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11 noviembre 2021 4 11 /11 /noviembre /2021 02:24

Durante un considerable período de tiempo de la niñez y primera adolescencia tuve una intensa vida onírica de las que quedan grabadas en la vigilia.

Había ocho aventuras nocturnas que se repetían una y otra vez. Una era la del toro persiguiéndome por el living alrededor de la mesa del comedor, las sillas estaban colocadas sobre la mesa con el respaldar hacia abajo, y eso detenía al toro si yo me metía bajo la mesa, resguardado por los respaldares. A veces pasaba horas esperando y el toro no se iba.

Otra situación, esta la más desagradable, era que en un rincón de un patio, yo le pegaba un puñetazo en la barriga a mi abuela, a la que adoraba, y esta empezaba a subir hacia arriba pegada a la pared, muy de a poco, entonces el muro se hacía interminable hacia arriba donde mi abuela no dejaba de ascender. Esa pesadilla, una vez despierto, me dejaba devastado durante el resto del día, cuando tenía ese sueño me quedaba en casa pegado a mi abuela, esperando que terminase las tareas de casa para jugar a la escoba del quince, a la brisca o al culo sucio.

Pero otros sueños no eran así de desangelantes, por ejemplo ese que me encantaba en que yo estaba en un campo de batalla humeante, recién terminada la guerra, y encontraba una mujer tendida sin vida con un escote generoso que dejaba ver un par de tetas grandes, redondas, jugosas, y me ponía a sobarlas con deleite y frenesí sin que nadie me pudiese detener ni juzgar porque estaban todos muertos.

Había otro sueño en ese mismo campo de batalla, en que quien yacía era yo, entonces una mujer, también exuberante, se paraba poniendo las piernas cada una a cada lado de mis cuerpo y yo miraba sus piernas largas y su ropa íntima, sin limite de tiempo, era un niño que no tenía idea de mucho más en materia erótica, pero aquellos dos sueños me elevaban a un estado de placer que ni remotamente conocía en la vigilia.

Luego estaban esos dos casi antagónicos, parecían cara y seca, en uno era perseguido por cualquier cosa que me sugería, me invitaba, me empujaba a correr, pero las piernas no me respondían, me costaba un esfuerzo tremendo lograr poner un pie delante de otro, pero no mucho más, y en el transcurso el peligro se acercaba cada vez más, aunque nunca llegaba a producirse la tragedia temida.

La contracara de eso, es ese sueño tan compartido, tan deseado, tan liberador, que es empezar a correr y comprobar que se está en el aire, y entonces empezar a batir los brazos y elevarme volando por encima de árboles, y hasta una altura prudente, de más o menos la azotea de un edificio de varias plantas, y volaba y volaba. Ah, quien volviese a soñar ese sueño.

Sin embargo hay dos, ya de mayor, que no quiero soñarlo nunca más. En uno cometí un robo junto a otros cuatro que entramos a una casa que nos tenían señalada y abrimos una caja fuerte, nos llevamos una inmensa cantidad de dinero, y ya estaban sobre mi pista, o bien el dueño del dinero, o la policía, y era inminente el momento en que echasen mano de mi ya muy arrepentido cuello.

El otro es aún peor, en algún momento y sin aparecer claras las razones ni a quien, resulta que maté a una persona y la enterré en una parcelita de tierra cerca de mi casa, a veces es en un patio, a veces está cruzando la acera de mi casa, y resulta que en su momento no cavé suficiente, y tanto la lluvia como lo sobrenatural de la dimensión van dejando cada vez más cerca de la intemperie el cadáver, que aún no se ve, pero está muy cerca de la superficie, y en cualquier momento me toca el horror de ir preso, muchos años después de haber cometido el crimen.

Sueños para bodas y para  funerales.

 

Cuatro bodas y cuatro funerales
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Published by martinguevara - en Relax

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