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22 febrero 2022 2 22 /02 /febrero /2022 21:50

ARANCINI

En Palermo le llaman arancino mientras en Catania arancina, lo cierto es que esas croquetas sicilianas, en masculino o femenino están igual de buenas. Los arancini son unas croquetas de arroz en forma más de pera que de naranja, rellenos en el centro de queso mozzarella o caciocavallo, de ragú de carne, de atún, de lo que se le ocurra a los innovadores gastronómicos, pero lo que tiene que ser perfecta es la forma, el color , la textura exterior y el punto de cocción del arroz.

El flaco Bruno, apenas llegó al aeropuerto de Catania y salió al salón donde esperan los familiares, se fue directo al bar que está frente a la puerta automática, desde más o menos una hora antes de llegar a Sicilia, ya iba pensando en avión en el arancini que se comería, para él la pauta que le decía que ya estaba en la isla, como cuando empieza el día sólo tras tomar el café de la mañana. Y ya que estaba en situación de reencuentros, también se tomó dos cafés ristretto seguidos, tras los cuales, además de llegar a Sicilia, y para dolor de todos los separatist6as, también consideraba que en ese preciso instante, llegó a Italia.

Bruno era cubano, hijo de un médico italiano nacido en la zona del Abruzzo, en Montesilvano, la zona de playa vecina de Pescara y una periodista cubana que nunca había querido irse de la isla más que el estricto mes que cada cuatro o cinco años empleaban en visitar a la familia del padre de Bruno, que insistía al borde de los ruegos que se decidiesen en ir a experimentar como sería trabajar un año en la península

-No tiene que ser en Pescara, puede ser en Roma, estamos relativamente cerca o donde les guste más, aquí también tenemos un mar maravilloso- pero la madre de Bruno hacía que la mesa la presidiese un silencio tan intenso, que el padre entendía que su única opción era romperlo cambiando rotundamente de tema, usando un tono de voz que sugiriese de manera expeditiva a sus padres que no retomasen el tema en lo que quedaba de vacaciones.

Sin embargo, Bruno sí que una vez que tuvo la oportunidad se fue a vivir a Italia, donde vagó de un lado a otro, primero echando de menos la manera única de emplear el tiempo en Cuba, imposible de reproducir en el resto del mundo, donde generalmente la catalogan de pérdida ¿pérdida de qué? ¿de la oportunidad de alienarse en un trabajo odioso? ¿cómo se puede llamar pérdida al ejercicio de la comunicación en todas las dimensiones posibles, risas, cuentos, canciones, bailes, singueta? Pero al final Bruno entendió que alguien tenía que pagar todo ese perfeccionamiento del alma y los ademanes en la esquina, y si no había estado, debía ser un familiar o alguien que quisiese ejercer el mecenazgo ¿a cambio de qué? ¿a cambio de pinga o de muela? Pensaba Bruno. Yo soy bueno en ambas, pero también puedo probar a trabajar. Y entonces e fue a Francia.

A los amigos les hablaba de Francia en las cartas como si fuese en París donde vivía, pero no, vivía en Lyon, que estaba bien, que era linda y tenía buenos vinos, de la Costa de Rhone, pero hasta ahí nomás. Cada vez que podía se pegaba un salto a Sicilia, a la Puglia o a Brindisi. Él decía que Sicilia era una isla como Cuba y que en cierta forma todos los isleños de islas grandes tiene una melancolía similar, a la Puglia por  la comida y a Brindisi y Bari por el mar. Decía que el norte de Italia le parecía muy lindo pero ya Lyon era demasiado norte, además no tenía mar, y él quería ver el mar.

Arancini
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Published by martinguevara - en Relax
9 febrero 2022 3 09 /02 /febrero /2022 00:27

Desde pequeño tengo la costumbre de rascar cosas. Paredes, ladrillos a la vista, sillones de vinyl y un poco menos de cuero, sillones de tela, a veces cuando niño me agachaba a rascar el suelo cuando encontraba una baldosa de una ínfima rugosidad, que le causase a mi cerebro el placer que las uñas le transmitían. Todavía, de vez en cuandoen ocasiones, cuando paseo y el viento me da de frente, cuando me siento con el lindo subido, esos días en que la gente me mira más, entonces es como si por osmósis apareciese la baldosa perfecta bajo mis pies y el mundo se detuviese por el instante en que me agacho a pulir el firmamento.

Es una característica que, junto a mi otra costumbre de oler el aire batiendo una mano delante de la nariz para poder apreciar la fragancia y determinar que se teje en los entresijos de la apariencia, enlazan una hoja con otra de mis distintos yo que fui a lo largo de la vida; no es que me reencuentre a mi , sino que vuelvo a ser yo encontrando al mismo mundo.  Siempre olí y siempre rasqué las rugosidades, el placer que me transmite es instantáneo, y no precisa de gasto de dinero ni de energía, ni de pudor o audacia como puede ser la seducción, es un placer íntimo e intransferible, pero tampoco razonado, nunca intenté siquiera asomarme a entender por qué me llena tanto de gozo encontrar la superficie o el filo o ángulo más propicio para ser rascado.

En especial me paso el tiempo rascando mientras leo un libro cuya tapa me brinde ese tacto. Confieso que el clímax lo alcanzo con los libros de Anagrama, cualquier libro de Anagrama amarillo, de los que fueron mi biblioteca favorita , los Auster, Carver, Tabucchi, Ian McEwan, Bret Easton Ellis, Martin Amis, Bukowski, Carrére, Kazio Ishiguro o Karl Ove, que alguien encuentre en una biblioteca con asomos de surcos sobre su contratapa, áspero su lomo, escalonado como una sierra el filo de la tapa, puede apostar a que pasó por mis manos.

Unido al placer que me donaba leer esa narrativa pura, destinada a describir cada paso observación, asociación,  obsesión, que tan bien manejaban los escritores escogidos por aquella primera Anagrama creadora legiones de cultores, al mismo tiempo que mi cerebro disfruta del vuelo sinuoso de las letras como un tul que escapa elevado por el viento, es aderezado por mi disfrute más primario, afilar la queratinización de la lúnula con la cera de la portada, sin llegar a dañarla, sólo dejar mi marca como el animal desconocido del que provengo y no figura en los compendios biológicos,  sólo por placer, no para escarbar como un perro , un lobo o un zorro cuando, ni como un águila cuando rasguña la corteza de la rama de su árbol preferido, ni siquiera como cuando león se lo hace al tronco.

Acaso no haya mejor síntesis de esta formación estrafalaria que somos los humanos resultado de las veleidades de un conjunto de monos con ínfulas de dioses y demonios, que unir el placer de la lectura al afilado de las pezuñas.

Anagrama
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Published by martinguevara - en Relax
11 enero 2022 2 11 /01 /enero /2022 12:23

Cuando uno pisa Versalles, entiende toda la Historia contemporánea.

La sensación de derroche de riqueza, de poder, era un millón de veces mayor que lo que sería vivir hoy ahí con los mismos sirvientes e idéntico poder. Cada comodidad para unos de aquel tiempo, provenía de un chorro de sudor y sangre de otros, en esa época previa a la industria, al pop, al jazz, al automóvil, al tren y al avión; previo al fenómeno del juglar, bufón o gladiador multimillonario haciendo reír, bailar, o gritar de emoción en un estadio, a un auditórium con infinitamente menos recursos y fama, invirtiendo la ecuación histórica.

María Antonieta decidió vivir en el edificio Trianón que se encuentra en medio de los desmesurados jardines, consideraba esa preciosa mansión como una casita más íntima, más parecido a los aposentos vieneses a que estaba habituada, no le faltaba razón al compararlo con la deslumbrante pero también descorazonadora y helada dimensión y exhibición de riqueza del palacio central. Ella imaginaba que sería considerada una reina humilde por habitar el Trianón, y aunque era cierto que ni por asomo se acercaba a los delirios de grandeza de sus pares franceses, lo cierto es que mientras vivían en este decorado, el último y más impresionante para aristócratas y desesperante para harapientos, los hambrientos, a duras penas sólo su sed llegaban a calmar. Pero no del todo.

El día en que María Antonieta se quedó sorprendida y petrificada con la noticia que seis mil mujeres habían entrado al palacio exigiendo pan, no entendió las causas, nunca había visto con sus ojos todo el dolor que causaba el alcance de cada uno de sus desesperantes minutos. Buscaba una conexión con la ecología y el alma en una granja reluciente que se hizo montar en un ala del jardín, lo cual ofendía a los campesinos que morían de hambre a pocos kilómetros de aquel paraíso de elixires demoníacos. Leía a Rousseau, creía tener una sensibilidad especial, que la hacía la reina más amada hasta por el más pobre de los franceses. Preguntó:

¿Para qué quieren pan?

Los poderosos del mundo, hoy mucho más inadvertidos que María Antonieta, más desapercibidos que su esposo Luis, sin embargo han ido descuidando las precauciones incorporadas tras el gran susto universal de 1793 para abusadores de toda calaña, construyen burbujas en el aire, gastan lo que daría de comer a un país entero por una semana, para hacer un viaje de media hora al espacio, Compran y compran y compran, edificios mucho menos suntuosos que Versalles, pero cientos, miles, millones de ellos y se ríen y bailan en sus festines con sus putas y su cocaína de la mejor calidad, pero llevan en el ADN, aunque cada vez más diluido, el recuerdo reverberante de aquellas seis mil mujeres pidiendo pan y del golpe seco de la guillotina contra la madera una vez desprendida la cabeza y su sonido seco, crujiente, apagado, al caer al fondo del canasto.

Disfruten de la mezquindad de la era digital, pero sean cautos, no se pasen, porque los sedientos de hoy, también pueden hallar reminiscencias de aquellos que apagaron su sed en la plaza de la Concordia.

 

Versalles
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Published by martinguevara - en Relax Europa Aorta
3 enero 2022 1 03 /01 /enero /2022 23:32

En una época viví la noche y la vida hedonista en La Habana, cuando pude dejar de estudiar dejé, me metí en una trabajo en Centro Habana que se llamaba CEDISATEMA, de la incipiente computación. Computadoras de tarjetas, dentro de espacios acondicionados con operarios vestidos de blanco, como médicos. O enfermeros. Yo entré al departamento de Mantenimiento. Ahí conocí un flaco, de Centro Habana que me introdujo en el mundo del "bisne", en aquella época si un cubano sin "padrino" tocaba un dólar podía ir preso hasta cinco años, a lavar prendas interiores y lustrar protuberancias de asesinos y violadores. Era un delito riesgoso, pero aún así algunos se atrevían a caminar tras los turistas audaces que entraban a los barrios, o se arriesgaban a ir a las inmediaciones de los grandes hoteles, para cazar "yumas" y cambiarles pesos por dólares, tres a uno, y o bien pedirle a ese mismo Yuma, si hablaba español, que les comprase en las tiendas, o buscarse un extranjero residente en la isla que pudiese entrar a las tiendas de Intur, las Easy Shopping, el Seaman's Club, o la diplotienda de 5ª y 42 en Miramar, para comprar montones de chancletas, "pulovitos" "pitusas" baratos o alguna otra prenda que tuviese mucha salida en la cuadra.

Aquella circunstancia era todo un aliciente para ni estudiar ni trabajar, así que dejé de ir a CEDISATEMA, a los dos meses me encontraron en casa para que firmase la baja por la ley 32.

Con tanto tiempo libre y habiendo casi únicamente ron Legendario y Bocoy en los bares y pizzerías, me aficioné a este jugo añejo de la caña de azúcar. Y como una cosa lleva a la otra, empecé a entrar en esos piringundines a veces, otras en bares de reputación mejorable o en esos cabarets de bailarinas sudorosas, donde dada la cercanía no me quedaba más remedio que alternar con damas que los Stones llamarían de Honky Tonk. Algunas maravillosas, otras no tanto, pero la mayoría al final grandes compinches. Eso sí, dos cosas, templar y no confiar en el amor ni la amistad eterna, más allá del rato en que rabo permanecía enfundado, o mientras el billete del bisne alcanzaba para el jugo de caña y algún aperitivito.

Primero le llegó la bola al responsable de Departamento de América mientras era solo "regado", a ICAP cuando pasé a ser vago y curda, a tropas especiales cuando ya me colgaban cartel de bisnero y marihuanero, y al secretario de Guarapo cuando ya el run run era de antisocial, lumpen, delincuente. Y entonces me la aplicaron.

Pero hasta entonces vacilé como una familia de moscas en un baño de Coopelia. También había momentos de salir disparado como alma que se la lelva el diablo, porque me engolosiné con los bisnes, y a veces me jamaba al moreno que me daba los "fulas" . Los vacilones salidos de las "líneas" acaso sean los más disfrutables, cada minuto no exprimido puede descoordinar mañana con un trancazo, una puñalada o un exilio forzoso del barrio, por eso se disfruta milimétricamente.

Las historias que conocí de las damas que me acompañaban en el discurrir de las horas, en el pulido del tiempo, ya fuese por sus confesiones o por las de terceros, dejaban a Amber Heard como una niña de parvulario. Limpiaban como si fuesen vasos, bolsillos de gavilanes desprevenidos o confiados, muy a menudo seres infinitamente más despreciables que ellas. Y si el tipo una vez liviano como pluma en turbina, se ponía pesado, le corrían bola de abusador para que los primos le diesen una buena medicina, o de ganso, para que él solito se enterrase vivo.

Ambers Heards de sandunga que con el Mitú habrían sacado mínimo, un imperio y dos colonias, sin moverse de La Rampa,

ámbar

ámbar

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Published by martinguevara - en Cuba flash. Relax
24 diciembre 2021 5 24 /12 /diciembre /2021 20:40

Antes de que la clínica CENSAM fuese un reducto de ricos que pudiesen pagarse un tratamiento, cuando sólo era de privilegiados del establishment, estuve allí internado para tratar la afición por la curda, mucho antes que Maradona fuese a tomar kilos de merca y a garcharse niñas, cortesía de palacio.

Entre los escoltas de Guarapo, ex combatientes de la Sierra, un prominente guitarrista y músico cubano, y diferentes familiares de pinchos curdábamos más alli adentro que afuera a veces, ya que el que no se templaba a una enfermera que nos traía alcohol para fabricar alcohoelite, se robaba el bote de la clínica e iba remando río abajo hasta Jaimanita a comprar ron Legendario o Bocoy en el timbirichi de al lado del río.

Pero de eso no trata este relato. Este cuento recuerda al guajiro que fue rebelde en la Sierra Maestra y estaba allí por curda, como casi todos los internos menos un jefe de escoltas que estaba por cornudo. En una Navidad que pasamos adentro, porque no era fin de semana cuando nos daban asueto, en tiempos en que todavía era una fiesta prohibida, nos contó como él y sus amigos (siempre hay que meter a algunos amigos en las historias engorrosas para compartir posibles condenas) en las navidades de antes del año cincuenta y nueve,  cuando eran muchachos, se iban a comprar unos tabacos y ron y se montaban la fiesta antes de la hora de compartir con la familia. Contó como un día, un guajiro mayor les contó como templarse una chiva, les dijo que debían amarrarle las patas delanteras y ponerla de cara a una cerca para que el pobre bicho no intentase huir, entonces se la montaba por detrás cada uno con mayor o menor consideración por el placer de la chiva, eso ya dependía de la pedad de cada cual.

Y entonces se entusiasmó con el relato y dijo que a partir de ahí tuvo muchas amantes caprinas. Ahí saltó otro que también fue guajiro en sus primeros años de vida y aportó el método para la yegua, una banqueta, unas sogas, aunque dijo que la yegua patea, otro habló de la vaca y alguno hasta bromeó con la gallina. Aquello parecía un zoológico de locos y borrachos; pero era un reservorio de zoofilicos. Hasta el jefe de escoltas se había beneficiado a una de aquellas bestias domesticadas, bastante antes de ser conocido por tarrudo.

Nadie en su sano juicio hoy comentaría tales andanzas, por sostener la mirada en el misterio de un escote se puede enfrentar un juicio por violación interdimensonal, así que ante tales confesiones, un ejército animalista solo con soplar daría candela a la hoguera más congelada.

Pero vale, venga, prendan el fósforo que yo pongo la paja. Infructuosamente, en un albergue de la escuela al campo intenté secundar a aquellos guajiros con una inocente pero no tan dócil chiva: nada, no había forma ni de que la chiva se quedase quieta ni que se me pusiese tiesa. Lo mismo me pasó con las matas de plátanos, nunca conseguí singarme una y es verdad que su interior, era tierno y tibio como debía ser el bollo de la chiva. El tema es que regresaba a mi albergue después de haber visitado a mi noviecita en otro albergue a unos pocos kilómetros y haber estado apretando y manoseando arriba y abajo, desde la caída del sol hasta el momento de regreso antes de las diez de la noche, hora en que había que estar en la litera, caminando rápido y torcido a razón del chichón inguilinal a través del campo de plátanos. Lo mejor ya está inventado, como en la era griega, romana y azteca, la solución para bajar el chichón era la clásica ancestral de las cinco falanges y el movimiento biela -manivela, que ni chivas ni bananos streapers podían exhortar.

Hoy es nochebuena y recordé a aquel guajiro suelto, desenfadado, seguro, en el loquero de los curdas privilegiados, largando aquellos cuentos de una juventud bastante más perturbada que la del rock. En España lo más parecido a las chivas son las carneros, pero hay que ir a buscarlas a los riscos montañosos y un polvo ahí no es negocio. Sin embargo hay ovejas, lanudas, mullidas, y pensé en la cantidad de lunas de miel que se estarían produciendo un día como hoy entre pastores y pastoreadas, en las frías estepas por donde otrora galopó el Cid Campeador.

Felices navidades para los amantes caprinos de los campos cubanos y las ovinas de las llanuras ibéricas y también para los curdas, locos y adictos de CENSAM y de todas las clínicas donde los internos se reúnan, antes de la caída del sol, a contar sus batallitas inconfesables.

 

Navidades caprinas
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Published by martinguevara - en Relax
11 noviembre 2021 4 11 /11 /noviembre /2021 02:24

Durante un considerable período de tiempo de la niñez y primera adolescencia tuve una intensa vida onírica de las que quedan grabadas en la vigilia.

Había ocho aventuras nocturnas que se repetían una y otra vez. Una era la del toro persiguiéndome por el living alrededor de la mesa del comedor, las sillas estaban colocadas sobre la mesa con el respaldar hacia abajo, y eso detenía al toro si yo me metía bajo la mesa, resguardado por los respaldares. A veces pasaba horas esperando y el toro no se iba.

Otra situación, esta la más desagradable, era que en un rincón de un patio, yo le pegaba un puñetazo en la barriga a mi abuela, a la que adoraba, y esta empezaba a subir hacia arriba pegada a la pared, muy de a poco, entonces el muro se hacía interminable hacia arriba donde mi abuela no dejaba de ascender. Esa pesadilla, una vez despierto, me dejaba devastado durante el resto del día, cuando tenía ese sueño me quedaba en casa pegado a mi abuela, esperando que terminase las tareas de casa para jugar a la escoba del quince, a la brisca o al culo sucio.

Pero otros sueños no eran así de desangelantes, por ejemplo ese que me encantaba en que yo estaba en un campo de batalla humeante, recién terminada la guerra, y encontraba una mujer tendida sin vida con un escote generoso que dejaba ver un par de tetas grandes, redondas, jugosas, y me ponía a sobarlas con deleite y frenesí sin que nadie me pudiese detener ni juzgar porque estaban todos muertos.

Había otro sueño en ese mismo campo de batalla, en que quien yacía era yo, entonces una mujer, también exuberante, se paraba poniendo las piernas cada una a cada lado de mis cuerpo y yo miraba sus piernas largas y su ropa íntima, sin limite de tiempo, era un niño que no tenía idea de mucho más en materia erótica, pero aquellos dos sueños me elevaban a un estado de placer que ni remotamente conocía en la vigilia.

Luego estaban esos dos casi antagónicos, parecían cara y seca, en uno era perseguido por cualquier cosa que me sugería, me invitaba, me empujaba a correr, pero las piernas no me respondían, me costaba un esfuerzo tremendo lograr poner un pie delante de otro, pero no mucho más, y en el transcurso el peligro se acercaba cada vez más, aunque nunca llegaba a producirse la tragedia temida.

La contracara de eso, es ese sueño tan compartido, tan deseado, tan liberador, que es empezar a correr y comprobar que se está en el aire, y entonces empezar a batir los brazos y elevarme volando por encima de árboles, y hasta una altura prudente, de más o menos la azotea de un edificio de varias plantas, y volaba y volaba. Ah, quien volviese a soñar ese sueño.

Sin embargo hay dos, ya de mayor, que no quiero soñarlo nunca más. En uno cometí un robo junto a otros cuatro que entramos a una casa que nos tenían señalada y abrimos una caja fuerte, nos llevamos una inmensa cantidad de dinero, y ya estaban sobre mi pista, o bien el dueño del dinero, o la policía, y era inminente el momento en que echasen mano de mi ya muy arrepentido cuello.

El otro es aún peor, en algún momento y sin aparecer claras las razones ni a quien, resulta que maté a una persona y la enterré en una parcelita de tierra cerca de mi casa, a veces es en un patio, a veces está cruzando la acera de mi casa, y resulta que en su momento no cavé suficiente, y tanto la lluvia como lo sobrenatural de la dimensión van dejando cada vez más cerca de la intemperie el cadáver, que aún no se ve, pero está muy cerca de la superficie, y en cualquier momento me toca el horror de ir preso, muchos años después de haber cometido el crimen.

Sueños para bodas y para  funerales.

 

Cuatro bodas y cuatro funerales
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Published by martinguevara - en Relax
18 agosto 2021 3 18 /08 /agosto /2021 12:03

Apareció como un rayo de agua

empapando nuestras vidas de luz y calor

pasó el primer día en una incubadora, el pichón.

Su mamá, con la calma de que es acreedora,

Lo esperó en la soledad íntegra de senos henchidos

Cuando nos lo dieron tardó en prenderse a la teta

Pero allí permaneció tres años sin dimitir.

Los mismos ojos almendrados que mientras su boca mamaba.

miraban desafiantes al mundo, con su ceja levantada

hoy miran de frente, con la misma intensidad,

con la misma tranquilidad, idéntica seguridad

y marcan la distancia que existe entre lo cotidiano

y lo extraordinario convertido en un hábito .

A veces cuando lo observo comiendo,

o hablándome de sus pensamientos políticos, filosóficos o científicos

mientras me los hilvana o devana con pasión ,

me percato de lo que lo hemos querido bien,

con un amor tan fuerte que puede dañar, paralizar, doler

pero supimos poner la valla de prohibido pasar

con la seguridad de que todo ese cariño

está ahí, en una caja con su nombre

para cuando lo necesite, al costado de su libertad.

Su mirada es escudriñadora, inquisitorial, curiosa,

o de superioridad a veces,

Como cuando con dos años me reprendía desde su asiento trasero del coche rojo que aún lleva el alma de aquel bebé en su interior

“papá ¿por qué te enojas? no solucionas nada"

sin embargo tras sus pupilas, anida el temor al futuro

¿cómo será el mañana de quién todo lo cotidiano se le presenta como una montaña a la que desdeña, y lo extraordinario como un pañuelo de seda al que atesora?

Va tranquilo, seguro, sin bastón.

Y yo, sigo sintiendo ese afecto tan profundo, que arde empapado.

Como por un rayo de agua.

Un rayo de agua
Un rayo de agua
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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax
4 julio 2021 7 04 /07 /julio /2021 19:20

No necesariamente actúan los mismos protagonistas, pero casi siempre la vida te da la revancha o la riposta.

Cuando recién había salido de la pubertad, me empaté con una mulatica muy mona, estuvimos tomando ron y yendo de un lado a otro hasta que nos fundimos en un beso y empezamos a apretar, pasamos las cuatro manos por cada centímetro de lo que cubría la ropa interior. En un momento en que ya nos habíamos deshecho de lo que tapaba sus tetas y las había estado disfrutando mediante caricias, fui a besar un pezón y cuando acerqué la cara a la paraíso redondeado, un pestazo de mil demonios me echó para atrás como puñetazo de Clay.

Se me hacía incomprensible ese hedor en un pezón, hasta que me di cuenta, era mi mano la que olía a rayos y centellas, porque primeramente había estado metiéndola en la cuna del amor, justo uno de esos calurosos y ajetreados días caribeños en los que escasea el agua y el papel en los baños; suerte que no había tenido oportunidad de bajar al pozo.

Muchos años después, más recientemente, también en una tarde de suerte en que conseguí sacar el anzuelo con pesca, ya no una presa tan titi ni tan ricota, pero para mis abriles, más que aceptable, después de paseos y charlas, patinamos sobre la pista del "peeting" dentro del coche, las manos por aquí y por allá, no había suficientes dedos para tanta teta, bollo y nalga, como suele pasar al inicio, ese momento hay que disfrutarlo como un enano, nunca habría otro como ese con la misma dama, la primera exploración es una explosión de placer permanente. Y ella, ora manoseaba por aquí, ora desabrochaba cinturón por allá, hasta que bajó a saludar al amigo, que a esa hora reclamaba más atención que un controlador aéreo en la pista. Le estuvo sacando brillo durante buen rato y cuando subió a darme un beso en la boca, de repente recordé a la mulatica del pezón hediondo, sus labios olían a sobra de langostino pero de la navidad pasada. Pegué un respingo hacia atrás como abducido por mandinga, y cuando vi su cara de asombro, caí en que en esa ocasión, las sobras de la pescadería no provenían de su oquedad sino de mi prominencia.

Estábamos más calientes que una cafetera así que la cosa siguió por los mismos derroteros pero con el énfasis puesto en los elementos menos afectados, y tras el dispendio de las secreciones del caso, esbocé una sonrisa uniendo en mi hipotálamo ambas pestes de concavo y convexo y entendiendo por fin aquella sentencia tan mentada que rezaba:

"Hoy por ti, mañana por mi"

 

Hoy por ti, mañana por mi
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Published by martinguevara - en Relax
22 mayo 2021 6 22 /05 /mayo /2021 10:11

Hace un año y cuatro meses que no me he movido de León. Ha sido una experiencia extraña. Desde que salí de la imposibilidad de viajar en Cuba, a mis veinte y pocos años, no he parado de preparar el bolso o la maleta cada pocos días. A veces por necesidad, otras por trabajo, y otras por ocio, aunque casi siempre con placer.

Muy pocas veces fui turista, alguna ocasión en Santo Domingo, Huelva, Landas, París, Londres. Nueva York, Roma, Kyoto o Cádiz. Pero casi siempre he sido viajero. La diferencia radica fundamentalmente en que los viajeros vamos disfrutando de cada metro del camino si es a pie, si es un tren Shinkansen, diría de cada cien metros. Cuando he viajado caminando y a dedo, he ido prestando atención a las vacas, las piedras, incluso la educación de los mosquitos que cuando perciben que no eres un visitante ocasional, sino que estarás un tiempo entre ellos, respetan tu piel; te pican, sí, pero como penúltima opción, la última son los pescadores. Iba mirando cada planta que mis pies pisaban, los árboles y animales, las personas que me cruzaba, las historias de los conductores que me recogían. Si el bolso lo armé porque tenía que abandonar un aposento improvisado, la atención se centraba en los timbres de quienes me podían dar albergue, y en no tomar en cuenta las negativas, dar por descontados los rechazos y sólo reaccionar ante las buenas sorpresas, esos son los únicos viajes que no les deseo a nadie.  Cuando he viajado en ómnibus, la ventanilla. La ventanilla es como si desde el útero se tuviese la posibilidad de mirar por la vagina hacia afuera para ir disfrutando del mundo antes de tener que salir. En tren lo que más he disfrutado son los compañeros de viaje. A veces en compartimentos cerrados, a veces en asientos, sus caras, sus entretenimientos, los libros que leen, y en los trenes más trenes, he disfrutado del aire en la cara, del sonido de los postes pasando cerca del oído, agarrado de pasamanos de las puertas de entrada y salida entre vagones. En los aviones, de todo, desde la llegada al aeropuerto, la investigación de la puerta de facturación cuando llevo maletas transatlánticas, o de embarque si viajo con valijitas de neceser, calcetines calzoncillos y alguna medicina. Todo, las caras de los que están en ese mismo instante de limbo, de impasse entre sensaciones, entre experiencias, que es la espera del avión. Me apasiona ver como la gente gestiona ese tiempo perdido, esa especie de propina en que no tenemos nada que ser, no estamos obligados a representar nada, incluso podemos cambiar nuestros personajes y ser el actor de la última escena, o el que nunca llegó a salir al escenario. Podemos caminar por los pasillos con aire de importancia, o de impotencia, protagonistas o voyeurs, podemos echarnos perfumes, comprar un chocolate que jamás compraríamos en nuestra cotidianeidad. Sentarnos, caminar, ir al baño y siempre evitando esas malditas botellas de agua de a dos o tres euros el medio litro. Bajar del avión en aeropuerto nuevo, donde nunca se estuvo previamente es una experiencia divina, a mi me invita a tomar un café de ese país, saber cuanto cuesta, tener el primer contacto con alguien de allí, que a la sazón, entiende que uno no hable bien su idioma ni sepa que son esos bollos horneados o fritos de la vitrina que aparentan tan buen sabor. Salir a la puerta del metro o tren si es una gran ciudad, o a los buses si es un pequeño aeropuerto o un enclave menos populoso. Sentir la vida cotidiana del país desconocido pro primera vez, escuchar su lengua, verlos alejarse del aeropuerto, ese sitio de impasse, ese limbo, y reingresar a sus vidas naturales, o ver como ingresan los otros viajeros como yo. Cuando viajo acompañado también miro todo esto pero en mi idioma y con mis chistes, en cambio cuando viajo solo todo es distinto, desaparece el idioma, la tradición, me libero de puntos de anclaje, excepto el café de cada aeropuerto.

Un año y casi medio sin salir siquiera a la carretera por más de una hora, hace que hoy ante la perspectiva de retomar los viajes, sienta cierta intriga, cierto temor al cambio, a que nunca más pueda regresar ni a aquellas sensaciones, ni a esta pauta de seguridad, a esta cueva alumbrada y caliente al resguardo de los lobos bípedos.

 

Bolso de viaje

Bolso de viaje

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Published by martinguevara - en Relax
15 mayo 2021 6 15 /05 /mayo /2021 08:59

Se llamaba Elena, nació a inicios del siglo veinte, en una aldea de la provincia de Burgos que está en el medio del triángulo idílico formado por Lerma, Santo Domingo de Silos y Covarrubias. Su padre vendía carne o directamente los animales que criaba a esos tres pueblos llenos de historia y de casas blasonadas. Atravesaba las elevaciones que los rodeaban con los burros cargando la mercadería y con la nieve garantizando su conservación y ralentizando el ritmo de la marcha. Valentín murió por un disgusto causado por la traición de un amigo, eran otros tiempos en que un embuste podía matar. Los jóvenes fueron partiendo de a dos por vez a Burgos, apertrechados de sus petates, de ahí a Vigo, y de ahí en barco a Argentina, un país donde se prometía trabajo y nueva vida en una tierra fértil, una gran ciudad, cielo azul y gente amable.

Mi abuela salió con su hermana mayor y con otra vecina de la aldea, contaba que nunca consiguió quitarse del todo el acceso de rabia de que fue objeto, cuando fondearon en Río de Janeiro, y su hermana y vecina no la dejaron bajar del barco con ellas para pasear y pavonearse, porque era demasiado joven, tenía quince años y les haría parecer una niñatas cazurras. A menudo contaba como volvieron con bananas y frutas, la piel tostada y alegres como nunca las había visto mientras ella solo veía las luces por la noche que inundaban toda la costa. Tan bien lo contaba y al cabo se reía de ella misma y que no pudiese olvidarlo, que me lo trasladó como si me hubiese sucedido a mi mismo.

La abuela trabajó cuidando niños de una familia pudiente, como la de mi otra abuela, en aquel tiempo el europeo viajaba a América para servir al criollo. En América hubo tres épocas, una en que el europeo viajaba al continente para ser servidos por peones esclavizados, después  viajaron para servir al criollo, y hoy los americanos viajan para servir al europeo en sus casas. Trabajó y fue muy querida por los niños que crió hasta que se casó. Mi abuelo no era el tipo más cariñoso, ni siquiera el más considerado, la abuela fue una de esas mujeres que aguantó de pie y en silencio y nunca dejó de trabajar en la casa ni la escuché quejarse.

Cuando nací casi pasaba más tiempo con la abuela que con mis padres que trabajaban ambos, para mi estar cerca de “elabuela” era el paraíso, una especie de nube de la que no quería bajar, tal como le pasaba al dragón verde con la nube dulce. La paciencia, el cariño, el olor a limpio de la abuela aun me conmueven. Cuando la recuerdo escapa de mi hipotálamo y me llena el cuerpo, y va más allá, se instala en mi derredor, lo cual me prueba que la abuela nunca me abandonó. Después se fue a vivir con nosotros, se levantaba antes que todos, nos hacía el desayuno, empezaba a las cinco y media con mi viejo, su yerno, y se acostaba tarde, cuando todos ya estábamos en la cama, tras lavar el último plato de la comida que también ella había hecho. Así fue hasta que partió, quedándose en cada intersticio de nuestras vidas.

Hace más o menos un mes, no podía pegar un ojo, llegué a un punto de dificultad de respiración que solo podía estar sin sentir que me ahogaba si me ponía en posición de alumno descansando en su pupitre, con la cabeza inclinada sobre los brazos cruzados apoyados en la mesa. Solo así lograba conciliar el sueño aunque fuese unos minutos. Solo así el aire conseguía entrar y salir de los pulmones con una victoria pírrica. El segundo día no pude siquiera dormir unos minutos y por la mañana fui al Hospital de León, previamente pasé por una panadería, compré dos palmeras grandes, las llevé a casa de mi ex mujer y mi hijo, lo desperté y le dije que ahí le dejaba desayuno. No sé por que me dio por ahí. Llegué a urgencias y pude aparcar en un sitio gratis. Me dirigí a la puerta de Covid 19, ya que estaba convencido que mi obstrucción pulmonar era debido a haberle dado albergue a este virus. Curiosamente el personal que me atendió también pensaron que podía deberse a este virus. Ipso facto me hicieron varios estudios, y al cabo de un tiempo me invitaron a acostarme en una cama con un pijama, y tras un electrocardiograma y una ecografía, la cardióloga me pidió el teléfono de un familiar para avisarle que me quedaba ingresado. En el momento en que me dijo que me quedaba allí sentí como si tuviese fiebre y entrase mi abuela en aquella habitación. De ahí me subieron a un área intermedia de Covid mientras esperaban los resultados de la prueba PCR, me dieron la indicación de no levantarme para nada ese día, y pasada la cena me llevaron al área cardíaca. Desde ese momento hasta ocho días más tarde en que me dieron el alta, el trato fue de una exquisitez, de una calidad humana y profesionalidad, por parte de todas y cada una de las enfermeras y médicos que sentí en cada instante como si mi abuela hubiese aparecido para cuidarme, para que mi corazón no se detuviese como el de su padre, sabiendo que Cupido ya no aloja ahí su saeta, pero que los disgustos y la amargura continúan opacando su brillo.

Además del calor humano, destaco la tecnología, la limpieza, la comodidad de la habitación de la cama eléctrica, de cada medicamento o tratamiento aplicado. Siempre fui defensor de la salud pública, de la sanidad para todos a coste cero, pero en esta ocasión quedé realmente impresionado por todo lo que hacen esas personas heroicas, no solo para que continuemos con vida, sino para que nos sintamos como en el más protector de los brazos.  Todo sin pagar un céntimo.

Tenemos que defender con todos nuestros esfuerzos y recursos la salud pública, pero incluso ir más allá, dedicarles un amor y una porción de respeto a esas almas que van de un lado a otro mientras estamos en ese limbo, intentando que nos quedemos en esta dimensión, y que si nos tenemos que ir, que sea en el viaje menos traumático posible.

Más cariño y más salario para todas esas personas que cuando entran al tajo se visten con el alma de mi abuela y la dignidad de su padre.

Abuela Elena a los 90

Abuela Elena a los 90

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Published by martinguevara - en Europa Aorta Relax

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