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21 septiembre 2022 3 21 /09 /septiembre /2022 22:16

En el exterior los argentinos habían echado mano de un manojo de costumbres, actos reflejos, y unificación de gustos, en busqueda caótica ese ser nacional, al que ya no se alcanza a representar  a través de la figura del gaucho, la Pampa, el asado, el mate, los ñoquis lo itálico en castellano o el fútbol, por sí solos, sino con el rejunte de todo ello sumado al rasgo más genuino de cada país. Lo que más había extrañado era el sentido del humor. En el fondo él era un burlón,  se pasaba el día riéndose de todo, de todos y de sí. El sentido del humor es lo que más extrañaba Gabor de cada cultura con la que se familiarizaba.

Cuando volvió a ver los adoquines de San Telmo, se los encontró escondiendo con celo el brillo de los papelitos usados, confundiendo la búsqueda desesperada y minuciosa, con pestañas abre latas de gaseosas, o el papel plateado de las cajas de cigarrillos arrugadas, arrimadas al contén de la vereda, avergonzadas por confundir a los merqueados que subían hasta la calle Defensa desde el bajo, auditando cada hendija entre adoquín y adoquín, observados por el gato cabezón centinela del Bar Sur, en la esquina de Balcarce y EEUU, donde Aníbal Troilo,“Pichuco”, ilustre pionero de la cocaína en Argentina, tiempo atrás había dejado sus mejores improvisaciones al bandoneón. Todo el tiempo que estuvo preso del divino y destructivo vicio del hada blanca, Gabor fluctuaba por dentro de San Telmo, era como si a la vez de retenerlo secuestrado y al borde de un infarto permanente,  también lo protegiese de todas las otras consecuencias y le permitiese estar emparentado con la casa más antigua de Buenos Aires, la más angosta, la iglesia Ortodoxa, la danesa, el parque más alucinante, el café Británico, Mi tío, la casa de Castagnino y los adoquines. Un poco más allá, el coqueteo con los márgenes de la sociedad dejaría de ser una pose, y se convertiría en algo grotesco sin interés, una pura actividad delictiva para la que no tenía ni ánimo ni madera, y un poco más acá sería como un centímetro de costurera para medir el pantalón desde el tiro, hasta la caída sobre la punta de los zapatos. En San Telmo había dormido  en hoteles destinados a recibir mano de obra del interior del país, e incluso en algún albergue gestionado por Caritas para personas sin techo. Cuando se liberó del alcohol y de la cocaína Gabor salió disparado de San Telmo, incluso cuando estaba de visita en casa de Lena, bajaba y tomaba un taxi en la misma puerta de Paseo Colón, o a lo sumo, si era fin de semana se introducía entre los peatones que poblaban la calle defensa cuando la cerraban al tráfico, y entonces sí, disfrutaba del barrio sin ser llamado por sus arterias. Las venas eran los anticuarios, los restaurantes, los museos, pero la sangre que alimentaba su alma llegaba desde otro tiempo, nació en una pelea a cuchillo en frente al Bar Sur entre dos guapos que se ataron pie con pie derecho para que solo uno saliese vivo, como en la pelea de los años 40 ambos perdieron la vida, se decía que todavía sus fantasmas continuaban peleando cuando caía la luz natural y un farol reflejaba las sombras sobre las esquinas. Entre la multitud foránea podía ir a comer pizza a Pirilo sin ser importunado por el recuerdo de cuando saludaba al viejo Juan que fumaba un pucho sentado en un escalón de su negocio tradicional, con la persiana a medio cerrar, y le aceptaba alguna porción sobrante de mozzarella hecha en un auténtico horno de leña. O los choripanes de la parrillita Desnivel, que tuvo la oportunidad de regresar a pagar en cuanto le empezó a ir bien, cosa que no pudo hacer con Juan Pirilo porque de viejo o de fumador, un día se fue con total seguridad al cielo, si esa posibilidad seguía abierta, aunque sí volvió a comer sus pizzas de la mano de sus hijas que mantuvieron el piringundín idéntico. Pero solo si estaba poblado de paseantes de afuera del barrio. Además de las ventas de sus discos, Gabor había recibido en calidad de herencia una suma de dinero, de la que debida, desprejuiciada y concienzudamente gestionada, conseguía beneficios que le permitían vivir sin penurias aunque sin dispendios excesivos, en cierta forma sentía un constante deseo de vivir en alguna casona o departamento antiguo del barrio como lo hacían los poetas y pintores, con suelos de madera crujiente y altos techos artesonados, también temía el poder de atracción de la parte tórrida y placentera de ese yo que había logrado controlar, no aplacar. Vivía en Charcas y Anchorena. En cambio Lena tenía una mirada totalmente diferente del barrio, aunque también le conocía las arterias, solo que desde otro ángulo. Lena era incapaz de mostrarse superficial. Ella había sido abogada de presos políticos presentando Hábeas Corpus por militantes de izquierda detenidos justo antes del golpe de estado de 1976. Después se quedó viviendo en Buenos Aires y poco antes de regresar la democracia se convirtió en la abogada de la incipiente Comunidad de Homosexuales Argentinos, de hecho varias reuniones se hacían en su departamento. Argentina salía de siete años de un baño de sangre, pero más aún de terror, ya que la manera de combatir a las organizaciones armadas de izquierda era secuestrando militantes, obreros, estudiantes, sindicalistas, activistas, profesores, escritores, periodistas pero individualmente, lo cual desarrolló una paranoia palpable en la ciudad cada vez, que aun arribada la democracia se acercaba por detrás cualquier automóvil en marcha lenta, y mucho más si el coche era Ford Falcón o cualquier patrullero. Cualquiera por aquellos días admitía que prefería sentir detrás el aliento de un elemento marginal que el ronroneo de un motor de Ford. La gente desaparecía y nadie más sabía nada, y nadie más se atrevía a preguntar nada, así que no hay que hacer un gran esfuerzo de imaginación para figurarse como eran tratados los homosexuales, si por casualidad o consecuencia detenían a uno. Y además se sumaban los prejuicios universales, así que cuando por una pelea o una venganza aparecía el cadáver o un homosexual muy golpeado, la policía ni siquiera investigaba, de manera coloquial en la taquería lo caratulaban como “asunto de putos”. Lena sumó toda su profesionalidad y esa garra y coraje indomable que tenía, de una bronca que parecía llegarle por las venas de sus antepasados italianos, muy probablemente sicilianos. Ella había elegido el barrio de San Telmo para vivir porque si bien guardaba gratos recuerdos de Flores, en San Telmo podía dar rienda suelta a su excentricidad, le encantaba decir que ella era “snob”, buscaba los escritores de moda en Nueva York y en París y los leía antes que nadie, y le gustasen o no hacía gala de conocerlos como si los hubiese parido, y la verdad es que sí, los conocía, quizás no tanto como la mamá pero mucho. Es el mayor legado que le cedió a Gabor, a su sobrina, y a sus sobrinos siempre alegres de verla y pasar el día con la tía tan loca como cuerda. Para ella eran su tesoro, nada, ni siquiera sus gatos o su plata estaban por encima de sus sobrinos. También conocían a Gabor cuando iban a pasar el día con la tía y estaba de visita y se divertían mucho todos refrendando el humor de cada franja etaria, riendo todos al mismo tiempo del mismo chiste. Cierta vez que Lena había reformado el departamento y lo había convertido en una ermita posmoderna todo blanco y con muebles de cuero negro, en una de esas visitas haciendo payasadas entre todos, los niños se excitaron tanto que empezaron a echar espuma de jabón por todo el departamento, Gabor creía que ahí había llegado el límite de paciencia de Lena, pero al contrario se sumó a la fiesta con los pibes que corrían por todos los pasillos mojando paredes, suelos y sillones, que acababan de ser estrenados. Gabor se llevó una lección pero que no era para él, en su departamento de parqué deteriorado y marcos de ventanas despintados si se armaba un quilombo semejante los sacaba a por la puerta a todos cagando leche.

Juan había muerto de SIDA. Se contagió en la época en que había poco investigado acerca de como atenuar la enfermedad una vez que se desataba, se probaban cócteles de medicamentos cada día para mejorar la vida de los contagiados y evitar que contrajesen una enfermedad, pero cuando las defensas de los pacientes bajaban de cierto punto y enfermaban poco se podía hacer. Se contagió en Viena, trabajaba como interprete simultáneo para la ONU desde hacía décadas, fue trasladado de Nueva York, a Bruselas, a Viena, donde había comprado un departamento en el distrito uno dentro del ring principal al lado del Graben y allí fue Lena a cuidar a su amigo de la infancia, de quien siempre había estado enamorada y de quien en cierto modo también había recibido gran afecto. Juan le pidió qie se casase con ella antes de morir, aunque ese había sido el sueño de lela cuando adolescente, le dolía que fuese la última voluntad y se le confundía la felicidad por vivir esos últimos meses o años casada con Juan con la angustia del final y la tristeza de saber que Juan tomaba el estado civil ulterior como la mortaja que lo podía eternizar con la madre y las hermanas: murió casado con una mujer. Pero Lena dejó de lado toda consideración que pudiese arruinarle aquellos días y se entregó a la tarea de esposa una vez más tras años de divorciada, a la vez que de enfermera, de terapeuta y de confesora. Fue feliz en ese lapso de tiempo pero no por ello dejó de ser una carga fuerte que le provocó un gran estrés que se liberó apareciendo en todo el cuerpo una vez que Juan murió.

Lena se había ausentado un par de años de Buenos Aires, había hecho amigos, se había acostumbrado a la ciudad de Viena, se había llenado de futuros recuerdos y además tenía que pensar que hacer con las cosas que Juan había acumulado durante décadas, que comparado con la mayoría no era nada, pero evidentemente tenía un contenedor de objetos, muebles, libros, discos, cuadros, después de descartar la mayoría de la ropa, zapatos, mantas, colchones cojines, elementos de la cocina, del baño etc. Le pidió a Gabor que fuese a ayudarla a vaciar el departamento hasta que lo vendiese, más que un auxilio físico necesitaba una mano anímica. En esa época Gabor estaba en la lona, ella le mandó el pasaje y pasaron unos meses despidiéndose de la ciudad ella y él conociéndola. Los amigos de Lena, los rusos de la ciudad que se vestían de Mozart en la Stephan Platz para vender entradas a los conciertos incluso para anunciar las misas con música de Mozart. Toda Viena le rinde homenaje a Wolfgang Amadeus, cada paso se siente su presencia aparte del recuerdo oficial, en cambio a Freud lo marginan al precioso museo de su casa, un par de sitios emblemáticos y no muy resaltados. Es que el viejo Sigmund ya lo decía, en mi Austria natal nadie quiere sentarse a hablar mal de la madre, y mucho menos pagando por ello. Viena era lo más parecido que imaginaba a un oasis dentro del paraíso. Parecía no existir ningún problema, las cosas eran lindas limpias todo funcionaba, al metro se accedía sin pasar por ningún control, los periódicos se tomaban de un cajón de polietileno y se pagaba a conciencia, las mujeres parecían siempre dispuestas, no es que haya tenido demasiadas amantes, no pasaron de tres, pero le asombró la facilidad con que se apareó. Con Sabrina fue haciéndose muecas en el Graben, tomaron varias cervezas Zipfer, “Herr Ober, eines Grosses, Starkes und Kaltes bier bitte”, andere und andere, und andere, y se fueron a hacer el amor al aire libre, en el verde, al lado de la tumba de Mozart, semiocultos al costado de un arbusto. Con Monica se conocieron en un bar musical de zurullos mal llamados latinos, latina era la música de Mozart antes de la Flauta Mágica y la de Verdi, Bellini o Donizetti. Me llevó Hugo el uruguayo tupamaro que llevaba mil años en Viena, según él, los amigos de Lena, Hugo y Judith, ya mayores, solo se dedicaban ella a tomar té y él a tomar cerveza y kirchwasser. Gabor solo lo acompañaba con la primera para tomar aquella aguaardiente de cerezas había que llevar en Austria, como mínimo, esos mil años que llevaba Hugo. Ni siquiera tuvo que bailar con Mónica, se quedaron mirando y él se acercó le habló las tres primeras palabras en alemán, lo demás lo chapurreó en inglés y a la hora estaban en la casa de Mónica donde había que descalzarse para entrar, y donde el baño de las deposiciones estaba en el pasillo. Al día siguiente cuando salió para regresar a Naglergasse vio que era otra parte de la ciudad, residencial, paredones de edificios sobrios de colores pasteles,  con puertas de madera verdes o marrones, el obligado puesto de salchichas y leverkasse en la esquina y un silencio bajo el sol que penetraba las nubes que le pareció precioso, pensó que podría acostumbrarse a vivir allí. El departamento de Juan era una ilusión, en un edificio del siglo XVI con reformas interiores que permitiesen un ascensor, toda la madera era noble, las puertas coronadas por arcos de muro grueso, y tenía baño completo dentro. Mónica le dijo a Gabor que vivir así era muy caro y que los austríacos estaban más interesados en gastar sus emolumentos en viajes, comidas, cerveza y teatro.

Repartieron todo lo que no se llevaría Lena a Buenos Aires entre los amigos austríacos y rusos, y con Hugo y Judith y entonces Gabor volvió a Buenos Aires, Monica le había insistido que se quedase, le consiguió un empleo en el banco donde trabajaba, le dijo que tendría una vida holgada y divertida y que cuando quisiese podría visitar o regresar a Argentina, Gabor le explicó que Lena le había pagado el pasaje para que la ayudase en todo el regreso, no solo en la limpieza de la casa y el flete de los enseres perdurables en un contenedor como habían acabado de hacer, sino también el regreso a un país imprevisible, que era como una volcán en constante ebullición, donde incluso no necesitaba cambiar nada para estar todo distinto.  No sabía como explicarle que precisamente Freud, aquel hombrecito nacido en su ciudad tiempo atrás había calado mucho más en aquel remoto sur que en su tierra, y que los argentinos de clase media eran prisioneros del diván y sus afluentes, Lena necesitaba abordar todas las aristas de lo vivido antes de recomenzar y quien mejor que el amigo que siempre la escuchaba, casi siempre atentamente.

Tiempo después cuando Gabor contó con fondos fue a visitar a su amigo ruso Vladimir y a Mónica, en la nueva casa de la cual se quedó unos días, en la calle Tigergasse, ella lo fue a buscar al aeropuerto, fueron a comer una Wiener Schnitzel, las milanesas vienesas, y cuando llegó al departamento, le dijo a Gabor “tengo una sorpresa para ti, cierra los ojos” lo tomó de la mano, anduvieron por un pasillo, se detuvieron, él escuchó el click de un interruptor de luz, y Mónica dijo “ahora abre los ojos” ¡fabuloso! había un baño interior.

Gabor siguió luchando para llevar a su hijo consigo pero era difícil, en medio de ellos se juntó con una mujer más joven tuvieron una niña, se dedicaron a leer a educar a la criatura, a pasear por los parques de Buenos Aires, a ir a Villa Gesell en verano, de vez en cuando a un viaje al exterior si las cuentas exponían algún sobrante. Lena no pudo acostumbrarse nuevamente a Argentina, la familia de Juan fue extremadamente ruda llegando a ser insolente y en ocasiones groseros cuando se referían a ella como la que se había casado para quedarse con todo, solo una hermana de Juan sabía como se habían querido desde niños y con que celo y cuidado Lena cuidaba cada recuerdo, tangible o no de Juan. Ella volvió a vivir cerca del Graben en un departamento más pequeño y menos exclusivo pero igual de luminoso y céntrico. Aprendió alemán y aprendió una cosa que siempre le comentaba Gabor en las charlas en su departamento de San Telmo, la sensación rara de extrañar un país que ya no existe, un jardín que ya se endureció. Hugo y Judith murieron y un tiempo después murió Lena de un derrame cerebral. 

Entonces Gabor recordaba como Lena le contó que ya plagado de sarcoma de Kaposi, de infecciones pulmonares, de debilidad, en una sala de un hospital de Viena, Juan tomó la mano de Lena, y unos minutos antes de dormirse para no despertar más en esta dimensión, le dijo:

-La vida es bella

Lena odió esa frase, sintió que todo lo que habían padecido desde niños, de todo lo que ella creía que había huido Juan al mismo modo que ella, de la imposibilidad de amarse como habría sido deseable,  el padecimiento de la enfermedad, era traicionado con esa frase lapidaria, última, incorregible. Gabor le había aconsejado que meditara acerca de si debía enojarse, quizás Juan había sentido que tomado de la mano de Lena fue el mejor modo de despedirse de la vida, quizás no había huido de lo mismo que ella, acaso dentro de sus soledades fue feliz, con intensidad intransferible, como cuando pasó la noche con el Chablis hablando de literatura con Julio Cortázar en su departamento de Paris.

 

Tumba de Mozart

Tumba de Mozart

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Published by martinguevara - en Europa Aorta Relax
14 septiembre 2022 3 14 /09 /septiembre /2022 13:11

La ciudad de Catania conservaba el embrujo que llevó a Vincenzo Bellini a imaginar la ópera Norma, y luego a componerla, como si en alguna de sus calles, avenidas o de los ensortijados pasadizos de los mercadillos, pudiese surgir la Casta Diva retornando el belcanto al mundo de la inmediatez, en la voz de Callas o en su defecto, en la de Tebaldi. Así como parte del aire choca con el volcán Etna, todo parece seguir al viento en Catania, las ideas, los planes, las esperanzas, las ilusiones. Todo menos los problemas.

Bajó a caminar por una avenida que aleja al transeúnte de las sendas exhibibles, aleccionadoras, Sicilia en el este, norte, oeste y sur aparte de compartir una serie de cualidades naturales y climatológicas, tiene en común que cada espacio intenta demostrar al visitante e incluso a sí misma, que la fama de lugar violento se debe a circunstancias de momentos específicos del pasado, que la difusión cultural los convirtió en rasgos identitarios, de modo que en los principales puntos de interés turístico y cosmopolita se exacerba la sensación de integración, de cordialidad esporádica, aunque esto vale aclarar que también se da de modo natural. Pero a la vez es cierto que corriendo un poco las cortinas, rascando sobre el barniz o alejándose de las avenidas principales, se puede intuir, aún siendo forastero lo que todo siciliano percibe, que la “cosa” está presente y se huele en el aire. Bruno quería ir caminando por la vía Pleibiscito hacia abajo, era el camino que tomaba para visitar a su amiga Giusseppina, empezó a filmar los callejones que daban a la calle, con su ropa colgada en las ventanas y balcones estrechos, mientras el sol caía en lontananza y el calor se aminoraba. Paró a tomar un café y cuando reanudó el paso con el teléfono filmando el barrio percibió que una moto con dos ocupantes que lo habían estado mirando una cuadra antes, volvían de frente a él observándolo con atención, unos metros más abajo, el copiloto de la moto le hizo señas para que dejase de filmar. Bruno se negó diciendole  que solo curioseaba, entonces la moto se detuvo y ambos ocupantes se dirigieron a Bruno, el mismo que le había dicho que apagase el móvil le preguntó que estaba filmando, mientras el otro miraba con gesto desafiante. Bruno guardó el teléfono en el bolso, y les dijo que estaba filmando las calles por curiosidad, que a ellos no les importaba y que él haría lo que le daba la gana. Entonces el que manejaba la moto se abalanzó sobre Bruno, que era un tipo pacífico que no se metía con nadie, pero tampoco dejaba pasar ninguna impertinencia, y en cierta forma se podía decir que de vez en cuando no desaprovechaba el combustible que suponía un mal entendido, para luego poder continuar con su pacifismo cívico. Y ahí aprovechando el impulso del pendenciero de barrio le metió una tremenda galleta como era costumbre desde su infancia comenzar las broncas, un poco para ir calentando la mano y otro para llamar la atención de la potencial audiencia. En cuanto se fue alejando el ruido de bofetón y antes de que el camorrista saliese de la sorpresa, lo tomó de la cintura y lo proyectó hacia atrás por encima de su hombro, como un automatismo, Bruno se habría dejado caer sobre su contrincante para trabarlo con una llave en el suelo, pero recordó en el instante que tenía al otro detrás, que sin darle tiempo a esquivarlo, le dio un fuerte piñazo entre la costillas y el pecho, pero ahí Bruno que ya lo tenía a punto, le asestó una patada en el brazo y tres piñazos, dos en el estómago y uno en la cara que lo dejaron atontado. El que había empezado la bronca se fue a la moto y en ese preciso instante aparecieron dos señores mayores, muy gordos, de adentro de la puerta abierta que daba a la acera donde había dos sillas recostadas a la pared, mientras unos cuantos curiosos ya se habían acercado alrededor de la bronca. Los hombres parecidos como hermanos, comenzaron a gritar que basta ya de pelear, preguntaron que había pasado, uno fue hasta donde estaba el chofer de la moto y le aguantó la mano diciéndole unas palabras inaudibles para Bruno, ambos tenían un estado de ánimo a punto del enfado, pero cautelosamente serio, Bruno se dio cuenta de que por la razón que fuese, esos hombres tenían un poder en el barrio que no debía ser desafiado, y se dio cuenta de que no haber salido de aquel pasillo oscuro habría tenido que actuar acorde a su imaginación o habría recibido una buena paliza. Lo que en realidad había ocurrido es que ellos se acercaron cuando él los desafió, en ese momento Bruno comenzó a sentir que no tenía rodillas, que de los hombros le colgaban los brazos como dos tiras de un cometa, a merced del viento, pensó en darle una galleta pero no podía mover el brazo, mientras la tensión cerraba toda conclusión que no fuese violenta, hasta que con la aparición de los gordos paulatinamente los tendones fueron recobrando su conexión con el cerebro y el resto del cuerpo en suaves ademanes de la mano, aunque temblorosos también coordinados, para empezar a explicarse festejando la aparición de aquel socorro divino. Cada uno le expuso a los señores su razón, los muchachos insistían en que Bruno tenía un interés no declarado al filmar cosas específicas del barrio y él dijo “si quieren les muestro lo que filmé, las ventanas las ropas colgadas afuera, que me hacían gracia”, y de a poco se fue calmando el ambiente excepto uno de los motoristas que estaba seriamente contrariado y quería a toda costa empezar la pelea, Bruno sentía que debía dar la razón a los que mandaban ahí, y sin ser afectado en su dignidad ya que nada de lo ocurrido impedía recordar la versión que su capacidad de imaginar le había concedido en primera instancia y seguir camino hacia la casa de su amiga, no hacia atrás donde con toda seguridad lo volverían a abordar los dos de la moto. Los hombres gordos les dijeron a los muchachos que fuesen en dirección hacia el mar y a Bruno hacia donde dijo que iba. Caminó unas cuadras con sigilo pero sintiéndose con ánimo renovado, una vez más después de tanto tiempo, había estado a punto de darles una buena tranca, él o su avatar, a un par de “imperfectos” permeados por una suerte de recuperación cultural a base de clichés cinematográficos. Cuando llegó a casa de la amiga, ella le dijo que debía tener cuidado en esa parte del barrio había un grupo que no era exactamente crimen organizado, pero sí usaban a menudo la violencia para defender los poco trasparentes negocios de que vivían. Cenaron juntos y después Giuseppina, a quien llamaban Peppina, lo invitó a que se tirase a dormir en su sofá, ella tenía que salir a cubrir a su compañera de trabajo que ese día debía faltar. Bruno pensó en lanzarse de una vez por todas, hacía mucho que deseaba besarla y todo lo que viene después. Quería besarla y acariciar sus pechos. Desistió, se llevaban demasiado bien como amigos lo cual les permitía dejar un margen para la imaginación, el contén y el deseo.

Peppina era natural de Acireale, una comuna de Catania que estaba hacia el norte, estudió en la ciudad hasta que entró a la Universidad y se mudó a Bolonia, donde se graduó en Ciencias Sociales. Peppina solía decir que en realidad a ella le interesaba una mezcla de arte y político que es lo que más se acercaba a la antropología y a las ciencias sociales, pero que en realidad no estaba apasionada por ninguna de las posibles aplicaciones profesionales de su carrera, sino más bien de los conocimientos a los que le permitía acceder. Aun siendo de la parte oriental de la isla adoraba la historia creciente de la Sicilia más occidental, desde Trapani a Cinisi, desde Érice a Vita, porque decía “resume la permanente lucha entre nuestras más extremas contradicciones identitarias”, Catania y toda la costa este contaban con una tranquilidad más centralizada. Donde Peppina centró sus estudios e investigaciones para la tesis de graduación fue en los sucesos violentos en torno a Peppino Impastato y a los jueces Falcone y Borsellino. Eran casos muy diferentes aunque unidos por el hilo conductor de los métodos expeditivos de la mafia para silenciar a sus oponentes en los años más duros. El caso de Impastato le parecía más integral aunque el de los jueces era sumamente complejo, este implicaba la vida en un pueblo tradicional de mar cercano a la gran urbe Palermo, implicaba la militancia activa de un joven comunista, desarrollada en una radio, usando el poder de la comunicación mediante la convicción, hijo de un mafioso y que entendió que aunque el principal enemigo del marxismo y el leninismo clásico se ubicaba en la burguesía industrial, en el caso de Sicilia, continuaba siendo una clase explotadora pero el sujeto a combatir y a denunciar era la Mafia. Ella pretendía realizar una labor al cabo de la cual el lector descubriese que lejos de tratarse de un puñado de seres impulsados por una violencia romántica nacida en la pobreza, la mafia era una organización de poder, de explotación, y con métodos ancestrales de dominio, coerción y castigo, tan insertos en la idiosincrasia popular, que provocan tanta asertividad como temor, y de ahí el mayor obstáculo para su erradicación o debilitamiento.

 Peppina había recorrido el mundo y a veces se sentía agotada antes de comenzar a explicar que la Mafia, de igual manera que los piratas y corsarios, convertidos en figuras románticas, héroes protagonistas con quienes el gran público simpatiza de una manera íntima, eran burdos y crueles criminales, capaces de las mayores atrocidades arrastrados por la avaricia. El hecho de que Impastato hubiese tenido su mismo nombre en masculino estaba lejos de haber influido pero era algo con lo que simpatizaba, aquel muchacho con su gorra y su coraje yendo cada día a denunciar a  enemigos no solo suyos sino de todos los sicilianos, aunque el mundo los considerase dignos de protagonizar un éxito de Hollywood,  la acercaba a su semblanza de un modo más familiar que a los también tremendamente respetables jueces, con quienes sin embargo sentía una mayor distancia social. Lo cual en parte también la llevó a tratar sus vidas, si cabe, con mayor pulcritud.

El elemento determinante que llevó a Peppina a sentir el caso de su tocayo de modo especial, fue que tras el asesinato de Peppino despedazado con una bomba, comenzó la lucha de su madre Felicia, aportando un elemento tan particular como importante en la sociedad de un pueblo siciliano, una mujer mayor enfrentándose al poder de la Mafia, que incluso le propuso, como era habitual cada vez que mataban a alguien, compensarla de alguna manera a cambio de su silencio propio de madre y de mujer. Peppina encontraba mñás elementos para luchar contra los prejuicios tradicionales del machismo el ejemplo de la lucha de Felicia viviendo a cien pasos deel asesino de su hijo, de aquel mundo extremadamente misógino, que el estandarte de las sufragistas inglesas, e incluso a la altura de Rosa Luxemburgo en lo ejemplar.

Para integrar la mayor cantidad de elementos posibles en su tesis, Peppina se fue a pasar dos meses a Palermo, desde donde casi cada día iba a Cinisi, donde por generosidad de quienes gestionan la casa de la Memoria de Peppino y Felicia se quedó algunas noches compartiendo con familiares Impastato y con compañeros de radio y de militancia del icónico mártir. Una de las tardes en la Casa de la Memoria, Luisa, sobrina de Peppino invitó a varios compañeros de su tío para que se reuniesen todos a una vez y compartiesen anécdotas y puntos de vista con la estudiante, ella apuntaba en una libreta, sabía que era mejor grabar las voces, pero prefería evitarlo entre gente que había padecido el rigor de vigilancias y persecuciones, y acaso por respeto a la manera más tradicional de recoger la historias de los testigos, la escucha. Según estimaba Peppina el hecho de mirar a los ojos y escuchar daba un valor extra a lo recordado una vez que se volcase sobre el papel, con la ayuda de apuntes muy puntuales, aunque también esto favorecía a la subjetivación de los hechos, una vez pasados pasado por el tamiz de la conciencia, de los punto de vista, los juicios morales del subconsciente y los prejuicios atávicos. Pero bueno, confiaba en el valor del proceso pensando que exactamente así había escrito sus mejores biografías Stefan Zweig.

Giusseppina conoció a Bruno en Cuba, en uno de esos viajes que todo italiano con cierta herencia comunista bañada en una enrojecida pintura Maseratti buscando el rojo Ferrari de los años de bolsillos dulces dotaron a la izquierda itálica, debían realizar para rendir tributo al último bastión de lo que una vez fuesen los coherentes Bordiga, Gramsci y Togliatti. En varios países del mundo la izquierda rinden este tributo a sus propios orígenes peregrinando a Cuba, ora con más mulatas y ron que fetiches revolucionarios, ora con un chapuzón de mosquitos y arroz con gorgojos por dos semanas, las menos de las veces, pero Italia es de lejos el país que más identificación ha permanecido a lo largo del tiempo, acaso por aquellos dos millones de militantes comunistas que llegó a tener tras la segunda guerra y que al no fraguar en un gobierno comunista, nunca se disiparon del todo como sí ocurre allí donde las mejores intenciones históricas, dejaron en la práctica las mayores decepciones anímicas, o sea, la desaparición de toda la terminología, ideario, e incluso piedad internacionalista allí donde sí consiguió cristalizar el sistema más justo jamás soñado. Peppina nunca llegó a decepcionarse del todo, aunque dado a que en sus reiteradas visitas fue incrementando el tiempo de estancia no pudo evitar dar de bruces con realidades que habría preferido no tener que asumir. Precisamente conoció la realidad porque en la medida que más tiempo se quedaba debía vivir en condiciones más asimilables a cualquier cubano de a pie, incluso en ciertos aspectos peores, porque en las contadas ocasiones en que se quedaba sin divisas, tampoco tenía la libreta de productos básicos expedida por la OFICODA exclusivamente a cubanos y solo en sus provincias. Coqueteó con el lumpenaje habanero, incluso con la marginalidad para poder fumar esos canutos de marihuana a que estaba acostumbrada, y que en Cuba era seriamente perseguida y castigada con penas altas, por lo cual quienes se atrevían a vender “efori” eran tipos y algunas tipas duras también. De ehcho ella le compraba a Lily, una chica de las provincias orientales, hippie de la novísima trova, que le había presentado la también oriental novia de Bruno. Pero aún así Peppina mantenía en un compartimento estanco de sus amores la misma mirada romántica de la Revolución de antes de conocerla, porque según decía, nunca pudo ver a Cuba con el Che. Como gran parte de los italianos tomaban la figura del guerrillero argentino nacionalizado universal como si fuese un partisano italiano. Pero no Garibaldi, a quien los sicilianos no podían ni oír mencionar sin erizárseles el pelo de la nuca.  

Lo cierto es que Peppina provenía de un hogar de clase media votante de la democracia cristiana en el que raramente se había hablado de política, ella pensaba que quizás esta fuese la causa que la impulsó a buscar las respuestas en el nutrido y profundo pozo de la historia de luchas de emancipación italianas primero, y luego universales. Pero en el fondo se cansaba rápido de vivir las experiencias desclasadas a que se sometía con frecuencia, con mucha voluntad pero escasa convicción y en el fondo brevísimo entusiasmo. Le encantaban los encuentros con el padre de Bruno cada tanto, porque este aunque sí había sido uno de aquellos comunistas completos y convencidos y en teoría lo seguía siendo, sin embargo disfrutaba cada vez que podía conversar con alguien sobre ópera y literatura clásica, pero más aún si podía divisar en la charla o los ademanes del interlocutor algunos destellos renacentistas, olor a madera noble, cosa que él encontraba en ella fácilmente y viceversa. En Cuba inició una investigación sobre el anarquismo en la isla pero las puertas se le cerraban cada vez que llegaba a la bisagra manejada por el burócrata de turno, de Trotsky ni de Bakunin se podía leer, punto. Así que la investigación se detuvo en lo referente a bibliotecas y universidades, no así en la investigación a pie de calle, Peppina había aprendido que deshaciendo dos o tres nudos de la madeja social podía comprender el sentido de cualquier caos por más enmarañado que pareciese.

Ella era totalmente heterosexual decía, pero de vez en cuando sentía la irrefrenable deseo de una relación relámpago con otra mujer, y esto en La Habana lo había encontrado en Lily su vendedora de porro, que a su vez también prefería el sexo con hombres pero admitía con mayor naturalidad sus momentos bisexuales. Había conocido esta excepcionalidad en sus preferencias en la universidad en Bolonia, con su profesora Gilda, que la sedujo desde el buró delantero con las medias y los cambios de piernas que las faldas que usaba, hacían mandatorio admirar, hasta el día que se citaron en la cátedra para revisar un examen y consiguieron que diferentes fuentes de deseo confluyesen en una serie rabiosa de babeos, manoseos, y suspiros. La novia de Bruno mantenía la amistad de Lily desde que eran jovencitas, cuando sostuvieron un episodio sexual en el que no llegaron a estar desnudas del todo pero se besaron, lamieron, tocaron y tuvieron orgasmos que ambas recordaban como una delicia, pero que en la época no había sido un suceso agradable, ya que era tan reprimido y autocensurada la conducta homosexual en su barrio y más aún en sus hogares, que en  aquella adolescencia vivieron con terror la posibilidad de, en efecto, ser “tortilleras”, Yesica más que Lily. A pesar de siguieron siendo amigas intimas durante toda la juventud, y que Lily fue a La Habana por el entusiasmo que le contagió su amiga en sus cartas y conversaciones por teléfono, nunca mencionaron el tema ni tuvieron otro roce lascivo explícito, aunque fueron reiteradas las veces en que Yesica usó las imágenes de los recuerdos más perturbadores en unas circunstancias y ardientes en otras, ya difusas, para alcanzar el orgasmo con sus parejas masculinas. En cambio Lily había aceptado que se sentía bien en ambos terrenos, según el momento o la persona aunque también el recuerdo de aquel episodio a temprana edad le echaba un auxilio cuando un orgasmo se le atascaba más de lo que el decoro sugiere.

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Published by martinguevara - en Europa Aorta Relax
8 septiembre 2022 4 08 /09 /septiembre /2022 19:58

Aquí sí me encuentro en una contradicción que desde siempre tengo asumida.

Antes de esta obsecuencia y sometimiento voluntario de instituciones, ayuntamientos y media, a una Corona ajena, y en muchos casos como el español y el argentino, enemiga, no recuerdo haber sentido ni gota de antipatía por la reina de Inglaterra Isabel II.

Y eso que ya era la mujer más rica del mundo, riquezas que fueron extraídas a lo largo de los siglos que le precedieron, mediante la más cruel y genuina explotación, matando, devastando enormes cantidades de territorios, de culturas diversas, sometiéndolas, extrayendo cada gota de sudor que las glándulas podían expeler, como hicieron todos los imperios, los chinos, el egipcio, el romano, español, portugués, francés soviético y estadounidense, pero la corona inglesa lo hizo durante largos períodos de sufrimiento y en los cinco continentes. ¿Simpatizaba con Isabel I, Guillermo, Enrique o con Victoria? No, solo con Isabel II, y antes de su muerte me habría encantado conocerla, ser olisqueado por sus perritos y galopar en alguno de sus caballos.

Quizás desde chico fui ingiriendo literatura y cine inglés más que de ningún otro tipo, o quizás no fuesen mayoría pero las obras británicas, se quedaban más arraigadas en mi hipotálamo, con excepción de Salgari, Batman y los Tres Chiflados.

Holmes, Agatha Christie, Simon Tmplar, los Beatles, incluso a Edgar Allan Poe lo sentía como muy inglés siendo norteamericano. No era como Mark Twain y su slang, el realista Walt Whitman, o la síntesis del también estadounidense Jack London que escribía sobre cosas muy norteamericanas pero con un estilo totalmente inglés. Quizás habran obrado en mi zapallo esas charlas con mi tía Celia que había ido a Londres y había cenado con estrellas de cine, con directores, había ido a un concierto de Pink Floyd cuando todavía tocaba Sid Barret y rompían vidrios en unos barriles de latón, que me llevó a ver Yellow submarine. El dock porteño de construcción de ladrillo a la vista me gustaba como con nostalgia, cuando ni remotamente pensaban en empezar a construir lofts y terminar creando la zona espectacular que es hoy Puerto Madero, la torre de los ingleses de la Plaza san Martín, el rugby, andar a caballo, tirar con carabina, el fútbol, y aunque no entendiese el polo, me encantaba ser del único país no británico que lo jugaba y ganaba campeonatos intercontinentales.

Yo mismo me digo, bueno, pero todo eso te podía gustar sin necesidad de que te gustase la mayor acumulación de riquezas después de la que protagonizó el Vaticano. Sin que te deleitase la representante del clasismo más excluyente, en el país donde surgieron las luchas obreras, los primeros sindicatos, donde tuvo lugar el primero feminismo sufragista burgués y el obrero, donde se dieron las primeras matanzas de trabajadores por realizar las primeras huelgas en las primeras fábricas del mundo, donde se revolucionó la ciencia con Darwin y Newton, donde fue a morir Marx y Freud, donde se escribieron piezas de teatro inolvidables, donde se adora al caballo el verde, el cordero asado, el rock, el esnobismo y ese acento maravilloso de la clase media.

Lo siento, sobre mi imaginario ejercía cierta fascinación esa reina que supo comportarse en la II Guerra, que mantuvo una pose durante más de 70 años, que vivió entre la abundancia de lo material y la privación de los placeres hedonistas, con esa sonrisa comedida que denotaba un refinado sentido del humor y el total desconocimiento del gozo que atesoran las juergas, que con tanto billete podría correrse sin interrupción. Su predilección por esos períodos estivales en el palacio de Balmoral en Escocia, bajo la lluvia en vez de en alguno de sus lujosos yates dándose chapuzones en los mejores mares del mundo. Por la caricatura pop de su imagen, y porque más que ejercer de pirata succionando las riquezas, visitó de buena voluntad los países sometidos a la Commonwealth mostrando respeto.

Pero por favor lloren con llanto tenue, no anden por ahí sollozando con ese estrépito mocoso, que mañana habrá que seguir celebrando el 4 de julio en Estados Unidos, reclamando Gibraltar en España, reivindicar la devolución de las Malvinas en Argentina, exigiendo el retorno del frisio del Partenón a Atenas, además de criticando a nuestros, en comparación, extremadamente humildes políticos ladrones.

En fin es una de esas contradicciones que no generan fricción, asumida y metabolizada. Aunque en mi favor puedo añadir que  jamás me acerqué al palacio Buckingham, ni osaría comprar una taza con su cara, lo único que tuve con su rostro fue el disco de Sex Pistols, ni pagaría un céntimo para subir a un ex barco suyo o uno de los tantos palacios visitables. Aunque la primera vez que fui a Inglaterra con mi amiga Gladys, fuimos a un hotelito en Chelsea donde la ventana de mi cuarto daba a una cancha de cricket que se extendía detrás del hotel, y me pasé buena parte de esa tarde mirando el partido, embrujado más por el verde y el inmaculado blanco de los jugadores, las mesitas, las tazas y los asistentes, que por el, reconozco, no demasiado divertido deporte que no obstante generaba un entusiasmo plácido. Al pasar el tiempo, tras una visita a la ciudad de York, a punto de partir, la estación de tren se llenó de caballeros emperifollados y mujeres con vestidos y sombreros exéntricos en colores vivos, para ver uno de esos derbys de caballos a los que la aristocracia es tan aficionada. Imagino que esos gustos los podría compartir con la reina.

Dos caras tuvo este reinado, por más que exoista un interés tan marcado en relarcar solo la reina que cumplió su deber.

Apenas 6 meses después de la coronación de Isabel II, Kenia sufrió la mayor masacre del ejército británico en Africa. Contra los Mau Mau (KLFA) quienes se habían organizado tras décadas de humillaciones, torturas y muerte, Churchill aprobó y la reina no se opuso al bombardeo indiscriminado con seis millones de bombas por la RAF, de decena de miles de keniatas.

La historiadora inglesa Caroline Elkins estima que entre 130.000 y 300.000 fueron muertos. Sin embargo, sus datos son cuestionados por el demógrafo John Blacker, que afirma que murieron “solo” 50.000. Una cosa es cierta: según los documentos militares 1.090 personas recibieron pena capital. Y las torturas variaban del corte de orejas a la perforación de los tímpanos, el derrame de parafina caliente en los cuerpos, la castración y los golpes hasta la muerte, entre los torturados estuvo el abuelo de Barack Obama.

Murieron muchos niños y abuelas, alguna incluso tan adorable como la reina.

Se fue un icono con 96 años de una vida repleta de placeres, ajuares, híper riquezas y algunas puntuales aunque severas privaciones. La última gran reina.

Después de los millones de niños que mueren de hambre sin siquiera haber comido bien un solo día, muchos de ellos a causa precisamente de la avaricia de esta y otras coronas, le deseo que descanse en paz. La necesitará allí a donde arribe.

Cricket y caballos
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Published by martinguevara - en Europa Aorta Relax
4 septiembre 2022 7 04 /09 /septiembre /2022 13:21

Tenía dos casetes de música jazz, de noventa minutos cada uno. Uno era de Louis Armstrong y el otro de Glenn Miller, me encantaba el swing y el sonido New Orleans, así que cuando me metía unos buches de ron en mi casa de 1ª y 16 y me iba caminando al Sierra Maestra, a darme un baño, comer un bocadito, tomar un laguer y ver a amigos o materiales, iba tarareando The bucket's got a hole in it o Chattanooga Choo Choo, sabroso, medio en pedo, el sol en la cara, la camisa abierta, el blue jean empercudido y las botas calientes por avenida primera, nada de short y chancletas como se usa hoy; a la playa había que ir como a la fiesta.

A veces paraba un ratito en 12 para mirar las jevitas ricas que se arriesgaban a alimentar las fantasías de los rescabucheadores que más de una vez cobraron gruesos tranqueos por pajuzos. Había una niña que me tenía loco, lo que se dice arrebatado, en aquel tiempo no se usaba tanga en Cuba, ella fue la precursora, pero eso no sería nada sin su clase de culo y Papa John's, que aunque no tuve el gusto de conocerlo personalmente, se podía intuir sin mucha dificultad el deleite de su elixir donde se hendía la prenda premonitoria. Cada vez que esa chiquita se bañaba habría legiones de mira huecos alrededor. Después pasaba el Karl Marx fijándome siempre de reojo, desde el inconsciente, si alguna vez se les volvía a ocurrir ocultar a toda la población un festival de rockeros y estrellas del pop internacional como aquel que me perdí a finales de los setenta. Pero nada, alguna rara vez anunciaban a los Son 14, o a los Van Van, en tiempos en que los pepillos no escuchábamos música de guapos, un par de años más tarde todo se mezcló y hasta Manyenye comió ajonjolí.

Más adelante el Cristino, donde solo iban familiares de pinchos como podía ser yo pero sin ser mi caso, y chivatones de los de verdad. Donde años más tarde una prima, negó la entrada a mi hijo que vivía en 5ª y 10 pero no era hijo de una madre revolucionaria, a una lujosa fiesta de cumpleaños de su hija, que pobrecita no era culpable de las consecuencias de una bola de cebo tan amorfa. Y unos pasos más allá, el drive way del Sierra Maestra, con su vigilante en la entrada, su tienda de productos especiales para técnicos extranjeros donde mi madre compraba los cartones de cigarrillos Populares, la jamonada, el queso, el ron Legendario, el laguer cubano sin etiqueta, a veces el Polar, el Hatuey y el Pilsen Urquell y el vino búlgaro Cabernet. Y mucha más comida, tabaco y curda que la que había en la bodega del arroz con cambolos y gorgojos.

Aquello era un abuso que a mi me avergonzaba, en vez de manifestarme mediante la abstención o la denuncia, llevaba amigos y novias a casa a comer todos los días, de esa forma pagaba la culpa de ser participe del engaño de la igualdad. Tenía un carnet de técnico extranjero, casi nunca me lo pedían a la entrada del Sierra, pero lo llevaba por si el de la puerta era un guardia nuevo, o un "imperfecto"

A la entrada, iluminado con el sol que entraba por los dos flancos, desde el mar y desde el cielo abierto de esa pequeña ensenada que hacía la costa de La Habana en ese punto, el mármol del suelo brillaba y el perfume del salitre empujaba a la cafetería de la entrada, para tomar una Pilsen fría. A esa altura generalmente ya me había encontrado con un amigo, una jevita, un primo, o cualquiera para meter una muela, la que se terciase, la que el estado de ánimo y el humor sugiriesen. Pero nada de política, en Cuba no se hablaba nada de eso, al revés de lo que la gente de afuera de la isla piensa, esa omni y multi presencia de la jerga política, ideológica, adoctrinada y alienante, causaba el efecto opuesto en los ámbitos íntimos, en cuanto el cubano se despegaba de la necesidad de muela oficial, del poema obligado, hablaba de todo menos de política.

A veces estaba Fernando, a veces el dominicano loco, a veces Niurka, a veces la bailarina de ballet acuático, a veces Renata, a veces el otro Fernando, el colombiano loco que sacó la cara por mi años atrás en la beca cuando me tenían loco a botazos voladores nocturnos llenos de meado, a veces a Robertón, que era un hacha para todos los deportes, apenas había empezado a jugar voleibol en la canchita de atrás de la piscina y ya era el mejor, igual que al wind surf. No teníamos tablas como las que había en el capitalismo, pero teníamos alguna tabla y su botavara, lo cual era un lujo. Pero el que con más frecuencia encontraba antes de entrar, o íbamos desde mi casa porque era cubano y tenía que entrar con un ruso o sucedáneo, era mi amigo desde que llegué a Cuba diez atrás de aquello, Evelio, que era esponja igual que yo.

Esa vez lo encontré ya adentro, tomando una cerveza en el muro que daba al mar.

-Que volá yenika, me entró Fernan.

-Qué volaíta brother, hoy traje eso.

Yo también tenía la botella fría en la mano, le dije que fusemos atrás. Tras bañarnos en la piscina grande, en el mar nadando hasta los yakis que habían situado para que las marejadas no arruinasen las fachadas. Una vez me singué a una titi en un yaki, cubanismo que proviene del término “jaks”, con el sol lamiéndome la espalda, y ella de frente al cielo y a la orilla de enfrente a noventa millas, uno de los palos más ricos que se pueden echar en Miramar, porque la estructura del yaki permite acomodarse para mamar bollo, luego subir para ser succionado en el rabo, e invita a distintas posiciones para la singuetta. La singuetta es como la vendetta pero en plan bueno.

Y cuando cayó el sol le dije a Evelio- vamos a jamar algo- nos pusimos en la cola de la cafetería de la piscina, y de repente se me coló una rusa, el Sierra Maestra era más que nada hogar de rusos, que escudaban sus acciones en la isla bajo la denominación de técnicos extranjeros, pero eran militares, maestros de técnicas policiales, algún ingeniero, y mucho chivatón de su compañero que a su vez era vigilante de otro. Porque los que más hacían negocios en mercado negro entonces eran los rusos, compraban lo que no iban a consumir de la tienda de privilegios, y lo revendían en la poca población con que se dignaban a hablar. Había también polacos, húngaros, rumanos, búlgaros, ninguno de estos soportaba a los rusos, y eso que eran todos de partidos comunistas de sus países, si no salía nadie. Yo tuve amigos rusos, alguna noviecita también, aunque la rusa de esa época no se parecía en nada a la que anda ufana llena de rublos hoy por Marbella, esbeltas, producidísimas, lacadas, plastificadas, pero lindas. No, aquellas eran como salidas de una dacha, el traje de baño partía hacia abajo casi desde el sobaco, que dicho sea de paso, cada uno de aquellos sobacos sí que eran un arma letal mil veces más poderoso que todo el arsenal estadounidense, se bañaban en la piscina nadando en estilo pecho sin meter la cabeza en el agua, usaban gorros de pelo, y en la parte que hacían pie, siempre había algunas parejas de rusos jugando ajedrez con un tablero flotante, y miraban con ojos de oso con rabia a los niños que salpicaban o saltaban desde el borde en vez de hacerlo en la parte profunda y desde el trampolín. Los demás "técnicos" no se sentían cómodos con los rusos porque estos se creían superiores, bueno, no es que se creyesen, estaban situados en instancias superiores, y a los cubanos, que eran los encargados de construirles el edificio Mazinger, la embajada fortaleza más hostil con la estética de la Historia, ni siquiera les hablaban. Salvedad hecha por las numerosas parejas ruso-cubanas que vivían de manera normal en la isla, generalmente compuestas en la URSS durante un período de trabajo o estudio del cubano/a en la patria superior.

Le toqué el hombro a la rusa, y le dije que se me había colado, yo también era "técnico" .

-Mucho poco tiempo Cuba, no habla española- me dijo la muy descará.

Cuando cogía aire para decirle no recuerdo que barbaridad, Evelio me hizo señas de que la dejase por imposible, ¡él! justo él que cada día si querías ver una bronca a la salida del colegio Orlando Pantoja, a las 4 y 20 en la sinagoga lo tenías en el ring. Pero tenía razón, la rusa se empacó, se cuadró como una gendarme y no estaba dispuesta a deponer su derecho a arrebatar a los cubanos, a los aplatanados, o al resto del mundo incluso, su puesto para el helado. Cuando le tocó, la rusa dijo en español acentuado con el tono especiado de la taiga:

-Compañera, bocadita di qiueso-

Y entonces le dije: Tú sí que sabes hablar español y colarte como un cubano-

Cogimos un bocadito cada uno, y ya cayendo el sol, le dije a mi amigo, hoy nada de materiales ni socios, que traigo el Jazz. Lo que él ya sabía. Le llamaban ñaña, efori, veneno, eran unas hojitas de marihuana seca envueltas en papel de estraza, lo que en aquella Habana de inicio de los ochenta era un porro, al coste de una “monja”, cinco pesos, de los pesos que valían, que traían a Maceo altivo, orgulloso, casi como un ruso en en el Sierra Maestra, no como hoy que el pobre está en los billetes alicaído, tumbado, sin machete ni cohete. Fumamos el porro y Evelio me decía -brother no me hace ná- y cada vez que lo repetía demoraba más en terminar la frase, hasta que empezó a reírse, y yo me empecé a deshollejarme a carcajadas. La cantidad era escasa pero era del Esacambray, una calidad superior.

En esa época y aún hoy, fumar yerba era un delito muy penado por la ley, por eso me refería a quemar una ñaña, como : " tocar Jazz"; así que para honrar el mote apelativo nos pusimos a cantar los temas de jazz de Armstrong y Miller, a dos voces, dos trompetas, dos baterías, en el fondo de las piscinas del Sierra, frente a las cabañitas, a los yakis, al sol del mar naciente cayendo sobre nuestra nota de ron, laguer y jazz.

No dejamos de reírnos hasta que nos despedimos en la parada de la guagua recordando la recién aprendida frase que marca la superioridad racial de los Urales:

"Compañera, bocadita di quieso"

Piscina del Sierra

Piscina del Sierra

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Published by martinguevara - en Cuba Opinión Cuba flash. Relax
4 septiembre 2022 7 04 /09 /septiembre /2022 11:55

A menudo, Gamsa caminaba por la rivera sur del río hasta el puente Blackfriars, iba hacia el centro donde se detenía y allí podía permanecer largos minutos dejando que el aire le llevase alguna idea, un recuerdo, o un nuevo pensamiento y de paso le lastrase los desteñidos. Solía decir que Blackfriars era el verdadero puente de la ciudad, ya que conectaba la avaricia de la City con la Londres incendiada de los comerciantes, los cacos navajeros y las putas, que hoy se reencarnaban en la Tate Modern, decía que un puente debía ceder protagonismo a sus dos orillas y al discurrir del agua, rol secundario que cumplía con orgullo aun siendo esas las dos orillas menos llamativas para el turismo consumidor de estridencias. Desde el Blackfriars observar ambos lados era como estar dentro de un cine a oscuras en un asiento central en la fila ocho, en medio de la acción, en el rol más protagónico, el del observador para quien todo está pensado, pero sin ser percibido, en cambio desde el puente Westminster o desde el puente de Londres, no hay manera de no ser parte de una película grandiosa, enorme, inolvidable, pero que hace mucho tiempo que nadie ve, solo se menciona como hito cultural, como Casablanca, Lawrence de Arabia o Lo que el viento se llevó.

Una tarde, tras comerse una salchicha de tipo búlgara en los puestos callejeros al lado del río, antes de que entre el ocaso y la niebla ya no se viese nada, se apresuró para llegar al Blackfriars, al llegar a la boca del puente, escuchó una fuerte discusión proveniente del centro del puente, exactamente desde el punto al cual se dirigía, dos hombres discutían acaloradamente, con el sol difuminado tras las nubes y a punto de desaparecer bajo el horizonte alcanzó a ver dos figuras que de repente se callaron y una se abalanzó sobre la otra, comenzando lo que casi seguro era una pelea a puñetazos, pero fue algo instantáneo, casi dejaron de pegarse en cuanto comenzaron, y entonces los vio dirigiéndose a la parte trasera de un coche, abrieron el baúl y sacaron un bulto considerable, cada uno lo tomó de un extremo, lo colocaron sobre la baranda y lo dejaron caer al río. Al chocar de plano con el agua emitió un fuerte sonido, y de inmediato se hundió entre los tenues destellos que platinaban las crestas de las pequeñas olas fluviales.

 

 

 

 

Blackfriars
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Published by martinguevara - en Europa Aorta Relax
25 agosto 2022 4 25 /08 /agosto /2022 19:59

Sonny estaba de lo más pancho escuchando Midnight Rambler en el cinco punto uno enganchado a su computadora, cuando escuchó en medio de los punteos de guitarra y el sonido de la armónica, unos pequeños golpes, tímidos, sordos que parecían más en la puerta de entrada de su apartamento que en la batería de los Stones, bajó la música para cerciorarse de que no se equivocaba ya que las pocas veces que alguien lo llamaba, usaba el timbre cuyo botón estaba ala izquierda de la puerta.

En efecto, alguien estaba requiriendo su atención. Descalzó sus pies de las pantuflas que los cubrían y con los calcetines de lana se acercó sigilosamente a la puerta para mirar por la mirilla de quien podría tratarse. Generalmente quien está fuera escucha pasos ve alguna sombra por la mirilla o un resto por la hendija que se trasluce por debajo, pero aún así Sonny prefería tomar ese recaudo, ya después si conocía a la persona se excusaría. Era una chica de pelo castaño ondeado sobre los hombres, no la conocía, pero sin preguntar a través de la puerta cerrada, decidió abrir con cierto reparo torciendo un poco el torso porque estaba en calzoncillos.

-Por favor, déjeme pasar, le explico adentro- le dijo la muchacha en voz muy baja, casi imperceptible. Esto puso en alerta a Sonny, pero evaluó toda la situación, la chica era menuda, sus manos estaban libres, no parecía alterada por droga alguna ni padecer un estado síquico peligroso o delirante a juzgar por la firmeza de los ojos, lo que sí parecía asustada, y pensó que dejarla pasar sería el mejor desenlace de ese pequeño y misterioso percance.

Una vez que Ángela se había presentado, Sonny le ofreció agua y asiento, entonces ella le pidió que volviese a subir el volumen de la música de modo que si el que la perseguía llegaba a esa planta no sospechase que ella estaba dentro. No era exactamente susto lo que revelaban sus ojos, sino preocupación.

-No vaya a pensar que soy una de esas.

-Si no me explicas un poco que ocurre, quien eres y de donde vienes, no tengo ninguna pista para pensar nada.

Ángela, proveniente de un hogar de clase media bien establecida,  se había ido a dar la vuelta al mundo, hasta donde llegaran los caminos que emprendía y alcanzasen los billetes que en la medida que iban menguando, con más celo guardaba en el reverso de su pantalón vaquero. Conoció mucha gente, nadie le interesaba tanto como detenerse por más tiempo que el que podía subyugarla una buena habitación, algunas comidas, almohada o sofás acolchados hasta recobrar fuerzas y ánimo para continuar intentando alejarse de su espalda. En una de esas, en Francia, conoció a Pierre, un boxeador amateur cuya mayor aspiración era poder boxear algún día en Las Vegas y que lo presentasen con un cuadro de Monet detrás, era su pintor favorito y era lo único que, según él, Francia tenía de diferente para ofrecer al mundo. Ángela lo encontraba tan naif que pensaba que él se inventaba ese personaje con la nariz achatada a trompadas fetichista de un pintor impresionista. Pero le encantaba, más que por la conexión sexual que tenía con él, que no era en absoluto deficiente, lo que lo hacía irresistible era su capacidad de protegerla, de abrazarla y hacerla sentir segura sin poner ninguna condición, más bien estando siempre presto a abandonar todo para ir a pelear a los estados Unidos. Todo por un nocaut. Pierre aún era amateur porque la mayoría de su habilidad en el box la había adquirido en peleas callejeras en un suburbio de Brest, ciudad de la que se comentaba que pugnaba con Calais para ver quien era la más fea. Decidió apuntarse al deporte bastante crecido ya, cuando evaluó que si bien se había llevado unas buenas palizas, habían sido muchas más las veces que había ganado y casi siempre con contrincantes bastante más grandes, cosa que en el ringo no ocurriría. Lo cierto es que Pierre tenía dotes naturales para boxear bien, piernas, cintura, mandíbula, hombros, una pegada fuerte y sobre todo esa agresividad, ese deseo de someterse a la prueba para superarla, lejos del miedo que suele tener habitualmente la gente a llegar a las manos, a él lo excitaba si se terciaba la ocasión.

Ángela siguió Pierre a  Pontoise, ciudad cuna del impresionismo, donde él deseaba con vivir porque allí habían vivido casi todos los impresionistas, menos Claude Monet, además estaba cerca de Paris lo cual era muy conveniente por las peleas que podían surgir. Y porque era un pueblo bello, diferente de su barrio de jeringuillas y hormigón armado.

-¿Y qué haces aquí en la escalera de mi edificio, tan lejos de Pontoise?

Ángela creyó que había encontrado el fin de la búsqueda que implicaban sus traslados en la geografía, en las costumbres, en los climas y los acentos, si bien era opuesta a la convivencia en pareja, no vio con malos ojos la posibilidad de asentir cuando Pierre le  propuso que se mudase con él para estar juntos y solucionaban el tema de abaratar gastos. Ya que si bien Pierre era boxeador amateur entre cuerdas, fuera de ellas peleaba por dinero, y a veces hacía algún que otro trabajito que requería de sus habilidades en solucionar expeditivamente los entuertos más habituales y así fue que empezaron a compartir cafés matutinos, charlas nocturnas, la televisión, los libros, el olor del baño con uso reciente, el de los calcetines, pantalones y ropa interior colgada en las sillas hasta que llegaron los gases estomacales liberados por el orificio más cubierto y protegido del cuerpo humano. Ahí ambos llegaron al acuerdo de que, aunque costase un poco, se levantarían e irían al baño o al porche de la casita que alquilaban, a dejar que los aires interiores y exteriores se mezclasen lejos de las narices.

Fueron entrando en la monotonía que atrapa a toda buena vida, y que de a poco va pegando la vuelta para dejar de ser tan buena.

Un día lo llamaron desde París que si quería aceptar un combate en Worcester, cerca de Birmingham, de donde era la salsa oscura para carnes, le explicaron que el premio era una bolsa de dinero pero sobre todo era la posibilidad de saltar al boxeo inglés en Londres. Aceptó con entusiasmo, esa noche hizo el amor tres veces, primero por delante después por detrás y luego estuvo mamándole el chochín a Ángela hasta las dos de la mañana cuando le echó el último polvo de costado. A Ángela no le gustaba mucho cuando tenía que ir a fajarse, pero esa vez pensó “si va a ser así, ya nos vamos a Las Vegas”

Pierre ganó en Worcester, esa noche cató rendido en la cama, pero a la siguiente otra vez se sintió como un león rey de la manada con su leona elegida.

Con el tiempo Pierre fue ganando cada vez más dinero con las peleas, que ya las competía en el deporte profesional, aunque nunca peleó en Londres, era reclamado desde diferentes ciudades a las que viajaban juntos y luego regresaban ala tranquilidad de su pueblo impresionista donde ya habían alquilado una casita, un poco más cara pero bastante más mona. Pierre no guardaba el dinero en el banco, una de las cosas con que había si9mpatizado cuando conoció a Ángela es que ella lo escondiese en la costura interna del pantalón, exactamente como él. Ya las cantidades que ingresaban no eran susceptibles de tal escondrijo pero descansaban en el fondo de jarrones, bajo colchones, en el placard en gruesos fajos.

-¿Espérate, le robaste el dinero?

Pierre tuvo que partir casi de urgencia a Brest por un asunto familiar y Ángela, por primera vez en mucho tiempo se quedó sola. El tercer día se sintió tan bien, que empezó a recordar los efluvios dulzones del camino, de arribar a una nueva ciudad sin conocer a nadie, de escuchar silencio cuando se callaba y escuchar su música, ver sus películas, sus programas de radio y televisión, de levantarse a la hora que deseaba comer sola acuclillada en un sillón o en un café dejando las horas pasar frente a una ventana. Pierre le mandaba mensajes diciendo que estaba todo bien, que no se preocupase, y ella le respondía que se tomase todo el tiempo que precisase para resolver todos los problemas. La madre de Pierre había enfermado y no mejoraba con el paso de los días. Ángela decidió no esperar a que Pierre regresase y tomó un tren con hacia Brest con todo el dinero que él le había indicado que llevase. Pensó que no era justo que todo eso se gastase en una madre que no le había hecho ni caso, de la cual no había oído hablar ni una sola noche de revelaciones e historias, más que mencionada en episodios poco memorables. Se bajó en Rennes, se metió en una brasserie, comió bebió vino y se fue a un hotelito a dormir la mona mientras el teléfono no paraba de sonar.

A la mañana siguiente tras desayunar y aún con resaca, envió un texto a Pierre de que llegaría un poco más tarde porque se había sentido mal y tuvo que bajarse en el camino. Tomó un tren a Bordeaux, de ahí cambió a otro a Hendaya, cruzó a Irún, paró dos días en Fuenterrabía y de ahí decidió ir a Burgos, donde alquiló un pequeño apartamento de un living, un cuarto y un balcón a una plaza. Tiró el teléfono y compró una nuevo con una nueva tarjeta de prepago, pidió perdón a  la virgen de los ateos, y a un dios devorador por la poca culpa que tenía Pierre de sus impulsos de libertad, del abandono y del hurto. No pudo dormir tranquila pero no dio marcha atrás.

-Ángela, ¿Pierre te siguió hasta aquí?

La madre de Pierre murió a los tres meses mirando la foto de su hijo abogado, casado con una chica de familia proletaria pero que vestía de saco y corbata, de la propia ciudad de Brest, que, tras conseguir de ella que le cediese sus ahorros para balancear las apariencias en la boda, nunca más la fue a visitar, ni siquiera mientras Pierre la acompañaba en el final de su enfermedad, se comunicaba con él por las aplicaciones del teléfono móvil, y a veces, tras la insistencia de la madre, le enviaba un saludo con la mano.

Una vez que falleció la madre, el hermano se presentó en la casa para iniciar según él los trámites del sepelio, el entierro, y por supuesto de lo poco que restaba en pie de la herencia. Pierre llevaba unas semanas difíciles por la desaparición de Ángela, y no lo ayudaba mucho el empeoramiento de la salud de su madre. Le contó a su hermano Antón la historia con Ángela, su vida en Pontoise, el dinero que había conseguido amasar boxeando, y la inexplicable faena que le había hecho y que aun, no conseguía asimilar. Antón, al sentir a su hermano sin fuerzas incluso ni para ir tras Ángela, le ofreció sus servicios como abogado para seguirla allí donde se escondiese y formular una acusación por el robo. Pierre le dijo que no tenía como demostrarlo frente a un juez ya que el dinero no estaba declarado. Antón le dijo que no se preocupase, que él se haría cargo de eso.

Ahí comenzaron las pesquisas y minuciosas averiguaciones de Antón, que primero regresó a su casa de Marsella y acto seguido comenzó a pisar el rastro que habían dejado los talones de Ángela.

Lo que no podía imaginar Pierre, es que esta vez Antón no lo hacía movido por la avaricia habitual, por una vez en mucho tiempo, como cuando eran niños sentía compasión por el hermano, quería ayudarlo, encontrando a Ángela y resolviendo el tema todo lo más parecido al cuento la Intrusa de Borges, que el civismo y un mínimo de decoro permitiesen.

Pontoise y Brest
Pontoise y Brest

Pontoise y Brest

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24 agosto 2022 3 24 /08 /agosto /2022 15:51

Muchas veces vi a mi madre reflexionando si era mejor sufrir el exilio o padecer la cárcel como mi padre en Argentina. Con el agravante lapidario de que el padecimiento de mi madre, nadie lo tendría en cuenta, es más, se consideraba un privilegio y en honor a la verdad en cierta forma lo era, en comparación con el heroísmo de soportar la tortura y el temor que supone la prisión en manos de carceleros inescrupulosos.

Mamá sufría por el dolor que sentía mi padre, por su suerte, por la incertidumbre cada día de si aparecería en una zanja o desaparecería en el río, también sufría por estar lejos de su tierra, y también por la vergüenza de haberse "salvado"

En cierta forma esto lo sentí yo también al ir creciendo y pensando que ya estaba en edad de cargar con un arma e ir a liberar a mi viejo, esa obsesión me saltaba cada noche antes de ir a dormir, a veces se colaba en mis sueños adoptando las formas y los desenlaces más disimiles, los que temía o los que deseaba mi subconsciente. De ahí que me despertase en medio de la noche entonando una oración recitada a modo de verso que hasta hoy me acompaña, "mami, mami que estás en los cielos/ niño chiquitito, objeto puntiagudo" o me despertaba pleno de ilusión, de autosuficiencia, si había conseguido morir en el intento de liberar al viejo, y todos honraban mi acto de valor, eso lo sentía en paralelo a que mi otro yo, el que debía cargar la mochila de lo inevitable y lo cotidiano, lavaba los dientes que pronto se pudrirían y enlazaba su pañoleta.

Mamá, acarreaba fantasmas de mucho antes de aquel episodio histórico, que le hicieron un camino, una senda en que no fuese extraño el sentimiento de tristeza, de fomentos frente a la baja autoestima, de una mortaja adecuada para morir de tristeza.

El viejo no jugó sus cartas de héroe, sus mucho puntos ganados en la resistencia a todos los peligros, no aceptó vivir cómodamente en el Caribe cuando salió de la cárcel, se quedó en su apartamento con el colchón en el suelo, lo cual siguió cubriéndolo de virtudes. Se enferma de todos los virus, bacterias y dolencias que existen, pero igualmente se cura, es un mecanismo de lucha que ya tiene desde antes también de aquel período histórico de mi país.

En cambio yo, soy una mezcla de uno y otra. Ni moriré ni venceré, aún busco la dimensión en que la brisa suave y el aroma a roble, sea una constante

 

Aroma a roble
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21 agosto 2022 7 21 /08 /agosto /2022 19:45

Antonio Ramón Ramón nació en Granada a finales del siglo XIX, en una familia disfuncional de labradores, el padre padecía un tipo de esquizofrenia que de vez en cuando, le llevaba a pensar que la esposa y la hija lo querían matar.

Antonio aprendió a leer, escribir y alguna operación aritmética antes de tomar la azada, las riendas del burro y "tirar todo tieso" para el campo. A los 22 años se fue al norte de África, donde el padre había vivido, una vez en Argelia lo confundían con otro joven, hasta que dio con él y supo que tenía un medio hermano fuera del matrimonio, de nombre Manuel Vaca. Desde ese día se hicieron inseparables. Al ver que no cambiaba mucho la dureza de Granada con Argelia, decidieron poner rumbo a América. Llegaron a Brasil, pero las condiciones de trabajo eran casi esclavistas en ese época, y como contaban con pocos recursos decidieron que uno de los dos se iría a Argentina y cuando pudiese se traería al otro hermano. Antonio se quedó en Brasil, al poco tiempo recibió una carta que Manuel le contaba que iría a Chile donde trabajar en las salinas de Iquique era considerado el oro blanco, se comentaba que se podía salir rico de allí en poco tiempo. Antonio le contó que había conseguido trabajo en el ferrocarril, que no estaba tan mal.

Pasado un tiempo Antonio leyó las noticias de la matanza de más de dos mil obreros de las salinas en la escuela Santa María de Iquique, que estaban marchando y protestando para que les considerasen el cien por ciento de los cheques pagarés, que ya eran miserables, de los cuales además cobraban solo el sesenta por ciento.

Los patrones se cansaron de la protesta y decidieron dar un escarmiento para futuros atrevidos, pusieron una tropa de ametralladoras y cañones, al mando del general Roberto Silva Renard, con la orden de disparar a todos los manifestantes, mataron hombres, mujeres, niños, bebés, más de dos mil personas.

Antonio comunicó a sus empleadores que se iría a Chile para aclarar sus sospechas sobre que le había ocurrido a su hermano al no recibir ninguna carta suya. Y en efecto al llegar a Iquique supo que su querido e inseparable medio hermano Manuel Vaca estaba entre los asesinados. Comenzó a urdir una venganza.

Tras saber que el general estaba destinado en Santiago de Chile dirigiendo una fábrica de municiones, se dirigió hacia allá y estudió sus movimientos. Una tarde que el general caminaba tranquilamente por la acera que llevaba a la fábrica, regresando de un almuerzo, Antonio saltó por detrás, tomándolo por el cuello le acercó un pañuelo empapado en somníferos que consiguieron adormecer a Roberto Silva, entonces Antonio, raudo antes de que la gente se aproximase, lo introdujo en la parte trasera de una carreta, le cubrió la cabeza con un bolsa de arpillera, ató sus manos y pies con una cuerda y se dirigió al almacén abandonado donde ya había acondicionado una esquina del sótano par5a alojar al asesino de su hermano junto a otras dos mil personas.

Durante semanas lo mantuvo con agua, pan y carne cocida con verduras, sin responder a ninguna de las interrogantes y súplicas del reo. Una mañana se sentó frente al general en un pequeño banco de tres patas de los que se usan para ordeñar, y habló por primera vez

-Soy hermano de uno de los que mataste en Iquique. En estos tres años ¿cuantas veces has pensado en las vidas que segaste aquel día?

El general balbuceó, no atinó a articular una respuesta coherente aquella mañana. Pero al día siguiente cuando Antonio regresó con la intención de hablar, el general se sinceró y dijo que si bien le asaltaban las imágenes de aquel día, como el Ejército lo había premiado con el puesto en la fábrica, no le daba el matiz trágico, solo perturbable. Antonio le preguntó por los niños ametrallados, el general se hundió en el silencio.

Así pasó un día tras otro, hasat que el general se desplomó en un llanto en que mezclaba el temor por su vida y un atisbo de remordimiento, ante la toma de conciencia de que aquello no tenía posibilidad de redención. Una semanasa más tarde Antonio emprendió un viaje en diligencia desde Santiago a Iquique con el general detrás, amordazado y bien atado, a quien alimentaba en las noches en algún sitio seguro. Una vez arribados a la escuela Santa María de Iquique, esperó a la madrugada, bajó al general del carruaje, lo llevó hasta el lugar donde cayeron masacrados los dos mil obreros, le quitó la venda de los ojos y la mordaza, lo primero que vio el general, es que estaba rodeado de decenas de personas, y detrás de ellas había otras decenas, su mirada era de asombro pero la expresión de su rostro y sus hombros era de derrota.

-Todas estas personas, al igual que yo, son familiares de los asesinados por usted, hay hermanos, padres, hijos, esposas, incluso hay sobrevivientes entre ellos. Este revólver de seis balas se lo entrego para que usted decida con total libertad a quien más le toca morir, nadie se moverá de su sitio.

El general tomó el arma con las manos ya desatadas, arrodillado en el centro, oliendo la humedad de la tierra que tres años atrás fuese el fondo de un río de sangre, colocó el cañón del arma en el cielo de su boca y accionó el gatillo causando un fiuerte estruendo y dispersando parte de sus sesos mezclados con trozos de hueso parietal por la tierra ya seca.

Eso habría sido un final posible, pero lo que en verdad tuvo lugar aquel  14 de diciembre de 1914, fue diferente, el general no llegó a perturbarse por la perversión de su acto, pero de todos modos se consumó la justicia. Antonio esperó a que Silva regresase a la fábrica y mientras caminaba pr la acera saltó sobre sus hombros clavando una daga de acero en el costado derecho de su cuello, lo escuchó chillar, sintió como se le aflojaron las piernas y de inmediato lo giró para propinarle otra puñalada que decretó la invalidez de por vida del asesino, no sin antes gemir y lloriquear por su vida, inundando el ambiente de un olor nauseabundo proveniente de la materia que sus esfínteres ya flojos, no pudieron contener. Antonio permaneció unos segundos mirando al general retorciendose en al suelo, y cuando la gente comenzó a amontonarse alrededor, salió corriendo. Pensó en su hermano pero en esa ocasión, sin pena ni rabia, con una sonrisa dibujada en su cara, la misma que tenía cuando los agentes le detuvieron al no conseguir envenenarse con la poción que bebió en aquel instante, idéntico semblante que usó su defensa en el juicio para aducir una enfermedad mental heredada de su padre, excusa que Antonio aceptó para intentar evitar la mayor porción de castigo posible, pero sabiendo que no, que era, como con en el justiciero de Olot, como Gabor a la salida de una comisaría en San Telmo y como la venganza de Bruno en Catania, un granito de justicia en un mundo inundado por cataratas de abusos.

Antonio recibió un calvario de reprimendas, desde los planazos de sables desde su detención hasta el trato vejatorio durante sus años prisión, pero él sonrió hasta el día impreciso, desconocido, misterioso, de su fin.

Antonio, aun adolorido por los planazos de sable recibidos en su detención, sonrió cuando supo que el periódico obrero El Despertar de los Trabajadores de Iquique, reivindicó el atentado titulando el 16 de diciembre de 1914: «Se ha hecho la justicia del pueblo»,

 

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Una mota de justicia
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Published by martinguevara - en Opinion crítica. Relax
24 julio 2022 7 24 /07 /julio /2022 20:17

En 1995 me invitaron por dos veces a ver los Rolling Stones en Buenos Aires, en la cancha de River Plate, dieron cinco conciertos a estadio lleno. El primer show mi invitó mi amigo Omar que también me había invitado hacía dos años a ver a Keith Richards & X-pensive Winos en cancha de Vélez Sarsfield, y el segundo show lo vi por cortesía de mi amiga Regine, fuimos con su hija Aimée que hoy es una excelente artista de instalaciones y performances, Por entonces las entradas para el césped, sin división, costaban 50 pesos, equivalentes a dólares, yo no tenía un duro pero vivía rodeado de amigos que conocían mi devoción por el rock. Siempre tuve amigos que eran mejores personas que yo, en resumen, en la vida, la familia se me quedó coja, pero con los amigos salí ganando por goleada. Mi amigo más Stone era Marcelo, que no solo tenía todos sus discos, sino que conocía casi todas las interioridades de la banda y tocaba varios de los riffs de Richards. Marcelo después tocó la guitarra en Suárez, una banda de culto del Buenos Aires de los años noventa, eran auténticos pero también se esforzaban en ser modernos, por tal razón su rock mezclaba a Reed, Cave, Cure o Morrisey, pero si uno escucha bien los temas en que la segunda guitarra la tocaba Marcelo, percibe la influencia del viejo lobo del rock’n’roll. Y Silvina, mi amiga desde la infancia, había pegado un trabajo de intérprete de inglés- español en EMI Records, su trabajo era atender a todos los grupos que llegaban a Argentina enternecidos por el mítico 1 por 1, un dólar, un peso. Silvina se hizo amiga de Linda, la esposa de McCartney, me contaba que los ojos de Bowie eran una locura, y que Mick Jagger era un pelotudo. Para no aguarme la fiesta, yo había preferido pensar que ella lo diría porque acaso se portaba como una super estrella, quizás era algo engreído, pero hoy pienso que acaso sea más simple aceptar lo que Silvina observó de cerca.

Después los vi dos veces en España, en el estadio del Atlético de Madrid "Vicente Calderón", en una entrevista Keith Richards dijo que él creía que se llamaba "Calderón" por lo caliente que ponía aquello. Yo no había reparado en que ese apellido en español, en efecto significa un caldero muy grande. Por entonces las entradas estaban sobre los 80 euros. Una de las veces que lo vi con Patricia, la madre de mi hijo Martintxo, estábamos en el césped al lado del escenario. En un momento que la gente se apelotonó Patricia se desmayó, como le había pasado en la multitudinaria huelga contra Aznar en tiempo del no a la guerra, pero un desmayo a plomo, el público de alrededor me ayudó a levantarla, y fuimos pasándola hasta la base del escenario donde un responsable de seguridad, hacía señas para que pasasemos, la pasé por arriba de la valla y luego salté, en ese instante Jagger estaba delante nuestro pero unos dos metros por encima, la llevaron a la ambulancia al lado del escenario y recién entonces Patricia empezó a despertar, así que nos quedamos viendo la traca final del show a pocos metros del escenario. Aquel día, que cuando terminó el concierto, dos operarios de los que desarmaban el escenario cayeron desde muy alto y fallecieron.

Y otra vez, tuve una entrada para verlos en Valladolid, pero venían del show de Lisboa afectados, dijeron que eran problemas de las cuerdas vocales de Mick y se canceló el recital. Manejé desde Madrid, el precio de las entradas me lo reintegraron en el acto, pero el combustible no, de todos modos fue el fiasco más feliz de mi vida, porque en las afueras del estadio Zorrilla, estaban, como siempre los vendedores de marketing oficial y otros buscavidas con camisetas más baratas que las que se daban a cambio de pasta que iba directa a los bolsillos Stones. Allí compré una camiseta roja a un vendedor de barba que no era español, me interesé por su historia y en un momento en que no había clientes alrededor de su mesa, me contó que él era holandés, y que era de los primeros públicos de los Rolling Stones de fuera de Inglaterra, cuando a poco de formarse, tocaban en Amsterdam y cada noche se armaban peleas tremendas con la policía. En los años sesenta empezó a seguirlos y a vender tickets de entradas, cuando faltaba mucho para internet, y en los setenta ya era como de la gran familia Stone que viajaba, en su caso solo por Europa. Me enseñó fotos con todos los integrantes, se había hecho amigo de Stu, Ian Stewart, el sexto Stone, que por su pinta de bolsa de papas y su enorme mandíbula, Andrew Oldham dijo que no podía figurar en las fotos, pero tocaba el piano y los teclados antes que Chuck Levell. Esa historia me pagó el viaje frustrado, si hubiesen tocado, habría visto un recital más de los Stones pero no habría conversado con ese particular vendedor, que me confesó que ya en los últimos años, a él le permitían vender su mercadería sin importunarlo pero que ya no los veía, salvo excepcionalmente cuando tocaban en teatros.

En Río de Janeiro y en La Habana tocaron para cientos de miles de asistentes sin coste alguno, pero en los últimos conciertos de la gira Sixty, ya cobran acorde a la posibilidad de que sea la última vez que salgan de gira y la audiencia pueda contar que asistieron al fin de una era. Y a la del holandés errante.

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The Rolling Stones
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19 julio 2022 2 19 /07 /julio /2022 11:37

El plan era pasar unos días en Catania para asistir a un simposio de literatura, con el tiempo se había hecho critico de escritura, más que literario.

Bruno pensaba que la crítica literaria comprendía un conocimiento integral de lo más importante publicado en la historia de la narrativa, en cambio ser experto en escritura, centraba su atención en el camino, la construcción de la sinopsis de las historias, tanto del trecho más conveniente para ascender la colina como de la visión de la montaña en su totalidad antes del momento de abordarla. La musicalidad de la palabra, el pentagrama que compone una idea plasmada con una fusión de sonidos imaginados que además de sorprender por los atajos tomados, por las asociaciones, o la inteligencia de la observación, lleven al lector a un salón de baile donde sea protagonista y partenaire. Bruno atesoraba profundos conocimientos sobre literatura universal, adquiridos únicamente  mediante la lectura que aun así aparentaban cierta solidez, no de modo académico, amalgamados en las esquinas menos visibles, en los costados menos expuestos, lo cual le daba a su retórica una belleza imperfecta, que sin llegar a ruinosa presentaba aspectos decadentes, en la cantidad suficientes para ser considerado una genialidad. Pero había un inconveniente difícil de salvar, detestaba más la mitad de lo consagrado como gran literatura, se había dado cuenta en un trabajo de unos meses en una librería en Palermo, cuando lo seleccionaron para la suplencia pensaba que flotaría en un oasis hecho a su medida, cosa que comenzó a mellarse en la primera ocasión que le pidieron con rotundidad un ejemplar de lo que él llamaba libros Kellog’s, que podían ir desde los infinitos bodrios de Danielle Steel, dan Brown llegando a los más disimulados de Stephen King, totalmente aptos para playa, sin dar lugar a consejos y recomendaciones, y fue incrementándose una vez que conoció a los verdaderos lectores en carne y hueso de Corin Tellado o de JJ Benítez, y así fue entrando en que existían en la realidad los devoradores de novelas de Pérez Reverte, Dueñas o  Isabel Allende, entonces, frente a estas evidencias, comenzó a sentir cierta inseguridad de sus premisas anteriores tan bien estructuradas en su primera juventud, y desde entonces no modificadas ni siquiera revisadas, sobre que el boom latinoamericano había sido el peor engaña bobos, un trampantojo para europeos o eurocentristas, una acertada distorsión sobre los fenómenos que la miseria, la explotación, la humillación de las razas marginadas, la brutalidad, el fetichismo, la superchería, recreada con colores vivaces, sazonada con crudeza digerible por las mentes acomodadas en su coqueteo con la sensibilidad social desde el buen sofá, así como el blues descubrió que con la voz y quitara de Son House nunca llegaría a las grandes masas y ofreció las mismas vicisitudes de la huida de los campos de algodón, pero suavizadas con trompetas, baterías, armónicas, guitarras y bajos en la voz de BB King, no menos conocedor de aquellas penurias. Tomó conocimiento de una nutrida cantidad de movimientos y épocas absolutamente prescindibles en la historia de la literatura universal, los "decoradores" latinoamericanos ni se acercaban a lo peor.  Y aún sin desconocer las grandes capacidades para la escritura, para mezclar el entretenimiento con cierta revelación de algunos aspectos verdad, más sugeridos que mostrados, como en los cuadros de Claude Manet, sentía un muy bajo aprecio por aquel movimiento literario del que sin embargo, y sin gustarle rescataba por su pericia como escritor a su máximo exponente, Gabriel García Márquez, y excluía de los cantamañanas, reconociendo como a uno de los grandes intelectuales y escritores de la lengua hispana a Mario Vargas Llosa, pero por la misma razón, prefería valorarlos y estudiarlos mientras los desgranaba en cursos de escritura en vez de verse obligado a catalogarlos acorde a sus criterios en charlas literarias. En la librería descubrió que quitando a los franceses de diferentes épocas, a los británicos, a las grandes espadas españolas en poesía y novela, algunos alemanes y muchos rusos, de los libros fundacionales griegos e italianos, por fundacionales, a los norteamericanos desde Mark Twain a Raymond Carver, a los argentinos Borges y Cortázar, sin evaluar la literatura oriental, la cual no alcanzaba a conmoverlo excepto Kenzaburo Oé y Mishima, luego un rejunte de varios países en que pueden entrar Kafka, Pessoa o Carpentier por ejemplo, lo demás no lo consideraba digno de una antología universal de lo que se podría considerar imprescindible en literatura, y como sabía, que como ocurre con todo en esta vida, lo más probable es que estuviese equivocado en algunos aspectos que el tiempo develaría, pero que aún desconocía, entonces prefirió dedicar sus charlas, simposios, cursos, exclusivamente a la belleza y el dolor de la escritura, más que a sus aspectos técnicos, lo cual, se decía a menudo, era una forma camuflada de hablar de literatura, evitando los inconvenientes.

Escritura literaria
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