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31 enero 2021 7 31 /01 /enero /2021 20:59

Jair o gaucho era de familia italiana del sur de Brasil, estaba en Sao Pablo pero ya le picaba el bicho de irse a otro estado con las pertenencias de alguien. Yo le dije:

-Jair ¿por qué no te  sacas la nacionalidad italiana y te vas allá a trabajar? Un día te van a agarrar y aquí tú sabes mejor que yo que “malandro morto é bom malandro

Él no era ladrón, lo hacía por la adrenalina, trabajaba duro pero de vez en cuando necesitaba ese subidón, de todos modos a cualquiera que no haya vivido en aquel Brasil es muy difícil explicarle.

Así se fue a Río, desplumó la taquilla de su compañero de habitación en la pensión donde dormía y se fue de madrugada.

Yo llegué a Río un par de meses más tarde, tras dar un buen rodeo a carona con Joao Bautista Pintos, un fiel parceiro que conocí en un hotel de mala muerte en el puerto de Santos. Joao no quería de ninguna manera llegar a Rio, ni siquiera a las inmediaciones,  de hecho, cuando ya agotábamos los pueblos de la carretera Sao Pablo-Río, tras pasar por Guarujá, Parati, Angras do Reis, Ubatuba, llegamos a un pueblo costero de los últimos antes de Río que se llama Mangaratiba y Joao no estaba tranquilo. En un momento que paseábamos por el centro dos tipos nos miraron porque otro nos señaló desde unos cien metros, y Joao me dijo:

-Vámonos de aquí a donde sea, nos marcaron porque no quieren maluqieiros, ni gente extraña que llega de o vaya a Río, nos van a matar.

Claro, escuchando eso de un compañero de carretera con el que habíamos andado cientos de kilómetros y visto de todo, y nunca había perdido la risa, me alarmó y como se suele decir: me cagué.

Fuimos a una iglesia bautista, habíamos acordado que en el camino Joao hablase con los religiosos porque él lo era, y sabía como entrarles, y yo con los encargados de hoteles y restaurantes porque era extranjero y me prestaban más atención.  Y dentro de los religiosos, Joao decía , con buen criterio, que los curas católicos conseguían albergue o comida, pero jamás dinero. En cambio los pastores al revés. Estaba tan asustado que ni siquiera quería dormir en un sitio seguro porque de todas formas debíamos salir a comer o buscar como seguir viaje y creía que ya nos tenían marcados para servirnos con papas fritas.

Fue a ver a un pastor, y a la primera, regresó con tabaco y papel, le pregunté ¿te dio tabaco? –no, me dio dinero y fui a comprar tabaco-

Ahí mismo fuimos a la Rodoviaria y tomamos el primer bus a Río de janeiro. Pero Joao todavía menos quería llegar a Río, yo le decía que estuviese tranquilo, que tenía un amigo, Jair o gaúcho, que estaba en un restaurante, Sat’s y nos iba a conseguir trabajo con el dueño, que ya me lo había dicho en una llamada por teléfono que me hizo al restaurante O Comilao de Sao Pablo donde habíamos sido compañeros de trabajo, cuando ya consiguió asentarse en Río.

Así y todo Joao no quería saber nada, me doblaba en edad, era brasilero y había recorrido varias veces el país ¿qué no habrían visto sus ojos? Pero decidí no volver a dejarme influenciar por ese miedo, aunque confiaba plenamente en mi amigo, quería regresar a Río, donde sólo había estado un día infausto, inolvidable, pero sólo un día.

Cundo llegamos llamé a Jair, me dijo que fuésemos al restaurante Sat’s al lado del morro dos Macacos, fuimos, me saludó efusivamente, me dijo que tenia un lugar para que pasásemos la noche, Joao no quería ir a un albergue como hacíamos en el camino, no en Río.

Un hombre nos abrió un portón de un parking, y luego la puerta de una caseta, nos dio unos cartones para tirarnos sobre ellos, y nos explicó que cerraría la puerta con candado para que no pudiese entrar nadie, y que a las siete nos abriría, si queríamos orinar en una esquina había un latón. Al recordar aquellas situaciones ni siquiera entiendo como pude haber estado ahí, hoy ni siquiera consigo dormir si no tengo colchón,  topper, edredón, cuatro paredes y un baño en condiciones.

Tal como prometió a las siete abrió el candado y nos trajo dos cafés, un pedazo de pan y un periódico, como si hubiésemos dormido en la suite del Ritz, el diario enseñoreaba una noticia en primera plana, dos cabezas cortadas. Había habido un ajuste de cuentas y les cortaron la cabeza a dos de la otra banda, desde la guillotina de la revolución francesa no se escuchaba hablar de decapitaciones, no eran frecuentes ni siquiera en los campos de la Alemania nazi. Todavía no había hecho su aprición estelar el sumún del hampa mejicano de los carteles que hicieron cotidiana esta práctica. Ahí entendí a Joao, era como una oda a la violencia, como demostrar que no hay límite. Dos cabezas cortadas en una portada del periódico con el exquisito cafezinho brasilero y un pan caliente para empezar la mañana.

Jair me dijo que había trabajo para mi limpiando cacerolas, fui con Joao a una cafetería a comer algo y tomar algo para despedirnos, una mujer hablaba en voz alta de su relación con la que tenía tomada de la cintura, y , según ella, con varias más, decía “eu sou zapatao” de manera orgullosa, recién ahí después de llevar meses en Brasil supe que así llamaban a las lesbianas.  Nos dimos un abrazo de los de hasta siempre, me comentó que dormiría en un hotel porque su hermana le había podido enviar por fin algo de dinero, y al día siguiente partiría al exilio a cualquier otra ciudad, yo tenía todos sus datos en una pequeña libreta, mi gran amigazo Joao Bautista Pintos, a veces cuando pienso acerca de que será de su vida, una pelusita me entra en el ojo causando una súbita irritación.

El restaurante era un Rodizio, la típica parrillada brasilera al espeto, muy bueno, enorme, rápido supe en todo lo que estaban metidos los tentáculos del dueño, Jorge Guerra, jogo de bicha, en escolas de samba, y al parecer, en algún asunto aún menos legal. Me dio una cama  para dormir arriba del restaurante, donde ya dormía otro empleado que barría el local, pero era un ambiente muy grande hubiésemos cabido sin estrecheces más de dos, me enseñó a trabarlo con una viga de madera. La gente en Río se toma seguridad muy en serio.

El segundo día de limpiar calderos llegó un chaval joven también a lavar vajilla, hablaba mucho y hacía chistes, se le unió el hombre de confianza de José Guerra, terminó el día y en la noche cuando me iba a dormir, empiezo a escuchar gritos, el compañero de morada me llamó para mirar por una ventana, no se veía mucho, pero sí varios hombres rodeando una mesa y le daban con un cinturón a un desgraciado que no paraba de berrear, entonces se escuchó claro que le preguntaban por qué había entrado a robar, que a Guerra no se le hace eso, y otra vez cinturonazos. Yo creí que no lo contaba, los demás eran policías vestidos de paisano, lo soltaron sin ropa, le dijeron ¡corre! y tiraron un tiro al aire, mirando como el tipo corría en calzoncillos casi sin tocar el suelo. Me quedó claro que con Guerra no se jugaba. Al día siguiente me enteré por Jair que era el chaval que había entrado el día anterior, el alcahuete se había juntado al ladronzuelo y cuando este le contó que entraría por la noche, le avisó a Guerra y lo estaban esperando como cosa buena.

A veces iba a la playa Ipanema, por la mañana o por la tarde según cuando me tocase trabajar, Guerra me dijo que si me cortaba el pelo sería su camarero preferido, tenia el pelo largo y desparejo, yo sonreía y le decía que estaba muy bien en la cocina.

Una noche, tarde, sonaron unos disparos justo abajo del cuarto de dormir, dieron en el restaurante. Apenas el automóvil que disparó siguió camino, bajamos los dos a ver que había pasado, toda la entrada de vidrio estaba desmoronada, el compañero de albergue se fue hacia adentro y yo me quedé en la acera cuidando que no entrase nadie, era pasada la medianoche, no había nadie en la calle, hasta que llegó el hermano de Jorge Guerra con algunos policías, me reprendió por quedarme ahí porque si volvían a pasar, con toda probabilidad me tirarían. Ni siquiera había pensado en eso. El asunto es que al día siguiente pusieron los vidrios, y Guerra me llamó a su despacho, me dijo:

-Muchas gracias, nadie hace lo que hiciste, me contó mi hermano que vigilaste el restaurante. Este mes cobras doble y el que viene empiezas en el salón.

Le di las gracias, me sentí bien y de repente mal, con alguien así no convenía tener esa cercanía, cualquier día se podrían convertir en un problema aunque Guerra fuese a la vista, un tipo que se conducía y que valoraba la lealtad, si yo hubiese sido un tipo duro, o del hampa, sí me habría convenido, pero no era lo mío estar tan en el centro de los fierros. Tenía dos restaurantes más, varios negocios y tomaba y repartía "merca" aunque no praecía que eso fuese parte de su negocio, cosa frecuente en Río. Muchas veces su alcahuete me había preguntado si quería, él se daba cada diez minutos para limpiar esos calderos enormes, siempre rechacé la oferta.

Otro detalle que tuvo Guerra fue permitirme estar en el restaurante cuando cerrasen y comer y beber lo que quisiese. Al día siguiente entré a su despacho, estaba la puerta abierta, tenía un enorme pantalla con un proyector de televisión , sofás, un gran escritorio y sobre él un teléfono. El auricular me miraba y me decía ven, úsame. Pasado de cervezas como estaba me puse a llamar a Argentina, a Cuba, a EEUU, a Holanda donde tenía amistades y familia. Por enésima vez volví a perder la cabeza con un teléfono, como en casa de Roberto donde Taco me había dejado dormir, lo cual desembocó en un episodio desagradable, como en el anterior restaurante “O comilao”  de Sao Pablo, donde no podría regresar jamás por la factura que le había dejado al portugués, y como en varios lugres más, trabajos, oficinas, casas.

Ya llevaba seis meses, así que de todos modos pensaba irme, pero al día siguiente la determinación fue tajante, al saber de lo que era capaz Guerra si sentía que le habían tocado las nalgas. Mi compañero de albergue me había visto entrar al despacho de él, y desde que llegué yo sabía que prefería tener toda la habitación del segundo piso para él solo, así que convenía cuidarme con él.

Llamé a Jorge Guerra a la mañana, le dije que se había agotado el tiempo de permanencia, me dijo que si estaba con él no había ningún problema, insistí en ir a Argentina, y regresar con otro permiso. Me pagó el doble como prometió y volví a Sao Pablo antes de regresar a Buenos Aires, pero en camión, no iba a gastarme en el regreso el pago a mi riesgo, si no lo había gastado siquiera en mis llamadas internacionales, además sabiendo que los camioneros argentinos, agradecen a un compañero de viaje para cebarles el mate.

Y así terminaron mis días en el país más musical y sorprendente que he conocido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Restaurante Sat's

Restaurante Sat's

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Published by martinguevara - en Relax
24 enero 2021 7 24 /01 /enero /2021 13:49

Louis Armstrong era todo un personaje, quizás el más importante en la cultura popular universal del siglo XX. El siglo XX fue Jazz, en lo referente a la inclusión del ritmo en la música culta ya lo había hecho Debussy y Satie al final del siglo XIX, con la inclusión del gong. Pero Scott Joplin y Jelly Roll Morton dieron melodia sincopada y ritmo acentuado y vivaz al aire con el Ragtime. Y aunque fuesen rollos de rag para piano, ahí se desató por vez primera en el primer mundo una música que incluye el ritmo desenfadado de los bailes tribales, la percusión típica de las teclas del piano dieron paso a un percepctible latido que marcó el tempo de ahí en más, en todas las músicas populares venideras hasta nuestros días.

Todos, desde el blanco disfrazado de negro Al Johnson, Bix Beiderbecke, Oscar Peterson, los blueseros Robert Johnson, Blind Lemon, o Son House quitan el lazo a ese regalo "nuevecito de paquete" pero nadie como Satchmo.

La voz, la trompeta, el compás, pero sobre todo la magia que vuela por encima del nuevo arte negro mezclado con el blanco, una especie de voodoo que llama al espíritu del esclavo John the Conqueror y que somete a toda la audiencia a su embrujo.

Armstrong fue injustamente calificado por los extremistas afroamericanos de Uncle Tom, un insulto como pocos para los negros norteamericanos, muy pocas veces merecido, aunque en alguna ocasión sí. Jamás en el caso de quien más elevó la cutura resultante de la extrapolación del africano obligado a emigrar entre muerte y terror, y su interacción a lo largo de dos siglos con lo mejor de las costumbres de las tierras de sus captores.

Un jugo de mango con fresas, de arándanos y piña.

Y aparte de toda consideración ética o histórica, pongan un disco de Louis en su spotify o sus headphones modernos y verán de que les hablo. El mundo fue Jazz, no sólo en música, la politica se vio atravesada por el ritmo, las costumbres se desataron el corset, la cultura popular universal tomó el poder, desde Mark Twain en carácter retrospectivo hasta los Beatles, los Van Van, los Stones o el rap.

Louis Armstrong disparó un revólver contra su padrastro abusador, le dio a Richard Nixon su maleta en el aeropuerto de Tokio, para que este lo pasase por el pasillo de diplomáticos conteniendo un kilo y medio de marihuana, nunca se mudó de su barrio, abrió el camino para el Swing, el Dixieland caucásico, y el Be bop.

Nos limpió el conducto que va desde el oido hasta la elevación de la alfombra persa, desflecada en un rincón, cada vez que escuchamos su trompeta y voz en alguno de esos blues, que por mandato divino, y por suerte para el resto, no logró como a la mayoría de sus colegas, llevárselo al despeñadero que hay justo detrás del cruce de caminos.

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Published by martinguevara - en Relax Opinion crítica.
19 enero 2021 2 19 /01 /enero /2021 01:44

Se suele tener un concepto sobre los argentinos muy mezquino. El concepto, no los argentinos. Pero la verdad, es que sin esperar nada a cambio, son los que más me han mostrado una solidaridad y calidad humana sin parangón, en medio del camino. Más que cubanos, que galeses, que italianos, que españoles, suecos y tunecinos. Aunque en todo el mundo he tenido siempre la suerte de encontrar a gente mejor que yo.

Una vez en Brasil, un cocinero de un hotelito, Angelo, nos brindó comida y caipirinhas a voluntad a Joao Bautista Pintos, mi parceiro de "estrada" y a mi, y nos dijo que si nos quedábamos allí fuésemos al día siguiente y al otro.

En Henderson, caminando por el campo, yendo a lo de un tal Jaures o Jover, no recuerdo bien cual, un chacarero al cual le pedí agua, me invitó a comer pollo al disco de arar. Era la primera vez que escuchaba hablar de ese modo de hacer un pollo, estaba buenísimo, pero mejor aún estuvo su solidaridad con un foráneo. En Madrid, Valo, Marcos y Mirta, y en León, Alberto, descomunal.

En San Telmo, cuando el mafioso dueño de la fábrica de vaqueros que yo vendía en la Feria de la Moda, me pagó menos de lo acordado, un flaco del barrio, con el que charlaba a menudo en la calle, y que se dedicaba a retirar lo ajeno a punta de bufoso, me ofreció un 38 para llevármelo puesto, al reverendo hijo de su mamá. Ganas no me faltaban, pero huevos sí. Su oferta me conmovió por todos los riesgos que asumía con tal despliegue de gauchaje.

Casas de chicas donde dormí, donde me alimenté, me emborraché o me desfogué, gente que me dio casi sus entrañas, en el campo, el mar y la ciudad, en Neuquén mi amigo Pablo Quinteros con quien nos conocimos en Sao Pablo, en Mendoza los panaderos, que me tomaron afecto y la vez siguiente que fui dormí en su casa. En Henderson los Salgado, y por supuesto los Hernández, en Gessell Claudia, los de la Redonda, el tano Aldo y la alemana Mónica, en Capital Federal innumerables, Gladys, Pablo, Valeria, Marcelo, Omar, Juan, Moira, todas las chicas y amigos que me dejaban dormir a pata suelta y lastrar toda la materia masticable de la heladera, el turco, Ingrid la austríaca, la holandesa, Veronique la francesa, Judith Rabin de la guía Michelin, las Lanutti, Cuiqui y Ruchi, chileno y cubana, Silvana, Silvina, Ari Filkenstein, tantos y tantos, que no puedo mencionar. Esos recodos de mi vida en que los encontré, les están siempre agradecidos, y aunque algunos procedían de otros lares, se vieron poseídos por la generosidad argenta.

Los argentinos, tras esa aparente altanería identitaria, tienen un corazón, y un alto sentido del honor que se debe rendir toda la vida a la amistad, al favor, a la gauchada, que contrasta con culturas más conocidas por su pretendida sencillez y humildad, donde no obstante, no es fácil encontrar ese desinterés en el afecto.

Los argentinos encuentran en la nobleza de espíritu, en el concepto de que todos terminaremos en el horno, la mejor forma de calificarse a sí mismos.

Ay país, país.

Pollo al disco

Pollo al disco

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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax
8 enero 2021 5 08 /01 /enero /2021 15:02

Ha sonado más fuerte el estruendo de la derrota de Trump, que el jolgorio del triunfo de Biden

La gran mayoría de los estadounidenses estaban aterrorizados de cuatro años más de este constante de hostilidad e intoxicación de todas las relaciones sociales, familiares, laborales, practicando un agrietamiento, que se sabe, sólo conduce a la destrucción de los pilares de convivencia y por ende crecimiento de cualquier país.

Pero esos no eran todos, del otro lado había una inmensa cantidad de personas que consideraban, por diferentes razones, al emergente Trump como una suerte de Fidel Castro. Que los venía a salvar de las garras de unos políticos corruptos, inamovibles en sus cargos, en sus negociados, en sus servidumbres. Sí, aunque parezca sorprendente el paralelismo, tanto en psicología personal, como en fenómeno social más cercano que encuentro, es el de Fidel Guarapo Castro por esa capacidad de abducir o convencer, según quien lo juzgue. Sólo a él antes de a Trump, había escuchado decir, “quienes no estén conmigo están contra ustedes, salgan a aplastarlos”. Lográndolo impecablemente, aunque por razones distintas en apariencia.

Desde Europa comparamos a la ultra derecha estadounidense que consiguió aglutinar Trump, con la de los diferentes países europeos, que aún siendo distintos entre sí mantienen líneas de identidad gemelas, solemos cometer un craso error.

En Europa, es cierto que en los últimos tiempos la influencia estadounidense, ha provocado que se sumen sensibilidades que no provenían del fascismo. Pero generalmente deben su alcurnia a la defensa de las clases más altas, de la monarquía, de la xenofobia, de los nacionalismos excluyentes. En Estados Unidos es mucho más amplio el abanico, de lo que con los parámetros europeos, podemos llamar ultraderecha, por la coincidencia anti comunista.

Los sectores más extremos, aunque de tamaño residual provienen de organizaciones racistas, incluso esclavistas, del siglo XIX. Más adelante descienden de un anticomunismo que más bien afirmaba la identidad nacional toda vez que el comunismo se presentaba una amenaza exterior, no una corriente interna que tuviese la más mínima posibilidad de arribar al poder.  A diferencia de Europa.

Una gran parte de grupúsculos de ultraderecha de finales del siglo XX y del actual, defienden un EUU fuerte, la industria nacional, identificados tanto con los conquistadores del oeste como con los aborígenes. Amantes de los ranchos, caballos, animales autóctonos, como el oso, el lobo, el coyoye, el mustang, el águila real y el puma, de las armas, del dinero procedente del trabajo. Y reactivos frente a toda modernidad en las costumbres, las nuevas tendencias en comportamientos, tolerancia, pluralidad.

Religiosos de la antigua Biblia, donde Dios no era un sujeto del Bien o la razón, sino del poder, más proclives al “ojo por ojo”, que a “poner la otra mejilla” de Cristo. Figuras públicas exponentes de la derecha como Chuck Norris o Steven Seagal sienten una fuerte atracción por la cultura más autóctona, los aborígenes estadounidenses, incluso Norris se declara orgulloso de su ascendencia Cherokee. Muy por el contrario de la derecha estructuralmente racista con todas las etnias no blancas, en el continente europeo.

Luego se agrega un fenómeno creado por la Guerra Fría, la comunidad cubana en el exilio de Miami, que en esta ocasión, hicieron aún más suyas las declaraciones racistas de Trump contra inmigrantes centroamericanos. Les brindó la oportunidad de sentir superioridad frente a un sector de su propio rango, ambos inmigrantes hispanos. Pero en el caso de los cubanos, con derechos otorgados superiores incluso a los de un ciudadano británico para poder establecerse legalmente en el país. Paradójicamente gracias al enemigo del que escaparon, la revolución cubana. El trumpismo cubano, aún compuesto de mezclas de razas comunes en toda Latinoamérica, presenta el rasgo característico general de un profundo racismo, tan explícito como disparatado.

Además de estos sectores, que han sido los protagonistas de las mayores algaradas en estos años, con mayor presencia en los últimos dos meses, y su clímax en el asalto al Capitolio de Washington, hubo una enorme masa desencantada de la política tradicional. Que ha visto como en su país pasó de ser suficiente un trabajo para sostener un modo de vida de un más que aceptable confort, a no ser posible el mismo nivel ni siquiera con dos empleos. Y tragó los cantos de sirena y los elixires mágicos de un desequilibrado cantamañanas, que sin embargo poseyó el poder de convicción necesario para asegurar que, “aunque yo disparase a la gente en la 5ª Avenida de NYC, no perdería ni un solo votante”.  Cosa que hasta justo antes del fracaso electoral quedó patente, e incluso inmediatamente después, sus votos constituyen un récord para un candidato republicano, que no obstante fue superado por la gente asustada de sus locuras.

El esperpento del intento de Golpe de Estado, azuzado por el propio Trump abiertamente antes de producirse, y subrepticiamente tras el abordaje de los extremistas subversivos, no fue más que una continuidad de los exabruptos in crescendo de este personaje. Tan único como tóxico, ha ido tejiendo día tras día, desde su iconoclasta campaña electoral de 2016, insultando a incapacitados físicos, mejicanos o mujeres, pasando por elogiar a los subversivos armados de Michigan. Luego las acusaciones descerebradas de que alguien pudo introducir ocho millones de votos trucados, en la cara de todos los que trabajan en las mesas electorales,  consiguiendo que le crea el vulgo. Aunque ni una sola institución, FBI, CIA, policía, ejército, senado, congreso, ni juez alguno, le concedió la mínima credibilidad. Confeccionó una enorme manta hasta explotar en los acontecimientos desaforados de sus seguidores más violentos, en el Capitolio de la capital en pleno debate de investidura.

Recordemos que los primeros en reconocer a Biden fueron Alemania, Reino Unido, Francia y Japón, exponentes del capitalismo occidental y oriental, en cambio quienes se resistieron, apoyando a Trump, fueron AMLO, Putin, Xi Jinping y el Príncipe de Arabia Saudita.

¿Será Biden o Kamala en su caso, lo mejor para EEUU o el mundo? Probablemente no, pero con que devuelva cierto clima de normalidad, de concordia, y llegue a hacer olvidar la megalomanía de un embustero compulsivo, que como su madre imploraba, nunca debió haber ingresado en política, ya sería el mejor regalo que nos podía llegar en este año.

Sea como sea, no será inmediata la extracción de todo el veneno inoculado. Pero el trumpismo no es lo mismo sin el sustento de un púlpito central en el poder, para ejercer precisamente de lo contrario, de víctima. Y sobre todo habiendo perdido estrepitosamente un elemento sine qua non para ser líder dentro de la cultura estadounidense, tras tantas derrotas y tan seguidas: el brillo que reflecta la imagen del ganador.

Sabemos que si disparase a los transeúntes en la 5ª avenida, acaso no perdiese muchos votantes, pero si debe llevar durante cuatro años el cartel de “perdedor múltiple”, lo más posible es que no lo voten ni sus más acérrimos obsecuentes, guatacones, tracatanes, chicharrones, como se dice en buen cubano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Trumpista confederado tras asaltar el Capitolio

Trumpista confederado tras asaltar el Capitolio

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Published by martinguevara - en Relax Opinion crítica.
23 diciembre 2020 3 23 /12 /diciembre /2020 19:01

Andaba más al pedo que cenicero de moto. En realidad estaba moviéndome de un lugar a otro como un mamífero joven que de cachorro no desarrolló las aptitudes para desenvolverse en su medio, y tuvo que hacerlo ya crecidito. O para ser más porteño, “me estaba buscando en mi interior” , pero bueno, en verdad estaba más al pedo que cenicero de moto.

Tenía dos movimientos, a cotidiano un círculo concéntrico en capital Federal, a veces llegaba hasta Plaza Lezica, donde terminaba el subte A, que era el medio de transporten que tenía que tomar cualquiera que anduviese buscando una señal, una pregunta, era mejor que soñado, transportaba a otra época y con buen gusto, porque hay trenes que transportan al pasado por el óxido y la mugre en cada rincón y asientos, pero el A era todo de madera, como un yate que sólo está hecho para navegar a vela, sólo para disfrutar, con pasamanos en forma circular blancos, sostenidos del tubo por una cinta de cuero, marrón a juego con los asientos y las paredes de madera. No era veloz sin embargo parecía que llegaba mucho antes a las estaciones que las demás líneas. Porque era lindo, y porque lo lindo cuesta abandonarlo.

En esa plaza los fines de semana había puestos de discos de rock. La disquería donde compré mi primer casete de fábrica de B. B. King estaba en una de las esquinas.

Otra de mis travesías circulares era al Teatro San Martín, o a la Recoleta y el centro de artes, o el Museo Nacional, o el Palais de Glace, o sólo pasear.

Y luego había otros periplos que hacía aunque lógicamente  con menor periodicidad, salir de Buenos Aires hacia la ruta siete que llegaba a Mendoza, y después a Chile, de ahí en más todo  era improvisación, otra era la costa, Villa Gesell y de ahí en más tres meses que podían terminar en Bariloche, en Necochea o en cana. Otra era ir al norte, y una que me apasionó fue ir a Brasil. Todas estas rondas las hacía en camiones, en lo que era mal llamado “hacer dedo” puesto que no paraba nadie en la carretera. Me habían dado el soplo de ir al Mercado Central, presentarme a camioneros que fusen en la dirección que yo quería ir, mostrarles mi pasaporte más que la cédula, para dar más confianza, porque mi pinta no la daba del todo, y así quedar en el día que saldrían.

El camionero argentino toma mate, y aunque tenían una maquinita para cebarlo en el panel central del camión, siempre era mejor una cebada a mano acompañada de charla. Los camioneros argentinos recorren toda América, si van por Brasil llegan al Norte, si van por Chile llegan a Ecuador, para ellos es bienvenido alguien con quien charlar. La mayoría de las empresas tenían prohibido que llevasen a parientes o amigos, imagino que a alguien que hace dedo también, por eso no quedábamos en el mismo Mercado Central sino en un punto cercano.

La vez de Brasil regresé en camión pero fui en autobús hasta el Chui desde Montevideo, el Chui tiene una calle donde es Uruguay y cruzándola es Brasil, la gente es tan nacionalista allí, que la cerveza Sköll brasileña costaba tres veces menos que la uruguaya pero ningún uruguayo de la zona osaba ir a dejar sus morlacos a Brasil.  En una rodoviaria del estado de Paraná, llamé a una amiga del Yiye, el primo favorito de mi madre, y que me la había presentado en Buenos Aires, la actriz Elida Gay Palmer, que protagonizó películas del cine argentino de oro, previo a los sesenta, ella se había a Brasil, se casó tuvo tres hijas y un hijo y terminó estableciéndose allí, cuando la conocí en Buenos Aires había regresado como nosotros tras la dictadura, para presentar un libro.

Era un treinta de diciembre de mil novecientos noventa, había acabado de subir Collor de Melo, Elida me dijo “Oh Martín, que bueno, ven a casa que pasaremos el año nuevo con mi familia”.  Con el tiempo pensé que ella me había tomado por mi padre, que también se llama Martín. Al día siguiente llegué a Sao Pablo, nunca había estado en Brasil así que me di unos paseos alrededor de la Rodoviaria, me encanta escuchar las lenguas nuevas, las costumbres en otros países, ver que comen en los piringundines, no en los restaurantes. La primera frase que me llamó la atención fue un parroquiano que se dirigió a la barra donde yo saboreaba un exquisito cafecito brasileño y le gritó al barman, “da uma pinga aí” me giré y el tipo también me miró, volví rápido la cabeza no fuse a pensar que estaba dispuesto a darle de la mía. La pinga resultó ser una medida de cachaza.

Luego tomé el autobús que me había indicado Elida hacia Mairiporá., en dirección Bello Horizonte, a unos cuantos kilómetros de la terminal. Cuando llegué ya había caído el sol y la fiesta estaba en marcha, era una casa grande rodeada de la vegetación salvaje de un jardín  donde unos perros me recibieron con ladridos de buena onda. En el espacio de un segundo Elida mostró asombro en la mirada, y acto seguido me dijo “entra, entra” salude a las dos hijas que conocía, Flavia y Paola, y y me presentó a parte de la familia que no conocía, Fabiana la mayor, con su novio “el Portugués”, Claudio su hijo con su niño que vivía con ellos, y la madre del niño, Clovis, que estaba de visita, había otras amistades de la familia. Bueno les conté que tenía idea de seguir para arriba del país, y en algún puerto buscar un barco que me llevase a Ámsterdam, a Rotterdam o por ahí cerca. Me miraron como se mira a un bicho de la luz que acaba de entrar, y no se sabe si aplastarlo o disfrutar de su fosforescencia,

Comimos bebimos, no recuerdo si ellos bailaron un poco, los brasileños son muy parecidos a los cubanos, visto desde la perspectiva argentina, bailan apenas beben un poco. Me quedé a dormir en un cuarto grande donde también dormía Claudio, un muy buen tipo que al día siguiente me explicó un montón de cosas de Brasil, de Sao Pablo, de Mairiporá y de los sindicatos, al que él pertenecía y de los otros.El niño de Cludio era muy pequrño pero de una intligencia precoz, por mi habla se dio cuenta que el diptongo "ue" en portugués se traducía por "o", huevo, ovo, nuevo,  novo, un día me pidió un "cuepo", no lo entendí, él creía que como en postugués vaso es copo, en castellano debía sustituirse por la "ue". Era muy chiquitín para hacer essa asociación, y he ahí un caso de un error, que sin embargo constituye un acierto brillante.

Elida era una mujer que ya tenía su edad pero era bella, a veces yo pensaba en el bombón que debía ser de jovencita. A la mañana ella salía al jardín sin segar y les gritaba a sus perros, luego nos quedábamos charlando, yo me daba cuenta de que mi plan de irme en cualquier barco se estaba retrasando sin motivo aparente, pero no me interesaba moverme de allí, también me daba cuenta de que podía ser que molestase, pero trataba de ser amable y de hacer los mandados al pueblo, que quedaba a unos cientos de metros por la carretera, por la cual yo iba cantando una pieza de rock que se me había ocurrido por esos días:

 

“caballos salvajes, azúcar marrón/ por más que te enojes y despotriques/ sos una chica lista/ los tipos te admiran/ y eso contribuye a tu ego”

 

Fui quedándome en esa casa sin saber por qué, con que permiso ni bajo que excusa, sólo sabía que no me podía ir,  iba a comprarle al mediodía a Elida algunos enseres y me entretenía hablando con la gente, comiendo las cosas nuevas que mi paladar aprobaba, coxinhas, esfihas, frango, y tomándome algún trago de cachaza Vellho Barreiro si me quedaba plata o alegría, y de Cavalinho, mucho más barata  si estaba más corto o cariacontecido. Una tarde mientras manteníamos nuestra charla vespertina, le dije a Elida que se parecía a Ava Gardner, me dijo-uh, gracias por el elogio- pero no se sintió tan sorprendida, noté que habría crecido sabiendo que era linda. Claudio me enseñó los carnavales de Mairiporá, y me familiaricé tanto con el pueblo que incluso fui a sacarme una muela que me estaba dejando sordo del dolor, con un dentista que me atendió con la bata pincelada de sangre, pero me cobró tan poco como si yo fuese su mejor amigo. También iba a Sao Pablo para conocer la ciudad, y un día,  averiguando por el barrio de moda, Bixiga, encontré un trabajo en un restaurante, O comilao, 120 tipos de pizza, regresé a buscar las cosas, le di las gracias a Elida por la acogida, y me fui a una pensión que había al lado de O comilao.

Limpiaba platos y por la tarde recorrí ese barrio y el contiguo, donde estaba la Casa de la Cultura, una espléndida construcción moderna, con una variedad de actividades gratuitas que nunca había visto en ningún país, porque además tenía una zona para escuchar música, uno pedía un long play y se lo ponían desde una sala y en unos sofás muy cómodos, se sentaba y enganchaba los auriculares al suelo y escuchaba todo el long play, se podían pedir dos por día. Había una biblioteca con cursos Assimil para aprender idiomas con libros y casetes, entonces me puse al día en portugués, y algo de inglés. Conocí a Pablo, un argentino que había ido a probar suerte con el rock, era de Neuquén, quedamos amigos y unos años más tarde lo visité en su casa. Nos causaba asombro y gracia la cantidad de transexuales que había y como se expresaban sin ninguna inhibición. Él había ido con un amigo de su ciudad que tocaba guitarra, pero era muy bajito para ser “guitar hero”, nunca lo escuché, él dice que tocaba bien, pero al cabo de un tiempo se dieron cuenta que Brasil tenía bandas de heavy metal compitiendo en cada rincón. Brasil es música, hasta clásica componían, Heitor Villalobos, no hay música que le resulte ajena a los brasileros, allí no hay música extranjera.

Los sábados o domingos iba a Mairiporá a lo de Elida a llevar alguna comida para compartir. Más tarde Claudio habló con unos sindicalistas de Rio de Janeiro para que me recibiesen, y ellos organizaron que yo diese una charla sobre andar por Latinoamérica con un pequeño petate. La verdad que yo no tenía nada que enseñar, mi plan no tenía un fin social, ni siquiera había un plan, me daba un poco de vergüenza decir que estaba más al pedo que cenicero de moto, y que, en Uruguay, se me ocurrió subir a un barco holandés, porque me habían dicho que ellos embarcaban gente pidiendo sólo pasaporte. Era verdad, pero tampoco era tan sencillo. Barcos de bandera panameña embarcaban a cualquiera con pasaporte y pagaban bien; holandeses, noruegos y daneses , que tampoco exigían carta de embarque, sin embargo si pedían experiencia. Más tarde estuve unos días en en el puerto de Santos, yendo cotidianamente a los muelles, entraba con el pasaporte, les decía a los guardias que estaba embarcado y no había problemas, subía a los barcos y preguntaba si necesitaban a alguien para trabajar. En varios me dieron algo para comer, pero recuerdo uno en particular, que era en efecto holandés, "Slottergracht" era su nombre, de pequeña eslora y manga, a cuyo capitán le resulté simpático, porque iba pidiendo trabajo con una petaca de cachaza en la cintura, como si fuese una cimitarra, y me dijo que si quería fuese a la cocina y le dijese al cocinero, que era un español, que él me había enviado, y así fue. No sé el porque de esa buena onda, pero en los meses que estuve en el camino con frecuencia encontré samaritanos dispuestos a ser generosos sin pedir nada, es algo de los caminos, lo pude constatar en distintos lugres y culturas. Ese cocinero y marinero español, me contó que él fue a embarcar a Rotterdam, y que ganaba dinero y no lo gastaba, salvo unos pocos días en puerto con chicas y alcohol, pero que ya no era fácil de embarcar o de encontrar buenas tripulaciones, como antes, me dio tanto de comer y de beber cervezas, que, tras agradecerles a todos, no sabía si irme zigzagueando o rodando.

Los sindicalistas me habían dado un lugar donde dormir en un edificio moderno, pero yo estaba nervioso porque no quería mentir en lo del plan de recorrer América como mi tío, cosa que ellos pensaban y yo no. De un momento a otro cambió todo, el trato se hizo distante, me llevaron a comer afuera con el bolso, alguien me lo robó del maletero del coche del "camarada" que me llevó a comer y tomar cervezas, entonces me llevaron a un hotel que era de parejas, para dormir y al día siguiente regresar a Sao Pablo, ya no les interesaba nada el plan de que yo hablase para el público. Yo no sabía que había pasado pero algo había pasado. Después me enteré, hablaron con la embajada de Cuba, e igual que hicieron años más tarde en Madrid cuando yo estaba ayudando con trabajo voluntario a una asociación de amistad, les dijeron que no era revolucionario, que era un lumpen, que me habían botado por borracho y vago.  Eso sucedía sin yo haber todavía hablado nunca en contra de aquella “involución”. Gente fina. Da para imaginar con que ganas y derecho moral, hablé mis verdades, unos años más tarde.

Regresé a lo de Elida, donde estuve unos pocos días más y me fui al norte, nuevamente en lo que se dice “a dedo” o “a carona” pero en realidad, eran pasajes que proveía el PT a los golondrinas que iban buscando trabajo por el país, igual que les daba albergue, y dormí en varios de ellos, aunque de trabajo yo no buscaba nada, ya tenía dinero cobrado de O comilao para un mes, después, en Río, volvería a buscar y a trabajar en el restaurante "Sat's" de Jorge Guerra un personaje, pero esa es otra historia. Al cabo de cinco meses de entrar a Brasil regresé a Argentina desde el norte, ahí sí con un camión argentino, cebando verdaderos mates.

Elida partió a otra dimensión en el año noventa y cinco en Buenos Aires, sólo volví a ver a Fabiana que se fue a vivir a Buenos Aires y publicó un libro sobre las runas vikingas y sus significados. Era un libro curioso, llevaba además una bolsita con runas. Fabiana compartía un lindo departamento con una prima de Ceratti de Soda Stéreo. Cuando fui a Sigtuna, una ciudad sueca rúnica, bella y con enormes pedruscos con inscripciones rúnicas, recordé los significados de algunos símbolos iguales a los de la bolsita del libro que me había regalado. Hace poco fue ella quien se encargó en Buenos Aires de la despedida al Yiye, el primo de mi madre que nos había presentado en mil novecientos ochenta y cuatro.

Hoy quería mediante el recuerdo, rendir homenaje a la calidez, calidad humana y solidaridad de Elida Gay Palmer y de sus hijos, Claudio, Flavia, Paola y Faviana.

 

Gracias.

Elida
Elida

Elida

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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax
23 diciembre 2020 3 23 /12 /diciembre /2020 15:08

Si piensas a celebrar el nacimiento de Jesús, de aquel que cuando nació se supuso sería el Rey de los Judíos, por lo cual Herodes mandó a matar a todos los bebés para que nadie lo destronase en el futuro, y por lo que Cristo debió criarse en Nazareth, te comento que no hay nada más lejos de este consumo loco que, en lugar de celebrar ese hecho, ni siquiera el mito religioso que es fantasioso pero respetuoso, contribuyas al mayor enriquecimiento del Corte Inglés, Carrefour, Harrod's o a Macy's.

La celebración debería ser un período de reflexión y austeridad, de mucha austeridad.

Tú dedícate a comer, a beber y a gastarte todo en dárselo a los más ricos, pero ten en cuenta que eso, es lo más lejano y contrario a mostrar respeto al mensaje que dejó la vida de Jesús Cristo.

Y para quienes no son religosos, como el caso de este servidor, que festejamos el Solsticio de Invierno, importante en muchas culturas, tampoco está contemplado enriquecer a nada que no sea el alma de propios y extraños.

 
 
 
La casa de Nazareth donde presumiblemente se crió Jesús

La casa de Nazareth donde presumiblemente se crió Jesús

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14 diciembre 2020 1 14 /12 /diciembre /2020 13:00

Era ese mismo verano en que habíamos intentado pasar unas vacaciones fabulosas, pagadas y además cobrando un dinerito como Guía en el campamento de pioneros de Tarará, pretensión que a los tres días quedó fulminantemente cegada por una expulsión que caería en nuestros expedientes acumulativos, intentamos limpiarlo o continuar con la diversión buscándonos nuestro primer trabajo en serio.

Entré en el destacado puesto de “chico para todo”, con mi amigo “el Nene”, gracias a la gestión de Orestes, que trabajaba en esa empresa, de producción de todo tipo de utensilios de aluminio para las FAR por segundo año consecutivo durante las vacaciones con un contrato temporal por quince días prorrogable a dos quincenas, para llevarse unos pesos en época estival. Recibiríamos por el desempeño de la tarea 98 pesos cada uno.  Aunque no precisaba el dinero de esa paga, sino que quienes habían empezado a recriminarme que había dejado los estudios, no pudiesen decir que tampoco trabajaba. Había que vivir pendiente de lo que pensasen los demás, ya fuese para complacerlos o para molestar, sólo volviéndose loco  podía uno hacer la suya. Aunque también la idea de conocer el terreno laboral por un lapso, como descanso de tanta haraganería, me subyugó.

Al Nene y a mí nos habían destinado a limpiar los latones de basura, donde descansaban los restos de un enorme banquete con que se habían auto homenajeado a base de pollo y puerco los directivos de la empresa y sus invitados, justo el fin de semana antes de que empezásemos el trabajo. Soldados de avanzadilla  inspeccionando el terreno enemigo antes de que la tropa decidiese atacar.

Acercarse a aquellos latones suponía una inmolación, y se iba poniendo más intenso, en la medida que indolentemente, dejábamos el trabajo para el día siguiente a causa de la peste entre aguda, dulzona, pegajosa e insoportable que fluía de aquellos latones.

 

Al nene le habían dado la llave de un toro motor, que se utilizaba para levantar pallets, pero para el trabajo de volcar los ocho cubos de basura podrida e inflamada nos era de poca utilidad, ya que cuando intentamos levantar el primero, para trasladarlo al sitio indicado, se nos viró de costado, derramando los pollos con sus lomos y panzas hinchadas y hediondas por encima del borde del latón y liberar ovillos de gusanos color crema que con los rayos sol se engalanaban de verde brillante y con el calor despedían sus más intensos aromas . Después de ese accidente pasamos la semana entera haciendo trabajitos de poca monta, hasta que llegó el viernes y el jefe montó en cólera, y nos amenazó con echarnos el mismo lunes si no acabábamos la tarea.

Por fin logramos volcarlos en el patio donde nos indicaron,  hicimos una montaña con todos los pollos podridos, retiramos los latones, les echamos gasolina,  luego un fósforo, y vimos arder aquellas madejas de gusanos durante una tarde entera.

Nos llevó más tiempo del que pensábamos lograr quemar aquellos benditos pollos inflados que olían a mil demonios. Cuando los llevábamos al basurero nos entrevistó el noticiero del ICAIC, nos dijeron a la siguiente semana saldríamos en el noticiero del cine, en todos los cines de La Habana, sobre un camión trabajando de basureros. Al regreso de ese viaje el jefe nos esperaba con la liquidación por quince días de trabajo. No nos soportaba más según sus palabras.

Dejamos de ser basureros temporales, pero mis pantalones vaqueros no por ello volvieron a oler bien. Entre el escaso apego a la ducha que había desarrollado y el hecho de que quien lavaba la ropa en casa era mi abuela, a la que le llevaba una bolsa de ropa sucia para verla limpia, y que el único vaquero Levi’s que tenía prefería no gastarlo demasiado con el jabón y la tabla de lavar, ya que estaba  a punto de romperse, y una cosa era pavonearse como empleado responsable de la basura, que daba cierto halo de explorador en la vida y otra muy diferente  enfundar por obligación aquellos espantosos pantalones chinos, de la tienda para cubanos. Esa sí era una osadía.

Dos o tres semanas  más tarde, salió en las salas del Cine  el documental de los basureros, pusieron un trozo de nosotros con tomas de primeros planos, algunos amigos rieron burlones,  nos decían “leones” como se les conocía a los basureros, por el aroma más que por la fiereza. Tenía su gracia aunque presentó un inconveniente, durante un tiempo mi incipiente y saludable popularidad entre las chicas experimentó un repentino parón. El blue jean gastado y algo necesitado de jabón, me servía de contrapeso, aunque fuese únicamente con las pepillas de livianísimo galope y de nariz muy fogueada en innumerables las batallas.

 

Pollos aromáticos

Pollos aromáticos

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9 diciembre 2020 3 09 /12 /diciembre /2020 02:44

El preuniversitario Pedro Ortiz lo dejé en grado doce sin terminar, a los dos años de vagancia me permitieron volver a hacerlo en otro pre, el Pablo de la Torriente, lo cursé, llevé todas a extraordinario por no haber casi asistido a clases y no llegué a la puntuación básica de 70 en matemáticas por un detalle, me la había jurado el profesor, y yo mismo, claro.

Entonces por tercera vez lo comencé en la Facultad Obrero Campesina que solía ser de noche, pero había clases por el día, me di cuenta que para quien hace el pre en la FOC es mucho más fácil, y es el mismo título, pero sin aspiraciones universitarias en tal caso. En mitad de ese curso regresé a Argentina, y a menudo, entre las bromas de que soy licenciado en grado doce, a lo largo de los años soñé varias veces que suspendía, que Cepero me esperaba sonriendo para ubicarme en una aula sólo, sin posibilidad ni siquiera de consultar alguna pequeña muleta para alcanzar los 70 puntos, recién hace un años empecé a soñar de una manera muy vívida que apruebo todos los exámenes y soy bachiller, he soñado también que sigo en grado doce porque quería estar seguro de haber aprobado, pero los profesores me decían ¿qué haces aquí, tu ya pasaste a la universidad? Pero había un problema en mis sueños, nunca entré a universidad, no tenía un asidero de recuerdos en la realidad con mi paso por la uni.

No pasar por la universidad no era la cuestión, eso estaba clarísimo, el abuelo, con sus diatribas de que todos los Guevara estudiaban carreras de prestigio desde siempre, me había dejado ese gol para hacerlo de taquito y coronar el pataleo adolescente tardío, sin demasiado esfuerzo, porque encima estábamos en Cuba, donde casi todos los que estaban en el pre pasaban de una forma u otra a la universidad, yo sentía un placer indescriptible al presentar un claro contraste de mi mal desempeño académico y mi acervo cultural, que era este, con diferencia, más profundo y ecléctico que el de mis compañeros con altas calificaciones y mis parientes ya encaminados a profesionales. No, la cuestión no era esa, estaba claro que no entregaría por nada la prestigiosa distinción de ser el único de mi generación sin educación superior, no para ser trabajador como mi padre, ni guerrillero, ni siquiera delincuente, sino para ostentar un sobresaliente en inutilidad.

Pero una cosa era que quedase claro que había sido yo quien decidió no estudiar como era casi obligado e inevitable y otra era no tener siquiera el bachillerato, lo cual me dejaba al pie de los caballos frente a toda presentación de currículo, o cualquier trámite que requiriese una mínima seriedad; eso ya no reflejaba la expresión de una estúpida rebeldía juvenil, sino un abanico de suposiciones que podía ir desde la estupidez sin más, pasando por la posibilidad de una infancia plagada de carencias, hasta una escasa capacidad de aprendizaje, las cuales ya no me hacían ni pizca de gracia.

Tan reales y persistentes fueron los sueños, que sin pensarlo llegué a sentirme como si de verdad hubiese terminado aquel truncado preuniversitario que al parecer me había marcado en el subconsciente, en la vida onírica, y probablemente en las acciones de cada día.

Pero ya no tenía que temer, había retomado lo que en su momento abandoné por la fiesta, el sexo y el trago, y lo superé.

Pero ayer, al escribir sobre mis años escolares, como si realmente me despertase de un sueño, me di de bruces con que no he terminado, ni retomado el pre, que acaso en otra realidad lo están haciendo millones de estudiantes pero yo sigo barqueando, gastando todo el tiempo en otros menesteres que reportan escaso provecho aunque bastante anecdotario, y me sentí atado con un enorme soga gruesa, rodeándome todo el cuerpo, y me dieron ganas de gritar, de llamar a la profesora, a mis compañeros, a la trigonometría, a las diferenciales y los logaritmos, pero ninguno acudía, y me habían olvidado para siempre, había pasado mucho tiempo y me estuvieron esperando con paciencia hasta cierto punto.

Entonces no grité, me fijé en la otra cara de ese yo, y me vi sin ataduras, parado entre dos acantilados, flotando sobre el precipicio, logrando mantenerme en el aire sin mayor esfuerzo, comencé a batir los brazos y vi que a cambio de aprobar el pre, solté el lastre que me impedía manotear el aire y elevar todo el peso de mi ligereza

 

Preuniversitario

Preuniversitario

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Published by martinguevara - en Relax Cuba flash.
8 diciembre 2020 2 08 /12 /diciembre /2020 18:09

Mi mejor amigo de afuera del hotel era de sangre caliente, si uno quería asistir a una buena pelea, sólo debía esperar hasta las cuatro y veinte que era la hora de salida de la escuela, y entonces o bien a la misma salida del colegio o, para evitar las represalias de la dirección, detrás de la Sinagoga de El Vedado, había espectáculo de bronca. A menudo me pedía que le sostuviese los libros cuando se fajaba así que eso me convertía en espectador privilegiado de primera línea. En Argentina, las peles se iban pactando con el incremento de bravuconería o insultos, eran generalmente a piñas, nunca vi una brinca en el suelo, un vez que uno caía, esperaban que se levante o se acababa la pelea, en Cuba el inicio, el despertar de la bronca era una sonora bofetada, incluso si los ofensores ya no tenían muchas ganas de fajarse, el público de alrededor los animaba para ese primer paso gritando a coro “la galleta, la galleta” , hasta que se desataba la riña tras la sonora “jilda” .

La función de la galleta era mucho más de alarde, de humillación, bien podríase empezar con un piñazo que fuese mucho más eficaz con la finalidad de vencer, pero la galleta además de ser el campanazo que anunciaba oficialmente la pelea, daba un plus de brillo al ejecutor, aún cuando este después perdiese. La “fajazón” cubana va mucho más allá del boxeo, lleva todos los ingredientes, patadas, piñazos, galletas, incluso palos y piedras, pero además proyecciones al suelo, llamadas en Cuba “estrallón” provenientes de la lucha o el judo, pero generalmente aprendidas en la calle, y luego en el suelo se daba el segundo capítulo de la bronca, lograr asfixiar al oponente con una llave al cuello, o simplemente ganarle a golpes en la cara, hasta que se rinda el vencido, o que sea evidente el desenlace. Los abusadores, dan patadas desde arriba , escupen, o incluso orinan al derrotado, pero eso ya pertenece más al terreno carcelario o de inquina guardada durante años. Mi hermano cubano, era un maestro propinando ese galletazo del inicio, ponía la mano medio cóncava y el sonido inundaba al barrio, y luego era muy bueno en el suelo, sus fuertes no eran los piñazos , por eso tras la galleta buscaba el estrallón, en lo cual era mejor aún que en la galleta, y ahí y dependía de la fuerza y pericia de cada gallo en lidia, nunca lo vi dar un golpe más del necesario, ni abusando de gente que no mereciese una buena tunda, ni pelear por algo que no fuese de justicia elemental.

Con los años y la curda, esas broncas se hacían extensivas icluso a la policía, aunque en ese caso, por más sonora que fuese la galleta de inicio, y bueno su estrallón posterior, naturalmente, al final siempre llevaba la de perder, tranqueo grupal y a la Unidad.

En cambio, a mi nunca me gustó fajarme, por miedo a recibir golpes y por a golpear, siento un atractivo por la violencia pero como mero espectador. Así he estado en situaciones realmente peligrosas, pero si no soy objeto directo de las hostilidades me quedo mirando como si los acontecimientos fuesen transmitidos o proyectados en un pantalla.Cuando no quedaba otr slid tenía bunos buenos puños, las pocas veces que me fajé, gané, excepto las dos veces que me metí a defender a animales que estaban siendo abusados. Esas dos veces cobré.

Recuerdo un día después de que tres amigos con sus parejas estables o circunstanciales habíamos pasado la noche en el Hotel Riviera, de El Vedado, curdeando y comiendo bien, una vez que entregué las llaves de mi habitación en carpeta y despedí a mi amiga de aquella noche, decidí quedarme en el hotel bebiendo unos tragos en el bar El Elegante, donde tocaba el piano Felipe Dulzaides, un poco más tarde. Al día siguiente debía regresar con mi familia mi país de nacimiento tras diez años de exilio, las despedidas ya iban llegando a su fin.

Me tomé unos cócteles bellomonte para equilibrar la curda del día anterior, decidí irme a casa y cuando estaba caminando por el lobby hacia la salida, un hombre vestido de guayabera se acercó a mi, y me invitó de manera brusca a que abrochase los botones superiores de mi camisa, le dije que ya me iba y que yo usaba así las camisas, me dijo que ahí no se podía, le dije con buenos modales que no iba a abrochar nada. llamó a otro y me llevaron al sótano, era un pasillo largo tras el cual había una habitación, era una oficina rudimentaria, bajo la tierra, y sentado detrás del buró estaba un tipo que dijo ser el jefe de seguridad del hotel. Me apresuré a quejarme del trato que me habían dado esos dos por no abrocharme la camisa, y para mi sorpresa, dijo que estaba bien lo que hicieron, que tenía que haberlos obedecido. El tipo se puso de pie, le expliqué que al día siguiente debía partir del país que me estaban esperando en casa, me echó en cara que estaba bebiendo en el Elegante, y que había pasado la noche allí bebiendo, que tanta prisa no tendría por llegar a casa.

Me di cuenta que el tipo me había estado cazando la pelea, pero no entendía la finalidad, yo ni había hecho “bisnes”, ni tenía marihuana encima, ni en la habitación, cuando par aflojar la situación saqué a relucir mi parentesco no se sorprendió en absoluto. Me preguntó:

-¿Tú "eres" karate?

-No, ¿por qué?

-Por los nudillos- Es cierto que los tenía callosos porque cuando estaba contrariado golpeaba las paredes con los puños.

-No-le dije - no hago ningún deporte de contacto.

Y entonces no esperó más y me preguntó ¿tú quieres fajarte conmigo? De repente se me fue un poco la curda porque necesitaba salir de ese sótano rápido, y sin problemas, por supuesto mi respuesta inmediata fu "No, no quiero fajarme con nadie, quiero y tengo que ir a mi casa, si hace falta me abrocho la camisa" Insistió una vez más, diciendo que yo estaba acostumbrado a formar líos, a emborracharme, pero después no me quería fajar de hombre a hombre, y yo insistí en que de batirme, nada.

Cada vez que el tipo me invitaba más , más me percataba de que aunque yo fuese guapo y karateca, y le pudiese dar una buena tranca, cosa difícil por mi estado de equilibrio y porque el tipo debía saber donde dar los golpes, entre los otros dos me pondrían calentito, pro lo que era peor, con el tiempo tan apretado podía perder el avión. Nunca supe quien era ese tipo, ni porque tras saber que podía hacer un par de llamadas, insistía en fajarse. Me asistió una flema que sólo parece cuando me doy cuenta que hay problemas, lo dejé hablar, el tipo se calmó, y me dejó irme, no por el lobby, sino por el parking, diciéndome que la próxima vez me abrochase la camisa-

En este caso no haberle dado un galleta, y metido un estrallón, cosa que y era improbable, me permitió llegar a casa con tiempo para hacer las maletas, y no poner nerviosa a mi madre.

El tipo se quedó con las ganas de joderme, y yo, nunca atravesé el lobby correctamente abotonado.

 

Bar el Elegnte, Hotel Riviera.

Bar el Elegnte, Hotel Riviera.

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Published by martinguevara - en Relax Cuba flash.
7 diciembre 2020 1 07 /12 /diciembre /2020 23:34

El parque Hanói estaba a unos cien metros, había arboles de mango, aguacate, tamarindo. la temporada de mangos recién comenzaba, así que no había casi fruta madura, pero algunos, bien arriba donde daba más el sol, sí que había.

Yo era un mono trepando árboles, fui con Orama, que también estaba en noveno grado pero no en mi aula. Llegamos cerca de la copa y vi un mango pintón, la mitad roja y la otra verde, pero que y se podía comer, sólo tenía que caminar con cuidado por la rama en que estaba parado agarrándome de la de arriba que corría paralela. Oramas me dijo que no fuese, que comiésemos los verdes con sal, pero esos me daban dolor de estómago, hace poco vi que también en Vietnam es costumbre comerlos así , y yo le dije "no te preocupes que el mango lo compartimos entre los dos". Arriba de los árboles cuenta el más mínimo equilibrio con cualquier parte del cuerpo, yo sabía manejarme, llegué a una parte en que la rama a la que me agarraba, donde colgaba el mango, se volvió tan delgada que cedió ante mi presión para no dejar todo mi peso en la que apoyaba los pies, y al quebrarse perdí el control del equilibrio, caí y conseguí asirme a la rama en que estaba parado, pero también cedió y caí al vacío. Por el camino fui dándome golpes con ramas más o menos gruesas, hasta que el suelo, de tierra y hojas, detuvo mi caída. Del golpe sólo recuerdo el brazo y que empecé a dar vueltas en círculos en el suelo mientras Orama bajaba y me gritaba alarmado.

Lo próximo que recuerdo es estar en los brazos de mi madre y la Negra Cordero, su íntima amiga, me pusieron en un automóvil y volví a tener uso de memoria en el policlínico. Los huesos del antebrazo se me habían partido de tal manera que parecía una zeta, pero no llegaron a atravesar la piel, el médico que me atendió me pidió que aguantara y tiró del brazo mientras otros me sostenían hasta que acomodó cúbito con cúbito y radio con radio, aunque quedaron medio torcidos. Me llevaron de urgencia al Hospital Ortopédico Fructuoso Rodríguez, donde ya había estado ya que era la cuarta vez que me fracturaba el mismo brazo, el médico de policlínico de Alamar había acertado tanto que el doctor prefirió no volver a desacomodarlo ya que había empezado a soldar y sólo estaba muy poco torcido, me pusieron el yeso y de ahí al Neurológico, que estaba al lado, esa era la zona de Hospitales, también ahí estaba el Infantil Pedro Borrás, donde estuve ingresado también una vez, y el Oncológico el que por suerte nunca tuve que pisar como paciente.

En el neurológico me hicieron varias pruebas, porque tras dar esas vueltas sobre mi eje al caer, me desmayé y empecé a echar una espuma por la boca, como contaba Oramas, que acto seguido empezó a llamar la atención de los transeúntes y a darles mi dirección mientras se quedó a mi lado esperando, y fue cuando llegó mi madre y Ángela, la Negra, que en efecto me vieron con esa espuma en la boca que nunca supe de que se trató, pero que de vez en cuando la pasta de dientes me hace pensar en ella, como en ese viento que da en la nuca y se va, como el aliento de un muerto convertido en fantasma, o el chasquido de la rama y la sensación de vacío.

Me mantuvieron en observación porque dos desmayos de varios minutos tras un golpe de un caída de la altura de un cuarta planta, aunque me detuviesen ramas en el aire, podían significar varias cosas. Por suerte sólo significaron que acaso desconecté un pelín más los cables ya pelados de mi coco, o, nunca se sabe, quizás conseguí empatarlos. Al día siguiente me dieron el alta, estaba magullado por todos lados, pero en cierta forma contento de haberla sacado barata. La mayoría de los despelotes mentales que tuve, disparates, incongruencias, y más tarde ajustes con el alcohol, las drogas, algunos me lo atribuyeron a ese porrazo, no, lo único que me dejó ese golpe es cierto respeto a las alturas, pero yo, ya era distraído y lunático desde que empecé a caminar. Unos ños más adelante, tuve una novia que se llamaba Hanoi, que también casi me costó la cabeza.

Cuando me dejaron en casa pregunté por Orama, le avisaron y fue a verme, lo primero que le dije fue:

 

-Brother ¿te jamaste el mango?

 

Matas con mangos verdes y pintones.
Matas con mangos verdes y pintones.

Matas con mangos verdes y pintones.

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