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28 mayo 2022 6 28 /05 /mayo /2022 15:03

Perón fue un militar latinoamericano formado en el fascismo de Mussolini, amigo cercano de cada dictador golpista y genocida de su época.

En estas fotos se muestra, como era habitual, con lo mejor de cada casa:  Trujillo, Somoza, Stroessner, Franco, Pinochet, López Rega, Debajo un artículo cuenta como lo pasaban Perón en la mansión dominicana del sanguinario dictador Trujillo, asesino de miles de haitianos, opositores, demócratas, con Batista recién escapado de Cuba. Esto tras ser el garante de los criminales de guerra alemanes recibidos con entusiasmo en suelo argentino, de modo similar, todo hay que decirlo, que en el resto de países del Cono Sur, con la honrosa excepción de Uruguay.

¿Qué hizo que el pueblo argentino se adscriba al peronismo más allá del siglo XX hasta el día de hoy?

Incluso siguen defendiendo a este fiel representante de los militares ultraderechistas latinoamericanos, ex militantes peronistas de izquierdas, décadas después de saber que había usado como un forro y luego traicionado a John William Cooke, a Héctor Cámpora, que más tarde destituyó a Ricardo Obregón Cano en Córdoba y a Oscar Bidegain en Buenos Aires, y que tras eso los echó de la Plaza de Mayo al grito de ¡Imberbes! Una v ez que ya no le servían, a partid de lo cual comenzó a perseguirlos y a eliminarlos de manera brutal, de la mano de López Rega y la Tripe A.

¿Qué tipo de locura esa esta, que hoy en 2022, quede la mitad de un país rindiéndole pleitesía a semejante espécimen, cuando de su propia época, en sus respectivos países, acaso queden tres o cuatro decenas de mussolinianos, hitlerianos, estalinistas, y ni un solo stroessneriano, batistiano ni somozista?

Pero además de la incomprendida pasión, por un fenómeno tan contrario a intereses de clase, lo idolatran desde un pretendido sector de izquierda, sin reparar que fue su mayor enemigo.

¿Será a merced de un poder superlativo u oculto de Perón, o de un déficit de la conciencia colectiva argentina en contraposición a su excelsa capacidad individual?

 

Perón, el enemigo de la democracia
Perón, el enemigo de la democracia
Perón, el enemigo de la democracia
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Published by martinguevara - en Argentina frizzante
26 marzo 2022 6 26 /03 /marzo /2022 13:22

Argentina y Cuba fueron dos proyectos de la Metrópoli que en cierto sentido mejor le salieron. No es que los demás países de América no ostenten particularidades que los coloquen en idéntica importancia que estas dos naciones, pero muchos guardan cierto justificado recelo con el centro colonizador, en cambio en estos dos ejemplos lo hispano tuvo una gran aceptación, porque más allá de los siglos de dominio colonial, recibieron gruesos contingentes de inmigrantes que cambiaban sus aires para progresar trabajando o bien por razones políticas y criaron sus hijos en las mismas escuelas que las de los trabajadores cubanos y argentinos, conformaron las nuevas conciencias proletarias de estos nuevos países, llevaron de España e Italia en el caso de Argentina, los cantos de lucha de las fábricas europeas, sus pasquines, no solo sus experiencias en los oficios, sino sus conocimientos sindicales, militancias de marcadas ideologías revolucionarias anarquistas, socialistas y comunistas. Sus contribuciones fueron importantes, pero la más importante de todas, es que se diluyó el recuerdo del español patrón, de repente pasó a ser un compañero de trabajo, un quiosquero, el que ponía café en el baro o cortaba fiambre en el almacén.

Cuba y Argentina estuvieron unidas por la pasión caribeña por el tango y por el cine de grandes escaleras, largas cortinas y teléfonos blancos.  Los cubanos se conocían de memoria cada película de los años de oro de aquel cine tan característico, y había numerosas peñas de tango en distintos barrios de La Habana. Otra característica que compartieron fue el alto nivel de vida de sus clases medias, la calidad de sus universidades, en las que sin embargo, quedaba excluidas las clases bajas trabajadoras, en Cuba la descendiente de africanos, y en Argentina de los pueblos originarios pre colombinos. Los payasos Gabi, Fofó y Miliki eran españoles emigrados a Cuba, el creador de la CMQ Goar Mestre, emigró tras la revolución cubana a Buenos Aires, donde fundó canal 13 en 1960, Fidel Guarapo Castro formaba parte de un grupo de apoyo al peronismo en Cuba, incluso en carácter de tal viaja a Bogotá al Congreso de estudiantes cuando lo sorprenden los hechos de abril de 1948, conocidos como el Bogotazo. Artistas iban y venían, se radicaban aquí o allá, eran dos patrias lejanas pero que tenían ciertos nexos intangibles. A uno le fascinaba el tango al otro el mambo.

Avanzado el siglo XX, el argentino Ernesto Guevara se integró de tal manera la lucha revolucionaria cubana, que adquirió su ciudadanía legal y espiritualmente, allí fue guerrillero, ministro, padre, esposo y amigo. Precisamente a partir de Ernesto empezaron a ir argentinos a la isla, ya no artistas, sino escritores como Cortázar, periodistas como Massetti, amigos suyos como Alberto Granados, arquitectas como Celia y Ana María Guevara y otros profesionales que simpatizaban o estaban comprometidos en mayor o menor grado con la misma causa que Cuba, para contribuir dada la inmensa diáspora de profesionales de clase media que había emigrado al norte una vez les confiscaron negocios, propiedades o efectivo.

La cosa es que argentinos y cubanos tenían ya lazos históricos cuando yo arribé a La Habana en mayo de 1973,

En el hotel donde viví los tres y medio primeros años, mi mejor amigo había nacido en Cuba pero hijo de Timossi, un argentino que había acompañado a Masetti en la tarea de fundar Prensa Latina, el órgano de prensa cubano, también Manuel Roca y hermanos, hijo del abogado Gustavo Roca y Betty Feijin, mis amigos Mariano y Patricio Duhalde y sus padres Eduardo y Lali, la esposa del sindicalista Ongaro. Jorge Masettti hijo, su hijito Jorgito y su mujer Mónica, estaban las hijas de Mario Roberto Santucho y una sobrina, Juan Pablo Vivanco de las Juventudes Guevaristas llegó tras el golpe asegurando que la toma del poder no sería inmediata, “la lucha sería prolongada”, estaba toda mi familia, abuelo, tíos y primos, incluso estaba Hamlet, que era un guerrillero dominicano de las tropas de Caamaño, hijo de argentinos. Mitad eran peronistas y mitad marxistas leninistas o trotskistas. Había un caso curioso, el del representante del Partido Comunista argentino, Juan Lanutti, cuyas hijas mellizas iban a mi misma aula en la primaria, mientras todos los argentinos de izquierda morían iban presos o se exiliaban, Juan con su familia regresaron a la Argentina por orden del Partido. La URSS había establecido fuertes nexos comerciales con el gobierno militar que se vieron rodeados de otros lazos menos decorosos.  A los del PC la dictadura no los tocaría. Sin embargo guardo muy buen recuerdo de Juan y de mis amigas Graciela y Liliana Lanutti. También el doctor Ricardo Yofre, tío de Vaca Narvaja,  que tantas veces atendió mis ataques de asma y a su esposa Perla, ambos padres de una desaparecida, y preso político, recuerdo también al médico Marqués y Rosita, él era pionero en acupuntura. Había unos argentinos exiliados, que hijos de una española que de niña se exilió en Altagracia y creció con mis tíos, que era como familia mía, Carmen González Aguilar, cuya hija Soledad fue secuestrada y sus hijos apropiados por los militares, y recuperados por un comando montonero del hospital donde estaban y luego llevados a la embajada de España, donde los recogió Pepe Aguilar, y más tarde fueron a Cuba, con otra de los tantos hijos de Carmen, Patricia Schjaer y su esposo el Piojo, que se hicieron cargo de la crianza de los nenes.

Eso sí, todos estos, excepto los Sachjaer Aguilar que eran como familia, eran unos argentinos que ni en pedo los habría conocido en mi barrio, en mi casa, en nuestras vacaciones en el campo o en la playa. No guardaban relación alguna con los amigos que yo extrañaba, estos hablaban de revolución, de muertos, de presos. Bueno, con Fernando y Manuel que era cordobés y tenía ese acento tan característico, no hablábamos de nada de eso. yo no hablaba de nada de eso, me negaba en rotundo, solo hablaba de un preso, mi viejo.

En la beca, escuela al campo, tenía un amigo Juan José sánchez, nacido en Bolivia, de madre argentina, tenía una hermana desaparecida en Argentina, la mamá era Matilde Artés, conocida como Sacha, tenía el pelo más largo que vi en mi vida. Sacha era pura energía, en 1978 decidió mudarse a España, para hacer activismo y buscar a su nieta que había sido apresada junto a la hija en Oruro, Bolivia, donde fue salvajemente torturada y luego trasladada a un campo de detención clandestino en Argentina, donde continuaron los tormoentos hasta la muerte, la niña fue entregada a una familia de represores. Con el tiempo Sacha encontró a su nieta Carla. A diferencia de la mayoría de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Matilde había sido precursora, ella misma, de la lucha de la hija.

Después cuando nos fuimos a Alamar, casi no vi ni un solo argentino, todos los exiliados eran chilenos y uruguayos, acaso algunos nicaragüenses y salvadoreños que iban a practicar tiro y artes de guerrilla, angolanos en la zona de estudiantes, y muchos rusos y europeos del este en la zona de “las casitas de los rusos”, un amigo italiano que terminó singándose a mi ex novia, pero previamente me regaló todo el rock que se escuchaba en los países prohibidos, era de Kiss Army y tenía infinidad de discos. No sé si hice buen cambio, rock por jeva. Pero era ex jeva, ojo esto había que aclararlo, era importante para la moral de barrio. Había una argentina muy amiga de mi madre, la Negra Ángela, mamá de Santiaguito, Petete que era hijo también de Deodoro Roca hermano de mi amigo Manuel, un revoltijo revolucionario. Ellos eran peronistas, ella montonera, una mujer de un alma divina, llena de vida y risa, mis primeros cigarrillos los fumé en su casa, H. Upmann, Montecristo, Partagás, eran cigarrillos muy fuertes, mucho más que los habituales Populares. En realidad el primer cigarrillo lo había fumado con Evelio en el hotel Habana Libre a los trece años, pero ese día vomité hasta el amanecer y no volví a probarlo hasta los de la Negra. Mamá era uña y carne con ella. La Negra fue apresada y conducida a un infierno de tormentos apenas regresó a Argentina en la tristemente célebre “Contraofensiva Popular” organizada por los Montoneros, en la cual solo me remito a los hechos conocidos no a la infinidad de versiones sobre confabulaciones que se tejieron alrededor al haber sido un fracaso de tales dimensiones, algunas llegaban a asegurar que era un acuerdo de Montoneros con Massera, cosa que dudo mucho porque después conocí a la cúpula de Montoneros y si bien ideológicamente eran puzzle, lo que se puede llamar un desastre, en materia de dignidad la mayoría de ellos parecía estar distante de poder fraguar aquella sugerida tamaña traición. Nunca más supe nada de la Negra, la verdad es que la familia Roca no la trataba con demasiado cariño, excepto mi amigo Manuel con quien mantenía una relación de profundo afecto mutuo.

En Alamar vi desaparecer los pocos argentinos que había, tras el golpe y la amistad de la URSS con la Junta Militar Argentina a raíz del comercio de trigo y cereales que rompía el bloqueo de ventas de estos productos que EEUU le había impuesto a la URSS, estos dieron la orden a Fidel de que podía albergar revolucionarios argentinos en Cuba, pero en ningún caso hablar ni publicar en medios criticas al gobierno argentino, que era el que más militantes de izquierda estaba matando , ni mucho menos permitir desarrollar en la isla actividades o investigaciones que desprestigiasen al gobierno fascista argentino. Así es que muchos se fueron a Europa, incluso mi tía, que desde Suiza podía movrse en defensa de los presos para proteger a mi padre. Por otro lado la oficina del Departamento de América del comandante Piñeyro se había alejado mucho del PRT, a la vez que se había acercado a los Montoneros, que por coincidencia, había depositado en la isla varios de los millones del rescate de los hermanos Born.

 Cuando nos mudamos a Miramar, de repente volví a ver muchos argentinos, un chorro, un montón, todos juntos de sopetón. Ya los conocía porque mi madre había empezado a colaborar con la oficina de Montoneros en La Habana que estaba en Miramar, se iba durante toda la semana, se quedaba a dormir en una casa a la entrada de Miramar, frente en un parque precioso que había poco después del puente de hierro. Los primeros que conocí fue la familia de Popi, Mariano, Paula, Lucía y Mariana, que era chiquitina y todavía guardaba algo del acento que había adquirido en el Líbano donde habían vivido un par de años, recuerdo que Popi decía que Mariana llegó a hablar tan bien aquella lengua, que en castellano decía “mamá boneme la bantalona”  en lugar de poneme el pantalón. Mi vieja se hizo intima amiga de Popi, que era un cúmulo de gracia, un desperdicio de histrionismo, cada cuento, cada historia era para reir, Popi era de ademanes finos, Mariano quien más tarde supe que se llamaba Miguel era más serio, químico, de una responsabilidad y seriedad no conocida en Cuba. Una vez yo había quedado para ir a hacer una guardia enla oficina de ellos, porque a todo esto mi madre quería integrarme de a poco a ese grupo, resulta que como aplatanado cubanizado lo dejé “embarcado” entonces más tarde que la hora acordada llamé desde una cabina para decir que no podía ir inventándome cualquier excusa, entonces Miguel, que por entonces era Mariano, me reprendió seriamente, al principio me enfadé mucho por la bronca que me echó, pero eso me acercó mucho más a esa familia, hacía diez años que no tenía padre, había crecido sin una figura masculina que me pusiese las riendas, yo hacía literalmente lo que me daba la gana, había dejado la escuela, bebía como un cosaco, evitaba todo lo que pudiese parecerse a una brizna de responsabilidad. Y Mariano me puso los puntos, fue algo maravilloso, nunca se lo dije pero me hizo muy bien, porque su regaño fue entre paternal y jerárquico militar. En cierta forma me recordó a mi padre que era recto y firme en las cosas que decía, cosa que en Cuba había desaparecido, nadie era serio, firme o recto, todo era mentira, desde los potrillos desbocados como yo, a quienes usaban traje militar, comandantes que por la noche eran unos borrachos, singadores de titis, vaciladores de prebendas, todo era doble moral hasta que aparecieron los Giraudo Peire.

Al poco tiempo de eso, la organización en el exterior le dijo a mi madre que era mucho mejor que viviese cerca para no tener que ausentarse en la semana y nos mudamos a 1ª y 16 en Miramar, unos departamentos que hoy son hotel de cuatro estrellas, muy cómodos, que gestionaba Tropas Especiales. Tenía diecisiete o dieciocho años, no tenía ninguna intención de sumarme a ningún proyecto revolucionario de nadie en ninguna parte del orbe, pero me gustaban los nuevos amigos de mi madre. Entre ellos había una señora que acababa de llegar a Cuba, madre de Leonardo Bettanin, un montonero del sindicato de actores, ex diputado nacional que había jurado por Evita y los compañeros, y cuando vio que el gobierno de Perón se desviaba de la lucha de ellos, dejó el puesto, fue asesinado en 1977 en la provincia de Rosario, junto a dos compañeros, su hermana Cristina que también estaba en la casa se suicidó con una pastilla de cianuro, su madre, su esposa y sus hijas fueron secuestradas por los militares, las nenas enviadas a una comisaría, y las dos mujeres salvajemente torturadas. Juani, contaba las torturas con chistes, era extremadamente cómica, llena de vida, era un amor de mujer, sentada en la cocina de mi casa contando historias del cine argentino, de los actores, ella había vivido todos los horrores imaginables pero siempre estaba dispuesta a hacer reír aunque su alma estuviese ahogada en una pena gélida imposible de sanar. Sus nietas estaban con ella en Cuba, eran, me permito una hipérbole en el epíteto, divinas, dos cositas chiquitas llenas de brillo, siempre sonrientes. No entiendo como se le puede hacer tanto daño a una familia y que sigan siendo tan buenos. A Juani la soltó el propio General Galtieri con un vaso de whisky en la mano, recomendándole no meterse en más problemas.

De los jefes Montoneros, vi un par de veces a Yager, El Roque, antes de que regresase a Argentina y muriese en un combate con las fuerzas militares, impresionaba su porte. En la oficina de 1ª y 14, conocí a Roberto Perdía, el Pelado, quien había lanzado en 1978 aquella Contraofensiva Popular en que se licuó la Negra y tantos militantes montoneros. Perdía era un hombre tranquilo, tenía una charla pausada pero algo esquivo, no provenía de peronismo pero desde 1970 era uno de los jefes montoneros, al igual que Mario Eduardo Firmenich, a quien le decían el Pepe, y que nunca me causó buena impresión. Un año nuevo, en el jardín de la oficina de La Habana, como no había cohetes como es tradición en Argentina, se puso a disparar al aire, había algo en ese acto que me provocaba un profundo rechazo, más allá del arma en sí. Yo quería vivir entre montoneros sin recordar en ningún momento que tenían nada que ver con ningún acto violento.  A la oficina iban Lito experto en aquella incipiente computación, su esposa, y sus hijos con quienes aprendí a manejar, iba el Chacho y la Chacha, y por último dejé al más digno de aquellos jefes, a quienes llegué a sentir como familia, Fernando Vaca Narvaja, el Vasco, y su esposa la Gringa, con sus nenes Gustavito y Susu, más tarde tuvieron otro bebé.

El Vasco tenía todas las virtudes, era un tipo firme, valiente en la lucha, un hombre serio pero muy afectuoso, lo que se dice “buena gente”, la Gringa era muy risueña, se reía con un particular sonido de ronquido más que de carcajada, su madre era una irlandesa que no hablaba ni papa de castellano, le daba bien a la cerveza como buena irlandesa y siempre que iba a su casa y estaba de visita, la encontraba sonriente, años más tarde me hice asiduo a visitar Irlanda, encontré que la mayoría de la gente es así, igual a la mamá de la Gringa. Fueron muy solidarios con todos los que lo necesitaban, no hablo de política sino de la vida cotidiana, con mi vieja y con todos. Años más tarde de aquello regresé a Cuba, y cuando no tenía donde vivir, el Vasco y la Gringa me dieron las llaves de la oficina, me pusieron un colchón en un cuarto enorme, y me dijeron esta es tu casa. El primer lugar a donde llevé de visita a mi primer hijo, Alejandro, cuando era un bebé de poco más de un mes, fue a casa de ellos. Susu había sido mordida en la cara por un pastor alemán cuando era aun más pequeña, el vasco le disparó un tiro a su animal, de la misma manera que era un tipo gentil y muy amable, sí me lo podía imaginar disparando un arma contra cualquiera o cualquier cosa. Un día se le cruzó un automóvil en La Habana y antes de que arme una de las clásicas discusiones de tráfico, salió del coche con la pistola en la mano y el guapo de turno desapareció chirriando ruedas.

El Vasco regresó a Argentina y se fue a vivir a Floresta, se puso una gomería, y se quedó ahí llevando una vida sencilla, afrontando lo que fuese que le tuviese preparado el destino, mientras otros vivían aun de las regalías del secuestro de Bunge y Born, en Barcelona o en donde fuese.

En Miramar había una guardería de hijos de militantes montoneros desaparecidos, muertos en combate o presos. De ahí recuerdo a Susana Croatto y Estela, eran inseparables, tenían toda la ternura del mundo para aquellos niños, su hija Virgina y su hermanito, y un montón de pibes que iban y venían de Argentina a Cuba de ahí a Europa. Juan Carlos Volnovich era el sicólogo que hizo un trabajo profundo para abordar los traumas de aquellas criaturas. Hace poco consulté a Volnovich sobre la comunidad judía en Cuba, porque yo sabía que él sabía como conseguir comida kosher en aquel páramo de la abundancia alimenticia. La esposa de Volnovich, Silvia Werthein tenía familia también que eran primos de Yamila, hija de Juan Carlos, y otros que también estaban emparentados con ellos, que habían vivido en Santiago de Cuba y llevaban poco tiempo en La Habana, los Orlandini, de los cuales Diana era mi amiga. Un día en Buenos Aires en la calle Canning fui a visitar a los abuelos de Diana, unos viejos divinos que las veces que los visité me colmaban de dulces típicos judíos, hechos por sus manos.

Por aquellos años los Montoneros tenían una estrecha amistad con Yasser Arafat, que en ese entonces nadie lo consideraba terrorista, sino un luchador palestino dirigente de la OLP. En la oficina había un cuchillo de tipo kriss, con una hoja ancha ondulada donde figuraba una inscripción que hacía referencia a la amistad entre las dos organizaciones, pero con un error tipográfico en el nombre de Arafat que provocó que no pudiesen regalárselo como era su finalidad. Aquel cuchillo me encantaba, por la forma y el significado, puede que se haya ido con los peces y las sirenas del Caribe, en una entrada de mar violenta que se llevó casi toda la edificación de aquella casona, acaso con algún otro objeto testigo la historia de los años setenta.

Recuerdo un chico sin padres, no sé si estaban desaparecidos o muertos en combate, que vivía en México y en vacaciones junto a los de Abal Medina, iba a Cuba con los niños de la guardería, los mayores estaban preocupados por él porque le gustaba mucho el rock, de él grabé sus discos de Pappo's Blues, y los Rolling Stones, le había ido no demasiado bien en el grado escolar que estaba cursando, y le echaban la culpa al rock, ni tomaba alcohol ni mucho menos drogas, solo le gustaba el rock'n'roll. En aquellos años la izquierda escuchaba folclore casi como militancia, acaso algo de tango, nunca Edmundo Rivero, y quizás música clásica, pero al rock, de manera idéntica a la ultraderecha les parecía algo demoníaco, que pervertía la pureza revolucionaria o las raíces nacionales. Ni que hablar de lo que pensaban de fumar marihuana y ya ni mencionar de sus criterios acerca de gays y lesbianas. Me gusta recordar esto, cada vez que veo que hoy la izquierda, sin haber hecho ninguna autocritica, mea culpa o vía crucis, se apropia de las reivindicaciones de esas sensibilidades sociales otrora tan estigmatizadas, sin mediar el más minimo pudor.

Más allá de la historia de violencia que no me toca a mi analizar ni juzgar, aunque sí cuestionar, los militantes montoneros que conocí, con raras excepciones, eran personas llenas de humanidad. Entre sus jefes, Yager era distante y frío, Perdía demasiado cercano, a Firmenich no lo puedo calificar, y el Vasco era una persona íntegra. Por allí pasaron también el doctor Obregón Cano y Bidegáin, históricos del peronismo, que con motivo de Malvinas regresaron a Argentina.

Mi madre era de extracción muy humilde, mi abuela era un inmigrante de una aldea de Burgos, España, y mi abuelo un uruguayo soldador de cascos de barco, hijo de inmigrantes de las Canarias. Ningunos de mis abuelos fueron peronistas, pero vivieron la época del peronismo y probablemente se beneficiaron de las mieles que derramó para las clases más humildes. En su juventud mi madre militó con el Partido Socialista, después se casó con mi padre, marxista leninista pero sin militancia, hasta que en los setenta decidieron que la familia nos fuésemos a Cuba así mi padre regresaba a militar en el PRT sin la preocupación de los peligros familiares. En aquel exilio mi madre quedó demasiado atrapada en la familia Guevara, mientras mi viejo había empezando una nueva relación con una militante, que a la sazón era una superior a él. Creo que la amistad con la Negra Angela, le abrió a mi madre el camino al peronismo, al que si bien nunca había pertenecido, no le guardaba ningún rencor, más bien desde pequeña habría conocido sus beneficios y además le guardaba afecto, como muchos argentinos, a la figura de Eva Duarte de Perón, siendo que el apellido de mi madre también era Duarte, aunque no era pariente de Evita. Y luego la conexión con los montoneros le devolvió un pedazo de Argentina, mi madre nació en San Telmo, era profundamente porteña y así de melancólica, y además la liberó de cierta asfixia que sentía por la omnipresencia Guevara en la isla. Mamá continuaba enamorada de mi padre, profundamente subyugada por los Guevara pero ya también algo agobiada, y la nueva perspectiva montonera le daba cierta libertad, y se reivindicaba a si misma como autónoma de la familia. En aquellos años había un corte muy abrupto entre el PRT y los Montoneros, incluso en las cárceles en Argentina se veía reflejado, los marxistas del Partido Comunista eran los mejor tratados por la dictadura, porque Videla se había hecho cercano a la Unión Soviética, los Montoneros compartían con algunos carceleros algo tan profundo e inexplicable como ser, no importa si de derecha o de izquierda, peronista. Y los del PRT-ERP eran considerados la peor plaga, terroristas y encima marxistas leninistas. Todo eso se trasladaba al resto del mundo, mi abuelo Ernesto desconfiaba un poco de los Montoneros, pero no por marxista, sino por haber sido anti peronista en los años de Perón, quien hay que admitir, que en el plano teórico, guardaba una cercanía de formación con las ideas del fascismo y el falangismo europeos. Pero el abuelo con el tiempo se hizo muy cercano al Vasco y la Gringa, dicutían de política en términos amables.

Cuando regresamos a Buenos Aires el 17 de diciembre de 1983, a una semana de que asumiese Raúl Alfonsín, me reencontré con millones de viejos y nuevos argentinos, a los cuales he ido perdiendo y recuperando tanto dentro como fuera de mi, a lo largo de esta vida. Lo mismo que me pasó a mi respecto de mi país les ocurrió a millones de cubanos respecto de su tierra.

Al final de todo esto, espero que todo este ateísmo tan arraigado como amargado sea pura bazofia, y en verdad exista un cielo argentino y uno cubano, que intercambien visitas, pero de los que nunca, ni ángeles palurdos ni endemoniados, nos veamos obligados a emigrar.

 

 

 

 

Tango y mambo
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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax
24 marzo 2022 4 24 /03 /marzo /2022 18:45

Estaba reconociendo mi país tras diez años de exilio, caminando por las calles de San Telmo, una tarde de los últimos días de diciembre de 1983, había acabado de regresar con mi madre y hermanos, mi padre había permanecido en Argentina todos esos años, la mayoría preso, y llevaba unos meses en libertad. Iba tras una conga que se había armado en una batucada de brasileños en la plaza Dorrego, en Cuba había juntado el valor suficiente para largarme a mover el esqueleto con cierta gracia ajena al Río de La Plata con la condición de que fuse alejado de cualquier cubano, diez años no me dieron tiempo a atreverme a desafiar el ridículo de bailar rumba delante de una mulata soleada, pero fuera de allí yo parecía un trompo. Iba de un lado a otro de la conga soltando pasillos improvisados algunos, practicados otros. Una muchacha local empezó a bailar conmigo, a modo de murga uruguaya, y ahí estábamos, cada uno dandolo todo, lo mejor de nuestra sapiencia rítmica para dar lustre a aquel sol que caía sobre uno de los barrios más porteños.

Mi abuela Elena y mi abuelo Miguel vivían allí cuando nació mi madre, entre tangos y bifes de costilla. Mi padre había alquilado un departamento con su nueva compañera, en Balcarce y Garay, al lado del Pillín de San Telmo, donde pizzas, empanadas graseosas, y chupadas de poronga se sucedían cada noche en que unos viejos tangueros se reunían a jugar al truco, cantar tangos, beber vino de damajuana, y recibir a la uruguaya en el hediondo baño del fondo, por unos pocos pesos. El viejo había salido de la prisión donde había estado encerrado ocho años y medio hacía pocos meses, y no confiaba demasiado en el cambio de gobierno, decía que los represores estaban frescos, recién habían abandonado el humo, se preocupaba si me quedaba hasta tarde dando vueltas por ahí.

Me despedí de la chica de la murga, y se me acercó una pareja que me doblaban en edad,  ella se llamaba Gladys y él Juan, se conocían desde adolescentes, él había emigrado a Nueva York como traductor, nos fuimos a tomar unas cervezas, despues fuimos a casa de ella en Paseo Colón, fumamos unos porros y nos fuimos a la cama, pasamos la tarde haciendo el amor, y me quedé dormido en su cama. Cuando me desperté eran las once de la noche, tomé un café, charlamos un poco más, supe que había sido abogada de presos políticos y en ese entonces lo era de la incipiente CHA (comunidad de homosexuales argentinos), me contó que se quedó en Argentina y vivió el miedo todos aquellos años, como abogada en temas matrimoniales, de herencias, sucesiones, y en 1982 se sumó al proyecto de la CHA, años dificiles, ya que como en todo el mundo la izquierda los trataba igual de mal que la derecha, como a los hippies o fumadores de hierba, Gladys Croxatto, como mi viejo, tampoco confiaba demasiado en el rol de la cana en la incipiente democracia. Nos emplazamos para volver a vernos y me fui apresurado a lo de mi viejo, sabía que estaría nervioso, al salir a la calle no vi un alma, apreté el paso a la luz de la luna, saqué un cigarrillo Parisienne negro, de tabaco caporal, pero de inmediato me percaté de que había olvidado la caja de fósforos en lo de la pareja de baile y bailongo, vi una silueta a unos metros delante de mi caminando en la misma dirección y me apresuré para alcanzarlo con el fin de pedirle fuego, cuando estaba cerca, pegó un salto hacia adelante, un pequeño alarido y giró la cabeza que sostenían dos ojos redondos como platos, lo cual hizo que a mi vez yo me asustase también, le dije:

-Solo quiero fuego para encender mi cigarrillo.

-No, no, no tengo- me dijo y aligeró más aún el paso.

Varias veces me ocurrió lo mismo a lo largo de todo Buenos Aires, yo no estaba acostumbrado a esa respuesta de miedo tan marcado, que en Cuba solo podría tenerla alguien que hubiese atravesado una situación traumática. Entonces no tuve otro remedio que asociar esos respingos de los transeúntes, a cualquier hora del día, con los años de desaparición de las personas en aquellos coches Ford Falcon, que acababan de pasar.

Me reencontré con mis dos mejores amigos de la primaria, Silvina y Juan Martín. Lo de Silvina fue todo gracias a ella, a su chispa, a esa energía que le sale por los poros. A los pocos días de que soltaron a mi padre de la cárcel, él iba en un vagón del subte y percibió que una jovencita lo miraba, él se tenía por pintón pero era demasiado joven la chica e intensa la mirada, tampoco tenía pinta de ser de los servicios, de repente ella se acercó y le dijó: Soy Silvina, hija de Héctor y Delia ¿sos vos? se dieron un abrazo y cambiaron datos de contacto. Gracias a que Silvina no estaba permeada por aquel miedo, nos volvimos a ver. Sus padres tenían tres hijos, ella de mi edad, Daniel de la edad de mi hermano, y Hernán de mi hermana. íbamos todos a la misma escuela, íbamos de vacaciones juntos en campings, festejábamos los cumpleaños juntos. Héctor, que no tenía nada que ver politicamente con nosotros, sin embargo, un día que mi viejo estaba huyendo, se atrevió a darle albergue por una noche. Ese acto lo guardo en el pecho. Eran la excepción. A Juan Martín lo encontré por la guía, mi inseparable amigo de la infancia. Fuimos a un bar de san Telmo, también con mi hermano, a tomar una cerveza y cuando estábamos charlando aparecieron cuatro policías vestidos de civil, nos hicieron levantar, separarnos, enseñar la cédula de identidad, estaban agresivos, hostiles, yo temía por mi hermano menor, pero al final nos dejaron advirtiendonos que no se habían ido. Ahí mismo terminamos la charla, fuimos a casa y Juan Martín tomó un taxi, y como si aquello hubiese sido definitorio, pasó mucho tiempo hasta que volvi a ver a mi amigo.

Las hermanas españolas de mi abuela y sus hijos y nietos, se empecinaban en decir que nadie sabía lo que estaba pasando, que algo debían haber hecho aquellos a quienes se los llevaron. Algo no me cerraba del todo, los primos de mi madre, a partir de 1976 les impidieron a sus padres, que escribiesen a mi abuela que vivía con nosotros en Cuba, mi madre me había comentado que era para cuidarse por el alto riesgo que ello significaba, entonces ¿cómo que no sabían nada? ¿a qué venían esos sobresaltos cada vez que abordaba a alguien que iba caminando solo, a veces sin siquiera hablarles, unicamente con pasarles por al lado y no siempre de noche?

A las pocas semanas se juntaron para hacer un equipo de trabajo de plomería, arreglo de calefacción, tuberías, refacciones varias, cinco personas, cuatro eran ex presos políticos, Ángel, un muchacho que había caído muy joven proveniente de las Juventudes Guevaristas del PRT, el Bibi, Héctor Camps de Padrós, cuadro sindicalista peronista, Pedro Igón, del PRT, que cayó junto a su esposa Zulema en Paraguay donde estaban exiliados, cuando Gorriarán Merlo liquidó a Somoza en un atentado, les dieron de lo lindo y los mandaron a Argentina, salvaron la vida porque no guardaban relación con el atentado, mi viejo que cayó a final de 1974 y era del PRT, y por último yo, que no era de nada, y solo había pasado algunas veces unas horas detenido en calabozos transitorios, por curda o algún que otro altercado en la isla. Aquellos fueron cuatro meses sobre los que me debo un libro, solo no he acometido tal empresa por lo poco probable de que por más habilidad que consiga aplicar llegue a plasmar con gracia y fidelidad, los disparates, desmanes, aventuras y desventuras que protagonizamos cada día, sin proponérnoslo en aquel Buenos Aires, donde ya de por sí el orden de todas las cosas estaba revertido, no subvertido, sino hiperbolizado, atomizado, fragmentado como en un cuadro cubista, de manera tal que nada perdía su esencia, ni la desintegraba, solo la multiplicaba, exploraba cada una de sus propias aristas, una Buenos Aires de destape, descorche, desatornille, y desdoblamiento donde estos locos agregaban un rayo más para el brillo del absurdo en que se convirtieron todas esas liberaciones de ideas, de emociones, de proyectos, de sentimientos, de deseos, de vida.

Al cabo de cada día teníamos una nueva anécdota desternillante, yo llevaba sin ver a mi viejo diez años, en los que durante ocho años cada noche me iba a la cama con el temor de que lo liquidasen, el silencio de aquellas noches cálidas trajo un sin número de sueños de cementerio, y en solo unos pocos días de compartir aquel trabajo en que ninguno, excepto Pedro y Bibi, teníamos ni idea de lo que debíamos hacer cuando nos llamaban para arreglar un desperfecto, las risas producto de los disparates  que hacíamos, nos unieron como si yo no hubiese crecido de los diez a los veinte años el doble de mi tamaño, y como si sus largos meses de celdas de castigo se diluyesen en ese acto de cagarnos de risa sobre una anécdota que acabábamos de construir en tiempo compartido.

Una de las pocas veces que la expedición no fue nada cómica, fue cuando nos llamaron de la casa de las Madres de Plaza de Mayo, en Avenida de Mayo frente a la plaza del Congreso, para que les pusiésemos una reja en una ventana que daba a una especie de patio interior. La reja teníamos que hacerla y colocarla, la sede era un departamento normal, en aquellos momentos habían intentado entrarles o les habían entrado, no recuerdo bien, el asunto es que pasamos unos días compartiendo con las madres que entraban a la sede y las que estaban permanentes trabajando, y aunque me había criado en un país donde esa información no escaseaba, el hecho de tenerla de primera mano, sus anécdotas, el verlas en su quehacer cotidiano me produjo una sensación de respeto y afecto que sin embargo me hicieron sentirlas distantes, un respeto distinto a todos los demás que había experimentado hasta entonces, las sentía unidas solo a ellas mismas, como si entre ellas y todo lo demás hubiese una barrera tan invisible como insalvable, la ausencia de sus hijos y la convicción de que hasta que no apareciesen, no volverían a ser algo distinto de Madres de Plaza de Mayo. Fue la única salida en que hicimos todo bien, esa y la vez que nos llamó Carmen Agiuilar y Roberto Sachjaer a mi viejo y a mi para arreglarles el depósito del inodoro, creo que más que nada Carmen debía querer ayudar como podía a mi padre que era como un hermano menor.

Hoy es 24 de marzo  y se conmemora un nuevo aniversario del golpe de estado de la Junta Militar que desató un período de auténtico terror, que dejó a gente incluso apolítica, dando respingos en medio de la calle al serles requerido algo tan pedestre como fuego para fumar, que dejó a muchas familias como la de mi abuela materna avergonzadas dando explicaciones de por que se aterrorizaron, a la vez que decían no saber nada de lo que había ocurrido, que produjo la unión de las madres de desaparecidos y abuelas de niños apropiados convertidas hoy en día en una institución histórica, en una marca de los tiempos, en la única hoja que se pudo recuperar de ese diario cortado abruptamente, manchado de sangre en lo más álgido de la vida.

Hoy cientos de miles sino millones se suman a los significados y significantes de recuperar la memoria, de exigir la verdad, el juicio y el castigo, pero lo cierto es que en aquella Argentina, que festejó el Mundial de 1978 mientras estaban torturando salvajemente a esos desaparecidos que luego tiraron al río, la Argentina de la plata dulce del “deme dos” de 1980, la Argentina de Viva Galtieri cuando la ocupación de Las Malvinas, todos aseguraban no saber nada, ese país asustado y sonrojado encontré despertando de la pesadilla y del pudor cuando volví, con unos pocos miles de simpatizantes del Partido Intransigente que reivindicaban la justicia, un Alfonsín y un Moreno Ocampo que se atrevieron, aun con las picanas y las pistolas humeantes, a juzgar a las Juntas Militares, sin demasiado entusiasmo y apoyo popular. Sólo acompañados de la efervescencia de la muchachada del rock, la batucada de San Telmo y las tardes de Barrancas de Belgrano. Confío en que esta conciencia tardía, nacida de modo genuino en las nuevas generaciones, no sea una moda acomodaticia, y signifique una barricada perpetua del Nunca Más contra la siempre presente tentación del poder de cualquier signo, al autoritarismo, a la dictadura, a decidir a quien pertenece la vida.

Nunca Más
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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Opinion crítica.
4 febrero 2022 5 04 /02 /febrero /2022 15:35

La Argentina donde nací y viví mis primeros años, era uno de los mejores países del mundo para vivir, con la rémora de reiterados golpes de estado y el peronismo proscrito, pero un país plenamente vivible.

Pero el tiempo fue pasando.

Recuerdo cuando Duhalde era gobernador de la provincia de Buenos Aires, desapareció la marihuana de toda la costa aquel verano, lo cual era un problema porque era sumado al alcohol, la hierbita de la risa era el consumo más usado con fines recreativos. A la par proliferó la distribución de cocaína al irrisorio precio de "dumping" de cinco dólares el gramo. Al terminar la temporada de verano la cantidad de adictos a la cocaína multiplicaba por cuatro a la previa al verano y por supuesto su precio experimentó un sensible incremento, pasando a los diez dólares al principio para luego instalarse en los estandarizados veinte dólares por papel. Y este era solo el puntapié inicial de este narco emprendimiento.

La sociedad porteña se "mercanizó" en muy poco tiempo. Los agentes rasos de policía perseguían a los pequeños traficantes o consumidores habituales o casuales para apropiarse del oro blanco, y los comisarios controlaban a los peces más gordos, aún ni cerca de la planta de los pies de los jefes narcos colombianos o mejicanos, pero en ese camino y en franco desarrollo.

Las clases medias, artistas, periodistas, políticos, empezaron a darle a la nariz sin parar, igual hacían las clases bajas con mercancía de peor calidad, en cualquier toilette se podía escuchar una profunda aspiración, una inspiración caudalosa; en cualquier bar nocturno los retretes eran mercados, había que pedir permiso educadamente a los mercaderes y sus clientes "duros" para echar una meadita en un escusado.

Había distintos grados de comercio para diferentes niveles de temeridad, desde acudir a la villa a comprarla lo más barata posible, recuerdo al "Turco", el primer caso de SIDA heterosexual registrado en Argentina, que llegó a dejar en garantía a su hijo menor. Miqui, por una bolsa de cinco gramos en la villa del Bajo Flores, pasando por puestitos fijos por toda la ciudad, hasta el taxi dealer que la llevaba a donde el comprador precisase, con el consiguiente dispendio.

Los robos para pagarse dosis que aminorasen la "manija" tras agotarse el contenido de los atesorados “pelpas”, se hicieron cada vez más comunes. Varios nuevos tipos de delincuentes empezaron a poblar las cárceles y frecuentar los calabozos de las comisarías o zanjas aledañas: punteritos, vendedores, arrebatadores, ladrones de escruche, chorros al voleo, peligrosos asaltantes con arma de fuego totalmente drogados. Se puso de moda el asesinato de taxistas una vez que ya había entregado lo recaudado, y empezaron las pequeñas guerras entre pequeños capos villeros por el dominio de tan lucrativo negocio, que ya compraba comisarios, jueces, políticos y empresarios.

Grupo de rock que se preciase debía tener un rosario de temas dedicados a la "frula", Olmedo, Maradona y Caniggia lo interpretaban para el gran público como una gracia y así fue tomando un cariz inocuo, de juego divertidísimo con una veta temeraria.

En la época de mayor crisis económica argentina la muerte se impuso en los barrios más pobres, en forma de "PACO", una temible mezcla de residuos de la cocina de cocaína con toda suerte de venenos de ratas, productos químicos altamente abrasivos y a la corta, de efecto mortal. Acaso el peor y más perturbador fenómeno de los que la droga dejó en el país desde su establecimiento en aquel fatídico verano.

Hoy no hay estamento de la sociedad que no esté permeado, contaminado, intoxicado y minado por el poder económico que reporta este flagelo. Tampoco hay barrio, ámbito de toda clase social, que no esté seriamente herido por la colonización de la impoluta Diosa Blanca.

Recuerdo los adoquines de San Telmo escondiendo con celo el brillo de los papelitos usados, confundiendo la búsqueda desesperada y minuciosa, con pestañas abre latas de gaseosas, o el papel plateado de las cajas de cigarrillos arrugadas, arrimadas al contén de la vereda, avergonzadas por confundir a los merqueados que subían hasta Defensa desde el bajo, auditando cada hendija entre adoquín y adoquín, observados por el gato cabezón centinela del Bar Sur, en la esquina de Balcarce y EEUU, donde Pichuco, ilustre pionero de la cocaína en Argentina, tiempo atrás había dejado sus mejores improvisaciones al bandoneón.

Es triste admitir, que los recientes 23 muertos por cocaína adulterada, no son más que victimas prematuras de un veneno que, a la larga, sí o sí, los iba a terminar matando junto a sus decenas de miles de avatares, ya sea de sobredosis, de SIDA, de un balazo, de una puñalada en la cárcel.

O exterminados por la miseria material y moral que ese simple polvito, envuelto en sobrecitos de papel glasé o en bolsitas de plástico, aparecido como un hada con su varita mágica que todo lo convierte en brillo, deja una vez arrasados, quemados enterrados, todos los colores del día.

Anjana del bosque. Hada de la muerte

Anjana del bosque. Hada de la muerte

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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Opinion crítica.
18 agosto 2021 3 18 /08 /agosto /2021 12:03

Apareció como un rayo de agua

empapando nuestras vidas de luz y calor

pasó el primer día en una incubadora, el pichón.

Su mamá, con la calma de que es acreedora,

Lo esperó en la soledad íntegra de senos henchidos

Cuando nos lo dieron tardó en prenderse a la teta

Pero allí permaneció tres años sin dimitir.

Los mismos ojos almendrados que mientras su boca mamaba.

miraban desafiantes al mundo, con su ceja levantada

hoy miran de frente, con la misma intensidad,

con la misma tranquilidad, idéntica seguridad

y marcan la distancia que existe entre lo cotidiano

y lo extraordinario convertido en un hábito .

A veces cuando lo observo comiendo,

o hablándome de sus pensamientos políticos, filosóficos o científicos

mientras me los hilvana o devana con pasión ,

me percato de lo que lo hemos querido bien,

con un amor tan fuerte que puede dañar, paralizar, doler

pero supimos poner la valla de prohibido pasar

con la seguridad de que todo ese cariño

está ahí, en una caja con su nombre

para cuando lo necesite, al costado de su libertad.

Su mirada es escudriñadora, inquisitorial, curiosa,

o de superioridad a veces,

Como cuando con dos años me reprendía desde su asiento trasero del coche rojo que aún lleva el alma de aquel bebé en su interior

“papá ¿por qué te enojas? no solucionas nada"

sin embargo tras sus pupilas, anida el temor al futuro

¿cómo será el mañana de quién todo lo cotidiano se le presenta como una montaña a la que desdeña, y lo extraordinario como un pañuelo de seda al que atesora?

Va tranquilo, seguro, sin bastón.

Y yo, sigo sintiendo ese afecto tan profundo, que arde empapado.

Como por un rayo de agua.

Un rayo de agua
Un rayo de agua
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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax
24 marzo 2021 3 24 /03 /marzo /2021 21:18

Llegó el 24 de Marzo de 1976. ERP y Montoneros creían que la toma del poder era cercana. Empezó una masacre sin parangón en Argentina, los que podían, o querían escapar, llegaban por contingentes a Cuba, México, Brasil, Paris, Madrid, y decían: "la lucha será prolongada".

La mayoría del pueblo estaba con los milicos.

Yo solo pensaba en mi padre, en aquella celda, en aquella sangre, en aquel terror. Mi viejo, como su hermano mayor, son los únicos que pagaron con cara la llave de nuestra guarida. Nosotros dormíamos sobre la incertidumbre, ellos sentían la mordida de la rata.

A los dos años tuvo lugar el Campeonato Mundial de Fútbol, la gente gritaba ¡gol! mientras sacaban un ojo de su orbita o le metían un escorpión en la vagina a una joven militante en un torturadero clandestino.

La gente gritó ¡gol! hasta el hastío, mientras más gritaban los torturados más alto se gritaba el gol. Argentina ganó y todos fueron a festejar, ya no gritaban gol, gritaban Argentina Campeón. Y si veían a un botón o a un militar lo abrazaban y gritaban más alto ¡Viva el dolor!

La lucha será prolongada decía JP Vivanco de juventud Guevarista cuando llegó a LH, los Montoneros decían que había que rearmarse. Y así al año siguiente mandaron la "Contraofensiva Popular" a la máquina de hacer carne picada. La Negra Cordero, llena de vida, de amor, de risas, de fuerza, fue perdiendo cada milímetro de sus tendones en esa máquina. Todos murieron, menos quienes los mandaron. Todos sufrieron horrores menos quienes los usaron.

La lucha será prolongada decía el ERP. Lo que quedaba del ERP, que era casi nada. El Partido Comunista seguía órdenes de la URSS y de Fidel, todo el cono sur estaba sometido a horrendas dictaduras menos Argentina, que tenía un gobierno cívico-militar, que rompió el bloqueo de granos que había impuesto EEUU a la URSS, y eso los convertía en acreedores de medallas de honor del Ejército Rojo, que Videla intercambiaba por medallas de honor José de San Martín.

Fidel en Cuba se cuidó mucho de jamás condenar a la dictadura argentina. En los discursos decía el fascismo de Chile, Uruguay, Bolivia Paraguay y “otros”. Así fue que Cuba neutralizó la denuncia de Carter sobre la violación de los derechos humanos en Argentina, Cuba apoyó a Videla, y Videla hizo que la OEA no condenase a Cuba. Todo en casa. Todo por un puñado de rublos.

No había dictadura en Argentina pero era el país con más torturados y asesinados del Cono Sur de América Latina. No hubo Contraofensiva ni lucha prolongada. Se siguió oyendo el arrastrar de las ojotas fuera de la cancha de River: éramos campeones del Mundo de Fútbol y la gente gritaba ¡gol!.

Dolor y gol
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Published by martinguevara - en Argentina frizzante
19 enero 2021 2 19 /01 /enero /2021 01:44

Se suele tener un concepto sobre los argentinos muy mezquino. El concepto, no los argentinos. Pero la verdad, es que sin esperar nada a cambio, son los que más me han mostrado una solidaridad y calidad humana sin parangón, en medio del camino. Más que cubanos, que galeses, que italianos, que españoles, suecos y tunecinos. Aunque en todo el mundo he tenido siempre la suerte de encontrar a gente mejor que yo.

Una vez en Brasil, un cocinero de un hotelito, Angelo, nos brindó comida y caipirinhas a voluntad a Joao Bautista Pintos, mi parceiro de "estrada" y a mi, y nos dijo que si nos quedábamos allí fuésemos al día siguiente y al otro.

En Henderson, caminando por el campo, yendo a lo de un tal Jaures o Jover, no recuerdo bien cual, un chacarero al cual le pedí agua, me invitó a comer pollo al disco de arar. Era la primera vez que escuchaba hablar de ese modo de hacer un pollo, estaba buenísimo, pero mejor aún estuvo su solidaridad con un foráneo. En Madrid, Valo, Marcos y Mirta, y en León, Alberto, descomunal.

En San Telmo, cuando el mafioso dueño de la fábrica de vaqueros que yo vendía en la Feria de la Moda, me pagó menos de lo acordado, un flaco del barrio, con el que charlaba a menudo en la calle, y que se dedicaba a retirar lo ajeno a punta de bufoso, me ofreció un 38 para llevármelo puesto, al reverendo hijo de su mamá. Ganas no me faltaban, pero huevos sí. Su oferta me conmovió por todos los riesgos que asumía con tal despliegue de gauchaje.

Casas de chicas donde dormí, donde me alimenté, me emborraché o me desfogué, gente que me dio casi sus entrañas, en el campo, el mar y la ciudad, en Neuquén mi amigo Pablo Quinteros con quien nos conocimos en Sao Pablo, en Mendoza los panaderos, que me tomaron afecto y la vez siguiente que fui dormí en su casa. En Henderson los Salgado, y por supuesto los Hernández, en Gessell Claudia, los de la Redonda, el tano Aldo y la alemana Mónica, en Capital Federal innumerables, Gladys, Pablo, Valeria, Marcelo, Omar, Juan, Moira, todas las chicas y amigos que me dejaban dormir a pata suelta y lastrar toda la materia masticable de la heladera, el turco, Ingrid la austríaca, la holandesa, Veronique la francesa, Judith Rabin de la guía Michelin, las Lanutti, Cuiqui y Ruchi, chileno y cubana, Silvana, Silvina, Ari Filkenstein, tantos y tantos, que no puedo mencionar. Esos recodos de mi vida en que los encontré, les están siempre agradecidos, y aunque algunos procedían de otros lares, se vieron poseídos por la generosidad argenta.

Los argentinos, tras esa aparente altanería identitaria, tienen un corazón, y un alto sentido del honor que se debe rendir toda la vida a la amistad, al favor, a la gauchada, que contrasta con culturas más conocidas por su pretendida sencillez y humildad, donde no obstante, no es fácil encontrar ese desinterés en el afecto.

Los argentinos encuentran en la nobleza de espíritu, en el concepto de que todos terminaremos en el horno, la mejor forma de calificarse a sí mismos.

Ay país, país.

Pollo al disco

Pollo al disco

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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax
23 diciembre 2020 3 23 /12 /diciembre /2020 19:01

Andaba más al pedo que cenicero de moto. En realidad estaba moviéndome de un lugar a otro como un mamífero joven que de cachorro no desarrolló las aptitudes para desenvolverse en su medio, y tuvo que hacerlo ya crecidito. O para ser más porteño, “me estaba buscando en mi interior” , pero bueno, en verdad estaba más al pedo que cenicero de moto.

Tenía dos movimientos, a cotidiano un círculo concéntrico en capital Federal, a veces llegaba hasta Plaza Lezica, donde terminaba el subte A, que era el medio de transporten que tenía que tomar cualquiera que anduviese buscando una señal, una pregunta, era mejor que soñado, transportaba a otra época y con buen gusto, porque hay trenes que transportan al pasado por el óxido y la mugre en cada rincón y asientos, pero el A era todo de madera, como un yate que sólo está hecho para navegar a vela, sólo para disfrutar, con pasamanos en forma circular blancos, sostenidos del tubo por una cinta de cuero, marrón a juego con los asientos y las paredes de madera. No era veloz sin embargo parecía que llegaba mucho antes a las estaciones que las demás líneas. Porque era lindo, y porque lo lindo cuesta abandonarlo.

En esa plaza los fines de semana había puestos de discos de rock. La disquería donde compré mi primer casete de fábrica de B. B. King estaba en una de las esquinas.

Otra de mis travesías circulares era al Teatro San Martín, o a la Recoleta y el centro de artes, o el Museo Nacional, o el Palais de Glace, o sólo pasear.

Y luego había otros periplos que hacía aunque lógicamente  con menor periodicidad, salir de Buenos Aires hacia la ruta siete que llegaba a Mendoza, y después a Chile, de ahí en más todo  era improvisación, otra era la costa, Villa Gesell y de ahí en más tres meses que podían terminar en Bariloche, en Necochea o en cana. Otra era ir al norte, y una que me apasionó fue ir a Brasil. Todas estas rondas las hacía en camiones, en lo que era mal llamado “hacer dedo” puesto que no paraba nadie en la carretera. Me habían dado el soplo de ir al Mercado Central, presentarme a camioneros que fusen en la dirección que yo quería ir, mostrarles mi pasaporte más que la cédula, para dar más confianza, porque mi pinta no la daba del todo, y así quedar en el día que saldrían.

El camionero argentino toma mate, y aunque tenían una maquinita para cebarlo en el panel central del camión, siempre era mejor una cebada a mano acompañada de charla. Los camioneros argentinos recorren toda América, si van por Brasil llegan al Norte, si van por Chile llegan a Ecuador, para ellos es bienvenido alguien con quien charlar. La mayoría de las empresas tenían prohibido que llevasen a parientes o amigos, imagino que a alguien que hace dedo también, por eso no quedábamos en el mismo Mercado Central sino en un punto cercano.

La vez de Brasil regresé en camión pero fui en autobús hasta el Chui desde Montevideo, el Chui tiene una calle donde es Uruguay y cruzándola es Brasil, la gente es tan nacionalista allí, que la cerveza Sköll brasileña costaba tres veces menos que la uruguaya pero ningún uruguayo de la zona osaba ir a dejar sus morlacos a Brasil.  En una rodoviaria del estado de Paraná, llamé a una amiga del Yiye, el primo favorito de mi madre, y que me la había presentado en Buenos Aires, la actriz Elida Gay Palmer, que protagonizó películas del cine argentino de oro, previo a los sesenta, ella se había a Brasil, se casó tuvo tres hijas y un hijo y terminó estableciéndose allí, cuando la conocí en Buenos Aires había regresado como nosotros tras la dictadura, para presentar un libro.

Era un treinta de diciembre de mil novecientos noventa, había acabado de subir Collor de Melo, Elida me dijo “Oh Martín, que bueno, ven a casa que pasaremos el año nuevo con mi familia”.  Con el tiempo pensé que ella me había tomado por mi padre, que también se llama Martín. Al día siguiente llegué a Sao Pablo, nunca había estado en Brasil así que me di unos paseos alrededor de la Rodoviaria, me encanta escuchar las lenguas nuevas, las costumbres en otros países, ver que comen en los piringundines, no en los restaurantes. La primera frase que me llamó la atención fue un parroquiano que se dirigió a la barra donde yo saboreaba un exquisito cafecito brasileño y le gritó al barman, “da uma pinga aí” me giré y el tipo también me miró, volví rápido la cabeza no fuse a pensar que estaba dispuesto a darle de la mía. La pinga resultó ser una medida de cachaza.

Luego tomé el autobús que me había indicado Elida hacia Mairiporá., en dirección Bello Horizonte, a unos cuantos kilómetros de la terminal. Cuando llegué ya había caído el sol y la fiesta estaba en marcha, era una casa grande rodeada de la vegetación salvaje de un jardín  donde unos perros me recibieron con ladridos de buena onda. En el espacio de un segundo Elida mostró asombro en la mirada, y acto seguido me dijo “entra, entra” salude a las dos hijas que conocía, Flavia y Paola, y y me presentó a parte de la familia que no conocía, Fabiana la mayor, con su novio “el Portugués”, Claudio su hijo con su niño que vivía con ellos, y la madre del niño, Clovis, que estaba de visita, había otras amistades de la familia. Bueno les conté que tenía idea de seguir para arriba del país, y en algún puerto buscar un barco que me llevase a Ámsterdam, a Rotterdam o por ahí cerca. Me miraron como se mira a un bicho de la luz que acaba de entrar, y no se sabe si aplastarlo o disfrutar de su fosforescencia,

Comimos bebimos, no recuerdo si ellos bailaron un poco, los brasileños son muy parecidos a los cubanos, visto desde la perspectiva argentina, bailan apenas beben un poco. Me quedé a dormir en un cuarto grande donde también dormía Claudio, un muy buen tipo que al día siguiente me explicó un montón de cosas de Brasil, de Sao Pablo, de Mairiporá y de los sindicatos, al que él pertenecía y de los otros.El niño de Cludio era muy pequrño pero de una intligencia precoz, por mi habla se dio cuenta que el diptongo "ue" en portugués se traducía por "o", huevo, ovo, nuevo,  novo, un día me pidió un "cuepo", no lo entendí, él creía que como en postugués vaso es copo, en castellano debía sustituirse por la "ue". Era muy chiquitín para hacer essa asociación, y he ahí un caso de un error, que sin embargo constituye un acierto brillante.

Elida era una mujer que ya tenía su edad pero era bella, a veces yo pensaba en el bombón que debía ser de jovencita. A la mañana ella salía al jardín sin segar y les gritaba a sus perros, luego nos quedábamos charlando, yo me daba cuenta de que mi plan de irme en cualquier barco se estaba retrasando sin motivo aparente, pero no me interesaba moverme de allí, también me daba cuenta de que podía ser que molestase, pero trataba de ser amable y de hacer los mandados al pueblo, que quedaba a unos cientos de metros por la carretera, por la cual yo iba cantando una pieza de rock que se me había ocurrido por esos días:

“caballos salvajes, azúcar marrón/ por más que te enojes y despotriques/ sos una chica lista/ los tipos te admiran/ y eso contribuye a tu ego”

Fui quedándome en esa casa sin saber por qué, con que permiso ni bajo que excusa, sólo sabía que no me podía ir,  iba a comprarle al mediodía a Elida algunos enseres y me entretenía hablando con la gente, comiendo las cosas nuevas que mi paladar aprobaba, coxinhas, esfihas, frango, y tomándome algún trago de cachaza Vellho Barreiro si me quedaba plata o alegría, y de Cavalinho, mucho más barata  si estaba más corto o cariacontecido. Una tarde mientras manteníamos nuestra charla vespertina, le dije a Elida que se parecía a Ava Gardner, me dijo-uh, gracias por el elogio- pero no se sintió tan sorprendida, noté que habría crecido sabiendo que era linda. Claudio me enseñó los carnavales de Mairiporá, y me familiaricé tanto con el pueblo que incluso fui a sacarme una muela que me estaba dejando sordo del dolor, con un dentista que me atendió con la bata pincelada de sangre, pero me cobró tan poco como si yo fuese su mejor amigo. También iba a Sao Pablo para conocer la ciudad, y un día,  averiguando por el barrio de moda, Bixiga, encontré un trabajo en un restaurante, O comilao, 120 tipos de pizza, regresé a buscar las cosas, le di las gracias a Elida por la acogida, y me fui a una pensión que había al lado de O comilao.

Limpiaba platos y por la tarde recorrí ese barrio y el contiguo, donde estaba la Casa de la Cultura, una espléndida construcción moderna, con una variedad de actividades gratuitas que nunca había visto en ningún país, porque además tenía una zona para escuchar música, uno pedía un long play y se lo ponían desde una sala y en unos sofás muy cómodos, se sentaba y enganchaba los auriculares al suelo y escuchaba todo el long play, se podían pedir dos por día. Había una biblioteca con cursos Assimil para aprender idiomas con libros y casetes, entonces me puse al día en portugués, y algo de inglés. Conocí a Pablo, un argentino que había ido a probar suerte con el rock, era de Neuquén, quedamos amigos y unos años más tarde lo visité en su casa. Nos causaba asombro y gracia la cantidad de transexuales que había y como se expresaban sin ninguna inhibición. Él había ido con un amigo de su ciudad que tocaba guitarra, pero era muy bajito para ser “guitar hero”, nunca lo escuché, él dice que tocaba bien, pero al cabo de un tiempo se dieron cuenta que Brasil tenía bandas de heavy metal compitiendo en cada rincón. Brasil es música, hasta clásica componían, Heitor Villalobos, no hay música que le resulte ajena a los brasileros, allí no hay música extranjera.

Los sábados o domingos iba a Mairiporá a lo de Elida a llevar alguna comida para compartir. Más tarde Claudio habló con unos sindicalistas de Rio de Janeiro para que me recibiesen, y ellos organizaron que yo diese una charla sobre andar por Latinoamérica con un pequeño petate. La verdad que yo no tenía nada que enseñar, mi plan no tenía un fin social, ni siquiera había un plan, me daba un poco de vergüenza decir que estaba más al pedo que cenicero de moto, y que, en Uruguay, se me ocurrió subir a un barco holandés, porque me habían dicho que ellos embarcaban gente pidiendo sólo pasaporte. Era verdad, pero tampoco era tan sencillo. Barcos de bandera panameña embarcaban a cualquiera con pasaporte y pagaban bien; holandeses, noruegos y daneses , que tampoco exigían carta de embarque, sin embargo si pedían experiencia. Más tarde estuve unos días en en el puerto de Santos, yendo cotidianamente a los muelles, entraba con el pasaporte, les decía a los guardias que estaba embarcado y no había problemas, subía a los barcos y preguntaba si necesitaban a alguien para trabajar. En varios me dieron algo para comer, pero recuerdo uno en particular, que era en efecto holandés, "Slottergracht" era su nombre, de pequeña eslora y manga, a cuyo capitán le resulté simpático, porque iba pidiendo trabajo con una petaca de cachaza en la cintura, como si fuese una cimitarra, y me dijo que si quería fuese a la cocina y le dijese al cocinero, que era un español, que él me había enviado, y así fue. No sé el porque de esa buena onda, pero en los meses que estuve en el camino con frecuencia encontré samaritanos dispuestos a ser generosos sin pedir nada, es algo de los caminos, lo pude constatar en distintos lugres y culturas. Ese cocinero y marinero español, me contó que él fue a embarcar a Rotterdam, y que ganaba dinero y no lo gastaba, salvo unos pocos días en puerto con chicas y alcohol, pero que ya no era fácil de embarcar o de encontrar buenas tripulaciones, como antes, me dio tanto de comer y de beber cervezas, que, tras agradecerles a todos, no sabía si irme zigzagueando o rodando.

Los sindicalistas me habían dado un lugar donde dormir en un edificio moderno, pero yo estaba nervioso porque no quería mentir en lo del plan de recorrer América como mi tío, cosa que ellos pensaban y yo no. De un momento a otro cambió todo, el trato se hizo distante, me llevaron a comer afuera con el bolso, alguien me lo robó del maletero del coche del "camarada" que me llevó a comer y tomar cervezas, entonces me llevaron a un hotel que era de parejas, para dormir y al día siguiente regresar a Sao Pablo, ya no les interesaba nada el plan de que yo hablase para el público. Yo no sabía que había pasado pero algo había pasado. Después me enteré, hablaron con la embajada de Cuba, e igual que hicieron años más tarde en Madrid cuando yo estaba ayudando con trabajo voluntario a una asociación de amistad, les dijeron que no era revolucionario, que era un lumpen, que me habían botado por borracho y vago.  Eso sucedía sin yo haber todavía hablado nunca en contra de aquella “involución”. Gente fina. Da para imaginar con que ganas y derecho moral, hablé mis verdades, unos años más tarde.

Regresé a lo de Elida, donde estuve unos pocos días más y me fui al norte, nuevamente en lo que se dice “a dedo” o “a carona” pero en realidad, eran pasajes que proveía el PT a los golondrinas que iban buscando trabajo por el país, igual que les daba albergue, y dormí en varios de ellos, aunque de trabajo yo no buscaba nada, ya tenía dinero cobrado de O comilao para un mes, después, en Río, volvería a buscar y a trabajar en el restaurante "Sat's" de Jorge Guerra un personaje, pero esa es otra historia. Al cabo de cinco meses de entrar a Brasil regresé a Argentina desde el norte, ahí sí con un camión argentino, cebando verdaderos mates.

Elida partió a otra dimensión en el año noventa y cinco en Buenos Aires, sólo volví a ver a Fabiana que se fue a vivir a Buenos Aires y publicó un libro sobre las runas vikingas y sus significados. Era un libro curioso, llevaba además una bolsita con runas. Fabiana compartía un lindo departamento con una prima de Ceratti de Soda Stéreo. Cuando fui a Sigtuna, una ciudad sueca rúnica, bella y con enormes pedruscos con inscripciones rúnicas, recordé los significados de algunos símbolos iguales a los de la bolsita del libro que me había regalado. Hace poco fue ella quien se encargó en Buenos Aires de la despedida al Yiye, el primo de mi madre que nos había presentado en mil novecientos ochenta y cuatro.

Hoy quería mediante el recuerdo, rendir homenaje a la calidez, calidad humana y solidaridad de Elida Gay Palmer y de sus hijos, Claudio, Flavia, Paola y Faviana.

Gracias.

Elida
Elida

Elida

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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax
20 septiembre 2020 7 20 /09 /septiembre /2020 15:44

Con el paso del tiempo, me acostumbré a que la gente querida parta hacia esa otra dimensión, estando yo a miles de kilómetros. Mi abuela, mi madre, tías, tíos, por suerte tengo casi todos mis amigos en esta zona del tablero, pero los que se fueron excepto Carlitos Cecilia y Silvana Rizzo, no los pude despedir de cuerpo presente.

Esta tendencia me asentó la costumbre de no sentir de inmediato la partida del ser querido, no hasta que su haz de presencia, de alguna manera se acercase a ese punto en que una parte de mi también se acerca para fraguar una cita, la primera tras el viaje, no la última. A veces pasan sólo días, en ocasiones meses y a veces el tiempo se hace protagonista dejando transcurrir años.

Hoy me puse a terminar un archivo al ordenador, y dejé la televisión encandida para que me acompañase, así de medio lado, un movimiento de imágenes sin audio, entonces giré la cabeza y vi a Tim Robbins, ni siquiera me fijé que era una película infantil, sino en la cara, las expresiones y la mirada del actor. Y entonces sí, me llegó el timbrazo que me avisó de que en el lugar donde fui a esperar, al fin se producía el encuentro con mi amiga, mentora y maestra, Gladys.

Falleció de repente hace pocos meses, no estaba en agenda, tenía siete décadas y media de tiempo ordinario, pero más vitalidad y energía que la mayoría de los de dos y tres décadas. Había publicado recientemente, y sobre todo, habíamos retomado la comunicación por medio de una aplicación de internet, y nos comentamos como iba la vida, y nos comentamos esas cosas que hacen bien al alma. habíamos interrumpido el contacto hacía bastante más tiempo del que me gustaría admitir, por temas que ya no merecen ni la mención.

Gladys tenía dos sobrinos que adoraba, muy talentosos, uno de ellos cuando era niño se parecía a Tim Robbins, que además era un actor que nos encantaba.

La conocí en el mes que regresé a Buenos Aires tras diez años de exilio en La Habana. En San Telmo, en la Plaza Dorrego, todo era fiesta, empezaba la Argentina del destape, en ese momento yo iba rumbeando detrás de unos morenos brasileños que tocaban batucada y bebiendo a morro de botella una Quilmes fresquita, que a la vez que animaba mi disposición a un baile que en Cuba temía más airear para no hacer el ridículo al lado de sus cultores históricos, también espantaba un poco el calor del enero porteño. Ella iba con su amigo Juan, ya me habían echado el ojo según me contó repetidas ocasiones, quizás ese día yo tenía el lindo subido, y Juan le dijo a Gladys, ¿vas vos o yo? y se acercó Gladys

Me abordaron y nos pusimos a charlar, Gladys llevaba un escote generoso que dejaban al aire sus buenas tetas y convertían en un esfuerzo titánico mirar hacia otro lado, de ahí para abajo todo era normal, pero con su cara, sus labios y sus lolas bastaba y sobraba para dejar que los morenos siguiesen su rumba destino al santo. Así que nos entendimos rápido, cerveza mediante, en uno de los concurridos bares de la Plaza donde nos contamos cosas de nuestras vidas, ahí supo que yo estaba recién llegado de la luz del Caribe y yo que ella era abogada, Juan traductor en la ONU y nos parecían bien las mismas cosas en aquella tarde cálida de San Telmo, así que subimos a su departamento. Juan quería participar del juego pero yo estaba interesado solamente en aquellos globos enigmáticos de una dama que me doblaba en edad cosa que por entonces me excitaba más que hoy, así que gentilmente expresé los limites de mi disposición, y una vez despedidos los líquidos seminales, nos reunimos  nuevamente los tres a charlar y contarnos más cosas, con efluvios de cerveza y hierba seca.

Como dato, ese día de enero de 1984, en el living de la casa de Gladys tenía lugar en una de las primeras reuniones de la CHA, de los que ella era abogada. Discutían acerca de una manifestación en el Parque Lezama que constituiría en que en una hora determinada todos los presentes se besarían sin importar el sexo del partenaire. Era un momento clave, en que de verdad estaban luchando contra una violencia explicita y la hostilidad de que todos fuimos ejecutores de una u otra forma en algún momento de la vida.

En Cuba era imposible pensar en una asociación así, entonces me llamó la atención, por la irreverencia y por el valor que le echaban al asunto quienes se suponía que eran los blandos, las nenas, y desde ahí siempre consideré que hay que adherir a cualquier lucha que emancipase a los más relegados, a los más estigmatizados, porque ello nos proporciona un aire renovado y el respeto a los derechos a las demás minorías, ya sean rockeros, vagos, drogadictos,  hedonistas, beodos, artistas, enajenados, lelos, deformes; marginados de todo tipo.

Incluso hablamos de conocidos en común, como Christian, un argentino trotamundos con quien había coincidido en Cuba y era novio de Rocío, una de las uruguayas Cultelli, hijas de un preso político tupamaro, que ella y Juan habían conocido en Nueva York y quien sí accedió al juego en trío. Recuerdo haber sentido cierta vendetta a la distancia de tiempo y espacio, porque Christian se hacía el machito, e imaginarlo en aquella situación puso parches en mi mente a su ignominiosa pretención. Y ahí empezamos a hablar ya de política, ella había sido de los abogados que presentaban Hábeas Corpus para proteger a detenidos montoneros o del ERP en la década de 1970 junto a quien había sido su esposo, y entonces salieron a relucir muchos nombres de personas más afines a la causa de mis padres que a las mías, a quienes ella conocía, e incluso había trabajado con ellos.

Luego en las posteriores e incontables visitas, ya Juan había regresado a su puesto en la ONU neoyorkina, fuimos dejando la actividad sexual de lado, para dar paso a una mucho más rica, el intercambio de impresiones, conocimientos, puntos de vista entre dos generaciones, entre dos personas diferentes en su entorno social y familiar, no acopladas al engranaje predispuesto y con una libertad, cada uno a su manera, para expresar, acaso con demasiado ahínco sus respectivas disfunciones. En el intercambio cultural de tipo convencional yo salí claramente favorecido. Gladys había sido secretaria de Arturo Jauretche, amiga de Sebreli, conocía la obra de Borges como si fuese la uña de su pulgar, era una franco centrista orgullosa de serlo, adoraba y conocía la literatura y lengua francesa igual que la italiana. Pero de igual modo amaba la literatura y la Historia nacional, y aderezaba todo aquello con un toque snob: era peronista.

Yo aportaba mis contradicciones más que convicciones, mis dudas e interrogantes más que certezas, sin pasaporte ni nacionalidad, sino que como la poesía, estaban en el aire esperando al poeta, y la forma en que aquello lo mezclaba con mi historia familiar marcada por las revoluciones del tercer mundo, siendo una parte indivisible de la conducta, una pose, aunque seria.

Durante años en que yo rodaba por distintos países, ciudades, barrios de la ciudad, clases sociales, "cayendo", pero en realidad "yendo" hacia una clase social no concebida aún, "yo mismo", sostuvimos una relación única. Puede resultar cómodo adjudicarle ese afecto, la necesidad o conveniencia de aquella fusión amistosa, al hecho de que ella no tenía hijos y que mi relación con mi madre no era fácil; y aunque estos condicionantes naturalmente propiciaban un clima de encuentro, no eran más que un punto de partida.

Horas compartiendo el mismo humor, contándonos cosas de nuestras respectivas relaciones, a pesar de que Gladys era tremendamente celosa con todos sus amigos, los quería sólo para ella, compartíamos estas aventuras mías, y las suyas con los amantes que iban y venían, sus historias con sus amigos gays, los disparates de toda índole que se nos presentaban a cada uno en nuestras esferas, a ambos nos hacía mucha gracia lo que le pasaba al otro, incluso a las cosas no agradables que nos pasaban les encontrábamos su costado hilarante cuando las reducíamos a carcajadas en su living.

Una vez tuve la colección entera de la revista Sur en mi cuarto, porque entre ella y  su amigo Hepel me la dieron para que la vendiese y me ganase unas rupias; no la vendí, lo vendió Hepel, pero saqué más que plata, disfruté en esos números a Victoria Ocampo, Borges, Bioy Casares, Tagoré, Ortega y Gasset, Silvina Ocampo, Sábato,  Gómez de La Serna o García Lorca, como un mono disfruta un platanal.

Juan enfermó de HIV y Gladys fue a cuidarlo hasta la muerte, entonces vivía en Viena. Una vez que Juan partió ella no podía recoger sus cosas, hacerse cargo de la vida que aún había en cada objeto, en cada rincón, y me invitó unos meses a Viena a condición que la ayudase a recoger todo, a despedirse de aquella ciudad, aquellas ventanas de Naglergasse, de los uruguayos, los rusos, las mejicanas y los austríacos y convertirlo en recuerdos, excepto Slava que siguió tal cual en su vida.

Gladys, la amiga, la abogada de los presos políticos, de la CHA, la protectora, la cultora de la literatura que me enseñó a Bukowski y Carver, a Bernhard, a Musil , a Sibilla Aleramo, a Simone, la autora y su gata siamesa, a Borges y Jauretche, la Gladys atrevida, la conservadora, la snob , la peronista, la sofisticada, la católica, la que cuidaba a su madre, a su hermana, a su cuñado, a su sobrina y a tantos amigos hasta la muerte, y ayudando en la vida a sus sobrinos, a los amigos que iba cosechando por el mundo, como si fuese un deber. Marcelo, Valeria, Claudio, Slava, Juan Carlos, le agradezco haberlos conocido. Incluso a la madre de mi segundo hijo, mi compañera durante años, la conocí en su living.

Fuimos a Mar del Plata, a Uruguay, a Londres, a Venecia, a Liubjana, a Pirán, a Cañuelas, a una chacra que habían comprado unos italianos del norte en los años ochenta escapando de la posibildiad de la guerra nuclear, y siempre de vuelta a tomar un café, aunque ya sin brasileños, sin cerveza y sin destape, a la placita Dorrego, de San Telmo. A la tarde, sentado en su balcón en la planta catorce en Paseo Colón, se podía entender toda la melancolía de Buenos Aires

Se fue hace un par de meses, pero recién hoy Tim Robbins me avisó que nos estábamos reuniendo a charlar en algún living pulcro, impecable, para mantener una de esas charlas en que uno puede despedirse sin lágrimas, con una sonrisa, con el alma llena de gratitud mientras el sol se desvanece sobre el marrón del Río de La Plata.


 

 

Plaza Dorrego y Naglergasse
Plaza Dorrego y Naglergasse

Plaza Dorrego y Naglergasse

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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax
15 julio 2020 3 15 /07 /julio /2020 12:09

El ciudadano argentino medio, que en su maqueta original proviene de la mezcla autóctona con el español, españoles ya irreverentes en la propia Metrópoli, vascos y navarros, y en el siglo XIX y XX marcado con el característico sello italiano de la escasa confianza en ls instituciones, se siente incómodo con el ladrón merodeando cerca, pero mucho más con el policía sentado a su mesa.

Mientras tanto, el español medio se siente a gusto con la omnipresencia y control de la autoridad en nombre del poder, ya sea a lo lejos la monarquía, la nobleza, los jerarcas eclesiásticos o más cercano a sus guardianes uniformados. Se sienten más representados, protegidos o al menos no amenazados si aceptan sin chistar a todo celador, aristócrata, privilegios de las jerarquía del clero o simplemente a todo rico de pedigrí aceptándolo como algo superior, fuera del alcance de la ley para todo aquellos que sobran, que si restamos obsecuentes mal llamados periodistas, politicos cortesanos, jueces adocenados y alineados con el poder, irían quedando pobres no dignos, obreros, campesinos, marginados, inadaptados, tahúres, vagabundos, artistas, incluida la representativa figura romántica española de los "bandidos de la sierra" . Lo cual más que indicar una identidad disciplinada, revela la Historia de un pueblo excesivamente oprimido y brutalmente reprimido en su largo andar entre emblemáticas sublevaciones que nunca llegaron a cuajar en el destierro de "la tradición", ya sea Romano: Numantia, Viriato, Bagaudas, contra el poder de los Califas: el Cid, Pelayo, contra los abusos del señorío Feudal: Comuneros, Motín del pan en Córdoba, Revuelta Irmandiña gallega, Fuenteovejuna en la ficción, y numerosas rebeliones, luchas, desde ajusticiamientos a torturadores del clero inquisitorial, hasta la toma de conciencia de libertad y empoderamiento de sendas eras republicanas.

Cuba tiene de ambas, un poco de terror a las autoridades que se traduce en aparente respeto, y un hastío histórico de toda regla, ley, norma, directriz o lineamiento que fue lo que llevó a acaudalados nobles de la Península ibérica a tierras caribeñas de improvisación y licencias en los primeros siglos de la colonización; esclavismo y violaciones que produjeron el mestizaje incluidos. Pero reacio a manifestarse en rebeldía directa sino más bien expresándola a través de la doble moral en que adoctrinó la Iglesia católica, obradores del principio "haz lo que digo jamás lo que hago y si lo haces disimúlalo en la misma proporción en que rompas la regla". Bucaneros, contrabandistas de personas y mercancías, negociantes con filibusteros, y sus pequeños beneficiarios ganaban mucho más adoptando los mecanismos delpoder que combatiendolo.  Esto en lengua cotidiana y doméstica fue y continúa siendo ¡Viva el rey, el gobernador, el obispo, el terrateniente, el conde, el general, el presidente, Guarapo, Raúl, e incluso el insípido Díaz Canel!

Cuando parece ser que estamos cercanos a un cambio de paradigma en las tres idiosincrasias, lo más probable es que estemos en ese punto del espiral en que cada vez que se satura el modelo, se produce un reventón que obliga a cambiar la rueda, pero ni por una nueva, ni por una cara, sino por un neumático muy de andar por casa que nos obligue a retornar nuevamente a nuestros fueros de ínfimas picarescas y vivezas aprendidas desde la sacristía, que perpetúen la fertilidad del semillero para sostener la sempiterna corona de la corrupción

Escena del film Metrópoli-1927

Escena del film Metrópoli-1927

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