¿Por qué son famosos los paraguayos en Argentina? Por ser los mejores pintores del mundo. Y entiéndase bien, los mejores del mundo.
Conocí a tres que trabajaban para Guillermo Weyer, un paraguayo exiliado en Buenos Aires, una vez que terminaban de hacer una pared ponían un foco de luz potente de lado para descubrir el más mínimo granito por la sombra, y entonces volvían a empezar. Una locura.
Los vagos trabajan doble, reza un dicho cubano. Y a mi me pasó más de una vez. Resulta que cuando no queda ni un cobre, es como cuando hay que arrancar en cuesta arriba, lleva el doble de esfuerzo. En uno de esos giros, el mismo Guillermo, amigo de Gladys, me recomendó a un flaco que recuperaba sillas de estilo Thonet de madera curvada y asiento de esterilla, tenía dos empleados paraguayos.
Los pibes eran jóvenes, desde el principio fueron muy amables conmigo pero entre ellos hablaban en guaraní, yo notaba una distancia que de a poco con el aprendizaje de como recuperar las patas de la silla, el asiento, el respaldar, fuimos tejiendo una relación laboral dentro de la cual cada vez se hacían más chistes, yo preguntaba cosas de Paraguay, del guaraní, ellos me explicaban con pormenores, descubrí que esos paraguayos a menudo estigmatizados como villeros, como problemáticos, después de haberlos diezmado junto a Brasil y Uruguay matando dos tercios de su población masculina, era, sorprendentemente, gente muy delicada en el trato.
Un día al parecer me consideraron parte de ellos, y me invitaron a salir al cine el sábado. Acepté para ver como vivían su día de descanso, su ocio. Quedamos en una parada de colectivo, yo fui a donde me decían, tomamos dos transportes y llegamos a un barrio que era verdaderamente temible, no me atrevo a mencionar el nombre que recuerdo porque puede ser que me engañe la memoria. caminamos por una calle tenebrosa, subimos a un edificio monobloque y recuerdo el departamento de las dos chicas que mis compañeros de trabajo iban a buscar. Esperamos afuera, salieron dos chicas vestidas de sábado con lo mejor que tenían de gente humilde, blusas y polleras brillantes, demasiada pintura en las cara y entonces dijeron "vamos a buscar a la de él" entonces me quedé de piedra, porque hasta ahí yo sentía que respetaban mi lugar de observador, el puesto contemplativo, de exploración casi antropológica, y de repente me incluían en el grupo y me consiguieron una acompañante imaginé que similar a ellas. Cuando apareció la que debía ser el objeto de mi atención, a quien debía pretender, imagino que percibió en mi mirada la distancia que sentí de toda aquella situación de la que de repente me pregunté de que forma había hecho para ser parte.
Tomamos los colectivos en sentido inverso hasta la calle Lavalle para ir a ver una película, yo iba tomado del pasamanos hablando con la muchacha que "me tocaba" y no encontraba la manera de hacer lo menos evidente posible la imposibilidad de cualquier cosa más allá de esas charlas sobre ¿Qué trabajas y qué película te gustaría ver? hasta que pensé que lo mejor sería hablar de poesía, de filosofía, de literatura, mostrar las cartas, yo soy este, a mi me suenan tan a arameo los músicos que a ustedes les gustan como a ustedes les suena mi conversación, pero me abstuve. Llegamos a la avenida 9 de julio, y entonces ahí sí, en mi terreno decidí buscar el instante de decir que volvía a mi casa, que les agradecía la invitación pero no me sentía bien del estómago.
Un rato antes había querido huir despavorido aunque aterrado como en una pesadilla por no tener ninguna posibilidad de salir de allí por mi cuenta ni mucho menos excusa que poner para desprenderme a correr como pollo sin cabeza. Porque aunque esa zona del Gran Buenos Aires esté tan cerca de Capital Federal parecía ser más que otro país, un continente distinto. Pero Capital era mi terreno, de repente dejé de sentirme obligado a una delicadeza para no ofender que no obstante atentaba contra mi integridad, y justo a la entrada de la calle Lavalle otrora poblada de cines, me detuve y les dije:
-Muchachos muchas gracias por la invitación, espero que se diviertan pero yo no me siento bien hoy, tengo el estómago revuelto. La más pura verdad.
Di un beso a cada muchacha, la mano a los impertérritos casi amigos de trabajo y me fui apretando el paso al principio y en la medida que sentí que me había alejado lo suficiente, me dirigí ya tranquilo la pizzería Las Cuartetas, a salvo de la situación de tener que empatarme con un ser que ni me gustaba ni me disgustaba, no había posibilidad de atracción ya que primaba una separación de naturaleza cultural, nos separaba un abismo como especie, estábamos en dimensiones tan diferentes que cualquier contacto nos habría pulverizado al instante. Terminé mi pizza aliviado y más contento que perro con dos colas.
El lunes cuando volvimos a encontrarnos para encolar sillas y reajustar esterillas, nos saludamos, me mostré muy interesado en como lo habían pasado, me dijeron que muy bien y no volvieron a mencionar una sola palabra en castellano, ni me enseñaron más guaraní, y entonces tuve que comer los sándwiches de pebete de salame y queso con el jefe flaco, con quien si bien me sentía culturalmente más cerca porque le gustaba Borges como a mi, jamás me habría invitado a pasar un sábado de cine, ni mucho menos me habría procurado una acompañante, por más fea que pudiera ser dentro de mis parámetros.
Que miserables podemos llegar a ser.