Soledad
Los González Aguilar, llegaron a la Argentina expulsados por la barbarie de la Guerra Civil española y fueron recibidos por la solidaridad de mis abuelos paternos, que en la provincia de Córdoba formaban parte de una casa de apoyo a los exiliados republicanos, con los años se convertirían para mi familia en simplemente: los Aguilar, remarcando la palabra más cargada de metáforas y significantes, reflejo similar al que nos llevó a apelar Zapatero al ex presidente español de primer apellido Rodríguez. Carmen creció en Argentina, allí se casó y tuvo sus hijos. Ella era solo dos años mayor que mi tía Celia con quien continua uniéndola una de esas amistades de toda la vida. Los tíos de Carmen tenían un cuarteto musical, eran eruditos de la música y juglares de la que sale del laúd, todo el que los escuchaba quedaba extasiado, y lo hacían por placer.
Yo nací bastante después de todos ellos, cuando Carmen Aguilar y sus hermanos ya tenían hijos mayores que yo. Solíamos frecuentarnos, hasta que tuvimos que abandonar Argentina por motivos políticos. Mi padre quedó preso en el país por ocho años y medio, los demás nos instalamos en Cuba, Carmen al poco tiempo también tuvo que exiliarse en la isla, le quedó también un familiar preso, su hijo Juan, pero también una hija desaparecida, la mayor, Soledad. De Cuba se fue a España con el marido, Roberto, y los vástagos que lograron salir, se instaló en Cataluña.
Se desperazaba de manera inocente y entusiasta de la democracia, ella participaba en trabajos de solidaridad desde su tierra de nacimiento para con los presos y reprimidos de su tierra adoptiva. Igual que mi tía, se ocupo por entero sin la ayuda de otro Estado que no fuese el Austríaco o el Suizo a tratar de mantener con vida y esperanza de libertad a mi padre, desde Europa, Carmen hacía lo propio con su hijo Juan, quien compartió cárcel con mi padre.
Una vez, las amigas de siempre, se juntaron en España con el fin de hacer un viaje solidario para visitar a los presos cuando aun transcurría la feroz dictadura en Argentina. Lo hicieron, acompañaron a los presos, les llevaron una fragancia fresca y la mano, una esperanza, un aliento para equilibrar el miedo, les arrimaron una yesca.
Eran leonas mayores y estaban heridas, por sus venas corría sangre que lamía desde el interior las cicatrices.
Un poco antes de regresar el período democrático a los países del sur de América, mi padre y el hijo de Carmen salieron de la cárcel. Luego retornamos nosotros desde Cuba y ella desde España, mi tía Celia desde Suiza e intentamos comenzar nuestras vidas, un poco de la manera que nos lo habían permitido y un poco como no sabíamos. Todo era otra cosa, para mi era otra Argentina, para Celia también, y para Carmen ya nada era algo, ni España era la de su niñez, ni Argentina desde que Soledad, su hija, se perdió en la profundidad del espanto de las salas de tortura. Retornó a Catalunia donde casi todos su otros hijos terminaron por instalarse, menos Juan, que al igual que mi padre nunca se marcharon de su país, sí sé que salieron de las celdas, sé que tardaron en despegar los barrotes de sus caras, pero no sé si alguna vez pudieron dejar atrás lo que se quedó atrás para siempre.
Celia, que tiene la suerte de contar con un físico y una voluntad de la época de aquellas personas comprometidas, aún visita cada año a su amiga Carmen. La última vez que se vieron hace unos pocos meses, fue justo antes de que el país de los Aguilar decidiese votar en masa a la solución más antipopular de que se tenga recuerdo en democracia. Europa necesita necesita escuchar a aquellos juglares del cuarteto musical ejecutar sus instrumentos para crear una comunión de personas, una sonrisa sostenida, en unos casos para continuar sus tareas y labores, y cambios de caminos en otros, pero en todo caso para dar un merecido reposo a los Aguilares de todo páramo aún humeante.
Ya es mayor, una mujer culta y fuerte, de lealtad de una era que hoy resulta onírica, de voz clara y firme, Carmen no pudo regresar de ningún sitio jamás, ella estará siempre en su generación comprometida, escuchando la guitarra de sus tíos, admirando a sus padres, arrullando a sus hijos y quedándose en vela, ante el sempiterno silencio de su perdida Soledad.
En un punto visitado una y otra vez por la Historia.
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