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23 diciembre 2020 3 23 /12 /diciembre /2020 15:08

Si piensas a celebrar el nacimiento de Jesús, de aquel que cuando nació se supuso sería el Rey de los Judíos, por lo cual Herodes mandó a matar a todos los bebés para que nadie lo destronase en el futuro, y por lo que Cristo debió criarse en Nazareth, te comento que no hay nada más lejos de este consumo loco que, en lugar de celebrar ese hecho, ni siquiera el mito religioso que es fantasioso pero respetuoso, contribuyas al mayor enriquecimiento del Corte Inglés, Carrefour, Harrod's o a Macy's.

La celebración debería ser un período de reflexión y austeridad, de mucha austeridad.

Tú dedícate a comer, a beber y a gastarte todo en dárselo a los más ricos, pero ten en cuenta que eso, es lo más lejano y contrario a mostrar respeto al mensaje que dejó la vida de Jesús Cristo.

Y para quienes no son religosos, como el caso de este servidor, que festejamos el Solsticio de Invierno, importante en muchas culturas, tampoco está contemplado enriquecer a nada que no sea el alma de propios y extraños.

 
 
 
La casa de Nazareth donde presumiblemente se crió Jesús

La casa de Nazareth donde presumiblemente se crió Jesús

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14 diciembre 2020 1 14 /12 /diciembre /2020 13:00

Era ese mismo verano en que habíamos intentado pasar unas vacaciones fabulosas, pagadas y además cobrando un dinerito como Guía en el campamento de pioneros de Tarará, pretensión que a los tres días quedó fulminantemente cegada por una expulsión que caería en nuestros expedientes acumulativos, intentamos limpiarlo o continuar con la diversión buscándonos nuestro primer trabajo en serio.

Entré en el destacado puesto de “chico para todo”, con mi amigo “el Nene”, gracias a la gestión de Orestes, que trabajaba en esa empresa, de producción de todo tipo de utensilios de aluminio para las FAR por segundo año consecutivo durante las vacaciones con un contrato temporal por quince días prorrogable a dos quincenas, para llevarse unos pesos en época estival. Recibiríamos por el desempeño de la tarea 98 pesos cada uno.  Aunque no precisaba el dinero de esa paga, sino que quienes habían empezado a recriminarme que había dejado los estudios, no pudiesen decir que tampoco trabajaba. Había que vivir pendiente de lo que pensasen los demás, ya fuese para complacerlos o para molestar, sólo volviéndose loco  podía uno hacer la suya. Aunque también la idea de conocer el terreno laboral por un lapso, como descanso de tanta haraganería, me subyugó.

Al Nene y a mí nos habían destinado a limpiar los latones de basura, donde descansaban los restos de un enorme banquete con que se habían auto homenajeado a base de pollo y puerco los directivos de la empresa y sus invitados, justo el fin de semana antes de que empezásemos el trabajo. Soldados de avanzadilla  inspeccionando el terreno enemigo antes de que la tropa decidiese atacar.

Acercarse a aquellos latones suponía una inmolación, y se iba poniendo más intenso, en la medida que indolentemente, dejábamos el trabajo para el día siguiente a causa de la peste entre aguda, dulzona, pegajosa e insoportable que fluía de aquellos latones.

 

Al nene le habían dado la llave de un toro motor, que se utilizaba para levantar pallets, pero para el trabajo de volcar los ocho cubos de basura podrida e inflamada nos era de poca utilidad, ya que cuando intentamos levantar el primero, para trasladarlo al sitio indicado, se nos viró de costado, derramando los pollos con sus lomos y panzas hinchadas y hediondas por encima del borde del latón y liberar ovillos de gusanos color crema que con los rayos sol se engalanaban de verde brillante y con el calor despedían sus más intensos aromas . Después de ese accidente pasamos la semana entera haciendo trabajitos de poca monta, hasta que llegó el viernes y el jefe montó en cólera, y nos amenazó con echarnos el mismo lunes si no acabábamos la tarea.

Por fin logramos volcarlos en el patio donde nos indicaron,  hicimos una montaña con todos los pollos podridos, retiramos los latones, les echamos gasolina,  luego un fósforo, y vimos arder aquellas madejas de gusanos durante una tarde entera.

Nos llevó más tiempo del que pensábamos lograr quemar aquellos benditos pollos inflados que olían a mil demonios. Cuando los llevábamos al basurero nos entrevistó el noticiero del ICAIC, nos dijeron a la siguiente semana saldríamos en el noticiero del cine, en todos los cines de La Habana, sobre un camión trabajando de basureros. Al regreso de ese viaje el jefe nos esperaba con la liquidación por quince días de trabajo. No nos soportaba más según sus palabras.

Dejamos de ser basureros temporales, pero mis pantalones vaqueros no por ello volvieron a oler bien. Entre el escaso apego a la ducha que había desarrollado y el hecho de que quien lavaba la ropa en casa era mi abuela, a la que le llevaba una bolsa de ropa sucia para verla limpia, y que el único vaquero Levi’s que tenía prefería no gastarlo demasiado con el jabón y la tabla de lavar, ya que estaba  a punto de romperse, y una cosa era pavonearse como empleado responsable de la basura, que daba cierto halo de explorador en la vida y otra muy diferente  enfundar por obligación aquellos espantosos pantalones chinos, de la tienda para cubanos. Esa sí era una osadía.

Dos o tres semanas  más tarde, salió en las salas del Cine  el documental de los basureros, pusieron un trozo de nosotros con tomas de primeros planos, algunos amigos rieron burlones,  nos decían “leones” como se les conocía a los basureros, por el aroma más que por la fiereza. Tenía su gracia aunque presentó un inconveniente, durante un tiempo mi incipiente y saludable popularidad entre las chicas experimentó un repentino parón. El blue jean gastado y algo necesitado de jabón, me servía de contrapeso, aunque fuese únicamente con las pepillas de livianísimo galope y de nariz muy fogueada en innumerables las batallas.

 

Pollos aromáticos

Pollos aromáticos

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9 diciembre 2020 3 09 /12 /diciembre /2020 02:44

El preuniversitario Pedro Ortiz lo dejé en grado doce sin terminar, a los dos años de vagancia me permitieron volver a hacerlo en otro pre, el Pablo de la Torriente, lo cursé, llevé todas a extraordinario por no haber casi asistido a clases y no llegué a la puntuación básica de 70 en matemáticas por un detalle, me la había jurado el profesor, y yo mismo, claro.

Entonces por tercera vez lo comencé en la Facultad Obrero Campesina que solía ser de noche, pero había clases por el día, me di cuenta que para quien hace el pre en la FOC es mucho más fácil, y es el mismo título, pero sin aspiraciones universitarias en tal caso. En mitad de ese curso regresé a Argentina, y a menudo, entre las bromas de que soy licenciado en grado doce, a lo largo de los años soñé varias veces que suspendía, que Cepero me esperaba sonriendo para ubicarme en una aula sólo, sin posibilidad ni siquiera de consultar alguna pequeña muleta para alcanzar los 70 puntos, recién hace un años empecé a soñar de una manera muy vívida que apruebo todos los exámenes y soy bachiller, he soñado también que sigo en grado doce porque quería estar seguro de haber aprobado, pero los profesores me decían ¿qué haces aquí, tu ya pasaste a la universidad? Pero había un problema en mis sueños, nunca entré a universidad, no tenía un asidero de recuerdos en la realidad con mi paso por la uni.

No pasar por la universidad no era la cuestión, eso estaba clarísimo, el abuelo, con sus diatribas de que todos los Guevara estudiaban carreras de prestigio desde siempre, me había dejado ese gol para hacerlo de taquito y coronar el pataleo adolescente tardío, sin demasiado esfuerzo, porque encima estábamos en Cuba, donde casi todos los que estaban en el pre pasaban de una forma u otra a la universidad, yo sentía un placer indescriptible al presentar un claro contraste de mi mal desempeño académico y mi acervo cultural, que era este, con diferencia, más profundo y ecléctico que el de mis compañeros con altas calificaciones y mis parientes ya encaminados a profesionales. No, la cuestión no era esa, estaba claro que no entregaría por nada la prestigiosa distinción de ser el único de mi generación sin educación superior, no para ser trabajador como mi padre, ni guerrillero, ni siquiera delincuente, sino para ostentar un sobresaliente en inutilidad.

Pero una cosa era que quedase claro que había sido yo quien decidió no estudiar como era casi obligado e inevitable y otra era no tener siquiera el bachillerato, lo cual me dejaba al pie de los caballos frente a toda presentación de currículo, o cualquier trámite que requiriese una mínima seriedad; eso ya no reflejaba la expresión de una estúpida rebeldía juvenil, sino un abanico de suposiciones que podía ir desde la estupidez sin más, pasando por la posibilidad de una infancia plagada de carencias, hasta una escasa capacidad de aprendizaje, las cuales ya no me hacían ni pizca de gracia.

Tan reales y persistentes fueron los sueños, que sin pensarlo llegué a sentirme como si de verdad hubiese terminado aquel truncado preuniversitario que al parecer me había marcado en el subconsciente, en la vida onírica, y probablemente en las acciones de cada día.

Pero ya no tenía que temer, había retomado lo que en su momento abandoné por la fiesta, el sexo y el trago, y lo superé.

Pero ayer, al escribir sobre mis años escolares, como si realmente me despertase de un sueño, me di de bruces con que no he terminado, ni retomado el pre, que acaso en otra realidad lo están haciendo millones de estudiantes pero yo sigo barqueando, gastando todo el tiempo en otros menesteres que reportan escaso provecho aunque bastante anecdotario, y me sentí atado con un enorme soga gruesa, rodeándome todo el cuerpo, y me dieron ganas de gritar, de llamar a la profesora, a mis compañeros, a la trigonometría, a las diferenciales y los logaritmos, pero ninguno acudía, y me habían olvidado para siempre, había pasado mucho tiempo y me estuvieron esperando con paciencia hasta cierto punto.

Entonces no grité, me fijé en la otra cara de ese yo, y me vi sin ataduras, parado entre dos acantilados, flotando sobre el precipicio, logrando mantenerme en el aire sin mayor esfuerzo, comencé a batir los brazos y vi que a cambio de aprobar el pre, solté el lastre que me impedía manotear el aire y elevar todo el peso de mi ligereza

 

Preuniversitario

Preuniversitario

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8 diciembre 2020 2 08 /12 /diciembre /2020 18:09

Mi mejor amigo de afuera del hotel era de sangre caliente, si uno quería asistir a una buena pelea, sólo debía esperar hasta las cuatro y veinte que era la hora de salida de la escuela, y entonces o bien a la misma salida del colegio o, para evitar las represalias de la dirección, detrás de la Sinagoga de El Vedado, había espectáculo de bronca. A menudo me pedía que le sostuviese los libros cuando se fajaba así que eso me convertía en espectador privilegiado de primera línea. En Argentina, las peles se iban pactando con el incremento de bravuconería o insultos, eran generalmente a piñas, nunca vi una brinca en el suelo, un vez que uno caía, esperaban que se levante o se acababa la pelea, en Cuba el inicio, el despertar de la bronca era una sonora bofetada, incluso si los ofensores ya no tenían muchas ganas de fajarse, el público de alrededor los animaba para ese primer paso gritando a coro “la galleta, la galleta” , hasta que se desataba la riña tras la sonora “jilda” .

La función de la galleta era mucho más de alarde, de humillación, bien podríase empezar con un piñazo que fuese mucho más eficaz con la finalidad de vencer, pero la galleta además de ser el campanazo que anunciaba oficialmente la pelea, daba un plus de brillo al ejecutor, aún cuando este después perdiese. La “fajazón” cubana va mucho más allá del boxeo, lleva todos los ingredientes, patadas, piñazos, galletas, incluso palos y piedras, pero además proyecciones al suelo, llamadas en Cuba “estrallón” provenientes de la lucha o el judo, pero generalmente aprendidas en la calle, y luego en el suelo se daba el segundo capítulo de la bronca, lograr asfixiar al oponente con una llave al cuello, o simplemente ganarle a golpes en la cara, hasta que se rinda el vencido, o que sea evidente el desenlace. Los abusadores, dan patadas desde arriba , escupen, o incluso orinan al derrotado, pero eso ya pertenece más al terreno carcelario o de inquina guardada durante años. Mi hermano cubano, era un maestro propinando ese galletazo del inicio, ponía la mano medio cóncava y el sonido inundaba al barrio, y luego era muy bueno en el suelo, sus fuertes no eran los piñazos , por eso tras la galleta buscaba el estrallón, en lo cual era mejor aún que en la galleta, y ahí y dependía de la fuerza y pericia de cada gallo en lidia, nunca lo vi dar un golpe más del necesario, ni abusando de gente que no mereciese una buena tunda, ni pelear por algo que no fuese de justicia elemental.

Con los años y la curda, esas broncas se hacían extensivas icluso a la policía, aunque en ese caso, por más sonora que fuese la galleta de inicio, y bueno su estrallón posterior, naturalmente, al final siempre llevaba la de perder, tranqueo grupal y a la Unidad.

En cambio, a mi nunca me gustó fajarme, por miedo a recibir golpes y por a golpear, siento un atractivo por la violencia pero como mero espectador. Así he estado en situaciones realmente peligrosas, pero si no soy objeto directo de las hostilidades me quedo mirando como si los acontecimientos fuesen transmitidos o proyectados en un pantalla.Cuando no quedaba otr slid tenía bunos buenos puños, las pocas veces que me fajé, gané, excepto las dos veces que me metí a defender a animales que estaban siendo abusados. Esas dos veces cobré.

Recuerdo un día después de que tres amigos con sus parejas estables o circunstanciales habíamos pasado la noche en el Hotel Riviera, de El Vedado, curdeando y comiendo bien, una vez que entregué las llaves de mi habitación en carpeta y despedí a mi amiga de aquella noche, decidí quedarme en el hotel bebiendo unos tragos en el bar El Elegante, donde tocaba el piano Felipe Dulzaides, un poco más tarde. Al día siguiente debía regresar con mi familia mi país de nacimiento tras diez años de exilio, las despedidas ya iban llegando a su fin.

Me tomé unos cócteles bellomonte para equilibrar la curda del día anterior, decidí irme a casa y cuando estaba caminando por el lobby hacia la salida, un hombre vestido de guayabera se acercó a mi, y me invitó de manera brusca a que abrochase los botones superiores de mi camisa, le dije que ya me iba y que yo usaba así las camisas, me dijo que ahí no se podía, le dije con buenos modales que no iba a abrochar nada. llamó a otro y me llevaron al sótano, era un pasillo largo tras el cual había una habitación, era una oficina rudimentaria, bajo la tierra, y sentado detrás del buró estaba un tipo que dijo ser el jefe de seguridad del hotel. Me apresuré a quejarme del trato que me habían dado esos dos por no abrocharme la camisa, y para mi sorpresa, dijo que estaba bien lo que hicieron, que tenía que haberlos obedecido. El tipo se puso de pie, le expliqué que al día siguiente debía partir del país que me estaban esperando en casa, me echó en cara que estaba bebiendo en el Elegante, y que había pasado la noche allí bebiendo, que tanta prisa no tendría por llegar a casa.

Me di cuenta que el tipo me había estado cazando la pelea, pero no entendía la finalidad, yo ni había hecho “bisnes”, ni tenía marihuana encima, ni en la habitación, cuando par aflojar la situación saqué a relucir mi parentesco no se sorprendió en absoluto. Me preguntó:

-¿Tú "eres" karate?

-No, ¿por qué?

-Por los nudillos- Es cierto que los tenía callosos porque cuando estaba contrariado golpeaba las paredes con los puños.

-No-le dije - no hago ningún deporte de contacto.

Y entonces no esperó más y me preguntó ¿tú quieres fajarte conmigo? De repente se me fue un poco la curda porque necesitaba salir de ese sótano rápido, y sin problemas, por supuesto mi respuesta inmediata fu "No, no quiero fajarme con nadie, quiero y tengo que ir a mi casa, si hace falta me abrocho la camisa" Insistió una vez más, diciendo que yo estaba acostumbrado a formar líos, a emborracharme, pero después no me quería fajar de hombre a hombre, y yo insistí en que de batirme, nada.

Cada vez que el tipo me invitaba más , más me percataba de que aunque yo fuese guapo y karateca, y le pudiese dar una buena tranca, cosa difícil por mi estado de equilibrio y porque el tipo debía saber donde dar los golpes, entre los otros dos me pondrían calentito, pro lo que era peor, con el tiempo tan apretado podía perder el avión. Nunca supe quien era ese tipo, ni porque tras saber que podía hacer un par de llamadas, insistía en fajarse. Me asistió una flema que sólo parece cuando me doy cuenta que hay problemas, lo dejé hablar, el tipo se calmó, y me dejó irme, no por el lobby, sino por el parking, diciéndome que la próxima vez me abrochase la camisa-

En este caso no haberle dado un galleta, y metido un estrallón, cosa que y era improbable, me permitió llegar a casa con tiempo para hacer las maletas, y no poner nerviosa a mi madre.

El tipo se quedó con las ganas de joderme, y yo, nunca atravesé el lobby correctamente abotonado.

 

Bar el Elegnte, Hotel Riviera.

Bar el Elegnte, Hotel Riviera.

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7 diciembre 2020 1 07 /12 /diciembre /2020 23:34

El parque Hanói estaba a unos cien metros, había arboles de mango, aguacate, tamarindo. la temporada de mangos recién comenzaba, así que no había casi fruta madura, pero algunos, bien arriba donde daba más el sol, sí que había.

Yo era un mono trepando árboles, fui con Orama, que también estaba en noveno grado pero no en mi aula. Llegamos cerca de la copa y vi un mango pintón, la mitad roja y la otra verde, pero que y se podía comer, sólo tenía que caminar con cuidado por la rama en que estaba parado agarrándome de la de arriba que corría paralela. Oramas me dijo que no fuese, que comiésemos los verdes con sal, pero esos me daban dolor de estómago, hace poco vi que también en Vietnam es costumbre comerlos así , y yo le dije "no te preocupes que el mango lo compartimos entre los dos". Arriba de los árboles cuenta el más mínimo equilibrio con cualquier parte del cuerpo, yo sabía manejarme, llegué a una parte en que la rama a la que me agarraba, donde colgaba el mango, se volvió tan delgada que cedió ante mi presión para no dejar todo mi peso en la que apoyaba los pies, y al quebrarse perdí el control del equilibrio, caí y conseguí asirme a la rama en que estaba parado, pero también cedió y caí al vacío. Por el camino fui dándome golpes con ramas más o menos gruesas, hasta que el suelo, de tierra y hojas, detuvo mi caída. Del golpe sólo recuerdo el brazo y que empecé a dar vueltas en círculos en el suelo mientras Orama bajaba y me gritaba alarmado.

Lo próximo que recuerdo es estar en los brazos de mi madre y la Negra Cordero, su íntima amiga, me pusieron en un automóvil y volví a tener uso de memoria en el policlínico. Los huesos del antebrazo se me habían partido de tal manera que parecía una zeta, pero no llegaron a atravesar la piel, el médico que me atendió me pidió que aguantara y tiró del brazo mientras otros me sostenían hasta que acomodó cúbito con cúbito y radio con radio, aunque quedaron medio torcidos. Me llevaron de urgencia al Hospital Ortopédico Fructuoso Rodríguez, donde ya había estado ya que era la cuarta vez que me fracturaba el mismo brazo, el médico de policlínico de Alamar había acertado tanto que el doctor prefirió no volver a desacomodarlo ya que había empezado a soldar y sólo estaba muy poco torcido, me pusieron el yeso y de ahí al Neurológico, que estaba al lado, esa era la zona de Hospitales, también ahí estaba el Infantil Pedro Borrás, donde estuve ingresado también una vez, y el Oncológico el que por suerte nunca tuve que pisar como paciente.

En el neurológico me hicieron varias pruebas, porque tras dar esas vueltas sobre mi eje al caer, me desmayé y empecé a echar una espuma por la boca, como contaba Oramas, que acto seguido empezó a llamar la atención de los transeúntes y a darles mi dirección mientras se quedó a mi lado esperando, y fue cuando llegó mi madre y Ángela, la Negra, que en efecto me vieron con esa espuma en la boca que nunca supe de que se trató, pero que de vez en cuando la pasta de dientes me hace pensar en ella, como en ese viento que da en la nuca y se va, como el aliento de un muerto convertido en fantasma, o el chasquido de la rama y la sensación de vacío.

Me mantuvieron en observación porque dos desmayos de varios minutos tras un golpe de un caída de la altura de un cuarta planta, aunque me detuviesen ramas en el aire, podían significar varias cosas. Por suerte sólo significaron que acaso desconecté un pelín más los cables ya pelados de mi coco, o, nunca se sabe, quizás conseguí empatarlos. Al día siguiente me dieron el alta, estaba magullado por todos lados, pero en cierta forma contento de haberla sacado barata. La mayoría de los despelotes mentales que tuve, disparates, incongruencias, y más tarde ajustes con el alcohol, las drogas, algunos me lo atribuyeron a ese porrazo, no, lo único que me dejó ese golpe es cierto respeto a las alturas, pero yo, ya era distraído y lunático desde que empecé a caminar. Unos ños más adelante, tuve una novia que se llamaba Hanoi, que también casi me costó la cabeza.

Cuando me dejaron en casa pregunté por Orama, le avisaron y fue a verme, lo primero que le dije fue:

 

-Brother ¿te jamaste el mango?

 

Matas con mangos verdes y pintones.
Matas con mangos verdes y pintones.

Matas con mangos verdes y pintones.

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21 noviembre 2020 6 21 /11 /noviembre /2020 16:36

El cubano tiene una identidad cultural tan fuerte que parece europea o asiática, de más de 500 años.

Conozco varios hijos de cubanos que nacieron en países de habla no hispana y no sólo hablan muy bien el español, sino que lo hacen con tono cubano, y dicen "veddá", lo cual me alucina y llena de orgullo.

El resto de descendientes de inmigrantes latinoamericanos en su segunda generación ya portan nombres en inglés o la lengua de destino y si chapurrean un poco el castellano es con sumo desdén, el mismo que vieron en su hogar hacia sus propias raíces. En cambio el cubano, no.

El cubano vive orgulloso de sí, de su música, de ser tan buenos bailarines, de su gracia, de Carpentier, de "el Pandeado",  de Celia Cruz y Tata Güines, de Leo Brouwer y el maestro Lecuona, de sus chistes no siempre de salón, de su bulla identitaria tanto para discutir una jugada de beisbol, un hecho cotidiano, un buen o mal movimiento en el dominó como "pegarse" botar el doble nueve, o quitarse el doble "tres mil y más murieron" manteniendo la data, o el uso de la hipérbole para cualquier asunto referido a su hombría, virilidad, certeza en cualquier tema "te lo digo yo que soy de aquí" "deja el tango y canta bolero" "rema que aquí no pican".

Esa intensa personalidad y carácter bien puede deberse a la belleza de la isla que siempre quiso ser seducida por los mandamases de turno a lo largo de la Historia, España, EEUU, URSS, de ahí también un rasgo de no demasiada enjundia, esa marcada veta jinetera, o ya sea por la confluencia de las razas, de las zonas de España y de África que la poblaron una vez exterminados casi todos los habitantes autóctonos excepto unos pocos descendientes en Baracoa, la mezcla de la gracia flamenca con la yoruba y la seriedad y asturiana. y sea por el calor, los mangos, el ron, la mulata, el aguacate, el puerco y no la jutía, ya sea porque son fajadores avezados, el cubano mete una galleta y se enreda más rápido que un telegrama, por la poesía, el ajedrez, el mar, sí, ese mar tiene que guardar alguna relación con la excepcionalidad de varias de las cualidades cubiches.

Son altaneros, les da igual hablar de cualquier forma, como los andaluces que no sienten complejo de decir Grabiel en vez de Gabriel, sabedores de que su importancia, su identidad estriba en asuntos de mayor enjundia que los meros aspectos fomales. Y acaso por ello mismo, no necesitan, como otras comunidades, protegerse de sus propia carencia de autoestima creando guetos, cuando se los ve juntos, es porque sienten que nadie disfruta de una fiesta, de una tarde de ron, de risas, de baile, de canto, incluso de cuchi cuchi mandarina, como el cubano lo curte casi de modo natural. Pero en los trabajos, en los barrios, en las amistades, se integran como uno más. El caso de Miami es el opuesto al gueto, no se atrincheraron para protegerse del poder, sino que se convirtieron en poder, levantaron aquella ciudad, la dotaron de personalidad, gracia, charme, café colada, jugo de mango, sandwich cubano y pizza varadero, son sus alcaldes, sus policías, sus políticos, llegan hasta Washington y, también desde allí reciben una atención especial, acorde a su peso.

En Europa no se ve un cubano tirado, todos salen adelante con dignidad, no se dejan avasallar por ningún jefe, sus homologos latinoamericanos o africanos se asombran de la determinación que los lleva, no sólo a decirle a un jerarca "cuidaíto compay gallo, cuidaíto" sino que van más allá y dicen, "aquí estoy yo, y hay que respetarme porque soy cubano"....o a veces "por la cabeza de mi....". Habiendo recogido, aunque sólo de manera figurda en su educación, una gran cantidad de principios de igualdad, y en la experiencia empírica, de no creer en ninguna muela, sólo en la capacidad de "resolver" como sea.

Si bien al principio de la emigración, se muestran torpes en el desenvolvimiento de sus dotes competitivas, por su falta de experiencia en el trabajo, en el verdadero trabajo, y en el desarrollo de sus más intimas aptitudes desconocidas bajo aquel magma de simulación de corrección auspiciado por la doble moral, en el cual cualquier examen escolar se aprobaba si se sabía intercalar con cierta gracia las palabras "en el capitalismo: hambre, miseria y explotación"; incluso hubo quien aprobó Física o matemáticas con la correcta disposición de estos vocablos. Pero una vez tomada la velocidad no hay quien los pare.

Y aunque yo haya estado estos años criticando a los cubanos trumpistas de Miami, quiero dejar mi homenaje a semejante atrevimiento, a semejante herejía de defender con mayor vehemencia que muchos nacionales a cuales debería ser más pertinente esa posición, sin perder nunca la cubanía, es más, con la cubanía como sello y estandarte, la bulla, los carteles con errores ortográficos, la expresividad contagiosa, que llegaron a ser incluso determinantes en aspectos regionales de la contienda.

No sé como explicar la enorme suerte que tuve, aunque me haya costado lo suyo, de ser nacido precisamente en el otro país latinoamericano bien pagado de sí mismo, haber crecido en aquella explosión caribeña de colores, olores, contacto, y orgullo, y hoy vivir en la madre de esos dos proyectos allende los mares, que si bien se independizaron, llevan lo mejor del espíritu ibérico, de un orgullo hispano ya perdido en el tiempo, también in situ, pero del cual todos, incluso los españoles somos también descendientes.

 

La danzarina cubana Gloria Achón "Zegrina" 1932

La danzarina cubana Gloria Achón "Zegrina" 1932

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Published by martinguevara - en Cuba Opinión Cuba flash. Opinion crítica. Relax
8 noviembre 2020 7 08 /11 /noviembre /2020 13:08

Consejito: cuando enfrentes uno de esos escotes que te ofrecen una generosa espita hacia el corazón de la fruta, hazlo sin remilgo, descarga tu pupila, inyecta la mirada en esas redondeces mágicas, enjuaga cada recoveco de tu nostalgia de mamón, de tus deseos de corderito lechal, haz la mímica de rodear con los dedos la esponjosidad de esa globalización eterna y barnízate de luz universal, porque amigo, no lo dudes, ella, la cajera, la doctora, la enfermera, la vecina, la panadera, la del bar, la compañera de trabajo o estudio, la amiga, la enemiga, la interlocutora casual, sabe muy bien lo que estás mirando y si por un instante hubiese sentido cierta incomodidad te lo habría hecho saber con el más ligero de los movimientos y habrías tenido que tragar en seco, rascarte la cabeza, fruncir el upite o recordar la comida del perro; pero si por el contrario el tajo que baja desde la garganta en dirección al ombligo cada se va enseñoreando con el paso de la charla, si ves que adquiere vida propia, que baila para ti, que recita esos versos que no consiguen camuflar su estrofa lujuriosa, si percibes el andar de esos ya no tan resguardados melocotones hacia su maduración, entonces, amigo, sigue mirando, que el jugo que los inundan, que puja por rebosar, se está exprimiendo exclusivamente para la sed de la vida.

Eso sí, si no reconoces una nítida sugerencia a abordar la nave que viaja entre las distintas dimensiones, reconoce el limite, y agradeciendo con la mayor gentileza el regalo para los sentidos, sigue con tu día ufano y motivado, ni un Vermeer en tu salón te habría animado igual.

Escotes
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Published by martinguevara - en Relax
16 octubre 2020 5 16 /10 /octubre /2020 18:00

En La Habana, viví en el Vedado primero, en Miramar, otra vez en el Vedado, pero en medio habité unos años la barriada popular de Alamar, fueron los años de mi desarrollo. Si bien en el refinamiento salí perdiendo, en la inmediatez del apareamiento indudablemente gané.

Las alamarenses venían de Guanabacoa, de Regla, Casablanca, de misma Habana Vieja incluso algunas familias de Marianao, en el otro extremo habanero, tuvo lugar una tónica entre proletaria y marginal. Por eso tengo tantas historias de templetas en tantos lugares diversos, los baños de los bares trancándolo por dentro, con toda aquella peste a meado pero con tremenda curda que neutralizaba toda sensibilidad olfativa, en la manigua, "el sao" como dicen los orientales o, los matorrales, ¿quien de Alamar no echó un amistoso entre matorrales?, en los pasillos de las escuelas por la noche, en la playa de los rusos, en el diente de perro con cuidado de que un diente de perro o un erizo no perforase el trasero de la partenaire, o un ovoide del seguro servidor, en camiones aparcados, en las escaleras o en las partes de atrás de los edificios de microbrigada, en la playa de Santa María, el Megano, Guanabo o Bacuranao.

Apretar también era una delicia porque ponía a prueba el aguante de las costuras de las prendas, su impermeabilidad, aquel descubrir los relieves por encima de la blusa, ver, tocar y lamer el nacer de una teta toda resguardada por los botones primero y el ajustador después, rebuscársela para llegar al electrizante pezón, meter la mano por aquí mientras un beso iba por acá, la otra mano por allá, las de ella por este lado y al final un andar pringoso que por unos instantes restaba firmeza al encabille.

El atractivo de templar en lugares no pensados para tal acto radica en la propia transgresión, llegar al momento en que la muchacha va lanzada y olvida los "no pipos, no" y se convierten en exquisitos "ay papi sí", entonces toda oquedad queda disponible ¡Al demonio con la comodidad!

Los matorrales callan.

En cambio las de El Vedado, y sobre todo las de Miramar no aceptaban así como así un palo con se nivel de improvisación, sin agua, jabón, sin siquiera una colchoneta, sin una intimidad básica obrada en el ámbito del mínimo respeto; en Playa tirando a Marianao o el Vedado yendo a Centro Habana, las chicas aceptaban de buena gana hacer colas apretando en la oscuridad de un sala de espera de una "posada", cosa que me restaba más de medio Perú de erotismo

- ¿Quién es el último pá' singal ahí?

- Nosotros dos y vamos detrás de esos dos de allá- señalando a una pareja que casi estaba ya clavando los clavos sueltos del sofá.

Aquellos antros nada higiénizados eran un buen nido de amor para la gonorrea y la sarna. Antes que eso prefería el sao.

En el Vedado eso sí, teníamos un lugar iconoclasta como pocos, había que brincar una cerca, a veces estaba abierta la puerta, los porches y pasillos de la Iglesia de I y 19, detrás de las columnas, no puedo decir que lo sazonaba de herejía porque no fui en absoluto criado en la fe, aunque no era del todo un edificio más, gurdaba el encanto de romper alguna antigua regla, y era con diferencia el más seguro, ahí protegen los ángeles.

Tres veces intenté meter el bosbonique en el malecón con “vedadianas” y no pude, "ay que pena", "no aquí no, tú no me respetas" "pipo, yo no soy una cualquiera" ¿Cómo explicarles lo del mar, la luna, el salitre?

 Donde sí se apuntaban casi todas en el Vedado, era en los jardines del Hotel Nacional, en su piscina y la del hotel Riviera de noche, ¡ah! esos palos flotadores silbando un blues antes de ser expulsado por el guarda; recostado al cañón de los jardines del Nacional de frente al Atlántico, con la brisa y el asombro de los paseantes por los senderos que no esperaban encontrar un Peep show ecológico. Eso sí, en las trincheras era imposible, es diez veces más higiénico el baño sin papel de un bar de Guanabacoa.

En Miramar ya era más exigente, querían hoteles o la casa o una casa de visita, una cabañita, un bote, yate o cualquier cosa linda. Aunque la playita de 16 me unió en matrimonio eterno con unas cuantas “miramarenses”, claro, yo vivía ahí mismo, pero nada como los bancos de cemento de aquella 16 noctámbula.

Lo más común era ir al hotel Tritón, todavía se podía pagar en pesos cubanos, aunque en los yaquis que hacen de barrera contra las olas en frente al Sierra Maestra fui un afortunado elegido por una preciosa sílfides, ella se acostó en el yaqui de frente al horizonte, un sol generoso nos lamía y secaba la saliva de los chupones, abrió las piernas, saqué el bikini y me entregué a un de las más ricas y cinematográficas mamadas de bollo que tengo recuerdo.

Y un lugar que pocos disfrutaron, en la Cafetería del Kasalta, al lado del túnel, había un pequeño bar iluminado con focos rojos y azules muy tenues, aire condicionado fuerte, con asientos en modo tren, un sólo barman, tragos, rara vez cervezas, y música, para poder hacer los ruidos del cuchi cuchi sin llamar la atención. Si bien, singar, lo que es singar, ahí no se podía, la apretadera ahí era un cielo de melcocha.

Como al perder un avión por una distracción homologble que en ese momento sienta terrible pero con el tiempo se convierte en un buena anécdota, igual se quedan impregnados en la memoria esos palos de complejidad extrema, adobados con la desinhibición y la torpeza que donaban los espirituosos, los fluidos y el zigzag deambulante de medianoche.

He ahí mis barrios habaneros vistos a través de la templeta con sus pruritos sociales.

 

Palito de luna y sal en los jardines del Hotel Nacional

Palito de luna y sal en los jardines del Hotel Nacional

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Published by martinguevara - en Cuba Opinión Cuba flash. Relax
11 octubre 2020 7 11 /10 /octubre /2020 14:25

El bullying es una practica que existió desde la más remota antigüedad, los adolescentes pueden ser realmente crueles, de ahí el libro "El señor de las moscas". Pero en los últimos tiempos esto se ha visto elevado a la potencia dada la fragilidad de los valores actuales, y no es que "todo tiempo pasado fue mejor" sino que en la mudanza de piel hay un momento que el lagarto se queda pelado, lo mismo ocurre con la sociedad, en tiempo de cambios, algunos aspectos quedan relegados al final, en este caso se está construyendo a retazos la ética de la sociedad de l comunicación, del barniz, del maquillaje, de la pintura, el bronceado y la sábana seca.


Bullying es un término extranjero a la lengua española, tan bella y perfecta, pero es cierto que su traducción acoso o intimidación, no se ajustan a la edad en que más se produce, en inglés, sobre todo a nosotros nos suena como: acné, menstruación, pajas, imberbe, cambios, edad de exploración.


Cuando yo era un muchachón al que le iba saliendo ese bigotito ridículo que me negaba a afeitar, el hecho de que se burlasen, que los fuertes abusasen, que los propios mayores de la familia no aceptasen flojedad alguna, apartarse del grupo si no alcanzaba la fuerza o si sobraba, si no se era bueno en fútbol, beisbol, boxeo o imbecilidad, tener que luchar cada día contra la discriminación de la tribu por algún aspecto diferencial, ya fuese ser alto o bajo, elevado o rezagado, más negro o más blanco, narigón o cabezón, cara de granos o chueco, tartamudo o fañoso, poeta o maricón, era algo normal, que se hacía duro a quien lo padecía, y también había suicidios pro esta causa, pero entraba en lo que era el camino espinoso de hacerse mayor.

Ya que generalmente los abusadores, los impíos del grupo, de la aceptación, de la corrección, también se aterraban ante la proximidad de un examen, de una simple prueba escrita, de un pregunta en público, de una mirada inteligente.


A todos les tocaba de una manera u otra, porque a la salida de la adolescencia los esperaban un conjunto de valores morales, algunos perimidos y prejuiciosos pero otros probadamente válidos para la brega de la vida.


El problema de hoy es que lo único que espera es un rejunte de las peores pretensiones de siempre, pero magnificadas con esta simulación de la comunicación que nos ha propiciado la aparición y el desarrollo de la internet, con sus redes sociales, donde el éxito se entiende en cantidad de corazoncitos, de manitos con el pulgar elevado, de “me gusta”, en cantidad de seguidores, no en calidad, que provocan una sensación de compañía y éxito o de soledad y desprecio, irreales, que conducen al vacío a ambos extremos, a quien se cree dichoso porque se va a la cama entre sábanas secas y avisos del teléfono, y a quien se auto flagela, por su exclusión de la normalidad idiotizada, porque se les encoge el alma en edades de explosión hormonal, y no hay espejo que consiga levantarles el ánimo. Decenas de chuchos ladrando con histeria al intruso en lugar de un mastín atento, esbelto, que emita un sólo gruñido de alerta.


Contemosles a nuestros vástagos que el mejor "me gusta",  puede ser incluso esa manito con el dedo alzado, pero con un brazo detrás y más atr´s un hombro y arriba una cara con esa sonrisa, esa mirada, esa lágrima, un beso de buenas noches, o un "que rico" de gratitud compartida por una buena singada.

Cuidemos a todos los niños,

 

Bullying
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Published by martinguevara - en Relax
20 septiembre 2020 7 20 /09 /septiembre /2020 15:44

Con el paso del tiempo, me acostumbré a que la gente querida parta hacia esa otra dimensión, estando yo a miles de kilómetros. Mi abuela, mi madre, tías, tíos, por suerte tengo casi todos mis amigos en esta zona del tablero, pero los que se fueron excepto Carlitos Cecilia y Silvana Rizzo, no los pude despedir de cuerpo presente.

Esta tendencia me asentó la costumbre de no sentir de inmediato la partida del ser querido, no hasta que su haz de presencia, de alguna manera se acercase a ese punto en que una parte de mi también se acerca para fraguar una cita, la primera tras el viaje, no la última. A veces pasan sólo días, en ocasiones meses y a veces el tiempo se hace protagonista dejando transcurrir años.

Hoy me puse a terminar un archivo al ordenador, y dejé la televisión encandida para que me acompañase, así de medio lado, un movimiento de imágenes sin audio, entonces giré la cabeza y vi a Tim Robbins, ni siquiera me fijé que era una película infantil, sino en la cara, las expresiones y la mirada del actor. Y entonces sí, me llegó el timbrazo que me avisó de que en el lugar donde fui a esperar, al fin se producía el encuentro con mi amiga, mentora y maestra, Gladys.

Falleció de repente hace pocos meses, no estaba en agenda, tenía siete décadas y media de tiempo ordinario, pero más vitalidad y energía que la mayoría de los de dos y tres décadas. Había publicado recientemente, y sobre todo, habíamos retomado la comunicación por medio de una aplicación de internet, y nos comentamos como iba la vida, y nos comentamos esas cosas que hacen bien al alma. habíamos interrumpido el contacto hacía bastante más tiempo del que me gustaría admitir, por temas que ya no merecen ni la mención.

Gladys tenía dos sobrinos que adoraba, muy talentosos, uno de ellos cuando era niño se parecía a Tim Robbins, que además era un actor que nos encantaba.

La conocí en el mes que regresé a Buenos Aires tras diez años de exilio en La Habana. En San Telmo, en la Plaza Dorrego, todo era fiesta, empezaba la Argentina del destape, en ese momento yo iba rumbeando detrás de unos morenos brasileños que tocaban batucada y bebiendo a morro de botella una Quilmes fresquita, que a la vez que animaba mi disposición a un baile que en Cuba temía más airear para no hacer el ridículo al lado de sus cultores históricos, también espantaba un poco el calor del enero porteño. Ella iba con su amigo Juan, ya me habían echado el ojo según me contó repetidas ocasiones, quizás ese día yo tenía el lindo subido, y Juan le dijo a Gladys, ¿vas vos o yo? y se acercó Gladys

Me abordaron y nos pusimos a charlar, Gladys llevaba un escote generoso que dejaban al aire sus buenas tetas y convertían en un esfuerzo titánico mirar hacia otro lado, de ahí para abajo todo era normal, pero con su cara, sus labios y sus lolas bastaba y sobraba para dejar que los morenos siguiesen su rumba destino al santo. Así que nos entendimos rápido, cerveza mediante, en uno de los concurridos bares de la Plaza donde nos contamos cosas de nuestras vidas, ahí supo que yo estaba recién llegado de la luz del Caribe y yo que ella era abogada, Juan traductor en la ONU y nos parecían bien las mismas cosas en aquella tarde cálida de San Telmo, así que subimos a su departamento. Juan quería participar del juego pero yo estaba interesado solamente en aquellos globos enigmáticos de una dama que me doblaba en edad cosa que por entonces me excitaba más que hoy, así que gentilmente expresé los limites de mi disposición, y una vez despedidos los líquidos seminales, nos reunimos  nuevamente los tres a charlar y contarnos más cosas, con efluvios de cerveza y hierba seca.

Como dato, ese día de enero de 1984, en el living de la casa de Gladys tenía lugar en una de las primeras reuniones de la CHA, de los que ella era abogada. Discutían acerca de una manifestación en el Parque Lezama que constituiría en que en una hora determinada todos los presentes se besarían sin importar el sexo del partenaire. Era un momento clave, en que de verdad estaban luchando contra una violencia explicita y la hostilidad de que todos fuimos ejecutores de una u otra forma en algún momento de la vida.

En Cuba era imposible pensar en una asociación así, entonces me llamó la atención, por la irreverencia y por el valor que le echaban al asunto quienes se suponía que eran los blandos, las nenas, y desde ahí siempre consideré que hay que adherir a cualquier lucha que emancipase a los más relegados, a los más estigmatizados, porque ello nos proporciona un aire renovado y el respeto a los derechos a las demás minorías, ya sean rockeros, vagos, drogadictos,  hedonistas, beodos, artistas, enajenados, lelos, deformes; marginados de todo tipo.

Incluso hablamos de conocidos en común, como Christian, un argentino trotamundos con quien había coincidido en Cuba y era novio de Rocío, una de las uruguayas Cultelli, hijas de un preso político tupamaro, que ella y Juan habían conocido en Nueva York y quien sí accedió al juego en trío. Recuerdo haber sentido cierta vendetta a la distancia de tiempo y espacio, porque Christian se hacía el machito, e imaginarlo en aquella situación puso parches en mi mente a su ignominiosa pretención. Y ahí empezamos a hablar ya de política, ella había sido de los abogados que presentaban Hábeas Corpus para proteger a detenidos montoneros o del ERP en la década de 1970 junto a quien había sido su esposo, y entonces salieron a relucir muchos nombres de personas más afines a la causa de mis padres que a las mías, a quienes ella conocía, e incluso había trabajado con ellos.

Luego en las posteriores e incontables visitas, ya Juan había regresado a su puesto en la ONU neoyorkina, fuimos dejando la actividad sexual de lado, para dar paso a una mucho más rica, el intercambio de impresiones, conocimientos, puntos de vista entre dos generaciones, entre dos personas diferentes en su entorno social y familiar, no acopladas al engranaje predispuesto y con una libertad, cada uno a su manera, para expresar, acaso con demasiado ahínco sus respectivas disfunciones. En el intercambio cultural de tipo convencional yo salí claramente favorecido. Gladys había sido secretaria de Arturo Jauretche, amiga de Sebreli, conocía la obra de Borges como si fuese la uña de su pulgar, era una franco centrista orgullosa de serlo, adoraba y conocía la literatura y lengua francesa igual que la italiana. Pero de igual modo amaba la literatura y la Historia nacional, y aderezaba todo aquello con un toque snob: era peronista.

Yo aportaba mis contradicciones más que convicciones, mis dudas e interrogantes más que certezas, sin pasaporte ni nacionalidad, sino que como la poesía, estaban en el aire esperando al poeta, y la forma en que aquello lo mezclaba con mi historia familiar marcada por las revoluciones del tercer mundo, siendo una parte indivisible de la conducta, una pose, aunque seria.

Durante años en que yo rodaba por distintos países, ciudades, barrios de la ciudad, clases sociales, "cayendo", pero en realidad "yendo" hacia una clase social no concebida aún, "yo mismo", sostuvimos una relación única. Puede resultar cómodo adjudicarle ese afecto, la necesidad o conveniencia de aquella fusión amistosa, al hecho de que ella no tenía hijos y que mi relación con mi madre no era fácil; y aunque estos condicionantes naturalmente propiciaban un clima de encuentro, no eran más que un punto de partida.

Horas compartiendo el mismo humor, contándonos cosas de nuestras respectivas relaciones, a pesar de que Gladys era tremendamente celosa con todos sus amigos, los quería sólo para ella, compartíamos estas aventuras mías, y las suyas con los amantes que iban y venían, sus historias con sus amigos gays, los disparates de toda índole que se nos presentaban a cada uno en nuestras esferas, a ambos nos hacía mucha gracia lo que le pasaba al otro, incluso a las cosas no agradables que nos pasaban les encontrábamos su costado hilarante cuando las reducíamos a carcajadas en su living.

Una vez tuve la colección entera de la revista Sur en mi cuarto, porque entre ella y  su amigo Hepel me la dieron para que la vendiese y me ganase unas rupias; no la vendí, lo vendió Hepel, pero saqué más que plata, disfruté en esos números a Victoria Ocampo, Borges, Bioy Casares, Tagoré, Ortega y Gasset, Silvina Ocampo, Sábato,  Gómez de La Serna o García Lorca, como un mono disfruta un platanal.

Juan enfermó de HIV y Gladys fue a cuidarlo hasta la muerte, entonces vivía en Viena. Una vez que Juan partió ella no podía recoger sus cosas, hacerse cargo de la vida que aún había en cada objeto, en cada rincón, y me invitó unos meses a Viena a condición que la ayudase a recoger todo, a despedirse de aquella ciudad, aquellas ventanas de Naglergasse, de los uruguayos, los rusos, las mejicanas y los austríacos y convertirlo en recuerdos, excepto Slava que siguió tal cual en su vida.

Gladys, la amiga, la abogada de los presos políticos, de la CHA, la protectora, la cultora de la literatura que me enseñó a Bukowski y Carver, a Bernhard, a Musil , a Sibilla Aleramo, a Simone, la autora y su gata siamesa, a Borges y Jauretche, la Gladys atrevida, la conservadora, la snob , la peronista, la sofisticada, la católica, la que cuidaba a su madre, a su hermana, a su cuñado, a su sobrina y a tantos amigos hasta la muerte, y ayudando en la vida a sus sobrinos, a los amigos que iba cosechando por el mundo, como si fuese un deber. Marcelo, Valeria, Claudio, Slava, Juan Carlos, le agradezco haberlos conocido. Incluso a la madre de mi segundo hijo, mi compañera durante años, la conocí en su living.

Fuimos a Mar del Plata, a Uruguay, a Londres, a Venecia, a Liubjana, a Pirán, a Cañuelas, a una chacra que habían comprado unos italianos del norte en los años ochenta escapando de la posibildiad de la guerra nuclear, y siempre de vuelta a tomar un café, aunque ya sin brasileños, sin cerveza y sin destape, a la placita Dorrego, de San Telmo. A la tarde, sentado en su balcón en la planta catorce en Paseo Colón, se podía entender toda la melancolía de Buenos Aires

Se fue hace un par de meses, pero recién hoy Tim Robbins me avisó que nos estábamos reuniendo a charlar en algún living pulcro, impecable, para mantener una de esas charlas en que uno puede despedirse sin lágrimas, con una sonrisa, con el alma llena de gratitud mientras el sol se desvanece sobre el marrón del Río de La Plata.


 

 

Plaza Dorrego y Naglergasse
Plaza Dorrego y Naglergasse

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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax

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