Igualdad
Hasta la revolución industrial lo que después pasó a ser machismo, o sea una serie de privilegios exclusivos para los hombres, era el equilibrio normal y natural, consensuado entre hombres y mujeres. Ellos salían a trabajar, a cazar, a pelear, y ellas se quedaban cuidando la casa, las criaturas, y manteniendo el fuego encendido.
Lo fálico y lo uterino, distribución natural.
La revolución industrial trajo consigo para los hombres que trabajaban en las fábricas, en los bancos, en las nuevas formas de comercio, una nueva disposición de su jornada laboral, esfuerzo limite pero menos horas de trabajo. De tal manera que el hombre empezó a salir a horas muy tempranas algunos regresaban a casa, mientras a la mujer todavía le quedaba media jornada, y otros se quedaban en los bares y pubs que conocieron su proliferación en esta época. Ahí comenzó el desbalance y fue cuando la mujer se vio absolutamente desfavorecida por el reparto de cargas, y entonces, en el mismo instante comenzaron las reivindicaciones femeninas, todavía no entendidas como feministas pero en esa senda, la mitad de la humanidad no se iba a quedar de brazos cruzados. Si se hubiese producido en el año mil A.C. ya habría lucha feminista desde hace tres mil años. Pero solo ocurrió donde se produjo la industrialización capitalista. Inglaterra, Francia y Estados Unidos a la cabeza.
Lo cierto es que para el común de los hombres que ni eran nobles, ni burgueses, ni jerarcas, el machismo continuó siendo un yugo, una carga insoportable, tener que morir en el tajo, en la mina, en el mar, en la construcción y si no, con toda seguridad, en una de esas guerras que siempre han salpicado nuestra cotidianeidad con especias malthusianista. Pero le quedaba el aliciente, además de la exclusividad de la gestión de los emolumentos por el trabajo que ya suponía un privilegio intolerable, la novedad que lo cambió todo: el tiempo libre.
En mi época de niño, dentro de mi familia, mi madre trabajaba fuera de casa las mismas horas que mi padre, ambos barrían, cocinaban y trapeaban el suelo por igual, o sea, nada. Porque estaba mi abuela materna, una mujer, para acometer las tareas de barrer, cocinar, lavar, planchar, despertarnos y vestirnos para ir al colegio. Mi abuela paterna había sido una feminista empírica desde la más tierna edad, a principio del siglo XX vestía pantalones, fumaba, se cortaba el pelo a lo garçon, montaba a caballo con las piernas a los lados de la grupa, discutía de filosofía y política, disparaba mejor que casi todos los hombres y nadaba mejor que todos. Pero en su casa cocinaban, barrían y hacían las camas, mujeres trabajadoras del hogar.
El recuerdo más insistente que tengo de la toxicidad del machismo, viene de cuando era adolescente, yo no quería cumplir años. Vivíamos en Cuba, mi padre ya estaba preso en Argentina, y todo lo que me rodeaba eran historias de valientes que entregaban su vida a la revolución, a la punta de la picana eléctrica, brindaban la piel, los ojos, los testículos a las tenazas de los torturadores. Todo hombre de verdad en la vida cotidiana cubana debía fajarse con cualquiera que lo retase, ya fuese uno o una pandilla, pero esto se incrementaba en el entorno de los familiares de guerrilleros, muertos o presos, ahí un adolescente que se convertía en hombre, si lo quería ser de verdad frente a la mirada inquisidora y condenatoria de su padre y de su madre, debía ir al país donde yacía tras las rejas o bajo tierra su pariente, y batirse a muerte con el enemigo.
Eso me taladraba la cabeza cuando me la sostenía la almohada "uh, ya tengo catorce años, a mi edad San Martín era teniente luchando contra los franceses, el año que viene con quince, aterrorizado o no, tengo que dar un paso al frente para ir a mostrar el rabo y los huevos en Argentina" pero aun acostado en la cama, las piernas me temblaban, las rodillas se aflojaban como si fuesen a dejar huir a la tibia y al peroné.
Como si hubiese una trinchera y los contrincantes estuviesen situados a un lado y otro. Aun siendo así yo no deseaba la violencia, la sangre, el dolor, la muerte, para nadie, ni la del enemigo, ni la de mi gente y mucho menos la mía. Cada vez que iba al dentista, pensaba que si el torno me aterraba, ¿como iba a aguantar más de un minuto en una sala de tortura?
No iba en camino de ser un hombre de verdad.
Era un púber, pero el terror de las noches, la culpa por ser tan cagón y no poder ir a liberar a mi viejo, ni entonces, ni en un año más, ni un milenio de sal y fuego o de merengue y cacona, dejaban claro que podría ser cualquier cosa, menos uno de esos valientes de verdad que exigía ese machismo patriarcal.
Hoy ningún niño tiene que sentir vergüenza de no tener valor para ser guerrero. Ni ninguna madre o padre los humilla llamandoles cobardes si en vez de pelear con quien lo insulta, se agarran a al pantalón o a la falda. O al menos eso debería desprenderse de este tiempo de igualdad. Hoy los novios no tienen que acompañar a las novias la casa, sino que se alternan y cada uno va solo a su casa. Yo tuve muchas novias más valientes que yo, y siempre me preguntaba porque debía acompañarlas yo a ellas y volver solo por esas calles plagadas de fantasmas negros agazapados en cada esquina con una navaja. Los machistas no salen a pelear con hombres que abusan de mujeres, porque eso era ser macho, no pegarle a la mujer sino fajar a quien les pegaba, hoy se llama a la policía, nadie se expone a golpes innecesarios. Hoy un hombre debería poder decirle a su esposa, tú eres más valiente que yo cariño, ve tú a la guerra que yo me quedo cuidando a los niños. Hoy una mujer debería decirle a un hombre, deja, quédate en casa, yo voy al barco pesquero a hacer la campaña del bonito en el mar del norte por ti, o "quita, dame el alquitrán que yo voy a asfaltar la carretera", o a poner ladrillos en el piso treinta y dos bajo nieve, lluvia o sol de justicia.
Los callos en las manos eran cosas de hombres.
Pero lo cierto es que esa parte todavía no se ha andado, ni siquiera una pizca. Tampoco se ven congresos ni manifestaciones para reivindicar la paridad en esos trabajos tan denigrantes y peligrosos, tan machistas como que solo los hombres sean ministros y directores, mientras todo esfuerzo de paridad se ha centrado en ese segundo caso, que solo ha gozado el 0,01% de los hombres a lo largo de la Historia. Toda moneda presenta dos caras, todo recho comporta un deber o un sacrificio.
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