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El blog de martinguevara

Mi Borges

14 Junio 2016 , Escrito por martinguevara Etiquetado en #Argentina frizzante

Mi Borges
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Yo leía a Borges mejor en tardes aciagas que plácidas, esas cargadas de calor húmedo aunque atenuadas por la brisa del mar habanera que todos querían soplar en la dirección opuesta, porque mi madre, aunque viviésemos en medio de esa locura de prohibiciones y alecciones, en esto fue tajante. Aunque no entrasen libros a Cuba de los mejores escritores clásicos ni de moda, a Borges y a Cortázar ella los tenía en casa y los defendía tanto como a los long plays que había debajo de a ese tocadiscos Sanyo de dos bafles.  De vez en cuando citaba un verso, un pasaje de un cuento, de una novela, emitía una reflexión para que su hijo aplatanado recogiese reminiscencias de San Telmo. Mamá descionfiaba del Borges clasista que ella imaginaba del Alvear a la Biela, pero amaba todo lo que había escrito y fue eso lo que me llevó a leerlo por ósmosis. También lo del Alvear a La Biela.

Mamá se mostraba neo-peronista después de que mi viejo la dejase varada en La Habana con los tres pibes, para así contravenir a los Guevara de la isla, con mi abuelo en la cabeza, gorila de corazón "porque Perón era fascista" (como también repite este humilde servidor) y también porque hizo buenos amigos exiliados argentinos pertenecientes al peronismo de izquierda, que siguen y seguirán siéndole fieles más allá de la vida. Pero aún proveniendo de ese montículo de brea y sal que eran las apreciaciones de mamá entonces, me infundió cariño y respeto a ese hombre, que según ella me enseñó, al contrario de lo que los intelectuales argentinos de la izquierda de aquella época pensaban o propagaban, amaba y conocía  profundamente el ser argentino.

En toda América y en Argentina en aquellos años en especial, se intentaba ubicar a Borges en las antípodas de la argentinidad merecida, de lo más granado y puro de la literatura sureña, del ser nacional. Buena parte por intereses espurios y otro tanto por desconocimiento, por haber trascendido su manifiesto deseo de morir en Suiza, su adoraración a las sagas nórdicas, porque impartió veinte años clases de literatura inglesa y norteamericana en la Universidad de Buenos Aires, por amar la poesía y la cultura inglesa, por saber tanto de filosofía sin ser filosofo, tanto de la grandeza y la miseria de la literatura germánica (y celta si vemos a los irlandeses Yeats y Joyce como celtas), y conocer tanto los intersticios guarecidos en que se refugia el guerrero frente a la desolación del desamor, saber tanto de la vida sin ser un vividor.

Por similares razones que a Victoria Ocampo y Bioy Casares, aunque a Bioy con su trabajo como administrador de un campo de los Casares  le concedían el perdón a merced de ese aire pampeano recogido de su pariente Benito Lynch o aspirado de Mujica Laynez, que le bastaban para ser valedor de una Argentina, a la que perteneció, pero ni de lejos fue sobre la que más escribió. A Borges, se lo escoraba también por su "apoliticismo" sospechoso en tiempos en que los intelectuales "debían" adscribir y suscribir ideologías, declaraciones, pasquines, corrientes de liberación, y lanzar zarpazos coquetos con garra de clase media pro Mayo del sesenta y ocho francés, a una oligarquía  extranjerizante, para lo cual paradójicamente se sirvieron más que nunca de los muy pampeanos Marx, Lenin, Freud, Lacan, Bretón, Aragón, Hernández el español, Luxemburgo, Althusser o Mallarmé, en lugar de las nutridas fuentes nacionales, con fuerte olor a alpargata de estanciero y peón.

 Pero ni Borges ni Ocampo ni Bioy eran de clase media.

Cuando leí “La Intrusa” pensé ¿habrán leído a Borges?, todavía hoy no he encontrado un relato que me describa mejor al hombre de campo, al telúrico facón, los celos, al silencio, a la omertá autóctona, al viento, al caballo y al hombre con sus extremos, que ese corto y nutrido relato tan argentino.

¿Cómo no va a ser argentino de su época y de su clase si amaba el campo, el caballo, el héroe caído, el solitario, el gaucho, o al maula del tango, sobre el que tanto sabía? Describía una pelea a cuchillos como sólo pueden hacerlo los norteamericanos a partir de Mark Twain, ¿Cómo no va a ser argentino de primera fila si conocía la obra de Xul Solar, de Evaristo Carriego, Martínez Estrada, Macedonio Fernández,  Baldomero Fernández Moreno, como nadie?

Si con todo lo que criticaba al idioma español hablado por los españoles, conocía Cervantes e interpretaba el Quijote dentro de la literatura hispánica y Universal, como ningún pacato de los que más tarde fueron más argentinos que el ombú y la fainá.

Fue la guinda del que probablemente haya sido el mejor pastel literario de América, la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo quien desde el primer número dejó claro a quienes iba dirigida:

“Waldo, en un sentido exacto, esta revista es su revista y la de todos los que me rodean y me rodearán en lo venidero. De los que han venido a América, de los que piensan en América y de los que son de América. De los que tienen la voluntad de comprendernos, y que nos ayudan tanto a comprendernos a nosotros mismos.”

Borges, además de haber encarnado al argentino de su clase en su imaginario, aportó a la literatura del mundo entero la magia de conocer su avatar inserto en una cultura preservada y escamoteada, en el remoto sur de los patagones. Fue uno de los mayores exponentes de la poesía y la narrativa del siglo XX para Occidente, admirado también en Oriente por su pasión por el pensamiento y la moraleja. Su sabiduría de viejo vizcacha, dejó que Atahualpa Yupanqui lo admirase como a un paisano, que Cortázar resumiese la nostalgia a su tierra en la lectura a Borges, que Mick Jagger se levantara de una cena para sentarse junto al maestro y decirle que era un honor conocerlo, a lo que el maestro le replicó con su habitual cortesía:  -Ah usted es el autor de esa canción- la cual, cuenta Kodama que se la reveló tarareándosela, para sorpresa y orgullo del Stone.

Borges, Borges y Borges

todo lo demás es aprendizaje

Atahualpa habla de Borges

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