" />
Overblog
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
19 septiembre 2022 1 19 /09 /septiembre /2022 20:22

Gabor tenía solo veinte años cuando conoció a Lena, del doble de su edad, ella le enseñó secretos de Buenos Aires y de su riqueza cultural que él no conocía, y que de no haberla conocido probablemente jamás habría pasado ni cerca. A cambio él le aportaba a ella la desfachatez y ausencia total de melancolía del joven que acababa de despedirse de la adolescencia, estrechaba la mano de la adultez y experimentaba la inmortalidad, el mundo se reducía a una bocanada de aire que podía deglutir y devolver hecho poesía en un suspiro.

Había atravesado cada uno de lo estadios del alcoholismo y más reciente de la adicción a la cocaína, pero tras un esfuerzo titánico ya no tenía otra cosa que contenes y límites, vivía entre consideraciones, balances, reflexiones, reparos y frenazos. Ya nada era como antes, largarse a correr y sentir que las zapatillas se gastaban a un ritmo desenfrenado, gastando la suela hasta casi dejar las plantas de los pies al aire, al asfalto y las piedritas de canto afilado que obligan a detener la marcha, tan poco habituado a pisar elementos sólidos y puntiagudos, como los negritos cubanos que corrían por el diente de perro en el malecón hasta que llegaban al borde y saltaban al agua, lo que embargaba a Gabor de un barniz familiar de la envidia, pero no era exactamente envidia, era más admiración, quedaba seducido por algo que él jamás podría hacer, ya que las veces que intentó emularlos, apenas se quitó el calzado, que tampoco era cuestión de dejarlo con el pantalón sin vigilancia, ante un más que posible extravío, iba pisando con el costado del pie, dando pequeños respingos cuando el dolor de la piedra erosionada se hincaba en sus plantas delicadas, pero ¡ah! La venganza llegaría rápido, muy de prisa, en solo unos segundos y delante de los propios ofensores, ellos solo eran buenos hasta el borde del diente de perro, una vez que habían saltado al agua no valían mucho, en cambio Gabor nadaba como una tabla de surf, con estilo aprendido de niño en una piscina con un experimentado profesor de natación. Le gustaba el mar, se alejaba de la orilla como solo hacían los pocos que se adentraban con patas de rana careta y escopetas de ligas para pescar algo mejor que un pez mojonero de la costa. Se alejaba tranquilo ya que siempre dejaba a un amigo al cuidado de la ropa. Ya nada era como tirarse al agua tras llegar al borde la cueva de los tiburones con una torpeza digna de las mayores burlas, y después llegar casi al primer veril con estilo de Weissmuller, para que al girarse, inexorablemente sentir un escozor recorrerle desde las cervicales a la nuca, que lo llevaba a nadar de manera compulsiva hasta sentirse seguro, al menos donde el fondo no se percibiese tan lejos de la superficie, tan azul oscuro, donde llegase a reflejarse la sombra de su propio cuerpo, como si fuese distinto ahogarse en según que profundidad. Esa era la única razón por la que podía preferir las piscinas para nadar, no había miedo al regreso. Esos tiempos habían quedado tan atrás como cuando se graduó de buzo y trabajó extrayendo coral negro del Caribe para venderlo a quinientos dólares la libra, a un orfebre italiano. Ya estaba lejos de la arena, aunque eran las historias que la llevaban pegada a la planta del pie las que Lena adoraba escuchar, y las que le daban ese aire foráneo, que era la manera en que más fácilmente podía mostrar alguna veta misteriosa. Porque Gabor era lo que se podría decir un ser vacío, permanentemente sacaba todos sus petates afuera, esa costumbre de soltar lastre lo diferenciaba tanto de Lena, como la edad y las manías, que precisamente era lo que más los unía, ahí no había lugar para la competencia, el hurto ni el abandono. Gabor tenía un puesto de venta de discos usados en Plaza Lezica, en Primera Junta, a donde llegaban los vagones de subterráneo más románticos del mundo. Todos hechos de listones de madera barnizada, no solo daba un confort al tacto sino que producía un sonido el movimiento al andar parecido a una diligencia del lejano oeste pero bajo tierra, con esas argollas blancas que pendían de una banda de cuero del pasamanos. Había empezado a comprar casetes oficiales y long plays al regresar a Buenos Aires tras los años de exilio, una buena cantidad los encargaba en una disquería en la calle Corrientes esquina con callao, César Po, acrónimo de “Se zarpó” expresión argentina para indicar una actitud atrevida o temeraria, con la zeta pronunciada como ese: César Pó. También había una pequeña sucursal cerca de la Plaza, por eso se cuidaba de quitarle a los discos y casetes los adhesivos que pudiesen indicar su procedencia,, no era ilegal pero estaban muy cerca, aunque los días de ventas de discos se llenaba de puestos. Gabor también tenía grandes colecciones de rock, blues y jazz procedentes de Estados Unidos, pero de esas dedicaba pocas a la venta. Era uno de los puestos de menor tamaño pero contaba con gran prestigio, cualquier cosa que le pedían lo conseguía, a veces había que esperar un par de semanas o más porque tenía que encargarlos fuera del país, pero los conseguí. Si alguno de los títulos que le eran requeridos, se encontraba en su colección personal, entonces sí hacía la excepción y lo vendía, más por incrementar el buen nombre que por los beneficios obtenidos. Extrañaba a un hijo que tenía en México, extrañaba al niño en sí, extrañaba como debía haberse comportado en la época en que nació Lexander, pero también trabajaba para poder recuperar el tiempo perdido, ya había viajado dos veces a verlo y había restablecido relaciones con la madre, la cual había novia suya en la secundaria, y unos años más tarde, volvió a ser amante durante dos semanas, lapso en que quedó embarazada y le dijo a Gabor, que ella no iba a abortar pero que no se preocupase, que tampoco lo iba a importunar en absoluto, y así fue por suerte, Gabor continuó bebiendo y drogándose a sus anchas y Lexander más allá de alguna tarde cuando era muy pequeño no tuvo que ver nunca al padre en aquellas condiciones. Como en la interpretación del sueño que tuvo recurrentemente, en que antes de morir ahogado se despertaba tanto dentro del sueño o en la realidad y respiraba profundamente con gran angustia, sabía que todavía estaba a tiempo, pero debía mover el culo.

Lena era la mayor de los hijos de un matrimonio de un marinero que llegó a capitán, bastante mayor que la madre de Lena, ama de casa, que para ascender de posición social terminaron instalándose en el barrio de Flores donde Lena estudió la primaria y parte de la secundaria en un colegio de monjas, de las que siempre guardó un grato recuerdo. El padre inspiraba a una vida austera aunque económicamente holgada. Estudió derecho y mientras estudiaba trabajó de secretaria de un historiador consagrado, y también, entre sus anécdotas preferidas estaba la tarde que, tras escribirle en varias ocasiones, recibió la invitación aceptando una entrevista en su propia casa, a Jorge Luis Borges. Le gustaba contarla casi tanto como la vez que Cortázar, también atendiendo pedidos epistolares insistentes, invitó a Juan a su departamento desaliñado de París, lleno de libros y fotos, para charlar de literatura, tomando una botella de Chablis fría. Ella contaba esa historia como si el orgullo de que Julio le hubiese brindado mucha más atención de la que en un principio ambos suponían, le perteneciese en parte a ella tanto como a Juan. Y Gabor no dudaba de ello, en parte porque era perfectamente posible y para darle mayor solemnidad a esas horas de viaje al centro del huevo en que se convertían las conversaciones con Lena. Había chupado sus jugosas tetas en el pasado, y durante seis meses tuvieron algunos escarceos sexuales “casiempre” centrados en la atracción que ejercían ese par de tetas que parecían pulidos por Miguel Ángel en alguna de sus piedades. Pero ya hacía mucho que no guardaban interés en una conexión erótica el uno en el otro, más bien se hacían partícipes de las nuevas aventuras y conquistas. Lena había sido secretaria de un consagrado escritor e historiador, tenía unos conocimientos tales de literatura que le impedían publicar sus cuentos, sus novelas inconclusas,  dada la extrema exigencia a la se sometía a sí misma, temía al rigor de una crítica tan pulcra e intransigente como la propia. Pero a Gabor le enseñó muchas maneras de leer algo hasta encontrar la exacta, la que el escrito merecía, siempre que fuese bien. Gabor en cambio pensaba que todo escrito podía ser bueno, que en todo caso era algo muy subjetivo, discutían a menudo el punto de si se debía criticar la obra de un artista, cualquiera que fuese, Lena decía que la tarea del crítico de arte era tan noble como la del artista aunque totalmente efímera, estaba destinada a dar a conocer a los contemporáneos inmediatos las bondades o defectos de la obra. Gabor creía que hacían mucho más énfasis en lo que entendían como defectos, sin saber la realidad cotidiana, los asuntos del alma del artista. Él creía en dos cosas, una en la piedad, y la segunda en que cualquier persona que se expresase a través del arte en vez de en las tan variadas formas que adquiere la violencia de los actos, estaba salvado para el fin supremo de un mundo mejor, bajo ese prisma carecía de importancia la calidad de la obra para los demás, solo importaba en que convertía al autor. Con una salvedad, no podía criticar una obra que no le gustaba como mala o menor, pero sí una que le parecía buena, en ese caso veía de una gran utilidad la consulta a los críticos de arte. En el fondo Lena estaba de acuerdo, solo que ella tenía que demostrar que en el caso de que ella publicase, siempre sería mejor que todo lo que sale al mercado, excepto Borges, unas pocos francesas. Algunos ingleses y los norteamericanos modernos, a los que en realidad no respetaba en absoluto, por eso se permitía decir que le encantaban.

Bar Sur

Bar Sur

Compartir este post
Repost0
Published by martinguevara

Presentación

  • : El blog de martinguevara
  • : Mi déjà vu. En este espacio comparto reflexiones, flashes sobre la actualidad y el sedimento de la memoria.
  • Contacto