Cuba ha entrado en un nuevo y alentador período de construcción del “Nuevo Socialismo”, con algunas sensibles diferencias con aquel socialismo real que intentó a toda costa introducir en el carácter festivo del caribeño.
¿Cómo hará el Comité Central del Partido para modificar ese conjunto de gustos tan arraigados en el espíritu revolucionario, austero, casi asceta, que según ellos se apoderaron del deseo colectivo cubano de la post Revolución?
Durante más de seis décadas y media el cubano vivió depreciando los modos y costumbres viciosos del mundo capitalista. Por tal razón más que soportar, eran felices si tenían un sólo par de zapatos, y cuando solo eran los Kiko plástic su felicidad era exultante, una estoica jarra de agua en el refrigerador, una cama que se caía a pedazos hacia abajo y los resortes hacia arriba, y una capacidad de convivencia y comunicación insólita con mosquitos y cucarachas en contraste con su rechazo al nada ecológico repelente.
Por ello es importante advertir al visitante, al incauto turista, al desconocedor de los parámetros estéticos y los límites del sacrificio del pueblo cubano, en pro de que no vaya a confundir el paisaje de ruinas en colores pasteles, los borrachos, la estética minimalista en el vestir, en el calzar, en el vivir, con drama alguno, entienda que eso es una decisión soberana y meditada de los habaneros, que prefieren su ciudad desmoronándose y perderse en la contemplación del desprendimiento del ladrillo, del revoque, del balcón, prefiere gozarla intensamente fotogénica, mil veces antes que padecerla desarrollada y confortable.
Precisamente en ello radica el carácter autentico del cubano. El cubano prefiere con creces pernoctar en los antiguos y derruidos edificios habaneros conocidos como "solares" donde de modo identitario, escasea más la luz que en le resto de la oscuridad y el agua se pierde más que el amor. Abarrotado de familias es como el cubano la disfruta a full. El techo bajo que duplica el calor se llama barbacoa y hace las delicias del cubano.
El cubano debe a su espíritu aventurero el disfrutar de cada minuto de esa incógnita en que no se sabe si el techo se le derrumbara encima o si se precipitará hacia la acera junto a su balcón.
Además el cubano siente verdadero solaz, retozo, gozo, placer, algarabía, felicidad de saber que el visitante extranjero descansa en un Hotel con todas las comodidades que él no puede, ni por supuesto quiere disfrutar, el cubano vive feliz sabiendo que su hermana, su tía, y hasta su esposa se ausentan de la casa en la noche, para hacer las delicias de ese visitante extranjero, para que regrese a su país habiendo tenido una experiencia integral, una visión completa de la isla.
El cubano desprecia la langosta, los mariscos todos, los buenos pescados, las salsas ricas, el ron y los tabacos de calidad; por supuesto no puede ni ver la carne vacuna, y si se trata de un buen chuletón, puede hasta ocasionarles un paro cardíaco: el cubano detesta la fibra de la cárnica.
En su lugar ama una masa amorfa de olor penetrante, llamada "pasta de oca", propuesta por la dirigencia como solución revolucionaria contra la perversión de los sabores pequeño burgueses, idea de Guarapo, el barbado líder espiritual, el que más se sacrifica privándose de todos estos placeres en su insufrible espanto de mansión en el ex hoyo 2 del ex campo de golf del ex Biltmore Yacht Club de la ex exclusiva aristocracia habanera, rebautizado revolucionariamente: Punto Cero. Al cubano le priva el arroz con gorgojos, el café de chícharos, la pizza de condones, el bocadito de aura tiñosa. Mientras el cubano vea que el visitante extranjero disfruta de sus hermanas, primas, madres a veces hasta esposas, y que ingiere todas esas cosas llenas de sabores enemigos del proletariado por las que el resto del mundo suspira, el cubano es feliz.
Otra cosa, el cubano ama la bicicleta, a ser posible sin velocidades, y lo que más le gusta es manejarla loma arriba especialmente bajo el sol más justiciero del verano, para ir a buscar una cabeza de ajo, un par de tuercas o una lata de pintura sustraída al Estado jalando tremendo pedal desde Santos Suarez al Vedado.
Le encanta esperar horas un transporte público, esconderse tras una mata hasta que para y desprenderse a correr para mantener la forma, hacer bíceps y dorsales yendo colgado y la cubana ama el jamoneo de la guagua. Ama la cola, la fajazón, llegar muy tarde a la casa extenuado de cansancio y con la barriga vacía que es cuando se encuentra el sentido de la vida, la esencia de la existencia.
Mientras él vea que el visitante foráneo viaja cómodo en sus coches de alquiler, en sus fatuos, frívolos, insustanciales ómnibus de asientos acolchados con aire acondicionado, comen bien, beben lo esos rones imposible de años de estacionamiento, se baña en playas de arena insoportablemente blanca y fina, con esas ridículas tumbonas y mesitas con cervezas frías , disfruta del golf, del buceo, del yatismo, entonces ahí es cuando el cubano se siente revolucionariamente realizado.
¿Cómo podría ese altivo pueblo desistir a duras penas del deleite de manjares como la pasta de oca y el arroz con gorgojos?
Por eso exige más que pide ¡Cualquier cosa que no sea la imposición imperialista de la langosta y el jamón!
Manjar de arroz con gorgojos y Exclusiva esquina de La Habana Vieja despepingada.