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5 agosto 2021 4 05 /08 /agosto /2021 09:23

Andaba jugando con Fernando en el lobby, cuando entró un hombre vestido de pantalón blue jean de pata ancha, camisa apretada poblada de colores, chaqueta de jean, zapatos plataforma, y el pelo al modo afro, con una mujer tomada de su mano vestida igual  y con el pelo aún más largo hacia arriba, un niño con un pantalón jardinero de jean, zapatillas y también afro, y una niña más pequeña también colorida en su indumentaria. Caminaban como salidos de una película, y cuando pasaron cerca escuchamos que hablaban en otra lengua. Por el hotel pasaban unos días o semanas niños africanos hijos de algún revolucionario de los que en aquellos años intentaban descolonizar sus países, pero aún cuando eran de la misma raza, no tenían nada en absoluto que ver con esa imagen. Era la familia Newton. Huey era el nombre del padre, su mujer se llamaba Gwen, su hija Jessica y nuestro nuevo amigo: Ronnie.

Ronnie hablaba muy poco español, había estado unos meses en otro lugar de la isla, cuando quería que fuésemos a dar un paseo fuera del hotel, decía, “Marchín, Fernano, vamos a cambia por e caji”-, nos costaba entender esa jerigonza pero en la medida que fue mejorando el castellano, empezó a traducirlo como  “vamos a caminar pore calli”  y recién ahí lo comprendí, aunque siempre como si lo hubiésemos comprendido, cuando decía aquel galimatías, salíamos a echar ese pisteo por el barrio.

En aquellos años sonaba Jackson Five, “María” cantada por un jovencito Michael, Ronnie tenía el pelo como ellos y bailaba el mismo boggie-boogie auténtico. Los norteamericanos que solían pasar por el hotel eran progresistas, antirracistas, antiimperialistas, pero por lo general desde una perspectiva pacifista, los Black Panther en cambio abrazaban la lucha armada, pero para la autodefensa, no tenían como objetivo la toma del poder de los EEUU, lo cual revela cierto nivel respetable de cordura y sentido común. Aunque en realidad su mayor actividad y aportes fueron en el terreno de la asistencia social, tanto cultural, de conciencia, como de proveedores de alimentos en los casos más necesitados.

Las dos aberraciones más terribles que ha vivido la humanidad desde que existe recopilación de nuestra Historia como humanidad, son el Holocausto en el siglo XX y la esclavización de africanos durante dos siglos y medio, en algunos casos casi tres siglos, siendo lo más terrible en los primeros años de tráfico .

La totalidad de los inmigrantes africanos a tierras americanas se produjo por medio del uso de la más cruel de la fuerzas. En ningún caso emigraron por sus deseos ni por sus medios, y mucho menos para convertirse en casi el cien por cien de los casos en esclavos, escapando de esta suerte un reducido grupo en Centroamérica, que ha vivido todos estos siglos sin haber pasado por el látigo, ya que fueron tres galeones que se quedaron sin dueños y resultaron libertos. Los únicos casos entre los millones de africanos que fueron transportados en galeones a América para trabajar en el nuevo continente.

El grueso de los esclavos que llegaron a EEUU fue después de la Independencia, en el siglo XVIII, antes eran cantidades residuales. Las grandes mayorías de flujos de esclavos africanos fueron a parar a las plantaciones del Caribe y Brasil, donde morían muy rápido por las condiciones de vida y trabajo, por lo que había que reponer permanentemente mano de obra nueva desde África. En los EEUU se reprodujeron en mayor cantidad y velocidad por las menos miserables condiciones de vida y trabajo. Llegaban tanto desde los puertos de Méjico y San salvador de bahía como desde Liverpool. Cabe destacar que además de la avaricia y escasos escrúpulos europeos, en este tráfico participaron reyes y jefes de tribus africanas, el rey Ndongo de parte del Congo se convirtió en un acaudalado esclavista suministrando esclavos a portugueses y holandeses. En EEUU se dio la particularidad que durante mucho tiempo convivieron Maryland, esclavista, y Pensilvania, abolicionista. En 1860 se decreta la abolición dela esclavitud, y la vida de los descendientes de africanos mejoró considerablemente respecto de lo que era, pero aún estaba muy alejado de poder considerarse ciudadanos de pleno derecho.

Black Panthers Party, se fundó en 1966, concentró su mayor actividad en la ciudad de Oakland, su nombre se debe a la característica de la pantera negra, que es un felino que no ataca, sino que lucha para defenderse. Fundamentalmente era un Partido de autodefensa de las comunidades negras en los Estados Unidos, llegaron a tener miles de militantes y a tener representación en varias ciudades, no era una organización clandestina, pero sí fue duramente perseguida y atacada. Plantearon diez puntos sobre los cuales se asentaba su condición de partido en su afán de servir. Protegían a la población de los abusos policiales, enseñaban a leer, intentaban sacar a los jóvenes de uno de los trabajos caminos que se les ofrecía con garantías: la delincuencia, la venta minorista de drogas. Intentaban dotar de dignidad a la oblación negra. Esto supuso ataques subrepticios directos por parte del FBI. Hoover declaró en una ocasión que eran el enemigo número uno de la sociedad. 

Producto de esa persecución, se exilió en Cuba Huey y su familia. Una detalle al dorso: el único programa de radio en Cuba que reproducción música funky, rock y blues, “Now” lo había establecido un militante de los Panthers exiliado a finales de los años sesenta. Media hora de buena música a las seis de la tarde.

Todas las habitaciones del hotel tenían balcón y era un punto de interconexión. Un día de gran tedio probé la diversión de pasar de un balcón a otro. Mediaba la pared que daba a la otra habitación, pero la baranda era generosa en vericuetos donde introducir los dedos pudiendo asirme de forma segura. La parte de abajo dela baranda dejaba un espacio perfecto para poder mantener el pie firme sobre el suelo, lo demás era agilidad propia de la edad. Era una condición sine qua non no mirar hacia abajo, ya que había 21 pisos y daba impresión de estar en el vacío al pisar del otro lado de la baranda. La vez que cometí el error de mirar, mis dedos se hicieron pequeñas heridas de lo fuerte que me así de los agujeros de metal de la baranda.

Y entonces les propuse un juego a los muchachos. Fernando, Ronnie y Pedrito. Una competencia, a ver quién recorría más balcones, Fernando y yo fuimos los que llegamos al límite establecido por unos cuantos metros de pared hasta que comenzaba la otra hilera de balcones. Tras ese límite había que regresar. Cuando soplaba el viento, y a veces soplaba fuerte, sentía como la especie de libertad que los motoristas describen cuando alcanzan gran velocidad en sus recorridos por carreteras semivacías, aquel viento cargado de salitre despejaba todo obstáculo, así que cuando probé colgar del lado de afuera del balcón a veintiún pisos, era como si a la moto la propulsase una bocanada del mismo Barrabás.

Un día un transeúnte entró al hotel a comunicarle a la seguridad que había visto a unas personas pasarse de una habitación a otra en lo alto. Poco crédulos, se lo comunicaron a los padres de los supuestos escaladores, y estos nos preguntaron si hacíamos tal cosa a lo que respondimos, por supuesto, que no.

Un día regresando a mi balcón del que habíamos partido, vi los trofeos que se había cobrado un ruso que estaba hospedado por un trabajo técnico temporal, dos habitaciones más allá. Tenía una bolsa con agua y aguas malas adentro, unas estrellas de mar y un par de caracoles cobo, que se deben dejar al sol para que la sigua , el huésped que lo habita, salga y pueda ser arrancado, cosa muy difícil porque están pegados por la cola al final del laberinto del caracol. Esos caracoles con nácar, los típicos que parecen sonar a mar, usados también por las tribus antiguas para avisar, como una trompeta, eran muy codiciados por los extranjeros, y sobre todo por los rusos. O, los pescaban o los pagaban hasta en cien pesos cubanos que por entonces era mucho dinero, el salario mínimo estaba en noventa y seis pesos, pero no regresaban a su tierra sin uno de esos. Había otra manera de sacar la sigua, que es hirviendo el caracol, pero las habitaciones no tenían cocinas. Además para mantener el nácar intacto y brillante lo mejor es dejarlas al sol.

Al regresar de mi bojeo, propuse la broma de tirarle sus botines de mar hacia el vacío. Estuvimos todos de acuerdo, así que primero nos fijamos bien que el ruso no estuviese en su habitación yendo a golpear la puerta previamente y escondiéndonos para que en caso de que estuviese no nos reconociese. La primera vez estaba en la habitación. Al día siguiente lo volvimos a intentar y al golpear en repetidas ocasiones su puerta constatamos que no estaba en la habitación. Crucé los balcones, y tiré primero la bolsa con aguas malas,  luego las estrellas de mar y un caracol, y me quedé mirando como éste recorría todos los pisos hasta que dio con el techo rojo del tercer piso. La calle quedaba unos cuantos metros más allá y, fue tal el estruendo que hizo para hacerse añicos, que regresé a la habitación casi de dos saltos. Estábamos eufóricos con esta nueva picaresca.

Cuando el ruso regresó a la habitación, armó un lío tremendo llamando a la recepción, pero era inaudito que alguien penetrase a su habitación para robar esas pertenecías que en Cuba no significaban gran cosa, hasta que descubrieron que estaban en el tercer piso destrozadas. Cuando nos cruzábamos al ruso en el pasillo, el ascensor o en el lobby nos miraba como intuyendo algo, seguramente, era más una percepción nuestra por el cagazo que teníamos de que nos descubriese.

Al parecer que le dieron credibilidad a la versión del transeúnte, nos estaban vigilando y cuando ya había regresado el vecino a su tierra caucásica sin sus souvenires, nos sorprendieron en nuestra diversión, pero sin tirar nada de nadie. Así que nunca se pudo probar que fuimos nosotros los que privaron al ruso de regresar con la sigua y las estrellas de mar, aunque pasamos unos días castigados sin salir de la habitación tras regresar del colegio.

Los castigos eran más duros para unos que para otros, a Fernando, sus padres lo llevaban tenso si alguna queja llegaba a la habitación de Dina y Jorge, pero al pobre Ronnie le tocaban más días de castigo e ir a dormir más temprano.  El padre era recto, le había puesto una condición para poder quedarse jugando más allá de las siete, hasta las nueve de la noche; nadar cuarenta largos en la piscina del hotel. No sé si la idea surgió de que yo nadaba cada día esos cuarenta largos aunque terminaba con los pulmones en la garganta, dado el esfuerzo sumando a mi asma o fue pura coincidencia. Recuerdo un profesor de buceo que me dijo que para el buceo no es recomendable el asma, pero para el asmático el buceo y la natación son espectaculares. Años más tarde trabajé en un yate como buzo de una estrella, y recién cuando llevaba tres meses de graduado y varios buceos hechos me descubrieron el aparatito del asma en el camarote, pero ya era parte del equipo. Lo cierto es que pasé las pruebas por haber pasado bueno parte de mi juventud en el agua nadando, poniendo a prueba el límite de mis pulmones, que siempre se cansaban antes que mis escuálidos muslos y pantorrillas.

Ronnie empezó a nadar cuarenta largos desde el primer día, y terminó cansado, pero ya el segundo día los terminaba como si se tomase un vaso de agua. Yo no lo podía creer, a mi cada día me requería el mismo esfuerzo, y este monstruo los hacía de “taquito”. Al principio nadábamos a la misma hora, pero al sentir la mordida del agravio comparativo, y más aún teniendo en cuenta que yo era el “hombre de los cuarenta largos” empecé a ir más tarde o más temprano.

Cuando Huey vio que Ronnie conseguía todos los días quedarse hasta las nueve, le cambió el reto; tenía que ganarle a las damas, y eso ya era más complicado, porque Huey había sido muy bueno a las damas, como también había sido el hombre que comía más caliente en su pueblo de Luisiana, lo cual explicaba que a menudo llegase de la mano de la camarera del restaurante un plato mucho más humeante que los demás. Algo muy norteamericano ser el mejor en una cosa, en lo que sea, el asunto es no figurar destacado en el menos atractivo de los extremos antagónicos: ganador/perdedor. Entonces Ronnie tuvo que buscar alternativas y esforzarse más que con el nado, para seguir hasta más allá de las siete de la tarde con el resto de pibes, porque ganarle a Huey a las damas, no era fácil.

Cuando yo veía estas relaciones filiales, tanto de Ronnie, como de Pedrito o Fernando con sus padres, aunque fuesen regaños, los dedos del pie se me encogían dentro de las zapatillas, y los oídos se me cerraban produciendo sonido sordo, a medio camino entre el ruido del paso de un tren y una ventisca constante, que me ayudaban a disipar la imagen de ese instante de ternura que había presenciado y del que yo, dadas las circunstancias, carecía.

Jessica era de piel un poco más clara que Ronnie, como la madre, se hizo amiga de mi prima. Era una niña alegre, se reía con cualquier simpleza que hacíamos que no llegaba ni al esbozo de chiste. A veces les mandaban chicles de verdad, en Cuba no había ningún tipo de goma de mascar, las inventábamos con la leche de los caimitos, una planta que daba unas bolitas como uvas, de las que había detrás de Coopelia. Eran de sabor amargo pero tras masticarlas un poco sacaba una leche, se escupía la semilla y la piel, y con eso se hacía una especie de chicle insípido. Había quienes le ponían pasta de dientes para terminar de armar un chicle casi perfecto, al que no obstante, en tres masticadas se le iba el sabor. En este sentido no eran muy distintos de los otros chicles que se podían encontrar más comúnmente en el hotel, los del campo socialista, que traían búlgaros, checos, alemanes de la RDA. Nosotros le llamábamos chicles rusos, pero no, en Rusia tampoco había, eran durísimos, sin gracia la envoltura, pero al menos se mascaban más tiempo que el caimito, Eso sí, había que pedírselo a los que por la razón que sea estaban hospedados en el hotel, yo no me atrevía. Antes de caer preso mi viejo nos mandó un paquete con golosinas y algunas camisetas con onda, el olor de los chocolates, alfajores, o chicles de tutti frutti era como entrar en un sueño donde me encontraba en mi primera niñez, un pedacito de mi país de mi escuela y amigos en el sabor de unos chicles y unos chocolates. Pero no me gustaba masticarlos fuera del hotel, eso de tener lo que los demás no tenían ya estaba cubierto con creces con lo que teníamos en el hotel, sin jamás hablarme de comunismo en Argentina, me habían educado para ser sensible a cualquier diferencia social notable.

Pero quien más solía andar con esas gomas de mascar era Ronnie, también por eso le echaban la culpa las ascensoristas cuando, al cabo de haber masticado esas gomas hasta que el sabor ya era agrio de chapistería, se lo pegábamos en el asiento en que se sentaban cuando el ascensor subía. Y en parte porque era el único negrito de los amigos, seamos justos, racismo había mucho menos en Cuba que en EEUU, pero subrepticiamente permanecía.

Una vez se fueron a EEUU y trajeron provisiones de golosinas “yumas” para semanas. Cuando ya nos habíamos olvidado que Ronnie tenía chicles, aparecía con un nuevo paquetito amarillo de tabletas imperialistas de tutti frutti.

Los chicles, las golosinas, la ropa de moda, la música llamativa, cualquier objeto que mostrase que en su confección había contado con un departamento que tuviese en cuenta el “buen gusto” era considerado sospechoso de enemigo de la clase obrera, de la construcción de un sistema social en que la “diferencia” no se establezca como un valor, en que el brillo no radique en lo que se posee, sino en lo que se es. En cierta medida recordaba a la condena de la Iglesia al chocolate en el viejo Méjico, por considerarlo afrodisíaco e inductor de estridencias y libertinajes pergeñados por el demonio. Algo así, esas líneas y colores demasiado estéticos, podían pervertir el verdadero sino de la clase obrera que era lo contrario a asemejarse a las pretensiones burguesas.

A veces, cuando iba a buscar a Ronnie a la habitación me quedaba un rato en silencio para escuchar la música que Huey y Gwen ponían en su habitación. Mucho James Brown, mucho Groove. Una vez los vi a los cuatro bailar en rueda, daba gusto, los afronorteamericanos y los afrocubanos, aunque hablasen lenguas diferentes tenían ese común denominador, sabían bailar sueltos, haciendo muecas, figuras, eran contenedores de ritmo que a una hora del día se tenían que soltar, fuese en una conversación con mímica y ademanes, gesticulando el lenguaje corporal de la “guapería”, describiendo en el aire un arco con la mano partiendo desde debajo del mentón hacia adelante acompañándolo de ¿que volá? ¿qué pinga es? o, simplemente siguiendo los vaivenes de los sonidos acompasados.

 

Solo veía bailar en la escuela, pero cada cuadra estaba organizada por Comités de Defensa de la Revolución, que en un inicio, allá por los sesenta, había servido para combatir la contrarrevolución, pero con el tiempo y la ociosidad, había terminado por convertirse en una obligación de reuniones rutinarias, guardias nocturnas en las que se alternaban todos los vecinos, denuncias a quien escuchaba música  y programas de radios estadounidenses, que dada la cercanía, llegaban con cierta claridad en onda corta y en frecuencia modulada pero también cumplían un cometido más hedonista; las fiestas de la cuadra. Un día que me había entretenido en la cuadra de Evelio, primero comiendo en su casa, donde su madre Elsa hacía unos huevos y papas fritas con sabor a casero, que extrañaba, mientras los demás deseaban comer las langostas y jamones que yo comía en el hotel y, después profundizando la amistad con Jacko, un perro pastor alemán que tenía un vecino en un patio trasero de la calle J entre 21 y 23. Cuando estaba por irme al hotel porque ya empezaba a oscurecer, comenzó una fiesta del CDR. Todos bailaban, acaso unos mejor que otros, pero ninguno se quedaba sentado, todos adultos; la canción que sonaba y que ponía a mover el esqueleto hasta a los gatos ajustados de la cuadra, decía “tiene mendó, tiene mendó, el ritmo Upa Upa tiene mendó”. Casi hasta consiguió que mis brazos, piernas y caderas pudiesen seguir el compás.  Para mí, lo que escuchaba Ronnie y su familia era una traducción al inglés norteamericano del ritmo Upa Upa de Pacho Alonso.

 

Ronnie, Jessica y sus padres, Huey y Gwen cuando llegaron a Cuba, Fernando Evelio y yo en mi habitación
Ronnie, Jessica y sus padres, Huey y Gwen cuando llegaron a Cuba, Fernando Evelio y yo en mi habitación
Ronnie, Jessica y sus padres, Huey y Gwen cuando llegaron a Cuba, Fernando Evelio y yo en mi habitación

Ronnie, Jessica y sus padres, Huey y Gwen cuando llegaron a Cuba, Fernando Evelio y yo en mi habitación

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Published by martinguevara - en Opinion crítica.

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