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El blog de martinguevara

Rejas

23 Enero 2014 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Relax

 

 

Hace muchos años, cuando recién empezaba la secundaria en la Felipe Poey, también conocida como la “anexa” porque había sido anexa a la Universidad de La Habana, de hecho en la escuela se podía disfrutar de la biblioteca, de las áreas de estudio y de las instalaciones deportivas de la universidad que eran excepcionales, me dio por fugarme de manera compulsiva. Al principio me escapaba con mi eterno amigo Carlitos Cecilia, al que me veo honrado en llevar en el alma ya que nos dejó tras un cáncer devastador a la edad de veinte años, siempre nos íbamos primero a su casa.

A veces consumíamos toda la provisión de huevos y de salsa de tomate Vita Nuova experimentando en novísimas formas de tortillas vespertinas, y a veces salíamos a caminar por la calle Infanta, donde deambulaba a su aire el conocido como único mendigo de La Habana, el “Caballero de París” y donde también aún se podía oler ese aroma almizcle de los inmigrantes chinos que recalaron en 1950 huyendo de Mao en la calle Zanja, para que les cayese cual maldición la desgracia de Fidel.

Había uno que muy probablemente habría quedado tocado y hundido por semejante tribulación, al que siempre lo homenajeábamos con una frase que parecía molestarle hasta el paroxismo y que tras decírsela al pasar debíamos salir disparados a toda velocidad, y sobre la cual hasta hoy, ni siquiera tras un año de aprendizaje de idioma chino y las pesquisas de internet, tengo ni idea del críptico significado que contenía aquella voz unificada en varias gargantas de adolescentes típicamente idiotizados por la edad mil veces más propia del cuerno de África que de la Manchuria : ”Chinito, Tu lama Kalimbambó!”.

Y la otra mitad del tiempo me escapaba del colegio para ir al zoológico del Nuevo Vedado.

Hubo días que llegué a tener comunicación con animales verdaderamente singulares, como la pantera negra o el elefante, establecimos nexos esporádicos, abruptos, sin embargo tan o más profundos y reales que los que había tenido esa misma mañana con mi madre o con la camarera que me servía el desayuno.

Pero ninguno como mi amigo el chimpancé. Nunca supe si era amigo o amiga. Nunca supe la edad ni el nombre, pero pasamos tres meses comunicándonos cuando no había casi nadie en el Zoo y yo llegaba con mis galletas envueltas en servilleta del desayuno del Habana Libre y él o ella me obsequiaba media naranja, al principio no entendía bien para que, hasta que me di cuenta de que quería hacer trueque. Pasé horas mirando los ojos y las muecas de mi amigo chimpancé, cuando el jefe de la manada Pancho, se enfadaba y comenzaba a dar golpes para que todos se fuesen a sus casetas, el último en irse era mi "amigue". Recién entonces Pancho comenzaba a tirar heces a través de los barrotes, mierda a diestra y a siniestra. Mierda por aquí, mierda por allá. Y cuando Pancho a quien no parecía provocarle mucho placer el verme llegar a media mañana, se calmaba, mi amigo retornaba a su lugar predilecto a compartir naranjas y miradas. El resto de muchachos se escapaban para divertirse en grupo, buscar bronca en pandillas, robar un dulce, ensuciar una ropa colgada, dispararle a su coco, o contar mentiras en una esquina, la pasión que me transportaba de dimensión era mi amistad con un ser mucho más de mi especie que los que, para salir del embolado, decían las mismas estupideces que yo.

El día que enviaron a un mensajero al Hotel para comunicarle a mis responsables que hacía cuatro meses que no iba a clases y que no sabían nada de mi, no fue tan duro como lo fue para Carlitos Cecilia cuando al cabo de un mes le avisaron a su padre que era coronel de las FAR que no iba al colegio y se escapaba conmigo y vivió aquello con una escenificación de constricción tal que tuve que dejar de ir a los Carlitos por unos meses, pero aún así, aunque no tuve un castigo especial , ni aquello logró que me diesen mucha más bola que la ordinaria, aquel día no pude ir al Zoológico a despedirme del singular amigo como habría sido lo adecuado.

A lo largo de los años, más de una vez me he despertado sofocado, angustiado con la seguridad de que está por ser descubierto un crimen que llevo toda la vida guardado en secreto o de que está por llegar una carta a mi casa y a la historia que tengo montada le queda un suspiro para desmoronarse, y que nunca más volveré a ver al chimpancé que entendía la mirada.

En honor a aquel increíble amigazo.

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El Caballero de París y La Calle Zanja.
El Caballero de París y La Calle Zanja.

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