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El blog de martinguevara

Sindrome de Estocolmo.

18 Noviembre 2011 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Europa Aorta

 

 

 

Una cosa que me impresiona muchísimo, es cuando veo a esos intelectuales preclaros que sin embargo apoyan  sin ruborizarse cualquier tipo de represión en Cuba,  la apoyaban en la URSS y satélites y en cualquier otra dictadura con el único condicionante de que se denomine a si misma como revolucionaria o invoque a cualquier otro "ismo" que rapte la terminología del bien.

En la misma línea me impresiona ver a un afroamericano que simpatice con el  KKK o con algún acólito del Tea Party; o bien lo que veo cada vez con más frecuencia en los alrededores: mujeres pretendidamente emancipadas, que disfrutan de una vida de igualdad e incluso superioridad de género, gracias a  siglos de  luchas contestatarias,  llevadas siempre a cabo por los sectores menos conservadores de cada momento histórico, de cada período de luchas,  convertirse en  paladines, defensoras de lo peor, de lo más retrógrado de la derecha española.

El aterciopelado trato que tradicionalmente  le han concedido a las mujeres desde el poder en España,  comprende desde la versión religiosa universal de que la mujer no pasa de ser una costilla de Adán, y la misoginia que ello sugiere, pasando por la salvaje interpretación de la feminidad de la Iglesia Católica en versión hispana, alcanzando su cúspide en la quema de brujas llevada a cabo por la Santa Inquisición, brujas que no eran otra cosa que adúlteras, mujeres sedientas de libertad y rebeldes ante el sofocante poder machista, simplemente sabias que el patriarcado de ningún modo podía asumir, concluyendo en el período de mayor oscuridad para todos los espíritus necesitados de mínimas cotas de libertad en pleno siglo XX, condenándolas al ostracismo por ser madres solteras, no permitiéndoles trabajar excepto como personal de servicio, con estrictas normas de vestimenta claramente especificadas en los contratos, y libradas a la suerte de que en el seno del hogar, les tocase servir a un hombre que no sintiese propensión por ningún tipo de abuso. 

Me impresiona que tan elevada cantidad de mujeres jóvenes, aparentemente modernas, tertulianas en programas de televisión, directoras de revistas, de periódicos, de eventos culturales en general,  estén tan fascinadas por el espíritu más conservador del ser nacional, el canal raquídeo del Alcázar. La ficción de una Panacea Amazonas bajo la sombra y la atenta mirada de Zeus en la altura y Nerón en la horizontal.

Aunque lo considero también contranatura no me asombra en absoluto, que las sempiternas acomodadas de barrio, sometidas por motu propio a cuanto designio se tercie a cambio de un espacio vital y cotidiano en los grandes almacenes, enraizadoras del machismo a nivel familiar, no transgredan el limite de las escobas y las planchas, en tal caso me parece hasta coherente.

Pero que tantas chicas jóvenes y probablemente cultas, precisamente en el período de mayor libertad para elegir e incluso forjar nuevas opciones, elijan los grilletes barnizados; alejados hoy de los tiempos de mayor represión, cuando tantas mujeres españolas, como las mal llamadas brujas,  desde sus trincheras o aquelarres domésticos, lideraron la lucha  frente la intolerancia, a la humillación, al fascismo, es difícil entenderlo si no es por el elemento de fascinación con aquello que causa y perdona el dolor.

A la vez, pienso que al igual que para ayudar a África lo mejor que puede hacer el Primer Mundo es irse de allí del todo, el sentido y la dirección de la emancipación del feminismo concierne, aunque no exclusivamente, sí fundamentalmente a las mujeres, los hombres por más que apoyemos o creamos que sentimos el problema como nuestro no tenemos jamás remota idea de los padecimientos y la humillación que puede significar vivir la vida entera, cada minuto de cada hora, luchando contra ser relegado a un segundo plano de la vida pública por el género o la identidad.

Tanto en unos casos como en otros, veo el reflejo mismo de ese sentimiento que se desarrolla en las personas secuestradas por períodos muy largos de tiempo, que terminan desarrollando una dependencia su captor. El perturbador gozo del sometimiento en ambas direcciones. El síndrome de Estocolmo.

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