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23 diciembre 2020 3 23 /12 /diciembre /2020 19:01

Andaba más al pedo que cenicero de moto. En realidad estaba moviéndome de un lugar a otro como un mamífero joven que de cachorro no desarrolló las aptitudes para desenvolverse en su medio, y tuvo que hacerlo ya crecidito. O para ser más porteño, “me estaba buscando en mi interior” , pero bueno, en verdad estaba más al pedo que cenicero de moto.

Tenía dos movimientos, a cotidiano un círculo concéntrico en capital Federal, a veces llegaba hasta Plaza Lezica, donde terminaba el subte A, que era el medio de transporten que tenía que tomar cualquiera que anduviese buscando una señal, una pregunta, era mejor que soñado, transportaba a otra época y con buen gusto, porque hay trenes que transportan al pasado por el óxido y la mugre en cada rincón y asientos, pero el A era todo de madera, como un yate que sólo está hecho para navegar a vela, sólo para disfrutar, con pasamanos en forma circular blancos, sostenidos del tubo por una cinta de cuero, marrón a juego con los asientos y las paredes de madera. No era veloz sin embargo parecía que llegaba mucho antes a las estaciones que las demás líneas. Porque era lindo, y porque lo lindo cuesta abandonarlo.

En esa plaza los fines de semana había puestos de discos de rock. La disquería donde compré mi primer casete de fábrica de B. B. King estaba en una de las esquinas.

Otra de mis travesías circulares era al Teatro San Martín, o a la Recoleta y el centro de artes, o el Museo Nacional, o el Palais de Glace, o sólo pasear.

Y luego había otros periplos que hacía aunque lógicamente  con menor periodicidad, salir de Buenos Aires hacia la ruta siete que llegaba a Mendoza, y después a Chile, de ahí en más todo  era improvisación, otra era la costa, Villa Gesell y de ahí en más tres meses que podían terminar en Bariloche, en Necochea o en cana. Otra era ir al norte, y una que me apasionó fue ir a Brasil. Todas estas rondas las hacía en camiones, en lo que era mal llamado “hacer dedo” puesto que no paraba nadie en la carretera. Me habían dado el soplo de ir al Mercado Central, presentarme a camioneros que fusen en la dirección que yo quería ir, mostrarles mi pasaporte más que la cédula, para dar más confianza, porque mi pinta no la daba del todo, y así quedar en el día que saldrían.

El camionero argentino toma mate, y aunque tenían una maquinita para cebarlo en el panel central del camión, siempre era mejor una cebada a mano acompañada de charla. Los camioneros argentinos recorren toda América, si van por Brasil llegan al Norte, si van por Chile llegan a Ecuador, para ellos es bienvenido alguien con quien charlar. La mayoría de las empresas tenían prohibido que llevasen a parientes o amigos, imagino que a alguien que hace dedo también, por eso no quedábamos en el mismo Mercado Central sino en un punto cercano.

La vez de Brasil regresé en camión pero fui en autobús hasta el Chui desde Montevideo, el Chui tiene una calle donde es Uruguay y cruzándola es Brasil, la gente es tan nacionalista allí, que la cerveza Sköll brasileña costaba tres veces menos que la uruguaya pero ningún uruguayo de la zona osaba ir a dejar sus morlacos a Brasil.  En una rodoviaria del estado de Paraná, llamé a una amiga del Yiye, el primo favorito de mi madre, y que me la había presentado en Buenos Aires, la actriz Elida Gay Palmer, que protagonizó películas del cine argentino de oro, previo a los sesenta, ella se había a Brasil, se casó tuvo tres hijas y un hijo y terminó estableciéndose allí, cuando la conocí en Buenos Aires había regresado como nosotros tras la dictadura, para presentar un libro.

Era un treinta de diciembre de mil novecientos noventa, había acabado de subir Collor de Melo, Elida me dijo “Oh Martín, que bueno, ven a casa que pasaremos el año nuevo con mi familia”.  Con el tiempo pensé que ella me había tomado por mi padre, que también se llama Martín. Al día siguiente llegué a Sao Pablo, nunca había estado en Brasil así que me di unos paseos alrededor de la Rodoviaria, me encanta escuchar las lenguas nuevas, las costumbres en otros países, ver que comen en los piringundines, no en los restaurantes. La primera frase que me llamó la atención fue un parroquiano que se dirigió a la barra donde yo saboreaba un exquisito cafecito brasileño y le gritó al barman, “da uma pinga aí” me giré y el tipo también me miró, volví rápido la cabeza no fuse a pensar que estaba dispuesto a darle de la mía. La pinga resultó ser una medida de cachaza.

Luego tomé el autobús que me había indicado Elida hacia Mairiporá., en dirección Bello Horizonte, a unos cuantos kilómetros de la terminal. Cuando llegué ya había caído el sol y la fiesta estaba en marcha, era una casa grande rodeada de la vegetación salvaje de un jardín  donde unos perros me recibieron con ladridos de buena onda. En el espacio de un segundo Elida mostró asombro en la mirada, y acto seguido me dijo “entra, entra” salude a las dos hijas que conocía, Flavia y Paola, y y me presentó a parte de la familia que no conocía, Fabiana la mayor, con su novio “el Portugués”, Claudio su hijo con su niño que vivía con ellos, y la madre del niño, Clovis, que estaba de visita, había otras amistades de la familia. Bueno les conté que tenía idea de seguir para arriba del país, y en algún puerto buscar un barco que me llevase a Ámsterdam, a Rotterdam o por ahí cerca. Me miraron como se mira a un bicho de la luz que acaba de entrar, y no se sabe si aplastarlo o disfrutar de su fosforescencia,

Comimos bebimos, no recuerdo si ellos bailaron un poco, los brasileños son muy parecidos a los cubanos, visto desde la perspectiva argentina, bailan apenas beben un poco. Me quedé a dormir en un cuarto grande donde también dormía Claudio, un muy buen tipo que al día siguiente me explicó un montón de cosas de Brasil, de Sao Pablo, de Mairiporá y de los sindicatos, al que él pertenecía y de los otros.El niño de Cludio era muy pequrño pero de una intligencia precoz, por mi habla se dio cuenta que el diptongo "ue" en portugués se traducía por "o", huevo, ovo, nuevo,  novo, un día me pidió un "cuepo", no lo entendí, él creía que como en postugués vaso es copo, en castellano debía sustituirse por la "ue". Era muy chiquitín para hacer essa asociación, y he ahí un caso de un error, que sin embargo constituye un acierto brillante.

Elida era una mujer que ya tenía su edad pero era bella, a veces pensaba lo que debía ser de jovencita. A la mañana ella salía al jardín sin segar y les gritaba a sus perros, luego nos quedábamos charlando, yo me daba cuenta de que mi plan de irme en cualquier barco se estaba retrasando sin motivo aparente, pero no me interesaba moverme de allí, también me daba cuenta de que podía ser que molestase, pero trataba de ser mable y de hacer los mandados al pueblo, que quedaba a unos cientos de metros por la carretera, por la cual yo iba cantando una pieza de rock que se me había ocurrido por esos días:

 

“caballos salvajes, azúcar marrón/ por más que te enojes y despotriques/ sos una chica lista/ los tipos te admiran/ y eso contribuye a tu ego”

 

Fui quedándome en esa casa sin saber por qué, con que permiso ni bajo que excusa, solo sabía que no me podía ir,  iba a comprar al mediodía a Elida algunos enseres y me entretenía hablando con la gente, comiendo las cosas nuevas, coxinhas, esfihas, frango, y tomándome algún trago de cachaza Vellho Barreiro si me quedaba plata o alegría, y de Cavalinho, mucho más barata  si estaba más corto o cariacontecido. Una tarde mientras manteníamos nuestra charla vespertina, le dije a Elida que se parecía a Ava Gardner, me dijo-uh, gracias por el elogio- pero no se sintió tan sorprendida, noté que habría crecido sabiendo que era linda. Claudio me enseñó los carnavales de Mairiporá, y me familiaricé tanto con el pueblo que incluso fui a sacarme una muela que me estaba dejando sordo del dolor, con un dentista que me atendió con la bata pincelada de sangre, pero me cobró tan poco como si fuese su mejor amigo. También iba a Sao Pablo para conocer la ciudad, y un día,  averiguando por el barrio de moda, Bixiga, encontré un trabajo en un restaurante, O comilao 120 tipos de pizza, regresé a buscar las cosas, le di las gracias a Elida por la acogida, y me fui a una pensión que había al lado de O comilao.

Limpiaba platos y por la tarde recorrí ese barrio y el contiguo, donde estaba la Casa de la Cultura, una espléndida construcción moderna, con una variedad de actividades gratuitas que nunca había visto en ningún país, porque además tenía una zona para escuchar música, uno pedía un long play y se lo ponían desde una sala y en unos sofás muy cómodos uno se sentaba y enganchaba los auriculares al suelo, y escuchaba todo el long play, se podían dos por día. Había una biblioteca con cursos Assimil para aprender idiomas con libros y casetes, entonces me puse al día en portugués, y algo de inglés. Conocí a Pablo un argentino que había ido a probar suerte con el rock, era de Neuquén, quedamos amigos y unos años más tarde lo visité en su casa. Nos causaba asombro y gracia la cantidad de transexuales que había y como se expresaban sin ninguna inhibición. Él había ido con un amigo de su ciudad que tocaba guitarra, pero era muy bajito para ser “guitar hero”, nunca lo escuché, él dice que tocaba bien, pero al cabo de un tiempo se dieron cuenta que Brasil tenía bandas de heavy metal en cada rincón compitiendo. Brasil es música, hasta clásica componían, Heitor Villalobos, no hay música que le resulte ajena a los brasileros, no hay música extranjera.

Los sábados o domingos iba a Mairiporá a lo de Elida a llevar alguna comida para compartir. Más tarde Claudio habló con unos sindicalistas de Rio de Janeiro para que me recibiesen, y ellos organizaron que yo diese una charla sobre andar por Latinoamérica con un pequeño petate. La verdad que yo no tenía nada que enseñar, mi plan no tenía un fin social, ni siquiera había un plan, me daba un poco de vergüenza decir que estaba más al pedo que cenicero de moto, y que, en Uruguay, se me ocurrió subir a un barco holandés, porque me habían dicho que ellos embarcaban gente pidiendo sólo pasaporte. Era verdad, pero tampoco era tan sencillo. Barcos de bandera libanesa y panameña embarcaban a cualquiera con pasaporte y pagaban bien, pero holandeses, noruegos y daneses , que tampoco exigían carta de embarque, sin embargo si pedían experiencia. Más tarde estuve unos días en en el puerto de Santos, yendo cotidianamente al puerto, entraba con el pasaporte, les decía a los guardias que estaba embarcado y no había problemas, subía a los barcos y preguntaba si necesitaban a alguien para trabajar. En varios me dieron algo para comer, pero recuerdo uno en particular, que era en efecto holandés, "Slottergracht" era su nombre, de pequeña eslora y manga, a cuyo capitán le resulté simpático, porque iba pidiendo trabajo con una caneca o petaca de cachaza en la cintura como si fuese una cimitarra, y me dijo que si quería fuese a la cocina y le dijese al cocinero, que era español, que él me había enviado, y así fue. No sé el porque de esa buena onda, pero en los meses que estuve en el camino con frecuencia encontré samaritanos dispuestos a ser generosos sin pedir nada, es algo de los caminos, lo pude constatar en distintos lugres y culturas. Ese cocinero y marinero español, me contó que él fue a embarcar a Rotterdam, y que ganaba dinero y no lo gastaba, salvo unos días en puerto con chicas y alcohol, pero que ya no era fácil de embarcar o de encontrar buenas tripulaciones, como antes, me dio tanto de comer y de beber cervezas, que, tras agradecerles a todos, no sabía si irme zigzagueando o rodando.

Regresando a los sindicalistas, me habían dado un lugar donde dormir en un edificio moderno, pero yo estaba nervioso porque no quería mentir en lo del plan de recorrer América como mi tío, cosa que ellos pensaban y yo no. De un momento a otro cambió todo, el trato se hizo distante, me llevaron a comer afuera con el bolso, alguien me lo robó del maletero del coche de que me llevó a comer y tomar cervezas, entonces me llevaron a un hotel que era de parejas, para dormir y al día siguiente regresar a Sao Pablo, ya no les interesaba nada el plan de que yo hablase. Yo no sabía que había pasado pero algo había pasado. Después me enteré, hablaron con la embajada de Cuba, e igual que hicieron años más tarde en Madrid cuando yo estaba ayudando con trabajo voluntario a una asociación de amistad, les dijeron que no era revolucionario, que era un lumpen, que me habían botado por borracho y vago.  Eso sin yo haber todavía hablado nunca en contra de aquella “involución”. Gente fina.

Regresé a lo de Elida, donde estuve unos pocos días más y me fui al norte, nuevamente en lo que se dice “a dedo” o “a carona” pero en realidad, eran pesajes que proveía el PT a los golondrinas que iban buscando trabajo por el país, igual que les daba albergue, y dormí en varios de ellos, aunque de trabajo yo no buscaba nada, ya tenía dinero cobrado de O comilao para un mes, después, en Río, volvería a buscar.Al cabo de cinco meses de entrar a Brasil regresé a Argentina desde el norte, ahí sí con un camión argentino, cebando verdaderos mates.

Elida partió a otra dimensión en el año noventa y cinco en Buenos Aires, sólo volví a ver a Fabiana que se fue a vivir a Buenos Aires y publicó un libro sobre las runas vikingas y sus significados. Era un libro curioso, llevaba además una bolsita con runas. Fabiana compartía un lindo departamento con una prima de Ceratti de Soda Stéreo. Cuando fui a Sigtuna, una ciudad sueca rúnica, bella y con enormes pedruscos con inscripciones rúnicas, recordé los significados de algunos símbolos iguales a los de la bolsita del libro que me había regalado. Hace poco fue ella quien se encargó en Buenos Aires de la despedida al Yiye, el primo de mi madre que nos había presentado en mil novecientos ochenta y cuatro.

Hoy quería mediante el recuerdo, rendir homenaje a la calidez, calidad humana y solidaridad de Elida Gay Palmer y de sus hijos, Claudio, Flavia, Paola y Faviana.

 

 

Gracias.

Elida
Elida

Elida

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Published by martinguevara - en Argentina frizzante Relax

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