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18 septiembre 2021 6 18 /09 /septiembre /2021 20:43

 

 

Mi viejo estaba preso en Argentina durante la última dictadura militar y nosotros vivíamos en Cuba, la manera de comunicarnos era a través de la epístola, pero no como hacía el resto de la gente, una carta, un pétalo, un sobre, un sello, un buzón y al mes o un poco más o menos la respuesta en la puerta. No por partida doble, una, porque el correo cubano era de tal calidad que para que una carta llegase a su destino había que enviarla por mano y, la segunda porque además debía ir sin alusiones políticas, ningún comentario que pudiese llevar a los censores de la prisión a impedir que la carta le llegase a mi viejo.

Hubo una época en que una petición recurrente de mi padre era que le que le mandase las letras de canciones de Silvio Rodríguez, me pidió la que estaba de moda en ese momento:  “Sueño con serpientes”. Le respondí que yo escuchaba rock y Bee Gees, que no tenía ni idea de las letras de Pablo y Silvio, en realidad pensaba que si le mandaba las letras de sus canciones  no iban a pasar la censura, yo tenía en mente la que más me gustaba “Fusil contra fusil” , de su más temprana producción, dedicada a mi tío.

Con el paso del tiempo mi viejo salió de la cárcel y cuando nos reencontramos en Argentina tuvo lugar un recital de Silvio y Pablo en Obras sanitarias, lo fuimos a ver juntos y cuando terminó el concierto, el personal de la embajada cubana en Buenos Aires nos llevó detrás de bambalinas para que mi viejo saludase a Silvio y viceversa. Estaba transpirado como un corredor de fondo, sentado, agotado y con cara de enrome satisfacción, no sé si alguna vez habría soñado semejante comunión con tanto público, fue un concierto mítico, tanto que se convirtió en un disco.

A los dos años de aquello yo había vuelto a vivir a Cuba, y una noche asistí con amigos a un recital de Silvio y Pablo en el Instituto Superior de Arte, otro hito de la Trova, eran miles de asistentes al aire libre que esperaron dos horas a que terminase un concierto de música clásica producto de la descoordinación. La Nueva Trova llevaba años tocando para un público que cabía en el patio de la casona de la cultura, pero tras aquel éxito de Buenos Aires se convirtieron en profetas en su tierra.

Por entonces tenía una novia que era amiga de varios de los componentes de la Novísima Trova, así que esperé el concierto tomando ron en la zona de los camerinos y los pasillos tras los telones, mientras amenizaban la espera Gerardo Alfonso y Santiago Feliú.

Santiago pertenecía a una Pléyades de artistas libres, en tiempos particularmente difíciles para la expresión sin anclas, un momento cubano que ya está grabado en los fundamentos, en la esencia y en la cosmología de donde maman los cada vez más numerosos artistas que intentan manifestar sus ideas y expresar su interior sin limitaciones ideológicas, desatados de las patas de la cama, de los lineamientos oficiales y de los artificios comerciales.

Pertenecía a una generación más cercana a la actitud rock que a la pose de la Nueva Trova.

De manera singular la referencia del sistema con respecto de la cual concibieron su actitud contestataria no fue el consumo capitalista, sino la hipocresía, el tedio, la abulia, la doble moral, la obsecuencia, la mentira, la alienación y el alineamiento a las pautas estrictas y obligadas de los organismos culturales estatales de la sociedad socialista del Hombre Nuevo.  Remarcando el vector estético en el arte, la libertad del "juglar" y el "bardo", en oposición al servilismo del "bufón de palacio" que es aquello que henchía las salas de grabaciones de salseros, trovadores, soneros, rígidamente controladas por los gendarmes censores, muchos de los que hoy sin pudor alguno piden asilo en Miami y consiguen vivir codo a codo con sus otrora condenados al panfleto o al ostracismo. Claramente, aunque Silvio ofrecía su apoyo al proceso revolucionario, no era un obsecuente, no lo necesitaba, era un convencido de la Revolución.

No era fácil pero lo hicieron, y Santi terminó siendo el Brian Jones, el Jimi Hendrix, la Janis Joplin, el Basquiat de la Novísima Trova y de muchos de nosotros enganchados eternamente a la energía de aquellos días.

Es cierto que debajo del barniz de los mitos se puede encontrar cualquier tipo de material, pero también entre ellos siempre hay una arcilla única dentro de un molde irreproducible.

En un momento encontré a Silvio sentado solo con una botella de ron, me acerqué, le recordé que lo había conocido en Buenos Aires junto a mi viejo y le pedí que tocase “Fusil contra fusil” , me dijo que hacía años no la cantaba, y con unos tragos de más me puse a discutir con él que era un presumido, que en Argentina, fuente de divisas no se mostraba tan altanero ni hacía esperar al público dos horas,  en ese instante yo no sabía que el motivo de la demora era el concierto de música clásica. Vinieron unos amigos a separarnos porque llegamos a discutir con términos muy gruesos, a menudo antesala de algo más picante.

Una pequeña historia con Silvio.

Más hacia nuestros días, la barbarie que despertó Tronal Gump en la diáspora cubana, se está expresando ahora en una suerte de boicot represivo y violento contra la presentación de artistas cubanos en el exterior, en este caso expresado contra unas fechas acordadas para una actuación del cantautor Silvio Rodríguez, por su reconocida labor como elemento cultural funcional al sistema, y esta semana me enteré que la ciudad que he elegido para vivir, León, decidió distinguir a Silvio con el premio Leteo por su extensa, indiscutible y nutrida obra, causando una reacción tan adversa como impertinente del partido de ultraderecha VOX, que rechaza de plano se le otorgue tal premio. Probablemente también algunos antisemitas hayan reprobado el premio a Paul Auster, y algunos torys hayan rechjazado a Martin Amis, pero esto incide más bien poco en los promotores del premio Leteo.

VOX no puede fiscalizar ni censurar premio ni artista alguno, así como no puede echar del país por su color de piel, a los niños más carenciados, esos que no tienen padres, casa ni ni patria. Pero si no nos mostramos firmes, un día podrán una cosa y la otra.

Bach era un ser sometido y obsecuente al poder de la Iglesia cuando esta más descuartizaba en plaza pública a rebeldes, quemaba en las hogueras a hombres científicos que produjeron los avances que hoy disfrutamos y mujeres justas acusadas de brujas. Mozart era obsecuente de los emperadores austrohúngaros, que eran terribles explotadores, conquistadores mediante la muerte y el dolor. Rimbaud hizo negocios vendiendo esclavos. Sócrates, Zenon y el propio Platón eran partidarios de la "pederastia casta" o sea practicar sexo con niños pero con ciertos "patrones éticos o controles cívicos" ¿Y qué? ¿debe ser prohibida la obra de estos genios, o más bien debe ser combatida la pederastia, el esclavismo, la explotación inmisericorde, las violaciones de los prelados a los niños, las hogueras con humanos y las decapitaciones públicas?

¿No será preferible que quienes se sientan agraviados denuncien en los medios de prensa, en internet, la connivencia de Silvio con las injusticias del sistema, como la firma del documento de aprobación del fusilamiento de los tres jóvenes que sustrajeron la lancha de Regla, paralelamente a reconocer su producción creativa de canciones inmemorables?

Y luego que cada uno elija si quiere escucharlo a él a Bach, a los Stones o a Julio Iglesias.

De todos modos, la más prometedora de las obras del más brillante de los genios, no tiene lugar hasta que no pase por su más exigente y sensible trámite, el tamiz del broche final, la balanza de la vida.

 

 

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Published by martinguevara

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