Blues de William y Ludwig.
29 Febrero 2012 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Argentina frizzante, #Relax
Al poco de regresar a Buenos Aires, fui a vivir a una pensión del barrio de Flores, de habitaciones de madera noble y escaleras anchas, y una señora de peinados y costumbres tan antiguas como reconfortantes que oficiaba como anfitriona solía decir:
"Todos tenemos algún defecto, no ocurre así con las virtudes".
Yo había decidido dejar de beber, y lo estaba cumpliendo sin ayuda de fármacos ni de grupos de apoyo. Hasta la fecha llevaba tres años bebiendo a pinga de palo, mañana tarde y noche pero mi cuerpo era joven y la afición aún no me había minado. Le pagaba por habitación y desayuno, pero todas las noches me traía una sopa o un sándwich, decía que yo le recordaba no sé a que pariente. Al oír cualquier elogio solía bloquear los bolsillos y destrabar la bragueta y sabe Dios devorador que entonces nada me habría gustado más, pero aquel no era el caso, ningún decoro habría alcanzado para convertir el cortejo en adecuado. La señora guardaba apariencia antigua, pero no presentaba aspecto de vieja, su figura esbelta, la fuerza de su mirada y el sinuoso e impreciso talle de sus vestidos, presagiaban sorpresas, que salpicadas de la diferencia de edad, el cuidado dispensado y el ensayo de mis desempolvados modales pequeños burgueses alimentaban los patitos que cada vez más anárquicos navegaban en zigzag sobre el agua de mi laguna.
En aquel sitio después de las horas de trabajo, me sentía con una contenido y ello, paradójicamente representaba la libertad más absoluta. Como si me permitiese mirar hacia el horizonte y me invitase a elegir el camino que quisiese sin agobio. Entonces me dije ¿por qué no leer la obra de Shakespeare? La tenía en el trabajo traducida al castellano en volúmenes de Ediciones Cubanas, bajo los títulos de Dramas históricos, Tragedias y Comedias, sin ese contén que me brindaba esa libertad jamás se me habría ocurrido dedicar tanto tiempo al viejo de Stratford-upon-Avon. Solo me dejé los sonetos. Así fue que me enamoré para siempre de la literatura de Shakespeare, porque aún cuando había pasado tanto tiempo y procedía de un sitio tan distinto culturalmente, hablaba con un lenguaje atemporal de temas tan universales, de asuntos de todas las personas, que parecía escrito por un compatriota contemporáneo atravesando las ciudades y los campos con una mochila al hombro y observando todo a su paso. Era teatro sin embargo la calidad literaria era única, ¿quién se atrevería a ser tan directo después de Shakespeare? Sólo hubo uno y había escrito mucho tiempo atrás en la nubosa Inglaterra.
En aquellos días compré mi primera walkman, era roja y me pasaba el tiempo libre con ruido rítmico melódico y armónico directo al oído al tiempo que los gruesos libros en la mano. Lo de no beber tenía su cosa. Le di un descanso al rock y al blues, para escuchar música clásica. Me pasó con Beethoven lo mismo que con Shakespeare. La sopa de la anfitriona era realmente exquisita.
Mozart representa para mi la belleza en las formas, la gracia, la variedad inagotable, el trino el gemido del orgasmo y el salto por la ventana de la morada de la adúltera; Bach sin embargo es el reposo, la belleza del contenido, el olfato, el tacto con el anverso de la mano, la caricia del aire tenue, la tibieza del sol comedido, la suavidad del terciopelo y el descanso en el cuello mullido. Beethoven es el toro, el rayo, el trueno, la ola gigante de mis pesadillas y el barco de mis sueños, el crepitar del fuego, la copula entera, la pelea a puñetazos, el galope, el disparo en la batalla, el petate del caminante silencioso, del que asumía riesgos; también era el herido, el perdedor, el malquerido, el difamado, el desterrado, el borracho.
Beethoven es un semidios veterano acaso menos sabio que el Dios Bach y quizás menos enérgico que el brillante arcángel Mozart., pero es el único del panteón perpetuo que aparece en todos y cada uno de los baches y destellos del firmamento.
Las sopas de la anciana, la madera de su casa en medio de mi abstinencia, las palabras de William y el piano de Ludwig, los dos mayores clichés perpetuos, quedaron atrapados no muy lejos de los blues, donde atesoro mis defectos favoritos.
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