas líneas de ron y empecé a dispararle con el vaso del éxito a medio llenar. Mi amigo me tomó el relevo y la voluptuosa feligresa de medianoche empezó a aflojar, nos pusimos uno a cada lado, por suerte las sirenas tienen dos tetas. Como dice la canción, estábamos felices los cuatro, porque el barman no paraba de mirar.
Tras un episodio de los que nunca nos podían fallar, una discusión con los guardas de seguridad al cerrar el bar, decidimos en conjunto ir al Castillo de los Tres Reyes del Morro. Caminamos por dentro de la maravilla arquitectónica que desde hacía siglos velaba por el buen sueño y la seguridad de los habaneros, aunque también fue cárcel de otros y llegamos a un descampado con muros y un aire divino con trazas de olor a mar. Habíamos acordado singar a la luz de la luna, primero le tocaba a mi amigo por una razón de peso, el brother y la dama decidieron gastar su moneda dándole al biberón. Entonces yo aproveché y le di biela manivela por detrás. La luna en efecto brilló más sobre las crestas afiladas de las olas que se divisaban a lo lejos desde lo alto. Cuando todos hubimos sosegado los contorneos, calmado la agitación de las respiraciones y expresado cada uno en su jerga "ñó, que rico estuvo eso" yo volví a envolver mi rabo con una media y a mientras me subía el calzoncillo, la señora mayor preguntó "¿Y eso por qué es?"
-Ná' es que tengo tremenda gonorrea- dije y nos partimos de risa en lo que la mujer enfurecida recordando la existencia de toda mi familia, metió la mano en cartera jurando que pagaríamos por ello, y cuando vimos el revólver pequeño pero presumiblemente cargado que sacó, nos desprendimos a correr como dos guepardos por la sabana, pero en cuesta abajo hacia el túnel mientras la luz de la luna parecía desprender chispas al compás de los disparos de la lujuriosa y bien apertrechada estrella de un refinado Honky Tonk en el lobby del Nacional y marquesa del duro frío. nunca supimos si tiró al aire o sus balas buscaban nuestros traseros disparados hacia otra aventura habanera.
Pero, mientras que toda nuestras vidas recordamos esta anécdota como si los cabrones hubiésemos sido nosotros, la verdad de la milanesa es que una abusadora se estaba beneficiando a dos veinteañeros a los que doblaba en edad, incluso se permitió disparar un arma de fuego ya fuese para herirlos o para asustarlos hasta la cagazón.
Eriza la piel solo imaginar como sería considerado este cuento con los géneros intercambiados, y ni mencionar como sería juzgado hoy un “viejete”en lugar de la temba, tras gozar con las dos muchachitas a la intemperie y cazándolas a balazos como a conejos camperos. Es verdad que si hubiesen sido dos sifilíticas o gonorreicas quizás habrían amnistiado al viejo.
Paga, asueto, cesta y cena
En España, antes de flotar a merced de mi suerte, trabajé en distintas empresas, cada vez que se acerca el fin de año, hay alicientes para cualquier trabajador de cualquier rublo, cada uno valorará más el que mejor le parezca, yo los ubico en este orden aunque no por importancia; la paga doble, no está nada mal recibir dos veces lo acostumbrado, más aún si uno no tiene la tradición de gastárselo todo en mariscos y jamones para una sola cena. Luego están los días de asueto, que van desde el mínimo, dos en navidad, dos en año nuevo y dos en Reyes magos, al máximo, desde el 22 de Diciembre al 8 de enero, pasando por la media, que es desde el 24 de diciembre al dos de enero y luego dos días de Reyes. Disfrutaba como un enano pensando en tantos días para curdar, rascarme el ombligo o viajar con la familia. La tercera es algo que toda empresa que se precie debe tener a bien cumplimentar de la mejor manera posible. Cesta de navidad, una caja, que según la empresa puede ir desde un par de botellas de vinos y cava con turrones, mazapanes y algún embutido incluso un sobre de jamón, a una caja con una pierna del pobre porky pig ya salado, varias botellas y demás exquisiteces. Y sobre todo junto a esto, la cena de Navidad.
La cena de navidad no es la más importante, la que más ensoñaciones despierta en la muchedumbre empleada, sin embargo una vez allí, sí es de lo que más se disfruta. Empresa que se precie, siempre según su envergadura, lleva a sus fieles al mejor sitio posible, y además de ofrecerles el mejor banquete posible regado de todo el vino que los buches puedan tragar, una vez concluido el empacho, paga la primera copa en un garito de la ciudad. Me han tocado todo tipo de cestas aunque la mejor era siempre la de Pat con esa paleta o ese jamón que duraba en la mesada de la cocina lo mismo que un pedo en un canasto, y he disfrutado de diversos tipos de cenas, más o menos suntuosas no determinan la intensidad del buen rato, algunas veces las más humildes son más divertidas o "licenciosas". Porque la cena de navidad era el día que se puede llegar a rozar el pezón de una considerable pieza del trabajo, o el día que la jefa se suelta y concede un baile con machete arrimado. Los más suertudos terminan emparedados, pero no siempre es lo más recomendable para el discurrir del resto del año.
Una vez nos tocó en un restaurante en Huertas, detrás de plaza Santana, un argentino de carnes asadas regadas con vinos de Rioja y Ribera del Duero. Comimos unos chuletones que no se hacen en Argentina, típicos españoles, exquisitos, quien quiso le dio al cordero o al cerdo, vino tinto, blanco y rosado, cava, postres de gourmet y espirituosos, antes de salir de ahí bolingas arreglé un aumento de sueldo, luego nos metimos en una garito de copas, mi sensación de festejo era total, el pecho henchido y las pupilas afiladas, la empresa pagaba la primera, el pedo fue astronómico, pero el Hotel que nos habían reservado estaba a la vuelta de la esquina. Era un hotel de cuatro estrellas en Cuzco, enfrente de Bernabeu. La contracara fue otra vez trabajando para France Telecom, que la comida era de picada en un banquete de variadas delicatesen exquisitas de las que uno iba sirviéndose según la angurria. Estaban los que vaciaban las bandejas de langostinos, los que arrasaban con las alitas, los que se abonaban al jamón y al queso. El vino y el cava estaba por toda la enrome carpa situada en la Casa de campo de Madrid, al lado del zoológico y en medio de la zona de trabajo de las churris con y sin pito, que a partir de la medianoche poblaban las callejuelas entre pinos ofreciendo sus movidas y lamidas. Dejé mi coche rojo, flamante, pequeño pero matón, en un descampado que estaba en diagonal, doblando a la izquierda y luego a la derecha, donde también otros compañeros lo aparcaron. Después de la comida hubo baile, ron, cola, mareo, curda y atrás de todo ¡a encontrar el tutú!. Suerte que era rojo brillante, pero ninguna churri ni churro podía decirme desde el alto de sus tacones, donde estaba, hasta que al cabo de no sé cuantas vueltas de cabeza lo encontré. Me acosté un rato en los asientos azules, hasta que decidí que era hora de encender el motor y tomar vía. Nunca antes ni después manejé tan borracho a punto tantas veces de chocar a uno de los también llaneros solitarios que a esas horas surcaban la M-40, tres veces pasé por delante de la salida a casa antes de por fin tomarla y llegar al parking de mi apartamento moderno, con cancha de squash y piscina climatizada, con bebé y esposa durmiendo y caí sobre el sofá odiando aquella cena de navidad.
A menudo apareció durante una época en mis sueños aquel suplicio dando vueltas por la M-40 sin encontrar la salida, con tétricos finales creativos adecuados a la pesadilla.
Una vez fue carne argentina y la otra fue de la telefónica francesa, como la final del domingo próximo.
Un amigo que solía montar distintas empresas me dijo una vez que, entre paga doble, días de asueto, cena de navidad y cesta, el empresario español prefería tener diez hijos bobos a que llegase el mes de diciembre
Pelota chea, pelota fashion
Desde los diez a los veintidós años me crié en Cuba. Nunca vi un solo chamaco con un balón en los pies, y sí a todos con guantes y pelotas de goma o o poly jugando un pisicorre o al duro. Una vez fui al Pedro Marrero para saciar mi nostalgia futbolera, pero me espectáculo de patadas en los tobillos me bastó y sirvió para olvidar el pasado, al menos mientras siguiese en Cuba, y empecé a jugar voleibol, porque la verdad es que el béisbol así como el fútbol, para jugarlo más o menos bien hay que mamarlo desde muy pequeñito. Con doce años si te viene un roletazo chapeando bajito o una línea por primera o por el montículo, no le metes la mano por segunda vez, porque la primera que se la metiste, lo más seguro es qu ee te haya casi partido la quijada. Y en fútbol a los doce años no aprendes ni a tocarla.
Por eso me llama la atención tantos cubanos hoy absolutamente hooligans de fútbol, sin entender nada en la práctica, pero acaso sí en la teoría, tanto los de dentro de la isla como los de fuera. Al principio pensé que era uno de esos resortes que provocó la guajirización y cerrazón de la Involución, que hicieron que todo lo de "afuera" sea mejor que lo cubano, hasta el punto que una niña bonita, se le llamaba "diploniña", haciendo alusión a las tiendas donde se vendías productos del capitalismo. Quizás haya algo de eso, pienso que sí porque es evidente que todo lo de afuera es codiciado, y puede ser que con el paso del tiempo se haya ido despreciando el beisbol a partir de ahora le diré la pelota, como se dice en Cuba, por dos razones, una porque perdió mucha calidad, y dos, porque es sinónimo de guajirismo, de chealdad, de zapatos Kiko, cigarros Populares, pasta de dientes Perla y sobre todo, como el boxeo, la bandera de la Involución. Matar al padre. Incluso en EEUU ocurre ya, que los cheos, los rednecks o afroamericanos anticuados de gorrita y barriga son los amantes de la pelota, los menos conservadores abrazan el soccer, y los del medio, modernos pero autóctonos, con el mayor de los sentidos comunes se bañan en su lago más cristalino y beben de su fuente más pura; el básquet.
Así que hoy pienso, que aun cuando en Cuba no tienen ni idea de impulsar una pelota si no es con un bate o en su defecto, con la mano, este fenómeno de opinar sobre el deporte más internacional, responde a un espíritu de modernidad, de actualidad, de integración al mundo. Claro, el cubano es numerista, y no quiere parecer que le gusta desde el otro día, entonces te hablan de su amor al fútbol desde Cruyff o Kempes, cuando en esa épocase le llamaba balompié al fútbol, y la casi totalidad creía que Stallone era una estrella del balón. Numeristas.
Ahora todos, igual que fueron opositores o alzados en el Escambray y pasaron por los calabozos de Villa Marista, igual que no aceptaron ni un kilito de ayudas de los impuestos a los contribuyentes al llegar al Yuma, y trabajaron desde el primer día como se ven obligados a hacer los mejicanos, también todos jugaron al balompié, actual fútbol en la isla y veían los partidos de la gran Liga Cubana de fútbol por el canal seis o el dos en lugar de los discursos de Guarapo.
Un "Numerista" no es exactamente un mentiroso, numerista remite es más bien a un grado superior la elaboración de la fantasía, el numerista llega a la esquina donde están los socios del barrio haciendo media, y él siente la pulsión, la necesidad imperativa de subir la parada del último cuento, el numerista es capaz de tener un tío astronauta para discutir del espacio, es capaz de decirte como hizo Bill Gates para hacerse el más rico, el numerista no te va a permitir nunca atesorar una anécdota que sobresalga, él te la va a reducir a trizas con la épica que está por venir, en cuanto te dice:
-Ah, eso no es ná, el otro día yo.....
Ojo, no atribuyo esa fantasía de que Cuba era un país futbolero, a la voluntad del embuste, no, nada de eso, creo que se trata de una ficción muy poderosa con el fin de romper de modo abrupto con todo un pasado, a mi mismo me ocurre en otros terrenos, que hablo de ciertas comodidades de las que disfruto en España como si las hubiese tenido desde que nací, una ficción, es como las mujeres españolas que se tiñen casi todas de rubio, quieren negar sus raíces porque están relacionadas con pobreza, con menosprecio, y creo que el beisbol, para muchos cubanos de hoy, está relacionado en sus cabezas, en sus recuerdos con Guarapo esperando a la selección nacional al pie del avión para que le dediquen la medalla, como era obligado, al propio Guarapo en el Latinoamericano, entre eso y que incluso, ya en EEUU es cheo, es para los barrigones con gorrita. Ganas de entrar al mundo de hoy, basta de aislarse ni siquiera con la pelota estadounidense, que los aparta del resto del mundo.
Pero hasta ahí lo veo normal, bien, incluso saludable, lo que me asombra y es motivo de estudio es la suplantación de la realidad, aquí hay gente que me ha dicho que en todas las escuelas se jugaba fútbol, en los barrios nada de pisicorres, de pelota al duro, sino fútbol, una distorsión de la realidad, que si me despojo de esta mochila de prejuicios, de estructuras de pensamiento de vectores de la razón, podría encontrarla más poética que un rejunte de versos, más creativa que una obra futurista y más real maravilloso que todo el movimiento del boom latinoamericano.
Querido auto rojo
El primer coche con los ojos felinos, que vistos de noche desde el retroviso, esos faros parecen la facha de una pantera al acecho, siendo de tamaño pequeño sin embargo con un espacio delantero aparentemente amplio gracias al parabrisas combado. El volante era tan suave cuando lo saqué del concesionario Peugeot, que a los dos meses yendo por la A-2 de Madrid a Pepignan con parada en Sant Feliu de Guixols para visitar unos amigos, con el entusiasmo que deja la resaca de una buena curda el día anterior y la música de James Brown escapando de un casete por todo el habitáculo del coche, "gimme, gimme the thang" con tanta energía que desprendió un ambientador de aceite soportado por una pinza al aire acondicionado, cuando me agaché a recogerlo, ese volante súper suave, para mi tan acostumbrado al Ford de volante duro, empercudido, sin dirección asistida, recién aprehendida la botellita de ambientador escuché el famoso grito de ¡Cuidado! pero esta vez asistido por la razón ¿quién no lo escuchó? hasta James Brown se asustó, me iba contra la banquina de la izquierda, pegué un volantazo y comenzó el zig zag a ciento sesenta kilómetros por hora, antes del carnet por puntos, de la paranoia en los restaurantes y bares de carretera, cuando la carretera era un campo santo, zig zag de un lado a otro, la autopista llena de coches, y yo bailando el "crash", con que rompí la banquina y me metí en el espacio entre los dos sentidos de la autopista, empecé a dar vueltas en redondo como el reloj hasta que choqué con un bloque de concreto y empezamos a dar vueltas de campana, hoy recuerdo que ese mismo día recordé que cada segundo iba pensando "Oh, todavía no nos hemos matado". En la cabina había un cuchillo sin funda y una botella de whisky que dieron vueltas alrededor de nuestras dos cabezas sin rozarnos. También una manzana. El coche se detuvo con el techo en el suelo, quedamos boca abajo, yo me desperté de un desmayo de un segundo, quizás menos, moví las piernas los brazos miré a mi lado, ella estaba entera también, salí rápido, di la vuelta la saqué por la ventana que estaba abierta pero un poco astillada, se lastimó el brazo, yo me resentí el cuello, pero nada más, pararon muchas personas a ofrecernos ayuda, llegó la Guardia Civil, una ambulancia, un helicóptero, una mujer le ofrecía a ella sus chancletas porque ella se había obsesionado con entrar al coche boca abajo en medio de todo aquel follón a buscar la chancleta que le faltaba. ¡Son afortunados! eso decía el guardia civil, como cuando Slava se comió la banquina en Estonia y rebotamos hacia atrás a la carretera de milagro en vez de caer ladera abajo, unos italianos que pararon para ayudarnos, repetían ¡Sei fortunati!
Me pùsieron collarín, a ella la vendaron, nos levaron al Hospital de Zaragoza, el seguro previo a las crisis cubría todo sin preguntas, nos propusieron que decidiésemos si queríamos seguir a Francia o retornar a casa, preferimos lo segundo, sin coche de ojos felinos no tenía sentido, en casa tenía al gato Batmán capitán. Las vacaciones se detuvieron de repente, antes de seguir camino a casa en el taxi del seguro, pasamos por el taller donde habían dejado al coche hecho un acordeón, para recoger lo que precisásemos, ella entró, buscó y me gritó desde adentro, "la encontré" y salió victoriosa, con la mirada iluminada, triunfante, renacida, con su mano en alto blandiendo su chancleta.
Nos pagaron un arreglo que costó solo unas pesetas menos que el coche nuevo, y una indemnización. Además me tomé una baja por el collarín y el dolor de cuello, no disfruté de la muralla de Carcassone pero vi todos los capítulos de Cordell Walker, ranger de Texas.
Al mes nos trajeron el coche arreglado de Francia, y recorrimos toda España con él, y buena parte de Europa, pero nunca fue igual, sin embargo acaso por aquel palo le tomamos cariño como a uno más de la familia. Después nació Epsis, y cuando no paraba de berrear a las doce de la noche yo lo sacaba a dar un paseo en el pequeño auto rojo y de inmediato se dormía, pero en cuanto terminaba la vuelta y apagaba el motor, abría los ojos como almendras y volvía a la carga. Esos mismos ojos me miraron desde el asiento trasero durante años, hasta que aprendió a decir "ota, ota vez" cuando terminaba "Dirty deeds done dirt cheap" de AC/DC, y entonces, la ponía otra y otra y otra vez, él, chiquitín detrás con sus ojos almendrados como los faros del coche cantaba "onder ich" y movía la cabeza como yo o como Angus Young.
Veintiún años con el coche rojo, hoy cuando lo fui a dejar al desguace, para que lo diesen de baja y usasen las piezas que les viniesen bien a cambio de un par de morlacos, ínfimos, porque el pobre estaba hecho una penita, perdiendo aceite, calentando el motor, con más arañazos que un león con ganas de singar, pero con sus ojos intactos, que al mirarme cuando lo despedí en el portón del desguace dejándole las dos llaves al tipo del toromotor, hizo un cambio casi imperceptible en el color del faro izquierdo, lo que interpreté como un guiño, aunque bien pudo ser lo que ellos expelen en vez del liquido salado que se nos escapa a nosotros en las despedidas de seres muy queridos, de la misma o de cualquier otra especie.
Pablito, Mercedes, Estela y las niñas
Mediaba el año 1974 en La Habana.
Yo vivía con mi madre y hermanos en el Habana Libre, pero ese día estábamos invitados a casa de un argentino residente en Miramar desde inicios de la revolución, Ernesto Mario Bravo, aquel estudiante torturado por el gobierno de Juan Domingo Perón por su afiliación al Partido Comunista, caso en que se concedió total impunidad a los torturadores. Bravo estaba casado con Estela Bravo una brava documentalista estadounidense, de Nueva York, hija de un sindicalista defensor de la España Republicana, que conoció a Ernesto en Europa con quien se casó estableciendo su hogar en la incipiente y prometedora revolución de los sueños.
Ernesto era químico, Estela artista pero ambos estaban unidos por una profunda conciencia social, intereses políticos e historia compartida desde distintas latitudes. tenían un par de hijas muy simpáticas, una ligeramente mayor que yo y otra que ya se distanciaba lo suficiente como para pertenecer a otra dimensión, en esa edad solo tres años pueden significar mayor diferencia que entre una persona de cincuenta y otra de treinta años, nosotros éramos niños y ella una señorita, probablemente ya con su primer menstruación, teticas salientes y chismes sobre muchachos. Entonces con la hija menor nos fuimos a jugar a los árboles de al lado del edificio de ellos que a mi edad parecía un bosquecito, en 5ª entre 8 y 10 apenas pasado el túnel, en Miramar, donde estaba el coqueto departamento de ellos. Mi madre y los anfitriones se quedaron charlando, tomando seguramente algo que tuviese ese mágico elixir cubano que recién iba descubriendo, con que eran agasajados sin complejo ni pudor en toda casa, desde la más revolucionaria y pulcra hasta la más jaranera: el ron.
Cuando regresamos habían llegado otros invitados, después de cenar algo los niños nos fuimos a dormir, en mi caso, hasta que fuese la hora de regresar al hotel . Unos años más tarde mi madre, cuando ya mi padre llevaba años trabado en una cárcel del sur del mundo, al sur de Argentina, más al sur que el infierno, me contó lo que yo a esa edad recién llegado a Cuba no tenía ni idea.
Los invitados que llegaron cuando estábamos jugando al escondido en el bosquecillo, eran Soledad Bravo, una cantante venezolana de origen español, Mercedes Sosa y Pablito Milanés. Cuando me lo contó me dio cosa no haber sabido en ese omento quienes eran esas tres figuras del canto, pero sentí, aunque fuese en carácter retroactivo una especie de relevancia aristocrática dentro del universo de la cultura, al haber compartido desde mis ronquidos una velada con semejantes monstruos de la queja armonizada. Mi vieja me contó que primero cantó Soledad y su voz era preciosa, luego Pablito, muy simpático según me dijo, cantó versos de protesta o de posicionamiento revolucionario con su voz de "Filin", una cosa diferente, peculiar, hasta que le tocó a la "Negra Sosa" que desde que pronunció la primera vocal estirada por esas prodigiosas cuerdas vocales bendecidas por la diosa Melpómene todos quedaron embrujados, y daba igual las letras, y daba igual la guitarra, que creo que la tocaba Pablito, todo, las paredes, el bosquecito, la avenida, el túnel y hasta mi sueño fueron invadidas y sazonadas por la voz de la voluminosa cantante folclórica argentina.
Aquel día además de mi vieja, Ernesto y Estela, también Milanés conoció a Mercedes Sosa y empezaron una larga amistad.
Hoy que Pablo Milanés está delicado de salud, recordé esta anécdota de como, con independencia de si es enmedio de un bombardeo o un acuerdo histórico, un niño está en otro mundo, distinto del de una muchacha solo tres años mayor que él, de los cantos de sirena de una revolución involutiva e incluso, de las estrellas de la eternidad.
¡Argentina, Argentina, Argentina!
Así nomás, como son las cosas del campo, que diría Don Atahualpa, abordo esa mezcla de envidia o inquina con admiración que fluctúa en distintos puntos del orbe, hacia los argentinos. No es cosa de un solo país, ni solo de Latinoamérica, pasa en España, pasó en Italia excepto en este Mundial donde como quedaron fuera, guardan la bilis para otros menesteres, y hoy simpatizan con sus sudacas primos argentos.
Obviamente no es porque Argentina haya invadido países, ni conquistado continentes, ni siquiera mercados con sus productos, más allá del dulce de leche y algún cacho de carne que todos adoran deglutir a pesar de su picantísimo precio y de la moda vegana. El otro día encontré un producto que se publicitaba como “entrecot argentino vegetariano 100%"
Entonces ¿por qué es? El hecho de que los argentinos tengan el mandato nato de dedicarle prolongados espacios de tiempo a cultivarse, o aparentar haberlo hecho, en cánones y vectores euro centristas, francófilos en la clase media y anglófilos en la oligarquía, que arroja como resultado un pastiche donde se mezcla la cultura de la boleadora y el locro con la pizza, el rugby y Baudelaire ¿quién sabe que la Vauquita, esa deliciosa tableta de dulce de leche unió en su médula, la pasión que sentían por la afamada jalea Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares? cuando salen del país, les acompaña un halo de pretenciosos. En Buenos Aires es frecuente encontrarse con amigos en un café y hablar del último libro que se descubrió o de una exposición de arte que causó buen efecto. Existe un elemento que puede resultar aún más pedante para quienes no atesoran esa cultura en su bagaje: el psicoanálisis. Es una sociedad muy psicoanalizada, con el hándicap de suponer que ello convierte a cada individuo en una luminaria en las teorías freudianas y lacanianas, detalle que favorece la omnipresencia del “yo” el cual se aborda sin ningún remilgo. No como hace la gente de campo que prefieren usar la primera persona del plural cuando se refieren a la primera del singular.
¿Pero solo eso alcanza para tanta bronca?
Por otro lado puede que genotípicamente sean más asimilables al estereotipo estético que dejaron grabado a sangre y fuego los conquistadores sud europeos en la idiosincrasia latinoamericana. La verdad es que no sé, pero sí sé que, equivocadamente o no, es una comunidad, un colectivo que despierta esa dualidad extrema. No de todo es inocente la idiosincrasia colectiva porteña cuando sale no solo de Argentina, sino también de Buenos Aires a cualquiera de las provincias, durante décadas los argentinos se caracterizaron por burlarse del resto del mundo, excepto acaso de los parisinos y londinenses. Durante un viaje de medio año que emprendí a lo largo y ancho de Brasil, quedándome un día en Angras do Reis, un cocinero que nos regaló un "prato feito" de comida al parceiro con el que hacía el camino en auto stop, me comentó que los peores turistas eran los argentinos, ya que iban a los mismos hoteles que los alemanes y estadounidenses, pero eran durísimos con la propina, en cambio a cada cosa que pagaban, por mínima que fuese, la exprimían y le sacaba hasta la última gota de jugo, a veces hacían llevar y traer un café por no estar suficientemente caliente más de una vez. En Cuba escuché algo parecido. La sociedad argentina está muy estratificada incluso en sus masas turísticas. No todos los contingentes de visitantes son iguales. Los que van a playas son muy diferentes de los interesados en las ciudades , su arquitectura, costumbres y museos. Y de ambos tipos existe un grueso colectivo viajero, los primero despiertan no demasiada simpatía los segundos siembran admiración y respeto.
Una cosa muy grata es que el anti argentinismo desatado en el mundial, es de la media y la élite. El público es fan de Argentina.
Ayer toda la mala onda se esfumó, en la mayoría porque se dieron cuenta que esa envidia no tenía razón de ser con un país que está en la UCI y jugar un gran fútbol es su única y emergente aspirina, y los menos porque se dieron cuenta que están haciendo el ridículo. Argentina logró llegar a la final, y aquello que nos alegró tanto a todos los futboleros del Río de la Plata, puede ser nuestro karma si el seleccionado sale campeón y dentro de no mucho, nos encontremos llorando sobre la leche derramada.
El mejor Messi obviamente era el que metía 92 goles en un año, pero este de hoy, desbloqueó temas mentales que lo hacen enorme. El efecto del fútbol es algo digno de laboratorio, ayer, como en la época en que me atiborraba de sustancias que alteraban el SNC, tuve un prolongado lapsus mentis a causa de los goles de Messi. Ni por una comida que desequilibró mi paladar, ni por una mujer que desestabilizó mis hormonas, ni por un emolumento que desbordó mis bolsillos, perdí la compostura que tanto en materia de pretensiones me ha costado edificar, solo a merced de los goles, mejor dicho, de los golazos argentinos.
Y hoy, lo que es la mente humana y los excesos. Tal como le sucede al borracho que bailó la noche pasada con el culo al aire y cantó con berridos temas de Led Zeppelin en el bar del barrio, estoy algo titubeante, me siento impelido a apretar el botón "rewind" de las viejas grabadoras y pasacasetes para borrar mi entrada al bar del barrio ayer, soltando la rabia en modo de canto de hinchada de tribuna. Desde el catre antes de poner los pies en el parquet e incorporar la vida a mi humanidad ya venía a mi mente las caras de los parroquianos del bareto, cuando me cagué en brazucas, croatas, Ficticius, Milimalo, Penaldo, todos los putos que la tienen bien adentro, y todos los otros putos que la siguen mamando, incluso la sugerencia anacrónica de que los madridistas presentes disfrutaban en sus alcobas de encuentros sexuales enmarcados en la más plural diversidad. Alucinando a los habituales orangutanes bebedores de anís del mono o whisky DYC, con la conversión del pretendido "intelecualoso" que rara tarde comparte con la feligresía un mosto o un café durante el curso de un partido de Liga o Champions, en un rabioso jefe de manada de mandriles dispuesto a disputarles el territorio.
De tenor más reducido, pero de la misma tesitura es el rubor que me abordó al recordar, sin querer siquiera releerlos, los post publicados ayer tras el subidón del partido, sin alcohol ni merca.Porque acaso también haya que reconocer que el suflé cultural ha disminuído cediendo espacio al merengue patotero, aunque siempre nos vanagloriamos de tener la avenida más larga, la más ancha, de inventar el dulce de leche y la birome ¿quién nos aguantaría c0n un solo filósofo, un matemático, un músico y un poeta de la antología alemana?
Una vez lavada la cara, preparados unos mates, pensé que en realidad, tenemos la suerte de que existan estos pistones, estas válvulas de descompresión que la vida nos otorga, de vez en cuando, a veces les toca a unos de azul otras a los de amarillo, para saltar sin chandal deportivo, gritar sin dolor y destapar los improperios más reprimidos aunque totalmente merecidos para ser por un día, más simio alfa que los más temidos gorilas habituales.
Hoy retorno a ese insoportable represor de la adrenalina propulsada por la nimiedad más impía, y ya me estoy diciendo, que cuando será el día que gracias a ver un país robusto, equilibrado, justo, desarrollado gritemos como desaforados, pero ¿seríamos capaces entonces de encontrar el desenfado, el timbre en las cuerdas vocales y la necesaria desfachatez para gritar a viva voz ¡Argentina, Argentina, Argentina1?
Carpa de campaña
El cañón de la Luger estaba aún caliente pero tuvo que enfundarla aunque le ardiese un poco la cadera porque el combate se estaba recrudeciendo y tenía que usar ya mismo el fusil automático. Las balas rompían cada mili segundo de silencio entre las hojas próximas a su cara antes de impactar en el destino final un tronco, muchas hojas más antes de caer o el cuerpo de alguno de sus hombres, en ese caso el sonido de los disparos, de las hojas y los troncos se mezclaba con un grito. Dio la orden de no retroceder ni un paso, había que ganar esa batalla, que por el ruido parecía un bombardeo de la II Guerra mundial pero apenas pasaba de ser una escaramuza. Eso sí, muy importante, del otro lado del río estaban los víveres, municiones y los mensajes que esperaba desde hacía semanas en su radio o en su transmisor por morse, pero no llegaban de ninguna forma. Dio la orden de que se separasen e hiciesen fuego en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Al cabo de tres horas los tiros menguaron hasta extinguirse casi por completo, a ratos se escuchaba un disparo en retirada, habían ganado, pero habían perdido dos hombres, uno de ellos muy importante por sus conocimientos en combate, y el otro que era menos experimentado sin embargo era una persona que transmitía optimismo a la tropa, siempre con la moral muy alta. El bando contrario perdió más hombres,
“Vamos, tomemos las armas que nos sirvan, recuerden que las pesadas no nos convienen aunque sean muy destructivas, no tenemos con que cargarlas, todas nuestras tácticas están sujetas a golpear y poder evacuar antes de que el enemigo reaccione, armas certeras y livianas, muchachos”
-Lo de muchacho no irá conmigo ¿no?- dijo ella con una sonrisa.
Tomaron lo que podían cargar, arrimaron a dos heridos enemigos a los árboles tras una primera atención, con la intención de tratar sus heridas en cuanto regresasen, y siguieron la senda para cruzar el río en la dirección en que los esperaba una carga camuflada. En efecto allí estaba, la comida era más de la que podían acarrear hasta el campamento, como eran conservas las devolvieron al escondite y se llevaron las que pudieron, el mortero, las granadas, las municiones y antes de irse leyó los mensajes escritos en un papel de estraza plegado. No eran esperanzadores, pero se sintió aliviado de conocer la realidad, en su opinión era mejor siempre atenerse a los hechos, aunque algunas veces habría preferido no enterarse de nada, mantener una ilusión a priori vana , pero muy útil para mantener la moral de la tropa alta, incluso la suya propia.
La carpa de campaña estaba sujeta a dos troncos, desde uno de los cuales también tenía atada una de las puntas de la hamaca hacia otro árbol de más allá desde donde estaba atada una soga que iba hasta el tronco de la carpa, así que su zona formaba un triángulo. Encendió su pipa con tabaco rubio que no obstante sabía fuerte gracias a su pésima calidad, se acostó en la hamaca y empezó a leer una biografía de Goethe, un escritor que había leído unos años atrás. Lo grande la literatura, se decía, es que aunque uno crea haber disfrutado un escritor en el pasado cuando lo leyó, no se da cuenta de que cada vez que lo recuerda y recuerda la obra, mezcla los acontecimientos de sus capítulos entre ellos, o con otros de otros libros, o de otros escritores, e incluso con la vida real, omitiendo y agregando, el escritor renace multiplicado, enriquecido. Al leer la biografía, además de entreverar los escritos en su memoria, especulaba sobre como habría empezado a escribir aquella historia, la relacionaba con una época de la vida, si sabía que escribía por la mañana temprano lo imaginaba en pantuflas, si en la biografía se enteraba que Goethe salía a caminar cada mediodía se entretenía pensando en cuando habría escrito aquel pasaje de Fausto, si antes de salir o en el retorno, por la frescura este lo escribió al regresar. Hacer este tipo de ejercicios no solo conseguía divertirlo y sacarlo de la tensión cotidiana sino que también le proporcionaba elementos para su propia escritura, ya que antes de dormir, cada noche apuntaba los acontecimientos del día. En efecto, escribió dos páginas sobre aquel combate en una libreta forrada de cuero, lamentó la muerte de sus dos hombres, recordó la broma de Tania y se quedó dormido en la misma hamaca, se despertó más tarde tiritando de frío y se metió en su carpa.
¿Sería posible que todo fuese solo producto de su aspiración íntima, que no le acompañase ninguno de los dirigentes que lo habían entusiasmado para tomar el camino de la aventura en lugar de acompañarlos en el de la burocracia? ¿Serían todas sus certezas producto de una mente privilegiada que lograba ver con claridad las problemáticas y las soluciones aplicables, o solo eran ensoñaciones y alucinaciones de un loco que creía galopar por campos de nube en busca de su Dulcinea perdida tras un haz de luz, al doblar el horizonte? Más allá de la posibilidad de éxito de la empresa ¿tenía algún sentido o era únicamente mantener la llama de la antorcha encendida?
¡Que días aquellos en Portela jugándole carreras a Rober! el muy boludo siempre fue más rápido que yo en los deportes pero el límite de su aguante no era ni siquiera el comienzo de mi transpiración. La abuela con esas tortas nos deleitaba siempre, las caras de los Egui cuando les ofrecía un pedazo, debí haberlas fotografiado, eran la más viva representación del Nirvana, la vieja estanciera no solo cocinaba el mejor dulce jamás sacado de un horno sino que les ofrecía los cachos más sustanciosos. Después, que burros eran los primos para interpretar cualquier verso, no hablar ya de los franceses, un simple poema romántico, me encantaría saber de donde sacaban el ánimo para dedicarse a estudiar aquellas nimiedades, pero bueno cada loco con su tema. ¿Qué sería de Paco, de todos los gallegos, se habrían quedado en la isla? y Celia siempre escudera de mis andanzas estaría construyendo uno de sus palacios en el aire, ojalá pudiese pintarlos entre átomos, pero sobre todo me pregunto que sería de Chichi ¿ me tendrá entre sus pensamientos? todo envejece y todo se oxida menos el cariño, como dicen los jamaicanos, el amor es uno, siempre el mismo.
Bueno mejor me duermo que mañana tendremos que atravesar el poblado, caramba no se ha sumado ni uno, tengo que ver como los convenzo, pero ese es el dilema, hacer proselitismo requiere de engatusar sabiendo dorar la píldora y vender un papel de lija como terciopelo, en cambio decir la verdad en cada momento dignifica, la diferencia con mentir se siente en el instante en el pecho, es como si cupiese todo el cielo en él, pero a la vez es como si ahuyentase a los ilusos, pero ¿está mal una razonable cuota de ilusión cuando se persigue una quimera, una utopía, cuando la barriga ruge de hambre, el cuerpo cruje de calambres, todo es olor a barro, pólvora y gotas de sangre? En fin, mejor dormir para no aguantar más el peso de los párpados ni este ardor entre los dedos de los pies. El joven Werther debió sentirse más o menos así cuando le confesó por carta a su amigo Guillermo, la pena que embargó su alma cuando supo que al final, Charlotte se casó con Albert.
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