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16 julio 2022 6 16 /07 /julio /2022 19:31

Como nadie quiso responder a las preguntas Gamsa dejó claro que no volvería nunca más a armar un debate de aquellas características. Había dejado de confiar en sus correligionarios, todo le parecía vacío, superficial, él mismo se veía como un exponente de la frivolidad, decidió no hablar nunca más, pero antes debía llegar a un rincón de la India en donde algunos gurús meditaban durante meses, incluso años sin emitir palabra alguna. El problema es que no pensaba dejar de comer y los gurús acompañaban la economía de palabras con la de alimentos.

Decidió hacer lo mismo pero más cerca de su casa, a la vuelta de un Kentucky Fried Chicken, a donde podía escabullirse cada vez que los gurús sucedáneos de los indios, de la ciudad de Londres, reunidos en aquel edificio húmedo y sin ascensor de King's Cross, estuviesen durmiendo la mona de sus fumatas hachís y ácidos dedicadas a Visnu y a Brahma, como aporte inglés a las deidades ciertamente humilladas durante la colonización británica.

En ese KFC contaban con pantallas para ordenar y pagar el menú sin necesidad de dirigir la palabra a nadie. Cuando se puso obeso como una bola de grasa, empezó a fumar la mezcla dedicada a los dioses para amortiguar la gula. En efecto adelgazó de forma notable, y en cambio de comer compulsivamente, dormía como un lirón, se despertaba fumaba, y volvía a dormir.

Al cabo de dos años Gamsa, se había olvidado de hablar las palabras pero también de pensarlas, solo conseguía divagar en un lenguaje inconexo aunque puro, tan espiritual como inmaterial, hasta que en un paso por la esquina un perrito Yorkshire le meó el tobillo y el pie derecho, que desde hacía dos años calzaba solo con sandalias llevándolo al descubierto en su parte superior.

Líquido a raudales, el perrito lo tomó por un árbol al ver que no emitía sonido alguno, Gamsa sintió un repentino placer al sentir ese calor en su pie en aquel día húmedo y frío, pero cuando se dio cuenta que lo estaban meando, cambió la expresión atolondrada de su rostro, mostró los dientes y gritó:

-¡Mierda!

Un transeúnte que cruzaba frente a él, atildado con un saco de tweed escocés, con expresión de contrariedad levantó la mirada hacia los ojos encendidos de Gamsa, y le aclaró:

-No hijo, no es mierda, es pis.

Entonces Gamsa volvió a hablar, primero con el hombrecito del tweed, estaban parados justo en la esquina de Brill Place, el verde persistía a la caída de las hojas, la dueña del perrito llegó solicita aunque tarde pidiendo perdón por las molestias y se apresuró a desaparecer parque adentro, al principio Gamsa quería explicar que su expresión no respondía al estado de los desperdicios del Yorkshire sino que era una interjección, pero no hallaba las palabras, entonces el hombre de los zapatos impolutos lo calmó con una sonrisa "solo tenía ganas de hablar con alguien y usted me dio pìe", el hombre que ya entraba en sus años menos ágiles, advirtió en un comentario, que era una mañana fría para ser otoño, pero con una luz especial que junto a la humedad dotaba de perlas de brillo a las hojas que persistían aun en las ramas, mientras que desnudaba a las caídas mostrando toda la gama de marrones, beige, carmelitas, amarillos, rojos bordeaux de que eran capaces, ofreciendo, junto a esos cuervos que exploraban la base de las raíces, un ambiente digno de ser mirado a párpado extra abierto y aspirado a pulmón lleno, en vistas de podría pasar tiempo para que alguien debidamente vestido, paseando a esas horas por al lado de la terminal donde miles de almas corretean cada día de un lado a otro en busca de conexión de tren, pudiese volver a apreciar un espectáculo de semejante belleza y calma. Gamsa asentía a todo lo que el hombrecito decía, le parecía que el tono con que expresaba sus palabras obraban, junto al paisaje que estaba describiendo, una suerte de milagro que no podía desperdiciar. Atinó a balbucear los primeros vocablos con sentido razonable que pudo construir en mucho tiempo, y tras despedirse, recoger sus cosas del antro gurú, usó el impulso para charlar con el conductor del ómnibus, con una señora que paseaba sin perrito, más tarde con su familia anonadada, mitad feliz mitad atribulada, cuando regresó a su casa. Dejó los ácidos y el hash, el pollo frito, los alrededores de King's Cross St Pancras, las chancletas en otoño, y retornó a sus simposios, debates  y conferencias convencido de que tenía suficiente profundidad que aportar a la superficie de sus reflexiones de antaño, partiendo de la premisa de lo compacto o licuado que puede expeler un lobo devenido en Yorkshire y de un rincón de la India, algo distorsionada y muy comprimida, que consiguió instalarse en las inmediaciones de su poco querido, pero familiar Brixton.

 

King Cross St Pancras

King Cross St Pancras

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Published by martinguevara - en Relax

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