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El blog de martinguevara

Evergreens

7 Marzo 2022 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Relax

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Dana tenía claro que si se iba de Beaverton sería hacia el sur. En el pasado habría tenido sentido irse al estado de Washington, ya fuese a Seattle, donde se estaba cociendo mucho de lo importante en una sociedad civilizada y un fuerte movimiento musical, que como ya era tradición desde los años sesenta,. todo lo musical implicaba una actitud, una filosofía y hasta una aproximación ideológica. O quizás al norte donde los mismos evergreens de Oregón eran igual de perdurables durante el año, de un verde más oscuro que debía resistir a temperaturas más bajas, pero igual de intenso y de robusto, con lagos, paisajes de ensueños, fauna, flora y gente generosa y amable. pero todo eso había cambiado, no era menos cierto que en California hacía más tiempo aún que el brillo de eso mismo había desaparecido, pero como había sido mucho más intensa la presencia de una corriente que hizo frente a los poderes más fuertes del país, también el poso era más consistente, la herencia más presente, los otrora esnobismos eran ya rasgos de ciertas ciudades, incluso de ciertas leyes.

Pero también Dana tenía en cuenta que había mucho Oregón formidable entre la frontera con California y Portland, la gran ciudad de la que era subsidiaria Beaverton, último punto de llegada del Max, el tranvía urbano portlandés, que era gratuito dentro del casco de la ciudad, y realmente económico fuera de los límites marcados por los dos cursos del río.

Esperó al fin de la fiesta de la cerveza, al costado del río, en ese recinto de jazz y amigos que se reunían a beber unos chopps o pintas de brebaje autóctono, preparado en los campos que cada vez se dedicaban más al vino, competencia firme que el había surgido al estado de California en el valle Willamette, donde su antiguo novio alemán se había puesto un viñedo de Riesling sin la más mínima brizna de éxito comercial, pero todo el suceso social toda vez qeu no había día que su finca no estuviese poblada de amigos, conocidos y hasta extraños bebiendo unos blancos fríos.

Dana amaba todo aquello, pero tenía que abandonar la ciudad, sus alrededores, y sobre todo la librería Powell's, una manzana entera de cultura, de historias, de cafés eternos en días que no sabía como lidiar con la pesadumbre con que cada minuto se tomaba su deber de pasar, de acabarse, de difuminarse en el siguiente hasta que llegase la hora de comer algo, y la de cerrar, y la de irse, y la no poder dormir hasta casi la madrugada. Suerte que en Beaverton estaban esos dos lugares tan maravillosos, el Black Bear Diner, donde se sentía como en el edén, atendida por esa señora gorda tan amable como una tía, y por esos dos camareros que le miraban el escote casi sin disimulo, cosa que ella no buscaba provocar pero tampoco evitaba ni le resultaba molesto en absoluto. No en aquel bendito rincón de hamburguesas, papas fritas y costillas. Y también ese pequeño restaurante mejicano que no era Tex Mex, sino auténticamente mejicano, tanto que las salsas estaban presentadas en pomos plásticos con el nombre en una tirita de papel escrito a mano y pegado con scotch tape por los costados, y alguna de esas salsas no eran las que podían verse en los Tex Mex, había una en un bote blanco que directamente era fuego en estado espeso.

No movía el coche en dirección a la ciudad, siempre tomaba el Max, allí sentada esperando llegar a su parada, había conocido al menos a cuatro hombres que se encontraban entre las categorías de novios a amantes, se divertía mirando a la gente de la ciudad caminando por la calle, subiendo o bajando de su vagón, y a quienes viajaban dentro. eso le recordaba Nueva York donde había vivido dos años y el metro era su segunda residencia, aunque en la gran ciudad había más que mirar, naturalmente.

Apenas terminase el festival de la cerveza, sin despedirse de sus amigos, sin decirles nada se iría hacia el sur. Quizás en Salem o en Eugene pudiese quedarse un tiempo, ganar algunos meses, sobre todo pasar desapercibida, alquilando una casita pequeña, un flat o incluso una habitación con baño, a lo mejor así se podía permitir un lugar más coqueto.

No podía tomar aquello como una fuga sino sería sentir una losa desde el inicio, tenía que imaginarlo como unas vacaciones, como una inspección del país, lo que hace la gente en un año sabático, explorar el medio circundante y de paso a sí mismos.

Sin ocultar nada, pero quizás haciendo menos evidente la alteración y los rasguños, las borracheras y los colocones que había exhibido ultimamente. Tenía que pensar rápido, no demasiado pero bien, llevarse lo justo, lo que cupiese en una maleta de mano, de las que se permiten en los más baratos de los vuelos de tarifas bajas. La última tarde, que se hizo noche, Dana se rió mucho con Pearl y Ken, había un pelirrojo bailando con el torso desnudo al son de unas trompetas de jazz estilo Dixieland, tenía una barriga inmensa y en lugar de avergonzarse de ella, la movía con una gracia que cautivó a muchos asistentes a la feria, tanto que hicieron un corro a su alrededor y cada vez que movía la panza como poseído por la electricidad, lo alentaban y celebraban con pequeños aullidos. Todos, incluídos el panzón tenían gruesos vasos de distintos tipos de cervezas artesanales en sus manos. Dana se quedó mirando a uno que daba vueltas en ocho del otro lado de la cerca, en la vereda que flanqueaba al río, montaba un ciclo y vestía la mitad como Darth Vader y abajo una falda escocesa, iba tocando una gaita. El sol caía tenue, desvencijado, rendido, sus amigos reían, el gordo hacía danzar su vientre como la mejor de las odaliscas mientras un híbrido de la Guerra de las Galaxias y Braveheart, parecía desearle una extraña mezcla de suertes con la música cervezal que expelía su instrumento.

Y Dana se abrió paso entre la costumbre de soportar todo lo que le viniese, entre las miradas interiores de muchedumbres de ancestros encadenados y no paró hasta Klamath Falls.

Scottish Darth Vader in Portland

Scottish Darth Vader in Portland

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