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24 enero 2020 5 24 /01 /enero /2020 19:58

En general, la gente no sabe lo que puede llegar a oler un ascensor repleto de rusos de la era soviética en el trópico. Incluso sin estar repleto, con uno o dos rusos dentro.

Los cubanos sabían lo que olía un ruso en una guagua atestada, tanto que cada vez qu subía uno o una, un vijero tomaba la batuta de dirección y vociferaba por encima de las cabezas de los viajeros apretados como sardinas en lata

-Caballero denle nariz a eso que está fuerte- o- ¡Chófer abre la puerta que os vamos a asfixiar!- inspiraciones improvisadas, que como en los cines, era respondida con sonoras carcajadas, siendo el ruso el único que no entendía ni reía de nada, pero también a quien menos le importaba el particular aroma caucásico que desprendían sus axilas.

La historia no nace en Cuba, viene de lejos, pero claro, en los calores habaneros aquello se multiplica por varias unidades. Dadas ls duras condiciones climatológicas y geográficas de la que era nuestra nueva madre Patria, y sobre todo antes de la revolución de octubre de 1917, los rusos se aseguraban un protección estomacal con cantidades generosas de grasa y cebolla, y de esta manera cualquier lapso de hambre se atravesaba con menores penurias generadas por los jugos gástricos, aparte de que protegía mucho mejor del frío extremo de los inviernos rusos. Esto lo aderezaban con generosas dosis de vodka, y con la reutilización cotidiana de las prendas de vestir sin ser pasadas por los prestidigitadores agua y jabón, cosa improbable en medio de temperaturas que congelan hasta el gas.

El ruso luchó contra las inclemencias más duras del planeta y venció a casi todas, incluido Hitler y Bonaparte, pero nunca pudo conseguir entender como prioridad, el discurrir del agua no potable en los largos meses de invierno, con la única finalidad de asearse.

En la era moderna, los soviéticos, todos ya tenían agua corriente y caliente saliendo de un grifo en sus casas, departamentos y dachas, pero las vejas costumbres se agarran como el tío jocoso a la botella de vino. Hoy, tras la caída del comunismo, como acompañando a los cambios políticos, nadie ama más el jabón y los perfumes que las moscovitas.

Los soviéticos, aunque en menor medida y no ya por necesidad, sino por tradición, siguieron comiendo cebolla, grasa, y no lavando las camisas en los interminables veranos habaneros, con la periodicidad que todos sus vecinos adorarían. Incluso quienes llevaban un tiempo prudente viviendo en la isla y que hablaban español y entendían los chistes de la guagua, lo tomaban, pienso, como algo identitario, algo que les precedía, que los anunciaba a la distancia.

-¡Ñó, caballero, entró un bolo!

 
Mazinger: la Embajada Soviética en Miramar

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Published by martinguevara - en Cuba Opinión Cuba flash. Relax

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