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El blog de martinguevara

El arpa.

21 Febrero 2012 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Relax

 

 

 

El arpa

Hace poco vi un programa de televisión, en el cual un científico le preguntaba a otro si creía que el arte es patrimonio exclusivo del hombre, a partir del hecho de que unas aves neozelandesas, creaban unas figuras con pétalos de flores para atraer a sus parejas.

Quizás lo que para nosotros se consiguiese conformar en una obra de arte, para el pájaro no lo fuese del todo, y estuviese más relacionado con el apareamiento, o el simple gozo de la cópula. Lo cual no descarta otro aspecto, quizás más sorprendente, relacionado también o más aún con la superioridad animal.

La noción del Yo.

Tanto el pájaro austral que llena de pétalos el suelo para seducir a una pareja, como el pavo real cuando se pasea con su abanico de colores, recrean y barnizan la realidad, pero con una finalidad de carácter útil, lo cual los aleja del arte, el complejo hecho de la expresión de lo intangible, de lo posible pero irreal, de lo veraz improbable, no predomina frente a la utilidad, sin embargo la manifestación de la individualidad, de la distinción personal, sitúa el hecho en un escalón también generalmente reservado a los humanos. Aunque no podamos descartar del todo el posible el anhelo del artista de que su obra concluida al ser alabada camufle a su vez un subrepticio método de seducción, eso sí, de elevado carácter espiritual. "dame las nalgas a la luz de la Luna".

El conocimiento del Yo y el deseo de ser elegido gracias a elementos que modifican el parecer del otro, que transforman la percepción de su persona, nos pone en presencia de un fenómeno tan sorprendente de inteligencia de esos pájaros como el conocimiento del arte.

El pájaro no solo es capaz de decirle a su pretendida "Mírame, yo soy distinto de este otro"- sino que además le dice "Mírame, yo soy distinto de mi mismo, ya tendrás tiempo de constatar mis verdaderos bríos, de calibrar mi calado real, mientras, deja tu imaginación volar, cariño"

Los grupos de monos no se andan con las florituras de los pavos reales para aparearse, más bien tiran de la fuerza para demostrar con quien conviene tener la fiesta en paz.

¿Explica esto de por sí que es más evolucionado el uso de la fuerza que el arte de la seducción para el apareamiento?. Desde luego la naturaleza así parece sugerirlo.

El hombre no prescinde de ninguna de ambas, se viste, se pinta, se nutre de elementos atractivos alrededor, se pone casas que enamoren, perfumes que atraigan, pero llegado el caso se muestra un tanto hosco cuando la democrática actitud de los pájaros neozelandeses no surten el efecto perseguido, y se lanza con una propuesta menos sagaz aunque más atrevida:

-Se acabaron las tonterías, dame lo que quiero o te las verás conmigo.

¿Será que la calma necesaria para llevar hasta sus últimas consecuencias la actitud civilizada, democrática, pacifica, constructiva para alcanzar una sociedad mejor, un mundo que prescinda de prácticas violentas, de reacciones que a todos nos involucran perjudicándonos, en tanto destruyen la concordia y la armonía, debemos rescatarla de algún tramo perdido de la evolución, en que sucedió la transformación no ya del mono en hombre, sino del ave neozelandesa en mono?

O si la característica de suprimir al prójimo, ganarle en la contienda, comprarlo o atemorizarlo, que precede en el desarrollo de las especies y las relaciones, a la seducción, se impuso como prioritaria en las especies más desarrolladas en el uso cotidiano, para preferir sojuzgar a persuadir, gracias a su eficacia inmediata y porque en definitiva la violencia, la usurpación, la conquista sean acaso impulsos más inherentes a la especie humana que la respetuosa espera de la elección del otro.

A los humanos, animales que debieron abandonar el limbo para luchar contra los caprichos del medio ambiente, no será fácil convencerlos de que para obtener un mundo feliz, lo mejor será usar los medios cordiales, amables y gratos, a riesgo de quedarse con la miel en los labios. Pero una vez lo hayamos hecho, habremos logrado alcanzar en sabiduría a tan proverbiales aves incluso superarlas, siempre que algún destructor de certezas, que siempre los hay, no consiga demostrar que además, esos pájaros disfrutan del arte como enanos.

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