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31 enero 2021 7 31 /01 /enero /2021 20:59

Jair o gaucho era de familia italiana del sur de Brasil, estaba en Sao Pablo pero ya le picaba el bicho de irse a otro estado con las pertenencias de alguien. Yo le dije:

-Jair ¿por qué no te  sacas la nacionalidad italiana y te vas allá a trabajar? Un día te van a agarrar y aquí tú sabes mejor que yo que “malandro morto é bom malandro

Él no era ladrón, lo hacía por la adrenalina, trabajaba duro pero de vez en cuando necesitaba ese subidón, de todos modos a cualquiera que no haya vivido en aquel Brasil es muy difícil explicarle.

Así se fue a Río, desplumó la taquilla de su compañero de habitación en la pensión donde dormía y se fue de madrugada.

Yo llegué a Río un par de meses más tarde, tras dar un buen rodeo a carona con Joao Bautista Pintos, un fiel parceiro que conocí en un hotel de mala muerte en el puerto de Santos. Joao no quería de ninguna manera llegar a Rio, ni siquiera a las inmediaciones,  de hecho, cuando ya agotábamos los pueblos de la carretera Sao Pablo-Río, tras pasar por Guarujá, Parati, Angras do Reis, Ubatuba, llegamos a un pueblo costero de los últimos antes de Río que se llama Mangaratiba y Joao no estaba tranquilo. En un momento que paseábamos por el centro dos tipos nos miraron porque otro nos señaló desde unos cien metros, y Joao me dijo:

-Vámonos de aquí a donde sea, nos marcaron porque no quieren maluqieiros, ni gente extraña que llega de o vaya a Río, nos van a matar.

Claro, escuchando eso de un compañero de carretera con el que habíamos andado cientos de kilómetros y visto de todo, y nunca había perdido la risa, me alarmó y como se suele decir: me cagué.

Fuimos a una iglesia bautista, habíamos acordado que en el camino Joao hablase con los religiosos porque él lo era, y sabía como entrarles, y yo con los encargados de hoteles y restaurantes porque era extranjero y me prestaban más atención.  Y dentro de los religiosos, Joao decía , con buen criterio, que los curas católicos conseguían albergue o comida, pero jamás dinero. En cambio los pastores al revés. Estaba tan asustado que ni siquiera quería dormir en un sitio seguro porque de todas formas debíamos salir a comer o buscar como seguir viaje y creía que ya nos tenían marcados para servirnos con papas fritas.

Fue a ver a un pastor, y a la primera, regresó con tabaco y papel, le pregunté ¿te dio tabaco? –no, me dio dinero y fui a comprar tabaco-

Ahí mismo fuimos a la Rodoviaria y tomamos el primer bus a Río de janeiro. Pero Joao todavía menos quería llegar a Río, yo le decía que estuviese tranquilo, que tenía un amigo, Jair o gaúcho, que estaba en un restaurante, Sat’s y nos iba a conseguir trabajo con el dueño, que ya me lo había dicho en una llamada por teléfono que me hizo al restaurante O Comilao de Sao Pablo donde habíamos sido compañeros de trabajo, cuando ya consiguió asentarse en Río.

Así y todo Joao no quería saber nada, me doblaba en edad, era brasilero y había recorrido varias veces el país ¿qué no habrían visto sus ojos? Pero decidí no volver a dejarme influenciar por ese miedo, aunque confiaba plenamente en mi amigo, quería regresar a Río, donde sólo había estado un día infausto, inolvidable, pero sólo un día.

Cundo llegamos llamé a Jair, me dijo que fuésemos al restaurante Sat’s al lado del morro dos Macacos, fuimos, me saludó efusivamente, me dijo que tenia un lugar para que pasásemos la noche, Joao no quería ir a un albergue como hacíamos en el camino, no en Río.

Un hombre nos abrió un portón de un parking, y luego la puerta de una caseta, nos dio unos cartones para tirarnos sobre ellos, y nos explicó que cerraría la puerta con candado para que no pudiese entrar nadie, y que a las siete nos abriría, si queríamos orinar en una esquina había un latón. Al recordar aquellas situaciones ni siquiera entiendo como pude haber estado ahí, hoy ni siquiera consigo dormir si no tengo colchón,  topper, edredón, cuatro paredes y un baño en condiciones.

Tal como prometió a las siete abrió el candado y nos trajo dos cafés, un pedazo de pan y un periódico, como si hubiésemos dormido en la suite del Ritz, el diario enseñoreaba una noticia en primera plana, dos cabezas cortadas. Había habido un ajuste de cuentas y les cortaron la cabeza a dos de la otra banda, desde la guillotina de la revolución francesa no se escuchaba hablar de decapitaciones, no eran frecuentes ni siquiera en los campos de la Alemania nazi. Todavía no había hecho su aprición estelar el sumún del hampa mejicano de los carteles que hicieron cotidiana esta práctica. Ahí entendí a Joao, era como una oda a la violencia, como demostrar que no hay límite. Dos cabezas cortadas en una portada del periódico con el exquisito cafezinho brasilero y un pan caliente para empezar la mañana.

Jair me dijo que había trabajo para mi limpiando cacerolas, fui con Joao a una cafetería a comer algo y tomar algo para despedirnos, una mujer hablaba en voz alta de su relación con la que tenía tomada de la cintura, y , según ella, con varias más, decía “eu sou zapatao” de manera orgullosa, recién ahí después de llevar meses en Brasil supe que así llamaban a las lesbianas.  Nos dimos un abrazo de los de hasta siempre, me comentó que dormiría en un hotel porque su hermana le había podido enviar por fin algo de dinero, y al día siguiente partiría al exilio a cualquier otra ciudad, yo tenía todos sus datos en una pequeña libreta, mi gran amigazo Joao Bautista Pintos, a veces cuando pienso acerca de que será de su vida, una pelusita me entra en el ojo causando una súbita irritación.

El restaurante era un Rodizio, la típica parrillada brasilera al espeto, muy bueno, enorme, rápido supe en todo lo que estaban metidos los tentáculos del dueño, Jorge Guerra, jogo de bicha, en escolas de samba, y al parecer, en algún asunto aún menos legal. Me dio una cama  para dormir arriba del restaurante, donde ya dormía otro empleado que barría el local, pero era un ambiente muy grande hubiésemos cabido sin estrecheces más de dos, me enseñó a trabarlo con una viga de madera. La gente en Río se toma seguridad muy en serio.

El segundo día de limpiar calderos llegó un chaval joven también a lavar vajilla, hablaba mucho y hacía chistes, se le unió el hombre de confianza de José Guerra, terminó el día y en la noche cuando me iba a dormir, empiezo a escuchar gritos, el compañero de morada me llamó para mirar por una ventana, no se veía mucho, pero sí varios hombres rodeando una mesa y le daban con un cinturón a un desgraciado que no paraba de berrear, entonces se escuchó claro que le preguntaban por qué había entrado a robar, que a Guerra no se le hace eso, y otra vez cinturonazos. Yo creí que no lo contaba, los demás eran policías vestidos de paisano, lo soltaron sin ropa, le dijeron ¡corre! y tiraron un tiro al aire, mirando como el tipo corría en calzoncillos casi sin tocar el suelo. Me quedó claro que con Guerra no se jugaba. Al día siguiente me enteré por Jair que era el chaval que había entrado el día anterior, el alcahuete se había juntado al ladronzuelo y cuando este le contó que entraría por la noche, le avisó a Guerra y lo estaban esperando como cosa buena.

A veces iba a la playa Ipanema, por la mañana o por la tarde según cuando me tocase trabajar, Guerra me dijo que si me cortaba el pelo sería su camarero preferido, tenia el pelo largo y desparejo, yo sonreía y le decía que estaba muy bien en la cocina.

Una noche, tarde, sonaron unos disparos justo abajo del cuarto de dormir, dieron en el restaurante. Apenas el automóvil que disparó siguió camino, bajamos los dos a ver que había pasado, toda la entrada de vidrio estaba desmoronada, el compañero de albergue se fue hacia adentro y yo me quedé en la acera cuidando que no entrase nadie, era pasada la medianoche, no había nadie en la calle, hasta que llegó el hermano de Jorge Guerra con algunos policías, me reprendió por quedarme ahí porque si volvían a pasar, con toda probabilidad me tirarían. Ni siquiera había pensado en eso. El asunto es que al día siguiente pusieron los vidrios, y Guerra me llamó a su despacho, me dijo:

-Muchas gracias, nadie hace lo que hiciste, me contó mi hermano que vigilaste el restaurante. Este mes cobras doble y el que viene empiezas en el salón.

Le di las gracias, me sentí bien y de repente mal, con alguien así no convenía tener esa cercanía, cualquier día se podrían convertir en un problema aunque Guerra fuese a la vista, un tipo que se conducía y que valoraba la lealtad, si yo hubiese sido un tipo duro, o del hampa, sí me habría convenido, pero no era lo mío estar tan en el centro de los fierros. Tenía dos restaurantes más, varios negocios y tomaba y repartía "merca" aunque no praecía que eso fuese parte de su negocio, cosa frecuente en Río. Muchas veces su alcahuete me había preguntado si quería, él se daba cada diez minutos para limpiar esos calderos enormes, siempre rechacé la oferta.

Otro detalle que tuvo Guerra fue permitirme estar en el restaurante cuando cerrasen y comer y beber lo que quisiese. Al día siguiente entré a su despacho, estaba la puerta abierta, tenía un enorme pantalla con un proyector de televisión , sofás, un gran escritorio y sobre él un teléfono. El auricular me miraba y me decía ven, úsame. Pasado de cervezas como estaba me puse a llamar a Argentina, a Cuba, a EEUU, a Holanda donde tenía amistades y familia. Por enésima vez volví a perder la cabeza con un teléfono, como en casa de Roberto donde Taco me había dejado dormir, lo cual desembocó en un episodio desagradable, como en el anterior restaurante “O comilao”  de Sao Pablo, donde no podría regresar jamás por la factura que le había dejado al portugués, y como en varios lugres más, trabajos, oficinas, casas.

Ya llevaba seis meses, así que de todos modos pensaba irme, pero al día siguiente la determinación fue tajante, al saber de lo que era capaz Guerra si sentía que le habían tocado las nalgas. Mi compañero de albergue me había visto entrar al despacho de él, y desde que llegué yo sabía que prefería tener toda la habitación del segundo piso para él solo, así que convenía cuidarme con él.

Llamé a Jorge Guerra a la mañana, le dije que se había agotado el tiempo de permanencia, me dijo que si estaba con él no había ningún problema, insistí en ir a Argentina, y regresar con otro permiso. Me pagó el doble como prometió y volví a Sao Pablo antes de regresar a Buenos Aires, pero en camión, no iba a gastarme en el regreso el pago a mi riesgo, si no lo había gastado siquiera en mis llamadas internacionales, además sabiendo que los camioneros argentinos, agradecen a un compañero de viaje para cebarles el mate.

Y así terminaron mis días en el país más musical y sorprendente que he conocido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Restaurante Sat's

Restaurante Sat's

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Published by martinguevara - en Relax

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